domingo, 22 de noviembre de 2020

El reposo de un viejo cazador de dinosaurios

Hace 27 años descubrió en El Chocón el carnívoro más grande del mundo. Aunque retirado de la actividad, Rubén Carolini, mantiene el mismo espíritu aventurero.

Varias personas se encuentran detenidas dentro de tres vehículos en un parque de diversiones jurásico. Es de noche y solo se escucha el sonido de la lluvia, hasta que una serie de pisadas de una bestia gigante comienzan a generar ondas en un vaso de agua que hay en uno de los autos. Un temible Tiranosaurios Rex está a punto sembrar terror. Es el personaje malvado de la película Jurassic Park.

En junio de 1993, Steven Spielberg sorprendía al mundo del espectáculo con este film que fascinaba tanto a chicos y como a grandes. Devolverle la vida a decenas de especies de dinosaurios era posible en esta atrapante película de ciencia ficción. Todos los animales que se mostraban eran realmente fascinantes, pero el villano favorito acaparaba la atención de todos: el T-Rex, el carnívoro más grande del mundo. Hasta ese momento.

Casi en forma paralela, durante ese invierno, un hombre desconocido circulaba con precario buggy de color naranja por el desierto de El Chocón. Era Rubén Carolini, un mecánico que había llegado a esas tierras a fines de los 60 para trabajar en una de las empresas que construirían la enorme represa.

Conocido por su pasión por la naturaleza, Carolini recorría permanentemente la geografía imponente y caprichosa que se recortaba al lado del enorme embalse artificial. Le fascinaba buscar piedras y restos fósiles que abundaban en esa zona, aunque él tenía apenas conocimientos de paleontología. Le apasionaba explorar, filmar el lugar con su cámara VHS que recién había comprado y documentar el entorno que lo rodeaba.

En una de esas salidas, el 25 de julio de 1993, este mecánico aventurero notó que del suelo aparecía una roca con forma de bocha. Se acercó para verla con más detalle y comprobó que se trataba de un hueso; en realidad era una tibia que parecía enorme. Desenterró un poco más y la midió con su cinturón: un metro con 10 centímetros. Siguió excavando y descubrió que detrás de la tibia seguía un fémur. Algo enorme estaba escondido debajo de la tierra.

Impresionado por el hallazgo, volvió a tapar los huesos con la tierra para preservar el lugar y regresó a su casa para contarle la novedad a su esposa y a sus dos hijas.

En aquel momento no supo que esos primeros restos pertenecían al carnívoro más grande del mundo hallado hasta el momento, inclusive más grande que el malvado T-Rex, cuya tibia medía 80 centímetros y su estructura general era dos metros más chica que su pariente encontrado en tierras neuquinas.

La noticia conmocionó al mundo científico. Una nueva bestia patagónica se subía al podio de los gigantes prehistóricos. También el nombre de aquel aventurero comenzaba a aparecer en las páginas de la paleontología. El animal que encontró sería bautizado con el nombre de “Giganotosaurus Carolinii”, en honor a su descubridor.

El Chocón, lugar del descubrimiento.
A 27 años del gran hallazgo, Rubén Carolini descansa en su casa de Cipolletti, ciudad en la que reside. Está alejado de la actividad por razones obvias: la pandemia lo tiene guardado a sus 76 años y algunos achaques en su salud lo obligan a estar en reposo, algo impensado para este explorador que conoce como pocos las tierras donde vivieron aquellos animales hace millones de años.

Pero aunque está retirado de la actividad, la pasión por la paleontología florece en cada palabra cuando recuerda aquel descubrimiento. 

- ¿Cómo dio a conocer el descubrimiento? 

