viernes, 16 de octubre de 2026

Descubren en China un ave de hace 150 millones de años que cambia lo que sabíamos sobre la evolución del vuelo

El fósil de una nueva especie del Jurásico aporta pruebas de que algunas de las primeras aves desarrollaron adaptaciones para la vida terrestre, en lugar de seguir una evolución orientada exclusivamente a mejorar su capacidad para volar

Life reconstruction of the Late Jurassic bird Yuezhuornis yangyuanensis. Credit:
Min Wang - 'Royal Society Open Science' (2026). DOI: 10.1038/s41586-026-10972-z
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Un equipo de paleontólogos chinos ha descubierto una nueva especie de ave primitiva que vivió hace aproximadamente 150 millones de años y que, según los análisis de su anatomía, probablemente no podía volar. Bautizada como Yuezhuornis yangyuanensis, presenta unas extremidades anteriores especialmente cortas que cuestionan la idea de que la evolución inicial de las aves estuvo determinada principalmente por las exigencias del vuelo. El hallazgo, publicado el 14 de octubre en la revista científica Nature, aporta nuevas pruebas de que estos animales comenzaron a diversificarse mediante distintas adaptaciones ecológicas durante el Jurásico.

El ejemplar fue recuperado en la provincia de Fujian, en el sureste de China, dentro del conjunto paleontológico conocido como fauna de Zhenghe. Los investigadores, pertenecientes al Instituto de Paleontología de Vertebrados y Paleoantropología de la Academia China de Ciencias y al Instituto de Ciencias Geológicas de Fujian, sitúan su antigüedad entre 150 y 148 millones de años, durante el Jurásico superior. El animal tenía aproximadamente el tamaño de un cuervo y conservaba una combinación de características anatómicas presentes tanto en las primeras aves como en determinados dinosaurios terópodos.

Fotografía del esqueleto fósil de la nueva ave jurásica, Yuezhuornis 
yangyuanensis, de China. /  Min Wang - Nature (2026)
La principal particularidad de Yuezhuornis se encuentra en las proporciones de sus extremidades anteriores, considerablemente más cortas que las de otras aves primitivas. Para estudiar sus posibles hábitos, los científicos realizaron análisis morfométricos y estadísticos que permitieron comparar su anatomía con la de aves actuales y otros dinosaurios próximos al origen del linaje aviar. Los resultados mostraron semejanzas con especies terrestres y proporcionaron pruebas sólidas de que llevaba una vida principalmente en el suelo y carecía de capacidad de vuelo. Los investigadores interpretan el hallazgo como uno de los testimonios más antiguos conocidos de la pérdida evolutiva de esta capacidad en las aves.

Un ave primitiva con características de dinosaurio carnívoro

El fósil conserva rasgos que recuerdan a los de determinados dinosaurios carnívoros. Entre ellos destacan unos dientes muy próximos entre sí y con bordes aserrados, poco habituales entre las aves, pero presentes en algunos deinonicosaurios. También tenía un segundo dedo del pie hiperextensible, equipado con una garra curva en forma de hoz. Esta estructura es característica de grupos como los dromeosáuridos y los troodóntidos, dinosaurios terópodos emparentados evolutivamente con las primeras aves.

En contraste, otras partes del esqueleto presentan características claramente aviarias, especialmente la pelvis y las extremidades posteriores. Min Wang, uno de los responsables de la investigación, destaca que esta combinación de rasgos evidencia la complejidad de las primeras etapas de la evolución de las aves. El animal conservaba estructuras especializadas heredadas de sus antepasados dinosaurianos junto con modificaciones propias del linaje aviar, lo que permite estudiar cómo aparecieron diferentes características anatómicas durante la transición entre ambos grupos.

Disparidad ecomorfométrica de Yuezhuornis y otros paravianos del Jurásico. /
Min Wang - Nature (2026)
Para determinar su posición evolutiva, el equipo realizó análisis filogenéticos mediante dos métodos: máxima parsimonia y datación bayesiana. Ambos situaron a Yuezhuornis dentro de Avialae, el grupo que comprende a las aves actuales y sus parientes extintos más cercanos. Los resultados lo colocan en una rama evolutiva ligeramente más derivada que la de Archaeopteryx, uno de los representantes más conocidos de la transición entre dinosaurios y aves, y como grupo hermano de Zhengheornis, otra ave primitiva del Jurásico.

La evolución de las aves no siguió un único camino

La investigación cuestiona la interpretación tradicional según la cual las principales transformaciones del esqueleto de las primeras aves estuvieron condicionadas fundamentalmente por las necesidades aerodinámicas. La anatomía de Yuezhuornis indica que algunos representantes tempranos de este linaje siguieron trayectorias evolutivas diferentes, con modificaciones corporales que no favorecían el vuelo. Los autores consideran que este descubrimiento amplía las pruebas de una diversificación ecológica temprana, en la que coexistieron distintas formas anatómicas y estrategias de adaptación.

El hallazgo también pone de relieve la importancia de la fauna de Zhenghe para investigar una etapa de la evolución aviar todavía poco conocida. La escasez de fósiles del Jurásico ha dificultado reconstruir cuándo aparecieron las principales características del esqueleto de las aves y cómo se relacionaban sus primeros representantes. La incorporación de Yuezhuornis yangyuanensis al registro fósil proporciona una nueva referencia para estudiar esa diversificación inicial y comprender mejor los cambios anatómicos que acompañaron el origen de las aves a partir de los dinosaurios terópodos.

eldiario.es

Identifican una nueva especie de dinosaurio en un fósil hallado hace más de un siglo en Reino Unido

El análisis de una parte del cráneo conservada en el Museo de Historia Natural de Londres ha permitido describir al primer megarraptor conocido en Europa, un dinosaurio carnívoro que vivió durante el Cretácico inferior

Interpretación de I. amberina con fauna contemporánea en la parte inferior de la
Formación Wessex. Sergey Krasovskiy y Pedro Salas - R. Soc. Open Sci. (2026)
13 (10): 260937. 
https://doi.org/10.1098/rsos.260937
Un equipo internacional de paleontólogos ha identificado una nueva especie de dinosaurio carnívoro que habitó la actual isla de Wight, en el sur de Inglaterra, durante el Cretácico inferior. Bautizada como Invictibellatrix amberina, pertenece al grupo de los megarraptores y constituye el primer representante de este linaje descrito en Europa. El descubrimiento, publicado en la revista científica Royal Society Open Science, se ha realizado a partir de un fósil conservado desde hace más de un siglo en las colecciones del Museo de Historia Natural de Londres.

