sábado, 25 de abril de 2026

Descubren que Muttaburrasaurus, el popular dinosaurio australiano de hace 96 millones de años, escondía una habilidad inesperada en su enorme nariz

El análisis del cráneo de este coloso australiano revela cómo comía, cómo se movía y por qué fue mucho más singular de lo que se creía.

Muttaburrasaurus langdoni aparece a la izquierda en una recreación de hace unos
96 millones de años. La escena también muestra a un depredador megaraptórido,
pequeños ornitópodos y aves enantiornitas compartiendo aquel ecosistema
australiano. Ilustración: James Kuether

No todos los dinosaurios herbívoros fueron animales lentos y previsibles. Algunos desarrollaron soluciones anatómicas tan extrañas que aún hoy desconciertan a la ciencia. Eso es precisamente lo que acaba de ocurrir con Muttaburrasaurus langdoni, uno de los fósiles más emblemáticos de Australia.

Este gran ornitisquio vivió hace unos 96 millones de años en lo que hoy es Queensland, cuando buena parte del interior del continente estaba cubierto por el antiguo mar de Eromanga. Desde que su esqueleto fue hallado en 1963 cerca de la localidad de Muttaburra, su figura quedó asociada a una pregunta recurrente: ¿para qué servía aquella enorme protuberancia nasal?

Durante décadas se pensó que se trataba de una rareza evolutiva difícil de interpretar. También se asumía que, como otros grandes herbívoros de su tiempo, poseía un pico sin dientes en la parte frontal del hocico, útil para arrancar vegetación sin demasiada precisión.

Sin embargo, un nuevo trabajo publicado en PeerJ y liderado por Matthew C. Herne, tal y como indica el propio estudio, ha revisado el cráneo completo mediante tomografía computarizada, modelos tridimensionales y análisis internos imposibles de realizar hace solo unos años. El resultado cambia de forma profunda la imagen clásica del animal.

Un gigante mucho menos simple de lo que parecía

Los investigadores reconstruyeron regiones del cráneo que estaban incompletas o mal comprendidas. También localizaron fragmentos fósiles recuperados recientemente en el mismo yacimiento del ejemplar original. Esa combinación permitió reinterpretar la cara del dinosaurio con una precisión inédita.

Ilustración realizada por Matt Herne
Lo primero que sorprendió al equipo fue que su hocico no estaba diseñado para alimentarse de cualquier planta disponible. La forma estrecha de la parte delantera sugiere una selección cuidadosa del alimento, más propia de un consumidor especializado que de un gran ramoneador indiscriminado.

Además, el estudio del oído interno apunta a que este animal quizá alternaba posturas. Aunque era robusto, algunas proporciones recuerdan a dinosaurios capaces de desplazarse con agilidad sobre dos patas cuando la situación lo requería, mientras usaría las extremidades delanteras para alimentarse cerca del suelo.

La visión también encaja con un herbívoro vigilante. Sus ojos estaban colocados para ofrecer un amplio campo lateral, útil para detectar depredadores en espacios abiertos. El campo frontal, en cambio, habría sido más limitado.

El secreto estaba dentro de la nariz

La gran revelación llega al analizar la famosa joroba nasal. Tal y como ha revelado el equipo, esa estructura no era simplemente hueso macizo ni una ornamentación llamativa. En realidad estaba formada por elementos óseos poco comunes y por un complejo sistema de cavidades aéreas.

Esas cámaras se situaban por encima del conducto principal de respiración y probablemente ralentizaban el flujo del aire inhalado. ¿Por qué importa eso? Porque aumentar el tiempo de paso del aire puede mejorar la captación de olores.

El dato encaja con otro hallazgo decisivo: los bulbos olfativos del cerebro, responsables del procesamiento del olor, eran extraordinariamente grandes para un dinosaurio de este tipo. En otras palabras, Muttaburrasaurus parece haber tenido un olfato muy desarrollado.

Eso habría sido útil para encontrar plantas nutritivas en ambientes cambiantes, orientarse en paisajes costeros, detectar peligros a distancia o incluso reconocer a otros individuos.

Tal y como indica el estudio, las cavidades internas de la nariz podrían haber mejorado de forma notable el sentido del olfato, algo poco habitual en un gran dinosaurio herbívoro.

