El dinosaurio planeaba como las ardillas voladoras para atacar a sus presas. De hecho, el estudio ha identificado que no poseía dos, sino cuatro alas
Ilustración del nuevo velocirraptor documentado en China (Lewis LaRosa/Jão Canola)
Un extraordinario descubrimiento paleontológico en el noreste de China ha revelado la identidad de un depredador que acechaba a las aves primitivas hace 120 millones de años. El hallazgo, difundido a través de un artículo científico en la revista norteamericana Annals of Carnegie Museum, describe a un pariente cercano del Velocirráptor que poseía la asombrosa capacidad de desplazarse por el aire de manera idéntica a las ardillas voladoras actuales (Pteromyini). Los investigadores consiguieron identificar este nuevo espécimen a partir de un fragmento óseo fosilizado correspondiente a la extremidad superior. Los restos se localizaron en la cuenca de Changma, un entorno geológico situado en la provincia de Gansu que destaca a nivel internacional por albergar cientos de restos pertenecientes a aves prehistóricas que convivieron con los grandes reptiles en el Cretácico.
El cazador de Changma
Durante décadas, los geólogos hallaron en este yacimiento acumulaciones de huesos aviares triturados muy similares a las egagrópilas que generan los búhos modernos. La comunidad científica sospechaba que algún tipo de carnívoro generaba estos restos compactados al alimentarse de las especies voladoras más pequeñas, pero carecía de una prueba biológica concluyente para demostrar la existencia de este esquivo depredador.
La nueva especie ha recibido el nombre oficial de Jian changmaensis en alusión a una criatura alada de la mitología tradicional china y al entorno geográfico del hallazgo. El animal pertenece a los microrraptores, un grupo de dinosaurios dromeosáuridos caracterizados por su agilidad, velocidad y por poseer un denso plumaje que cubría la totalidad de sus extremidades anteriores y posteriores.
"Es el único dinosaurio encontrado en este sitio que no era un pájaro, era un carnívoro, y era mucho más grande que todo lo demás que hemos encontrado allí", declaró Jingmai O'Connor, paleontóloga del Field Museum de Chicago y autora principal del estudio, al valorar la enorme trascendencia ecológica que presenta este nuevo espécimen.
Un planeador en el Cretácico
A pesar de que el resto estudiado mide unos 10 cm, el análisis osteológico determinó que el ejemplar poseía una envergadura de 1,2 metros. El tamaño de este carnívoro resulta equiparable al de una lechuza común actual, una dimensión muy superior a la del resto de sus parientes evolutivos directos hallados en el continente asiático, que habitualmente presentaban un volumen similar al de un cuervo. La disposición de sus plumas generaba una estructura anatómica que simulaba tener cuatro alas independientes, óptimas para ejecutar desplazamientos aéreos. "Jian y los otros microrraptores probablemente no eran capaces de un vuelo verdadero y propulsado, pero probablemente podrían planear como una ardilla voladora", aclaró Jingmai O'Connor para detallar el método de locomoción empleado por este animal en los bosques prehistóricos.
El espécimen representa el primer dinosaurio no aviar detectado en la zona, aportando un contexto fundamental sobre el entorno donde surgieron los antepasados de las aves actuales. El doctor Matt Lamanna, paleontólogo del Museo de Historia Natural Carnegie, remarcó que gracias al descubrimiento de este depredador finalmente se conoce qué animal se alimentaba de las aves primitivas del yacimiento.
Un reciente estudio indica que estos grandes carnívoros desarrollaron glándulas lagrimales específicas para excretar el exceso de sal del entorno marino.
Un Spinosaurus con cresta dorsal nadando en aguas pantanosas. Davide Bonadonna
“El que no llora no mama” es un refrán o dicho popular que significa que, para conseguir algo en la vida, es necesario pedirlo e insistir hasta hacerse notar, como lo hace un bebé que llora con el único objetivo de ser amamantado por su madre. Una conducta intrínsecamente ligada a los seres humanos y otros mamíferos, pero que podría aplicarse a algunos grandes dinosaurios, como el Spinosaurus. Al menos, así lo asegura un artículo recientemente publicado en la revista Historical Biology.
