lunes, 14 de septiembre de 2026

Desentierran en Argentina los huevos fosilizados de los dinosaurios más grandes conocidos

(CNN) - Los dinosaurios más grandes que jamás hayan existido eran capaces de reproducirse en latitudes altas -es decir, regiones alejadas del ecuador- y desarrollaron una estrategia ingeniosa para mantener calientes sus huevos. Así lo reveló un estudio realizado sobre un conjunto de huevos de titanosaurio desenterrados en Argentina.

Una puesta de huevos fosilizados de titanosaurio. Darla Zelenitsky.
La mayoría de los huevos y fragmentos de cáscara de titanosaurio, al igual que los de otros dinosaurios, se han encontrado en regiones de latitudes más bajas, más cercanas al ecuador, donde las temperaturas más cálidas habrían facilitado la incubación.

Los científicos creen que estos gigantes herbívoros de cuello largo y cerebro pequeño -miembros de un grupo conocido como saurópodos- vivían en manadas y posiblemente migraban largas distancias, anidando en el mismo lugar durante milenios.

“Sabemos que se han encontrado sus huesos en lugares tan al sur como la Antártida y el sur de Argentina, y tan al norte como Mongolia y Texas”, afirmó Darla Zelenitsky, paleontóloga y profesora asociada de la Universidad de Calgary, en Alberta. Zelenitsky es una de las autoras principales de la nueva investigación, publicada este martes en la revista Royal Society Open Science.

“Claramente pasaban tiempo en zonas de latitudes más altas, pero hasta ahora no se sabía si también anidaban allí”, añadió Zelenitsky.

A diferencia de algunas especies de dinosaurios más pequeños y de las aves actuales, los paleontólogos están bastante seguros de que los titanosaurios no incubaban sus propios huevos. Su enorme tamaño “habría convertido el nido en una tortilla gigante”, comentó Zelenitsky por correo electrónico.

Por ello, es poco probable que los titanosaurios fueran padres dedicados. Al igual que la mayoría de los reptiles, probablemente ponían sus huevos y dejaban que las crías resultantes se valieran por sí mismas.

Sin embargo, los huevos necesitan calor para desarrollarse y eclosionar, y la luz solar es más escasa en las latitudes altas. El estudio sugiere que los titanosaurios encontraron una forma de lidiar con las temperaturas más bajas en los confines más australes del planeta.

“El escenario más probable es que estos titanosaurios depositaran sus huevos en nidos con forma de montículo, hechos de vegetación y tierra, donde el calor para la incubación provenía principalmente de la materia vegetal en descomposición”, explicó Zelenitsky.

“Las cáscaras de sus huevos eran muy porosas, lo que significa que, si se hubieran dejado a la intemperie, habrían perdido agua y se habrían secado, provocando la muerte de los embriones. Al estar enterrado en arena, tierra o vegetación, el nido conservaba la humedad suficiente para que los huevos sobrevivieran”, agregó.

Nidos del tamaño de mesas de picnic

Los investigadores descubrieron los 255 fragmentos de cáscara de huevo en la Formación Chorrillo, en el sur de Argentina -a 322 kilómetros (200 millas) al norte del estrecho de Magallanes, la ruta marítima en el extremo sur de Sudamérica-, entre 2020 y 2024. Los restos datan de hace 68 millones de años, época en la que se encontraban en latitudes de entre 55 y 60 grados sur. Las nidadas representan el entorno de anidación a mayor latitud conocido para los saurópodos en todo el mundo, según el estudio, y constituyen la evidencia definitiva más austral de huevos de dinosaurio.

Paleontólogos también excavaron huesos de dinosaurio en el yacimiento de la 
Formación Chorrillo, en el sur de Argentina. Fernando Novas.
“Sin embargo, lo que resulta especialmente importante de este nuevo descubrimiento es que estos huevos de dinosaurio pertenecían a titanosaurios, unos dinosaurios gigantes de cuello largo y vientre abultado”, afirmó Steve Brusatte, profesor de paleontología y evolución en la Universidad de Edimburgo, quien no participó en la investigación.

“Algunos de los animales más grandes de la historia de la Tierra ponían huevos y criaban a sus crías a altas latitudes durante el Cretácico; se trata de un dato nuevo sobre la biología y el comportamiento de los dinosaurios que nos permite valorar mejor su capacidad de adaptación y resiliencia”.

Paul Upchurch, profesor de paleobiología en el University College de Londres, señaló que los restos de saurópodos son escasos a altas latitudes y que se pensaba que estos gigantes se desplazaban a dichas zonas durante los veranos cálidos antes de regresar a áreas más cercanas al ecuador.

“El hecho de contar ahora con huevos procedentes de una latitud elevada sugiere que podrían haber permanecido allí todo el año, o al menos haber completado su ciclo reproductivo durante la época cálida en esas latitudes altas”, añadió Upchurch, quien tampoco formó parte del equipo de investigación.

Los titanosaurios incluyen a los dinosaurios más grandes que se conocen; se estima que algunos individuos pesaban hasta unos 75.000 kilogramos (más de ocho veces el peso de un Tyrannosaurus rex). Los huevos de dinosaurio son escasos en el registro fósil porque la cáscara es relativamente fina y frágil: se descompone rápidamente en fragmentos diminutos y es difícil de preservar.

