lunes, 20 de julio de 2020

BUSCANDO DINOSAURIOS EN TORRELARA (BURGOS)

-19 de julio, 2020-

EXCAVACIONES EN TORRELARA EN BUSCA DE DINOSAURIOS

Como cada verano empiezan las excavaciones en la sierra de la Demanda burgalesa en busca de restos de los dinosaurios que poblaron estas tierras hace millones de años. La campaña de éste año se centra en la localidad de Torrelara, en el paraje de Valdepozuelos-Tenadas del Carrascal. Participan voluntarios, más de 15, y miembros del Colectivo Arqueológico y  Paleontológico de Salas (C.A.S.), Museo de Dinosaurios y Fundación Dinosaurios de Castilla y León. Las excavaciones se mantendrán desde el 15 al 29 de julio. 

Es el cuarto año que se centra la campaña en éste yacimiento, al que los responsables encuentran muy prometedor. Desde que un labrador de Torrelara descubriera un gran hueso en el año 1990, siempre despertó interés paleontológico éste lugar. Se pospusieron hasta el año 2017, dando los primeros frutos. En las tres campañas anteriores se han recuperado más de 350 registros fósiles de diferentes grupos de seres vivos que datan de 145 millones de años. Todos los huesos son importantes, pero destaca un Húmero de un braquiosáurido recuperado en la campaña de 2019, que tras su estudio se trata de uno de los de su especie más antiguo de la Península Ibérica.

Nos hemos desplazado hasta el yacimiento para conocer in situ las excavaciones. Nos recibe Agustina Ureña, que nos emplaza a cumplir las normas del Covid-19 y a respetar las normas de la visita. Ella nos acompañara en todo momento, sumándose a las explicaciones.  En estos momentos están trabajando unas 15 personas bajo un sol de justicia. La carpa que cubre el yacimiento no lo cubre por completo. Nos va a servir de guía Alberto Bengoechea, uno de los responsables. Su elocuencia, entusiasmo y sabiduría no dejará ningún detalle sin explicar. Antes de nada vuestro agradecimiento a Alberto y Agustina.

En campañas anteriores salieron huesos de un saurópodo, un animal tan grande como un autobús, y parece ser que hay otro más, junto a vertebras y dientes de algún carnívoro. El yacimiento es muy grande y se asienta sobre una capa gris, que posiblemente se adentre dentro de la roca. Esa capa se extiende hacia otras poblaciones donde también se han encontrado indicios de enterramientos, pero es aquí en Torrelara donde afloran los más importantes. Tampoco se conoce la profundidad de la capa, por lo que podría dar muchas buenas sorpresas. Según Alberto ésta zona era un antiguo lago y en su orilla es donde quedarían varados y muertos los animales, y posteriormente se produjo su fosilización.

Este año, con unas medidas especiales por el tema del Covid-19,  lo primero ha sido destapar lo que se descubrió el año pasado, que durante este tiempo ha estado protegido por un geotextil y recubierto de tierra. De momento no saben lo que se van a encontrar, ya el pasado año rescataron un espinazo enorme, con todas las piezas en conexión. Ahora tienen muchas esperanzas de encontrar nuevas piezas interesantes. Por poco nosotros asistimos al primer descubrimiento, una vértebra de buenas dimensiones.

No nos cansamos de escuchar a nuestros interlocutores, pero tenemos que dejarles trabajar. Les deseamos toda la suerte del mundo.

Es una pena que todos estos descubrimientos no tengan un espacio expositivo como se merecen. El Museo de Salas se queda pequeño. Desde hace muchos años se está pidiendo un nuevo edificio acorde con la riqueza de fósiles que atesora este territorio. Mucho se habla de la España Vaciada y quien puede no se preocupa de dar valor a éste patrimonio que seguro si se sabe explotar daría turismo y riqueza a la comarca.

Se han habilitado las visitas al yacimiento para todo el que lo quiera visitar. Los horarios son a las 11:30 horas y las 18:00. Del 16 al 29 de julio. Sábados y domingos sólo mañanas. (Domingo 26 cerrado) Las citas hay que pedirlas por teléfono en el Museo de Salas, 947 397 001.  También en el correo: museodesalas@salasdelosinfantes.net 
Máximo 15 personas por turno. (Mascarilla obligatoria)

sábado, 18 de julio de 2020

VISITA A LAS EXCAVACIONES DEL YACIMIENTO DE TORRELARA

Foto: excavaciones de dinosaurios en Torrelara 2019. C.A.S.
Horarios:
  • De mañana: 11:30 horas.
  • De tarde: 18:00 horas.

