viernes, 1 de mayo de 2026

CONFERENCIA: GEOLODÍA · Geología y cine: escenarios de película en la cinematografía

Viernes 8 de mayo de 2026 · 20:15 h · Salón de actos · Museo de la Evolución Humana 

Cada año se realiza un Geolodía por cada provincia. Estos eventos tienen lugar en entornos de gran interés geológico y ofrecen una información sencilla pero rigurosa. Permiten ver esos lugares con “ojos geológicos” y entender cómo funciona la Tierra sobre la que vivimos. En colaboración con Colectivo Arqueológico-Paleontológico Salense; Asociación Cultural Sad Hill; Asociación Geocientífica de Burgos y Universidad de Salamanca.

Y el domingo 10 de mayo de 2026 en el Geolodía '26 Burgos nos trasladamos al pueblo de Carazo con Geolodía Burgos 26: Carazo: Un valle de cine con caballeros, cowboys y mucha geología:


























geolodia.com

Qué tienen en común las aves y los dinosaurios: la respuesta está en sus genes dormidos, según la ciencia

Steve Brusatte, de la Universidad de Edimburgo, detalla cómo más de un siglo de fósiles, análisis de ADN y experimentos embrionarios confirman un linaje evolutivo directo con los terópodos prehistóricos

El paleontólogo Steve Brusatte destaca en New Scientist que las aves actuales
descienden directamente de dinosaurios terópodos como el Velociraptor
 (Imagen Ilustrativa Infobae)
Los dinosaurios no desaparecieron del todo hace 66 millones de años: las aves son su único linaje sobreviviente, y así lo explicó el paleontólogo Steve Brusatte, de la Universidad de Edimburgo, en el pódcast de la revista New Scientist.

Según el experto, estas especies descienden directamente de los dinosaurios terópodos, parientes cercanos del Velociraptor, una filiación respaldada por fósiles, análisis genéticos y experimentos de desarrollo embrionario acumulados durante más de un siglo de investigación.

Brusatte también reveló una paradoja personal: de niño sentía temor hacia las aves, especialmente ante las gaviotas, por sus movimientos, alas abiertas y graznidos. Fue precisamente el conocimiento de su historia evolutiva lo que transformó ese recelo en fascinación. “Aprendí la historia de cómo evolucionaron las aves y eso me dio una nueva perspectiva, porque son animales”, afirmó el paleontólogo.

El linaje dinosaurio de las aves

Con más de diez mil especies vivas, las aves representan una diversidad sin par entre los vertebrados terrestres. Para Brusatte, reconocerlas como dinosaurios transforma la manera en que se las percibe: “Son animales que rompieron las ataduras de la Tierra y conquistaron el aire. Cuando las reconocemos como dinosaurios, las valoramos mucho más, pues conservan un linaje evolutivo”, señaló en el pódcast.

El linaje dinosauriano de las aves queda demostrado por fósiles transicionales
con plumas, garras y colas largas, descubiertos en varios continentes
 (Imagen Ilustrativa Infobae)


Su vínculo con los dinosaurios no es metafórico, sino genealógico. “Las aves son dinosaurios; es una cuestión genealógica. Son el único grupo de dinosaurios que logró sobrevivir”, explicó Brusatte, quien comparó esta relación con la de una familia cuyos miembros, aunque dispersos, siguen perteneciendo al mismo linaje.

Descienden de dinosaurios similares al velociraptor —distintos del Tyrannosaurus rex o el Triceratops— y fueron las únicas que supieron adaptarse tras el impacto del asteroide hace 66 millones de años: se hicieron pequeñas, desarrollaron alas y conquistaron el aire mientras sus parientes gigantes desaparecían.

Fósiles y genética que prueban la evolución de las aves

Las pruebas del parentesco entre aves y dinosaurios se remontan a la época de Charles Darwin, cuando el naturalista Thomas Henry Huxley identificó similitudes óseas entre reptiles, aves y fósiles antiguos. Brusatte señaló que en su laboratorio de Edimburgo trabaja con fósiles jurásicos y que en distintas partes del mundo existen fósiles transicionales de aves primitivas con rasgos mixtos: plumas, alas y hueso furcula, pero también dientes, garras y largas colas.

