jueves, 18 de junio de 2026

Una ventana al Jurásico: Descubren en la Patagonia una planta de 150 millones de años con células excepcionalmente preservadas

Hoja tejidos
La nueva especie, denominada Austrohamia vitrea, fue descubierta en rocas jurásicas de aproximadamente 150 millones de años en la Provincia de Santa Cruz (Patagonia, Argentina). La preservación excepcional de los fósiles permite ver detalles a nivel celular, algo poco frecuente en el registro fósil. El trabajo, liderado por especialistas del CONICET y la Agencia I+D+I del Museo Paleontológico Egidio Feruglio, fue publicado en la revista científica American Journal of Botany.

Detalle celular-Escala 1 cm
Se trata de Austrohamia vitrea, una nueva especie dentro de la familia que en la actualidad contiene al Alerce patagónico, o Lahuán, y los cipreses (Cupressaceae), que se caracteriza por su excepcional preservación anatómica en tres dimensiones. El nombre de la especie “vitrea”, del latín que significa “de vidrio”, hace referencia a la apariencia translúcida de las hojas y ramas que se preservaron dentro de rocas ricas en sílice, que permite observar su anatomía de manera tridimensional como si se mirara a través de una vitrina. “En los cortes delgados de este tipo de rocas podemos ver células y tejidos con mucha claridad” explica Ignacio Escapa (CONICET-MEF), coautor del trabajo de investigación. Según el especialista, este nivel de detalle suele perderse durante la fosilización, ya que los procesos que transforman a los organismos en fósiles habitualmente destruyen o alteran la estructura celular original.

Fósiles hallados en el campo
Hace más de 150 millones de años, durante el período Jurásico, la región del Macizo del Deseado (Provincia de Santa Cruz) experimentó una intensa actividad volcánica y geotérmica. En este ambiente, aguas termales ricas en minerales impregnaron rápidamente los tejidos de ramas y hojas de Austrohamia vitrea. Gracias a ese proceso, la materia orgánica fue reemplazada por minerales con un nivel de detalle extraordinario. “Estos depósitos excepcionales funcionan como una verdadera ventana al pasado. No solo vemos a la planta, sino parte de un ecosistema jurásico completo preservado”, señala Escapa, quien junto a un equipo multidisciplinario lleva más de dos décadas estudiando estos depósitos de la Formación La Matilde.

Santa Cruz-Yacimientos jurásicos
Austrohamia vitrea es la primera especie del género con anatomía interna preservada en tres dimensiones, lo que ofrece información clave sobre cómo eran estas plantas y cómo vivían durante el Mesozoico. Alejandro Molano, primer autor de la investigación, destaca: “La preservación nos permite ver detalles que rara vez se conservan en los fósiles: desde los tejidos que ayudaban a transportar agua y nutrientes dentro de las hojas, hasta los estomas, pequeños poros por los que la planta intercambiaba gases con el ambiente. Al comparar estas estructuras con las de especies actuales, podemos reconstruir mejor las relaciones de parentesco entre coníferas y entender cómo estas plantas se adaptaban a los ambientes del pasado y se establecieron en la Patagonia”.

Austrohamia vitrea
El trabajo liderado por Alejandro Molano (MEF- Agencia I+D+I) fue publicado conjuntamente con Giovanni Nunes (CONICET – MEF), Ignacio Escapa (CONICET –MEF), Josefina Bodnar (CONICET-Universidad Nacional de Mar del Plata) Juan L. García Massini (CONICET-CRILAR) y Diego Guido (CONICET- INREMI-UNLP)



mef.org.ar

miércoles, 17 de junio de 2026

Ana (30), la vallisoletana que cumple su sueño tras un gran hallazgo: “Las horas de biblioteca merecen la pena”

La paleontóloga y geóloga ha participado en el hallazgo del Spinosaurus mirabilis tras una expedición entre agosto y diciembre de 2022 de la que se hace eco Science en este 2026.

Ana Lázaro, paleontóloga vallisoletana. Fotografía cedida a EL ESPAÑOL
 de Castilla y León.
En la gran inmensidad del desierto del Sáhara ha emergido un vestigio de un mundo remoto con un enorme coloso que lleva el nombre de Spinosaurus mirabilis. El nombre no es casual porque “mirabilis”, en latín, significa maravilloso.

Se trata de un hallazgo que tuvo lugar en la región de Jenguebi, en Níger, en el año 2022 y que ha sido publicado por la prestigiosa revista Science en este año 2026, concretamente en el mes de febrero. Marca un hito en la paleontología.

Se trata de la segunda especie de espinosaurio descrita formalmente desde que, en el año 1915, se descubriera en Egipto el holotipo de Spinosaurus aegyptiacus, ejemplar que dio nombre a todo el grupo.

Más de un siglo después, un total de 29 científicos de cinco países distintos, firman un capítulo que reescribe la historia de uno de los depredadores más enigmáticos del Cretácico.

