sábado, 19 de septiembre de 2026

13 m de largo, 4 de alto y 8.800 kg: descubren el T-rex más grande del mundo murió por una simple costilla rota

Scotty, el T-rex más grande conocido, conserva en una costilla fracturada una excepcional red de vasos mineralizados que revela cómo intentó recuperarse antes de morir hace 66 millones de años

Scotty se encontró en Saskatchewan, Canadá
(Wikimedia Commons/Muhsatteb/CC BY-SA 4.0)
Scotty
, el Tyrannosaurus rex más grande conocido hasta ahora, alcanzó aproximadamente 13 m de longitud y pudo pesar cerca de 8.800 kg, pero una lesión aparentemente mucho más modesta que su gigantesco tamaño ha permitido reconstruir sus últimos días. Investigadores de la Universidad de Regina y del Laboratorio Nacional de Oak Ridge (ORNL), dependiente del Departamento de Energía de EEUU, han examinado una costilla fracturada del dinosaurio y han encontrado indicios de que la herida todavía estaba intentando cicatrizar cuando el animal murió hace unos 66 millones de años.

La pieza conserva algo excepcional dentro del registro fósil: una extensa red de vasos sanguíneos mineralizados asociada a la zona dañada. El descubrimiento permite observar cómo respondió el organismo del T-rex después de sufrir la fractura, posiblemente durante un enfrentamiento con otro dinosaurio. La sangre rica en hierro habría llegado hasta la lesión mientras se desarrollaban pequeños vasos destinados a favorecer su recuperación, pero el proceso quedó interrumpido antes de que el hueso pudiera repararse por completo.

Los investigadores consideran que esa costilla rota ofrece una posible explicación sobre las circunstancias que precedieron a la muerte de Scotty. El animal habría fallecido antes de completar la curación y sus restos terminaron depositados en un entorno pantanoso salino, unas condiciones que ralentizaron la descomposición y favorecieron la conservación de estructuras extremadamente delicadas. Mauricio Barbi, profesor de física de la Universidad de Regina, destacó la singularidad del hallazgo: "Es como ganar la lotería", afirmó sobre la presencia de los vasos mineralizados.

Una radiografía del T-rex

Para investigar el interior de la costilla sin destruir un fósil irreemplazable, el equipo recurrió a imágenes mediante neutrones, rayos X, radiación sincrotrón y técnicas microscópicas. Los neutrones son especialmente útiles para detectar elementos ligeros y regiones relacionadas con tejidos blandos, mientras que los rayos X permiten estudiar con mayor precisión materiales más densos. La combinación de ambas aproximaciones permitió construir imágenes tridimensionales y analizar las señales dejadas por la lesión a escala celular.


El trabajo sobre la costilla comenzó años antes de las últimas pruebas realizadas en Oak Ridge. En 2020, Jerit Mitchell, entonces estudiante de la Universidad de Regina, detectó evidencias de vasos sanguíneos mediante microtomografía computarizada en el Canadian Light Source. Posteriormente, el equipo amplió el estudio con radiación sincrotrón y, ya en abril de 2026, utilizó los instrumentos MARS y VENUS del ORNL para comprobar los resultados anteriores y penetrar en el interior de muestras de mayor tamaño sin alterarlas.

El caso de Scotty muestra hasta qué punto las nuevas tecnologías pueden convertir los fósiles en una especie de historial médico de animales extintos. Marcella Berg, profesora asistente de física de la Universidad de Regina, explicó: "Los neutrones no solo corroboraron lo que encontramos con técnicas de radiación sincrotrón que condujeron al descubrimiento de vasos sanguíneos en la costilla de Scotty, sino que también demostraron ser una incorporación muy valiosa a nuestros estudios actuales en busca de conservación de tejidos blandos en fósiles". Ahora, los científicos pretenden aplicar estos métodos a otros huesos, escamas y restos fósiles para comparar lesiones y patrones de curación entre distintas especies de dinosaurios.

El análisis de un diente fósil confirma que el Tyrannosaurus rex era de sangre caliente

(CNN) - Desde hace casi 60 años, los científicos sospechan que el Tyrannosaurus rex era de sangre caliente.

Nuevas investigaciones revelan que el Tyrannosaurus rex tenía una temperatura
corporal de aproximadamente 36 grados Celsius, similar a la de los humanos.
Roger Harris/SPL/Getty Images
Cuando en 2022 apareció en Alaska una huella fosilizada de T. rex, esta se sumó a las pruebas de que estos depredadores podían prosperar en ambientes gélidos, donde la mayoría de los reptiles de sangre fría no podían hacerlo. Ahora, los investigadores han determinado qué tan calientes probablemente eran los tiranosaurios: unos 36 °C, una temperatura similar a la de los seres humanos.

Un nuevo estudio publicado el miércoles en la revista Science Advances proporciona la primera estimación directa de la temperatura corporal del T. rex mediante una técnica que analiza las señales químicas conservadas en dientes fósiles. El hallazgo aporta una prueba crucial a décadas de investigaciones que sugieren que el enorme depredador era de sangre caliente y capaz de mantener un metabolismo activo incluso en climas fríos.

“Probablemente sea la limitación más directa y menos complicada que se ha podido establecer hasta ahora sobre la temperatura corporal real de un T. rex”, afirmó Robert Eagle, coautor del estudio, geobiólogo y profesor asociado de la Universidad de California en Los Ángeles.

Contar con una estimación de la temperatura corporal del T. rex permite comprender mejor cómo era la vida del dinosaurio hace entre 69 millones y 66 millones de años. “Era un organismo de cuerpo caliente, lo que realmente impone nuevas limitaciones a lo que sabemos sobre su comportamiento, su fisiología, cómo interactuaba con otras especies y cuánta comida necesitaba, por ejemplo”, añadió Eagle.

Hasta ahora, la técnica se ha utilizado en unas pocas especies antiguas, entre ellas otros dinosaurios, mamuts lanudos y megalodones, lo que brinda a los científicos una imagen más clara de cómo los animales extintos regulaban su temperatura corporal en climas antiguos.

La temperatura es inusualmente alta para un reptil, pero Eagle dijo que la cifra en sí no era sorprendente. Aunque se los clasifica como reptiles, los dinosaurios comparten un vínculo evolutivo con las aves. La nueva cifra revela que el T. rex se sitúa entre ambos —más caliente que los reptiles, pero más frío que las aves modernas— y permite a los científicos formular nuevas hipótesis sobre cómo se desplazaba y vivía exactamente este depredador prehistórico.

Análisis de dientes de T. rex

Los investigadores utilizaron dos frgmentos de dientes de Thomas, el T. rex, para
medir la temperatura corporal del dinosaurio. Cortesía de UCLA.
Eagle y un equipo de científicos utilizaron dos pequeñas porciones de dientes de Thomas, el T. rex —un esqueleto de Tyrannosaurus rex completo en aproximadamente un 70 % que se encuentra en el Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles— para estimar la temperatura corporal del dinosaurio a partir de los enlaces químicos conservados en el esmalte dental.

Los investigadores dedicaron más de una década a perfeccionar el método para hacer posible la medición. Con el paso de los años, su trabajo redujo en aproximadamente un 90 % la cantidad de material fósil necesaria, lo que permitió al museo proporcionar diminutas muestras de dos dientes que no estaban en exhibición.

“Nadie permite medir un diente de T. rex a menos que se pueda demostrar que solo se necesitan unos pocos miligramos”, afirmó Aradhna Tripati, autora principal del estudio, científica climática y profesora de geoquímica de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).