El ejemplar consiste en una parte de la caja craneal recuperada en Sudmoor Point, cerca de Brook, en la costa suroccidental de la isla de Wight. El museo adquirió el fósil en mayo de 1924 al reverendo R. W. Hooley, pero hasta ahora no había sido objeto de una descripción científica formal. Los investigadores han determinado que procede de la Formación Wessex, cuyos sedimentos corresponden al Barremiense, una etapa del Cretácico inferior.

A pesar de que el fósil está incompleto y presenta desgaste, conserva características anatómicas que han permitido distinguirlo de otros dinosaurios conocidos. El equipo utilizó tomografías computarizadas de alta resolución para reconstruir digitalmente la caja craneal y su cavidad interna. Posteriormente, comparó sus estructuras con las de otros terópodos y realizó análisis evolutivos que respaldan su clasificación como uno de los miembros más antiguos del linaje de los megarraptores.

Fotografías del holotipo de caja craneana (NHMUK PV R6775) de I. amberina gen. et sp. nov. en A: anterior, B: posterior; C: lateral derecho; D: lateral izquierdo; E: ventral; F: vistas dorsales. Abreviaturas: atr, receso timpánico anterior; boc, cresta basioccipital; bpr, receso basipterigoideo; bsr, receso basofenoideo; bt, tubera basal; btw, red basituberal; CN, nervios craneales V, VII; cp, proceso cultiforme; cvl, cresta ventrolateral de basifenoides; fm, foramen magnum; oc, cóndilo occipital; óvulos, fenestra oval; pcr, receso paracondilar; fosa, depresión de la glándula pituitaria dentro de la fosa pituitaria; pp, proceso paraoccipital; prp, colgante preótico; psncr, receso de la cresta nucal parasagital; scr, receso subcondilar; snc, cresta nucal parasagital; sok, protuberancia supraoccipital; sta, silla turca. La barra de escala equivale a 50 mm. Royal Society Open Science (2026). DOI: 10.1098/rsos.260937.

Uno de los megarraptores más pequeños conocidos

Las dimensiones del fósil sugieren que Invictibellatrix amberina era considerablemente más pequeño que otros representantes de su grupo. Los autores estiman, mediante la comparación con otro dinosaurio de proporciones craneales semejantes, que podría haber medido hasta unos cuatro metros de longitud y pesado entre 200 y 300 kilos. Estas cifras son aproximadas, ya que no se dispone de un esqueleto completo. En comparación, otros megarraptores alcanzaron longitudes superiores a los diez metros y masas corporales de más de dos toneladas, por lo que la nueva especie podría encontrarse entre las más pequeñas conocidas de este linaje, si no ser la menor de todas.

La nueva especie presenta una combinación de rasgos en la región posterior del cráneo que permite diferenciarla de otros terópodos. Entre ellos destacan la forma del orificio por el que la médula espinal se conecta con el encéfalo, las características de la articulación entre el cráneo y el cuello y determinadas crestas óseas. El estudio también señala que la fusión de los huesos conservados indica que el animal había alcanzado, como mínimo, una fase subadulta.

El nombre científico elegido contiene dos referencias distintas. Invictibellatrix procede de términos latinos relacionados con la idea de una guerrera invicta y alude al papel que los megarraptores llegaron a desempeñar como grandes depredadores en Gondwana, después de una etapa evolutiva en la que eran animales más pequeños y no ocupaban la cima de la cadena alimentaria. Según los autores, también pretende transmitir un mensaje de esperanza a quienes sufren acoso, discriminación u opresión. Por su parte, amberina hace referencia al ámbar presente en los depósitos de restos vegetales de la Formación Wessex.

Una nueva pista sobre la expansión de los dinosaurios carnívoros

El hallazgo también aporta información sobre la distribución geográfica de los megarraptores. Aunque los modelos biogeográficos examinados ofrecen distintas posibilidades sobre su origen, el análisis que los investigadores consideran más sólido apunta a que los antepasados de Invictibellatrix podrían haber llegado a Europa desde Asia hace aproximadamente 130 millones de años. Posteriormente, otras poblaciones de este linaje se habrían extendido hacia África y distintas regiones del hemisferio sur. Los resultados respaldan la hipótesis de que estos dinosaurios tuvieron una distribución mucho más amplia durante las primeras etapas de su evolución, aunque no permiten reconstruir con certeza todas sus rutas de dispersión.

Los investigadores plantean que las extinciones regionales posteriores explicarían la ausencia de megarraptores en el registro conocido de los continentes septentrionales durante el Cretácico superior, mientras otros miembros del grupo continuaron diversificándose en Gondwana. La identificación de Invictibellatrix amberina amplía la diversidad de dinosaurios carnívoros documentados en la Formación Wessex y pone de manifiesto el valor de revisar ejemplares conservados en colecciones científicas mediante técnicas actuales.

Un pequeño dinosaurio pudo devorar a un enorme depredador pariente del T. rex: las marcas de sus dientes revelan una escena insólita

Unas marcas de mordeduras en la mandíbula de un joven Albertosaurus hallado en Alberta sugieren que un pequeño dromeosáurido se alimentó de su cadáver hace unos 70 millones de años. Los investigadores no descartan, sin embargo, un caso de canibalismo.

Reconstrucción de un posible escenario sobre el origen de las marcas de dientes:
los Atrociraptor se alimentaban del cadáver de un Albertosaurus a orillas
de la llanura aluvial de un río. Crédito: J.A. Doyon
Hace unos 70 millones de años, en lo que hoy es Alberta (Canadá), un joven Albertosaurus —un pariente del T. rex— acabó siendo alimento de otro dinosaurio. La clave está en unas marcas de mordeduras conservadas en su mandíbula.

El estudio, publicado en Journal of Paleontology, sugiere que el responsable fue probablemente un dromeosáurido, el grupo de dinosaurios conocidos popularmente como raptores. Si la interpretación es correcta, sería la primera evidencia documentada de un dromeosáurido alimentándose de un tiranosáurido.

El lugar del hallazgo. Crédito: J.A. Doyon et al. 2026
Pero los investigadores no descartan otra posibilidad aún más llamativa: que las marcas las dejara un Albertosaurus juvenil, lo que convertiría el episodio en un caso de canibalismo. Ninguna de las dos hipótesis puede probarse con certeza absoluta, pero las pruebas favorecen al pequeño raptor.