Entre ellos estaba la vallisoletana Ana Lázaro, de 30 años en la actualidad y que, por aquel entonces tenía 26. Es geóloga y paleontóloga y habla de la inolvidable experiencia con EL ESPAÑOL de Castilla y León.

“Estoy muy orgullosa. Nunca me habría imaginado cumpliendo el sueño de toda mi vida con solo 26 años. Las horas de biblioteca han merecido la pena”, asegura.

Su vida y estudios

“Soy una persona reservada, con objetivos claros y con disciplina suficiente para alcanzarlos. Estereotipo de Capricornio para aquellos que crean en estas cosas, pero siempre con ganas de aventura”, asegura Ana Lázaro Valentín en declaraciones a este periódico.

Nuestra entrevistada nació en Valladolid y tiene 30 años. Es geóloga y paleontóloga. Amante de los videojuegos y también de la lectura, del deporte, de la jardinería y de la música.

“Desde muy pequeña ya tenía claro que quería ser paleontóloga. Siempre fue mi primera opción. Uno de los primeros regalos de Navidad que recuerdo fue una enciclopedia Larousse de dinosaurios cuando tenía cinco años”, explica la vallisoletana.

Su segunda opción era la de ser veterinaria y antes de entrar en la universidad se matriculó y completó un pequeño curso de auxiliar de veterinaria ecuestre así que, de alguna manera, se puede decir que es ambas cosas.

“Mi infancia fue normal. He pasado toda mi vida en Valladolid salvo los años de estudios. Completé un Grado en Geología en la Universidad de Salamanca y cuento con un Máster Universitario en Paleontología Aplicada en la Universidad de Valencia”, nos explica.

Nunca ha parado de buscar excavaciones demostrando su gusto por este mundo.

Excavaciones

“Desde el primer año de carrera busqué excavaciones en las que poder participar. Primero como estudiante para aprender lo máximo posible y, después, como paleontóloga o técnico de excavaciones, siempre de forma voluntaria”, cuenta Ana Lázaro.

Su primera excavación fue en la Sierra de la Demanda, en Salas de los Infantes (Burgos). Allí descubrió que esta era “su pasión” y también hizo muchos amigos.

“De hecho, a dos de mis compañeros y amigos de la expedición a Níger, como son Álvaro Simarro y María Ciudad Real, los conocí allí y compartimos nuestra primera excavación para, años más tarde, cumplir un sueño juntos”, añade.

Posteriormente, pasó parte del verano excavando en la Sierra de la Demanda para el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes y, también, en Guadalajara con la UNED.

Sin dormir de la emoción

“Paul Sereno, de la Universidad de Chicago, lleva años estudiando la paleontología de Níger, pero una expedición tan larga y ambiciosa como esta no es habitual. El plan inicial era realizarla en 2020, pero debido a la pandemia del coronavirus se tuvo que posponer hasta en tres ocasiones y finalmente se realizó entre agosto y diciembre de 2022”, explica Ana hablando de la aventura.

Confiesa que esto fue “una suerte para ella” ya que algunos miembros del equipo inicial tuvieron que abandonar el proyecto lo que provocó que se abrieran plazas vacantes y una fue para ella.

“Uno de los miembros del equipo de Paul Sereno era Daniel Vidal, a quién conocí excavando con la UNED y me habló del proyecto. Yo, aún, era estudiante de Máster, pero al comenzar en agosto presenté interés en participar y él me dio las instrucciones para presentar mi currículum”, añade Ana.

Apunta que “era comprensible” que todo se midiera de forma minuciosa en lo que tenía que ver con el equipo de Sereno ya “iban a ser tres meses trabajando de sol a sol a temperaturas altísimas y en un lugar inhóspito con cierto nivel de peligrosidad”.

“No cualquiera se atrevería ni daría la talla. Fue el propio Paul Sereno el que me escribió un correo electrónico dándome la bienvenida al equipo a altas horas de la madrugada debido a la diferencia horaria con Estados Unidos. No pude dormir de la emoción”, añade nuestra entrevistada.

Pronto se lo contó a sus padres y empezó con los trámites habituales de visados, vacunación internacional y compra de equipamiento para sobrevivir en el desierto.

La expedición y el hallazgo

Ana Lázaro junto a parte de la expedición. Fotografía cedida a EL ESPAÑOL
 de Castilla y León.
La expedición, como nos cuenta la vallisoletana, estaba estructurada en tres partes para cubrir diferentes zonas del Sáhara y llevar a cabo un trabajo minucioso como el que se realizó.

“El descubrimiento del Spinosaurus mirabilis se dio en la tercera parte de la expedición, en el mes de noviembre, en una zona del Sáhara que los locales llaman Jengebi, donde se encuentran los restos fósiles el Cretácico Superior”, explica Ana Lázaro.