“Para un animal tan famoso, es extraordinario lo poco que realmente sabíamos. Teníamos conjeturas sobre el metabolismo del T. rex, con base en principalmente los huesos y la biomecánica. No teníamos una temperatura”, añadió Tripati en un correo electrónico. “La química del esmalte registró la temperatura a la que se formó y, 66 millones de años después, podemos leerla”.

Dientes y maxilar de Thomas, el T. rex, durante una excavación en Montana en
2005. Cortesía del Dinosaur Institute/Natural History Museum of Los Angeles
County.
En esencia, los investigadores utilizaron los dientes del T. rex como un termómetro prehistórico. Dentro del esmalte dental hay diferentes formas de los elementos carbono y oxígeno, llamadas isótopos. Estos isótopos forman enlaces entre sí a ritmos que dependen de la temperatura: las temperaturas más bajas producen más enlaces, mientras que las más altas generan menos. Al perforar y extraer unos pocos miligramos de esmalte y medir esos enlaces, los científicos pudieron determinar la temperatura a la que se formó el esmalte, lo que reveló la temperatura corporal del T. rex.

Esta técnica puede utilizarse en cualquier parte del esqueleto, pero los dientes funcionan mejor porque es menos probable que su esmalte duro cambie a lo largo de millones de años, explicó Eagle.

“Nos hemos preguntado si los dinosaurios eran de sangre caliente o no literalmente desde la primera vez que recibieron su nombre”, dijo el paleontólogo de vertebrados Thomas Holtz Jr., en referencia al artículo de Richard Owen de 1842, que introdujo el nombre Dinosauria y sugirió que los dinosaurios podrían haber tenido características propias de los animales de sangre caliente.

Holtz agregó que, si bien ha habido diversas pruebas que respaldan la idea de que los dinosaurios eran endotérmicos, o de sangre caliente, este nuevo método ofrece otra forma de examinar la cuestión. Comparar la temperatura corporal del T. rex con la de cocodrilos y almejas de sangre fría de la misma época y lugar “ofrece un alto grado de certeza de que los valores que encontraron para el Tyrannosaurus realmente indican una temperatura corporal elevada”, explicó Holtz, profesor principal del departamento de geología de la Universidad de Maryland. No participó en el estudio.

Holtz dijo que en el futuro sería interesante investigar si todos los dinosaurios eran de sangre caliente. Agregó que aplicar este método a grupos como Triceratops, Stegosaurus y Brachiosaurus, que en ocasiones han sido considerados “de sangre más fría”, podría ayudar a responder la pregunta.

El T. rex era más caliente que algunos mamíferos modernos

El cráneo de Thomas, el T. rex, en el Museo de Historia Natural del Condado de
Los Ángeles. Cortesía del Instituto de Dinosaurios/Museo de Historia Natural
 del Condado de Los Ángeles.
Aunque el T. rex era un reptil, su temperatura corporal estimada de 36 °C se encuentra dentro del rango observado en los animales modernos de sangre caliente. La temperatura corporal de las especies de sangre caliente varía considerablemente. Algunos mamíferos, incluidos los perezosos y los osos hormigueros, pueden tener temperaturas cercanas a los 32 °C, mientras que las aves pequeñas con un metabolismo elevado pueden superar los 40 °C, indicó Eagle.

Los reptiles modernos de sangre fría suelen tener temperaturas corporales de entre 28 °C y 30 °C. Eagle agregó que estas temperaturas coinciden con los niveles de energía de los animales: los reptiles suelen ser más inactivos, mientras que las aves deben gastar mucha energía durante el vuelo.

Una temperatura corporal más elevada y regulada también habría ayudado al T. rex a mantenerse activo durante períodos más prolongados.

“No creo que se considere que el T. rex fuera un corredor particularmente veloz, pero esto quizá implique que podía mantener un rendimiento enérgico durante períodos más prolongados, probablemente, de lo que podría hacerlo un organismo de sangre fría”, afirmó Eagle. Por ejemplo, “los cocodrilos pueden correr distancias cortas, pero no pueden mantener ese ritmo durante mucho tiempo”.

Un T. rex de cuerpo caliente respalda la idea de que los tiranosaurios eran depredadores activos con metabolismos rápidos. La capacidad del dinosaurio para mantener una temperatura corporal elevada también le habría permitido sobrevivir en climas más fríos donde los animales de sangre fría no podían hacerlo.

“Lo que nos dicen los dientes es que el T. rex era más caliente que el entorno que lo rodeaba”, dijo Tripati. “Un T. rex de sangre caliente es un T. rex que puede desplazarse por casi cualquier lugar del continente, incluido el Ártico. Es un animal muy diferente de un reptil que toma el sol”.

Para investigar dónde podría haber vivido el dinosaurio, los investigadores utilizaron modelos paleoclimáticos a fin de reconstruir cómo eran las temperaturas en Norteamérica hace unos 66 millones de años, durante el Cretácico tardío. Luego analizaron esas condiciones junto con la temperatura corporal estimada del T. rex. Sus modelos sugirieron que el dinosaurio podría haber habitado una amplia franja de Norteamérica, desde lo que hoy es México hasta Alaska.

La elevada temperatura corporal también implica que el T. rex habría tenido que perseguir presas y comer más que otros reptiles, como los cocodrilos gigantes de sangre fría del Mesozoico, para mantener su elevado metabolismo, agregó Holtz.

Eagle indicó que los investigadores esperan aplicar en algún momento la técnica de medición de temperatura a otras especies antiguas, con la posibilidad de remontarse aún más en la historia evolutiva.

“Creo que es particularmente interesante estudiar a los antepasados de los mamíferos. No existen muchas certezas sobre cuándo surgió la sangre caliente en la evolución de los mamíferos”, dijo Eagle. “Eso supone por sí mismo un desafío adicional porque nos remontamos aún más en el tiempo. Pero sería realmente emocionante si funciona”.

Taylor Nicioli es una periodista independiente radicada en Nueva York.

cnnespanol.cnn.com

7 metros y tiene 66 millones de años: encuentran el primer rastro fósil conocido de un Tiranosaurio rex adulto

El hallazgo aporta la prueba directa de locomoción continua en un ejemplar de esta especie. El equipo lo documentó mediante escaneo tridimensional de alta resolución en la formación Hell Creek, en Dakota del Norte

Un equipo identificó en la Formación Hell Creek un rastro de cuatro marcas 
datadas en 66,5 millones de años (Crédito: Museo de Naturaleza y Ciencia de
Denver).
Un equipo de científicos del Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver, Estados Unidos, y la Universidad John Moores de Liverpool, Inglaterra, identificó la primera serie conocida de pisadas de un Tiranosaurio rex adulto. El rastro fue descubierto en la formación geológica Hell Creek, en el suroeste de Dakota del Norte, y sus resultados se publicaron en la revista científica Journal of Vertebrate Paleontology, según informó el diario británico The Guardian.

Las huellas, cuatro en total, forman una pista de 7 metros con dos pisadas izquierdas y dos derechas, y datan de hace 66,5 millones de años. Si bien con anterioridad se encontraron pisadas aisladas y rastros de juveniles o de especies emparentadas, este es el primer registro confirmado de locomoción continua de un T. rex adulto.

El rastro mide 7 metros y permite estimar la velocidad del animal

La secuencia, compuesta por cuatro impresiones de cerca de 91
centímetros y separadas por 3,96 metros, permitió calcular un
desplazamiento de entre 5,6 y 7,2 kilómetros por hora mediante
escaneo 3D (Journal of Vertebrate Paleontology)

Según detalló el medio británico, cada pisada mide cerca de 91 centímetros de largo, con una zancada de aproximadamente 3,96 metros entre una y otra. El equipo utilizó escaneo 3D de alta resolución para documentar con precisión cada huella y producir reproducciones físicas del rastro.