Empecemos por el principio para entenderlo mejor. A lo largo de los últimos años, los paleontólogos han debatido intensamente el verdadero estilo de vida del Spinosaurus y sus parientes más cercanos, como el Baryonyx walkeri o el Irritator challengeri. Sus característicos hocicos alargados, que guardan un gran parecido con la anatomía de los cocodrilos modernos, sugerían una existencia ligada al agua, aunque no se había determinado con precisión si eran nadadores activos o meros cazadores de ribera.
El descubrimiento del equipo de científicos liderado por Andrea Cau, experto adscrito al Museo Paleontológico OPHIS, se centra en una pequeña, pero crucial estructura anatómica en el cráneo. Tras examinar minuciosamente fragmentos óseos procedentes de Marruecos, Brasil y el Reino Unido mediante tomografías computarizadas, se identificó una notable depresión ósea situada justo encima de la órbita de los ojos.
Adaptación a entornos salinos
Esta particular cavidad albergaba una glándula de sal especializada, un órgano indispensable para que los animales que habitan o capturan presas en medios marinos filtren el sodio de su sangre. En la fauna actual, diversas familias de aves marinas recurren de manera habitual a un sistema idéntico para purificar el organismo, expulsando el cloruro de sodio sobrante mediante un fluido denso por los ojos.
"En ambientes de alta salinidad, estas glándulas ayudan a los animales a resolver el problema de la excreción de sal", afirmó Andrea Cau al respecto. Los datos geológicos de la investigación respaldan esta hipótesis evolutiva, puesto que los restos fósiles con esta cavidad proceden de antiguos litorales costeros, mientras que los ejemplares de agua dulce carecen de dicha fosa.
Esta flexibilidad fisiológica demuestra que los espinosáuridos expandieron su nicho ecológico hacia zonas salobres, superando las limitaciones biológicas de otros reptiles continentales de la época. No obstante, la revolucionaria propuesta científica sobre este llanto salino ha generado opiniones encontradas y ha reabierto las discusiones en los principales centros académicos internacionales.
Controversias paleontológicas
El investigador Paul Sereno, paleontólogo de la Universidad de Chicago, se muestra escéptico y advierte que la supuesta marca ósea no es una constante en todos los cráneos analizados. Para este experto, la ausencia del rasgo en piezas similares recuperadas en el norte de África sugiere que podría tratarse de una simple deformación del fósil debida al paso del tiempo.
Por otro lado, David Martill, científico de la Universidad de Portsmouth, argumenta que la presencia de la glándula apoya la teoría de una existencia acuática prolongada en el tiempo. Sea como nadadores experimentados o como depredadores que acechaban de pie en la orilla, este mecanismo biológico demuestra que la fisiología de estas criaturas era mucho más compleja de lo que se creía.
El simposio tendrá lugar en octubre de 2026 en Bembibre (León)
La comunidad paleontológica del noroeste peninsular tiene una nueva cita en el calendario. El III Simposio de Paleontología del Noroeste Peninsular (PANOP 2026)se celebrará del 15 al 17 de octubre de 2026 en el Museo del Alto Bierzo, en la localidad leonesa de Bembibre.
Tras el éxito de ediciones anteriores, PANOP 2026 se consolida como un punto de encuentro para investigadores, investigadoras y personas interesadas en la paleontología del noroeste de la Península Ibérica. El objetivo del simposio es fomentar el intercambio científico y dar a conocer los avances más recientes en el estudio del registro fósil de esta región, abarcando distintos periodos geológicos y enfoques metodológicos .
La elección de El Bierzo como sede no es casual. Se trata de una región de gran relevancia paleontológica, especialmente por sus yacimientos del Carbonífero, que han proporcionado abundantes restos de plantas, insectos y otros organismos, constituyendo un referente clásico para el estudio de los ecosistemas continentales paleozoicos.
