miércoles, 4 de noviembre de 2026

Encuentran, por primera vez, sangre de dinosaurio de hace 115 millones de años

El hallazgo de glóbulos rojos y moléculas de la sangre fosilizadas en un fémur de Aratasaurus en Brasil reescribe nuestra comprensión sobre la conservación de fósiles y abre una nueva vía para estudiar la biología de estos gigantes del pasado

En la ilustración, glóbulos rojos individuales conservados en material óseo de
las extremidades del dinosaurio terópodo Aratasaurus. (Victor O. Leshyk)
Huesos, dientes, cuernos, conchas, madera, polen, esporas, piel, plumas, pelo, escamas, músculos, tendones... La lista de los tejidos que pueden llegar a convertirse en fósiles y resistir así el embate del tiempo es sorprendentemente larga. Sin embargo, nadie habría apostado por la posibilidad de que la sangre, un tejido líquido y extremadamente lábil, pudiera algún día formar parte de ella.

Hasta ahora. Un equipo internacional de investigadores dirigido por la Universidad australiana de Curtin acaba de descubrir evidencias químicas de glóbulos rojos fosilizados y moléculas relacionadas con la sangre en los huesos de un dinosaurio que vivió hace 115 millones de años.

Y no se trata simplemente de pequeñas estructuras que recuerdan a células sanguíneas, algo que otros científicos ya habían descrito anteriormente, sino de la identificación de compuestos moleculares característicos de la sangre. El hallazgo cambia nuestra comprensión de lo que puede conservarse en un fósil y durante cuánto tiempo pueden sobrevivir determinadas moléculas biológicas.

El descubrimiento, publicado en 'Proceedings of the National Academy of Sciences' (PNAS), se ha realizado en restos de Aratasaurus museunacionali, un dinosaurio terópodo recuperado en el nordeste de Brasil y cuyos huesos guardaban una sorpresa extraordinaria: diminutas estructuras esféricas alojadas en los canales vasculares, los mismos conductos que, cuando el animal estaba vivo, transportaban la sangre por el interior de sus extremidades.

Sangre del Cretácico

Aratasaurus museunacionali fue descrito científicamente en 2020 a partir de un fósil descubierto en 2008 en el estado brasileño de Ceará. Sus restos corresponden a una pata trasera parcialmente conservada y articulada. Los análisis paleontológicos indican que se trataba de un ejemplar juvenil, de unos 3,12 metros de longitud.

Su nombre combina términos de origen tupí y griego y significa, aproximadamente, 'lagarto nacido del fuego'. La denominación específica, museunacionali, rinde homenaje al Museo Nacional de Brasil, devastado por un incendio en 2018. El fósil pertenece a un grupo de dinosaurios carnívoros emparentados evolutivamente con las aves actuales.

Pero ahora son sus componentes microscópicos, y no su anatomía, los que han convertido a este animal en el actor principal de una investigación excepcional. Los científicos examinaron muestras de sus huesos mediante distintas técnicas de microscopía, espectroscopia y análisis molecular. Fue así como encontraron esas microestructuras esféricas cuya forma y dimensiones resultaban compatibles con las de los glóbulos rojos.

La apariencia, sin embargo, no bastaba. En paleontología, una estructura que recuerda a una célula no tiene por qué ser necesariamente una célula. Puede tratarse de un mineral, de una alteración producida durante la fosilización o incluso de restos de microorganismos que colonizaron el hueso después de la muerte del animal. Por eso el equipo buscó una prueba mucho más concluyente: su composición química.

El final de un viejo debate

El descubrimiento, con todo, no surge de la nada, ya que la conservación de tejidos blandos en fósiles lleva décadas despertando controversia. A finales de los años 90 y principios de los 2000, la paleontóloga Mary Schweitzer conmocionó al mundo al encontrar estructuras similares a glóbulos rojos y vasos sanguíneos flexibles en el fémur de un T. Rex de 68 millones de años en Montana. Aquellos primeros informes provocaron un auténtico terremoto científico y un duro debate: una buena parte de la comunidad académica argumentaba que era imposible que un tejido blando aguantara tanto, sugiriendo que se trataba de mera contaminación reciente o de una biopelícula bacteriana.