Añade que “se encontraron tres nasales, hueso del cráneo, de tres individuos diferentes, todos ellos con esa característica cresta” y también “fragmentos de mandíbula y dentarios” que gracias al trabajo en laboratorio “dieron como resultado un gran porcentaje del cráneo, además de algunas vértebras”.

“Spinosaurus se denomina al género de dinosaurios terópodos espinosáuridos de gran tamaño que se han encontrado en el Cretácico Superior del continente africano. Hasta este momento, el género Spinosaurus contaba con una única especie, el Spinosaurus aegyptiacus. Este hallazgo amplía la diversidad de Spinosaurus. Se estima que el mirabilis tiene unos 95 millones de años”, afirma nuestra protagonista.

Un hallazgo histórico.

Muy orgullosa

“Estoy muy orgullosa. Nunca me habría imaginado cumpliendo el sueño de toda mi vida con solo 26 años. Las horas de biblioteca merecen la pena. Hay compañeros de profesión que en toda su carrera no verán una expedición como esta. Todo el esfuerzo se ha visto recompensado y me siento muy afortunada”, afirma nuestra entrevistada.

La vallisoletana Ana Lázaro durante la expedición. Fotografía cedida a
EL ESPAÑOL de Castilla y León.
Añade que los restos fósiles de Spinosaurus mirabilis “siguen en estudio” y que “aún pueden darnos mucha información sobre este animal”.

“Por el momento Níger no cuenta con un laboratorio apto para la preparación, conservación y estudio de restos fósiles por lo que los hallazgos de esta expedición serán estudiados en el Laboratorio de Paul Sereno en Chicago”, explica la vallisoletana.

Sin embargo, nos cuenta que parte del proyecto y compromiso de Sereno con Níger “consiste en la construcción de un museo allí” para “albergar los restos de dinosaurios nigerinos, que no son pocos, y poder formar en la disciplina a los estudiantes que lo deseen”.

El futuro

Nuestra entrevistada sigue viviendo en Valladolid. El siguiente paso académico en su carrera investigadora pasa por conseguir un doctorado, pero, de momento, no está matriculada en ninguno.

“Siempre que pueda seguiré dedicando los veranos a excavar. Mancharme de polvo y tierra me llena más que cualquier tabla de datos. Ojalá, en el futuro, pueda volver a Níger. Aún hay mucho por descubrir. Siempre lo describimos como una oportunidad única en la vida, pero esperemos que sea solo una forma de hablar y pueda repetir”, afirma Ana.

Añade que “no sabe si como investigadora habrá un logro mayor que publicar en Science” por lo que su objetivo y deseo pasa por “seguir dedicándose a lo que le apasiona” y “embarcarse en aventuras para seguir acercando la ciencia y la paleontología a la gente”.

elespanol.com

domingo, 14 de junio de 2026

Huellas fósiles encontradas en Italia son la evidencia más antigua de cuándo y dónde empezaron los dinosaurios a dominar el planeta

Un estudio revisa el yacimiento de Lerici y concluye que la primera radiación global de los saurópodos ocurrió en el Carniense, antes de lo que se pensaba.

Un molde de fibra de vidrio de las huellas fósiles encontradas.
Crédito: L. Marchetti et al. 2026
Hace unos 230 millones de años, en un período geológico conocido como Carniense (dentro del Triásico Superior), la Tierra experimentó un cambio climático drástico. Un episodio de lluvias intensas y generalizadas, llamado Episodio Pluvial del Carniense, transformó los áridos paisajes de la época en ambientes más húmedos.

Fue entonces, según un nuevo estudio publicado en la revista Gondwana Research, cuando los dinosaurios comenzaron a tomar el control de los ecosistemas terrestres, mucho antes de lo que indicaban los registros de huesos fósiles.

Un equipo internacional de paleontólogos liderado por Lorenzo Marchetti, del Museo de Historia Natural de Berlín, ha reexaminado en profundidad un yacimiento de huellas fósiles (icnitas) situado en la costa rocosa de Lerici, en la provincia de La Spezia (noroeste de Italia). Este lugar, conocido como el icnositio de Lerici, contiene pisadas impresas en rocas de la Formación Quarziti e Filladi, y ha resultado ser una pieza clave para reescribir la historia temprana de los dinosaurios.

Entorno geográfico y geológico. A. Ubicación del yacimiento de estudio cerca de
 Lerici (provincia de La Spezia, norte de Italia). B. Vista panorámica del yacimiento
de icnofósiles litorales. C. Perfil estratigráfico esquemático de la sucesión triásica
expuesta en Punta Bianca, a unos 10 km al sureste de Lerici.
Crédito: Giancarlo Molli / L. Marchetti et al. 2026
El análisis, que ha combinado técnicas de fotogrametría digital y escaneo por luz estructurada para crear modelos tridimensionales de las huellas, ha identificado la asociación de huellas de dinosaurios más antigua conocida hasta la fecha, dominada por un grupo llamado sauropodomorfos – los ancestros de los gigantescos dinosaurios de cuello largo, como el Brachiosaurus o el Diplodocus, pero en versiones más pequeñas y bípedas.