Programa científico y actividades
El encuentro incluirá comunicaciones orales y pósteres, que podrán presentarse en español, portugués o inglés. Además, el programa contempla diversas actividades científicas y divulgativas:
Salidas de campo pre y post congreso a enclaves de interés paleontológico como Fabero y Santa Marina de Torre
Sesiones científicas en formato oral y póster
Una mesa redonda sobre patrimonio paleontológico en el noroeste peninsular
Actividades sociales, incluyendo la cena del congreso
Fechas clave
La organización ha establecido ya las principales fechas del simposio:
Preinscripción (no vinculante): hasta el 30 de abril de 2026
Envío de abstracts: hasta el 30 de junio de 2026
Inscripción definitiva: hasta el 31 de agosto de 2026
Celebración del congreso: del 15 al 17 de octubre de 2026
Las personas interesadas en asistir pueden realizar ya la preinscripción a través del siguiente formulario:
Con esta tercera edición, el comité organizador busca reforzar la colaboración entre grupos de investigación de diferentes regiones y contribuir a la puesta en valor del patrimonio paleontológico del noroeste peninsular. PANOP 2026 aspira así a consolidarse como un foro de referencia para la discusión científica y la difusión del conocimiento paleontológico en este ámbito geográfico
Pala-dino. Las lenguas romances y los dinosaurios, una revolución en la ciencia
La Rioja, 12 y 16 de mayo de 2025. Libro de resúmenes / Guía de excursiones
Este evento singular reunió a destacados especialistas en paleontología de dinosaurios, lingüística, didáctica y comunicación científica procedentes de todo el mundo, bajo el lema “las lenguas romances y los dinosaurios: una revolución en la ciencia”. Entre los ponentes, participaron científicos internacionales de gran relevancia, como el italiano Giuseppe Leonardi, el argentino Leonardo Salgado, coautor de la descripción del Giganotosaurus (que apareció en la película “Jurassic World: Dominion”, 2022) y del primer dinosaurio descubierto en la Antártida: Antarctopelta; el brasileño Ismar de Sousa Carvalho, el rumano, Dan Grigorescu y los españoles, Félix Pérez Llorente y Fidel Torcida, así como investigadores españoles de Cataluña, Aragón, La Rioja y paleontólogos portugueses. En el Congreso se presentaron distintas comunicaciones de jóvenes investigadores sobre nuevos hallazgos y novedades en el ámbito de los dinosaurios y sus huellas en España, Portugal, Marruecos, Rumanía, Brasil y otros.
Organizado por el Gobierno de La Rioja y la Universidad de La Rioja, con el apoyo de la Fundación San Millán y la colaboración de diversas entidades científicas y culturales, como la Fundación de Dinosaurios de Castilla y León y el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes, Pala-Dino 2025 quiere convertirse en un referente y consolidarse como un congreso único en su enfoque interdisciplinar, para analizar el papel de las lenguas romances en la investigación, documentación y divulgación de los dinosaurios.
Publicado en Cretaceous Research, el trabajo reinterpreta fósiles hallados en la costa de Chile central y confirma la presencia de dinosaurios terrestres y aves del Cretácico Superior en una zona conocida históricamente por sus especies marinas. La investigación destaca el valor de las colecciones científicas y advierte sobre la importancia de proteger un sitio clave para reconstruir la historia natural del país.
Costa de Algarrobo, zona donde se han registrado importantes hallazgos paleontológicos del Cretácico Superior.
Ubicado en la Región de Valparaíso, Algarrobo es uno de los balnearios más reconocidos del litoral central, valorado por sus atractivos turísticos, su biodiversidad y también por sus hallazgos paleontológicos. En sus rocas costeras se conserva una historia mucho más antigua: la de un ecosistema del final del Cretácico, hace cerca de 69 millones de años, donde el registro de reptiles marinos convive ahora con nuevas evidencias de dinosaurios terrestres y aves antiguas.
Imagen referencial del material fósil analizado en el estudio, asociado a un dinosaurio herbívoro de gran tamaño.
A partir del reanálisis de fósiles hallados en los “Estratos de Quebrada Municipalidad”, el equipo confirmó la presencia de un dinosaurio herbívoro de gran tamaño y reclasificó restos de un ave fósil. Ambos registros fueron situados en el Cretácico Superior, lo que permite ampliar la comprensión de Algarrobo como una localidad que no solo conserva evidencia de antiguos ecosistemas marinos, sino también de animales continentales.
Hasta ahora, la zona era reconocida principalmente por su registro marino, con hallazgos de plesiosaurios, mosasaurios, tortugas marinas y tiburones. Sin embargo, el trabajo con colecciones históricas y nuevas campañas de terreno dio paso a una lectura más amplia del sitio.