Y entonces aparecieron los dientes ocultos

Cuando el lector cree haber llegado al principal descubrimiento, aparece otro aún más llamativo. El supuesto pico sin dientes nunca existió tal como se imaginaba.

Los nuevos restos muestran que la parte frontal del hocico conservaba dientes bien desarrollados. Según el estudio, poseía cinco alveolos en la premaxila, una condición más primitiva que la de otros grandes ornitisquios posteriores.

El paleontólogo Matthew Herne en el yacimiento de Muttaburrasaurus (izquierda),
la coautora Vera Weisbecker en la Universidad de Flinders (centro) y Joseph Bevitt
preparando un fragmento de mandíbula de Muttaburrasaurus langdoni para su escaneo
 en la línea de luz médica y de imagen del Sincrotrón Australiano (derecha).
 Fotos: Chris Rohan/M Herne (UNE)
Esto sugiere que podía seleccionar hojas, semillas o brotes con mucha mayor precisión. Incluso los autores plantean que no puede descartarse el consumo ocasional de pequeños invertebrados, algo oportunista pero plausible en ecosistemas costeros ricos en recursos.

Sus dientes posteriores, además, no estaban preparados para cortar como cuchillas, sino para triturar y moler, de forma comparable a la masticación de grandes herbívoros actuales.

El estudio también sugiere que vivía en zonas próximas al antiguo mar interior de Eromanga, un entorno muy distinto de la Australia actual.

Un dinosaurio que obliga a revisar el árbol evolutivo

La combinación de hocico dentado, olfato avanzado y anatomía singular también afecta a su parentesco evolutivo. Muttaburrasaurus podría representar una rama más temprana y peculiar de los ornitópodos de lo que se creía.

Eso explica por qué siempre resultó tan difícil encajarlo entre especies famosas del hemisferio norte. No era una copia australiana de Iguanodon ni de los hadrosaurios: seguía su propio camino evolutivo.

Noventa y seis millones de años después, este dinosaurio de nariz imposible acaba de demostrar que aún quedan sorpresas escondidas dentro de los fósiles más conocidos. Y a veces basta mirar dentro del cráneo para descubrir que un viejo gigante nunca fue como pensábamos.

Referencias

M.C. Herne et al. 2026. Cranial anatomy, palaeoneurology, palaeobiology and stratigraphic age of the large-bodied ornithopod, Muttaburrasaurus langdoni Bartholomai and Molnar, 1981, from the mid-Cretaceous of Australia. PeerJ 14: e20794; doi: 10.7717/peerj.20794

muyinteresante.okdiario.com

B.I.B| MUSEO DE LOS DINOSAURIOS, SALAS DE LOS INFANTES 17-04-2026

cyltv.es / La 8 Burgos

Reportaje que grabó hace unos días La 8 Burgos de cyltv.es en el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos) y sus nuevas instalaciones. 

Con Verónica González, Fidel Torcida, director del museo y parte del equipo del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes.


youtube.com

viernes, 24 de abril de 2026

Bicharracosaurus: El nuevo gigante jurásico de Chubut que homenajea al poblador rural que lo halló

La nueva especie, Bicharracosaurus dionidei, es un dinosaurio herbívoro de cuello largo que fue nombrada en honor a Dionide Mesa, el poblador rural que encontró sus restos y a su particular forma de referirse a ellos. El descubrimiento aporta claves sobre la diversidad de dinosaurios que habitaron la Patagonia hace unos 160 millones de años.

Alexandra Reutter junto a fósiles de Bicharracosaurus dionidei en el laboratorio
de preparación del MEF. Créditos: Amalia Villafañ
“Dionide vive solo y se mueve a caballo por el campo. Cada vez que encontraba fósiles nos avisaba y decía: ‘¡Encontré un bicharraco!’, y nos llevaba hasta el lugar. A veces hablaba de una ‘paleta’, y era una escápula; otras de un ‘costillar’, y terminábamos encontrando vértebras con costillas asociadas”, recuerda José Luis Carballido (CONICET–MEF), coautor del estudio. Los primeros restos que Dionide descubrió de Bicharracosaurus fueron los de un costillar, del que asomaban vértebras aún articuladas en el terreno.