El ADN moderno y experimentos embrionarios prueban que las aves
comparten genes con reptiles y mantienen rasgos dinosaurianos inactivos
 (Imagen Ilustrativa Infobae)
El Archaeopteryx, el ave más antigua conocida con cerca de 150 millones de años, sintetiza esa dualidad: “Tenía plumas, alas, huesos huecos, pero también dientes y garras. Es el eslabón perfecto entre dinosaurio y ave”, puntualizó el paleontólogo.

La genética moderna reforzó esa conexión. El análisis del ADN de especies actuales demostró que las aves se ubican dentro del grupo de los reptiles, más cercanas a los cocodrilos que estos a las serpientes o tortugas. Los experimentos en embriones de aves fueron más lejos: al activar genes dormidos, algunos polluelos desarrollaron dientes, lo que indica, según Brusatte, que “los genes dinosaurianos siguen presentes, solo que inactivos".

Aves gigantes y adaptaciones tras la extinción de los dinosaurios

Tras la extinción masiva que eliminó al 75% de las especies, las aves aprovecharon los nichos ecológicos vacíos y se diversificaron con rapidez. Algunas abandonaron el vuelo y alcanzaron tamaños colosales; otras conquistaron los océanos.

Entre los ejemplos más llamativos que citó Brusatte figuran pingüinos del tamaño de gorilas que dominaron los mares de Australia, Nueva Zelanda y Sudamérica, con picos largos y afilados; las llamadas aves del terror sudamericanas, que superaban en altura al ser humano y fueron los grandes depredadores de ese continente-isla; y los “patos demonio” australianos, parientes gigantescos de patos y gallinas actuales que convivieron con los primeros humanos, como evidencian restos de cáscaras de huevo calcinadas en antiguos fogones.

El pelagornis representa otro extremo de esa diversificación: un ave extinta con una envergadura de más de seis metros que sobrevoló el planeta durante cerca de 60 millones de años antes de desaparecer con los enfriamientos del Pleistoceno. “Vivió como una especie de cometa gigante, volando por todo el mundo”, describió Brusatte en el pódcast de New Scientist.


Inteligencia y futuro evolutivo de las aves

Brusatte advierte sobre el riesgo de extinción de las aves por la crisis ambiental,
pero confía en su capacidad de adaptación evolutiva (Imagen Ilustrativa Infobae)
Lejos del insulto popular “cerebro de pájaro”, Brusatte defendió que muchas aves rivalizan con los mamíferos en capacidades cognitivas. Su equipo contó neuronas en cerebros de cuervos, loros y córvidos, y encontró cifras comparables a las de los primates.

Los experimentos respaldan esa conclusión: cuervos capaces de resolver acertijos complejos y planificar acciones a futuro demuestran, según el paleontólogo, que “si analizamos la inteligencia de los mamíferos, debemos aceptar que las aves están a esa altura”.

Ante la crisis ambiental actual y la pérdida acelerada de poblaciones de aves, especialmente en América del Norte, Brusatte apostó por la resiliencia del grupo. “Las aves sobrevivieron al asteroide gracias a su adaptabilidad y, aunque enfrentan serios desafíos hoy, seguirán adaptándose”, afirmó.

Para ilustrar ese asombro, recurrió a una imagen cotidiana: observar a un reyezuelo —el ave más diminuta de Europa, apenas mayor que una uva— le recuerda que esos pequeños animales encarnan la herencia de un linaje que lleva millones de años en la Tierra.

infobae.com

domingo, 26 de abril de 2026

Geolodía Burgos 26: Carazo: Un valle de cine con caballeros, cowboys y mucha geología

Lugar: Carazo.

Fecha: Domingo 10 de mayo de 2026.

Punto de encuentro: Pista de petanca de Carazo a las 10:00h.

Qué es Geolodía

Geolodía es una iniciativa de divulgación en la que se realizan excursiones geológicas de campo guiadas por geólog@s, gratuitas y abiertas a todos los públicos.

Cada año se realiza un Geolodía por cada provincia el primer o segundo fin de semana de mayo. Los Geolodías tienen lugar en entornos de gran interés geológico y ofrecen una información sencilla pero rigurosa. Permiten ver esos lugares con “ojos geológicos” y entender cómo funciona la Tierra sobre la que vivimos y de cuyos recursos naturales dependemos. Quienes participan comprenden también el valor de nuestro patrimonio geológico y la necesidad de protegerlo.


