“Nos dimos cuenta de que este ecosistema era un poco más complejo. No solamente involucraba especies marinas, sino que también había alguna cercanía, alguna condición costera”, explica Sergio Soto Acuña, paleontólogo de vertebrados y autor principal del estudio.
Dinosaurios terrestres y aves del Cretácico en Chile central
La confirmación surgió a partir de una nueva revisión de materiales conservados en colecciones históricas, es decir, algunos restos que habían sido asociados a reptiles marinos fueron reinterpretados por el equipo como fósiles de dinosaurios. “Hay dos restos grandes de dinosaurios que encontramos en el museo y que estaban guardados desde hace ya mucho tiempo. Son colecciones históricas, que tienen ya bastantes décadas, y estaban identificados como plesiosaurios, o sea, como reptiles marinos”, señala el investigador Sergio Soto.
Uno de esos materiales permitió identificar con mayor claridad el tipo de animal al que pertenecía. “Estos corresponden, al menos uno de ellos, a la parte más proximal, o sea, más cerca del cuerpo, de un fémur, el hueso de la pata, de un dinosaurio herbívoro”, explica.
Sergio Soto Acuña, autor principal del estudio, durante trabajo de campo en Algarrobo junto a parte del equipo investigador.
El estudio no describe una nueva especie, ya que el fósil se encuentra incompleto. Sin embargo, sus características permiten asociarlo al grupo de los ornitópodos, dinosaurios herbívoros que tuvieron una amplia diversidad de tamaños y formas. En Sudamérica, algunos de estos animales estuvieron relacionados con linajes conocidos popularmente como dinosaurios “pico de pato”, aunque los investigadores advierten que se requiere material más completo para precisar esta identificación.
El trabajo también reinterpreta restos de un ave fósil que anteriormente habían sido asignados a rocas más jóvenes, de alrededor de 40 millones de años. La nueva información sobre su procedencia permitió situarlos en niveles del Cretácico Superior, revelando que corresponde al fósil de ave más antiguo hallado hasta ahora en Chile y relevante para comprender la historia temprana. “Tenemos aves que probablemente corresponden a aves modernas, del grupo de las aves actuales, pero ya presentes en la época de los dinosaurios ahí en Chile central. Eso también es importante, porque existen muy pocos restos de aves fósiles modernas en ese lapso”, sostiene el paleontólogo.
Para el equipo, estos resultados muestran el valor de volver a mirar colecciones antiguas con nuevas preguntas científicas. Fósiles que durante décadas permanecieron guardados o clasificados bajo otra interpretación pueden entregar información inédita sobre la historia natural del país.
Algarrobo, una localidad clave para la paleontología nacional
La nueva evidencia no solo amplía lo que se sabía sobre Algarrobo, sino que también refuerza la urgencia de proteger una zona que sigue entregando información clave sobre la historia natural de la zona central del país. Para Rodrigo Otero, paleontólogo de vertebrados y miembro del equipo investigador, el hallazgo obliga a mirar nuevamente un sitio que durante años fue interpretado principalmente como un antiguo ambiente marino.
Rocas costeras de Algarrobo, parte del patrimonio paleontológico que los investigadores buscan estudiar y proteger.
“Algarrobo se volvió una localidad con un espectro de posibilidades mucho mayor para hallazgos de fauna fósil. Es muy importante volver a revisar las colecciones bajo esta nueva mirada, porque lo que alguna vez pudo ser interpretado como huesos de vertebrados marinos dudosos, podrían ser restos de dinosaurios que pasaron desapercibidos”, destaca el investigador.
Sin embargo, esta investigación no se encuentra exenta de dificultades, los afloramientos costeros donde aparecen estos fósiles están expuestos a la erosión natural, al crecimiento urbano y a eventuales obras de infraestructura que podrían afectar sectores todavía poco estudiados.
“Sabemos que es un yacimiento super valioso, del que está saliendo información en forma periódica y van a seguir apareciendo publicaciones científicas”, advierte. Para el investigador, el desafío es pensar cómo compatibilizar el desarrollo local con la protección de un patrimonio paleontológico que pertenece no solo a Algarrobo, sino a la historia profunda del país.