A partir de ese trabajo, los investigadores estimaron que el animal se desplazaba a una velocidad de entre 5,6 y 7,2 kilómetros por hora, un ritmo similar al de una persona caminando con paso rápido. Es la primera medición directa de la velocidad de desplazamiento de un T. rex adulto basada en un rastro completo, en lugar de modelos anatómicos teóricos.

El T. rex vivió entre 66 y 68 millones de años atrás, durante el período Cretácico, y alcanzaba entre 3,6 y 4 metros de altura. Es, además, el dinosaurio más conocido y estudiado de la historia. Fue uno de los últimos dinosaurios no avianos en la Tierra antes de que un evento de extinción masiva pusiera fin a su linaje.

Las huellas revelan comportamiento, no solo anatomía

“Los huesos nos dicen una enorme cantidad sobre estos animales, pero las huellas capturan un momento de comportamiento”, afirmó Tyler Lyson, curador principal de paleontología de vertebrados del museo de Denver, en declaraciones recogidas por The Guardian. Del mismo modo agregó: “Con un rastro podemos seguir a un animal mientras se desplazaba por el paisaje. Eso es increíblemente raro para el T. rex.”

Los investigadores obtuvieron el cálculo a partir de una serie completa de cuatro
huellas en Hell Creek (Crédito: Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver)
El valor científico del hallazgo radica precisamente en esa diferencia: los registros fósiles anteriores permitían reconstruir la morfología del animal, pero no documentar su movimiento en tiempo real. Un rastro con cuatro pisadas consecutivas, en cambio, ofrece datos sobre zancada, postura y velocidad que los huesos no pueden proporcionar.

La formación Hell Creek, donde se encontró el sitio, es uno de los yacimientos paleontológicos más ricos del mundo: abarca partes de Dakota del Norte, Dakota del Sur, Montana y Wyoming, y ya produjo numerosos fósiles del período Cretácico tardío.

El descubrimiento lo inició un maestro voluntario durante una exploración de rutina

El hallazgo tiene un protagonista civil. Kent Hups, maestro de escuela y voluntario de larga data del Museo de Denver, fue quien detectó el sitio durante sus recorridas por la formación y luego participó como coautor del artículo científico.

“Como maestro, siempre les digo a mis alumnos que la ciencia comienza con curiosidad, pasión y observación cuidadosa”, señaló Hups en declaraciones recogidas por el medio europeo. En la misma línea agregó: “Jamás imaginé que eso pudiera llevarme a un descubrimiento como este”.

Tres de las cuatro pisadas serán recuperadas en helicóptero más adelante este año y trasladadas al museo de Denver para su conservación y exhibición. La cuarta permanecerá en el lugar de origen mientras los investigadores continúan el estudio de la zona en busca de material adicional relacionado con el rastro.

infobae.com

Los fósiles de dinosaurios, el último fetiche de los ricos: “Hay quien disfruta sabiendo que solo lo puede admirar él”

Piezas paleontológicas se venden por sumas millonarias junto a obras de arte, una tendencia que preocupa a los expertos por su impacto en el avance de la ciencia

Un empleado de Sotheby's inspecciona la figura de 'Apex' el Stegosaurus, un fósil
de 150 millones de años de antigüedad, el espécimen de Stegosaurus más completo
 y mejor conservado. Nancy Kaszerman ( Zuma Press / Contacto)
“Mira, con esto yo resuelvo el origen de las víboras”, espetó hace unos años un coleccionista europeo al paleontólogo argentino Federico Agnolín. Cerró el cajón y condenó al fósil a la oscuridad. “Era como una viborita ciega, un bicho que nunca vio la luz de la ciencia. Es muy complicado el tema. No puedo contar mucho más”, reconoce hoy el científico. Este verano, el diario The Guardian reveló que una de las colecciones más fantásticas de fósiles del Jurásico del Reino Unido había sido vendida a un museo en Abu Dabi, lo que los expertos británicos describían como una pérdida irreparable para una nación acostumbrada a que los tesoros de vitrina hagan el viaje opuesto. Los 318 especímenes reunidos por un coleccionista privado de fósiles alcanzaron una “suma de ocho cifras”.

Las subastas públicas de fósiles, como las que organiza habitualmente la firma Sotheby’s, son cada vez más frecuentes y lucrativas. Desde los más de 7 millones de euros que se pagaron por el tiranosaurio Sue en 1997 hasta los más de 43 millones desembolsados este año por Gus, otro ejemplar de esa especie, en una puja que apenas duró 10 minutos. Actores de renombre han comprado sus dinosaurios, como Leonardo DiCaprio, Russell Crowe y Nicolas Cage. Este último tuvo que devolver una cabeza de un tarbosaurio por la que había pagado 246.000 euros al descubrirse que se había robado en Mongolia. Porque la fiebre del fósil puede llevar a adquisiciones irregulares, aunque en principio todo parezca legal.

“Un fósil es invaluable porque es una pieza única que da la naturaleza. El valor es científico, exclusivamente”, defiende Agnolín. “Hay coleccionistas, gente que tiene mucha plata, que no sabe qué hacer con el dinero y se dedica a coleccionar fósiles. No podemos permitir que, simplemente porque a una persona le gusta y lo quiere tener sobre la ventana, la humanidad se pierda del conocimiento. Y eso pasa mucho”, cuestiona el paleontólogo argentino.

Una "rara garra" de dinosaurio se ofrece en Sotheby’s por un
 precio de entre 5.000 y 8.000 dólares (unos 4.300-6.900 euros).
  
Sotheby’s
Agnolín se ha topado muchas veces con escenas como la de la víbora ciega y está convencido de que el fenómeno es el nuevo fetiche de los ricos. “El coleccionista busca lo raro. Conozco mucho ese mundo. Está el que tiene el Tiranosaurus rex, que se lo quiere mostrar a los amigos, y está el que tiene una especie nueva, sin clasificar por la ciencia, que disfruta sabiendo que solo la puede admirar él, aunque esa pieza pueda resolver un problema científico importante”.

Ahí radica el centro de la polémica. Mientras los multimillonarios invierten en fósiles, la comunidad científica se preocupa por cómo esa tendencia puede bloquear el avance de la investigación.

Regulaciones irregulares

En muchos lugares donde el comercio de fósiles es legal, los propietarios no están obligados a comunicar a las instituciones científicas la existencia de las piezas que adquieren, aunque su valor científico sea precisamente lo que le otorga importancia. Sin la información técnica, cualquier fósil sería un simple hueso o una mera roca extraña.

En Estados Unidos y en algunos países europeos existe un mercado legal de fósiles, aunque las normas varían considerablemente según la jurisdicción y el tipo de terreno en el que hayan sido hallados. En España y América Latina, en general, está prohibida cualquier transacción de ese tipo y los hallazgos son patrimonio de cada nación. No hay un ordenamiento internacional que unifique reglas mínimas para regular este mercado, por lo que los coleccionistas aprovechan las zonas grises de cada región y los traficantes consiguen sacar ventaja de la disparidad legal.

“Muchas veces se aprovechan esos grises legales para hacer lo que se conoce como huaquerismo, que es la extracción de restos arqueológicos o paleontológicos para llevarlos fuera del país”, advierte el paleontólogo Horacio Padula, subgerente en la Dirección General Patrimonio de la Ciudad de Buenos Aires y gestor de la ley argentina de Protección del Patrimonio Arqueológico y Paleontológico, modificada en 2003. “Yo lo he visto, como lo ha visto mucha gente; en la puerta del Museo de Ciencias Naturales funcionaba una feria donde vendían fósiles”, recuerda Padula.