Guía de campo: descargar aquí.

Ruta: cliquea aquí.

geolodia.es

sábado, 25 de abril de 2026

Descubren que Muttaburrasaurus, el popular dinosaurio australiano de hace 96 millones de años, escondía una habilidad inesperada en su enorme nariz

El análisis del cráneo de este coloso australiano revela cómo comía, cómo se movía y por qué fue mucho más singular de lo que se creía.

Muttaburrasaurus langdoni aparece a la izquierda en una recreación de hace unos
96 millones de años. La escena también muestra a un depredador megaraptórido,
pequeños ornitópodos y aves enantiornitas compartiendo aquel ecosistema
australiano. Ilustración: James Kuether

No todos los dinosaurios herbívoros fueron animales lentos y previsibles. Algunos desarrollaron soluciones anatómicas tan extrañas que aún hoy desconciertan a la ciencia. Eso es precisamente lo que acaba de ocurrir con Muttaburrasaurus langdoni, uno de los fósiles más emblemáticos de Australia.

Este gran ornitisquio vivió hace unos 96 millones de años en lo que hoy es Queensland, cuando buena parte del interior del continente estaba cubierto por el antiguo mar de Eromanga. Desde que su esqueleto fue hallado en 1963 cerca de la localidad de Muttaburra, su figura quedó asociada a una pregunta recurrente: ¿para qué servía aquella enorme protuberancia nasal?

Durante décadas se pensó que se trataba de una rareza evolutiva difícil de interpretar. También se asumía que, como otros grandes herbívoros de su tiempo, poseía un pico sin dientes en la parte frontal del hocico, útil para arrancar vegetación sin demasiada precisión.

Sin embargo, un nuevo trabajo publicado en PeerJ y liderado por Matthew C. Herne, tal y como indica el propio estudio, ha revisado el cráneo completo mediante tomografía computarizada, modelos tridimensionales y análisis internos imposibles de realizar hace solo unos años. El resultado cambia de forma profunda la imagen clásica del animal.

Un gigante mucho menos simple de lo que parecía

Los investigadores reconstruyeron regiones del cráneo que estaban incompletas o mal comprendidas. También localizaron fragmentos fósiles recuperados recientemente en el mismo yacimiento del ejemplar original. Esa combinación permitió reinterpretar la cara del dinosaurio con una precisión inédita.

Ilustración realizada por Matt Herne
Lo primero que sorprendió al equipo fue que su hocico no estaba diseñado para alimentarse de cualquier planta disponible. La forma estrecha de la parte delantera sugiere una selección cuidadosa del alimento, más propia de un consumidor especializado que de un gran ramoneador indiscriminado.

Además, el estudio del oído interno apunta a que este animal quizá alternaba posturas. Aunque era robusto, algunas proporciones recuerdan a dinosaurios capaces de desplazarse con agilidad sobre dos patas cuando la situación lo requería, mientras usaría las extremidades delanteras para alimentarse cerca del suelo.

La visión también encaja con un herbívoro vigilante. Sus ojos estaban colocados para ofrecer un amplio campo lateral, útil para detectar depredadores en espacios abiertos. El campo frontal, en cambio, habría sido más limitado.

El secreto estaba dentro de la nariz

La gran revelación llega al analizar la famosa joroba nasal. Tal y como ha revelado el equipo, esa estructura no era simplemente hueso macizo ni una ornamentación llamativa. En realidad estaba formada por elementos óseos poco comunes y por un complejo sistema de cavidades aéreas.

Esas cámaras se situaban por encima del conducto principal de respiración y probablemente ralentizaban el flujo del aire inhalado. ¿Por qué importa eso? Porque aumentar el tiempo de paso del aire puede mejorar la captación de olores.

El dato encaja con otro hallazgo decisivo: los bulbos olfativos del cerebro, responsables del procesamiento del olor, eran extraordinariamente grandes para un dinosaurio de este tipo. En otras palabras, Muttaburrasaurus parece haber tenido un olfato muy desarrollado.

Eso habría sido útil para encontrar plantas nutritivas en ambientes cambiantes, orientarse en paisajes costeros, detectar peligros a distancia o incluso reconocer a otros individuos.