El autor principal de la investigación, Sergio Soto, coincide en que el sitio requiere mayor atención científica e institucional. “Nos estamos dando cuenta de que tenemos acá, al lado, un yacimiento paleontológico importantísimo, con mucho potencial, y que está a punto de desaparecer”, señala.
En ese sentido, el caso de Algarrobo muestra que la paleontología no depende solo de nuevos descubrimientos en terreno, sino también de la conservación de los sitios y de la revisión permanente de colecciones científicas. “Algarrobo nos está informando de algo que había pasado absolutamente desapercibido en el mapa ecológico o paleoecológico”, concluye el paleontólogo Rodrigo Otero.
Un extraordinario yacimiento hallado en el desierto oriental de Egipto revela que muchos de los peces que dominan hoy los mares ya habían comenzado a prosperar apenas cuatro millones de años después de la extinción de los dinosaurios.
Un hallazgo histórico en Egipto revela que los peces modernos conquistaron los océanos solo 4 millones de años después de los dinosaurios. Ilustración de Ian Baylatry
La extinción masiva que acabó con los dinosaurios hace 66 millones de años suele contarse como el comienzo de una nueva era dominada por los mamíferos. Sin embargo, bajo la superficie de los océanos ocurrió una transformación igual de profunda y mucho menos conocida. Durante décadas, los paleontólogos han sospechado que aquel cataclismo también abrió la puerta al ascenso de los peces modernos, pero las pruebas fósiles eran escasas y fragmentarias.
Ahora, un hallazgo realizado en Egipto está cambiando esa visión. Un equipo internacional de investigadores ha descrito un excepcional yacimiento de fósiles marinos de 62,2 millones de años de antigüedad que ofrece una fotografía sin precedentes de cómo eran los océanos poco después de la desaparición de los dinosaurios. Tal y como ha revelado un estudio publicado en la revista Science Advances, el enclave conserva una comunidad de peces sorprendentemente moderna para una época tan temprana.
El yacimiento, conocido como Qreiya 3, se encuentra en el desierto oriental egipcio y ha proporcionado cerca de 500 ejemplares fósiles. Entre ellos aparecen más de una veintena de tipos distintos de peces con aletas radiadas, el grupo que incluye a la inmensa mayoría de las especies actuales. Lo más llamativo no es únicamente la abundancia de fósiles, sino la composición de la comunidad que representan.
Hasta ahora, los científicos pensaban que los océanos del Paleoceno temprano seguían dominados por grupos heredados del Cretácico y que la expansión de los peces modernos había sido un proceso más lento. Sin embargo, Qreiya 3 dibuja un escenario diferente. Apenas cuatro millones de años después del impacto del asteroide que desencadenó la extinción masiva, muchas de las líneas evolutivas que hoy resultan familiares ya ocupaban posiciones destacadas en los ecosistemas marinos.
Un hallazgo que llena uno de los mayores vacíos del registro fósil
Uno de los principales problemas para reconstruir la evolución de los peces tras la extinción de finales del Cretácico ha sido la escasez de fósiles completos. Los especialistas llevaban años enfrentándose a un intervalo temporal poco documentado, una especie de agujero negro paleontológico que dificultaba comprender cuándo aparecieron realmente muchos grupos modernos.
El nuevo yacimiento ayuda a cerrar parte de ese vacío. Según indica el estudio, Qreiya 3 es más diverso que todos los conjuntos de peces conocidos previamente para el Daniense —la primera etapa del Paleoceno— considerados en conjunto. Además, cuenta con una datación especialmente precisa, algo poco habitual para yacimientos de esta antigüedad.
La conservación de los fósiles es tan extraordinaria que los investigadores describen el lugar como una auténtica Lagerstätte, un término utilizado para designar depósitos excepcionales donde los organismos quedan preservados con gran detalle. Muchos esqueletos aparecen articulados y completos, permitiendo estudiar huesos individuales y compararlos directamente con especies actuales.
Sanaa El-Sayed, autora principal del estudio, analiza uno de los peces fósiles recién recuperados en el yacimiento de Qreiya 3. Foto: Profesora Hesham Sallam, Centro de Paleontología de Vertebrados de la Universidad de Mansoura
Gracias a ello, los paleontólogos han podido identificar algunos de los registros esqueléticos más antiguos conocidos para grupos que todavía viven en nuestros mares. Entre ellos figuran parientes primitivos de los atunes y las caballas, peces luna, jureles, peces trompeta y peces aguja.
