sábado, 27 de junio de 2026

El primer científico que describió un hueso de dinosaurio lo confundió con el escroto de un gigante

Las primeras reconstrucciones del megalosaurio lo representaban erróneamente
como un cuadrúpedo, como las esculturas instaladas en la Gran Exposición
de Londres. Crédito: Welcome Images / Wikimedia Commons
Elias Ashmole fue un erudito del siglo XVII que, aparte de fundar la Philosophical Society de Oxford y la Royal Society de Londres, creó el museo que lleva su nombre, el Ashmolean Museum of Art and Archaeology, a partir de su bien nutrida y variopinta colección particular. Como además tenía gran afición a la alquimia, no sólo mantuvo estrecha relación con uno de los grandes alquimistas y científicos de su época sino que lo puso al frente de dicho museo como primer director: Robert Plot, otro sabio versado en química, biología, matemáticas, protoarqueología, geología e incluso derecho que fue el primero en describir y documentar un hueso de dinosaurio, aunque él lo atribuyó a un gigante.

El Museo Ashmolean es una institución perteneciente a la Universidad de Oxford, la segunda de ese tipo vinculada a un centro universitario (la primera fue el Kuntsmuseum Basel, de la Universidad de Basilea) y el primer museo de Gran Bretaña que tuvo carácter público. Fue precisamente la universidad la que en 1678 decidió dar el paso museístico para exponer la donación que el año anterior le había hecho el mencionado Elias Ashmole de su gabinete de curiosidades (o cuarto de maravillas, como se denominaba entonces a las salas y habitaciones domésticas destinadas a albergar las colecciones de sus dueños, fueran arqueológicas, minerales, etnográficas, botánicas, animales, artísticas, de rarezas del mundo, etc.).

Aunque su sede actual de la calle Beaumont es algo posterior, construida entre 1841 y 1845, el Ashmolean Museum fue inaugurado en 1683 en Broad Street, en el edificio conocido como Old Ashmolean, que hoy alberga al Museo de la Historia de la Ciencia. Se trataba del primer inmueble hecho ex profeso para esa función -exigencia de Ashmole- y en sus salas se reunían piezas representativas de todas aquellas disciplinas que los sabios de entonces consideraban científicas. Eso incluía, como hemos explicado muchas veces, algunas que hoy están separadas o directamente relegadas, como la filosofía y la alquimia. El polifacético Elias Ashmole las practicó casi todas.

Robert Plot retratado por Sylvester Harding.
Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons
Nacido en la localidad inglesa de Lichfield en 1617, fue político, militar, anticuario, abogado, médico, coleccionista, francmasón (él ideó algunos de los ritos iniciáticos de esa secta), astrólogo y alquimista. Esta última afición le debió de poner en contacto con otra ilustre mente de su tiempo, también inglés y multidisciplinar aunque veintitrés años más joven: Robert Plot, natural de Borden (Kent), licenciado y máster en Letras y Artes que primero ejerció de profesor y luego pasó a ser decano y vicerrector en la Magdalen Hall, al mismo tiempo que preparaba su doctorado en Derecho 

Civil. Lo obtuvo en 1671, pasando entonces al University College, el colegio universitario más antiguo de Oxford.

Plot, al igual que Ashmole, también se interesó por numerosas disciplinas científicas, caso de la historia natural y las antigüedades, en una época en la que la arqueología todavía no existía como tal. El entusiasmo y el afán de saber contrarrestaban la ausencia de técnicas que llegarían posteriormente, así que, ayudado por el rector y el obispo, Plot salía regularmente al campo en busca de ejemplares minerales y fósiles, que constituían los elementos sobre los que se sustentaban los avances en geología. No obstante, él pensaba que los segundos no eran más que cristalizaciones de sales que adoptaban formas caprichosamente zoomorfas, pues pensaba que la Tierra tenía capacidad para ello en lo que denominaba virtus formativa.

Dibujo del Scrotum humanum, posible fémur de megalosaurio,
tal como apareció en la Natural history of Oxfordshire de Plot,
cuya portada vemos a la derecha. Crédito: Dominio
 público / Wikimedia Commons
Entre sus errores más patentes está el de atribuir a un gigante -como los reseñados por Plinio- el enorme fémur que encontró en una de esas excursiones y que no se identificaría hasta mucho después como perteneciente a un dinosaurio; un megalosaurio probablemente, aunque se ha perdido.

Su primera idea fue que pertenecía a un elefante llevado por los romanos durante la conquista de Britania -se sabe que el emperador Claudio montaba sobre uno- y entraba dentro de lo imaginable para aquellos tiempos pioneros, pero al cabo de casi un siglo otro naturalista llamado Richard Brookes le dio una vuelta de tuerca cómica al asunto cuando decidió que aquel hueso era en realidad lo que quedaba del escroto de un coloso, quizá un patriarca bíblico, de ahí que lo bautizase como Scrotum humanum.

Pese a todo, las piezas que recopilaba eran de gran valor; por eso se ganó el apodo de Learned Dr. Plot (algo así como «Erudito Dr. Plot») y la Royal Society -fundada, recordemos, por Ashmolean- le nombró secretario en 1677. Esa institución también le designó, junto al físico y anticuario William Musgrave, editor de su revista (Philosophical Transactions, la más importante del mundo de carácter científico; en ella publicaron Newton, Darwin y Faraday) entre 1682 y 1684. Entremedias de esta etapa editora obtuvo asimismo la plaza de primer Keeper («conservador») del recién creado Museo Ashmolean, en el que amplió competencias como primer profesor de química de su bien equipado laboratorio.