Del 16 al 29 de julio.  Sábados y domingos sólo mañanas.
Domingo 26 de julio: cerrado

Pedir cita en el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes:
947397001/museodesalas@salasdelosinfantes.net

Máximo: 15 PERSONAS.

MASCARILLA OBLIGATORIA

Los grupos serán de 15 personas máximo, deberán portar mascarillas y seguir las normas señaladas por la organización de las excavaciones. Los interesados deberán contactar con el Museo de Dinosaurios hasta el día anterior al de la visita que desea realizar.

El ámbar como cápsula del tiempo

Investigadores del Instituto Geológico y Minero de España estudian el pasado lejano en organismos contenidos en resinas fosilizadas

Una pieza de copal, a medio camino entre resina y ámbar, con insectos atrapados. 
VÍCTOR SÁINZ
Hace 100 millones de años un escarabajo glotón visitó un nenúfar para alimentarse y se embadurnó del polen de la planta. Un momento fugaz, un instante como otro cualquiera en la vida natural, que quedó inmortalizado al caer sobre el insecto una gota de resina que fluyó de un árbol. Con el tiempo la resina se fosilizó formando ámbar tras ser arrastrada por la lluvia hasta llegar a un estuario en la desembocadura un río, donde quedó estancada y enterrada. Ese yacimiento de ámbar fue posteriormente descubierto y, ahora, científicos como Eduardo Barrón y Enrique Peñalver pueden estudiar aquel momento lejano en el Instituto Geológico Minero de España (IGME). 

“Los ámbares son una ventana a otro tiempo”, explica Barrón en las dependencias decimonónicas del IGME, en la madrileña calle de Ríos Rosas. Son como esas cápsulas del tiempo que entierran los niños para desenterrar años después, pero en los difícilmente imaginables tiempos geológicos. Estudiando la composición química del ámbar podemos conocer la identidad de las plantas que emitieron la resina, pero también las de los insectos o granos de polen que han quedado atrapados para siempre y las del entorno en el que vivían. 

El citado escarabajo glotón está recubierto de polen de una planta angiosperma (con flores y frutos), en otras piezas se han encontrado otros insectos que portan polen de gimnosperma (plantas con semillas desnudas, como las coníferas). Y la clave está en el polen: “Es un hallazgo importante porque nos indica que, en aquel tiempo, en el Cretácico, fue cuando empezaron a predominar las angiospermas frente a las gimnospermas”, explica Barrón en su despacho mientras mira por su microscopio, “es un momento de tránsitos, una revolución de los ecosistemas”. Ese importante cambio en la naturaleza, la victoria de las flores, cuando los insectos empiezan a frecuentar plantas como el nenúfar, quedó fotografiado dentro de la pieza de ámbar hallada en Myanmar. 
La realidad es que la molécula de ADN es demasiado grande y frágil para que se conserve tanto tiempo. Así que no podríamos recrear dinosaurios
ENRIQUE PEÑALVER, CIENTÍFICO 
Eduardo Barrón trabajando en el en el Instituto Geológico Minero de España 
(IGME). VÍCTOR SÁINZ
Otro de los descubrimientos que han hecho los científicos del IGME, en colaboración con otras instituciones, es el de un tipo de garrapata desconocida que parasitaba a dinosaurios emplumados, la más antigua de la que tenemos registro. “Estábamos examinando una pieza de ámbar del yacimiento de El Soplao, en Cantabria, y la detectamos”, dice Peñalver, “nos pareció raro, porque no se conocían garrapatas tan antiguas”. Pero allí estaba. Por algún motivo esa familia de garrapatas desapareció con los dinosaurios y no se adaptaron a otros grupos de vertebrados. Es la garrapata más vieja del mundo, la “tatarabuela” de las garrapatas. Y, además, española.

Además de su valor científico, el ámbar, translúcido y amarillento, tiene interés para la producción de joyería, como ha sido tradicional con el procedente del Báltico, zona donde se concentra el 80% del ámbar mundial conocido. Es una sustancia escasa, que solo se encuentra en lugares como el citado Báltico, México, República Dominicana, Myanmar o España, porque ni todas las plantas producen resina, ni siempre se dieron las condiciones para la formación de ámbar.