En lugar de encontrar una fauna dominada por supervivientes del Cretácico, los investigadores hallaron una comunidad estructurada en torno a grupos que acabarían dominando los océanos.
Los verdaderos vencedores tras la caída de los dinosaurios
La gran protagonista del hallazgo es una inmensa rama evolutiva conocida como Percomorpha. Aunque su nombre resulta poco familiar para el gran público, incluye miles de especies actuales, desde atunes y peces espada hasta caballitos de mar, percas o rapes de las profundidades.
Antes de la extinción del Cretácico, estos peces existían, pero eran relativamente escasos en comparación con otros grupos. Tras la catástrofe, sin embargo, parecen haber aprovechado la desaparición de numerosos competidores para expandirse rápidamente.
Los fósiles de Egipto muestran precisamente ese momento de transición. La mayoría de los ejemplares identificados pertenecen a percomorfos, una situación que recuerda mucho más a los océanos modernos que a los ecosistemas dominados por peces típicos del Cretácico.
El hallazgo resulta especialmente importante porque aporta pruebas físicas de algo que hasta ahora se apoyaba sobre todo en análisis genéticos y relojes moleculares. Los investigadores pueden observar directamente los esqueletos de estos animales y confirmar que algunas ramas fundamentales del árbol evolutivo de los peces modernos ya estaban plenamente establecidas durante el Daniense.
Lo que falta también cuenta una historia
Tan revelador como lo que aparece en Qreiya 3 es lo que no aparece.
Los investigadores destacan la ausencia de varios grupos de grandes peces depredadores muy comunes en los mares del Cretácico. Estos animales, que durante millones de años ocuparon la cúspide de las cadenas alimentarias oceánicas, desaparecen por completo del registro fósil del yacimiento.
La ausencia resulta difícil de atribuir al azar porque el número de fósiles recuperados es muy elevado y la conservación es excepcional. Por ello, los autores consideran que constituye una evidencia adicional de que muchas de esas antiguas líneas evolutivas fueron víctimas directas de la extinción masiva.
Fósil de un pez óseo marino hallado en Qreiya, en Egipto, emparentado con las actuales arowanas de agua dulce. Foto: Profesora Hesham Sallam, Centro de Paleontología de Vertebrados de la Universidad de Mansoura.
En su lugar aparecen nuevos protagonistas. Peces relacionados con los actuales atunes, jureles o peces sable comienzan a ocupar nichos ecológicos que antes pertenecían a grupos desaparecidos. Es una imagen muy similar a la observada en tierra firme, donde los mamíferos aprovecharon la desaparición de los dinosaurios para diversificarse y expandirse.
La escasez de fósiles corporales del Paleoceno había dificultado enormemente reconstruir cuándo y cómo evolucionaron los peces después de la extinción del final del Cretácico.
Un océano tropical que se parecía más al actual de lo que se creía
Otro aspecto especialmente interesante del descubrimiento es el entorno en el que vivieron estos animales.
La mayoría de los yacimientos comparables conocidos hasta ahora procedían de ambientes costeros o relativamente someros. Qreiya 3, en cambio, representa un ecosistema marino de mar abierto situado entre 150 y 250 metros de profundidad.
Durante el Paleoceno, la región donde hoy se encuentra Egipto estaba situada en latitudes tropicales y formaba parte de los mares de Tetis. Los investigadores creen que esta localización puede ser clave para entender por qué la comunidad parece tan moderna.
Esqueleto fósil del pariente más antiguo de los atunes conocido hasta la fecha. Foto: Profesora Hesham Sallam, Centro de Paleontología de Vertebrados de la Universidad de Mansoura
El análisis comparativo realizado en el estudio apunta a que las faunas dominadas por percomorfos podrían haber aparecido antes en regiones tropicales que en latitudes más elevadas. En otras palabras, los trópicos habrían actuado como laboratorios evolutivos donde los peces modernos comenzaron a prosperar antes de expandirse hacia otras zonas del planeta.