El nombre del dinosaurio combina “bicharraco”, un término coloquial que Dionide utilizaba para referirse a sus hallazgos, con el término griego saurus (“lagarto”), mientras que dionidei hace referencia a su nombre. “El nombre no solo es un homenaje a él, sino también a todas las personas de campo que colaboran en estos descubrimientos”, agrega Carballido.

Vértebras de Bicharracosaurus en preparación en el laboratorio del MEF.
Los fósiles pertenecen a un solo individuo del que se preservaron parte de la columna vertebral, costillas dorsales y fragmentos de la cadera. “Sabemos que Bicharracosaurus es un dinosaurio adulto que pudo haber alcanzado unos 15 metros de largo y cerca de 20 toneladas de peso”, explica Carballido. “Lo más distintivo son sus espinas neurales —las proyecciones óseas sobre las vértebras—. Mientras que en la mayoría de los saurópodos son más anchas que largas, en este dinosaurio están comprimidas y alargadas de adelante hacia atrás”.

“Desde el punto de vista evolutivo, Bicharracosaurus pertenece a los Macronaria, un grupo de saurópodos con origen en el Jurásico y que luego dominaría los ecosistemas terrestres hasta el final del Cretácico. Entre sus representantes más conocidos se encuentran dinosaurios gigantes como Brachiosaurus y Patagotitan. Su hallazgo es especialmente importante porque los registros jurásicos en el hemisferio sur de este grupo son muy escasos”, detalla.

Inicio de la excavación.
El hallazgo proviene de yacimientos jurásicos al noroeste de la provincia del Chubut, en la Formación Cañadón Calcáreo de unos 160 millones de años. Esta unidad geológica, reconocida a nivel internacional, es una verdadera ventana al Jurásico en Gondwana. “Es una edad de la que tenemos muy pocos registros de dinosaurios en el hemisferio sur, por lo que cada descubrimiento nos aporta información clave”, señala Carballido.

Desde hace más de dos décadas, paleontólogos del CONICET y del Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) realizan trabajos de campo en esta región junto a investigadores de otras instituciones, con el apoyo de la Fundación Alemana de Investigación (DFG). Gracias a estos trabajos se han descubierto varios dinosaurios, entre ellos el saurópodo Tehuelchesaurus benitezii, Brachytrachelopan mesai —con un cuello inusualmente corto— y restos que sugieren la presencia de otros grandes saurópodos e incluso de un estegosaurio. En ese contexto, Bicharracosaurus dionidei se suma a la lista de especies que permiten reconstruir la diversidad de dinosaurios que habitaron la Patagonia hace millones de años.

Dionide Mesa, descubridor de los fósiles de Bicharracosaurus.
Este nuevo dinosaurio no solo amplía el conocimiento sobre los herbívoros del Jurásico patagónico, sino que también aporta pistas sobre la evolución temprana de los saurópodos que, millones de años después, darían lugar a gigantes como el Patagotitan.

El trabajo publicado en la revista científica PeerJ fue realizado por: Alexandra Reutter (LMU München), José Luis Carballido (CONICET–MEF), Guillermo Windholz (CONICET–IIPG, UNRN), Diego Pol (CONICET–MACN) y Oliver W. M. Rauhut (LMU München; BSPG; GeoBioCenter LMU), con apoyo financiero de la Fundación Alemana de Investigación (DFG).

mef.org.ar

Un estudiante rescata un fósil olvidado y descubre una especie más antigua que el tiranosaurio rex

Un fragmento de cráneo hallado en 1982 en Nuevo México revela una nueva especie de dinosaurio carnívoro

Un estudiante rescata un fósil olvidado y descubre una nueva especie
de carnívoro. (Freepik)

Un fósil que llevaba décadas almacenado sin apenas atención en el Museo Carnegie de Historia Natural ha cambiado lo que se sabía sobre los primeros dinosaurios carnívoros. El hallazgo, protagonizado por Simba Srivastava, un estudiante de Virginia Tech, ha permitido identificar una nueva especie llamada Ptychotherates bucculentus, que vivió hace aproximadamente 210 millones de años, es decir, en el Triásico tardío, mucho antes de la aparición del Tiranosaurio rex.