Pero ahora, el equipo de la Universidad de Curtin, dirigido por Kliti Grice, ha logrado probar químicamente lo que antes no era más que una posibilidad. Los análisis espectroscópicos y moleculares han demostrado más allá de toda duda que las firmas biológicas encontradas en el Aratasaurus difieren drásticamente del tapiz microbiano que rodeaba al fósil. La sangre provenía, innegablemente, del dinosaurio.

Una 'cápsula' mineral

Pero ¿cómo es posible que algo tan delicado como una célula sanguínea haya resistido durante 115 interminables millones de años? La respuesta parece encontrarse en un mineral llamado hausmannita, un óxido de manganeso que aparece asociado a las microestructuras descubiertas en los huesos.

Según los investigadores, este mineral habría desempeñado un papel decisivo en su conservación, porque pudo envolver y estabilizar las estructuras celulares y sus componentes moleculares, protegiéndolos frente a los procesos químicos y biológicos que normalmente destruyen los tejidos después de la muerte.

Pensemos en una hoja caída en un bosque. En condiciones normales, los microorganismos la descomponen rápidamente. Pero si queda atrapada en un ambiente que limita su degradación y sus componentes quedan protegidos por determinadas sustancias minerales, algunos detalles de su estructura pueden conservarse durante muchísimo más tiempo. Algo parecido habría ocurrido en este dinosaurio.

«Detectar moléculas intactas derivadas del hemo en glóbulos rojos de 115 millones de años de antigüedad -afirma la profesora Grice- es asombroso: esto realmente es un descubrimiento histórico». Según los científicos, este excepcional nivel de preservación fue posible porque, al morir, el dinosaurio quedó enterrado de forma súbita en un entorno muy pobre en oxígeno pero rico en actividad microbiana y minerales.

Un futuro prometedor

Las consecuencias del hallazgo van mucho más allá de la simple curiosidad de encontrar sangre de dinosaurio. Porque si los investigadores consiguen recuperar e identificar otras biomoléculas en fósiles de distintas épocas, podrían empezar a reconstruir aspectos de la fisiología de animales que desaparecieron hace millones de años. Algo imposible de hacer hasta ahora.

El tamaño de los glóbulos rojos, por ejemplo, guarda relación con determinadas características metabólicas en distintos grupos de vertebrados. Estudiar estas células podría aportar pistas sobre la evolución del metabolismo, las necesidades de oxígeno y los niveles de actividad de los dinosaurios.

«Estos hallazgos -sostiene Grice- cuestionan las suposiciones tradicionales de que ciertas biomoléculas, como la hemoglobina, no pueden sobrevivir a escalas de tiempo geológicas.

Por último, el impacto del nuevo estudio podría incluso saltar de la Tierra al espacio profundo. Tal y como explica Martin Van Kranendonk, director de la Escuela de Ciencias de la Tierra y Planetarias de Curtin, este trabajo redefine por completo nuestros parámetros sobre cómo pueden conservarse las estructuras vitales en condiciones hostiles. Algo que, señala, «podría tener implicaciones para la astrobiología y la búsqueda de vida antigua en el cosmos».

Después de todo, si una frágil molécula de sangre es capaz de resistir intacta 115 millones de años bajo la tierra brasileña, ¿quién nos dice que las rocas yodadas de Marte no ocultan en su interior sorpresas parecidas esperando a ser descubiertas?

sábado, 31 de octubre de 2026

Unos fósiles encontrados en una fábrica de ladrillos revelan una especie de dinosaurio desconocida hasta ahora

Los restos, descubiertos en 2001 en el sur de Inglaterra, pertenecen a un herbívoro que vivió hace unos 125 millones de años. Su identificación ha permitido reconocer un nuevo género y ampliar el conocimiento sobre la diversidad de dinosaurios del Cretácico inferior