Los huevos de dinosaurio son poco frecuentes en el registro fósil porque la
cáscara es relativamente fina y frágil. Darla Zelenitsky.
No está claro a qué especie de titanosaurio pertenecían los huevos, pero los dientes hallados en el mismo yacimiento correspondían a dinosaurios colososaurios, algunos de los titanosaurios de mayor tamaño, aunque no los más grandes de todos.

“Si estas cáscaras pertenecen a colososaurios, las crías debieron de contar con abundantes recursos alimenticios nutritivos en ese entorno para empezar a ganar las toneladas necesarias y alcanzar finalmente sus colosales dimensiones corporales”, señaló Zelenitsky.

A pesar de que estos dinosaurios eran enormes, sus huevos eran diminutos -aproximadamente una dieciochomilésima parte del tamaño del adulto- y podían albergar unos cuatro litros de líquido; las crías pesaban alrededor de 4 kilogramos.

No obstante, los nidos de los titanosaurios habrían sido lo bastante grandes como para dejar una huella visible en el paisaje, sobre todo si estos dinosaurios anidaban en comunidad.

“Imagino el nido como un montículo de tierra y vegetación del tamaño de una mesa de picnic, con la puesta de huevos enterrada en su interior… así que probablemente no fue una estructura que pasara desapercibida”, comentó Zelenitsky.

cnnespanol.cnn.com

Encuentran en Dakota del Norte el primer rastro de huellas fosilizadas de un T. rex adulto que permite reconstruir su paso hace 66,5 millones de años

Un equipo de paleontólogos ha documentado en el suroeste de Dakota del Norte el primer rastro continuo de huellas atribuido a un ejemplar adulto de Tyrannosaurus rex, un hallazgo que aporta datos inéditos sobre la locomoción y el comportamiento de este depredador emblemático del Cretácico superior.

El rastro de huellas de T. rex descubierto. Crédito: Kent Hups
La investigación, publicada en el Journal of Vertebrate Paleontology, describe un recorrido de aproximadamente siete metros de longitud compuesto por cuatro impresiones tridáctilas, cada una de cerca de 90 centímetros de largo, preservadas en la Formación Hell Creek, una región conocida por su abundante registro fósil del último período de los dinosaurios no avianos.

El descubrimiento se produjo en terrenos federales gestionados por el Servicio Forestal de Estados Unidos, cerca de la localidad de Marmarth, y fue posible gracias a la labor de Kent M. Hups, un profesor del instituto Northglenn High School que, durante una prospección en 2025, identificó el sitio y posteriormente participó como coautor del estudio.

Como docente, siempre digo a mis estudiantes que la ciencia comienza con la curiosidad, la pasión y la observación cuidadosa. Nunca imaginé que eso me llevaría a un hallazgo de esta naturaleza, declaró Hups en el comunicado difundido por el Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver, institución que lideró los trabajos de campo junto con la Universidad John Moores de Liverpool.

La secuencia de pisadas, que incluye dos huellas izquierdas y dos derechas, muestra una zancada de unos cuatro metros entre cada impresión consecutiva. A partir de esa distancia y de las dimensiones de los pies, los investigadores han estimado que el animal se desplazaba a una velocidad de entre 5,6 y 7,2 kilómetros por hora, un ritmo comparable al de una caminata rápida de un ser humano actual.

No obstante, los autores advierten que este cálculo es aproximado debido al avanzado estado de meteorización que presentan las huellas, expuestas durante decenas de millones de años a la erosión y a los cambios geológicos de la región.

A, fotografía tomada con dron de la huella DMNH Loc. 21732, atribuida a un Tyrannosaurus rex adulto. B, vista en planta en falso color (mapa de altitud; arriba) y en color real (abajo) de la huella. Cuadros de la cuadrícula = 1 m. C, fotografía de R2 y TRL a escala. D, vista en perspectiva de los modelos en falso color (izquierda) y en color real (derecha) junto a un cubo de escala en falso color de 1 × 1 m. E, vista en planta ampliada de los modelos en color real (izquierda) y en falso color (derecha) de la huella R2, que conserva la mayor parte de la morfología. F, vista ampliada de la huella R2 que indica dónde se midieron la longitud (TL) y la anchura (TW) de la huella, así como los dedos II, III y IV. G, vista en planta del modelo con mapa de alturas que indica dónde se midieron la zancada y la angulación de la zancada (línea gruesa), la anchura externa de la huella (ETW) y la línea media de la huella (líneas finas). Crédito: P. L. Falkingham et al. 2026

El análisis de las marcas ha permitido a los científicos atribuir su origen al T.rex con un alto grado de confianza, basándose en dos criterios fundamentales: el tamaño excepcional de las impresiones, muy superior al de cualquier otro terópodo conocido en el mismo yacimiento, y la morfología estrecha y alargada de los dedos, característica que encaja con el esqueleto del pie de esta especie.

Además, la abundancia de restos óseos de tiranosaurio recuperados en los alrededores refuerza la hipótesis de que el rastro fue dejado por un individuo de esta especie, algo que hasta ahora solo se había sugerido para huellas aisladas, pero nunca para una serie completa que permitiera seguir la trayectoria del animal.