Tal y como indica el estudio, las cavidades internas de la nariz podrían haber mejorado de forma notable el sentido del olfato, algo poco habitual en un gran dinosaurio herbívoro.

Y entonces aparecieron los dientes ocultos

Cuando el lector cree haber llegado al principal descubrimiento, aparece otro aún más llamativo. El supuesto pico sin dientes nunca existió tal como se imaginaba.

Los nuevos restos muestran que la parte frontal del hocico conservaba dientes bien desarrollados. Según el estudio, poseía cinco alveolos en la premaxila, una condición más primitiva que la de otros grandes ornitisquios posteriores.

El paleontólogo Matthew Herne en el yacimiento de Muttaburrasaurus (izquierda),
la coautora Vera Weisbecker en la Universidad de Flinders (centro) y Joseph Bevitt
preparando un fragmento de mandíbula de Muttaburrasaurus langdoni para su escaneo
 en la línea de luz médica y de imagen del Sincrotrón Australiano (derecha).
 Fotos: Chris Rohan/M Herne (UNE)
Esto sugiere que podía seleccionar hojas, semillas o brotes con mucha mayor precisión. Incluso los autores plantean que no puede descartarse el consumo ocasional de pequeños invertebrados, algo oportunista pero plausible en ecosistemas costeros ricos en recursos.

Sus dientes posteriores, además, no estaban preparados para cortar como cuchillas, sino para triturar y moler, de forma comparable a la masticación de grandes herbívoros actuales.

El estudio también sugiere que vivía en zonas próximas al antiguo mar interior de Eromanga, un entorno muy distinto de la Australia actual.

Un dinosaurio que obliga a revisar el árbol evolutivo

La combinación de hocico dentado, olfato avanzado y anatomía singular también afecta a su parentesco evolutivo. Muttaburrasaurus podría representar una rama más temprana y peculiar de los ornitópodos de lo que se creía.

Eso explica por qué siempre resultó tan difícil encajarlo entre especies famosas del hemisferio norte. No era una copia australiana de Iguanodon ni de los hadrosaurios: seguía su propio camino evolutivo.

Noventa y seis millones de años después, este dinosaurio de nariz imposible acaba de demostrar que aún quedan sorpresas escondidas dentro de los fósiles más conocidos. Y a veces basta mirar dentro del cráneo para descubrir que un viejo gigante nunca fue como pensábamos.

Referencias

M.C. Herne et al. 2026. Cranial anatomy, palaeoneurology, palaeobiology and stratigraphic age of the large-bodied ornithopod, Muttaburrasaurus langdoni Bartholomai and Molnar, 1981, from the mid-Cretaceous of Australia. PeerJ 14: e20794; doi: 10.7717/peerj.20794

muyinteresante.okdiario.com

B.I.B| MUSEO DE LOS DINOSAURIOS, SALAS DE LOS INFANTES 17-04-2026

cyltv.es / La 8 Burgos

Reportaje que grabó hace unos días La 8 Burgos de cyltv.es en el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos) y sus nuevas instalaciones. 

Con Verónica González, Fidel Torcida, director del museo y parte del equipo del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes.


youtube.com

viernes, 24 de abril de 2026

Bicharracosaurus: El nuevo gigante jurásico de Chubut que homenajea al poblador rural que lo halló

La nueva especie, Bicharracosaurus dionidei, es un dinosaurio herbívoro de cuello largo que fue nombrada en honor a Dionide Mesa, el poblador rural que encontró sus restos y a su particular forma de referirse a ellos. El descubrimiento aporta claves sobre la diversidad de dinosaurios que habitaron la Patagonia hace unos 160 millones de años.

Alexandra Reutter junto a fósiles de Bicharracosaurus dionidei en el laboratorio
de preparación del MEF. Créditos: Amalia Villafañ
“Dionide vive solo y se mueve a caballo por el campo. Cada vez que encontraba fósiles nos avisaba y decía: ‘¡Encontré un bicharraco!’, y nos llevaba hasta el lugar. A veces hablaba de una ‘paleta’, y era una escápula; otras de un ‘costillar’, y terminábamos encontrando vértebras con costillas asociadas”, recuerda José Luis Carballido (CONICET–MEF), coautor del estudio. Los primeros restos que Dionide descubrió de Bicharracosaurus fueron los de un costillar, del que asomaban vértebras aún articuladas en el terreno.