Un ecosistema de hace 230 millones de años al descubierto

Los investigadores han identificado cinco tipos diferentes de huellas fósiles en Lerici, lo que les ha permitido reconstruir la fauna que caminaba por aquella antigua llanura costera deltaica bajo un clima húmedo. Las huellas pertenecen a:

  • Dos tipos de sauropodomorfos (dinosaurios primitivos de cuello largo): identificados como Evazoum sirigui y Eosauropus cimarronensis.
  • Un tipo de terópodo (dinosaurio carnívoro bípedo): clasificado como Grallator isp., un pequeño dinosaurio similar al Velociraptor pero de época mucho más temprana.
  • Un tipo de pseudosuquio (reptil emparentado con los cocodrilos actuales): llamado Brachychirotherium parvum.
  • Un tipo de lepidosauromorfo (reptil similar a los lagartos): identificado como Rhynchosauroides isp.

Los tipos de huellas fósiles descubiertos. Crédito: L. Marchetti et al. 2026
Lo más relevante es que el 60% de las huellas pertenecen a dinosaurios (los dos tipos de sauropodomorfos y el terópodo), y de ellas, las más abundantes son las de los sauropodomorfos primitivos. Esto convierte a Lerici en el ejemplo más antiguo de un ecosistema dominado por dinosaurios. Como afirman los autores en sus conclusiones: La icnoasociación de Lerici es una de las más antiguas dominadas por Sauropodomorpha.

Los fósiles no solo sirven para saber qué animales vivieron, sino también para datar las rocas. Los paleontólogos utilizan la primera fecha de aparición (FAD, por sus siglas en inglés) de una especie o, en este caso, de un tipo de huella, como marcador temporal.

Dado que el icnositio de Lerici contiene la aparición más antigua conocida del icnogénero Evazoum (las huellas del sauropodomorfo), los autores proponen un nuevo sub-biocrono (una división del tiempo geológico basada en huellas) llamado sub-biocrono de Evazoum. Este periodo abarcaría desde el Tuvaliense (la parte final del Carniense) hasta el Rhaetiense (el último piso del Triásico), y sirve para correlacionar rocas de la misma edad en diferentes partes del mundo.

Rhynchosauroides isp. del yacimiento de huellas de Lerici. MSNUP I-16958.
Huellas aisladas, hiporrelieve convexo. A. Huella del pie derecho. B. Huella
de la mano derecha. C. Mapa de profundidad en falso color.
Crédito: L. Marchetti et al. 2026
Anteriormente, se consideraba que el gran grupo de los sauropodomorfos se diversificó en el periodo Noriense (posterior al Carniense). Sin embargo, este nuevo estudio, basado en las huellas, demuestra que su radiación evolutiva ya estaba en marcha a finales del Carniense, sincronizada con el mencionado Episodio Pluvial.

¿Cómo saber qué animal hizo cada huella? La clave está en el tobillo

Uno de los mayores desafíos de la paleontología es emparejar una huella fósil con el animal que la produjo. Para ello, los científicos comparan la anatomía del pie de los fósiles esqueléticos con la morfología de las huellas. En este estudio, los autores realizan una aportación crucial: la configuración del tobillo es lo que permite diferenciar claramente una huella de dinosaurio de una de pseudosuquio.

  • Pseudosuquios (cocodrilos y parientes): Poseen un tobillo «crurotarsal», que permite una rotación entre dos huesos (astrágalo y calcáneo). Además, su quinto dedo (el meñique del pie) tiene una forma de gancho y está muy separado del resto. Esto se refleja en huellas pentadáctilas (cinco dedos) donde la impresión del quinto dedo aparece claramente separada y en una posición más retrasada.
  • Dinosaurios primitivos (sauropodomorfos y terópodos): Tienen un tobillo «mesotarsal», más rígido y sin esa rotación. Su quinto dedo se redujo y perdió su función. Por ello, sus huellas son tetradáctilas (cuatro dedos) o tridáctilas (tres dedos), con todos los dedos juntos y una única almohadilla metatarsiana.

Gracias a esta distinción, los investigadores han podido reasignar correctamente las huellas de Lerici. Unas grandes huellas que en el pasado se atribuyeron a pseudosuquios (cocodrilos primitivos) resultaron ser, en realidad, del sauropodomorfo Eosauropus cimarronensis.

Implicaciones globales: una radiación carníense

Los investigadores no se limitan a Italia. Comparan sus hallazgos con el registro fósil de huesos de dinosaurio en Sudamérica (formaciones Santa María de Brasil e Ischigualasto de Argentina) y con otras huellas encontradas en Marruecos, Alemania, Australia y Estados Unidos.


La conclusión es que durante el Carniense (y coincidiendo con el episodio de lluvias), los sauropodomorfos ya estaban presentes y diversificándose en ambos hemisferios y en latitudes cercanas al ecuador. Esto contradice teorías anteriores que situaban su primera gran diversificación en el Noriense.