El fósil, un fragmento de cráneo de apenas 22 centímetros procedente de Nuevo México, había sido recuperado en 1982 en el conocido yacimiento de Ghost Ranch. Sin embargo, tras su extracción, quedó archivado y olvidado durante décadas. No fue hasta hace unos años cuando Srivastava decidió revisarlo en detalle dentro de un proyecto académico, sin imaginar la relevancia del material que tenía delante.

Un fósil olvidado en un cajón

El cráneo, aplastado y parcialmente incrustado en roca, parecía a simple vista un fragmento poco prometedor. Sin embargo, el uso de tecnología de tomografía computarizada permitió a los investigadores reconstruirlo digitalmente sin dañarlo. Esta técnica, basada en rayos X, hizo posible observar la anatomía interna del fósil con un nivel de detalle imposible mediante métodos tradicionales.

Reconstrucción digital del cráneo de Ptychotherates bucculentus. 
(Simba Srivastava)

Durante dos años, Srivastava analizó cientos de fragmentos óseos en su ordenador hasta lograr una reconstrucción tridimensional completa. El resultado reveló algo inesperado: el fósil pertenecía a una especie desconocida de dinosaurio carnívoro primitivo, relacionada con los herrerasaurios, uno de los linajes más antiguos de dinosaurios depredadores.

El estudio, publicado en la revista Papers in Palaeontology, destaca que este ejemplar es único en el mundo, lo que lo convierte en una pieza clave para entender cómo eran los ecosistemas del Triásico, cuando los dinosaurios aún no dominaban la Tierra.

Un depredador del Triásico

El Ptychotherates bucculentus vivió en un mundo muy distinto al que se asocia con los dinosaurios más conocidos. En aquella época, los grandes depredadores no eran aún los tiranosaurios ni los velociraptores, sino formas más primitivas que compartían el entorno con antepasados de cocodrilos y los primeros mamíferos.

Según el estudio, este dinosaurio habitó lo que hoy es el suroeste de Estados Unidos y medía relativamente poco en comparación con otros depredadores posteriores. Su cráneo presentaba características muy singulares: una cara ancha y aplanada, con huesos de la mejilla extremadamente desarrollados. Esto llevó al equipo a apodarlo informalmente como el “murder muppet” o “títere asesino”.

El análisis detallado del hueso de la mejilla reveló una anatomía inusual. En particular, el jugal alcanzaba los 29 milímetros de altura, más del doble que el de especies cercanas como Tawa hallae o Daemonosaurus chauliodus. Además, su dentadura mostraba finas serraciones que habrían facilitado la caza de presas pequeñas.

Un ecosistema antes de la gran extinción

El hallazgo también aporta información clave sobre el contexto ambiental en el que vivió esta especie. Hace unos 210 millones de años, la Tierra se encontraba cerca del final del Triásico, justo antes de una de las grandes extinciones masivas que transformarían por completo la vida en el planeta.

El cráneo holotipo de Ptychotherates bucculentus.
(Simba Srivastava)
En ese momento, los dinosaurios todavía no eran los animales dominantes. Competían por recursos con otros grupos de reptiles y con los primeros mamíferos. Sin embargo, algunos ecosistemas, como el de Ghost Ranch, pudieron actuar como refugios donde linajes antiguos sobrevivieron más tiempo que en otras regiones del mundo.

Srivastava explicó la importancia del descubrimiento con una reflexión que resume el valor del fósil: “Todos esos miles de millones de individuos que existieron a lo largo del tiempo están representados por este único ejemplar”, según recoge Quo.

Un nuevo capítulo en la evolución

El estudio sugiere que Ptychotherates bucculentus pertenece a una línea evolutiva primitiva que habría desaparecido con la gran extinción del final del Triásico. Su identificación no solo amplía el conocimiento sobre los primeros dinosaurios carnívoros, sino que también ayuda a reconstruir cómo evolucionaron hasta dar lugar a los grandes depredadores del Jurásico y el Cretácico.