El nombre del dinosaurio combina “bicharraco”, un término coloquial que Dionide utilizaba para referirse a sus hallazgos, con el término griego saurus (“lagarto”), mientras que dionidei hace referencia a su nombre. “El nombre no solo es un homenaje a él, sino también a todas las personas de campo que colaboran en estos descubrimientos”, agrega Carballido.

Vértebras de Bicharracosaurus en preparación en el laboratorio del MEF.
Los fósiles pertenecen a un solo individuo del que se preservaron parte de la columna vertebral, costillas dorsales y fragmentos de la cadera. “Sabemos que Bicharracosaurus es un dinosaurio adulto que pudo haber alcanzado unos 15 metros de largo y cerca de 20 toneladas de peso”, explica Carballido. “Lo más distintivo son sus espinas neurales —las proyecciones óseas sobre las vértebras—. Mientras que en la mayoría de los saurópodos son más anchas que largas, en este dinosaurio están comprimidas y alargadas de adelante hacia atrás”.

“Desde el punto de vista evolutivo, Bicharracosaurus pertenece a los Macronaria, un grupo de saurópodos con origen en el Jurásico y que luego dominaría los ecosistemas terrestres hasta el final del Cretácico. Entre sus representantes más conocidos se encuentran dinosaurios gigantes como Brachiosaurus y Patagotitan. Su hallazgo es especialmente importante porque los registros jurásicos en el hemisferio sur de este grupo son muy escasos”, detalla.

Inicio de la excavación.
El hallazgo proviene de yacimientos jurásicos al noroeste de la provincia del Chubut, en la Formación Cañadón Calcáreo de unos 160 millones de años. Esta unidad geológica, reconocida a nivel internacional, es una verdadera ventana al Jurásico en Gondwana. “Es una edad de la que tenemos muy pocos registros de dinosaurios en el hemisferio sur, por lo que cada descubrimiento nos aporta información clave”, señala Carballido.

Desde hace más de dos décadas, paleontólogos del CONICET y del Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) realizan trabajos de campo en esta región junto a investigadores de otras instituciones, con el apoyo de la Fundación Alemana de Investigación (DFG). Gracias a estos trabajos se han descubierto varios dinosaurios, entre ellos el saurópodo Tehuelchesaurus benitezii, Brachytrachelopan mesai —con un cuello inusualmente corto— y restos que sugieren la presencia de otros grandes saurópodos e incluso de un estegosaurio. En ese contexto, Bicharracosaurus dionidei se suma a la lista de especies que permiten reconstruir la diversidad de dinosaurios que habitaron la Patagonia hace millones de años.

Dionide Mesa, descubridor de los fósiles de Bicharracosaurus.
Este nuevo dinosaurio no solo amplía el conocimiento sobre los herbívoros del Jurásico patagónico, sino que también aporta pistas sobre la evolución temprana de los saurópodos que, millones de años después, darían lugar a gigantes como el Patagotitan.

El trabajo publicado en la revista científica PeerJ fue realizado por: Alexandra Reutter (LMU München), José Luis Carballido (CONICET–MEF), Guillermo Windholz (CONICET–IIPG, UNRN), Diego Pol (CONICET–MACN) y Oliver W. M. Rauhut (LMU München; BSPG; GeoBioCenter LMU), con apoyo financiero de la Fundación Alemana de Investigación (DFG).

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Un estudiante rescata un fósil olvidado y descubre una especie más antigua que el tiranosaurio rex

Un fragmento de cráneo hallado en 1982 en Nuevo México revela una nueva especie de dinosaurio carnívoro

Un estudiante rescata un fósil olvidado y descubre una nueva especie
de carnívoro. (Freepik)

Un fósil que llevaba décadas almacenado sin apenas atención en el Museo Carnegie de Historia Natural ha cambiado lo que se sabía sobre los primeros dinosaurios carnívoros. El hallazgo, protagonizado por Simba Srivastava, un estudiante de Virginia Tech, ha permitido identificar una nueva especie llamada Ptychotherates bucculentus, que vivió hace aproximadamente 210 millones de años, es decir, en el Triásico tardío, mucho antes de la aparición del Tiranosaurio rex.