Vender un fósil argentino en el exterior es ilegal, pero uno estadounidense, no. “Estos países —donde el comercio de fósiles es lícito— tienen otra política. Aquello que el Estado no pueda o no le interese proteger, sería apropiable”, sintetiza María Luz Endere, doctora en arqueología e investigadora experta en legislación y gestión del patrimonio cultural. “Ahí aparece la especulación porque es una manera de invertir, como quien compra arte. Podés comprar un dinosaurio para mantener una inversión”, compara.

“¿Cómo legislar para decidir que se pueden comprar fósiles, pero solo aquellos irrelevantes para la ciencia? ¿Cómo saber cuál es el que no resolverá un enigma científico?”, cuestiona Agnolín. “Una vez fuimos a estudiar un material a Alemania, que es el gran concentrador de fósiles del resto del mundo, y había un dinosaurio emplumado de China que tenía el esternón como si fuera el de un pollo. Es el hueso que permite a las aves abrir las alas para volar. Era la transición perfecta entre un dinosaurio y un ave. Había sido comprado de manera ilegal”, recuerda todavía indignado.

La tradición de comerciar con la prehistoria

En países anglosajones, la compra y venta de piezas prehistóricas es, además de legal, una antigua tradición. La feria de minerales de Tucson, en Arizona, Estados Unidos, tiene más de 70 años y es la más importante del mundo. Miles de expositores ofrecen minerales, gemas y fósiles.

En Reino Unido el comercio de fósiles siempre estuvo permitido. En ese contexto surgieron figuras pioneras como Mary Anning, que logró ganarse la vida y su fama vendiendo los fósiles que encontraba en la costa de Lyme Regis. Hoy abundan tiendas de fósiles y talleres de preparación, donde los pulen con precisión. En sitios como la Costa Jurásica, en Dorset, se rigen por un código de conducta general que, entre otros puntos, distingue dos tipos de fósiles: los de alta importancia científica y los de importancia relativa. Solo es obligatorio registrar los primeros, que refieren a especies potencialmente nuevas, raras o de preservación excepcional.

Pero el imperio se resiente: los fósiles que acabaron en Abu Dabi hicieron ese viaje porque ningún museo británico pudo comprarlos. Cientos de criaturas marinas como el ictiosaurio y especies que podrían ser nuevas emigraron a otro continente.

La tendencia de los ricos a invertir en fósiles es, para el paleontólogo Sebastián Apesteguía, el resurgimiento de la desigualdad imperial: “Es como un regreso al mundo romano, cuando la diferencia de poder entre una persona rica y la plebe era tanta que se podían dar el lujo de tener objetos imposibles”. El imperio inca también lo hizo. “Túpac Yupanqui cuando navegó hacia la Polinesia trajo restos de ballenas para tener en el palacio, una silla de latón y esclavos de piel muy oscura. Los trajo como trofeo para ostentar esos objetos imposibles de otros lugares del mundo”, relata Apesteguía que es también un estudioso de los pueblos originarios de América.

Las leyes laxas son, para Agnolín, perfectas para naciones saqueadoras. “Están hechas para ellos, porque necesitan permitir el ingreso de fósiles de otros países”, asevera. Lo que impera en esta tendencia es, para el científico argentino, una idea horrible, que es que con dinero puedes hacer cualquier cosa y cumplir todos tus caprichos. “Cada vez más los villanos del mundo real se parecen más a los de las historietas, que creen que pueden acceder a la vida eterna. Esta locura que está pasando con los fósiles es parte de eso. De villanos que parecen sacados de Batman. Los Estados tendrían que poner un freno ahí. Esto se trata de comprender la historia de la vida en la Tierra y eso le pertenece a la humanidad”, expresa.

El precio de la historia

  • Gus. T. rex. Vendido en julio de este año por la casa de subastas Sotheby’s, en Nueva York, por 50,1 millones de dólares (43 millones de euros, aproximadamente) en 10 minutos. Es uno de los esqueletos de Tyrannosaurus rex más completos.
  • Ceratosaurus nasicornis. Vendido en 2025 por 30,5 millones de dólares (cerca de 26,2 millones de euros) por Sotheby’s. Tiene una antigüedad 150 millones de años. Solo hay cuatro en el mundo. El que se vendió es el único juvenil. Pertenecía al Museo de la Vida Antigua, de Utah, Estados Unidos. El comprador anónimo prometió cederlo a otra institución para que siga expuesto, pero hasta hoy su localización es privada. En la misma subasta, se vendió un meteorito.
  • Stegosaurio Apex. Vendido en 2024 por 44,6 millones de dólares (unos 38,4 millones de euros) al financista Ken Griffin. El magnate lo prestó al museo Museo Americano de Historia Natural donde se lo puede ver hasta 2028. Fue hallado en 2022 y hay 80 ejemplares en el mundo. Apex es uno de los esqueletos más completos. Griffin se comprometió a financiar la investigación que pueda aportar más detalles sobre su especie, crecimiento, metabolismo y desarrollo esquelético.
  • T. rex Stan. Vendido en 2020 por 31.847.500 dólares (equivalentes a unos 27,4 millones de euros) a un anónimo en una subasta virtual, entre obras de arte, en EEUU. Estuvo desaparecido durante dos años hasta que el Museo de Historia Natural de Abu Dabi, inaugurado a finales del año pasado en la capital de Emiratos Árabes, anunció su exhibición. Tiene 67 millones de años, fue hallado en 1987 en la Formación Hell Greek y es uno de los esqueletos más completos. Es el más caro de la historia, hasta ahora.
  • Esqueletos de Allosaurus y un Diplodocus. Vendidos en 2018 por la casa Binoche et Giquello en París, por 1.150.000 y 1.180.000 de euros, respectivamente.
  • Cráneo de Triceratops, vendido en 2017 (también en París), por 177.800 de euros a un multimillonario chino, propietario de una cadena de hoteles.
  • Allosaurus y mamut siberiano. Vendidos en 2016 y 2017 por la casa de subastas Aguttes a más de 1,1 millón de euros el primero y 548.000 el segundo.
  • Cráneo de Tarbosaurus (del linaje de los T. rex). De 67 millones de años. Vendido en 2007 a Nicolas Cage por 246.000 euros. Tuvo que devolverlo cuando se descubrió había sido robado de Mongolia.
  • T. rex “Sue”. Vendido en 1997 por 8,3 millones de dólares (7,1 millones de euros, aproximadamente) al Museo Field de Chicago.

elpais.com

lunes, 14 de septiembre de 2026

Desentierran en Argentina los huevos fosilizados de los dinosaurios más grandes conocidos

(CNN) - Los dinosaurios más grandes que jamás hayan existido eran capaces de reproducirse en latitudes altas -es decir, regiones alejadas del ecuador- y desarrollaron una estrategia ingeniosa para mantener calientes sus huevos. Así lo reveló un estudio realizado sobre un conjunto de huevos de titanosaurio desenterrados en Argentina.

Una puesta de huevos fosilizados de titanosaurio. Darla Zelenitsky.
La mayoría de los huevos y fragmentos de cáscara de titanosaurio, al igual que los de otros dinosaurios, se han encontrado en regiones de latitudes más bajas, más cercanas al ecuador, donde las temperaturas más cálidas habrían facilitado la incubación.