Tyler Lyson, conservador jefe de paleontología de vertebrados del Museo de Denver y director de la expedición, subrayó la relevancia del descubrimiento en términos de comportamiento animal: Los huesos nos brindan una cantidad enorme de información sobre estos animales, pero las huellas capturan un instante de su conducta. Con un rastro como este podemos seguir literalmente a un animal mientras se movía por el paisaje. Eso es increíblemente raro en el caso del T. rex.

Esta declaración pone de relieve la diferencia entre el registro fósil estático, compuesto por esqueletos que indican anatomía y parentesco, y los icnofósiles, que documentan acciones específicas y ofrecen una ventana a la ecología y los hábitos de los dinosaurios en vida.

La documentación del yacimiento se llevó a cabo mediante técnicas de escaneo tridimensional de alta resolución, que permitieron registrar cada huella y la totalidad del recorrido con un nivel de detalle milimétrico. Este proceso fue ejecutado por Evan Tamez-Galvan, investigador del museo, bajo la supervisión de Lyson y con la colaboración de Antoine Bercovici, también miembro del equipo.

Los modelos digitales resultantes no solo aseguran la preservación virtual del hallazgo, sino que han posibilitado que Peter Falkingham, profesor de paleobiología en Liverpool John Moores y experto mundial en huellas de dinosaurios, pudiera participar como autor principal del artículo sin haber visitado jamás el sitio físico.

Falkingham explicó que la tecnología que podemos aplicar en la era digital permite que mis colegas escaneen las huellas en el campo y me envíen la información tridimensional para visualizarla en mi ordenador y en realidad virtual, lo que me da la posibilidad de examinarlas con el mismo detalle que si estuviera allí en persona.

Este enfoque colaborativo a distancia ejemplifica los cambios metodológicos que están transformando la paleontología, donde la digitalización y el intercambio de datos agilizan las investigaciones y reducen las barreras geográficas sin menoscabar la precisión científica. Los modelos obtenidos han sido empleados para crear réplicas físicas impresas en 3D, lo que facilitará su estudio por parte de otros especialistas y su exhibición en contextos educativos.

El rastro se ha fechado en torno a los 66,5 millones de años, una cronología que sitúa el paseo del tiranosaurio en los últimos momentos del Mesozoico, poco antes del evento de extinción masiva que cerró el Cretácico.

La Formación Hell Creek, donde apareció, es una de las unidades geológicas más prolíficas para el estudio de esta transición, ya que contiene sedimentos que abarcan tanto el final de la era de los dinosaurios como el inicio del Paleógeno, con una rica fauna que incluye desde triceratops hasta edmontosaurios, además de múltiples ejemplares de T. rex.

Precisamente esa concentración de fósiles óseos facilitó la atribución de las huellas, aunque los investigadores advierten que, en ausencia de un esqueleto asociado directamente a las pisadas, siempre existe un margen de incertidumbre taxonómica, por pequeño que sea en este caso.

Tres de las cuatro huellas serán extraídas del yacimiento mediante helicóptero durante el próximo otoño boreal, una operación logística compleja que se realizará bajo la supervisión del Museo de Denver, donde serán trasladadas para su conservación y estudio.

El museo ha anunciado que irá compartiendo actualizaciones del proceso de recuperación con el público a lo largo del invierno, con el objetivo de acercar la ciencia a los visitantes y mostrar el trabajo de campo que precede a cualquier exposición museística. Esta iniciativa forma parte de una estrategia de divulgación que busca aprovechar el impacto mediático del hallazgo para fomentar el interés por la paleontología y la gestión del patrimonio fósil en tierras federales.

El descubrimiento pone de relieve la importancia de la colaboración ciudadana y la formación en ciencias naturales, como demuestra la participación de Hups, un profesor de secundaria que, sin ser paleontólogo de carrera, ha contribuido a uno de los avances más significativos en la icnología de grandes terópodos. Su experiencia, junto con la del equipo multidisciplinar que ha participado en el análisis, ilustra cómo la investigación contemporánea se nutre de sinergias entre instituciones académicas, museos y aficionados cualificados.


La publicación del estudio en el Journal of Vertebrate Paleontology ha sido recibida con expectación en la comunidad científica, ya que hasta la fecha la mayoría de los rastros atribuidos a Tyrannosaurus correspondían a ejemplares juveniles o a especies emparentadas, como Nanuqsaurus o Daspletosaurus.

La posibilidad de disponer de una secuencia de pisadas de un adulto abre la puerta a futuras comparaciones biomecánicas con otros terópodos y a una mejor comprensión de la marcha, el equilibrio y la capacidad de giro de este depredador de más de siete toneladas.

Los investigadores planean continuar el análisis de los modelos digitales para extraer información sobre la distribución del peso, la flexión de las extremidades y la posible velocidad de crucero en condiciones de terreno firme, datos que podrían matizar las reconstrucciones clásicas basadas exclusivamente en la anatomía ósea.