El ámbar de cada zona geográfica tiene una antigüedad distinta. El español tiene unos 105 millones de años, año arriba, año abajo. Recientemente se han encontrado yacimientos en Australia, con participación de científicos del IGME, lo que nos abre una nueva ventana para investigar los tiempos remotos. “Muchos yacimientos se encuentran por casualidad, cuando se construye una carretera, por ejemplo, y las excavadoras dan con ellos”, dice Peñalver. Si usted encuentra ámbar o fósiles por ahí, que sepa que no son suyos: son patrimonio del Estado, son de todos.

Restos fosilizados de Anancus arvernensis, un mastodonte que
vivió en el Plioceno (hace unos 3,2 millones de años) en lo que 
hoy es Alcolea de Calatrava (Ciudad Real). VÍCTOR SÁINZ
Por su belleza y su escasez el ámbar ha sido valioso. La Cámara de Ámbar, en el Palacio de Catalina, en San Petersburgo, era una lujosa sala recubierta de este material que fue saqueada por los nazis en la Segunda Guerra Mundial; hoy ese ámbar está en paradero desconocido. Pero su historia es más antigua: “En ciertas cuevas asturianas del Paleolítico se han encontrado cuentas de ámbar”, dice Barrón, “más adelante, de la época romana, se hallaron en Albacete muñecas talladas en ámbar báltico [se pueden ver en el Museo Provincial de Albacete], lo que indica que ya entonces había comercio con este material”.

La fragilidad del ADN

La imagen de la piedra de ámbar con el insecto dentro nos retrotrae sin remedio a la película Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993), donde se extraía ADN de dinosaurio de la sangre absorbida por un mosquito atrapado en ámbar. Y de ahí se recreaban todo tipo de dinosaurios para montar un parque temático. “Puede ser decepcionante, pero la realidad es que la molécula de ADN es demasiado grande y frágil para que se conserve tanto tiempo. Así que no podríamos recrear dinosaurios”, explica Peñalver.

Réplica del cráneo de un Tyrannosaurus Rex del Cretácico superior. Vivió hace 
unos 67 millones de años en Dakota del Sur (EEUU) y se estima que alcanzaría 
los 12 metros de longitud y pesaría unas 8 toneladas. VÍCTOR SÁINZ
Ni siquiera en los mamuts congelados en Siberia se puede encontrar ADN intacto. De hecho, un grupo de investigadores japoneses ha intentado clonar un mamut de la Edad del Hielo (hace 10.000 años) pretendiendo combinar este ADN reconstruido con óvulos de elefante actual, sin éxito. “Además, es una opción ética controvertida: somos el tiempo en el que vivimos, y no sabemos cómo se desarrollarían estos animales sin sus congéneres y en el medioambiente actual”, añade Peñalver. Casi mejor, porque Parque Jurásico acababa fatal.

GEMAS, METEORITOS Y UN MASTODONTE
El Instituto Geológico y Minero de España fue fundado en tiempos de Isabel II para la creación del primer mapa geológico del país, en tiempos en los que la minería comenzaba a ser una actividad primordial y la industrialización avanzaba a base de carbón. La actual sede se acabó de construir en los años 40 del pasado siglo. Ahora la institución concentra la investigación geológica estatal en áreas como la cartografía, la hidrogeología, los recursos minerales o el riesgo geológico. Una de sus partes más célebres es el imponente Museo Geominero que conserva los muebles decimonónicos y el luminoso techo de vidrieras en un ambiente misterioso, como de gabinete de curiosidades. Allí, además de todo tipo de fósiles, gemas, meteoritos y minerales expuestos en innumerables vitrinas, tienen un lugar preferencial los restos de un mastodonte hallado en Las Higueruelas, Ciudad Real, y datado en el Plioceno, hace entre 3 y 5 millones de años.

Tecnología avanzada arroja nueva luz sobre la evolución de los dientes

La evolución de nuestros dientes comenzó entre los antiguos peces blindados hace más de 400 millones de años. Ahora, un equipo internacional dirigido por investigadores de la Universidad de Uppsala, en Suecia, presenta hallazgos innovadores sobre estos primeros vertebrados con mandíbula en la revista 'Science'. Utilizando potentes imágenes de rayos X, muestran que los fósiles únicos encontrados cerca de Praga (República Checa) contienen dientes de aspecto sorprendentemente moderno.

