domingo, 13 de septiembre de 2026

Una pluma descubierta en un excremento fósil explica por qué las aves sobrevivieron al asteroide y el resto de dinosaurios no

En 2016, el paleontólogo David DeMar Jr. avanzaba a gatas por un afloramiento rocoso en el noreste de Montana, buscando fósiles de peces, cuando se topó con un nódulo oscuro, de un tono entre marrón y rojizo, del tamaño aproximado de una cereza grande. Lo recogió, lo observó con una lupa de mano y, en su superficie, distinguió algo que no esperaba encontrar allí: una diminuta pluma fosilizada.

La pluma fosilizada en un coprolito de dinosaurio.
Crédito: J.K. O'Connor et al. 2026
El hallazgo tenía un componente añadido de rareza. DeMar, gestor de colecciones del Proyecto Hell Creek en el Burke Museum de la Universidad de Washington, llevaba trabajando en esa formación geológica el tiempo suficiente para saber que, pese a más de 150 años de prospecciones, nunca se había documentado allí una sola pluma. Y lo que sostenía entre las manos no era una roca cualquiera: todo apuntaba a que se trataba de un coprolito, el término técnico para un excremento fosilizado. 

Diez años después, ese fragmento de heces de dinosaurio se ha convertido en la protagonista de un estudio publicado el 10 de septiembre de 2026 en la revista Current Biology, firmado por Jingmai O’Connor, conservadora asociada de reptiles fósiles en el Field Museum de Chicago, junto con DeMar y otros investigadores del Burke Museum y el Carter County Museum de Ekalaka.

Según el equipo, la pluma es la de mejor conservación tridimensional recuperada hasta ahora de todo el Cretácico, y ofrece una pista sobre uno de los enigmas más persistentes de la paleontología: por qué las aves fueron el único grupo de dinosaurios que logró sobrevivir a la extinción masiva de hace 66 millones de años.

Un depredador que se comió un ave

Ilustración artística de un dinosaurio cazando una ave acuática.
Crédito: Andrey Atuchin
Antes de llegar al laboratorio, el nódulo pasó por análisis de composición mineral y, sobre todo, por un escáner de tomografía computarizada (CT) en el campus médico de la Universidad del Sur de California. Miles de radiografías apiladas digitalmente revelaron algo que a simple vista era imposible de apreciar: dentro del coprolito no había una sola pluma, sino varias, junto con dos pequeñas escamas de un pez gar (de la familia Lepisosteidae) y fragmentos de huesos de la pata de un ave.

Aunque la conservación era mejor que la de muchas de las plumas que había estudiado en ámbar birmano para mi tesis, esto estaba dentro de una roca, y no precisamente una roca llamativa, explica Nate Carroll, coautor del estudio y paleontólogo del Carter County Museum. Cada hora de procesamiento de los datos revelaba otra pluma, otra escama, otro hueso, en un 3D asombroso.

Los huesos de la pata permitieron identificar al propietario original de esas plumas: un hesperornitiforme, un grupo extinto de aves acuáticas que no podían volar y que, ecológicamente, se parecían a los somormujos o colimbos actuales. Cazaban buceando, usando patas especializadas para impulsarse bajo el agua, y las plumas recuperadas mostraban precisamente adaptaciones propias de la vida acuática.

La secuencia de sucesos, según reconstruye el equipo, sería la siguiente: un ave buceadora fue devorada, probablemente por un T. rex o por un Nanotyrannus (el tamaño del coprolito no permite descartar ninguna de las dos especies), y ese mismo depredador expulsó después los restos que, 66 millones de años más tarde, acabarían en las manos de DeMar.

Una pluma con un pie en el pasado y otro en el presente

Lo que hace especialmente valiosa esta pluma es su combinación de rasgos. Dos de los ejemplares recuperados, incluido el que quedó expuesto en la superficie del coprolito, presentan un raquis de sección cuadrada y con el interior relleno de una estructura esponjosa, un rasgo que hasta ahora solo se conocía en aves modernas y en sus parientes más inmediatos. El siguiente registro más antiguo de esa misma estructura esponjosa procede del Eoceno inferior de Dinamarca, unos 10 millones de años posterior al fósil de Hell Creek.