Por último, el hecho de que las huellas se hayan conservado en un estado que, pese a la meteorización, permite reconocer la morfología de los dedos y la profundidad de las impresiones, ha llevado a los autores a considerar que el sustrato original debió ser un sedimento blando, probablemente fangoso, capaz de retener el relieve con suficiente nitidez para que, tras la desecación y la posterior sedimentación, el rastro quedara fosilizado.

Este tipo de condiciones ambientales, habituales en llanuras aluviales, aporta pistas sobre el paisaje que habitaba el T.rex en sus últimos millones de años de existencia, complementando la información que ofrecen los huesos y los dientes con una dimensión dinámica y casi cinematográfica de su vida cotidiana.

Una versión de este artículo también está disponible en inglés: Read this article in english

FUENTES


Falkingham, P. L., Hups, K. M., Tamez-Galvan, E. M., Bercovici, A. D., & Lyson, T. R. (2026). A large tridactyl trackway from the Upper Cretaceous Hell Creek Formation of North Dakota, likely attributable to an adult Tyrannosaurus rex. Journal of Vertebrate Paleontology. doi.org/10.1080/02724634.2026.2706201

Describen la infección bacteriana que sufrió un dinosaurio de Morella hace 125 millones de años

Una tibia de Iguanodon bernissartensis, hallada en Castellón, conserva los efectos de una grave afección que padeció el animal durante su vida. Una nueva investigación revela que el dinosaurio sobrevivió el tiempo suficiente para que su organismo formara nuevo tejido óseo. 

Imagen de un Iguanodon bernissartensis. / Ayuntamiento de Morella

Los sedimentos del Cretácico Inferior que afloraron hace años en el entorno de Morella (Castellón) siguen ofreciendo hallazgos importantes sobre la vida de los dinosaurios europeos hace unos 125 millones de años.

En esta ocasión, un equipo de investigadores ha identificado en un fósil de Iguanodon bernissartensis la primera evidencia documentada de una reacción ósea provocada por una infección bacteriana originada en una úlcera de la piel.

El trabajo, publicado en la revista Royal Society Open Science, constituye un avance importante en el conocimiento de las enfermedades que afectaban a los dinosaurios y de cómo respondían sus organismos frente a infecciones graves.
Las patologías fósiles ofrecen una oportunidad única para conocer cómo enfermaban estos animales
Aunque el registro fósil conserva miles de huesos de dinosaurios, son escasas las ocasiones en las que se puede reconstruir aspectos de la salud de un individuo concreto. Las patologías fósiles ofrecen una oportunidad única para conocer cómo enfermaban estos animales, cómo reaccionaban sus tejidos y hasta qué punto podían sobrevivir a lesiones potencialmente incapacitantes.

Este hallazgo revela que, en las últimas décadas, la paleopatología ha adquirido un papel cada vez más relevante para interpretar la biología, el comportamiento y la evolución de los vertebrados extinguidos.

Grave infección en la pierna

El fósil estudiado corresponde a una tibia derecha de más de un metro de longitud perteneciente a uno de los grupos de dinosaurios herbívoros más emblemáticos del Cretácico Inferior europeo y que, en este caso, se ha atribuido al Iguanodon bernissartensis.

Los restos proceden del yacimiento de Mas de la Parreta (Morella), situado en la Formación Arcillas de Morella, y fue descubierto durante el control paleontológico de los trabajos de extracción de arcillas.

A simple vista, el hueso presenta un abultamiento anómalo en la parte media de la tibia. La superficie es lisa y engrosada, sin señales evidentes de fracturas o deformaciones importantes. Sin embargo, el aspecto de la lesión no era suficiente para establecer su origen y fue necesario recurrir a un diagnostico diferencial que permitiera descartar distintas patologías antes de alcanzar una conclusión.
El hueso reaccionó a una infección de los tejidos blandos situada sobre la tibia.
Se recurrió a las técnicas radiológicas habituales en medicina hospitalaria. La tibia fue estudiada mediante tomografía axial computarizada (TAC) en el Hospital General Universitario de Castellón, y se obtuvieron imágenes tridimensionales de alta resolución que permitieron observar el interior del hueso sin dañarlo. Posteriormente, se generaron reconstrucciones digitales en tres dimensiones para analizar con detalle la estructura de la lesión.

Las imágenes obtenidas permitieron realizar un diagnóstico diferencial exhaustivo. Los investigadores descartaron que el engrosamiento correspondía a un callo de fractura, ya que el hueso no presentaba las alteraciones internas características de un proceso de remodelación ósea que se observan en el proceso de curación de una fractura. También, se rechazaron distintas enfermedades de origen tumoral dado que la lesión carecía de los rasgos diagnósticos propios de estas patologías.

La explicación más consistente fue que el hueso había reaccionado a una infección de los tejidos blandos situada sobre la tibia. El organismo del dinosaurio respondió formando nuevo tejido óseo alrededor de la zona afectada, lo que produjo una reacción perióstica y un engrosamiento de la corteza del hueso.

Según los autores, las características de la lesión son compatibles con una úlcera cutánea avanzada de origen bacteriano, probablemente polimicrobiana, similar a las denominadas úlceras tropicales descritas en medicina humana. Se trata de la primera vez que este tipo de respuesta patológica se documenta en un dinosaurio.