Cráneo fósil de Radotina en vista frontal (izquierda), vista lateral izquierda 
(derecha, arriba) y vista lateral derecha (derecha, abajo) - 
VÍT LUKÁ / MUSEO NACIONAL DE PRAGA – Archivo
Los dientes están hechos de dentina, un tejido que en los humanos solo se encuentra en los dientes. Sin embargo, en los tiburones toda la superficie del cuerpo está cubierta de escamas dentales hechas de dentina. Los fósiles muestran que estructuras similares de dentina estaban presentes en la superficie del cuerpo incluso antes de que las mandíbulas evolucionaran.

Los dientes de todos los vertebrados con mandíbula vivos muestran algunos patrones consistentes: por ejemplo, los dientes nuevos generalmente se desarrollan en el lado interno de los viejos y luego se mueven hacia afuera para reemplazarlos. En los humanos, este patrón se ha modificado para que se desarrollen nuevos dientes debajo de los viejos, dentro del hueso de la mandíbula.

Sin embargo, en otros aspectos, los peces óseos y los animales terrestres difieren de los tiburones. Los tiburones no tienen huesos, solo cartílago, y tanto las escamas de dentina como los dientes verdaderos de la boca están unidos a la piel.

En los peces óseos y los animales terrestres, los dientes siempre están unidos a los huesos de la mandíbula, y si las estructuras de dentina están presentes en la superficie externa del cuerpo, están unidas a los huesos del cráneo y las escamas.

Además, mientras que los dientes de tiburón se desprenden desprendiéndose de la piel, los peces óseos y los animales terrestres se desprenden disolviendo las bases de los dientes. Esta diversidad plantea preguntas como si están relacionadas las estructuras dentinarias de la piel y los verdaderos dientes de la boca, cómo eran los primeros dientes, si estaban unidos a los huesos de la mandíbula o si se caían y de dónde salían los nuevos.

Para responder a estas preguntas, el equipo de investigadores de Suecia, la República Checa, Francia y Reino Unido recurrió a los acantotorácidos, un grupo temprano de peces estrechamente relacionado con los primeros vertebrados con mandíbula.
El problema con los acantotorácidos es que sus fósiles son raros y siempre incompletos. Los más finos provienen de la cuenca de Praga en la República Checa, de rocas que tienen poco más de 400 millones de años y fueron recolectadas a fines del siglo pasado. Han resultado difíciles de estudiar mediante técnicas convencionales porque los huesos no pueden liberarse de la roca circundante y, por lo tanto, nunca se han investigado en detalle.

Una nueva técnica de imagen, la microtomografía de sincrotrón, ahora está revolucionando el estudio de fósiles tan preciosos y difíciles. Utilizando los rayos X intensamente brillantes y similares a un láser emitidos por electrones acelerados a cerca de la velocidad de la luz, esta técnica permite a los investigadores visualizar la estructura interna de los fósiles en tres dimensiones sin dañarlos. La instalación más importante del mundo para este tipo de imágenes es la Instalación Europea de Radiación Sincrotón (ESRF), en Grenoble, Francia.

"Nuestro equipo decidió trabajar con ESRF para aplicar esta técnica a las cabezas acantotorácidas de la cuenca de Praga, sabiendo que era la única forma de revelar su anatomía compleja", dice Valéria Vaskaninová, autora principal del estudio. "Los resultados fueron realmente notables, incluidas las dentaduras bien conservadas que nadie esperaba estar allí".

Los escaneos de seguimiento a mayor resolución permitieron a los investigadores visualizar el patrón de crecimiento e incluso los espacios celulares perfectamente conservados dentro de la dentina de estos dientes antiguos.

Las dentaduras acantotócicas están unidas a los huesos de la mandíbula, lo que indica que los peces óseos y los animales terrestres conservan la condición ancestral a este respecto, mientras que los tiburones están especializados en tener dientes que solo se adhieren a la piel, en contraste con la percepción común de que los tiburones son vertebrados primitivos vivos. Sin embargo, los acantotorácidos no mudaron sus dientes. Esto sugiere que los diferentes estilos de desprendimiento de dientes evolucionaron independientemente de un antepasado sin desprendimiento.