Junto a esas plumas de aspecto moderno e impermeable, el coprolito conservaba también plumón más pequeño, difuso y de estructura primitiva, del tipo que se asocia a los dinosaurios no avianos y a otro grupo de aves muy abundante durante el Cretácico, los enantiornitinos.

Esta mezcla convierte a los hesperornitiformes en una especie de eslabón intermedio entre esas plumas arcaicas y el plumaje aislante de las aves actuales, las Neornithes, el único linaje que sobrevivió al impacto que acabó con el resto de dinosaurios.

El coprolito de dinosaurio con la pluma fosilizada. Crédito: David DeMar Jr.

Aquí es donde el hallazgo se conecta con la pregunta de fondo. Los enantiornitinos, el grupo de aves más común durante el Cretácico, se extinguieron. Los hesperornitiformes, primos cercanos de las Neornithes pero fuera de ese linaje, también desaparecieron. Solo las Neornithes lograron cruzar al otro lado del límite Cretácico-Paleógeno, y hoy todas las aves vivas descienden de ellas.

Durante años se ha manejado la hipótesis de que la clave estuvo en el hábitat: las Neornithes, se argumenta, habrían vivido cerca del agua, y ese entorno las habría protegido de algún modo de los efectos del impacto. El problema es que los hesperornitiformes también eran aves acuáticas y, aun así, no sobrevivieron. Eso obliga a buscar otra explicación, y O’Connor apunta a las plumas.

Creemos que el tipo de plumas que tenían estas aves, o la forma en que las mudaban, pudo ser una de las causas subyacentes de la selectividad de la extinción de finales del Cretácico: esencialmente, por qué unas aves se extinguieron y otras sobrevivieron, explica la investigadora.

La idea es que las plumas del cuerpo, las responsables de mantener la temperatura corporal, no ofrecían el mismo aislamiento en todos los linajes. Tras el impacto del asteroide de Chicxulub, la atmósfera se llenó de ceniza y hollín, y las temperaturas globales cayeron de forma abrupta durante lo que se conoce como el invierno de impacto. Si el plumaje de los hesperornitiformes y los enantiornitinos era menos eficiente reteniendo el calor que el de las Neornithes, esa diferencia, aparentemente pequeña, pudo inclinar la balanza entre sobrevivir y desaparecer.

Gregory Wilson Mantilla, profesor de la Universidad de Washington y conservador de paleontología de vertebrados en el Burke Museum, subraya que los fósiles de aves, y sobre todo de sus plumas, son extraordinariamente escasos, así que cada hallazgo aporta información valiosa sobre la evolución de este rasgo. Y este caso concreto, añade, tiene un valor adicional: al proceder del interior de un excremento de dinosaurio, ofrece también una ventana directa a las relaciones entre depredador y presa hace 66 millones de años.

Una vía de estudio casi sin explorar

Para O’Connor, el proyecto tuvo un componente detectivesco poco habitual en su trabajo. Ella suele analizar esqueletos completos conservados en grandes losas de roca, con los tejidos blandos ya visibles. Aquí, en cambio, no había más que un coprolito y su contenido, y hubo que reconstruir la historia a partir de indicios sueltos.

El hallazgo, además, abre una puerta que apenas se ha explorado. Los coprolitos rara vez se estudian buscando en su interior restos de tejidos blandos como las plumas, en parte porque nadie los sometía sistemáticamente a tomografías computarizadas. Este caso concreto solo salió a la luz porque el excremento se había partido de manera que dejó una pluma expuesta en la superficie, algo que O’Connor describe como un golpe de suerte. Ahora, la investigadora confía en que otros museos empiecen a escanear sus colecciones de coprolitos con esta posibilidad en mente.

Queda por saber, eso sí, hasta qué punto esta diferencia de aislamiento térmico fue determinante frente a otros factores que también se han propuesto para explicar la supervivencia selectiva de las aves, como la dieta o el tamaño del cuerpo. El propio equipo es cauto al respecto: el plumaje, insisten, pudo ser uno de los factores, no necesariamente el único. Y mientras no aparezcan más plumas de hesperornitiformes con las que comparar, la pieza hallada en Montana seguirá siendo, por ahora, un caso único.