La víctima: un Albertosaurus inmaduro

El fósil pertenece a un ejemplar inmaduro de Albertosaurus sarcophagus, una especie que vivió entre hace 73 y 67 millones de años en el Cretácico superior. Su nombre combina “Alberta”, la provincia canadiense donde se encontraron sus restos, y la palabra griega que significa “devorador de carne”.

Era un tiranosáurido, emparentado con el Tyrannosaurus rex, pero no era la misma especie. Los Albertosaurus podían alcanzar unos seis metros de longitud y una masa estimada de 533 kilogramos. El ejemplar estudiado no era adulto: había alcanzado un tamaño considerable, pero aún estaba en crecimiento. Los análisis de un fragmento de hueso de una extremidad revelaron al menos ocho años de edad, y probablemente diez u once. Es decir, era un animal inmaduro, no un gran adulto.

Los restos aparecieron en 2022 en las tierras baldías de Alberta. Un particular encontró los huesos y avisó a especialistas del Royal Tyrrell Museum of Palaeontology, que los recogieron y prepararon. Durante ese trabajo se detectaron unas marcas que parecían mordeduras. El material se envió después a la Universidad de Alberta para estudiarlo con más detalle. Incluye fragmentos de mandíbula y maxilar, dientes asociados y parte de un hueso de una extremidad. Es, de hecho, el cráneo asociado más pequeño de Albertosaurus descrito hasta la fecha.

Unas marcas difíciles de interpretar

Identificar qué animal dejó una marca en un hueso fósil no es sencillo. Una mordedura no conserva siempre la forma completa del diente. Su aspecto depende del ángulo, de la fuerza aplicada y del movimiento de la mandíbula mientras el animal se alimentaba. Además, en el Cretácico superior de Alberta convivieron varios carnívoros, y una misma marca pudo ser producida por especies distintas.

En este caso, los investigadores examinaron dos conjuntos de marcas en la mandíbula del Albertosaurus: uno en el surangular, un hueso de la parte posterior de la mandíbula inferior, y otro en el esplenial, en su cara interna. Las marcas indican que unos dientes se deslizaron sobre el hueso. En una de ellas se conservan pequeñas estrías producidas por las dentículas, las diminutas serraciones de los bordes de los dientes de muchos dinosaurios terópodos. Su separación y disposición ayudan a deducir cómo era la dentición del animal responsable.

Marcas de mordeduras en la mandíbula. Crédito: 
J.A. Doyon et al. 2026
El equipo comparó esas medidas con los dientes de varios dinosaurios conocidos en la región. Descartaron varios candidatos y concentraron la atención en cuatro grupos: dromeosáuridos, troodóntidos, tiranosáuridos y el terópodo Richardoestesia. El resultado favoreció a los dromeosáuridos.

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es el método geométrico empleado. Cuando un diente se desplaza sobre un hueso en diagonal respecto a la hilera dental, la distancia aparente entre las marcas puede ser menor que la separación real entre los dientes. Si no se corrige ese ángulo, se puede calcular mal la dentición y atribuir las marcas al animal equivocado. Los autores desarrollaron un procedimiento para corregir esas mediciones. No elimina todas las incertidumbres, pero permite comparaciones más precisas.

Con esa corrección, las marcas con estrías dentales encajan bien con los dromeosáuridos y mal con los tiranosáuridos o troodóntidos analizados. Otras marcas son más ambiguas: según la orientación que se considere, podrían ser compatibles con más candidatos. Por eso los autores no afirman que la identificación sea absoluta. Su conclusión es que los dromeosáuridos son la explicación mejor respaldada, aunque no puede excluirse del todo la intervención de un tiranosáurido muy joven.

Un carroñero mucho más pequeño

A partir de las marcas, los investigadores estiman que el posible autor medía entre dos y 2,9 metros de longitud. Frente a los seis metros y 533 kilogramos del Albertosaurus, la diferencia de masa pudo alcanzar una proporción de 30 a 1. Es decir, un animal muchísimo menor que la víctima.

Eso no significa que el dromeosáurido matara al Albertosaurus. Las marcas no muestran señales de curación o remodelación del hueso, así que se produjeron alrededor del momento de la muerte o después. Eso permite interpretarlas como huellas de alimentación, pero no demuestra que el pequeño dinosaurio causara la muerte. Los investigadores consideran más probable que se tratara de carroñeo: el aprovechamiento de un cadáver ya disponible.

Los dromeosáuridos son los famosos “raptores” de la cultura popular, aunque las especies reales eran diversas y no exactamente como las de Jurassic Park. Tenían dientes serrados y una gran garra curvada en el segundo dedo del pie. En el Cretácico de Alberta vivió, por ejemplo, Atrociraptor marshalli, una de las especies consideradas como posible autora de las mordeduras.

Antes de este hallazgo ya se conocían marcas atribuidas a dromeosáuridos en restos de otros animales, como pterosaurios y dinosaurios herbívoros. Lo que faltaba era una prueba convincente de que también aprovecharan cadáveres de tiranosáuridos.

La alternativa: canibalismo

Si las mordeduras no las hizo un dromeosáurido, pudieron ser obra de un Albertosaurus juvenil. En ese caso, el fósil documentaría un episodio de canibalismo entre tiranosáuridos. El responsable habría sido mucho más pequeño que la víctima y podría haber tenido menos de dos años, con unos 2,9 metros de longitud.

El canibalismo no es desconocido entre tiranosáuridos. Ya existían evidencias publicadas de canibalismo en Albertosaurus y de marcas de alimentación sobre individuos de su propio grupo. Sin embargo, que un animal tan joven se alimentara de otro mucho mayor es, en este caso, solo una hipótesis. Algunas mediciones no permiten eliminar por completo esa posibilidad, pero la comparación de las marcas favorece al dromeosáurido.

También hay otra limitación: no se puede demostrar que todas las marcas se produjeran en un único episodio de alimentación. Pudieron intervenir uno o varios individuos, de la misma especie o incluso de especies diferentes. El fósil conserva señales de una interacción biológica, pero no una secuencia completa de lo ocurrido.

Qué significa este hallazgo

La principal conclusión del trabajo es que los dromeosáuridos probablemente participaron en el aprovechamiento de cadáveres de grandes tiranosáuridos. Si la interpretación es correcta, sería la primera evidencia documentada de alimentación o carroñeo de un dromeosáurido sobre un tiranosáurido.

