martes, 10 de mayo de 2022

Cómo es el yacimiento único de Sudamérica que preserva a los animales que vivieron a la sombra de los dinosaurios

Es La Buitrera, en Río Negro. El científico Sebastián Apesteguía detalló por qué sigue estudiando el lugar 23 años después del hallazgo

Sebastián Apesteguía es investigador en paleontología del Conicet y de la
Fundación de Historia Natural Féliz de Azara.

Sebastián Apesteguía es uno de los paleontólogos más destacados del país y autor de descubrimientos fósiles que captaron la atención de las principales revistas científicas del mundo. Uno de sus mayores logros fue el desarrollo del Área Paleontológica La Buitrera, un sitio de conservación único en la Patagonia Norte.

“Cuando dimos con La Buitrera a mí se me heló el cuerpo porque las personas que habían encontrado los primeros huesos en esa zona eran héroes para mí”, con una sentida emoción, Sebastían Apesteguía relató el momento que marcó un antes y un después en su carrera. A más de 20 años de su hallazgo La Buitrera, un conglomerado de localidades con fósiles ubicadas en el departamento del Cuy, provincia de Río Negro, hoy es una de las regiones de preservación y de interés científico más importantes de Sudamérica.

Apasionado por los huesos desde joven, el investigador independiente de Conicet logró consagrarse como uno de los paleontólogos más prestigiosos del país. Se formó entre las Universidades de Buenos Aires y La Plata, condujo un año el Museo Patagónico de Ciencias Naturales, y hoy dirige al equipo de paleontología de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara.

P– ¿Cómo descubriste tu pasión por la paleontología?

El científico Apesteguía ha realizado el hallazgo de 32 especies de animales
que eran desconocidas.

R– Siempre me gustó esta disciplina, pero no tenía claro cómo tenía que estudiarla. A los 18, antes de ingresar a la Universidad de Buenos Aires, me ofrecí como voluntario en el Museo Argentino de Ciencias Naturales. Cuando empecé la facultad ya había participado de campañas, en mi caso fui primero a los huesos y luego a estudiar. Con el tiempo me cambié a la Universidad de la Plata, allí era uno de los pocos al que le interesaban los dinosaurios.

P– ¿Cómo fue que se empieza a gestar el descubrimiento de La Buitrera?

R– Hay una tradición por la cual Buenos Aires se dedica a los dinosaurios y La Plata a los mamíferos. Los pocos huesos de dinosaurio que había en el Museo de La Plata estaban mal acomodados y desordenados, así que me dediqué a pegarlos, ordenarlos y limpiarlos. Un día vi unos huesos muy bonitos y bien conservados que provenían del “Rancho de Ávila” en Río Negro y habían sido recolectados en 1922. Me dije ‘yo quiero descubrir huesos así’. De inmediato le propuse a mi jefe, Fernando Novas, hacer una campaña en este lugar. Encaramos con mi Jeep y con un puñado de estudiantes.

P– ¿Cuáles eran las precisiones que tenían sobre este lugar?

Además del conglomerado La Buitrera, en Río Negro, Apesteguía ha participado
en campañas de investigación en Bolivia, Ecuador, Estados Unidos, Hungría y Francia.

R– Llegamos en 1999 por referencias de unas crónicas escritas en 1927 por un investigador alemán, Friedrich von Huene. Dimos con un lugar bastante arbolado y bonito. Era diferente al paisaje de la Patagonia en general, así que dijimos: ‘tiene que ser acá’. Fuimos haciendo averiguaciones del lugar y localizamos un sitio que quedaba a unos 7 kilómetros en línea recta de allí. Encontramos a un señor de apellido Avelás quien nos mandó con sus hijos como guías, Miguel y Estela de 9 y 11 años.

Nos mostraron algunas cosas pero en mal estado. Les consulté si sabían de algún otro lugar y nos respondieron que había más como a un kilómetro de distancia. Luego de una larga travesía, habíamos dado con La Buitrera.