En aquel siglo XVII en el que la Ilustración empezaba a dar pasos incipientes, química y alquimia aún se consideraban estrechamente relacionadas, hasta el punto de que uno de los productos que sus practicantes buscaban con tanto afán como ingenuidad era el alkahest, un hipotético disolvente universal (entendiendo por disolvente la sustancia que facilita una disolución o mezcla molecular) que fuera una alternativa al agua.

Robert Plot figura con honores en el Dinosaur Isle Museum de la isal de Wight. 
Crédito: N.Cayla / Wikimedia Commons
 
Se suponía que el alkahest era capaz de disolver los metales y reducir todos los cuerpos terrestres a la materia original (éter) de la que estaban formados, incluyendo las almas. Al extraer de las sustancias compuestas sus virtudes y propiedades fundamentales, los alquimistas esperaban obtener valiosas propiedades curativas.

Ésa fue, junto a la transmutación de la materia en oro, la razón de que la alquimia cobrase nuevos bríos ese siglo y el siguiente, en parte gracias al impulso que le dio Jan Baptist van Helmont, considerado fundador de la química neumática (la que estudiaba las propiedades de los gases y la composición de la materia) y continuador del trabajo de Paracelso, quien propuso una etimología árabe para el término alkahest y que, había elaborado una fórmula con cal, alcohol y carbonato de potasio.

Plot, que hizo su propia fórmula a partir de aguardiente de vino, se unió así a una nutrida lista de alquimistas obsesionados con esa búsqueda, como sus compatriotas Thomas Henshaw, George Starkey, Robert Hamilton, Robert Child y ThomasVaughan, más otros como Frederick Clod, Johann Rudolf Glauber, etc.

En 1684, el mismo año en que terminó su labor al frente de la revista Philosophical Transactions, Plot publicó un tratado sobre el origen de los manantiales. Titulado De fontium origine, en él atribuía su origen a canales subterráneos excavados por las aguas marinas. Dos años más tarde sacó un nuevo libro centrado en un tema muy diferente: The Natural History of Staffordshire, en el que se adentraba en el terreno de la arqueología con algunos errores propios del incipiente nivel que todavía tenía ésta, como confundir restos romanos con sajones, pero en cuyas páginas incluía otras cuestiones que fueron de gran interés para la comunidad científica.


Por ejemplo, la primera descripción del cisne polaco (Cygnus olor morpha immutabilis), una variante de cisne mudo cuyas crías presentan plumas blancas y patas grises debido al leucismo o insuficiencia de pigmentación debido a un gen recesivo que le produce esa mutación. O la reseña de una doble puesta de sol observable desde Leek (una ciudad de Staffordshire, el distrito natal de Ashmole). O la celebración de la Abbots Bromley Horn Dance, una danza folklórica navideña de Staffordshire alusiva a la historia de Robin Hood: seis bailarines portan cornamentas de reno mientras los otros cuatro representan a Lady Marian, un bufón, un caballo de madera y un arquero.

En 1687 el arzobispo de Canterbury nombró a Plot notario público y secretario del Tribunal de Caballería de Su Majestad (un tribunal de derecho civil que derivaba de la antigua Curia Militaris y la posterior Earl Marshal’s Court; tenía jurisdicción en asuntos de heráldica y su sede estaba en Norfolk). Tres años después renunció a su puesto en Oxford para casarse con la londinense Rebecca Burman. El matrimonio se estableció en una hacienda de Sutton Barne, que proporcionó a Plot la tranquilidad que necesitaba para escribir The Natural History of Middlesex and Kent, obra que quedó inacabada.

A principios de 1695 recibió un nuevo cargo, el de Mowbray Herald of Arms Extraordinary («Heraldo de Armas Extraordinario de Mowbray», oficial de armas), seguido a los dos días de otro, registrador del College of Arms (o Herald’s College, «Colegio de Heraldos», corporación real formada por oficiales de armas y máxima autoridad heráldica). Sin embargo le quedaba poco, ya que los cálculos renales que padecía con cierta frecuencia terminaron por quitarle la vida. Ese mes de septiembre realizó una de sus excursiones arqueológicas por Anglia, pero fue la última y falleció en abril de 1696. Ashmole lo había hecho cuatro años antes de unas fiebres contra las que no sirvió el remedio que se había autorrecetado; colgarse tres arañas del cuello.

FUENTES

Thomas Seccombe, Robert Plot

Oxford University Museum of Natural History, Robert Plot: A brief biography of this important geologist’s life and work

William B. Ashford Jr, Robert Plot

Wikipedia, Robert Plot

labrujulaverde.com

En el Cretácico también había turismo, si no que se lo digan a los dinosaurios rebaquisáuridos

Reconstrucción de Demandasaurus de Raúl Martín para el Museo de Salas
de los Infantes y el CAS.
Hoy os traemos una historia sobre un grupo de dinosaurios con nombre exótico y vidas secretas que os va a encantar. Nos referimos a los rebaquisáuridos (Rebbachisauridae), esos "primos" no tan lejanos de los archiconocidos Diplodocus. El nombre del grupo tiene su miga: resulta que Rebbachisauridae viene de Rebbachisaurus, un bicho descrito en los años 50 en Marruecos. Pero lo divertido es que "Rebbach" es, en realidad, una mala traducción fonética que hicieron los franceses de "Kebbash" (o Kebbache), que es el nombre de una tribu seminómada de la zona. Así que, técnicamente, ¡estamos hablando de los "reptiles del territorio de la tribu de Kebbash"!