Esto encaja con una idea importante: los ecosistemas no solo están formados por animales que cazan y animales que son cazados. Los cadáveres también son recursos. Un pequeño carnívoro que difícilmente podría enfrentarse a un adulto sano puede aprovechar sus restos. Así, el hallazgo ayuda a reconstruir redes alimentarias más complejas en el Cretácico.

Los autores señalan además que las relaciones entre dromeosáuridos y tiranosáuridos pudieron ser recíprocas. En un estudio anterior se describieron marcas atribuidas a un pequeño tiranosáurido sobre la mandíbula de un dromeosáurido. Junto con el nuevo hallazgo, eso sugiere que unos y otros podían alimentarse de los restos del otro grupo. Pero una cosa es documentar un episodio concreto y otra demostrar que fuera una conducta frecuente. Un fósil no establece por sí solo qué importancia tenía ese comportamiento en la dieta de una especie.

El yacimiento se encuentra en la formación Horseshoe Canyon, en el valle del río Red Deer, unos cinco kilómetros al norte del puente de Morrin. Es una zona de barrancos y afloramientos sedimentarios que ha proporcionado gran cantidad de fósiles del Cretácico. El estado fragmentario de los restos limita lo que puede reconstruirse, pero el estudio combinó anatomía comparada, histología y análisis geométrico de las mordeduras.

Una versión de este artículo también está disponible en inglés: Read this article in English

FUENTES

University of Alberta

Doyon JA, Brown CM, Therrien F, Currie PJ. Evidence for dromaeosaurid scavenging on Albertosaurus (Dinosauria: Tyrannosauridae). Journal of Paleontology. Published online 2026:1-21. doi:10.1017/jpa.2026.10269

labrujulaverde.com

miércoles, 14 de octubre de 2026

Descubren el fósil de una especie desconocida de cocodrilo de hace 45 millones de años en la misma roca de la Esfinge de Giza, y también le falta la nariz

Un cráneo de cocodrilo hallado hace casi un siglo en la roca de la Gran Esfinge de Giza pertenece a una especie nueva, Herugavialis cairensis, que vivió hace unos 45 millones de años. Igual que el monumento, ha perdido la punta de la nariz.

El cocodrilo recién descubierto, el Herugavialis cairensis, vivía en los entornos
marinos poco profundos que cubrían gran parte de Egipto hace 50 millones de años.
 Crédito: Adel Lee

La Gran Esfinge lleva siglos sin nariz, y el cráneo fósil de un cocodrilo extraído de su misma roca tampoco conserva la punta del hocico. La coincidencia ha dado nombre a una especie desconocida hasta ahora, Herugavialis cairensis, que durante casi cien años estuvo clasificada con la etiqueta equivocada. 

El estudio se publica en la revista Royal Society Open Science y lo ha liderado Paul Burke, investigador del Museo Sueco de Historia Natural, en Estocolmo, junto a Philip Mannion, profesor de paleobiología del University College de Londres (UCL), que ha codirigido el trabajo. Participan además investigadores de Alemania y de Egipto.

Los protagonistas son los gaviales, cocodrilos de hocico larguísimo y estrecho, con una hilera de dientes finos que les sirve para atrapar peces. Hoy solo quedan dos especies, el gavial del Ganges (Gavialis gangeticus) y el falso gavial (Tomistoma schlegelii), ambas amenazadas y limitadas a las aguas dulces del subcontinente indio y el sudeste asiático. El registro fósil, sin embargo, cuenta otra historia: durante más de 100 millones de años los gaviales vivieron en casi todo el planeta, y muchas de sus especies habitaban mares poco profundos.

Una roca que fue fondo marino

La Gran Esfinge de Giza mide unos 73 metros de largo y 20 de alto. Los estudios la sitúan hacia el 2500 a.C., en tiempos del faraón Kefrén, es decir, hace unos 4.500 años. Se talló en la roca madre de la meseta de Giza, que además sirvió de cantera para las pirámides, y esa roca pertenece a la Formación Mokattam, una serie de calizas que debe su nombre a las colinas del Mokattam, junto a El Cairo.

Reconstrucción del extinto Herugavialis cairensis, con la Gran Esfinge y las
pirámides representadas al fondo. Crédito: Karim Zanaty

Esas calizas se depositaron hace unos 45 millones de años, en el Eoceno, cuando el norte de Egipto estaba cubierto por un mar cálido y somero, parte del antiguo océano de Tetis. Un cálculo rápido muestra que el cocodrilo es unas diez mil veces más viejo que el monumento que comparte roca con él.

Los visitantes de las pirámides llevan siglos tropezando con rastros de aquel mar. Estrabón, el geógrafo griego que escribió a comienzos del siglo I, dejó esta observación sobre las esquirlas de piedra que se acumulaban al pie de los monumentos:

Una de las cosas maravillosas que vi en las pirámides no debe quedar sin mención: delante de ellas hay montones de esquirlas de piedra, y entre ellas se encuentran fragmentos parecidos a lentejas en forma y tamaño; y bajo algunos de los montones yacen como desechos de grano a medio pelar. (…) Dicen que lo que sobró de la comida de los obreros se ha petrificado, y no es improbable.

Estrabón, Geografía, XVII, 1

Aquellas «lentejas» eran en realidad nummulites, conchas de organismos marinos unicelulares que abundaban en el mar eoceno y que forman buena parte de la caliza de la zona. Su propio nombre, que procede del latín nummulus («monedita»), alude a su forma de moneda. Estrabón creyó ver comida petrificada. Casi dos mil años después, la misma piedra ha entregado un hallazgo de otro tipo.

Un cráneo con la etiqueta equivocada

En los años veinte del siglo pasado se recuperaron varios fósiles en la Formación Mokattam, entre ellos un cráneo casi completo. En 1927 investigadores alemanes lo describieron como una especie extinta del género Tomistoma, el mismo del falso gavial actual, a causa de su parecido superficial con él. Durante décadas esa etiqueta pasó sin demasiadas dudas, aunque el propio estudio reconoce que la posición de este animal dentro del árbol genealógico de los gaviales ha resultado inestable en análisis anteriores.

Mandíbula parcial remitida (SMNS 50734) de H. cairensis.
Crédito: P.M.J. Burke et al. 2026

Todo cambió con la tecnología. En 2023, cuando preparaba su doctorado en la UCL, Burke viajó a Alemania para examinar el fósil en persona. Allí el equipo midió con detalle el cráneo y lo pasó por un escáner de tomografía computarizada, la misma técnica que se usa en los hospitales, que permite ver el interior de un hueso sin romperlo. Gracias a ella pudieron medir la cavidad que alojaba el cerebro y las fosas nasales.