La nueva especie Paludohadros proudlovii es un pariente del Iguanodon que se 
encuentra en el mismo sitio que Baryonyx. 
Guilherme Gehr - Journal of
Systematic Palaeontology (2026). DOI: 10.1080/14772019.2026.2726221

Unos fósiles encontrados en 2001 en una fábrica de ladrillos del sur de Inglaterra han permitido identificar una especie de dinosaurio hasta ahora desconocida para la ciencia. Bautizado como Paludohadros proudlovii, este animal herbívoro vivió hace aproximadamente 125 millones de años, durante el Cretácico inferior, cuando buena parte de la región estaba cubierta por humedales. Los restos fueron descubiertos en las instalaciones de Ewhurst Works, en el condado de Surrey, y posteriormente donados al Museo de Historia Natural de Londres. Una investigación publicada en la revista científica Journal of Systematic Palaeontology ha determinado que pertenecen a un género y una especie que no habían sido descritos anteriormente.

El estudio, encabezado por Ricardo J. Sacamoto, investigador doctoral del Museo de Historia Natural de Londres y de la Universidad de São Paulo, identifica al animal como un representante de los iguanodontios, un grupo de dinosaurios herbívoros conocido por las características espinas que presentaban algunos de sus miembros en los pulgares. El ejemplar estudiado caminaba sobre cuatro patas y medía alrededor de cinco metros de longitud, con un peso estimado de entre 1,5 y dos toneladas. Sin embargo, sus huesos no habían completado su desarrollo, lo que sugiere que probablemente murió antes de alcanzar la edad adulta. Los investigadores consideran posible que hubiera alcanzado hasta el doble de tamaño si hubiese continuado creciendo.

La identificación ha sido posible gracias al análisis de diferentes elementos del esqueleto, entre ellos los dientes, la mandíbula, el húmero, la pelvis y la tibia. Los científicos encontraron una combinación de características anatómicas que permite distinguir a Paludohadros de otros iguanodontios conocidos. Entre los rasgos descritos destacan dos crestas secundarias en los dientes de la mandíbula inferior, acompañadas de otras crestas accesorias, así como particularidades en la estructura de varios huesos. Estas diferencias han permitido establecer que los fósiles corresponden a un dinosaurio distinto de las especies reconocidas previamente.

Un dinosaurio que habitó los antiguos humedales de Inglaterra

El descubrimiento aporta nueva información sobre la diversidad de dinosaurios que poblaron el sur de Inglaterra durante el Cretácico inferior. Durante décadas, numerosos restos de iguanodontios encontrados en esta zona se atribuyeron principalmente a Iguanodon o a su pariente de menor tamaño, Mantellisaurus. Una revisión anatómica de este último, publicada en 2023, contribuyó a identificar diferencias entre ejemplares que anteriormente se habían considerado próximos. La revisión del registro fósil ha permitido reconocer una diversidad mayor de estos herbívoros, con géneros como Brighstoneus, Comptonatus e Istiorachis, a los que ahora se suma Paludohadros.

Huesos del cráneo in situ Tim Burgess (Wienerberger Ltd) - Journal of
Systematic Palaeontology (2026).  DOI: 10.1080/14772019.2026.2726221
Los restos proceden de la Formación Weald Clay, un conjunto de depósitos sedimentarios asociado a los ambientes húmedos que existieron en esta parte de Inglaterra hace millones de años. Ese paisaje también explica el nombre del nuevo género, que incorpora el término latino palus, cuyo significado es pantano. Según el estudio, Paludohadros proudlovii es el único taxón válido de iguanodontio descrito hasta ahora en los estratos del Barremiense de la Formación Weald Clay. Los investigadores también observaron diferencias respecto a los iguanodontios de la Formación Wessex, en la isla de Wight, pese a que ambas unidades geológicas tienen edades aproximadamente similares. Esta circunstancia plantea la posibilidad de que sus depósitos se formaran en momentos ligeramente distintos.