Al igual que los tiburones, los peces óseos y los animales terrestres, los acantotorácidos solo agregaron dientes nuevos en el interior; Los dientes más viejos estaban ubicados justo en el margen de la mandíbula dentro de los labios. Esto contrasta con otro grupo de peces primitivos, los artrodires, en los que también se podían agregar dientes nuevos en el exterior.

Los huesos dentarios de los acantotoracidos también llevan pequeños elementos dentinarios de la piel en su superficie exterior, una característica que comparten los primitivos peces óseos, pero no los artrodiros. Esto demuestra que los huesos maxilares de los acantotoracidos estaban situados justo en el borde de la boca, como los de los peces óseos, mientras que los huesos maxilares de los artrodires se encontraban más adentro.

Un acantotoracido (Kosoraspis) muestra una transición gradual de estos elementos de la dentina a los dientes vecinos, mientras que otro (Radotina) tiene dientes casi idénticos a los elementos de la dentina de la piel en forma. Esto sugiere que los dientes sólo recientemente han evolucionado a partir de los elementos de dentina en la piel.

"Estos hallazgos cambian toda nuestra comprensión del origen de los dientes --destaca el coautor Per Ahlberg--. Aunque los acantotoracidos están entre los más primitivos de todos los vertebrados de la mandíbula, sus dientes son en algunos aspectos mucho más parecidos a los modernos que las dentaduras artrodire. Sus mandíbulas se parecen a las de los peces óseos y parecen ser directamente ancestrales a las nuestras".

El crecimiento del trilobite


Si alguna vez ha sostenido un fósil de trilobite, ha visto uno en un aula o ha pasado por delante de uno en una tienda, lo más probable es que se trate de un ejemplar de la especie Elrathia kingii, uno de los trilobites más comunes y reconocidos, y que ha sido recogido por cientos de miles en el oeste de Utah. Pero a pesar de la popularidad de esta especie, los científicos no habían determinado cómo crecía, desde que nacía hasta que era joven o adulto, hasta ahora. 

Una losa con múltiples especies de fósiles de trilobites incrustados. 
La escala está en centímetros. (Foto: M. Hopkins/© AMNH)
Un nuevo trabajo del Museo Americano de Historia Natural publicado en la revista Papers in Palaeontology describe el desarrollo y la tasa de crecimiento del Elrathia kingii -apenas el segundo conjunto de datos de este tipo que se ha compilado para un trilobite- permitiendo la primera comparación entre las especies de trilobites. 

"Hay un rango de tamaño bastante grande entre los trilobites. Algunos nunca crecieron más de un centímetro, mientras que el más grande registrado tiene 72 centímetros", dijo Melanie Hopkins, conservadora asociada en la División de Paleontología del Museo y autora del estudio. "Los estudios sobre la tasa de crecimiento como este pueden ayudarnos a abordar algunas de las grandes cuestiones: ¿Cómo llegaron a ser tan grandes algunos trilobites? ¿Cuál fue el contexto ambiental para eso? ¿Y cómo evolucionó el tamaño del cuerpo a lo largo de la historia evolutiva de ese clado?" 

Los trilobites son un grupo de artrópodos marinos extintos, relacionados de lejos con el cangrejo herradura, y que vivieron durante casi 300 millones de años. Eran increíblemente diversos, con más de 20.000 especies descritas. Sus exoesqueletos fosilizados se conservan en yacimientos de todo el mundo, desde los Estados Unidos hasta China. Como los insectos, mudaban de piel a lo largo de sus vidas, dejando pistas de cómo cambiaron durante su desarrollo. Pero para calcular la tasa de crecimiento de la especie, los científicos necesitan fósiles que representen todas las etapas de la vida del animal, y muchos de ellos. 

"Hay toneladas de especímenes de Elrathia kingii por ahí, pero la mayoría de ellos son adultos, y los datos del lugar exacto donde fueron recogidos son inconsistentes", dijo Hopkins. "Necesitaba material que pudiera recolectar de una sección lo más pequeña posible que incluyera muchos juveniles". 

Así que en mayo de 2018, Hopkins pasó cinco días en Utah con un equipo formado por personal del Museo y voluntarios en un nuevo yacimiento de fósiles que se dice que preserva montones de Elrathia kingii. Al final del viaje, habían recogido unos 500 especímenes -muchos de ellos juveniles, que pueden ser tan pequeños como medio milímetro de largo- de una sección de afloramiento de solo 1,5 metros de largo. 