Al comparar esas medidas con las de gaviales vivos y fósiles, los investigadores detectaron varias diferencias respecto al falso gavial y concluyeron que el cráneo y otros ejemplares de la formación pertenecían a un género nuevo. Según el comunicado, el cráneo está relativamente bien conservado, y justo por eso llamó la atención lo que le falta: la punta del hocico. El comunicado no detalla cuándo ni cómo se rompió esa parte.0

Heru, el dios y la nariz

El nombre del género une Heru, el nombre egipcio del dios Horus, con gavialis; el del epíteto, cairensis, remite a El Cairo. Mannion explicó la elección: Dada esta coincidencia con la famosa nariz ausente de la Gran Esfinge, decidimos bautizar al nuevo cocodrilo con el nombre del dios egipcio Heru, que posiblemente fue la inspiración de este icónico monumento.

El «posiblemente» tiene su razón de ser. Los egiptólogos suelen atribuir la Esfinge a Kefrén, y en el Reino Nuevo, más de mil años después de su construcción, se la veneraba como Horemajet, «Horus en el horizonte». Que el dios halcón inspirara el monumento original es, por tanto, una hipótesis y no un dato establecido.

Tampoco está claro qué le pasó a la nariz de la Esfinge. Durante mucho tiempo se acusó a las tropas de Napoleón, pero la historia no se sostiene: dibujos hechos por el danés Frederic Louis Norden en 1738 ya la muestran sin ella, unos sesenta años antes de la campaña de Egipto. Otra tradición, recogida en el siglo XV por el historiador al-Maqrizi, culpa a un místico sufí, Muhammad Sa’im al-Dahr, que en 1378 habría mutilado la estatua al ver cómo los campesinos le hacían ofrendas para mejorar sus cosechas. Ninguna de las dos versiones está confirmada, y qué ocurrió exactamente sigue sin saberse con certeza.

No es la primera vez que el equipo de Burke y Mannion recurre al panteón egipcio. En 2024 publicaron en el Journal of Systematic Palaeontology un estudio sobre otro supuesto Tomistoma del norte de África, de la época del Mioceno temprano, y le dieron un género propio, Sutekhsuchus, en honor a Sutekh (Seth), el dios rival de Horus en los mitos egipcios. Dos «falsos Tomistoma» de la región han acabado, pues, siendo otra cosa.

Un Mediterráneo lleno de cocodrilos

Herugavialis no estaba solo. Según el estudio, los mares someros que cubrían buena parte de la región albergaban al menos otras dos especies de gaviales. En la misma formación geológica se conocen además peces, tiburones y mamíferos marinos, entre ellos una ballena primitiva y un sirenio, pariente lejano de los manatíes actuales. Y en el Fayum, unos pocos millones de años más tarde, vivió otro cocodrilo marino del grupo de los tomistominos, Paratomistoma courti, descrito en 2000 por Christopher Brochu y Philip Gingerich a partir de restos del Wadi Hitan, el célebre «valle de las ballenas».

A lo largo de gran parte de los últimos 50 millones de años, la región mediterránea albergó una gran diversidad de cocodrilos, entre ellos gaviales, señala Burke. Sin embargo, esa diversidad fluctuó con el tiempo, aparentemente en paralelo a los cambios de la temperatura global y del nivel del mar, hasta que todos los cocodrilos de esta región desaparecieron como consecuencia de la desecación del Mediterráneo, hace aproximadamente 6 millones de años.

Ese episodio, conocido como crisis salina del Mesiniense, se produjo cuando el Mediterráneo quedó aislado del Atlántico por el estrecho de Gibraltar y buena parte de su agua se evaporó. Se cerró hace unos 5,3 millones de años con la llamada inundación zancliense, que volvió a llenar la cuenca. Para los cocodrilos de la región, según Burke, fue el final de su historia. Hoy, de hecho, ningún gavial vive en el Mediterráneo.

El hallazgo añade una rama inesperada al árbol de los gaviales, pero no lo ordena del todo. La discusión de fondo viene de lejos. Durante décadas se debatió si el gavial del Ganges y el falso gavial eran parientes cercanos; los análisis de ADN dicen que sí, y los estudios de anatomía llegaron a esa conclusión mucho más tarde. Con ese terreno movedizo, cada fósil bien estudiado puede mover piezas. Queda por ver si otros restos de la región descritos hace un siglo bajo el nombre Tomistoma esconden también sorpresas.

Una versión de este artículo también está disponible en inglés: Read this article in English

FUENTES

Swedish Museum of Natural History

Paul M. J. Burke, Stephan N. F. Spiekman, et al., Cranial anatomy of the Middle Eocene Egyptian crocodylian Herugavialis cairensis provides new insights into gavialoid diversity in the Mediterranean region. R. Soc. Open Sci. 1 October 2026; 13 (10): 261173. doi.org/10.1098/rsos.261173

labrujulaverde.com

miércoles, 7 de octubre de 2026

La Tierra pudo desplazarse sobre su eje varias veces en la era de los dinosaurios, según un estudio

Los cambios en la distribución de los mares revelan varios episodios de deriva polar verdadera durante el Jurásico y el Cretácico

El estudio identifica dos episodios especialmente intensos, hace entre 150 y 140
millones de años y entre 100 y 90 millones de años.
/ Crédito: Roland 4D Pippes en Pixabay
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La superficie terrestre pudo cambiar de posición respecto al eje de rotación varias veces durante la era de los dinosaurios, según un estudio publicado en la revista Science y liderado por el científico Mathew Domeier, de la Universidad de Oslo, en Noruega. La investigación propone una nueva forma de detectar episodios de deriva polar verdadera (TPW) a partir de una señal inesperada: cambios en la distribución de los mares sobre los continentes. Los resultados apuntan a varios episodios rápidos durante el Jurásico y el Cretácico.

Vale destacar que la deriva polar no significa que el planeta haya dado un vuelco ni que los polos magnéticos se hayan desplazado. El fenómeno describe un movimiento relativo entre la parte sólida de la Tierra (corteza y manto) y su eje de rotación. Como el planeta no es una esfera perfecta y la rotación genera un abultamiento ecuatorial, la distribución de masas influye en su equilibrio. Procesos como la convección del manto y el hundimiento de placas pueden redistribuir esa masa y favorecer una reorientación respecto al eje, según se detalla en una nota de prensa.