No obstante, los autores son prudentes. Aunque los resultados apuntan en esa dirección, consideran que será necesario descubrir nuevos yacimientos en diferentes regiones del mundo para confirmar si realmente existió este patrón biogeográfico.
La ausencia de varios depredadores característicos de los mares del Cretácico sugiere que su desaparición fue real y no una simple laguna del registro fósil.
El comienzo de una historia mucho mayor
Los investigadores insisten en que lo publicado hasta ahora representa únicamente una primera aproximación al potencial científico de Qreiya 3.
Buena parte de los fósiles recuperados siguen siendo objeto de preparación y estudio. Además, las excavaciones apenas han explorado una fracción del depósito. Todo indica que el yacimiento podría seguir proporcionando información durante años y ofrecer nuevos datos sobre cómo se reconstruyeron los ecosistemas marinos tras una de las mayores crisis biológicas de la historia de la Tierra.
Lo que ya parece claro es que la recuperación de los océanos fue mucho más rápida de lo que se pensaba. Apenas unos millones de años después del impacto que puso fin al reinado de los dinosaurios, muchos de los grupos que hoy dominan los mares ya estaban presentes y comenzaban a ocupar los ecosistemas que conocemos.
Lejos de ser un mundo todavía controlado por los supervivientes del Cretácico, el océano que revela Qreiya 3 muestra los primeros pasos de una fauna sorprendentemente moderna. Un auténtico acuario petrificado que ha permanecido oculto durante más de 62 millones de años y que ahora está ayudando a reescribir uno de los capítulos más importantes de la evolución de la vida marina.
Referencias
Sanaa El-Sayed, Rise of modern marine fishes captured in an early Paleocene Lagerstätte, Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.aec8978
Hace más de 540 millones de años, en los fondos marinos del Ediacárico, algo cambió para siempre. Los animales empezaron a ver. O más bien, empezaron a sentir, porque la vista tal como la entendemos hoy probablemente llegó después, pero el umbral que cruzaron aquellas criaturas primitivas fue el mismo: por primera vez en la historia de la vida, un ser vivo fue capaz de recibir información del entorno, procesarla y moverse hacia un objetivo. No por azar, sino con una dirección.
Esta huella en forma de bucle, que hoy se conserva como fósil, fue dejada por un animal que vivió hace más de 500 millones de años. Crédito: Zekun Wang
Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences reconstruye ese proceso con una metodología inusual. En lugar de analizar cuerpos fosilizados —que apenas existen de este periodo porque estos animales eran blandos y no se conservan bien—, los investigadores Zekun Wang y Tianyun Shi examinaron las trazas que esos animales dejaron sobre los sedimentos. Sus huellas, en definitiva. Y en esas huellas encontraron algo que los cuerpos no habrían podido contarles: cómo se movían, y por tanto, cuánto veían.
Wang, que lidera la investigación desde el Museo de Historia Natural de Londres, lo explica con claridad: Por primera vez, los animales tuvieron la capacidad de entender el mundo. Podían usar sus sentidos en desarrollo para combinar información y localizar con precisión los recursos hacia los que quererse dirigir. Una frase que, dicha así, puede sonar sencilla. Pero lo que describe es uno de los saltos evolutivos más importantes de los últimos 600 millones de años.
De caminar sin rumbo a trazar rutas
El trabajo analiza 231 huellas fosilizadas de todo el mundo y cubre un periodo de unos 20 millones de años, desde antes del 546 al 526 millones de años atrás, justo en la transición entre el Ediacárico y la explosión del Cámbrico. La lógica del método es simple pero poderosa: un animal con escasa capacidad sensorial se mueve al azar. No detecta recursos a distancia, así que deambula hasta tropezarse con ellos. Sus huellas, por tanto, son largas y erráticas, sin patrón reconocible.
Los animales con sentidos limitados trazan trayectorias de «paseo aleatorio» mientras deambulan por el entorno. Crédito: Frankie Dunn
Un animal con mejores sentidos hace otra cosa. Detecta algo, un tapete microbiano, un refugio, quizá un conespecífico (individuo que pertenece a la misma especie que otro), y cambia de dirección hacia ello. Sus rutas se curvan, se cruzan, forman bucles. La diferencia entre una huella y otra es la diferencia entre caminar a ciegas y orientarse.