Los "dinosaurios fantasma": Si miramos los libros de historia (o más bien, el registro fósil), a estos gigantes comedores de planteas de cuellos y colas largos les encanta jugar al escondite. Los análisis genéticos y evolutivos nos dicen que debieron originarse allá por el Jurásico inferior o medio. Sin embargo... ¡no hay ni un solo fósil suyo de esa época! Reaparecen directamente en el Cretácico. A este vacío sin fósiles de entre 20 y 42 millones de años los paleontólogos lo llamamos, de forma muy peliculera, un "linaje fantasma".

El gran salto a Europa (con acento burgalés): Tradicionalmente se pensaba que los rebaquisáuridos eran muy del sur, ya que sus fósiles abundaban en Gondwana (lo que hoy es América del Sur y África). De hecho, mientras en el hemisferio norte otros dinosaurios sufrían crisis de biodiversidad, en el sur ellos vivían su época dorada. Pero la paleontología siempre nos guarda una sorpresa. Resulta que sí que cruzaron la frontera hacia el norte (Laurasia). ¿Y dónde dejaron su huella más clara? ¡En España! Hablamos del famosísimo Demandasaurus darwini, descubierto en Burgos (en la Formación Castrillo de la Reina). Este grandullón es el primer rebaquisáurido oficial y bien documentado de Laurasia. Gracias a las excavaciones realizadas entre 2002 y 2004, se recuperó un esqueleto parcial bastante majo con restos del cráneo, dientes, vértebras, costillas y hasta los isquiones. Lo curioso de Demandasaurus (y que comparte con sus parientes africanos como Nigersaurus) es que los adultos tenían una mandíbula con un contorno anterior en forma de "U". Esto es rarísimo, porque los diplodocoideos normales la tenían rectangular. Los investigadores creen que esto se debe a un proceso evolutivo llamado pedomorfosis, lo que significa que de adultos mantenían rasgos que sus ancestros solo tenían cuando eran bebés. ¡Unos auténticos Peter Pan jurásicos! 

¿Turistas en Benidorm o migrantes climáticos?: El descubrimiento de Demandasaurus en la península ibérica no es solo un cromo más para la colección; es una prueba irrefutable de que hubo puentes e intercambios migratorios entre África y Europa durante el Barremiense (hace unos 125 millones de años). Además, se han encontrado restos aislados (como dientes tipo "lápiz" y algunas vértebras) en la Isla de Wight, en Inglaterra. Al analizar esos huesos británicos, las similitudes con nuestro Demandasaurus son tan grandes  que podrían pertenecer al mismo género (Demandasaurus sp.) en lugar de ser una especie nueva. Vamos, que a los rebaquisáuridos les gustaba viajar por el continente europeo. Existen otros candidatos a rebaquisáuridos laurasiáticos aún más antiguos flotando por ahí, como el polémico Xenoposeidon de Inglaterra o Maraapunisaurus de EE. UU., pero sus restos son tan fragmentarios (o directamente se han perdido) que es mejor tomárselo con calma antes de reformular de nuevo los mapas de su origen.

Así que ya lo sabéis: la próxima vez que penséis en dinosaurios de cuello largo, acordaos de la tribu de Kebbash y de cómo sus "reptiles" terminaron dándose un paseo desde los desiertos africanos hasta las tierras burgalesas.

Puedes leer el artículo completo: Torcida Fernández-Baldor, F., Canudo, J.I. Rebbachisauridae de Laurasia. Zubia. Paladino: Las lenguas romances y los dinosaurios. Pérez-Lorente, F. (coord.) 193-216.

aragosaurus.com

jueves, 18 de junio de 2026

Un fósil extraordinario de los Pirineos revela cómo era la piel de los cocodrilos de hace 125 millones de años

Un estudio liderado por el Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont describe por primera vez los tejidos blandos conservados en Montsecosuchus depereti, un cocodrilomorfo del Cretácico inferior hallado en Lleida. El análisis con luz ultravioleta aporta pistas sobre la coloración de estos animales y la evolución de su sistema respiratorio.

El esqueleto fósil original de Montsecosuchus. / Castillo-Visa, O. et 
Hace aproximadamente 125 millones de años, un pequeño cocodrilo murió en las aguas de un lago kárstico próximo a la costa de lo que hoy es el Prepirineo catalán. Su cuerpo se conservó en condiciones excepcionales entre los sedimentos finos de aquella cuenca lacustre, que con el tiempo se convertirían en las calizas litográficas de la Pedrera de Meià, dentro del Global Geoparc Unesco Orígens.

El ejemplar, de unos 50 centímetros de largo, catalogado como MGB-512 y conservado en el Museu de Ciències Naturals de Barcelona, fue descubierto hace más de un siglo y estudiado parcialmente en los años 90, pero ahora un equipo de investigación ha logrado extraer información inédita: la morfología y la distribución de sus tejidos blandos.
Se dieron cuenta de que el holotipo del Montsecosuchus depereti mostraba estructuras que podrían corresponder a tejidos blandos de este animal cuando se exponía a luz ultravioleta
Durante los trabajos para elaborar una base de datos de los fósiles de las calizas litográficas del Montsec depositados en diversos museos catalanes y europeos, los paleontólogos Óscar Castillo y Jesús Serrano se dieron cuenta de que el holotipo del Montsecosuchus depereti mostraba estructuras que podrían corresponder a tejidos blandos de este animal cuando se exponía a luz ultravioleta. Bajo esta luz, clave en este estudio, los tejidos fosilizados destacan de manera diferente respecto a la roca que los rodea. Esto hace posible ver estructuras que bajo luz normal pasan desapercibidas.

Detalle de la cola de un ejemplar de Alligator mississippiensis de las colecciones
del Museu de Ciències Naturals de Barcelona que muestra diferentes bandas
 de coloración. / Óscar Castillo
“La luz UV nos permite ver detalles que de otra manera quedarían completamente escondidos en la roca”, explica Óscar Castillo-Visa, primer autor del trabajo.