Estudiar la salud de los dinosaurios

El estudio demuestra que el animal no murió inmediatamente después de sufrir la infección. La formación del nuevo tejido óseo indica que sobrevivió durante el tiempo suficiente para que su organismo desarrollara una respuesta inflamatoria prolongada y comenzara el proceso de cicatrización.
La lesión debió de provocar dolor persistente, inflamación y una importante limitación funcional en la extremidad
Los investigadores consideran que la lesión debió de provocar dolor persistente, inflamación y una importante limitación funcional en la extremidad, lo que pudo alterar probablemente su forma de caminar.

Además de ampliar el conocimiento sobre las enfermedades que afectaban a los dinosaurios, el trabajo muestra cómo las técnicas de imagen utilizadas habitualmente en medicina moderna permiten investigar la salud de animales extinguidos hace millones de años. La combinación de tomografía axial computarizada, reconstrucciones tridimensionales y diagnóstico diferencial ha proporcionado un nivel de detalle que hace apenas unas décadas resultaba impensable en paleontología.

Descubrimientos en Morella

Este hallazgo refuerza el valor científico de los yacimientos de la Formación Arcillas de Morella. Desde que en el siglo XIX se identificaron los primeros restos de dinosaurios en la comarca, las excavaciones han proporcionado distintos conjuntos fósiles del Cretácico Inferior europeo.

Entre ellos destacan varias especies descritas por primera vez en esta región, como los dinosaurios herbívoros Morelladon beltrani y Garumbatitan morellensis en Morella, o los dinosaurios carnívoros Vallibonavenatrix cani, de Vallibona, y Protathlitis cinctorrensis, de Cinctorres.

Junto a estas especies, la Formación Arcillas de Morella ha proporcionado abundantes restos de otros dinosaurios ampliamente distribuidos por Europa, entre los que sobresale el gran ornitópodo Iguanodon bernissartensis.

Este estudio permite profundizar no solo en la anatomía y la evolución de esta especie, sino también en aspectos mucho menos conocidos de su biología, como las enfermedades que padecieron y la forma en que respondían a ellas.

Referencia: 

Salas - Herrera, J. et al. First occurrence of polymicrobial ulcer in dinosaurs. Royal Society Open Science. 2026

domingo, 13 de septiembre de 2026

Una pluma descubierta en un excremento fósil explica por qué las aves sobrevivieron al asteroide y el resto de dinosaurios no

En 2016, el paleontólogo David DeMar Jr. avanzaba a gatas por un afloramiento rocoso en el noreste de Montana, buscando fósiles de peces, cuando se topó con un nódulo oscuro, de un tono entre marrón y rojizo, del tamaño aproximado de una cereza grande. Lo recogió, lo observó con una lupa de mano y, en su superficie, distinguió algo que no esperaba encontrar allí: una diminuta pluma fosilizada.

La pluma fosilizada en un coprolito de dinosaurio.
Crédito: J.K. O'Connor et al. 2026
El hallazgo tenía un componente añadido de rareza. DeMar, gestor de colecciones del Proyecto Hell Creek en el Burke Museum de la Universidad de Washington, llevaba trabajando en esa formación geológica el tiempo suficiente para saber que, pese a más de 150 años de prospecciones, nunca se había documentado allí una sola pluma. Y lo que sostenía entre las manos no era una roca cualquiera: todo apuntaba a que se trataba de un coprolito, el término técnico para un excremento fosilizado. 

Diez años después, ese fragmento de heces de dinosaurio se ha convertido en la protagonista de un estudio publicado el 10 de septiembre de 2026 en la revista Current Biology, firmado por Jingmai O’Connor, conservadora asociada de reptiles fósiles en el Field Museum de Chicago, junto con DeMar y otros investigadores del Burke Museum y el Carter County Museum de Ekalaka.

Según el equipo, la pluma es la de mejor conservación tridimensional recuperada hasta ahora de todo el Cretácico, y ofrece una pista sobre uno de los enigmas más persistentes de la paleontología: por qué las aves fueron el único grupo de dinosaurios que logró sobrevivir a la extinción masiva de hace 66 millones de años.

Un depredador que se comió un ave

Ilustración artística de un dinosaurio cazando una ave acuática.
Crédito: Andrey Atuchin
Antes de llegar al laboratorio, el nódulo pasó por análisis de composición mineral y, sobre todo, por un escáner de tomografía computarizada (CT) en el campus médico de la Universidad del Sur de California. Miles de radiografías apiladas digitalmente revelaron algo que a simple vista era imposible de apreciar: dentro del coprolito no había una sola pluma, sino varias, junto con dos pequeñas escamas de un pez gar (de la familia Lepisosteidae) y fragmentos de huesos de la pata de un ave.

Aunque la conservación era mejor que la de muchas de las plumas que había estudiado en ámbar birmano para mi tesis, esto estaba dentro de una roca, y no precisamente una roca llamativa, explica Nate Carroll, coautor del estudio y paleontólogo del Carter County Museum. Cada hora de procesamiento de los datos revelaba otra pluma, otra escama, otro hueso, en un 3D asombroso.

Los huesos de la pata permitieron identificar al propietario original de esas plumas: un hesperornitiforme, un grupo extinto de aves acuáticas que no podían volar y que, ecológicamente, se parecían a los somormujos o colimbos actuales. Cazaban buceando, usando patas especializadas para impulsarse bajo el agua, y las plumas recuperadas mostraban precisamente adaptaciones propias de la vida acuática.