Los científicos creen que estos gigantes herbívoros de cuello largo y cerebro pequeño -miembros de un grupo conocido como saurópodos- vivían en manadas y posiblemente migraban largas distancias, anidando en el mismo lugar durante milenios.

“Sabemos que se han encontrado sus huesos en lugares tan al sur como la Antártida y el sur de Argentina, y tan al norte como Mongolia y Texas”, afirmó Darla Zelenitsky, paleontóloga y profesora asociada de la Universidad de Calgary, en Alberta. Zelenitsky es una de las autoras principales de la nueva investigación, publicada este martes en la revista Royal Society Open Science.

“Claramente pasaban tiempo en zonas de latitudes más altas, pero hasta ahora no se sabía si también anidaban allí”, añadió Zelenitsky.

A diferencia de algunas especies de dinosaurios más pequeños y de las aves actuales, los paleontólogos están bastante seguros de que los titanosaurios no incubaban sus propios huevos. Su enorme tamaño “habría convertido el nido en una tortilla gigante”, comentó Zelenitsky por correo electrónico.

Por ello, es poco probable que los titanosaurios fueran padres dedicados. Al igual que la mayoría de los reptiles, probablemente ponían sus huevos y dejaban que las crías resultantes se valieran por sí mismas.

Sin embargo, los huevos necesitan calor para desarrollarse y eclosionar, y la luz solar es más escasa en las latitudes altas. El estudio sugiere que los titanosaurios encontraron una forma de lidiar con las temperaturas más bajas en los confines más australes del planeta.

“El escenario más probable es que estos titanosaurios depositaran sus huevos en nidos con forma de montículo, hechos de vegetación y tierra, donde el calor para la incubación provenía principalmente de la materia vegetal en descomposición”, explicó Zelenitsky.

“Las cáscaras de sus huevos eran muy porosas, lo que significa que, si se hubieran dejado a la intemperie, habrían perdido agua y se habrían secado, provocando la muerte de los embriones. Al estar enterrado en arena, tierra o vegetación, el nido conservaba la humedad suficiente para que los huevos sobrevivieran”, agregó.

Nidos del tamaño de mesas de picnic

Los investigadores descubrieron los 255 fragmentos de cáscara de huevo en la Formación Chorrillo, en el sur de Argentina -a 322 kilómetros (200 millas) al norte del estrecho de Magallanes, la ruta marítima en el extremo sur de Sudamérica-, entre 2020 y 2024. Los restos datan de hace 68 millones de años, época en la que se encontraban en latitudes de entre 55 y 60 grados sur. Las nidadas representan el entorno de anidación a mayor latitud conocido para los saurópodos en todo el mundo, según el estudio, y constituyen la evidencia definitiva más austral de huevos de dinosaurio.

Paleontólogos también excavaron huesos de dinosaurio en el yacimiento de la 
Formación Chorrillo, en el sur de Argentina. Fernando Novas.
“Sin embargo, lo que resulta especialmente importante de este nuevo descubrimiento es que estos huevos de dinosaurio pertenecían a titanosaurios, unos dinosaurios gigantes de cuello largo y vientre abultado”, afirmó Steve Brusatte, profesor de paleontología y evolución en la Universidad de Edimburgo, quien no participó en la investigación.

“Algunos de los animales más grandes de la historia de la Tierra ponían huevos y criaban a sus crías a altas latitudes durante el Cretácico; se trata de un dato nuevo sobre la biología y el comportamiento de los dinosaurios que nos permite valorar mejor su capacidad de adaptación y resiliencia”.

Paul Upchurch, profesor de paleobiología en el University College de Londres, señaló que los restos de saurópodos son escasos a altas latitudes y que se pensaba que estos gigantes se desplazaban a dichas zonas durante los veranos cálidos antes de regresar a áreas más cercanas al ecuador.

“El hecho de contar ahora con huevos procedentes de una latitud elevada sugiere que podrían haber permanecido allí todo el año, o al menos haber completado su ciclo reproductivo durante la época cálida en esas latitudes altas”, añadió Upchurch, quien tampoco formó parte del equipo de investigación.

Los titanosaurios incluyen a los dinosaurios más grandes que se conocen; se estima que algunos individuos pesaban hasta unos 75.000 kilogramos (más de ocho veces el peso de un Tyrannosaurus rex). Los huevos de dinosaurio son escasos en el registro fósil porque la cáscara es relativamente fina y frágil: se descompone rápidamente en fragmentos diminutos y es difícil de preservar.

Los huevos de dinosaurio son poco frecuentes en el registro fósil porque la
cáscara es relativamente fina y frágil. Darla Zelenitsky.
No está claro a qué especie de titanosaurio pertenecían los huevos, pero los dientes hallados en el mismo yacimiento correspondían a dinosaurios colososaurios, algunos de los titanosaurios de mayor tamaño, aunque no los más grandes de todos.

“Si estas cáscaras pertenecen a colososaurios, las crías debieron de contar con abundantes recursos alimenticios nutritivos en ese entorno para empezar a ganar las toneladas necesarias y alcanzar finalmente sus colosales dimensiones corporales”, señaló Zelenitsky.

A pesar de que estos dinosaurios eran enormes, sus huevos eran diminutos -aproximadamente una dieciochomilésima parte del tamaño del adulto- y podían albergar unos cuatro litros de líquido; las crías pesaban alrededor de 4 kilogramos.

No obstante, los nidos de los titanosaurios habrían sido lo bastante grandes como para dejar una huella visible en el paisaje, sobre todo si estos dinosaurios anidaban en comunidad.

“Imagino el nido como un montículo de tierra y vegetación del tamaño de una mesa de picnic, con la puesta de huevos enterrada en su interior… así que probablemente no fue una estructura que pasara desapercibida”, comentó Zelenitsky.

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Encuentran en Dakota del Norte el primer rastro de huellas fosilizadas de un T. rex adulto que permite reconstruir su paso hace 66,5 millones de años

Un equipo de paleontólogos ha documentado en el suroeste de Dakota del Norte el primer rastro continuo de huellas atribuido a un ejemplar adulto de Tyrannosaurus rex, un hallazgo que aporta datos inéditos sobre la locomoción y el comportamiento de este depredador emblemático del Cretácico superior.

El rastro de huellas de T. rex descubierto. Crédito: Kent Hups
La investigación, publicada en el Journal of Vertebrate Paleontology, describe un recorrido de aproximadamente siete metros de longitud compuesto por cuatro impresiones tridáctilas, cada una de cerca de 90 centímetros de largo, preservadas en la Formación Hell Creek, una región conocida por su abundante registro fósil del último período de los dinosaurios no avianos.

El descubrimiento se produjo en terrenos federales gestionados por el Servicio Forestal de Estados Unidos, cerca de la localidad de Marmarth, y fue posible gracias a la labor de Kent M. Hups, un profesor del instituto Northglenn High School que, durante una prospección en 2025, identificó el sitio y posteriormente participó como coautor del estudio.

Como docente, siempre digo a mis estudiantes que la ciencia comienza con la curiosidad, la pasión y la observación cuidadosa. Nunca imaginé que eso me llevaría a un hallazgo de esta naturaleza, declaró Hups en el comunicado difundido por el Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver, institución que lideró los trabajos de campo junto con la Universidad John Moores de Liverpool.

La secuencia de pisadas, que incluye dos huellas izquierdas y dos derechas, muestra una zancada de unos cuatro metros entre cada impresión consecutiva. A partir de esa distancia y de las dimensiones de los pies, los investigadores han estimado que el animal se desplazaba a una velocidad de entre 5,6 y 7,2 kilómetros por hora, un ritmo comparable al de una caminata rápida de un ser humano actual.