Una piel llena de pistas evolutivas

Gracias a este método, el equipo de investigación ha podido documentar diversos tipos de tejidos blandos, entre los cuales hay escamas epidérmicas. Aunque la especie se conoce desde principios del siglo XX, este nuevo estudio ha permitido describir por primera vez cómo era la piel de este cocodrilo primitivo, mostrando una gran variabilidad de formas y tamaños de las escamas a lo largo del cuerpo o la ausencia de la aleta caudal alta típica de los cocodrilos actuales.

El estudio también apunta a la posible presencia de órganos sensoriales en la piel, en algunas inclusiones de escamas, sobre todo en el cuello, en las extremidades y en los márgenes laterales del tronco y la cola. En los cocodrilos actuales, estos órganos funcionan como receptores del tacto y variaciones de la presión del agua, y también pueden responder a estímulos térmicos y químicos.
La luz ultravioleta también ha revelado estructuras cartilaginosas en el tórax, que indican que Montsecosuchus ya disponía de un sistema respiratorio eficiente
El hecho de que en Montsecosuchus aparezcan exclusivamente en escamas pequeñas y periféricas podría indicar que estas estructuras evolucionaron inicialmente en zonas localizadas antes de extenderse por toda la superficie corporal en los linajes posteriores.

La luz ultravioleta también ha revelado estructuras cartilaginosas en el tórax, que indican que Montsecosuchus ya disponía de un sistema respiratorio eficiente, parecido en algunos aspectos al de los cocodrilos modernos. Todo ello sugiere que, incluso en una etapa temprana de la evolución del grupo, algunos crocodilomorfos ya disponían de una anatomía torácica muy sofisticada.

El esqueleto fósil original fotografiado con luz convencional.
 / adaptado a partir de Castillo-Visa, O. et al

“Estos rasgos nos indican que, a pesar de ser un animal primitivo, ya estaba muy bien adaptado a un estilo de vida semiaquático”, concluye Castillo-Visa.

Un patrón de color fosilizado

Pero el hallazgo más sorprendente es la evidencia de un patrón de coloración conservado en la cola. En algunas escamas de la zona caudal, la luz UV hace visibles bandas claras y oscuras dispuestas transversalmente, un patrón que los investigadores interpretan como coloración original del animal.

Estas bandas podrían haber tenido una función de camuflaje disruptivo, es decir, ayudar a romper visualmente la silueta del cuerpo. / Albert G. Sellés, coautor del artículo

Estas bandas podrían haber tenido una función de camuflaje disruptivo, es decir, ayudar a romper visualmente la silueta del cuerpo. Si esta interpretación se confirma, Montsecosuchus se convertiría en el miembro más antiguo de los cocodrilomorfos con coloración preservada.

“De momento no podemos asegurar de qué color era la cola del cocodrilo, pero sería esperable que no fuese tan diferente de las especies actuales, que también muestran patrones de coloración distintos”, explica Albert G. Sellés, coautor del artículo.

Los resultados del estudio aportan información clave sobre la evolución temprana de la piel, la respiración y la biología externa de los crocodilomorfos, y demuestran la importancia del registro fósil catalán para entender la historia evolutiva de los vertebrados.

Referencia:

Castillo-Visa, O., Bell, P. R., Galobart, À., & Sellés, A. (2026). "Soft tissue preservation in the Barremian Montsecosuchus depereti (Neosuchia: Atoposauridae)". Zoological Journal of the Linnean Society.

Una ventana al Jurásico: Descubren en la Patagonia una planta de 150 millones de años con células excepcionalmente preservadas

Hoja tejidos
La nueva especie, denominada Austrohamia vitrea, fue descubierta en rocas jurásicas de aproximadamente 150 millones de años en la Provincia de Santa Cruz (Patagonia, Argentina). La preservación excepcional de los fósiles permite ver detalles a nivel celular, algo poco frecuente en el registro fósil. El trabajo, liderado por especialistas del CONICET y la Agencia I+D+I del Museo Paleontológico Egidio Feruglio, fue publicado en la revista científica American Journal of Botany.

Detalle celular-Escala 1 cm
Se trata de Austrohamia vitrea, una nueva especie dentro de la familia que en la actualidad contiene al Alerce patagónico, o Lahuán, y los cipreses (Cupressaceae), que se caracteriza por su excepcional preservación anatómica en tres dimensiones. El nombre de la especie “vitrea”, del latín que significa “de vidrio”, hace referencia a la apariencia translúcida de las hojas y ramas que se preservaron dentro de rocas ricas en sílice, que permite observar su anatomía de manera tridimensional como si se mirara a través de una vitrina. “En los cortes delgados de este tipo de rocas podemos ver células y tejidos con mucha claridad” explica Ignacio Escapa (CONICET-MEF), coautor del trabajo de investigación. Según el especialista, este nivel de detalle suele perderse durante la fosilización, ya que los procesos que transforman a los organismos en fósiles habitualmente destruyen o alteran la estructura celular original.

Fósiles hallados en el campo
Hace más de 150 millones de años, durante el período Jurásico, la región del Macizo del Deseado (Provincia de Santa Cruz) experimentó una intensa actividad volcánica y geotérmica. En este ambiente, aguas termales ricas en minerales impregnaron rápidamente los tejidos de ramas y hojas de Austrohamia vitrea. Gracias a ese proceso, la materia orgánica fue reemplazada por minerales con un nivel de detalle extraordinario. “Estos depósitos excepcionales funcionan como una verdadera ventana al pasado. No solo vemos a la planta, sino parte de un ecosistema jurásico completo preservado”, señala Escapa, quien junto a un equipo multidisciplinario lleva más de dos décadas estudiando estos depósitos de la Formación La Matilde.