Una versión de este artículo también está disponible en inglés: Read this article in english

FUENTES

Field Museum

Jingmai K. O’Connor, David G. DeMar, Jr., et al., Bird feathers from a Late Cretaceous coprolite. Current Biology, doi.org/10.1016/j.cub.2026.08.054

labrujulaverde.com

Villanueva de Carazo, «punto caliente» en el territorio de dinosaurios

REVISTA de AGALSA Sierra de la Demanda número 65

Artículo de Fidel Torcida, director del Museo de Dinosaurios, sobre Foskeia pelendonum (el dinosaurio ornitópodo más pequeño del mundo) en el último número de la Revista de AGALSA.



























agalsa.es (se puede descargar en pdf)

El Museo de los Dinosaurios de Castilla y León: el plan perfecto para viajar al pasado

Maquetas, ilustraciones, reconstrucciones y piezas arqueológicas reconstruyen la historia desde el Mesozoico

Museo de Dinosaurios, en la localidad burgalesa de Salas de los Infantes. / FD
Si te interesa profundizar en la vida de los dinosaurios, Castilla y León posee un espacio dedicado a ello: el Jurassic Park burgalés. Se encuentra en Burgos, en la localidad de Salas de los Infantes, y abrió sus puertas en 2001.

El objetivo inicial de este Museo de Dinosaurios era exhibir a los visitantes la amplia colección de restos de dinosaurios descubiertos por el Colectivo Arqueológico y Paleontológico de Salas, que cada verano realiza excavaciones en los yacimientos.

Y ahora, quienes lo visitan se adentran en la historia de esta comarca burgalesa, desde las remotas épocas del Mesozoico, hasta la edad media, pasando por la prehistoria y la época romana.

Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos) / MD
La primera de las dos salas está dedicada exclusivamente a la presencia humana en la zona. Reconstrucciones de enorme calidad, realizadas con el necesario rigor científico, nos enseñan cómo era un dolmen megalítico, el interior de una casa celtíbera con un telar y un altar romano donde se exponen estelas originales de esa época.

La segunda sala invita a los visitantes a conocer de lleno el fascinante mundo de los dinosaurios. La colección de fósiles de dinosaurios es una de las más completas de España y algunos de ellos son únicos.

Además de los numerosos huesos de dinosaurios también podemos observar huevos fósiles de dinosaurios. "Es un increíble milagro de la fosilización que algo tan frágil pueda haber llegado hasta nosotros millones de años después de que una madre dinosaurio los depositara", explican desde el museo.

También hay excelentes ejemplos de vegetales fósiles coetáneos a los dinosaurios. Troncos de helechos arborescentes, cícadas y fragmentos de coníferas muestran la exuberante cobertura vegetal de tipo subtropical que acompañó a los dinosaurios.

Horario de apertura del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos):
  • Del 01/11 al 31/03 - De martes a viernes - De 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 18:30
  • Del 01/11 al 31/03 - Sábado - De 10:00 a 14:00 y de 16:30 a 19:00
  • Del 01/11 al 31/03 - Domingo y festivos - De 10:00 a 14:00
  • Del 01/04 al 31/10 - De martes a sábado - De 10:00 a 14:00 y de 16:30 a 19:00
  • Del 01/04 al 31/10 - Domingo y festivos - De 10:00 a 14:00
Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos) / MD
Lunes día de cierre. Apertura excepcional fuera de horarios para grupos concertados.

Entradas para ver el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes (Burgos):
  1. Tipo: General
  2. Importe: 2,50 euros
  3. Tipo: Gratuita
  • Fechas especiales de gratuidad (miércoles)
  • Menores (menores de 8 años)
  • Personal docente (profesores de educación infantil, primaria y secundaria)
  1. Tipo: Reducida
  2. Importe: 1,50€
  • Amigos del Museo
  • Amigos Patrimonio Histco. CyL
  • Asociaciones Profesionales (ANABAD, APME, ICOM, ICOMOS, AECA, AIA Y OTRAS)
  • Grupos (vinculados a instituciones culturales o educativas con 15 o más miembros, previa solicitud)
  • Guías Oficiales de Turismo
  • Jubilados
  • Más de 65 años
  • Menores
  • Miembros de familia numerosa
  • Periodistas (en el ejercicio de su profesión)
  • Poseedores de Carné Joven
Puedes encontrar más información en la web del Museo de los Dinosaurios https://www.fundaciondinosaurioscyl.com o a través del teléfono 947 397 001.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Un proyecto de 20 años analiza 7500 fósiles marinos y revela por qué hallamos especies de distintas épocas en la misma capa

En el estudio han participado investigadores y puede cambiar la forma en que los paleontólogos interpretan los fósiles.