Esta icnofauna podría ser coetánea con el Episodio Pluvial del Carniense. La biodiversidad de los primeros dinosauromorfos y dinosaurios en el Hemisferio Norte parece ser mayor de lo que sugiere el registro de huesos fósiles, que se concentra en el Hemisferio Sur, concluye el artículo.

En otras palabras, el dominio de los dinosaurios no comenzó de forma gradual y tardía, sino de manera relativamente rápida y global, impulsado por un cambio climático que convirtió la Tierra en un mundo más húmedo y favorable para su evolución. Las huellas de la playa de Lerici, con sus 230 millones de años, son el testigo mudo de aquella antigua revolución ecológica.

FUENTES

Lorenzo Marchetti, Alberto Collareta, et al., The earliest dinosaur-dominated fauna? A reappraisal of the Carnian Lerici tracksite and the first global radiation of Sauropodomorpha. Gondwana Research, Volume 157, September 2026, Pages 72-89. doi.org/10.1016/j.gr.2026.04.010

labrujulaverde.com

sábado, 13 de junio de 2026

DESCUBREN UNA TORTUGA GIGANTE DEL FIN DE LA ERA DE LOS DINOSAURIOS EN PATAGONIA

Un equipo de paleontólogos argentinos, del que formaron parte investigadores del Museo Argentino de Ciencias Naturales, anunció el descubrimiento de una nueva especie de tortuga fósil que vivió hace unos 70 millones de años en la Patagonia. El hallazgo fue realizado en cercanías de la localidad de Arroyo Ventana en la  provincia de Río Negro, y aporta nueva información sobre la diversidad de reptiles en los últimos momentos de la era de los dinosaurios

Reconstrucción en vida de Patagoniaemys aeschyli por el artista Nawel vazquez 
La nueva especie, denominada Patagoniaemys aeschyli, pertenece a un grupo de tortugas extintas conocidas como Meiolaniformes, famosas por incluir formas robustas e incluso con cuernos en el cráneo. Estos animales habitaron principalmente en los continentes del hemisferio sur, como Sudamérica y Australia, durante gran parte de la historia geológica.

El ejemplar recuperado incluye partes del cráneo, caparazón y esqueleto, lo que permitió a los investigadores identificar características únicas. Entre ellas se destacan unas crestas longitudinales en el caparazón, rasgo distintivo que no se observa en otras especies conocidas del mismo grupo.

El estudio fue encabezado por investigadores del Laboratorio de Anatomía Comparada
y Evolución de los Vertebrados del Museo Argentino de Ciencias Naturales, Fundación
 de Historia Natural “Félix de Azara” y Museo “Egidio Feruglio” de la provincia de
Chubut. La tortuga será custodiada por el Museo Provincial “María Inés Kopp”,
 de la localidad de Valcheta.
Se trataba de una tortuga de tamaño considerable: su caparazón podía alcanzar unos 80 centímetros de largo. Su anatomía revela una combinación de rasgos primitivos y derivados, lo que la ubica dentro de una rama primitiva del grupo, y además sugiere que era una especie de hábitos posiblemente anfibios, que pasaría su tiempo tanto en tierra firme como en ríos o lagunas, en un ambiente que alguna vez fue un ecosistema diverso, donde convivían peces, ranas, serpientes, dinosaurios y una sorprendente variedad de pequeños mamíferos.

El término aeschyli hace referencia al antiguo dramaturgo Esquilo (525 a.C. – ca. 456 a.C.), uno de los más prolíficos escritores de obras de teatro de la antigua Grecia. Según una antigua leyenda, mientras escribía en las afueras de la ciudad de Gela, habría muerto al recibir el impacto del caparazón de una tortuga arrojada por un Quebrantahuesos, ave que acostumbra dejar caer quelonios desde gran altura para romper sus caparazones y alimentarse de ellos. Se dice que el animal habría confundido la cabeza calva del dramaturgo con una roca.

¿Qué pasó con las tortugas tras la extinción de los dinosaurios?

El estudio fue encabezado por investigadores del Laboratorio de Anatomía Comparada
y Evolución de los Vertebrados del Museo Argentino de Ciencias Naturales,
Fundación de Historia Natural “Félix de Azara” y Museo “Egidio Feruglio” de la
 provincia de Chubut. La tortuga será custodiada por el Museo Provincial
“María Inés Kopp”, de la localidad de Valcheta.
Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que indica que las tortugas de Patagonia no fueron severamente afectadas por la extinción masiva que marcó el final de los dinosaurios. Los datos indican que varias líneas diferentes de tortugas, incluyendo los Meiolaniformes, lograron sobrevivir el evento, mostrando una notable continuidad entre las faunas antes y después del evento de extinción.