Buscando precisiones sobre el movimiento de los continentes

Una de las principales herramientas para investigar este fenómeno ha sido el paleomagnetismo. Determinados minerales conservan información sobre la dirección del antiguo campo magnético y permiten reconstruir la posición de los continentes.

El problema es separar la deriva polar verdadera del movimiento de las placas tectónicas. Las reconstrucciones basadas en puntos calientes también presentan incertidumbres al retroceder cientos de millones de años, de acuerdo a un artículo publicado en The Brighter Side of News.

Cambios en el nivel y la distribución de los mares

El equipo de Domeier buscó una huella distinta. Una reorientación de la parte sólida del planeta modifica la posición de los continentes respecto al potencial centrífugo y provoca cambios relativos del nivel del mar, con una geometría característica. Mientras unas regiones registran más inundación marina, otras muestran retirada de las aguas. El patrón esperado presenta cuatro “lóbulos”: dos zonas donde el nivel relativo del mar sube y otras dos donde baja.

El fenómeno habría alterado la posición de los continentes respecto a las franjas
climáticas durante millones de años. Crédito: Mathew Domeier et al, Science 2026
Para poner a prueba esa predicción, los investigadores analizaron reconstrucciones de áreas continentales inundadas o expuestas durante los últimos 320 millones de años, comparando mapas separados por intervalos de 10 millones de años. Después emplearon modelos estadísticos, incluida regresión logística, para comprobar si los cambios coincidían con la firma espacial de una deriva polar verdadera rápida. Los patrones detectados exigirían tasas de al menos unos 0,6 grados por millón de años para resultar visibles a esa resolución.

Varios episodios de cambios intensos

El análisis identificó cuatro intervalos con señales significativas: entre hace 200 y 190 millones de años, entre 150 y 140 millones, entre 100 y 90 millones y entre 30 y 20 millones de años. Los dos episodios más sólidos corresponden al Jurásico tardío-Cretácico temprano, hace entre 150 y 140 millones de años, y al Cretácico medio, hace entre 100 y 90 millones.

El primero muestra un patrón compatible con una reorientación en sentido horario, alrededor de un eje situado cerca de los 58 grados de longitud este. Algunas zonas de Sudamérica, la Antártida y Asia oriental habrían experimentado mayor inundación, mientras que el suroeste de Norteamérica y Europa occidental registraban retirada marina. El segundo apunta a una rotación en sentido contrario, alrededor de un eje cercano a los 53 grados este, con regresión del mar en partes de Sudamérica y África y transgresión en áreas de Norteamérica y Europa.

Referencia

Quadrupolar sea level fluctuations reveal episodes of rapid polar wander. Mathew Domeier et al. Science (2026). DOI: https://doi.org/10.1126/science.aec8423

Debate científico y un nuevo aporte

Sin embargo, esta visión sigue siendo objeto de debate: estudios recientes han defendido una deriva grande pero generalmente lenta y han cuestionado algunas reconstrucciones paleomagnéticas de movimientos rápidos. Este trabajo aporta evidencia independiente de los patrones de inundación continental.

Aunque los dinosaurios no vivieron sobre una Tierra que se tambaleaba, el planeta sólido pudo cambiar de orientación respecto a su eje de rotación a una escala geológica rápida. Según los autores, esa dinámica pudo desplazar los continentes entre distintas franjas climáticas e influir en temperaturas, precipitaciones y ecosistemas.

levante-emv.com

lunes, 5 de octubre de 2026

Las fotos de animales más divertidas de 2026 ya tienen finalistas en los Nikon Comedy Wildlife Awards

Un caimán con tupé, un leopardo haciendo el pino o una mantis que parece posar para la cámara están entre los finalistas de un concurso que este año ha recibido más de 10.000 participaciones procedentes de 112 países.

Una de las imágenes finalistas de los Nikon Comedy Wildlife Awards 2026.
(Jan Wittmer / Comedy Wildlife)

Hay concursos de fotografía de naturaleza que buscan la imagen más espectacular, el comportamiento más difícil de captar o una especie que pocas veces se deja ver. Y luego están los Nikon Comedy Wildlife Awards, donde un caimán puede convertirse por unos segundos en Elvis, un leopardo hacer el pino y una mantis posar como si supiera que tiene una cámara delante.

"¡El suelo es lava!" (Robert Gondek / Comedy Wildlife)

La cita anual con el lado más cómico de la fotografía de naturaleza ya tiene finalistas. La edición de 2026 ha recibido más de 10.000 participaciones de fotógrafos de 112 países, la cifra más alta de la historia del concurso. De todas ellas, 40 fotografías han llegado a la final individual, junto a tres trabajos de la categoría para menores de 16 años, cuatro porfolios y nueve vídeos.

La selección deja imágenes que parecen preparadas, pero no lo están. Muchas dependen de unos segundos de comportamiento animal, de la perspectiva y, por supuesto, de que el fotógrafo estuviera allí con la cámara preparada.

"Un retoque antes de la foto familiar" (Subi Sridharan / Comedy Wildlife)

Un caimán llamado Elvis

Una de las fotografías que menos explicaciones necesita es Elvis, del italiano Paolo Torre. El protagonista es un caimán fotografiado en el Pantanal brasileño que salió del agua con vegetación enganchada en la cabeza. A Torre le recordó inmediatamente a un peinado de rock and roll de los años cincuenta. El nombre vino solo.

"Elvis" (Paolo Torre / Comedy Wildlife)

También está The Handstand, de Homagni Sahana. Una hembra de leopardo fotografiada en la Reserva Nacional de Samburu, en Kenia, parece hacer el pino sobre un árbol. La explicación es bastante menos acrobática: pasó buena parte de aquella mañana moviéndose entre distintos puntos elevados mientras buscaba a su cría. La encontró más tarde.

"El pino" (Homagni Sahana / Comedy Wildlife)

Y cuesta pasar por alto Sexy Mantis, de Diego Perez. La mantis fue fotografiada en Camanti, en la región peruana de Cusco. El fotógrafo cambió de posición después de probar encuadres más convencionales y consiguió que parte del insecto quedara oculta tras una hoja. Vista desde ese ángulo, la pose adquiere un aspecto sorprendentemente humano. 

"Sexy mantis" (Diego Perez / Comedy Wildlife)

Osos que ríen y jirafas con peinado

En Bears Sharing a Joke, Charles Janson fotografió dos osos pardos en Chinitna Bay, Alaska. La coincidencia de sus expresiones hace pensar en dos animales compartiendo una carcajada, aunque evidentemente la historia que cuenta la imagen está en la imaginación de quien la mira. 