El fósil, actualmente conservado en el Museo Carnegie de Historia Natural, se ha convertido en una pieza fundamental para comprender un periodo clave de la historia de la vida en la Tierra. Lo que comenzó como un hallazgo olvidado en un cajón ha terminado por ofrecer una ventana única a un pasado remoto en el que los dinosaurios aún estaban lejos de convertirse en los reyes del planeta.

infobae.com

Científicos del CONICET hallan en Río Negro un antiguo cocodrilo que vivió hace 85 millones de años

Los fósiles recuperados en Paso Córdoba, General Roca, brindan claves para entender mejor la diversidad y evolución de estos reptiles en la Patagonia.

Agustina Lecuona, Mattia Baiano y Facundo Riguetti realizando trabajos de campo
 para extraer el fósil. Foto: Nahuel Aldir
En el Área Natural Protegida Paso Córdoba, ubicada en la ciudad de General Roca, provincia de Río Negro, un grupo de especialistas del CONICET hallaron fósiles de una especie de cocodrilo que vivió hace aproximadamente 85 millones de años.

"El material fue encontrado por Facundo Riguetti, becario posdoctoral del CONICET, quien reconoció un fragmento de cráneo y me llamó para ir a ver. A partir de ese momento, comenzamos a abrir hacia los laterales para evaluar la extensión del fósil, es decir, determinar cuánto material se había preservado y así poder decidir la mejor forma de extraerlo. En un primer momento, y ante la aparente ausencia de otros restos, se resolvió retirar el cráneo. Sin embargo, al continuar con la excavación, comenzaron a aparecer más huesos correspondientes al postcráneo, como vértebras, partes de la pata y otros elementos", explica Agustina Lecuona, investigadora del CONICET con lugar de trabajo en el Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG, CONICET-UNRN).

Facundo Riguetti y Mattia Baiano en trabajos de campo. Foto: Nahuel Aldir
Los fósiles descubiertos presentan rasgos típicos de los cocodrilos de la época a la que pertenecen, correspondientes a la Formación Bajo de la Carpa. Este ambiente, explica Lecuona, se habría originado en un sistema fluvial efímero, es decir, en un entorno de cursos de agua pequeños que se evaporaban rápido, combinado con sectores de carácter eólico, con predominio de la acción del viento, similar a un desierto.

Por las características observadas en los materiales recuperados, los investigadores infieren que se trataría de Notosuchus terrestris, una de las especies más abundantes de la Patagonia, y de la cual se conocen numerosos ejemplares, incluso en distintos estadios de desarrollo.

Tamaño de la especie descubierta

"En general, dependiendo del grupo taxonómico, es posible estimar el tamaño de un individuo adulto, a partir del largo total del cráneo, del largo del fémur, del húmero, u otros indicadores según el grupo. En este caso solo tenemos el fémur casi completo, por lo que usando este parámetro se podría inferir un tamaño aproximado de un metro sin considerar la cola", detalla la investigadora.

Fósil del cocodrilo hallado en Paso Córdoba. Foto: Nahuel Aldir
Cabe mencionar que los cocodrilos de esta época diferían notablemente de los actuales. Lejos de ser grandes depredadores acuáticos que acechan en ríos, se trataba de animales más pequeños y adaptados a la vida completamente terrestre. Su postura también era distinta, caminaban con las patas erguidas, ubicadas por debajo del cuerpo, lo que les daba un andar más ágil y elevado, similar al de un mamífero actual, en contraste con la marcha más esparrancada y cercana al suelo de los cocodrilos modernos.

Importancia del hallazgo

La relevancia del hallazgo radica en la preservación de ciertas regiones del esqueleto que hasta ahora eran poco conocidas en Notosuchus. A pesar de tratarse de una especie muy abundante, en otros ejemplares estas partes suelen aparecer incompletas o mal conservadas.

Este nuevo material permitiría conocer con mayor detalle sus características anatómicas y, a partir de ello, desarrollar otros estudios, como análisis biomecánicos de las extremidades. Esto ayudaría a comprender mejor su forma de desplazarse -por ejemplo, si podía correr y de qué manera lo hacía-, así como avanzar en distintas líneas de investigación orientadas a conocer su paleobiología, es decir, cómo era este animal cuando habitaba la Tierra.

Lecuona destaca que: “Si, por el contrario, no se tratara de la especie mencionada, el hallazgo sería tan o más relevante, ya que se conocen pocas especies de cocodrilos en Paso Córdoba, y en estos casos, suelen estar representadas por un único ejemplar, tales como Comahuesuchus brachybuccalis o Wargosuchus australis”.