Los investigadores aún desconocen por qué la gran extinción del meteorito no afectó a las tortugas. Una de las hipótesis indica que al ser animales de metabolismo muy bajo y que pueden tolerar épocas hostiles hibernando semienterrados en barro o en madrigueras, es posible que hayan sobrevivido de esta manera al impacto del meteorito.

macnconicet.gob.ar

Descubren un inmenso cementerio de ballenas con cientos de fósiles a miles de metros de profundidad

El hallazgo, hecho en el Índico, incluye restos de especies ya extintas. Según los investigadores, es el cementerio de cetáceos “más antiguo y a mayor profundidad” y sigue siendo fuente de vida

A 7.000 metros de profundidad se han encontrado centenares de fósiles de cetáceos.
En la imagen, caja torácica de una ballena Minke. Global TREnD, IDSSE

Investigadores chinos, italianos y un neozelandés han hecho un descubrimiento que podría ser uno de los del año. A una profundidad de 7.000 metros, han encontrado un enorme cementerio con restos de centenares de ballenas. Algunas cayeron allí hace tanto tiempo que su especie ya se ha extinguido, pero muchas siguen yendo a parar ahí en la actualidad. El hallazgo, cuyos detalles recoge Nature, la principal revista científica, va más allá: en estas profundidades del sureste del océano Índico, sin luz ni apenas sedimentos, los cetáceos muertos son fuente de vida, sustentando ecosistemas con infinidad de seres, muchos nuevos para la ciencia.

En tierra, los lugares donde los paleontólogos han encontrado las mayores concentraciones de fósiles suelen ser los lagos y meandros de los ríos del pasado. También en alguna cueva usada como refugio por humanos que llevaban hasta allí lo que cazaban. Pero en el mar la cosa se complica. O se trata de una zona emergida o el agua se lleva por delante todo rastro de los que mueren. Los peces, sus restos, no pueden con la química oceánica y es raro que les dé tiempo a fosilizar. En la historia natural, son pocos los animales marinos que, como algunos de los mamíferos, tienen la suficiente densidad ósea para que aguanten la erosión mientras se fosilizan. Por eso es tan extraordinaria la necrópolis de cetáceos hallada.

Ecosistema lleno de vida sobre los restos de una ballena que sirve de 
sustrato y fuente de alimento. IDESSE.
“La densidad de restos de ballenas alcanza los 759,5 individuos por kilómetro cuadrado”, dice Xiaotong Peng, investigador del Instituto de Ciencia e Ingeniería de Aguas Profundas de la Academia China de Ciencias (IDSSE, por sus siglas en inglés) y primer autor del estudio. Cuenta que han medido la superficie de la fosa, en la llamada fractura Diamantina, frente a las costas occidentales de Australia, estimando que tiene una extensión de 14.000 kilómetros cuadrados. “Esto significa que cerca de 10 millones de restos de ballenas podrían estar yaciendo en el lecho marino de esta fosa”, añade Peng.

Durante una serie de inmersiones de un equipo del IDSSE a bordo del buque de investigación Tansuoyihao, en 2023, un batiscafo inspeccionó el fondo de un tramo de unos 1.200 kilómetros de la Zona Diamantina. Buena parte del trayecto apareció salpicado de centenares de ballenas. Identificaron 485 de distintas especies. Encontraron incluso restos de cetáceos que habían muerto no hacía mucho a profundidades que oscilan entre los 4.616 y los 7.001 metros. Hasta ahora, el cementerio de ballenas más profundo conocido, en el Atlántico sur, apenas superaba los 4.200 metros.

“Sin duda, es el cementerio de ballenas más profundo jamás descubierto”, dice el investigador de la Universidad de Pisa (Italia) y coautor del estudio, Giovanni Bianucci. Y también es el más antiguo, “ya que ha estado activo durante cinco millones de años, como lo atestigua la datación isotópica de algunos restos fósiles”, detalla en un correo. De hecho, a una profundidad de 6.789 metros, encontraron el cadáver de un zifio, identificado como WF1, compuesto por tres vértebras alargadas. Se trata de la comunidad activa basada en una ballena más profunda registrada. Mientras, el esqueleto más grande encontrado, WF3, de unos cinco metros de longitud, es el de una ballena Minke antártica (Balaenoptera bonaerensis).

Los científicos creen que los distintos seres se mueven entre las carcasas de
ballenas. En la imagen, una especie emparentada con el 'Phyllodocida Nereis',
 un gusano marino. Global TREnD, IDSSE
La mayoría de los restos identificados son, por ahora, de zifios. Se trata de cetáceos odontocetos, es decir, con dientes, como las orcas o los delfines. En la actualidad hay unas 22 especies, aunque se conoce muy poco de estos animales y lo poco que se sabe procede de los varados en las playas. En el cementerio han encontrado varias especies de zifios, algunas ya extinguidas, pero otras siguen buceando los mares, como el zifio de Andrew y el de Layard, ambos presentes hoy en el sureste del océano Índico. Pero también hay grandes ballenas barbadas, como la de Minke o una extinguida y desconocida hasta ahora que han llamado Pterocetus diamantinae, lejanamente emparentada con la P. colossus, el mayor animal que ha habido en la Tierra.