Un posible vínculo con un conocido dinosaurio carnívoro

Uno de los aspectos más llamativos del hallazgo es su proximidad a los restos de Baryonyx walkeri, un dinosaurio carnívoro descubierto en 1983 en las mismas instalaciones. Según Susannah Maidment, investigadora del Museo de Historia Natural de Londres y de la Universidad de Birmingham, los fósiles de Paludohadros aparecieron a unos 100 metros del lugar donde se encontró Baryonyx. Este depredador es conocido por consumir peces, aunque el análisis de sus restos también reveló que había ingerido una cría de iguanodontio. Los científicos consideran posible que se alimentara de ejemplares jóvenes de Paludohadros, bien mediante la caza o aprovechando sus cadáveres. No obstante, advierten de que no existen pruebas suficientes para determinar a qué especie pertenecía aquella presa.

El nombre específico, proudlovii, rinde homenaje a Will Proudlove, antiguo trabajador de la fábrica que llegó a convertirse en su responsable. Proudlove falleció a los 35 años, poco antes de la excavación de los fósiles, y había mostrado un especial interés por los restos de dinosaurios que podían aparecer durante los trabajos de extracción de arcilla. Su esposa, Rachael, y sus hijos fueron invitados a presenciar la excavación de 2001. Más de dos décadas después, la familia ha recibido con satisfacción la decisión de dedicarle la nueva especie, un reconocimiento que vincula el descubrimiento científico con la historia de quienes trabajaban en la explotación.

La investigación también pone de relieve el valor de las colecciones paleontológicas conservadas durante décadas. Tras la identificación de Paludohadros, los científicos han reconocido otros ejemplares del mismo género entre materiales recuperados desde la década de 1950. Sacamoto tiene previsto continuar examinando los fósiles de iguanodontios depositados en el Museo de Historia Natural de Londres como parte de su investigación doctoral. La revisión podría sacar a la luz otras especies que todavía no han sido identificadas y contribuir a reconstruir con mayor precisión los ecosistemas del territorio británico durante el Cretácico inferior.

Este anfibio marino del Triásico fue el primero que vivió en mar abierto

Hoy ningún batracio habita en el mar, pero un estudio en Nature Ecology & Evolution describe un animal que hace 237 millones de años se comportaba como los tiburones alfombra. Gerrothorax maritimus, hallado en China, resistía la sal gracias a sus branquias y a una coraza de hueso.

Holotipo de Gerrothorax, expuesto boca arriba. / Ryosuke Motani
Ninguna de las más de 8 000 especies de anfibios que existen hoy vive en el mar. Pero hace unos 237 millones de años, en el Triásico, uno de sus parientes lejanos pasaba toda su vida en el fondo marino, lejos de cualquier costa. Así lo describe un estudio internacional publicado en Nature Ecology & Evolution, que ha bautizado a la nueva especie como Gerrothorax maritimus.

“Era un anfibio primitivo de cuerpo plano, de unos 75 cm, cubierto por completo de una pesada coraza”, explica a SINC Ryosuke Motani, coautor del trabajo y profesor de la Universidad de California en Davis (EE UU). El animal cazaba al acecho, esperaba en el fondo a que pasara una presa y la succionaba, como hace hoy el wobbegong (Orectolobidae), un tiburón alfombra.

La coraza que le protegió de la sal

Los anfibios actuales beben y respiran a través de la piel, pero en el entorno marino eso actúa en su contra. “Su piel es tan permeable que el agua de mar absorbe el agua de su cuerpo”, señala Motani. Las pocas especies que se acercan a la orilla, como la rana cangrejera del sudeste asiático, pierden peso en los manglares y tienen que recuperarse en agua dulce.

Su armadura de hueso impedía la pérdida de agua por la piel y le servía de lastre para quedarse en el fondo

Mano izquierda del holotipo. Los dedos no se habrían conservado si el cadáver
hubiera ido a la deriva, lo que indica que el animal vivía cerca de donde se quedó
enterrado. / Ryosuke Motani
El G. maritimus evitó ese problema gracias a su armadura de hueso, que impedía la pérdida de agua por la piel y le servía de lastre para quedarse en el fondo. Según los autores, bebía agua de mar por la boca y eliminaba la sal por las branquias, como hacen los peces marinos. Las branquias también le permitían vivir siempre sumergido, “probablemente nunca vio la luz del sol directamente”, explica el investigador.