"Osos compartiendo una broma" (Charles Koster / Comedy Wildlife)

Algo parecido sucede con The Different One, de Dirk Koster. Tres jirafas miran hacia la cámara en el Masái Mara, pero una de ellas tiene una acacia perfectamente alineada detrás de la cabeza. El árbol acaba convertido en una voluminosa cabellera verde. 

"La diferente" (Dirk Koster / Comedy Wildlife)

La lista permite seguir jugando: un águila de cola blanca que parece desfilar sobre el hielo en Finlandia, un oso pardo de Alaska entregado a una improbable sesión de gimnasia matinal, un búho con expresión de pocos amigos o un oso polar frente a una gaviota en Svalbard.

"Gimnasia matutina" (Scott Suriano / Comedy Wildlife)

Y una de las escenas más espectaculares dura apenas un instante: una ardilla se lanza contra un joven búho americano poco después de que este se pose en una rama. Kevin Lohman consiguió congelar el ataque en Are You Kidding Me?, fotografiada en California.

"¿Me estás tomando el pelo?" (Kevin Lohman / Comedy Wildlife)

La foto divertida también exige paciencia

El humor no significa que las fotografías sean fáciles de conseguir. Algunas requieren horas o días de espera.

"Un pez bajo mucha presión" (Kyo Chen / Comedy Wildlife)

En Filipinas, Kyo Chen fotografió un pequeño pez delante de la enorme cabeza de un tiburón ballena. La diferencia de tamaño y la posición de ambos convierten A Very Pressured Spadefish en una escena bastante más dramática de lo que probablemente estaba ocurriendo bajo el agua.

"¿Me he quedado dormido?" (Fabi Fregonesi / Comedy Wildlife)

Fabi Fregonesi encontró otro protagonista bajo el agua en Curazao. Su Did I Sleep Past My Alarm? muestra un pequeño blénido con la boca abierta y una expresión que cualquiera que haya apagado demasiadas veces el despertador puede reconocer. 

Los Comedy Wildlife Photography Awards nacieron en 2015 de la mano de los fotógrafos Paul Joynson-Hicks y Tom Sullam. Lo que comenzó como una iniciativa para llamar la atención sobre la conservación mediante el humor se ha convertido en un concurso internacional que este año ha alcanzado su récord de participación. El certamen destina además el 10 % de sus beneficios a la organización de conservación Born Free Foundation.

"La ventana de la naturaleza" (Lee Frost / Comedy Wildlife)

Ahora toca escoger

Los ganadores de los Nikon Comedy Wildlife Awards 2026 se conocerán el 8 de diciembre en Londres. Hasta entonces, las fotografías finalistas ya se pueden ver y el público puede votar su favorita en el Sterna People's Choice Award.

"Gánsters del mar" (Marek Jackowski / Comedy Wildlife)

La organización ha conseguido que la selección de este año incluya desde una mantis aparentemente seductora hasta un caimán con tupé, pasando por osos, elefantes, aves, peces, ardillas y leopardos.

Escoger una sola es probablemente lo menos divertido de todo el concurso.

Ver todos los finalistas de los Nikon Comedy Wildlife Awards 2026

lavanguardia.com

domingo, 4 de octubre de 2026

Los primeros animales de la Tierra surgieron 200 millones de años antes de lo que creíamos

Un nuevo estudio de fósiles en Mongolia rompe los esquemas de la paleontología y sugiere que la vida animal compleja evolucionó antes de la 'Tierra Bola de Nieve', la glaciación más extrema de la historia de nuestro planeta

Fondo marino del Ediacárico, Namibia, África sudoccidental, hace 543 millones

de años. Museo de Historia Natural, Universidad de Oxford / Mighty Fossils

Los primeros animales pudieron aparecer en la Tierra mucho antes de lo que indican los fósiles más antiguos conocidos. Es decir, no hace unos 600 millones de años, como sugieren algunas reconstrucciones de su historia evolutiva, sino quizá entre hace 800 y 700 millones de años, cuando nuestro planeta se preparaba para atravesar uno de los episodios climáticos más extremos de su historia: las glaciaciones conocidas como 'Tierra bola de nieve'.

La historia 'oficial' nos dice que, durante el periodo Cámbrico, hace entre 539 y 487 millones de años los océanos de la Tierra se llenaron de criaturas fascinantes, Y lo hicieron muy rápidamente, en un auténtico 'abrir y cerrar de ojos' a escala geológica.

Pero a la luz de la nueva investigación, la historia de nuestro linaje podría ser mucho más antigua. Un equipo internacional de investigadores, liderado por la Universidad de Oxford, acaba de sugerir, en efecto, que los primeros animales evolucionaron cientos de millones de años antes de su primera aparición efectiva en el registro fósil.

El trabajo, recién publicado en 'Science Advances', no consiste en anunciar el descubrimiento de animales fósiles de aquella época, sino en cuestionar una suposición que ha condicionado durante años las investigaciones sobre el origen del reino animal: si los animales hubieran existido en determinados periodos del pasado, sus restos deberían haberse conservado en los yacimientos donde se han encontrado otros microorganismos extraordinariamente bien preservados.

El problema, según los investigadores, es que la ausencia de fósiles no siempre significa ausencia de vida. Y nuevas pruebas procedentes de Mongolia demuestran cómo y por qué esa distinción puede darle un vuelco a nuestra visión de la evolución.

Mongolia desmonta una vieja certeza

Hasta ahora, la ciencia había utilizado ciertos yacimientos fósiles excepcionales como una especie de inamovible 'reloj de arena' para establecer una fecha máxima para el origen de los animales. El razonamiento era de una lógica aplastante: si en esos lugares se conservaban microbios con un detalle exquisito y no había rastro de animales, es que, sencillamente, la vida animal aún no existía. Pero las nuevas evidencias sugieren exactamente lo contrario.

Los microfósiles de Kheseen están igual de bien conservados que otros más antiguos y, sin embargo, los animales siguen ausentes, a pesar de que sabemos que en ese momento ya existían.

El núcleo del debate científico se situaba en la llamada 'Biota de Weng'an', un depósito fósil incrustado en rocas de la era Ediacárica en China. Este yacimiento, de unos 590 millones de años de antigüedad, preserva organismos microscópicos con un nivel de detalle asombroso, pero ninguno de ellos es un animal. Los científicos supusieron, por tanto, que los primeros animales debían haberse originado después de Weng'an, ya que si hubieran existido antes, este excepcional depósito los habría preservado.