Hopkins estimó la tasa de crecimiento y la comparó con los datos publicados anteriormente sobre un trilobite diferente, el Aulacopleura konincki, la primera vez que dos especies de trilobites se han comparado de esta manera. Las dos especies se ven muy similares y Hopkins encontró que también crecen de maneras parecidas: por ejemplo, el crecimiento del tronco - el área inmediatamente debajo de la cabeza del trilobite compuesta de segmentos que aumentan con la edad - estaba controlado por un gradiente de crecimiento, con aquellos que eran más jóvenes y más cercanos a la parte posterior del cuerpo experimentando un crecimiento más rápido. Pero si bien el Elrathia kingii era más pequeño durante su desarrollo temprano y pasaba por menos mudas antes de la edad adulta, tenía tasas de crecimiento más rápidas, alcanzando finalmente tamaños a la par de Aulacopleura konincki, el más grande de los cuales tiene unos 4 centímetros de largo. 

En futuros estudios, Hopkins está planeando añadir a sus modelos datos de tasas de crecimiento de diferentes especies de trilobites de aspecto más diverso. (Fuente: NCYT Amazings)


Hallan la mandíbula fósil de un raro ejemplar de dinosaurio ártico juvenil

Un pequeño trozo de mandíbula fósil hallado en Alaska representa un raro ejemplo de restos de dinosaurios dromaeosaurios juveniles del Ártico, según un estudio publicado en la revista de libre acceso 'PLOS ONE' por investigadores del Imperial College de Londres (Reino Unido).

Reconstrucción del dinosaurio dromaeosaurio juvenil del Ártico 
- ANDREY ATUCHIN – Archivo
Los dromaeosaurios son un grupo de dinosaurios depredadores estrechamente relacionados con las aves, cuyos miembros incluyen especies conocidas como el deinonychus y el velociraptor. Estos dinosaurios vivieron en todo el mundo, pero sus huesos son a menudo pequeños y delicados y rara vez se conservan bien en el registro fósil, lo que complica los esfuerzos para comprender los caminos que tomaron a medida que se dispersaron entre los continentes.

La formación Prince Creek del norte de Alaska conserva la mayor colección de fósiles de dinosaurios polares del mundo, que data de hace unos 70 millones de años, pero los únicos restos de dromaeosauridos encontrados hasta ahora habían sido dientes aislados.

El fósil de la mandíbula descrito en este estudio tiene solo 14 milímetros de largo y conserva solo la punta de la mandíbula inferior, pero es el primer fósil de dromaeosaurio no dental conocido del Ártico. El análisis estadístico indica que este hueso pertenece a un pariente cercano de las Saurornitholestes norteamericanas.

Se cree que los dromaeosáuridos de América del Norte tienen su origen en Asia, y Alaska habría sido una región clave para la dispersión de sus antepasados. Este nuevo fósil es una pista tentadora para comprender qué tipos de dromeosaurios habitaban en esta región crucial. 

Además, la etapa temprana de desarrollo del hueso sugiere que este individuo aún era joven y probablemente nació cerca. Frente a las sugerencias anteriores de que esta parte de Alaska era exclusivamente una ruta migratoria para muchos dinosaurios, esta es una fuerte evidencia de que algunos dinosaurios anidaban allí. Los autores sugieren que los hallazgos futuros pueden permitir una comprensión más completa de estos misteriosos dromaeosauridos árticos. 

"Hay lugares donde los fósiles de dinosaurios son tan comunes que un trozo de hueso, en la mayoría de los casos, ya no puede agregar nada científicamente informativo: este no es el caso con este espécimen de Alaska --destaca Alfio Alessandro Chiarenza, del Imperial College de Londres--. Incluso con un fragmento de mandíbula tan incompleto, nuestro equipo no solo fue capaz de resolver las relaciones evolutivas de este dinosaurio, sino también de imaginar algo más sobre la biología de estos animales, en última instancia, obtener más información sobre este ecosistema del Ártico Antiguo".