La secuencia de sucesos, según reconstruye el equipo, sería la siguiente: un ave buceadora fue devorada, probablemente por un T. rex o por un Nanotyrannus (el tamaño del coprolito no permite descartar ninguna de las dos especies), y ese mismo depredador expulsó después los restos que, 66 millones de años más tarde, acabarían en las manos de DeMar.

Una pluma con un pie en el pasado y otro en el presente

Lo que hace especialmente valiosa esta pluma es su combinación de rasgos. Dos de los ejemplares recuperados, incluido el que quedó expuesto en la superficie del coprolito, presentan un raquis de sección cuadrada y con el interior relleno de una estructura esponjosa, un rasgo que hasta ahora solo se conocía en aves modernas y en sus parientes más inmediatos. El siguiente registro más antiguo de esa misma estructura esponjosa procede del Eoceno inferior de Dinamarca, unos 10 millones de años posterior al fósil de Hell Creek.

Junto a esas plumas de aspecto moderno e impermeable, el coprolito conservaba también plumón más pequeño, difuso y de estructura primitiva, del tipo que se asocia a los dinosaurios no avianos y a otro grupo de aves muy abundante durante el Cretácico, los enantiornitinos.

Esta mezcla convierte a los hesperornitiformes en una especie de eslabón intermedio entre esas plumas arcaicas y el plumaje aislante de las aves actuales, las Neornithes, el único linaje que sobrevivió al impacto que acabó con el resto de dinosaurios.

El coprolito de dinosaurio con la pluma fosilizada. Crédito: David DeMar Jr.

Aquí es donde el hallazgo se conecta con la pregunta de fondo. Los enantiornitinos, el grupo de aves más común durante el Cretácico, se extinguieron. Los hesperornitiformes, primos cercanos de las Neornithes pero fuera de ese linaje, también desaparecieron. Solo las Neornithes lograron cruzar al otro lado del límite Cretácico-Paleógeno, y hoy todas las aves vivas descienden de ellas.

Durante años se ha manejado la hipótesis de que la clave estuvo en el hábitat: las Neornithes, se argumenta, habrían vivido cerca del agua, y ese entorno las habría protegido de algún modo de los efectos del impacto. El problema es que los hesperornitiformes también eran aves acuáticas y, aun así, no sobrevivieron. Eso obliga a buscar otra explicación, y O’Connor apunta a las plumas.

Creemos que el tipo de plumas que tenían estas aves, o la forma en que las mudaban, pudo ser una de las causas subyacentes de la selectividad de la extinción de finales del Cretácico: esencialmente, por qué unas aves se extinguieron y otras sobrevivieron, explica la investigadora.

La idea es que las plumas del cuerpo, las responsables de mantener la temperatura corporal, no ofrecían el mismo aislamiento en todos los linajes. Tras el impacto del asteroide de Chicxulub, la atmósfera se llenó de ceniza y hollín, y las temperaturas globales cayeron de forma abrupta durante lo que se conoce como el invierno de impacto. Si el plumaje de los hesperornitiformes y los enantiornitinos era menos eficiente reteniendo el calor que el de las Neornithes, esa diferencia, aparentemente pequeña, pudo inclinar la balanza entre sobrevivir y desaparecer.

Gregory Wilson Mantilla, profesor de la Universidad de Washington y conservador de paleontología de vertebrados en el Burke Museum, subraya que los fósiles de aves, y sobre todo de sus plumas, son extraordinariamente escasos, así que cada hallazgo aporta información valiosa sobre la evolución de este rasgo. Y este caso concreto, añade, tiene un valor adicional: al proceder del interior de un excremento de dinosaurio, ofrece también una ventana directa a las relaciones entre depredador y presa hace 66 millones de años.

Una vía de estudio casi sin explorar

Para O’Connor, el proyecto tuvo un componente detectivesco poco habitual en su trabajo. Ella suele analizar esqueletos completos conservados en grandes losas de roca, con los tejidos blandos ya visibles. Aquí, en cambio, no había más que un coprolito y su contenido, y hubo que reconstruir la historia a partir de indicios sueltos.

El hallazgo, además, abre una puerta que apenas se ha explorado. Los coprolitos rara vez se estudian buscando en su interior restos de tejidos blandos como las plumas, en parte porque nadie los sometía sistemáticamente a tomografías computarizadas. Este caso concreto solo salió a la luz porque el excremento se había partido de manera que dejó una pluma expuesta en la superficie, algo que O’Connor describe como un golpe de suerte. Ahora, la investigadora confía en que otros museos empiecen a escanear sus colecciones de coprolitos con esta posibilidad en mente.

Queda por saber, eso sí, hasta qué punto esta diferencia de aislamiento térmico fue determinante frente a otros factores que también se han propuesto para explicar la supervivencia selectiva de las aves, como la dieta o el tamaño del cuerpo. El propio equipo es cauto al respecto: el plumaje, insisten, pudo ser uno de los factores, no necesariamente el único. Y mientras no aparezcan más plumas de hesperornitiformes con las que comparar, la pieza hallada en Montana seguirá siendo, por ahora, un caso único.