Participantes de la campaña:

Agustina Lecuona, investigadora del CONICET en el Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG, CONICET-UNRN).

Facundo Riguetti, becario posdoctoral del CONICET en el Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG, CONICET-UNRN) y miembro de la Fundación Azara-Universidad Maimónides.

Mattia Baiano, becario posdoctoral del CONICET en el Museo Paleontológico Municipal "Ernesto Bachmann".

Francisco Suárez, estudiante de Paleontología de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN).

Gerónimo Sampaolesi, estudiante de Paleontología de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN).

Por Nahuel Aldir – Área de Comunicación CONICET Patagonia Confluencia

patagoniaconfluencia.conicet.gov.ar

Hallan en un reptil de 289 millones de años el sistema que cambió la vida en la Tierra y explica cómo respiramos hoy, según un nuevo estudio

La historia de cómo respiramos acaba de retroceder casi 300 millones de años gracias a un pequeño reptil fosilizado en una cueva de Oklahoma.

Revelan cómo un reptil de hace 289 millones de años explica por qué hoy
respiramos mejor en tierra firma. Ilustración: Dr. Michael DeBraga.

Un hallazgo, publicado en Nature, describe con un nivel de detalle sin precedentes el aparato respiratorio de Captorhinus aguti, una especie que vivió en el período Pérmico temprano. No se trata solo de huesos. Y es que los investigadores han podido observar piel, cartílago e incluso restos de proteínas, algo extremadamente raro en fósiles tan antiguos.

Este conjunto excepcional ha permitido reconstruir cómo estos primeros reptiles respiraban utilizando su caja torácica, un mecanismo que hoy comparten reptiles, aves y mamíferos, incluidos los humanos. La investigación no solo llena un vacío en la evolución de los vertebrados, sino que redefine cuándo surgió uno de los sistemas biológicos más importantes para la vida terrestre.

Durante décadas, los científicos sospechaban que la llamada respiración costal —basada en el movimiento de las costillas— había sido clave para que los animales conquistaran la tierra firme. Sin embargo, las pruebas directas eran escasas. Este fósil ofrece, por primera vez, una imagen completa de ese sistema en acción en un animal primitivo.

Un fósil excepcional congelado en el tiempo

El protagonista de este descubrimiento es un pequeño reptil que murió en un entorno muy particular: una red de cuevas en lo que hoy es Oklahoma. Las condiciones químicas del lugar —con filtraciones de hidrocarburos, agua rica en minerales y sedimentos finos sin oxígeno— crearon el escenario perfecto para una momificación natural.

El resultado es un fósil tridimensional que conserva incluso la textura de la piel, con un patrón que recuerda al de los actuales reptiles excavadores. Este nivel de preservación es extraordinario, especialmente en restos que datan de hace casi 290 millones de años.

Diagrama ilustrado del esqueleto completo en vista lateral izquierda, donde se
destacan en color amarillo las estructuras cartilaginosas descritas por primera
vez en este estudio. Nature (2026)
Gracias a técnicas avanzadas como la tomografía computarizada con neutrones, los investigadores pudieron observar el interior del fósil sin dañarlo. Lo que encontraron fue aún más sorprendente: estructuras cartilaginosas intactas, incluyendo un esternón segmentado, costillas especializadas y conexiones entre la caja torácica y los hombros.

Estas piezas encajan como un mecanismo perfectamente diseñado para expandir y contraer el tórax, permitiendo la entrada y salida de aire de los pulmones. En otras palabras, el fósil conserva el equivalente más antiguo conocido de un sistema respiratorio moderno.

El salto evolutivo que permitió conquistar la tierra

Antes de la aparición de los amniotas —el grupo que incluye reptiles, aves y mamíferos— la respiración en los vertebrados estaba estrechamente ligada al agua. Los anfibios, por ejemplo, dependen en gran medida de la piel húmeda para intercambiar gases, y utilizan movimientos de la boca para introducir aire en sus pulmones.

Este método, aunque eficaz en ambientes acuáticos o húmedos, limita la actividad física y la independencia del agua. El sistema basado en la caja torácica, en cambio, permite una ventilación mucho más eficiente.