Santa Cruz-Yacimientos jurásicos
Austrohamia vitrea es la primera especie del género con anatomía interna preservada en tres dimensiones, lo que ofrece información clave sobre cómo eran estas plantas y cómo vivían durante el Mesozoico. Alejandro Molano, primer autor de la investigación, destaca: “La preservación nos permite ver detalles que rara vez se conservan en los fósiles: desde los tejidos que ayudaban a transportar agua y nutrientes dentro de las hojas, hasta los estomas, pequeños poros por los que la planta intercambiaba gases con el ambiente. Al comparar estas estructuras con las de especies actuales, podemos reconstruir mejor las relaciones de parentesco entre coníferas y entender cómo estas plantas se adaptaban a los ambientes del pasado y se establecieron en la Patagonia”.

Austrohamia vitrea
El trabajo liderado por Alejandro Molano (MEF- Agencia I+D+I) fue publicado conjuntamente con Giovanni Nunes (CONICET – MEF), Ignacio Escapa (CONICET –MEF), Josefina Bodnar (CONICET-Universidad Nacional de Mar del Plata) Juan L. García Massini (CONICET-CRILAR) y Diego Guido (CONICET- INREMI-UNLP)



mef.org.ar

miércoles, 17 de junio de 2026

Ana (30), la vallisoletana que cumple su sueño tras un gran hallazgo: “Las horas de biblioteca merecen la pena”

La paleontóloga y geóloga ha participado en el hallazgo del Spinosaurus mirabilis tras una expedición entre agosto y diciembre de 2022 de la que se hace eco Science en este 2026.

Ana Lázaro, paleontóloga vallisoletana. Fotografía cedida a EL ESPAÑOL
 de Castilla y León.
En la gran inmensidad del desierto del Sáhara ha emergido un vestigio de un mundo remoto con un enorme coloso que lleva el nombre de Spinosaurus mirabilis. El nombre no es casual porque “mirabilis”, en latín, significa maravilloso.

Se trata de un hallazgo que tuvo lugar en la región de Jenguebi, en Níger, en el año 2022 y que ha sido publicado por la prestigiosa revista Science en este año 2026, concretamente en el mes de febrero. Marca un hito en la paleontología.

Se trata de la segunda especie de espinosaurio descrita formalmente desde que, en el año 1915, se descubriera en Egipto el holotipo de Spinosaurus aegyptiacus, ejemplar que dio nombre a todo el grupo.

Más de un siglo después, un total de 29 científicos de cinco países distintos, firman un capítulo que reescribe la historia de uno de los depredadores más enigmáticos del Cretácico.

Entre ellos estaba la vallisoletana Ana Lázaro, de 30 años en la actualidad y que, por aquel entonces tenía 26. Es geóloga y paleontóloga y habla de la inolvidable experiencia con EL ESPAÑOL de Castilla y León.

“Estoy muy orgullosa. Nunca me habría imaginado cumpliendo el sueño de toda mi vida con solo 26 años. Las horas de biblioteca han merecido la pena”, asegura.

Su vida y estudios

“Soy una persona reservada, con objetivos claros y con disciplina suficiente para alcanzarlos. Estereotipo de Capricornio para aquellos que crean en estas cosas, pero siempre con ganas de aventura”, asegura Ana Lázaro Valentín en declaraciones a este periódico.

Nuestra entrevistada nació en Valladolid y tiene 30 años. Es geóloga y paleontóloga. Amante de los videojuegos y también de la lectura, del deporte, de la jardinería y de la música.

“Desde muy pequeña ya tenía claro que quería ser paleontóloga. Siempre fue mi primera opción. Uno de los primeros regalos de Navidad que recuerdo fue una enciclopedia Larousse de dinosaurios cuando tenía cinco años”, explica la vallisoletana.

Su segunda opción era la de ser veterinaria y antes de entrar en la universidad se matriculó y completó un pequeño curso de auxiliar de veterinaria ecuestre así que, de alguna manera, se puede decir que es ambas cosas.

“Mi infancia fue normal. He pasado toda mi vida en Valladolid salvo los años de estudios. Completé un Grado en Geología en la Universidad de Salamanca y cuento con un Máster Universitario en Paleontología Aplicada en la Universidad de Valencia”, nos explica.

Nunca ha parado de buscar excavaciones demostrando su gusto por este mundo.

Excavaciones

“Desde el primer año de carrera busqué excavaciones en las que poder participar. Primero como estudiante para aprender lo máximo posible y, después, como paleontóloga o técnico de excavaciones, siempre de forma voluntaria”, cuenta Ana Lázaro.

Su primera excavación fue en la Sierra de la Demanda, en Salas de los Infantes (Burgos). Allí descubrió que esta era “su pasión” y también hizo muchos amigos.

“De hecho, a dos de mis compañeros y amigos de la expedición a Níger, como son Álvaro Simarro y María Ciudad Real, los conocí allí y compartimos nuestra primera excavación para, años más tarde, cumplir un sueño juntos”, añade.

Posteriormente, pasó parte del verano excavando en la Sierra de la Demanda para el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes y, también, en Guadalajara con la UNED.

Sin dormir de la emoción

“Paul Sereno, de la Universidad de Chicago, lleva años estudiando la paleontología de Níger, pero una expedición tan larga y ambiciosa como esta no es habitual. El plan inicial era realizarla en 2020, pero debido a la pandemia del coronavirus se tuvo que posponer hasta en tres ocasiones y finalmente se realizó entre agosto y diciembre de 2022”, explica Ana hablando de la aventura.