Una versión de este artículo también está disponible en inglés: Read this article in english

FUENTES

Field Museum

Jingmai K. O’Connor, David G. DeMar, Jr., et al., Bird feathers from a Late Cretaceous coprolite. Current Biology, doi.org/10.1016/j.cub.2026.08.054

labrujulaverde.com

Villanueva de Carazo, «punto caliente» en el territorio de dinosaurios

REVISTA de AGALSA Sierra de la Demanda número 65

Artículo de Fidel Torcida, director del Museo de Dinosaurios, sobre Foskeia pelendonum (el dinosaurio ornitópodo más pequeño del mundo) en el último número de la Revista de AGALSA.



























agalsa.es (se puede descargar en pdf)

El Museo de los Dinosaurios de Castilla y León: el plan perfecto para viajar al pasado

Maquetas, ilustraciones, reconstrucciones y piezas arqueológicas reconstruyen la historia desde el Mesozoico

Museo de Dinosaurios, en la localidad burgalesa de Salas de los Infantes. / FD
Si te interesa profundizar en la vida de los dinosaurios, Castilla y León posee un espacio dedicado a ello: el Jurassic Park burgalés. Se encuentra en Burgos, en la localidad de Salas de los Infantes, y abrió sus puertas en 2001.

El objetivo inicial de este Museo de Dinosaurios era exhibir a los visitantes la amplia colección de restos de dinosaurios descubiertos por el Colectivo Arqueológico y Paleontológico de Salas, que cada verano realiza excavaciones en los yacimientos.

Y ahora, quienes lo visitan se adentran en la historia de esta comarca burgalesa, desde las remotas épocas del Mesozoico, hasta la edad media, pasando por la prehistoria y la época romana.

Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos) / MD
La primera de las dos salas está dedicada exclusivamente a la presencia humana en la zona. Reconstrucciones de enorme calidad, realizadas con el necesario rigor científico, nos enseñan cómo era un dolmen megalítico, el interior de una casa celtíbera con un telar y un altar romano donde se exponen estelas originales de esa época.

La segunda sala invita a los visitantes a conocer de lleno el fascinante mundo de los dinosaurios. La colección de fósiles de dinosaurios es una de las más completas de España y algunos de ellos son únicos.

Además de los numerosos huesos de dinosaurios también podemos observar huevos fósiles de dinosaurios. "Es un increíble milagro de la fosilización que algo tan frágil pueda haber llegado hasta nosotros millones de años después de que una madre dinosaurio los depositara", explican desde el museo.

También hay excelentes ejemplos de vegetales fósiles coetáneos a los dinosaurios. Troncos de helechos arborescentes, cícadas y fragmentos de coníferas muestran la exuberante cobertura vegetal de tipo subtropical que acompañó a los dinosaurios.

Horario de apertura del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos):
  • Del 01/11 al 31/03 - De martes a viernes - De 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 18:30
  • Del 01/11 al 31/03 - Sábado - De 10:00 a 14:00 y de 16:30 a 19:00
  • Del 01/11 al 31/03 - Domingo y festivos - De 10:00 a 14:00
  • Del 01/04 al 31/10 - De martes a sábado - De 10:00 a 14:00 y de 16:30 a 19:00
  • Del 01/04 al 31/10 - Domingo y festivos - De 10:00 a 14:00
Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos) / MD
Lunes día de cierre. Apertura excepcional fuera de horarios para grupos concertados.

Entradas para ver el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos):
  1. Tipo: General
  2. Importe: 2,50 euros
  3. Tipo: Gratuita
  • Fechas especiales de gratuidad (miércoles)
  • Menores (menores de 8 años)
  • Personal docente (profesores de educación infantil, primaria y secundaria)
  1. Tipo: Reducida
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domingo, 6 de septiembre de 2026

Un proyecto de 20 años analiza 7500 fósiles marinos y revela por qué hallamos especies de distintas épocas en la misma capa

En el estudio han participado investigadores y puede cambiar la forma en que los paleontólogos interpretan los fósiles.

Un sedimento proporciona mucha información a los paleontólogos
A primera vista, una capa de fósiles marinos puede parecer una fotografía del pasado. Conchas, esqueletos y restos de distintos animales aparecen juntos en el mismo sedimento, como si todos hubieran vivido allí al mismo tiempo. Pero esto es engañoso. Algunos de esos organismos quizá estuvieron separados por cientos, incluso miles de años. Para los paleontólogos, saber cuánto tiempo hay realmente concentrado en una capa de fósiles es muy importante para entender cómo eran los ecosistemas de hace miles o millones de años.

Este fenómeno se conoce como promediación temporal. Sucede cuando restos de organismos que vivieron en épocas diferentes terminan acumulándose y conservándose en el mismo lugar. En el fondo del mar, este proceso puede ser especialmente importante. En apenas un metro cuadrado puede haber miles de túneles excavados por todo tipo de pequeños animales como gusanos o camarones. Mientras se mueven por el sedimento, remueven continuamente el fondo y desplazan conchas y otros restos que encuentran a su alrededor.