P– ¿Cómo es que adquiere ese característico nombre? 

R– Es muy fácil. Cuando me llevaron al lugar me llamó la atención en lo alto de los acantilados la presencia de jotes, o sea buitres. Cuando le consulté a los lugareños cómo llamaban ellos a ese lugar, me contestaron: “y es la buitrera”. 

P- ¿Cómo era antiguamente el lugar donde hoy se emplaza el Área Paleontológica? 

R– Hace 100 millones de años era un desierto que abarcaba unos 1.000 kilómetros cuadrados. A ese lugar nosotros lo llamamos de fantasía “Kokorkom”, que en tehuelche significa “desierto de los huesos”. 

P– ¿Qué impacto tuvo este tipo de ambiente en la conservación de los restos fósiles? 

R– Fue fundamental. Supongamos que un animal del tamaño de una rata muere. Si eso pasa en cualquier lugar húmedo, lo hace sobre vegetación. Por lo que queda sin resguardo. Luego puede venir un animal más grande y se lo come. Pero si muere en un desierto, queda tapado con la arena al soplar el viento y sus restos quedan preservados. En general los mejores lugares para conservación son estos espacios, así como los fondos de lagos con poco oxígeno.

La Buitrera es un lugar de preservación excepcional, de los pocos en el mundo. Pero a diferencia de otras zonas, que suelen estar cubiertas por agua, los huesos no quedan aplastados. Entonces es posible observar el esqueleto tridimensionalmente. Eso nos permite hoy analizar los anillos de crecimiento y estudiar su histología, con la cual podemos tener más precisiones sobre cómo crecían.

P– ¿A qué tipo de conclusiones llegaron sobre el impacto del entorno en la vida de estos animales?

Apesteguía encontró el sitio La Buitrera en 1999 por crónicas escritas en 1927
por un investigador alemán, Friedrich von Huene.

R– Varias. Se han hecho diferentes investigaciones. El 9 de marzo defendió su tesis de Licenciatura en Paleontología de la Universidad de Río Negro, Sol Cavasin. Su tema fue justamente la paleobiología de un reptil de La Buitrera, el Priosphenodon avelasi, un pariente de los lagartos. Ella pudo concluir que el espécimen que analizó vivió al menos 10 años, probablemente era cavador y no había alcanzado su tamaño máximo. Precisamente se confirmó que tenía un crecimiento alternado con periodos más lentos y otros más rápidos. Y quizá el clima desértico de ese lugar y época haya contribuido para que alcanzara el metro de largo, siendo que normalmente los esfenodontes alcanzaban sólo unos 20 centímetros.

P– ¿En qué época del año realizan las expediciones?

R– Las hacemos todos los años entre enero y febrero. A lo largo de 23 años de trabajo lo hemos cambiado. Pero principalmente elegimos esta estación porque no se toman exámenes, y eso permite que los estudiantes participen. Pero también es el momento de más calor. Este próximo año iremos en enero.

P– Por último, a diferencia de otras épocas ahora es más sencillo acceder a autorizaciones para expediciones ¿Pero que hace falta por parte de los organismos gubernamentales para contribuir a un mejor cuidado de los restos fósiles?

R– Los museos no son solo vitrinas y su corazón son las colecciones. Estas requieren mantenimiento y seguridad, de la humedad, el polvo y las ratas. Y eso necesita de presupuesto y compromiso. En los últimos 20 años Río Negro creció tanto en su acervo paleontológico, como en su importancia científica, comparable incluso a la totalidad de algunos países de Europa. El Estado está, y eso es loable, pero es necesario avanzar más en esa conciencia de cuidado del patrimonio. Hay que escuchar a los investigadores que trabajan en la provincia y apoyar sus necesidades, porque son quienes llevan el nombre de la provincia al mundo.

rionegro.com.ar

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