Confiesa que esto fue “una suerte para ella” ya que algunos miembros del equipo inicial tuvieron que abandonar el proyecto lo que provocó que se abrieran plazas vacantes y una fue para ella.

“Uno de los miembros del equipo de Paul Sereno era Daniel Vidal, a quién conocí excavando con la UNED y me habló del proyecto. Yo, aún, era estudiante de Máster, pero al comenzar en agosto presenté interés en participar y él me dio las instrucciones para presentar mi currículum”, añade Ana.

Apunta que “era comprensible” que todo se midiera de forma minuciosa en lo que tenía que ver con el equipo de Sereno ya “iban a ser tres meses trabajando de sol a sol a temperaturas altísimas y en un lugar inhóspito con cierto nivel de peligrosidad”.

“No cualquiera se atrevería ni daría la talla. Fue el propio Paul Sereno el que me escribió un correo electrónico dándome la bienvenida al equipo a altas horas de la madrugada debido a la diferencia horaria con Estados Unidos. No pude dormir de la emoción”, añade nuestra entrevistada.

Pronto se lo contó a sus padres y empezó con los trámites habituales de visados, vacunación internacional y compra de equipamiento para sobrevivir en el desierto.

La expedición y el hallazgo

Ana Lázaro junto a parte de la expedición. Fotografía cedida a EL ESPAÑOL
 de Castilla y León.
La expedición, como nos cuenta la vallisoletana, estaba estructurada en tres partes para cubrir diferentes zonas del Sáhara y llevar a cabo un trabajo minucioso como el que se realizó.

“El descubrimiento del Spinosaurus mirabilis se dio en la tercera parte de la expedición, en el mes de noviembre, en una zona del Sáhara que los locales llaman Jengebi, donde se encuentran los restos fósiles el Cretácico Superior”, explica Ana Lázaro.

Añade que “se encontraron tres nasales, hueso del cráneo, de tres individuos diferentes, todos ellos con esa característica cresta” y también “fragmentos de mandíbula y dentarios” que gracias al trabajo en laboratorio “dieron como resultado un gran porcentaje del cráneo, además de algunas vértebras”.

“Spinosaurus se denomina al género de dinosaurios terópodos espinosáuridos de gran tamaño que se han encontrado en el Cretácico Superior del continente africano. Hasta este momento, el género Spinosaurus contaba con una única especie, el Spinosaurus aegyptiacus. Este hallazgo amplía la diversidad de Spinosaurus. Se estima que el mirabilis tiene unos 95 millones de años”, afirma nuestra protagonista.

Un hallazgo histórico.

Muy orgullosa

“Estoy muy orgullosa. Nunca me habría imaginado cumpliendo el sueño de toda mi vida con solo 26 años. Las horas de biblioteca merecen la pena. Hay compañeros de profesión que en toda su carrera no verán una expedición como esta. Todo el esfuerzo se ha visto recompensado y me siento muy afortunada”, afirma nuestra entrevistada.

La vallisoletana Ana Lázaro durante la expedición. Fotografía cedida a
EL ESPAÑOL de Castilla y León.
Añade que los restos fósiles de Spinosaurus mirabilis “siguen en estudio” y que “aún pueden darnos mucha información sobre este animal”.

“Por el momento Níger no cuenta con un laboratorio apto para la preparación, conservación y estudio de restos fósiles por lo que los hallazgos de esta expedición serán estudiados en el Laboratorio de Paul Sereno en Chicago”, explica la vallisoletana.

Sin embargo, nos cuenta que parte del proyecto y compromiso de Sereno con Níger “consiste en la construcción de un museo allí” para “albergar los restos de dinosaurios nigerinos, que no son pocos, y poder formar en la disciplina a los estudiantes que lo deseen”.

El futuro

Nuestra entrevistada sigue viviendo en Valladolid. El siguiente paso académico en su carrera investigadora pasa por conseguir un doctorado, pero, de momento, no está matriculada en ninguno.

“Siempre que pueda seguiré dedicando los veranos a excavar. Mancharme de polvo y tierra me llena más que cualquier tabla de datos. Ojalá, en el futuro, pueda volver a Níger. Aún hay mucho por descubrir. Siempre lo describimos como una oportunidad única en la vida, pero esperemos que sea solo una forma de hablar y pueda repetir”, afirma Ana.

Añade que “no sabe si como investigadora habrá un logro mayor que publicar en Science” por lo que su objetivo y deseo pasa por “seguir dedicándose a lo que le apasiona” y “embarcarse en aventuras para seguir acercando la ciencia y la paleontología a la gente”.

elespanol.com

domingo, 14 de junio de 2026

Huellas fósiles encontradas en Italia son la evidencia más antigua de cuándo y dónde empezaron los dinosaurios a dominar el planeta

Un estudio revisa el yacimiento de Lerici y concluye que la primera radiación global de los saurópodos ocurrió en el Carniense, antes de lo que se pensaba.

Un molde de fibra de vidrio de las huellas fósiles encontradas.
Crédito: L. Marchetti et al. 2026
Hace unos 230 millones de años, en un período geológico conocido como Carniense (dentro del Triásico Superior), la Tierra experimentó un cambio climático drástico. Un episodio de lluvias intensas y generalizadas, llamado Episodio Pluvial del Carniense, transformó los áridos paisajes de la época en ambientes más húmedos.

Fue entonces, según un nuevo estudio publicado en la revista Gondwana Research, cuando los dinosaurios comenzaron a tomar el control de los ecosistemas terrestres, mucho antes de lo que indicaban los registros de huesos fósiles.