No obstante, los autores advierten que este cálculo es aproximado debido al avanzado estado de meteorización que presentan las huellas, expuestas durante decenas de millones de años a la erosión y a los cambios geológicos de la región.

A, fotografía tomada con dron de la huella DMNH Loc. 21732, atribuida a un Tyrannosaurus rex adulto. B, vista en planta en falso color (mapa de altitud; arriba) y en color real (abajo) de la huella. Cuadros de la cuadrícula = 1 m. C, fotografía de R2 y TRL a escala. D, vista en perspectiva de los modelos en falso color (izquierda) y en color real (derecha) junto a un cubo de escala en falso color de 1 × 1 m. E, vista en planta ampliada de los modelos en color real (izquierda) y en falso color (derecha) de la huella R2, que conserva la mayor parte de la morfología. F, vista ampliada de la huella R2 que indica dónde se midieron la longitud (TL) y la anchura (TW) de la huella, así como los dedos II, III y IV. G, vista en planta del modelo con mapa de alturas que indica dónde se midieron la zancada y la angulación de la zancada (línea gruesa), la anchura externa de la huella (ETW) y la línea media de la huella (líneas finas). Crédito: P. L. Falkingham et al. 2026

El análisis de las marcas ha permitido a los científicos atribuir su origen al T.rex con un alto grado de confianza, basándose en dos criterios fundamentales: el tamaño excepcional de las impresiones, muy superior al de cualquier otro terópodo conocido en el mismo yacimiento, y la morfología estrecha y alargada de los dedos, característica que encaja con el esqueleto del pie de esta especie.

Además, la abundancia de restos óseos de tiranosaurio recuperados en los alrededores refuerza la hipótesis de que el rastro fue dejado por un individuo de esta especie, algo que hasta ahora solo se había sugerido para huellas aisladas, pero nunca para una serie completa que permitiera seguir la trayectoria del animal.

Tyler Lyson, conservador jefe de paleontología de vertebrados del Museo de Denver y director de la expedición, subrayó la relevancia del descubrimiento en términos de comportamiento animal: Los huesos nos brindan una cantidad enorme de información sobre estos animales, pero las huellas capturan un instante de su conducta. Con un rastro como este podemos seguir literalmente a un animal mientras se movía por el paisaje. Eso es increíblemente raro en el caso del T. rex.

Esta declaración pone de relieve la diferencia entre el registro fósil estático, compuesto por esqueletos que indican anatomía y parentesco, y los icnofósiles, que documentan acciones específicas y ofrecen una ventana a la ecología y los hábitos de los dinosaurios en vida.

La documentación del yacimiento se llevó a cabo mediante técnicas de escaneo tridimensional de alta resolución, que permitieron registrar cada huella y la totalidad del recorrido con un nivel de detalle milimétrico. Este proceso fue ejecutado por Evan Tamez-Galvan, investigador del museo, bajo la supervisión de Lyson y con la colaboración de Antoine Bercovici, también miembro del equipo.

Los modelos digitales resultantes no solo aseguran la preservación virtual del hallazgo, sino que han posibilitado que Peter Falkingham, profesor de paleobiología en Liverpool John Moores y experto mundial en huellas de dinosaurios, pudiera participar como autor principal del artículo sin haber visitado jamás el sitio físico.

Falkingham explicó que la tecnología que podemos aplicar en la era digital permite que mis colegas escaneen las huellas en el campo y me envíen la información tridimensional para visualizarla en mi ordenador y en realidad virtual, lo que me da la posibilidad de examinarlas con el mismo detalle que si estuviera allí en persona.

Este enfoque colaborativo a distancia ejemplifica los cambios metodológicos que están transformando la paleontología, donde la digitalización y el intercambio de datos agilizan las investigaciones y reducen las barreras geográficas sin menoscabar la precisión científica. Los modelos obtenidos han sido empleados para crear réplicas físicas impresas en 3D, lo que facilitará su estudio por parte de otros especialistas y su exhibición en contextos educativos.

El rastro se ha fechado en torno a los 66,5 millones de años, una cronología que sitúa el paseo del tiranosaurio en los últimos momentos del Mesozoico, poco antes del evento de extinción masiva que cerró el Cretácico.

La Formación Hell Creek, donde apareció, es una de las unidades geológicas más prolíficas para el estudio de esta transición, ya que contiene sedimentos que abarcan tanto el final de la era de los dinosaurios como el inicio del Paleógeno, con una rica fauna que incluye desde triceratops hasta edmontosaurios, además de múltiples ejemplares de T. rex.

Precisamente esa concentración de fósiles óseos facilitó la atribución de las huellas, aunque los investigadores advierten que, en ausencia de un esqueleto asociado directamente a las pisadas, siempre existe un margen de incertidumbre taxonómica, por pequeño que sea en este caso.

Tres de las cuatro huellas serán extraídas del yacimiento mediante helicóptero durante el próximo otoño boreal, una operación logística compleja que se realizará bajo la supervisión del Museo de Denver, donde serán trasladadas para su conservación y estudio.

El museo ha anunciado que irá compartiendo actualizaciones del proceso de recuperación con el público a lo largo del invierno, con el objetivo de acercar la ciencia a los visitantes y mostrar el trabajo de campo que precede a cualquier exposición museística. Esta iniciativa forma parte de una estrategia de divulgación que busca aprovechar el impacto mediático del hallazgo para fomentar el interés por la paleontología y la gestión del patrimonio fósil en tierras federales.

El descubrimiento pone de relieve la importancia de la colaboración ciudadana y la formación en ciencias naturales, como demuestra la participación de Hups, un profesor de secundaria que, sin ser paleontólogo de carrera, ha contribuido a uno de los avances más significativos en la icnología de grandes terópodos. Su experiencia, junto con la del equipo multidisciplinar que ha participado en el análisis, ilustra cómo la investigación contemporánea se nutre de sinergias entre instituciones académicas, museos y aficionados cualificados.


La publicación del estudio en el Journal of Vertebrate Paleontology ha sido recibida con expectación en la comunidad científica, ya que hasta la fecha la mayoría de los rastros atribuidos a Tyrannosaurus correspondían a ejemplares juveniles o a especies emparentadas, como Nanuqsaurus o Daspletosaurus.

La posibilidad de disponer de una secuencia de pisadas de un adulto abre la puerta a futuras comparaciones biomecánicas con otros terópodos y a una mejor comprensión de la marcha, el equilibrio y la capacidad de giro de este depredador de más de siete toneladas.

Los investigadores planean continuar el análisis de los modelos digitales para extraer información sobre la distribución del peso, la flexión de las extremidades y la posible velocidad de crucero en condiciones de terreno firme, datos que podrían matizar las reconstrucciones clásicas basadas exclusivamente en la anatomía ósea.

Por último, el hecho de que las huellas se hayan conservado en un estado que, pese a la meteorización, permite reconocer la morfología de los dedos y la profundidad de las impresiones, ha llevado a los autores a considerar que el sustrato original debió ser un sedimento blando, probablemente fangoso, capaz de retener el relieve con suficiente nitidez para que, tras la desecación y la posterior sedimentación, el rastro quedara fosilizado.

Este tipo de condiciones ambientales, habituales en llanuras aluviales, aporta pistas sobre el paisaje que habitaba el T.rex en sus últimos millones de años de existencia, complementando la información que ofrecen los huesos y los dientes con una dimensión dinámica y casi cinematográfica de su vida cotidiana.