El fósil, un fragmento de cráneo de apenas 22 centímetros procedente de Nuevo México, había sido recuperado en 1982 en el conocido yacimiento de Ghost Ranch. Sin embargo, tras su extracción, quedó archivado y olvidado durante décadas. No fue hasta hace unos años cuando Srivastava decidió revisarlo en detalle dentro de un proyecto académico, sin imaginar la relevancia del material que tenía delante.

Un fósil olvidado en un cajón

El cráneo, aplastado y parcialmente incrustado en roca, parecía a simple vista un fragmento poco prometedor. Sin embargo, el uso de tecnología de tomografía computarizada permitió a los investigadores reconstruirlo digitalmente sin dañarlo. Esta técnica, basada en rayos X, hizo posible observar la anatomía interna del fósil con un nivel de detalle imposible mediante métodos tradicionales.

Reconstrucción digital del cráneo de Ptychotherates bucculentus. 
(Simba Srivastava)

Durante dos años, Srivastava analizó cientos de fragmentos óseos en su ordenador hasta lograr una reconstrucción tridimensional completa. El resultado reveló algo inesperado: el fósil pertenecía a una especie desconocida de dinosaurio carnívoro primitivo, relacionada con los herrerasaurios, uno de los linajes más antiguos de dinosaurios depredadores.

El estudio, publicado en la revista Papers in Palaeontology, destaca que este ejemplar es único en el mundo, lo que lo convierte en una pieza clave para entender cómo eran los ecosistemas del Triásico, cuando los dinosaurios aún no dominaban la Tierra.

Un depredador del Triásico

El Ptychotherates bucculentus vivió en un mundo muy distinto al que se asocia con los dinosaurios más conocidos. En aquella época, los grandes depredadores no eran aún los tiranosaurios ni los velociraptores, sino formas más primitivas que compartían el entorno con antepasados de cocodrilos y los primeros mamíferos.

Según el estudio, este dinosaurio habitó lo que hoy es el suroeste de Estados Unidos y medía relativamente poco en comparación con otros depredadores posteriores. Su cráneo presentaba características muy singulares: una cara ancha y aplanada, con huesos de la mejilla extremadamente desarrollados. Esto llevó al equipo a apodarlo informalmente como el “murder muppet” o “títere asesino”.

El análisis detallado del hueso de la mejilla reveló una anatomía inusual. En particular, el jugal alcanzaba los 29 milímetros de altura, más del doble que el de especies cercanas como Tawa hallae o Daemonosaurus chauliodus. Además, su dentadura mostraba finas serraciones que habrían facilitado la caza de presas pequeñas.

Un ecosistema antes de la gran extinción

El hallazgo también aporta información clave sobre el contexto ambiental en el que vivió esta especie. Hace unos 210 millones de años, la Tierra se encontraba cerca del final del Triásico, justo antes de una de las grandes extinciones masivas que transformarían por completo la vida en el planeta.

El cráneo holotipo de Ptychotherates bucculentus.
(Simba Srivastava)
En ese momento, los dinosaurios todavía no eran los animales dominantes. Competían por recursos con otros grupos de reptiles y con los primeros mamíferos. Sin embargo, algunos ecosistemas, como el de Ghost Ranch, pudieron actuar como refugios donde linajes antiguos sobrevivieron más tiempo que en otras regiones del mundo.

Srivastava explicó la importancia del descubrimiento con una reflexión que resume el valor del fósil: “Todos esos miles de millones de individuos que existieron a lo largo del tiempo están representados por este único ejemplar”, según recoge Quo.

Un nuevo capítulo en la evolución

El estudio sugiere que Ptychotherates bucculentus pertenece a una línea evolutiva primitiva que habría desaparecido con la gran extinción del final del Triásico. Su identificación no solo amplía el conocimiento sobre los primeros dinosaurios carnívoros, sino que también ayuda a reconstruir cómo evolucionaron hasta dar lugar a los grandes depredadores del Jurásico y el Cretácico.

El fósil, actualmente conservado en el Museo Carnegie de Historia Natural, se ha convertido en una pieza fundamental para comprender un periodo clave de la historia de la vida en la Tierra. Lo que comenzó como un hallazgo olvidado en un cajón ha terminado por ofrecer una ventana única a un pasado remoto en el que los dinosaurios aún estaban lejos de convertirse en los reyes del planeta.

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