Un equipo internacional de paleontólogos liderado por Lorenzo Marchetti, del Museo de Historia Natural de Berlín, ha reexaminado en profundidad un yacimiento de huellas fósiles (icnitas) situado en la costa rocosa de Lerici, en la provincia de La Spezia (noroeste de Italia). Este lugar, conocido como el icnositio de Lerici, contiene pisadas impresas en rocas de la Formación Quarziti e Filladi, y ha resultado ser una pieza clave para reescribir la historia temprana de los dinosaurios.

Entorno geográfico y geológico. A. Ubicación del yacimiento de estudio cerca de
 Lerici (provincia de La Spezia, norte de Italia). B. Vista panorámica del yacimiento
de icnofósiles litorales. C. Perfil estratigráfico esquemático de la sucesión triásica
expuesta en Punta Bianca, a unos 10 km al sureste de Lerici.
Crédito: Giancarlo Molli / L. Marchetti et al. 2026
El análisis, que ha combinado técnicas de fotogrametría digital y escaneo por luz estructurada para crear modelos tridimensionales de las huellas, ha identificado la asociación de huellas de dinosaurios más antigua conocida hasta la fecha, dominada por un grupo llamado sauropodomorfos – los ancestros de los gigantescos dinosaurios de cuello largo, como el Brachiosaurus o el Diplodocus, pero en versiones más pequeñas y bípedas.

Un ecosistema de hace 230 millones de años al descubierto

Los investigadores han identificado cinco tipos diferentes de huellas fósiles en Lerici, lo que les ha permitido reconstruir la fauna que caminaba por aquella antigua llanura costera deltaica bajo un clima húmedo. Las huellas pertenecen a:

  • Dos tipos de sauropodomorfos (dinosaurios primitivos de cuello largo): identificados como Evazoum sirigui y Eosauropus cimarronensis.
  • Un tipo de terópodo (dinosaurio carnívoro bípedo): clasificado como Grallator isp., un pequeño dinosaurio similar al Velociraptor pero de época mucho más temprana.
  • Un tipo de pseudosuquio (reptil emparentado con los cocodrilos actuales): llamado Brachychirotherium parvum.
  • Un tipo de lepidosauromorfo (reptil similar a los lagartos): identificado como Rhynchosauroides isp.

Los tipos de huellas fósiles descubiertos. Crédito: L. Marchetti et al. 2026
Lo más relevante es que el 60% de las huellas pertenecen a dinosaurios (los dos tipos de sauropodomorfos y el terópodo), y de ellas, las más abundantes son las de los sauropodomorfos primitivos. Esto convierte a Lerici en el ejemplo más antiguo de un ecosistema dominado por dinosaurios. Como afirman los autores en sus conclusiones: La icnoasociación de Lerici es una de las más antiguas dominadas por Sauropodomorpha.

Los fósiles no solo sirven para saber qué animales vivieron, sino también para datar las rocas. Los paleontólogos utilizan la primera fecha de aparición (FAD, por sus siglas en inglés) de una especie o, en este caso, de un tipo de huella, como marcador temporal.

Dado que el icnositio de Lerici contiene la aparición más antigua conocida del icnogénero Evazoum (las huellas del sauropodomorfo), los autores proponen un nuevo sub-biocrono (una división del tiempo geológico basada en huellas) llamado sub-biocrono de Evazoum. Este periodo abarcaría desde el Tuvaliense (la parte final del Carniense) hasta el Rhaetiense (el último piso del Triásico), y sirve para correlacionar rocas de la misma edad en diferentes partes del mundo.

Rhynchosauroides isp. del yacimiento de huellas de Lerici. MSNUP I-16958.
Huellas aisladas, hiporrelieve convexo. A. Huella del pie derecho. B. Huella
de la mano derecha. C. Mapa de profundidad en falso color.
Crédito: L. Marchetti et al. 2026
Anteriormente, se consideraba que el gran grupo de los sauropodomorfos se diversificó en el periodo Noriense (posterior al Carniense). Sin embargo, este nuevo estudio, basado en las huellas, demuestra que su radiación evolutiva ya estaba en marcha a finales del Carniense, sincronizada con el mencionado Episodio Pluvial.

¿Cómo saber qué animal hizo cada huella? La clave está en el tobillo

Uno de los mayores desafíos de la paleontología es emparejar una huella fósil con el animal que la produjo. Para ello, los científicos comparan la anatomía del pie de los fósiles esqueléticos con la morfología de las huellas. En este estudio, los autores realizan una aportación crucial: la configuración del tobillo es lo que permite diferenciar claramente una huella de dinosaurio de una de pseudosuquio.

  • Pseudosuquios (cocodrilos y parientes): Poseen un tobillo «crurotarsal», que permite una rotación entre dos huesos (astrágalo y calcáneo). Además, su quinto dedo (el meñique del pie) tiene una forma de gancho y está muy separado del resto. Esto se refleja en huellas pentadáctilas (cinco dedos) donde la impresión del quinto dedo aparece claramente separada y en una posición más retrasada.
  • Dinosaurios primitivos (sauropodomorfos y terópodos): Tienen un tobillo «mesotarsal», más rígido y sin esa rotación. Su quinto dedo se redujo y perdió su función. Por ello, sus huellas son tetradáctilas (cuatro dedos) o tridáctilas (tres dedos), con todos los dedos juntos y una única almohadilla metatarsiana.

Gracias a esta distinción, los investigadores han podido reasignar correctamente las huellas de Lerici. Unas grandes huellas que en el pasado se atribuyeron a pseudosuquios (cocodrilos primitivos) resultaron ser, en realidad, del sauropodomorfo Eosauropus cimarronensis.