Una versión de este artículo también está disponible en inglés: Read this article in english

FUENTES


Falkingham, P. L., Hups, K. M., Tamez-Galvan, E. M., Bercovici, A. D., & Lyson, T. R. (2026). A large tridactyl trackway from the Upper Cretaceous Hell Creek Formation of North Dakota, likely attributable to an adult Tyrannosaurus rex. Journal of Vertebrate Paleontology. doi.org/10.1080/02724634.2026.2706201

Describen la infección bacteriana que sufrió un dinosaurio de Morella hace 125 millones de años

Una tibia de Iguanodon bernissartensis, hallada en Castellón, conserva los efectos de una grave afección que padeció el animal durante su vida. Una nueva investigación revela que el dinosaurio sobrevivió el tiempo suficiente para que su organismo formara nuevo tejido óseo. 

Imagen de un Iguanodon bernissartensis. / Ayuntamiento de Morella

Los sedimentos del Cretácico Inferior que afloraron hace años en el entorno de Morella (Castellón) siguen ofreciendo hallazgos importantes sobre la vida de los dinosaurios europeos hace unos 125 millones de años.

En esta ocasión, un equipo de investigadores ha identificado en un fósil de Iguanodon bernissartensis la primera evidencia documentada de una reacción ósea provocada por una infección bacteriana originada en una úlcera de la piel.

El trabajo, publicado en la revista Royal Society Open Science, constituye un avance importante en el conocimiento de las enfermedades que afectaban a los dinosaurios y de cómo respondían sus organismos frente a infecciones graves.
Las patologías fósiles ofrecen una oportunidad única para conocer cómo enfermaban estos animales
Aunque el registro fósil conserva miles de huesos de dinosaurios, son escasas las ocasiones en las que se puede reconstruir aspectos de la salud de un individuo concreto. Las patologías fósiles ofrecen una oportunidad única para conocer cómo enfermaban estos animales, cómo reaccionaban sus tejidos y hasta qué punto podían sobrevivir a lesiones potencialmente incapacitantes.

Este hallazgo revela que, en las últimas décadas, la paleopatología ha adquirido un papel cada vez más relevante para interpretar la biología, el comportamiento y la evolución de los vertebrados extinguidos.

Grave infección en la pierna

El fósil estudiado corresponde a una tibia derecha de más de un metro de longitud perteneciente a uno de los grupos de dinosaurios herbívoros más emblemáticos del Cretácico Inferior europeo y que, en este caso, se ha atribuido al Iguanodon bernissartensis.

Los restos proceden del yacimiento de Mas de la Parreta (Morella), situado en la Formación Arcillas de Morella, y fue descubierto durante el control paleontológico de los trabajos de extracción de arcillas.

A simple vista, el hueso presenta un abultamiento anómalo en la parte media de la tibia. La superficie es lisa y engrosada, sin señales evidentes de fracturas o deformaciones importantes. Sin embargo, el aspecto de la lesión no era suficiente para establecer su origen y fue necesario recurrir a un diagnostico diferencial que permitiera descartar distintas patologías antes de alcanzar una conclusión.
El hueso reaccionó a una infección de los tejidos blandos situada sobre la tibia.
Se recurrió a las técnicas radiológicas habituales en medicina hospitalaria. La tibia fue estudiada mediante tomografía axial computarizada (TAC) en el Hospital General Universitario de Castellón, y se obtuvieron imágenes tridimensionales de alta resolución que permitieron observar el interior del hueso sin dañarlo. Posteriormente, se generaron reconstrucciones digitales en tres dimensiones para analizar con detalle la estructura de la lesión.

Las imágenes obtenidas permitieron realizar un diagnóstico diferencial exhaustivo. Los investigadores descartaron que el engrosamiento correspondía a un callo de fractura, ya que el hueso no presentaba las alteraciones internas características de un proceso de remodelación ósea que se observan en el proceso de curación de una fractura. También, se rechazaron distintas enfermedades de origen tumoral dado que la lesión carecía de los rasgos diagnósticos propios de estas patologías.

La explicación más consistente fue que el hueso había reaccionado a una infección de los tejidos blandos situada sobre la tibia. El organismo del dinosaurio respondió formando nuevo tejido óseo alrededor de la zona afectada, lo que produjo una reacción perióstica y un engrosamiento de la corteza del hueso.

Según los autores, las características de la lesión son compatibles con una úlcera cutánea avanzada de origen bacteriano, probablemente polimicrobiana, similar a las denominadas úlceras tropicales descritas en medicina humana. Se trata de la primera vez que este tipo de respuesta patológica se documenta en un dinosaurio.

Estudiar la salud de los dinosaurios

El estudio demuestra que el animal no murió inmediatamente después de sufrir la infección. La formación del nuevo tejido óseo indica que sobrevivió durante el tiempo suficiente para que su organismo desarrollara una respuesta inflamatoria prolongada y comenzara el proceso de cicatrización.
La lesión debió de provocar dolor persistente, inflamación y una importante limitación funcional en la extremidad
Los investigadores consideran que la lesión debió de provocar dolor persistente, inflamación y una importante limitación funcional en la extremidad, lo que pudo alterar probablemente su forma de caminar.

Además de ampliar el conocimiento sobre las enfermedades que afectaban a los dinosaurios, el trabajo muestra cómo las técnicas de imagen utilizadas habitualmente en medicina moderna permiten investigar la salud de animales extinguidos hace millones de años. La combinación de tomografía axial computarizada, reconstrucciones tridimensionales y diagnóstico diferencial ha proporcionado un nivel de detalle que hace apenas unas décadas resultaba impensable en paleontología.

Descubrimientos en Morella

Este hallazgo refuerza el valor científico de los yacimientos de la Formación Arcillas de Morella. Desde que en el siglo XIX se identificaron los primeros restos de dinosaurios en la comarca, las excavaciones han proporcionado distintos conjuntos fósiles del Cretácico Inferior europeo.

Entre ellos destacan varias especies descritas por primera vez en esta región, como los dinosaurios herbívoros Morelladon beltrani y Garumbatitan morellensis en Morella, o los dinosaurios carnívoros Vallibonavenatrix cani, de Vallibona, y Protathlitis cinctorrensis, de Cinctorres.

Junto a estas especies, la Formación Arcillas de Morella ha proporcionado abundantes restos de otros dinosaurios ampliamente distribuidos por Europa, entre los que sobresale el gran ornitópodo Iguanodon bernissartensis.

Este estudio permite profundizar no solo en la anatomía y la evolución de esta especie, sino también en aspectos mucho menos conocidos de su biología, como las enfermedades que padecieron y la forma en que respondían a ellas.

Referencia: 

Salas - Herrera, J. et al. First occurrence of polymicrobial ulcer in dinosaurs. Royal Society Open Science. 2026

domingo, 13 de septiembre de 2026

Una pluma descubierta en un excremento fósil explica por qué las aves sobrevivieron al asteroide y el resto de dinosaurios no

En 2016, el paleontólogo David DeMar Jr. avanzaba a gatas por un afloramiento rocoso en el noreste de Montana, buscando fósiles de peces, cuando se topó con un nódulo oscuro, de un tono entre marrón y rojizo, del tamaño aproximado de una cereza grande. Lo recogió, lo observó con una lupa de mano y, en su superficie, distinguió algo que no esperaba encontrar allí: una diminuta pluma fosilizada.

La pluma fosilizada en un coprolito de dinosaurio.
Crédito: J.K. O'Connor et al. 2026
El hallazgo tenía un componente añadido de rareza. DeMar, gestor de colecciones del Proyecto Hell Creek en el Burke Museum de la Universidad de Washington, llevaba trabajando en esa formación geológica el tiempo suficiente para saber que, pese a más de 150 años de prospecciones, nunca se había documentado allí una sola pluma. Y lo que sostenía entre las manos no era una roca cualquiera: todo apuntaba a que se trataba de un coprolito, el término técnico para un excremento fosilizado. 