Para poner a prueba la fiabilidad de esta regla, los autores del nuevo estudio, que incluyen a miembros de la Universidad de California Berkeley, la ETH de Zúrich y la Universidad de Yale, dirigieron su mirada a la 'Biota de Kheseen', en Mongolia, un yacimiento que es más de 40 millones de años más moderno que el de Weng'an, y con el que comparte algunas especies microscópicas. La clave está en que en esta época más reciente, la ciencia sabe con certeza que los animales ya existían, pues se han hallado sus fósiles en lugares tan dispares como Namibia o el sur de China. A pesar de lo cual en Kheseen. igual que en Weng'an, tampoco aparecen restos que puedan identificarse inequívocamente como animales.

Los investigadores analizaron más de 140 muestras, incluidas algunas procedentes de localidades que no se habían documentado anteriormente, mediante microscopía electrónica de barrido. Encontraron especies de microfósiles muy bien conservadas, entre ellas acritarcos, organismos microscópicos de aspecto esférico que pueden presentar espinas y prolongaciones ramificadas, además de fósiles semejantes a embriones que contienen células internas. Pero ni siquiera la excelente capacidad de conservación del yacimiento permitió reconocer claramente animales.

El origen estimado de los animales retrocede 200 millones de años en el tiempo, situándose entre 800 y 700 millones de años atrás, mucho antes del estallido de vida del Cámbrico

«La biota de Kheseen -explica Ross Anderson, de la Universidad de Oxford y director de la investigación- rompe el argumento de que los microfósiles excepcionales de Weng'an implican que habríamos visto fósiles de animales en ese conjunto si hubieran existido entonces». Los nuevos resultados, desde luego, no demuestran que los animales estuvieran presentes en Weng'an, pero sí cuestionan que su ausencia allí implique necesariamente que todavía no habían aparecido. Podría ser, explican los autores, que los primeros animales vivieraan en ambientes diferentes de aquellos que dieron lugar a los fósiles estudiados, o que las condiciones químicas impidieran conservar sus restos.

Un reloj molecular que retrocede 200 millones de años

Al invalidar a Weng'an como límite temporal estricto, los científicos se sintieron libres para mirar mucho más atrás, hacia depósitos geológicos datados entre 850 y 730 millones de años, entre ellos la Formación Svanbergfjellet en Noruega, el Grupo Bitter Springs en Australia y el Grupo Chuar en Arizona, Estados Unidos. Todos ellos son ricos en fósiles y tenían el potencial teórico de preservar animales, aunque hasta la fecha no se ha encontrado resto alguno de ellos.

Con esos límites geológicos como referencia, el equipo aplicó el método del reloj molecular. La técnica compara las diferencias genéticas entre especies actuales y, a partir de las tasas de cambio evolutivo y de fechas conocidas del registro fósil, calcula cuánto tiempo habría transcurrido desde que sus antepasados se separaron. Así, el cálculo desplazó el posible origen de los animales unos 200 millones de años hacia el pasado, hasta situarlo entre hace 800 y 700 millones de años.

¿Fueron las extremas y brutales condiciones de la glaciación global las que impulsaron, en lugar de frenar, la evolución de las primeras formas de vida compleja?

Ya existían algunas pistas de que esta posibilidad podía ser real. Los biomarcadores químicos preservados en rocas antiguas, de hecho, proporcionan indicios de que las esponjas marinas ya vivían hace al menos 650 millones de años, es decir, decenas de millones de años antes de la aparición de los fósiles animales macroscópicos más antiguos.

Tal y como ABC ya informó en mayo de 2023, diversos análisis profundos sitúan a criaturas primigenias, como los ctenóforos y las esponjas, en la base misma de la evolución animal. Esos primeros animales habrían sido criaturas pequeñas y de cuerpo blando, sin conchas ni huesos, lo que hacía que su fosilización dependiera de un raro cúmulo de condiciones químicas inusuales tras su muerte.

Sobrevivir a la 'Tierra Bola de Nieve'

La nueva cronología abre una posibilidad extraordinaria: que los primeros animales surgieran antes de las grandes glaciaciones del periodo Criogénico, iniciado hace unos 720 millones de años, o incluso que aparecieran al mismo tiempo que las edades de hielo más severas de toda la historia ya estaban en marcha y convertían el planeta entero en una inmensa esfera blanca.

Durante el periodo Criogénico, que comenzó hace unos 720 millones de años, enormes glaciares se extendieron por todo el mundo, en lo que se conoce como el episodio de la 'Tierra Bola de Nieve'. El nuevo estudio, por tanto, reabre la cuestión de si las gélidas condiciones asociadas a este evento global jugaron, o no, un papel crucial en el origen y la diversificación temprana de la vida animal.

Porque si resulta que los animales ya existían antes de aquel mundo helado, su historia evolutiva habría atravesado condiciones ambientales muy distintas de las que hoy asociamos con la proliferación de la vida compleja. Y si aparecieron durante las glaciaciones, habría que explicar cómo lograron sobrevivir en unos océanos cubiertos de gruesas capas de hielo y sometidos a unas condiciones realmente extremas.

El primer autor del estudio, Orin Lole Durbin, subraya precisamente esa cautela: «Los fósiles corporales de animales anteriores al Ediacárico siguen eludiéndonos, y este análisis no demuestra que los animales ya existieran hace 800 millones de años». Lo que sí hace, añade, es debilitar uno de los principales argumentos empleados para restringir su origen al Ediacárico y mostrar hasta dónde podría remontarse su historia evolutiva.

Pero hacen falta nuevas pruebas. El equipo propone explorar yacimientos de distintas regiones del mundo, con ambientes y procesos de fosilización diferentes, y combinar la búsqueda de cuerpos fósiles con la de rastros de actividad y biomarcadores químicos.

«Hasta que dispongamos de esas pruebas -concluye Anderson- la fecha precisa del nacimiento del reino animal seguirá siendo incierta».

La incógnita, por tanto, sigue abierta. Pero el nuevo estudio cambia una cuestión importante: la ausencia de fósiles en un yacimiento excepcional ya no basta, por sí sola, para descartar que los animales vivieran en aquella época. Y es posible que la historia del reino animal comenzara cientos de millones de años antes de que sus protagonistas dejaran las primeras huellas impresas en las rocas.