Su adaptación fue fruto del azar: “Había un anfibio de agua dulce que casualmente tenía el equipo necesario para colonizar el mar: la coraza”, resume el profesor Motani. Además, también le habría servido en agua dulce para protegerse de los depredadores.

La revelación de sus dedos

El equipo estudió dos esqueletos casi completos de Guanling, en la provincia china de Guizhou, que unos agricultores encontraron en 2004. Quedaron enterrados al menos a 30 km de las islas más cercanas, y aún conservan los dedos, que suelen ser lo primero que se pierde cuando un cadáver va a la deriva. Además, los isótopos de estroncio de sus huesos coinciden con los del agua de mar de la época, no con los de las rocas que los rodean.

Los isótopos de estroncio de sus huesos coinciden con los del agua de mar de la época, no con los de las rocas que los rodean

“La persona que recogió el fósil nos enseñó el afloramiento y nos señaló que había aparecido cerca un Guizhouichthyosaurus. Era la misma capa de roca”, cuenta Motani. Curiosamente, este anfibio compartía el mar con ictiosaurios de hasta seis metros.

Esqueleto de Iberospondylus schultzei, un anfibio de hace unos 300 millones de
años hallado en Puertollano (Ciudad Real). / 
Soler-Gijón y Díez Ruiz,
Spanish Journal of Palaeontology (2023), CC BY 4.0
Como no se conservan tejidos blandos, las explicaciones de cómo este anfibio primitivo regulaba la sal y cómo se reproducía siguen siendo hipótesis. Tampoco se sabe si la coraza estaba cubierta por escudos córneos, como los de tortugas, cocodrilos o armadillos.

De las marismas al mar abierto

El estudio cita a Iberospondylus, un anfibio de hace unos 300 millones de años hallado en Puertollano (Ciudad Real), entre los pocos que se aventuraron en aguas saladas. “Gerrothorax maritimus se adaptó perfectamente al mar abierto, mientras que Iberospondylus sería un temnospóndilo de medios de transición”, como marismas y estuarios, explica a SINC Rodrigo Soler-Gijón, paleontólogo del Museo de Historia Natural de Berlín y coautor de su descripción, que no ha participado en el nuevo trabajo.

Para Soler-Gijón, el hallazgo es “la primera evidencia de un temnospóndilo marino estenohalino”, es decir, adaptado a una salinidad alta y estable. Pero “no debemos sorprendernos”, añade: unos 25 géneros de estos anfibios pudieron tolerar el agua salada.

Gerrothorax maritimus se adaptó perfectamente al mar abierto, mientras que Iberospondylus sería un temnospóndilo de medios de transición

Otros anfibios de la época, como Arctobatrachus en Svalbard (Noruega), ya frecuentaban aguas saladas, pero hasta ahora no se había documentado ninguno con estas características viviendo mar adentro, lejos de la costa.

¿Podrían los anfibios actuales volver al mar? Motani cree que “probablemente no”. Soler-Gijón matiza que conservan las enzimas para producir urea, clave para soportar la sal, y “tienen el potencial de poder invadir medios de aguas salobres”. Lo que parece mucho más difícil es que lleguen a vivir en mar abierto, como Gerrothorax maritimus.

Referencia:

Diao, L. et al. «A fully marine stem amphibian from the Late Triassic of China». Nature Ecology & Evolution (2026).

agenciasinc.es

viernes, 30 de octubre de 2026

Un nuevo dinosaurio del tamaño de un pollo encontrado en Burgos obliga a reescribir la evolución

Los huesos de un pequeño herbívoro hallado en Burgos pertenecían a un adulto, no a una cría, y su cráneo tapa un vacío de 70 millones de años.