“En cuanto a por qué mueren aquí, la razón es bastante compleja”, dice Xikun Song, investigador también del IDSSE y coautor del estudio. En realidad, apuntan varias razones. “La zona sirve de hábitat o corredor migratorio para los cetáceos”, recuerda Song. Por su forma, un enorme y largo cañón, el fondo serviría como sumidero de los animales que murieran arriba. Con el paso del tiempo, los restos orgánicos más pequeños se descompondrían, quedando solo los más grandes, los huesos de los cetáceos. La mayor densidad ósea entre los mamíferos marinos la tienen, precisamente, los zifios, que son también las especies más abundantes en el cementerio de ballenas. Además, estos animales incurren en prácticas de riesgo yendo en busca de su pieza preferida, los calamares, hasta el punto de jugarse la vida: “Los zifios que se sumergen a más de 3.000 metros de profundidad pueden alcanzar sus límites fisiológicos, lo que aumenta el riesgo de agotamiento mortal o por descompresión”, completa el investigador chino.

Hay otra cosa que han descubierto: estos cementerios de ballenas están llenos de vida. Una región tan profunda, sin luz y sin apenas sedimentos, debería ser un desierto orgánico. Pero las ballenas muertas son el sustrato de ecosistemas tan nuevos que apenas se conoce a sus integrantes. En las inmersiones han encontrado estrellas de mar, bivalvos, gusanos especializados en perforar huesos...

“No existe productividad primaria en los abismos marinos porque allí no penetra la luz, no hay fotosíntesis”, recuerda Natacha Aguilar de Soto, investigadora del Centro Oceanográfico de Canarias (IEO/CSIC) y gran experta en cetáceos, en particular en zifios. “Por ello las comunidades profundas viven del maná que llueve desde aguas más someras. La caída de una carcasa de cetáceo, de varias toneladas, es un regalo del cielo, una enorme fuente de alimento que dispara la productividad secundaria al alimentar a carroñeros y detritívoros, que a su vez atraen a especies carnívoras", explica Aguilar de Soto, que no ha participado en este trabajo. Para ella, este trabajo subraya el papel clave de los cetáceos: “En vida realizan transporte de nutrientes latitudinal y vertical en la columna de agua, fertilizando zonas de menor productividad natural desde áreas ricas. Una vez muertas, su labor de fertilización continúa en los fondos marinos desde las plataformas costeras hasta las fosas abisales”.

elpais.com

viernes, 12 de junio de 2026

Un fósil de hace 120 millones de años encontrado en China revela que un primo del velociraptor cazaba como una ardilla voladora

'Jian changmaensis'

El dinosaurio planeaba como las ardillas voladoras para atacar a sus presas. De hecho, el estudio ha identificado que no poseía dos, sino cuatro alas

Ilustración del nuevo velocirraptor documentado en China
(Lewis LaRosa/Jão Canola)
Un extraordinario descubrimiento paleontológico en el noreste de China ha revelado la identidad de un depredador que acechaba a las aves primitivas hace 120 millones de años. El hallazgo, difundido a través de un artículo científico en la revista norteamericana Annals of Carnegie Museum, describe a un pariente cercano del Velocirráptor que poseía la asombrosa capacidad de desplazarse por el aire de manera idéntica a las ardillas voladoras actuales (Pteromyini). Los investigadores consiguieron identificar este nuevo espécimen a partir de un fragmento óseo fosilizado correspondiente a la extremidad superior. Los restos se localizaron en la cuenca de Changma, un entorno geológico situado en la provincia de Gansu que destaca a nivel internacional por albergar cientos de restos pertenecientes a aves prehistóricas que convivieron con los grandes reptiles en el Cretácico.

El cazador de Changma

Durante décadas, los geólogos hallaron en este yacimiento acumulaciones de huesos aviares triturados muy similares a las egagrópilas que generan los búhos modernos. La comunidad científica sospechaba que algún tipo de carnívoro generaba estos restos compactados al alimentarse de las especies voladoras más pequeñas, pero carecía de una prueba biológica concluyente para demostrar la existencia de este esquivo depredador.

La nueva especie ha recibido el nombre oficial de Jian changmaensis en alusión a una criatura alada de la mitología tradicional china y al entorno geográfico del hallazgo. El animal pertenece a los microrraptores, un grupo de dinosaurios dromeosáuridos caracterizados por su agilidad, velocidad y por poseer un denso plumaje que cubría la totalidad de sus extremidades anteriores y posteriores.

 "Es el único dinosaurio encontrado en este sitio que no era un pájaro, era un carnívoro, y era mucho más grande que todo lo demás que hemos encontrado allí", declaró Jingmai O'Connor, paleontóloga del Field Museum de Chicago y autora principal del estudio, al valorar la enorme trascendencia ecológica que presenta este nuevo espécimen.