Implicaciones globales: una radiación carníense

Los investigadores no se limitan a Italia. Comparan sus hallazgos con el registro fósil de huesos de dinosaurio en Sudamérica (formaciones Santa María de Brasil e Ischigualasto de Argentina) y con otras huellas encontradas en Marruecos, Alemania, Australia y Estados Unidos.


La conclusión es que durante el Carniense (y coincidiendo con el episodio de lluvias), los sauropodomorfos ya estaban presentes y diversificándose en ambos hemisferios y en latitudes cercanas al ecuador. Esto contradice teorías anteriores que situaban su primera gran diversificación en el Noriense.

Esta icnofauna podría ser coetánea con el Episodio Pluvial del Carniense. La biodiversidad de los primeros dinosauromorfos y dinosaurios en el Hemisferio Norte parece ser mayor de lo que sugiere el registro de huesos fósiles, que se concentra en el Hemisferio Sur, concluye el artículo.

En otras palabras, el dominio de los dinosaurios no comenzó de forma gradual y tardía, sino de manera relativamente rápida y global, impulsado por un cambio climático que convirtió la Tierra en un mundo más húmedo y favorable para su evolución. Las huellas de la playa de Lerici, con sus 230 millones de años, son el testigo mudo de aquella antigua revolución ecológica.

FUENTES

Lorenzo Marchetti, Alberto Collareta, et al., The earliest dinosaur-dominated fauna? A reappraisal of the Carnian Lerici tracksite and the first global radiation of Sauropodomorpha. Gondwana Research, Volume 157, September 2026, Pages 72-89. doi.org/10.1016/j.gr.2026.04.010

labrujulaverde.com

sábado, 13 de junio de 2026

DESCUBREN UNA TORTUGA GIGANTE DEL FIN DE LA ERA DE LOS DINOSAURIOS EN PATAGONIA

Un equipo de paleontólogos argentinos, del que formaron parte investigadores del Museo Argentino de Ciencias Naturales, anunció el descubrimiento de una nueva especie de tortuga fósil que vivió hace unos 70 millones de años en la Patagonia. El hallazgo fue realizado en cercanías de la localidad de Arroyo Ventana en la  provincia de Río Negro, y aporta nueva información sobre la diversidad de reptiles en los últimos momentos de la era de los dinosaurios

Reconstrucción en vida de Patagoniaemys aeschyli por el artista Nawel vazquez 
La nueva especie, denominada Patagoniaemys aeschyli, pertenece a un grupo de tortugas extintas conocidas como Meiolaniformes, famosas por incluir formas robustas e incluso con cuernos en el cráneo. Estos animales habitaron principalmente en los continentes del hemisferio sur, como Sudamérica y Australia, durante gran parte de la historia geológica.

El ejemplar recuperado incluye partes del cráneo, caparazón y esqueleto, lo que permitió a los investigadores identificar características únicas. Entre ellas se destacan unas crestas longitudinales en el caparazón, rasgo distintivo que no se observa en otras especies conocidas del mismo grupo.

El estudio fue encabezado por investigadores del Laboratorio de Anatomía Comparada
y Evolución de los Vertebrados del Museo Argentino de Ciencias Naturales, Fundación
 de Historia Natural “Félix de Azara” y Museo “Egidio Feruglio” de la provincia de
Chubut. La tortuga será custodiada por el Museo Provincial “María Inés Kopp”,
 de la localidad de Valcheta.
Se trataba de una tortuga de tamaño considerable: su caparazón podía alcanzar unos 80 centímetros de largo. Su anatomía revela una combinación de rasgos primitivos y derivados, lo que la ubica dentro de una rama primitiva del grupo, y además sugiere que era una especie de hábitos posiblemente anfibios, que pasaría su tiempo tanto en tierra firme como en ríos o lagunas, en un ambiente que alguna vez fue un ecosistema diverso, donde convivían peces, ranas, serpientes, dinosaurios y una sorprendente variedad de pequeños mamíferos.

El término aeschyli hace referencia al antiguo dramaturgo Esquilo (525 a.C. – ca. 456 a.C.), uno de los más prolíficos escritores de obras de teatro de la antigua Grecia. Según una antigua leyenda, mientras escribía en las afueras de la ciudad de Gela, habría muerto al recibir el impacto del caparazón de una tortuga arrojada por un Quebrantahuesos, ave que acostumbra dejar caer quelonios desde gran altura para romper sus caparazones y alimentarse de ellos. Se dice que el animal habría confundido la cabeza calva del dramaturgo con una roca.

¿Qué pasó con las tortugas tras la extinción de los dinosaurios?

El estudio fue encabezado por investigadores del Laboratorio de Anatomía Comparada
y Evolución de los Vertebrados del Museo Argentino de Ciencias Naturales,
Fundación de Historia Natural “Félix de Azara” y Museo “Egidio Feruglio” de la
 provincia de Chubut. La tortuga será custodiada por el Museo Provincial
“María Inés Kopp”, de la localidad de Valcheta.
Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que indica que las tortugas de Patagonia no fueron severamente afectadas por la extinción masiva que marcó el final de los dinosaurios. Los datos indican que varias líneas diferentes de tortugas, incluyendo los Meiolaniformes, lograron sobrevivir el evento, mostrando una notable continuidad entre las faunas antes y después del evento de extinción.

Los investigadores aún desconocen por qué la gran extinción del meteorito no afectó a las tortugas. Una de las hipótesis indica que al ser animales de metabolismo muy bajo y que pueden tolerar épocas hostiles hibernando semienterrados en barro o en madrigueras, es posible que hayan sobrevivido de esta manera al impacto del meteorito.

macnconicet.gob.ar