Un día que vine a Cipolletti me fui hasta el museo donde estaba Jorge Calvo (paleontólogo) y le conté, pero justo él se iba a hacer un curso a Estados Unidos, así que me dijo que lo iba a contactar a Leonardo Salgado (también paleontólogo). A los pocos días vino al Chocón temprano a la mañana y fuimos al lugar en un Renault 4 S que tenía él. Empezamos a escarbar y apareció la tibia, después el fémur. Y en un momento dado, Salgado me agarra del cuello de la camisa, me levanta de golpe y me dice. ¡¿Qué encontraste, hijo deputa?! (se ríe).

- ¿Y cómo siguió?

Seguimos excavando toda la mañana. Salgado me confirmó algo que yo sospechaba. El dinosaurio había muerto en un pantano, por el tipo de suelo del lugar que había preservado los restos. Luego me dijo que había que armar un equipo, le avisó también a Rodolfo Coria (paleontólogo). Finalmente se armó un equipo de cuatro personas para desenterrar los restos completos del giganotosaurus.

- ¿Y cómo trasportaron todos los restos?

En el buggy naranja que yo tenía. Tuvimos que hacer muchos viajes para traer los bochones con los huesos.

La historia del gran descubrimiento no terminó ahí. Hubo mucho que estudiar para determinar las características del enorme animal y, fundamentalmente, confirmar el tamaño para demostrar que se trataba del carnívoro más grande del mundo. Después se confirmaría que la bestia medía 14 metros de largo, pesaba unas 8 toneladas y tenía una antigüedad aproximada a los 100 millones de años.

Sin embargo, Carolini reconoce que no hubo un acompañamiento oficial para este reconocimiento.

El Tiranosaurio Rex y el Buggy de Carolini en el Chocón.

“En la Argentina no le dieron la importancia que realmente tenía”, asegura. Hoy se tendría que estar hablando de ese dinosaurio, pero no porque yo lo encontré sino porque hasta ahora no ha sido superado por otro de las mismas características. En el mundo siguen diciendo que el más grande es el Tiranousaurus Rex y no es así. El nuestro tiene casi dos metros de diferencia”, subraya con énfasis.

El entusiasta paleontólogo por adopción sostiene que si bien aquel hallazgo no le cambió demasiado la vida, le sirvió para comprender la experiencia de los seres vivos sobre la tierra. “En el mundo estamos solos. Este es el primer pulso de la vida que se fue formando hace millones de años”, asegura. 

Reconoce además que en estos tiempos de limitaciones le encantaría volver a explorar las tierras de El Chocón, lugar donde trabajó y vivió durante años, para buscar nuevos tesoros prehistóricos que seguramente están escondidos, aunque sabe que aquellas aventuras fascinantes que protagonizó cuando era joven ya no podrán ser parte de su agenda. Los problemas en su columna vertebral, luego de tantas tareas de fuerza que realizó a lo largo de su vida lo tienen reducido en su movilidad. “Hice muchos trabajos de bruto”, dice. Y recuerda su pasado de maquinista en las cosechas de trigo y maní en su Córdoba natal o de mecánico de grandes camiones.

Un operario durante el descubrimiento de las piezas.
Sin embargo, trata de neutralizar la nostalgia con otro tipo de entretenimientos, ya que acaba de terminar un libro sobre su vida que imprimió en máquinas que él mismo fabricó y que fue encuadernando con esmero y paciencia.

“No sabés las cosas que yo he fabricado en mi vida. Ahora estoy armando un portón pero me tengo que ir agarrando de las paredes porque no puedo caminar”, bromea, aunque en el fondo hay mucho de cierto.

Indudablemente Rubén Carolini es un viejo inquieto y curioso al que todavía le sobra energía para hacer cosas, más allá de las limitaciones físicas.

Si fuera por él seguramente hoy andaría explorando cañadones, subiendo montañas y mirando la geografía con ojos de halcón. Es un hecho que lo haría con el mismo entusiasmo de hace 27 años cuando aquella tarde fría de julio, revisando piedras, se tropezó con el dinosaurio carnívoro más grande del mundo.

lmneuquen.com

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