Un planeador en el Cretácico

A pesar de que el resto estudiado mide unos 10 cm, el análisis osteológico determinó que el ejemplar poseía una envergadura de 1,2 metros. El tamaño de este carnívoro resulta equiparable al de una lechuza común actual, una dimensión muy superior a la del resto de sus parientes evolutivos directos hallados en el continente asiático, que habitualmente presentaban un volumen similar al de un cuervo. La disposición de sus plumas generaba una estructura anatómica que simulaba tener cuatro alas independientes, óptimas para ejecutar desplazamientos aéreos. "Jian y los otros microrraptores probablemente no eran capaces de un vuelo verdadero y propulsado, pero probablemente podrían planear como una ardilla voladora", aclaró Jingmai O'Connor para detallar el método de locomoción empleado por este animal en los bosques prehistóricos.

El espécimen representa el primer dinosaurio no aviar detectado en la zona, aportando un contexto fundamental sobre el entorno donde surgieron los antepasados de las aves actuales. El doctor Matt Lamanna, paleontólogo del Museo de Historia Natural Carnegie, remarcó que gracias al descubrimiento de este depredador finalmente se conoce qué animal se alimentaba de las aves primitivas del yacimiento.

"El que no llora no mama", versión dinosaurios: descubren que el Spinosaurus necesitaba llorar para cazar a sus presas en el mar

Un reciente estudio indica que estos grandes carnívoros desarrollaron glándulas lagrimales específicas para excretar el exceso de sal del entorno marino.

Un Spinosaurus con cresta dorsal nadando en aguas pantanosas. Davide Bonadonna
“El que no llora no mama” es un refrán o dicho popular que significa que, para conseguir algo en la vida, es necesario pedirlo e insistir hasta hacerse notar, como lo hace un bebé que llora con el único objetivo de ser amamantado por su madre. Una conducta intrínsecamente ligada a los seres humanos y otros mamíferos, pero que podría aplicarse a algunos grandes dinosaurios, como el Spinosaurus. Al menos, así lo asegura un artículo recientemente publicado en la revista Historical Biology.

Empecemos por el principio para entenderlo mejor. A lo largo de los últimos años, los paleontólogos han debatido intensamente el verdadero estilo de vida del Spinosaurus y sus parientes más cercanos, como el Baryonyx walkeri o el Irritator challengeri. Sus característicos hocicos alargados, que guardan un gran parecido con la anatomía de los cocodrilos modernos, sugerían una existencia ligada al agua, aunque no se había determinado con precisión si eran nadadores activos o meros cazadores de ribera.

El descubrimiento del equipo de científicos liderado por Andrea Cau, experto adscrito al Museo Paleontológico OPHIS, se centra en una pequeña, pero crucial estructura anatómica en el cráneo. Tras examinar minuciosamente fragmentos óseos procedentes de Marruecos, Brasil y el Reino Unido mediante tomografías computarizadas, se identificó una notable depresión ósea situada justo encima de la órbita de los ojos.

Adaptación a entornos salinos

Esta particular cavidad albergaba una glándula de sal especializada, un órgano indispensable para que los animales que habitan o capturan presas en medios marinos filtren el sodio de su sangre. En la fauna actual, diversas familias de aves marinas recurren de manera habitual a un sistema idéntico para purificar el organismo, expulsando el cloruro de sodio sobrante mediante un fluido denso por los ojos.

"En ambientes de alta salinidad, estas glándulas ayudan a los animales a resolver el problema de la excreción de sal", afirmó Andrea Cau al respecto. Los datos geológicos de la investigación respaldan esta hipótesis evolutiva, puesto que los restos fósiles con esta cavidad proceden de antiguos litorales costeros, mientras que los ejemplares de agua dulce carecen de dicha fosa.

Esta flexibilidad fisiológica demuestra que los espinosáuridos expandieron su nicho ecológico hacia zonas salobres, superando las limitaciones biológicas de otros reptiles continentales de la época. No obstante, la revolucionaria propuesta científica sobre este llanto salino ha generado opiniones encontradas y ha reabierto las discusiones en los principales centros académicos internacionales.

Controversias paleontológicas

El investigador Paul Sereno, paleontólogo de la Universidad de Chicago, se muestra escéptico y advierte que la supuesta marca ósea no es una constante en todos los cráneos analizados. Para este experto, la ausencia del rasgo en piezas similares recuperadas en el norte de África sugiere que podría tratarse de una simple deformación del fósil debida al paso del tiempo.

Por otro lado, David Martill, científico de la Universidad de Portsmouth, argumenta que la presencia de la glándula apoya la teoría de una existencia acuática prolongada en el tiempo. Sea como nadadores experimentados o como depredadores que acechaban de pie en la orilla, este mecanismo biológico demuestra que la fisiología de estas criaturas era mucho más compleja de lo que se creía.