Hace más de 540 millones de años, en los fondos marinos del Ediacárico, algo cambió para siempre. Los animales empezaron a ver. O más bien, empezaron a sentir, porque la vista tal como la entendemos hoy probablemente llegó después, pero el umbral que cruzaron aquellas criaturas primitivas fue el mismo: por primera vez en la historia de la vida, un ser vivo fue capaz de recibir información del entorno, procesarla y moverse hacia un objetivo. No por azar, sino con una dirección.
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| Esta huella en forma de bucle, que hoy se conserva como fósil, fue dejada por un animal que vivió hace más de 500 millones de años. Crédito: Zekun Wang |
Wang, que lidera la investigación desde el Museo de Historia Natural de Londres, lo explica con claridad: Por primera vez, los animales tuvieron la capacidad de entender el mundo. Podían usar sus sentidos en desarrollo para combinar información y localizar con precisión los recursos hacia los que quererse dirigir. Una frase que, dicha así, puede sonar sencilla. Pero lo que describe es uno de los saltos evolutivos más importantes de los últimos 600 millones de años.
De caminar sin rumbo a trazar rutas
El trabajo analiza 231 huellas fosilizadas de todo el mundo y cubre un periodo de unos 20 millones de años, desde antes del 546 al 526 millones de años atrás, justo en la transición entre el Ediacárico y la explosión del Cámbrico. La lógica del método es simple pero poderosa: un animal con escasa capacidad sensorial se mueve al azar. No detecta recursos a distancia, así que deambula hasta tropezarse con ellos. Sus huellas, por tanto, son largas y erráticas, sin patrón reconocible.
| Los animales con sentidos limitados trazan trayectorias de «paseo aleatorio» mientras deambulan por el entorno. Crédito: Frankie Dunn |
Antes de 546 millones de años atrás, casi todas las trazas corresponden al primer tipo. Los modelos que usaron los investigadores sugieren que esas criaturas apenas podían percibir lo que tenían a menos de un centímetro de distancia. Seis millones de años después, algo había cambiado de forma apreciable: algunas especies trazaban rutas más directas hacia concentraciones de materia orgánica.
El radio estimado de percepción rondaba los diez centímetros. Para cuando llegó el Cámbrico, hace unos 526 millones de años, ese radio había crecido hasta los quince centímetros, unas doce veces la anchura del propio cuerpo del animal. Traducido a escala humana, equivale a percibir todo lo que hay a cuatro metros a la redonda.
La hipótesis de la visión primitiva
El salto más llamativo se produce en torno a hace 540 millones de años, justo antes de la explosión del Cámbrico. Wang y Shi proponen que ese aumento brusco en la capacidad sensorial pudo deberse a la aparición de una forma rudimentaria de visión, la capacidad de detectar luz.
No necesariamente ojos como los que conocemos, sino estructuras lo bastante sensibles para distinguir claridad de oscuridad, o para percibir el movimiento de una sombra. Eso habría bastado para cambiar completamente la ecuación: un animal que percibe luz puede orientarse de manera mucho más eficaz que uno que solo detecta gradientes químicos a corta distancia.
| Los animales con sentidos más desarrollados dejan rastros en forma de bucle al detectar recursos cercanos. Crédito: Zekun Wang. |
El investigador señala que, a medida que el rango sensorial crecía, los animales pudieron explotar los recursos de forma más sistemática y colonizar nuevos espacios del fondo marino. Y ese mismo proceso generó una presión sobre la evolución: los fondos marinos más complejos requerían animales más capaces, con apéndices más elaborados y sentidos más afinados. Una retroalimentación que, según Wang, sentó las bases del mundo dominado por animales que tenemos hoy.
El largo camino hacia el Cámbrico
Durante décadas, la narrativa estándar sobre los orígenes de la vida animal se centraba en la llamada explosión del Cámbrico, ese intervalo de veinte millones de años entre hace 539 y 519 millones de años en que la mayor parte de los grandes grupos animales aparecen de golpe en el registro fósil. La imagen era casi cinematográfica: la vida compleja surgiendo de la nada en un parpadeo geológico.
Investigaciones más recientes han matizado esa lectura. El Cámbrico no fue una aparición espontánea, sino el desenlace de un proceso que llevaba millones de años en marcha, iniciado al final del Ediacárico, el periodo comprendido entre los 635 y los 539 millones de años atrás. En ese tiempo, la vida pasó de ser agrupaciones de células poco especializadas a formas corporales reconocibles.
Las huellas que Wang ha estudiado en trabajos anteriores ya mostraban cómo entre hace 550 y 540 millones de años aparecieron nuevas morfologías y nuevas formas de desplazarse: criaturas que antes se movían como amebas empezaron a hacerlo como cangrejos herradura, caracoles y gusanos.
Este último trabajo lleva esa línea de investigación un paso más allá. No tan solo qué forma tenían o cómo se movían, también cuánto percibían del mundo que los rodeaba.
Lo que queda por descubrir
Wang reconoce que el estudio solo analiza un tipo de comportamiento, la búsqueda de recursos, para inferir las capacidades sensoriales. Hay otros patrones de movimiento que podrían añadir información: seguir los límites del sustrato, rehuir zonas de peligro, responder a gradientes de temperatura o salinidad.
El siguiente paso será ampliar el modelo para detectar esos comportamientos en las trazas y ver qué revelan sobre las capacidades de estas especies. Podrían ofrecer una visión aún más profunda de lo que estos animales eran capaces de hacer, apunta.
Lo que el estudio ya deja claro es que la explosión del Cámbrico no fue el momento en que los animales empezaron a percibir el mundo. Fue el momento en que esa percepción ya llevaba millones de años refinándose, acumulando pequeñas mejoras que, sumadas, transformaron la vida en el planeta.
FUENTES
Z. Wang, & T. Shi, Trace fossils constrain the perceptual ranges of the earliest motile animals, Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 123 (23) e2609730123, doi.org/10.1073/pnas.2609730123 (2026)

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