Antes de 546 millones de años atrás, casi todas las trazas corresponden al primer tipo. Los modelos que usaron los investigadores sugieren que esas criaturas apenas podían percibir lo que tenían a menos de un centímetro de distancia. Seis millones de años después, algo había cambiado de forma apreciable: algunas especies trazaban rutas más directas hacia concentraciones de materia orgánica.
El radio estimado de percepción rondaba los diez centímetros. Para cuando llegó el Cámbrico, hace unos 526 millones de años, ese radio había crecido hasta los quince centímetros, unas doce veces la anchura del propio cuerpo del animal. Traducido a escala humana, equivale a percibir todo lo que hay a cuatro metros a la redonda.
La hipótesis de la visión primitiva
El salto más llamativo se produce en torno a hace 540 millones de años, justo antes de la explosión del Cámbrico. Wang y Shi proponen que ese aumento brusco en la capacidad sensorial pudo deberse a la aparición de una forma rudimentaria de visión, la capacidad de detectar luz.
No necesariamente ojos como los que conocemos, sino estructuras lo bastante sensibles para distinguir claridad de oscuridad, o para percibir el movimiento de una sombra. Eso habría bastado para cambiar completamente la ecuación: un animal que percibe luz puede orientarse de manera mucho más eficaz que uno que solo detecta gradientes químicos a corta distancia.
Los animales con sentidos más desarrollados dejan rastros en forma de bucle al detectar recursos cercanos. Crédito: Zekun Wang.
El investigador señala que, a medida que el rango sensorial crecía, los animales pudieron explotar los recursos de forma más sistemática y colonizar nuevos espacios del fondo marino. Y ese mismo proceso generó una presión sobre la evolución: los fondos marinos más complejos requerían animales más capaces, con apéndices más elaborados y sentidos más afinados. Una retroalimentación que, según Wang, sentó las bases del mundo dominado por animales que tenemos hoy.
El largo camino hacia el Cámbrico
Durante décadas, la narrativa estándar sobre los orígenes de la vida animal se centraba en la llamada explosión del Cámbrico, ese intervalo de veinte millones de años entre hace 539 y 519 millones de años en que la mayor parte de los grandes grupos animales aparecen de golpe en el registro fósil. La imagen era casi cinematográfica: la vida compleja surgiendo de la nada en un parpadeo geológico.
Investigaciones más recientes han matizado esa lectura. El Cámbrico no fue una aparición espontánea, sino el desenlace de un proceso que llevaba millones de años en marcha, iniciado al final del Ediacárico, el periodo comprendido entre los 635 y los 539 millones de años atrás. En ese tiempo, la vida pasó de ser agrupaciones de células poco especializadas a formas corporales reconocibles.
Las huellas que Wang ha estudiado en trabajos anteriores ya mostraban cómo entre hace 550 y 540 millones de años aparecieron nuevas morfologías y nuevas formas de desplazarse: criaturas que antes se movían como amebas empezaron a hacerlo como cangrejos herradura, caracoles y gusanos.
Este último trabajo lleva esa línea de investigación un paso más allá. No tan solo qué forma tenían o cómo se movían, también cuánto percibían del mundo que los rodeaba.
Lo que queda por descubrir
Wang reconoce que el estudio solo analiza un tipo de comportamiento, la búsqueda de recursos, para inferir las capacidades sensoriales. Hay otros patrones de movimiento que podrían añadir información: seguir los límites del sustrato, rehuir zonas de peligro, responder a gradientes de temperatura o salinidad.
El siguiente paso será ampliar el modelo para detectar esos comportamientos en las trazas y ver qué revelan sobre las capacidades de estas especies. Podrían ofrecer una visión aún más profunda de lo que estos animales eran capaces de hacer, apunta.
Lo que el estudio ya deja claro es que la explosión del Cámbrico no fue el momento en que los animales empezaron a percibir el mundo. Fue el momento en que esa percepción ya llevaba millones de años refinándose, acumulando pequeñas mejoras que, sumadas, transformaron la vida en el planeta.
Z. Wang, & T. Shi, Trace fossils constrain the perceptual ranges of the earliest motile animals, Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 123 (23) e2609730123, doi.org/10.1073/pnas.2609730123 (2026)