El caso de Captorhinus muestra que este tipo de respiración ya estaba presente en los primeros reptiles. La implicación es profunda: este mecanismo pudo ser uno de los factores clave que permitió a los amniotas diversificarse y dominar los ecosistemas terrestres.

Al poder oxigenar mejor sus tejidos, estos animales podían moverse más, cazar, escapar de depredadores y colonizar entornos más secos. En términos evolutivos, la respiración costal no fue solo una innovación anatómica, sino un auténtico motor de cambio.
La capacidad de expandir el tórax para introducir aire en los pulmones pudo ser una de las claves evolutivas que permitió a los vertebrados independizarse definitivamente del agua.
Proteínas de otro tiempo: un hallazgo inesperado

Más allá del sistema respiratorio, el estudio ha revelado otro detalle que ha sorprendido a la comunidad científica: la presencia de restos de proteínas en el fósil.

Hasta ahora, se pensaba que este tipo de material orgánico no podía sobrevivir tanto tiempo. Sin embargo, el análisis químico ha identificado compuestos en la piel, el cartílago y los huesos del animal, lo que amplía significativamente el horizonte de lo que puede conservarse en el registro fósil.

Fósil original y recreación científica de Captorhinus aguti, que permiten
 visualizar su anatomía y comprender mejor su biología. Nature (2026)
Este descubrimiento abre nuevas posibilidades para la paleontología. Si se pueden recuperar biomoléculas en fósiles tan antiguos, los científicos podrían estudiar con mayor precisión la biología de especies extintas, desde su fisiología hasta su evolución molecular.

Además, plantea preguntas sobre otros yacimientos fósiles: ¿cuántos restos aparentemente “simples” podrían esconder información biológica aún no detectada?
Este tipo de respiración no solo mejoró el intercambio de gases, sino que probablemente impulsó estilos de vida más activos y complejos en tierra firme.
Un pequeño reptil con un gran legado

Aunque Captorhinus aguti no supera unos pocos centímetros de longitud, su importancia científica es enorme. Representa una ventana directa a un momento crucial de la historia de la vida: el paso definitivo de los vertebrados hacia la conquista de la tierra firme.

El estudio de este fósil no solo permite entender cómo respiraban estos animales, sino también cómo esa innovación se transmitió a lo largo de millones de años hasta llegar a nosotros. Cada inhalación humana, en cierto modo, sigue el mismo patrón que comenzó a desarrollarse en criaturas como esta.

Este tipo de hallazgos recuerda que la evolución no siempre avanza mediante cambios visibles o espectaculares. A veces, las transformaciones más decisivas ocurren en sistemas internos, invisibles a simple vista, pero fundamentales para la supervivencia.

Y en este caso, todo apunta a que el simple acto de respirar —tan automático que apenas lo notamos— es en realidad una herencia directa de uno de los capítulos más antiguos y decisivos de la historia de la vida en la Tierra.

Referencias

Robert Reisz, Mummified early Permian reptile reveals ancient amniote breathing apparatus, Nature (2026). DOI: 10.1038/s41586-026-10307-y

domingo, 19 de abril de 2026

CONFERENCIA: "Homo sapiens en la encrucijada" por Fernando Valladares

Demanda Ciencia 2026

Sábado 11 de abril. 20h. Teatro-auditorio de Salas de los Infantes.

El ser humano ha protagonizado un despegue cultural y tecnológico que en la actualidad no es capaz de controlar. ¿Recuperaremos el control evitando los mayores percances? Diagnóstico y posibles salidas ante un desafío auto-impuesto.


Fernando Valladares es investigador del CSIC y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos. Es un científico altamente citado por sus investigaciones sobre la biodiversidad y los impactos del cambio climático. En 2021 recibe el Premio Jaume I y el Premio de Comunicación Ambiental de la Fundación BBVA. En 2023 publicó el libro “La recivilización” que reúne buena parte de su pensamiento. En 2024 recibe el Planet Earth Award de la Alianza de los Científicos del Mundo, y la medalla de oro de la Cruz Roja por su labor divulgadora y de conciencia ecosocial, la cual puede seguirse en redes y en fernando.valladares.info

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