"Hace años --agrega Anthony R. Fiorillo, también del Imperial College de Londres--, cuando los dinosaurios se encontraron por primera vez en el extremo norte, la idea desafió lo que creemos saber sobre los dinosaurios. Durante algún tiempo después, hubo un gran debate sobre si esos dinosaurios árticos migraron o no en el norte durante todo el año, todos esos argumentos eran de naturaleza especulativa".

Según destaca, "este estudio de una mandíbula de dinosaurio depredador de un bebé proporciona la primera prueba física de que al menos algunos dinosaurios no solo vivieron en el extremo norte, sino que prosperaron allí. Incluso podría decirse, nuestro estudio muestra que el antiguo norte era un gran lugar para criar una familia y ahora tenemos que descubrir por qué".

Descubren en Colombia fósiles de reptil volador de hace 135 millones de años

  • Los pterosaurios fueron los primeros vertebrados en volar, medía unos cinco metros cuando extendía sus alas y solo pesaba unos 250 kilogramos

Ilustración cedida por Edwin Cadena que muestra un pterosaurio, reptil 
vertebrado volador - EFE/ Edwin Cadena
Fósiles de un pterosaurio, un reptil vertebrado volador, fueron descubiertos en el departamento colombiano de Santander por el paleontólogo Edwin Cadena, quien explicó que la criatura vivió hace unos 135 millones de años, medía unos cinco metros cuando extendía sus alas y se alimentaba principalmente de peces y cangrejos. «Los pterosaurios fueron los primeros vertebrados en volar. Lo lograron varios millones de años antes que las aves o murciélagos actuales», explica Cadena a Efe al resaltar que "nunca antes se había descubierto este grupo de reptiles voladores fósiles en el país».

Cadena halló parte de una mandíbula y de extremidades durante un trabajo de campo realizado en 2017 en una zona rural del municipio de Zapatoca, en Santander. «Zapatoca es un mar de fósiles. Es un yacimiento muy interesante para la paleontología colombiana porque allí no solo hay tortugas, también hay tiburones, cocodrilos marinos, ahora los pterosaurios y hay muy bien preservados cangrejos y erizos de mar», asegura el paleontólogo e investigador de la Universidad del Rosario, de Bogotá.

Fotografía cedida por Edwin Cadena que muestra un fósil de pterosaurio 
- EFE/ Edwin Cadena
Para la época en que los pterosaurios surcaban los cielos, dice Cadena, Colombia estaba sumergida bajo el mar: «Zapatoca y todo Santander eran como el Caribe, una zona de transición entre mar y playa y por eso estos sitios fueron escogidos por tortugas y cocodrilos para poner huevos y alimentarse, y por los grandes depredadores, como los pterosaurios».


Entre cuatro y cinco metros

El paleontólogo asegura que, según los estudios, los pterosaurios tenían una envergadura -distancia entre las dos puntas de las alas de un ave cuando están extendidas- de entre cuatro y cinco metros. Pese a ese tamaño, el animal solo pesaba unos 250 kilogramos. Esto porque los huesos eran huecos, una característica que se conoce como neumaticidad ósea «que fue una adaptación de estos reptiles voladores para alivianar su peso y poder emprender el vuelo».

Los pterosaurios, según Cadena, eran animales que se alimentaban de peces y de cangrejos, entre otros, y tenían numerosos dientes pequeños. «Lastimosamente el material que encontramos es fragmentario, no es un espécimen completo, lo cual hace que no podamos definir una nueva especie, pero encontramos parte de una mandíbula y nos permite establecer que pertenecen a los ornitho queiroideos», de los que ya hay registros en Brasil, puntualiza el investigador.

La revista científica Cretaceous Research publicará un artículo en el que Cadena y los paleontólogos británicos David Unwin y David Martill, como coautores, explican el hallazgo.

La tortuga más grande

Cadena no solo encontró fósiles de un pterosaurio en territorio colombiano, sino que lideró un equipo que halló en el desierto de La Tatacoa, en el departamento del Huila (sur) los de la tortuga más grande que ha existido en la historia de la tierra. El hallazgo lo hicieron en 2014 y correspondió a caparazones pertenecientes a la Stupendemys Geographicus. Su caparazón llegaba a medir casi tres metros de largo y pesaba 1.100 kilos.

El paleontólogo espera que luego de estos hallazgos y otros realizados por colegas colombianos y del exterior, su avance en el estudio de los fósiles que hay en los territorios, un mundo todavía por explorar a profundidad.