Foskeia pelendonum, nueva especie de dinosaurio herbívoro que vivió hace
unos 125 millones de años. Ilustración: Martina Charnelli.
Sí, hace millones de años, Burgos era una selva tropical, pero lo importante es que uno de los pequeños dinosaurios que paseaban por allí nos está haciendo replantearnos cómo evolucionaron estos animales, por culpa de un error de clasificación.

Cinco esqueletos diminutos llevaban años guardados en el Museo de los Dinosaurios de Salas de los Infantes, catalogados como crías de un dinosaurio mayor. Un análisis microscópico del hueso de uno de esos ejemplares ha demostrado que el animal ya había alcanzado la madurez sexual cuando murió. No era un bebé. Era un adulto de una especie nueva, del tamaño de una gallina, que acaba de obligar a los paleontólogos a redibujar una parte del árbol genealógico de los dinosaurios herbívoros.

Un fósil diminuto que escondía a un adulto

Reconstrucción del cráneo de Foskeia pelendonum. © Dieudonné et al. 2025
El fósil procede del yacimiento de Vegagete, entre los municipios de Villanueva de Carazo y Salas de los Infantes, en la provincia de Burgos. Los primeros restos los encontró Fidel Torcida Fernández-Baldor, paleontólogo del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes, pero sin cráneo no había forma de identificar a qué especie pertenecían. El hallazgo posterior de piezas craneales, estudiadas con microtomografía (una técnica que permite ver el interior de un hueso en capas finas, como una radiografía mucho más detallada), cambió esa situación. Las rocas donde se encontraron los huesos, de la formación Castrillo de la Reina, tienen unos 120 millones de años, de finales del Barremiense y principios del Aptiense, dos tramos dentro del Cretácico Inferior.

"Desde el principio supimos que estos huesos eran excepcionales por su tamaño mínimo", explica Torcida Fernández-Baldor. El equipo cortó láminas finas de hueso para estudiar su microestructura, el mismo tipo de análisis que usan los forenses para estimar la edad de un esqueleto humano. "La microestructura ósea nos dice que al menos un individuo era adulto", señala Koen Stein, investigador de la Vrije Universiteit Brussel que dirigió estos estudios. El ritmo de crecimiento del animal, añade el equipo, se aproximaba al de un ave o un pequeño mamífero actual, mucho más rápido que el de otros dinosaurios de tamaño parecido.

Un cráneo extraño que cambia las reglas

Los investigadores han llamado a la nueva especie Foskeia pelendonum. El primer nombre combina dos raíces griegas que significan "luz" y "que busca alimento". El segundo rinde homenaje a los pelendones, un pueblo celtíbero que habitó la zona. El animal pertenece a los rabdodontomorfos, un grupo de dinosaurios ornitisquios (herbívoros con la cadera en forma de pelvis de ave) que vivió sobre todo entre el Cretácico Inferior y el Cretácico Superior.

Su cráneo, sin embargo, no se parece al de ningún otro rabdodontomorfo conocido. Tiene los huesos frontales fusionados, los dientes delanteros inclinados hacia delante, un diente inferior alargado y estrecho, y la articulación de la mandíbula colocada más alta de lo esperado, con una zona de anclaje muscular más extensa de lo habitual. Esa combinación apunta a un movimiento de masticación distinto al de sus parientes.

"La miniaturización no implicó simplicidad evolutiva. Este cráneo es raro e hiperderivado", resume Marcos Becerra, de la Universidad Nacional de Córdoba. "Esto no es un miniiguanodon. Es algo fundamentalmente distinto", añade Tábata Zanesco Ferreira, de la Universidade Federal do Rio de Janeiro. Para Penélope Cruzado-Caballero, de la Universidad de La Laguna, "su anatomía es rara justo del modo que reescribe los árboles evolutivos".

Una pieza que llena 70 millones de años de vacío

El nuevo análisis genealógico sitúa a Foskeia como pariente más cercano de Muttaburrasaurus, un dinosaurio herbívoro mucho mayor que vivió en Australia. La conexión amplía Rhabdodontia, el grupo europeo al que pertenecen los rabdodontomorfos, y tiende un puente entre linajes que hasta ahora parecían demasiado alejados en el tiempo y en el espacio.