Una misma capa, miles de años de historia

Restos fósiles de un espécimen de Archaeopteryx localizado en Berlín
El verdadero problema aparece mucho después, cuando ese sedimento queda enterrado y pasa a formar parte del registro fósil. En ese momento, ya no resulta sencillo saber cuánto tiempo representa. Y la diferencia importa mucho. Daniele Scarponi, de la Universidad de Bolina, compara algunas asociaciones fósiles con las ruinas de Pompeya: fueron enterradas rápidamente y pueden conservar una comunidad casi como una instantánea. Otras se parecen más a un cementerio utilizado durante siglos, donde los restos de distintas generaciones se fueron acumulando poco a poco. Los dos tipos de registro pueden aportar información muy valiosa, pero no permiten responder las mismas preguntas.

Hay varios factores que influyen en esta diferencia de épocas. Uno de ellos es la capacidad de los restos para mantenerse en el tiempo. La mayoría de los organismos desaparecen mucho antes de llegar a fosilizarse, ya sea porque son consumidos por otros animales o porque se descomponen. Por eso, cuando hablamos del registro fósil, encontramos sobre todo restos resistentes como conchas o huesos. Aun así, estos restos tampoco son indestructibles y pueden deteriorarse si permanecen demasiado tiempo expuestos antes de quedar enterrados.

También influye la cantidad de vida que haya en una determinada zona. Cuantos más organismos vivan allí, más restos habrá disponibles para acabar formando parte del registro fósil. Y, por supuesto, la actividad de los animales que excavan el fondo puede contribuir a mezclar restos de distintas edades. No obstante, después de reunir datos obtenidos durante unos 20 años, un equipo de investigadores ha llegado a una conclusión: de todos estos factores, el que más pesa es la velocidad a la que se acumula el sedimento.

Cuando el sedimento se deposita rápidamente, las conchas y los huesos quedan enterrados poco después de que los animales mueran. Hay menos tiempo para que estos restos sean desplazados o se mezclen con los de otras generaciones. Si, por el contrario, el sedimento se acumula lentamente; los restos pueden permanecer durante mucho tiempo en la superficie. Durante ese periodo pueden mezclarse con materiales de diferentes épocas antes de quedar enterrados. Por eso, en una misma capa puede acabar representado un periodo de tiempo mucho más largo, como explican en su estudio publicado en PNAS.

Para poner esta idea a prueba, paleontólogos de Australia, Austria, Bahamas, Brasil, Alemania, Eslovaquia, Italia y Estados Unidos reunieron datos procedentes de distintos proyectos. En total, analizaron más de 7.500 fósiles marinos recogidos en zonas muy diferentes, desde aguas costeras poco profundas hasta zonas en alta mar.

Para conocer la edad de los fósiles utilizaron, entre otras técnicas, la datación por radiocarbono. El carbono-14 es un isótopo radioactivo que está presente en los organismos vivos y cuya cantidad disminuye de manera predecible después de la muerte. Su vida media es de unos 5.730 años, por lo que resulta especialmente útil para estudiar restos relativamente recientes, de hasta aproximadamente 55.000 años. Los investigadores también utilizaron la racemización de aminoácidos, una técnica que se basa en determinados cambios químicos que se producen con el paso del tiempo.

Una investigación a gran escala para descubrir qué pesa más

Uno de los gráficos que acompañan al estudio publicado en Proceedings of the
National Academy of Sciences (PNAS)

Analizar miles de fósiles de esta manera no es barato. De hecho, el coste de las dataciones es una de las razones por las que hasta ahora había sido tan difícil reunir un conjunto de datos de semejante tamaño. Los distintos equipos habían trabajado durante años en proyectos independientes y, al darse cuenta de que sus investigaciones podían complementarse, decidieron unir sus resultados. Los avances tecnológicos también han ayudado a reducir los costes y permiten trabajar con muestras más pequeñas que en el pasado.

Con todos los datos reunidos, los científicos fueron un paso más allá. Crearon simulaciones usando ordenadores en las que podían cambiar variables como la actividad de los animales que remueven el sedimento, la velocidad de la acumulación y la destrucción de los restos. Después compararon los resultados de esas simulaciones con las edades que habían encontrado en los fósiles reales.

La comparación dejó bastante claro cuál era el factor dominante: la velocidad de sedimentación. Cuanto más rápido se acumula el sedimento, menor es la posibilidad de que restos pertenecientes a distintas generaciones terminen mezclados en una misma capa.

El descubrimiento puede cambiar la manera en que los paleontólogos interpretan las asociaciones fósiles. Una capa llena de conchas y huesos no tiene por qué representar una comunidad que vivió al mismo tiempo. En algunos casos, esos pocos centímetros de roca pueden contener una historia que se desarrolló durante miles de años.

Entender esa diferencia permitirá reconstruir con mayor precisión los ecosistemas del pasado y evitar interpretaciones equivocadas sobre la biodiversidad, las relaciones entre especies o los cambios ambientales. Y la idea podría ser útil en otros escenarios. Si la relación entre sedimentación y promediación temporal también se mantiene en registros geológicos mucho más antiguos, los investigadores podrían aplicar el mismo principio, junto con otras técnicas de datación, para comprender mejor cómo cambió la vida en la Tierra a lo largo de su historia.