Diez años después, ese fragmento de heces de dinosaurio se ha convertido en la protagonista de un estudio publicado el 10 de septiembre de 2026 en la revista Current Biology, firmado por Jingmai O’Connor, conservadora asociada de reptiles fósiles en el Field Museum de Chicago, junto con DeMar y otros investigadores del Burke Museum y el Carter County Museum de Ekalaka.

Según el equipo, la pluma es la de mejor conservación tridimensional recuperada hasta ahora de todo el Cretácico, y ofrece una pista sobre uno de los enigmas más persistentes de la paleontología: por qué las aves fueron el único grupo de dinosaurios que logró sobrevivir a la extinción masiva de hace 66 millones de años.

Un depredador que se comió un ave

Ilustración artística de un dinosaurio cazando una ave acuática.
Crédito: Andrey Atuchin
Antes de llegar al laboratorio, el nódulo pasó por análisis de composición mineral y, sobre todo, por un escáner de tomografía computarizada (CT) en el campus médico de la Universidad del Sur de California. Miles de radiografías apiladas digitalmente revelaron algo que a simple vista era imposible de apreciar: dentro del coprolito no había una sola pluma, sino varias, junto con dos pequeñas escamas de un pez gar (de la familia Lepisosteidae) y fragmentos de huesos de la pata de un ave.

Aunque la conservación era mejor que la de muchas de las plumas que había estudiado en ámbar birmano para mi tesis, esto estaba dentro de una roca, y no precisamente una roca llamativa, explica Nate Carroll, coautor del estudio y paleontólogo del Carter County Museum. Cada hora de procesamiento de los datos revelaba otra pluma, otra escama, otro hueso, en un 3D asombroso.

Los huesos de la pata permitieron identificar al propietario original de esas plumas: un hesperornitiforme, un grupo extinto de aves acuáticas que no podían volar y que, ecológicamente, se parecían a los somormujos o colimbos actuales. Cazaban buceando, usando patas especializadas para impulsarse bajo el agua, y las plumas recuperadas mostraban precisamente adaptaciones propias de la vida acuática.

La secuencia de sucesos, según reconstruye el equipo, sería la siguiente: un ave buceadora fue devorada, probablemente por un T. rex o por un Nanotyrannus (el tamaño del coprolito no permite descartar ninguna de las dos especies), y ese mismo depredador expulsó después los restos que, 66 millones de años más tarde, acabarían en las manos de DeMar.

Una pluma con un pie en el pasado y otro en el presente

Lo que hace especialmente valiosa esta pluma es su combinación de rasgos. Dos de los ejemplares recuperados, incluido el que quedó expuesto en la superficie del coprolito, presentan un raquis de sección cuadrada y con el interior relleno de una estructura esponjosa, un rasgo que hasta ahora solo se conocía en aves modernas y en sus parientes más inmediatos. El siguiente registro más antiguo de esa misma estructura esponjosa procede del Eoceno inferior de Dinamarca, unos 10 millones de años posterior al fósil de Hell Creek.

Junto a esas plumas de aspecto moderno e impermeable, el coprolito conservaba también plumón más pequeño, difuso y de estructura primitiva, del tipo que se asocia a los dinosaurios no avianos y a otro grupo de aves muy abundante durante el Cretácico, los enantiornitinos.

Esta mezcla convierte a los hesperornitiformes en una especie de eslabón intermedio entre esas plumas arcaicas y el plumaje aislante de las aves actuales, las Neornithes, el único linaje que sobrevivió al impacto que acabó con el resto de dinosaurios.

El coprolito de dinosaurio con la pluma fosilizada. Crédito: David DeMar Jr.

Aquí es donde el hallazgo se conecta con la pregunta de fondo. Los enantiornitinos, el grupo de aves más común durante el Cretácico, se extinguieron. Los hesperornitiformes, primos cercanos de las Neornithes pero fuera de ese linaje, también desaparecieron. Solo las Neornithes lograron cruzar al otro lado del límite Cretácico-Paleógeno, y hoy todas las aves vivas descienden de ellas.

Durante años se ha manejado la hipótesis de que la clave estuvo en el hábitat: las Neornithes, se argumenta, habrían vivido cerca del agua, y ese entorno las habría protegido de algún modo de los efectos del impacto. El problema es que los hesperornitiformes también eran aves acuáticas y, aun así, no sobrevivieron. Eso obliga a buscar otra explicación, y O’Connor apunta a las plumas.

Creemos que el tipo de plumas que tenían estas aves, o la forma en que las mudaban, pudo ser una de las causas subyacentes de la selectividad de la extinción de finales del Cretácico: esencialmente, por qué unas aves se extinguieron y otras sobrevivieron, explica la investigadora.

La idea es que las plumas del cuerpo, las responsables de mantener la temperatura corporal, no ofrecían el mismo aislamiento en todos los linajes. Tras el impacto del asteroide de Chicxulub, la atmósfera se llenó de ceniza y hollín, y las temperaturas globales cayeron de forma abrupta durante lo que se conoce como el invierno de impacto. Si el plumaje de los hesperornitiformes y los enantiornitinos era menos eficiente reteniendo el calor que el de las Neornithes, esa diferencia, aparentemente pequeña, pudo inclinar la balanza entre sobrevivir y desaparecer.

Gregory Wilson Mantilla, profesor de la Universidad de Washington y conservador de paleontología de vertebrados en el Burke Museum, subraya que los fósiles de aves, y sobre todo de sus plumas, son extraordinariamente escasos, así que cada hallazgo aporta información valiosa sobre la evolución de este rasgo. Y este caso concreto, añade, tiene un valor adicional: al proceder del interior de un excremento de dinosaurio, ofrece también una ventana directa a las relaciones entre depredador y presa hace 66 millones de años.

Una vía de estudio casi sin explorar

Para O’Connor, el proyecto tuvo un componente detectivesco poco habitual en su trabajo. Ella suele analizar esqueletos completos conservados en grandes losas de roca, con los tejidos blandos ya visibles. Aquí, en cambio, no había más que un coprolito y su contenido, y hubo que reconstruir la historia a partir de indicios sueltos.

El hallazgo, además, abre una puerta que apenas se ha explorado. Los coprolitos rara vez se estudian buscando en su interior restos de tejidos blandos como las plumas, en parte porque nadie los sometía sistemáticamente a tomografías computarizadas. Este caso concreto solo salió a la luz porque el excremento se había partido de manera que dejó una pluma expuesta en la superficie, algo que O’Connor describe como un golpe de suerte. Ahora, la investigadora confía en que otros museos empiecen a escanear sus colecciones de coprolitos con esta posibilidad en mente.

Queda por saber, eso sí, hasta qué punto esta diferencia de aislamiento térmico fue determinante frente a otros factores que también se han propuesto para explicar la supervivencia selectiva de las aves, como la dieta o el tamaño del cuerpo. El propio equipo es cauto al respecto: el plumaje, insisten, pudo ser uno de los factores, no necesariamente el único. Y mientras no aparezcan más plumas de hesperornitiformes con las que comparar, la pieza hallada en Montana seguirá siendo, por ahora, un caso único.

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FUENTES

Field Museum

Jingmai K. O’Connor, David G. DeMar, Jr., et al., Bird feathers from a Late Cretaceous coprolite. Current Biology, doi.org/10.1016/j.cub.2026.08.054

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