"Foskeia ayuda a llenar un vacío de 70 millones de años, una pequeña llave que abre un capítulo perdido", resume Thierry Tortosa, de la Reserva Natural de Sainte Victoire, en Francia. El árbol genealógico resultante también revive una idea antigua y discutida, la de Phytodinosauria, un grupo que reuniría bajo un mismo tronco evolutivo a todos los dinosaurios herbívoros. El propio equipo reconoce que esta hipótesis necesita más datos antes de confirmarse.

Paul-Emile Dieudonné, investigador de la Universidad Nacional de Río Negro, en Argentina, y primer autor del estudio, insiste en que las especies pequeñas y los fósiles fragmentarios no deberían tratarse como hallazgos secundarios. "Desde el primer momento en que alguien ve a este animal, queda asombrado por su extrema pequeñez", dice Dieudonné, "y sin embargo conserva un cráneo muy derivado, con innovaciones anatómicas inesperadas". El siguiente paso del equipo será buscar más restos en Vegagete y revisar otros fósiles pequeños guardados en cajones de museos, con la sospecha de que varios de ellos podrían, como Foskeia, resultar ser adultos de especies que todavía nadie ha descrito.

REFERENCIA

Foskeia pelendonum, a new rhabdodontomorph from the Lower Cretaceous of Salas de los Infantes (Burgos Province, Spain), and a new phylogeny of ornithischian dinosaurs

quo.eldiario.es

miércoles, 28 de octubre de 2026

Conferencia: El patrimonio prehistórico del Parque Natural Sabinares del Arlanza-La Yecla

Manuel Ángel Rojo Guerra. Doctor en Arqueología. Universidad de Valladolid    

Sábado 7 de noviembre de 2026 · Salas de los Infantes (Burgos)

Enmarcada dentro de la Semana de la Ciencia 2026 y del Ciclo Demanda Ciencia, Manuel A. Rojo, doctor en Arqueología de la Universidad de Valladolid y catedrático de Prehistoria, ofrecerá una conferencia sobre el patrimonio prehistórico del Parque Natural Sabinares del Arlanza-La Yecla.


























Será el sábado 7 de noviembre, a las 19:30h, en el Teatro-Auditorio 'Gran Casino' de Salas de los Infantes.

¡Os esperamos!

sábado, 24 de octubre de 2026

Exposición: 'Dinosaurios en el lienzo' · Universidad de Cantabria · Noviembre-diciembre de 2026

UCC+I Universidad de Cantabria 

🦖🎨 Exposición: 'DINOSAURIOS EN EL LIENZO'

Paleoarte científico en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Cantabria. 

¡Descubre dinosaurios y sus ecosistemas! 

Del 4 de noviembre al 17 de diciembre de 2026.

Hall de la Facultad de Ciencias de la UC. 

Inauguración: 4 noviembre de 2026: 18:00 h con Fidel Torcida, director del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos), con la conferencia inaugural: "Dinosaurios en Burgos: una historia emocionante". 

VISITAS GUIADAS. 

¡Os esperamos! 

Organiza: Grupo de Geodinámica Externa · Dpto. CITIMAC · Universidad de Cantabria. 

Colabora: Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes y Fundación para el Estudio de los Dinosaurios en Castilla y León. 

miércoles, 21 de octubre de 2026

Los NUEVOS DINOSAURIOS de 2026 grandes hallazgos que lo cambian TODO

Foskeia pelendonum (del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes)

Galería Jurásica presenta hallazgos fósiles revolucionarios de 2026, detallando especies recién identificadas como el Foskeia pelendonum, Ferenceratops, Spinosaurus mirabilis y otros dinosaurios que desafían clasificaciones previas. Estas investigaciones utilizan tecnologías avanzadas para reescribir la historia evolutiva y la distribución geográfica de diversas especies prehistóricas.

Introducción: del 0:11 al 0:17.

Del minuto 2:27 al 3:46.


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