Un sedimento proporciona mucha información a los paleontólogos
A primera vista, una capa de fósiles marinos puede parecer una fotografía del pasado. Conchas, esqueletos y restos de distintos animales aparecen juntos en el mismo sedimento, como si todos hubieran vivido allí al mismo tiempo. Pero esto es engañoso. Algunos de esos organismos quizá estuvieron separados por cientos, incluso miles de años. Para los paleontólogos, saber cuánto tiempo hay realmente concentrado en una capa de fósiles es muy importante para entender cómo eran los ecosistemas de hace miles o millones de años.

Este fenómeno se conoce como promediación temporal. Sucede cuando restos de organismos que vivieron en épocas diferentes terminan acumulándose y conservándose en el mismo lugar. En el fondo del mar, este proceso puede ser especialmente importante. En apenas un metro cuadrado puede haber miles de túneles excavados por todo tipo de pequeños animales como gusanos o camarones. Mientras se mueven por el sedimento, remueven continuamente el fondo y desplazan conchas y otros restos que encuentran a su alrededor.

Una misma capa, miles de años de historia

Restos fósiles de un espécimen de Archaeopteryx localizado en Berlín
El verdadero problema aparece mucho después, cuando ese sedimento queda enterrado y pasa a formar parte del registro fósil. En ese momento, ya no resulta sencillo saber cuánto tiempo representa. Y la diferencia importa mucho. Daniele Scarponi, de la Universidad de Bolina, compara algunas asociaciones fósiles con las ruinas de Pompeya: fueron enterradas rápidamente y pueden conservar una comunidad casi como una instantánea. Otras se parecen más a un cementerio utilizado durante siglos, donde los restos de distintas generaciones se fueron acumulando poco a poco. Los dos tipos de registro pueden aportar información muy valiosa, pero no permiten responder las mismas preguntas.

Hay varios factores que influyen en esta diferencia de épocas. Uno de ellos es la capacidad de los restos para mantenerse en el tiempo. La mayoría de los organismos desaparecen mucho antes de llegar a fosilizarse, ya sea porque son consumidos por otros animales o porque se descomponen. Por eso, cuando hablamos del registro fósil, encontramos sobre todo restos resistentes como conchas o huesos. Aun así, estos restos tampoco son indestructibles y pueden deteriorarse si permanecen demasiado tiempo expuestos antes de quedar enterrados.

También influye la cantidad de vida que haya en una determinada zona. Cuantos más organismos vivan allí, más restos habrá disponibles para acabar formando parte del registro fósil. Y, por supuesto, la actividad de los animales que excavan el fondo puede contribuir a mezclar restos de distintas edades. No obstante, después de reunir datos obtenidos durante unos 20 años, un equipo de investigadores ha llegado a una conclusión: de todos estos factores, el que más pesa es la velocidad a la que se acumula el sedimento.

Cuando el sedimento se deposita rápidamente, las conchas y los huesos quedan enterrados poco después de que los animales mueran. Hay menos tiempo para que estos restos sean desplazados o se mezclen con los de otras generaciones. Si, por el contrario, el sedimento se acumula lentamente; los restos pueden permanecer durante mucho tiempo en la superficie. Durante ese periodo pueden mezclarse con materiales de diferentes épocas antes de quedar enterrados. Por eso, en una misma capa puede acabar representado un periodo de tiempo mucho más largo, como explican en su estudio publicado en PNAS.

Para poner esta idea a prueba, paleontólogos de Australia, Austria, Bahamas, Brasil, Alemania, Eslovaquia, Italia y Estados Unidos reunieron datos procedentes de distintos proyectos. En total, analizaron más de 7.500 fósiles marinos recogidos en zonas muy diferentes, desde aguas costeras poco profundas hasta zonas en alta mar.

Para conocer la edad de los fósiles utilizaron, entre otras técnicas, la datación por radiocarbono. El carbono-14 es un isótopo radioactivo que está presente en los organismos vivos y cuya cantidad disminuye de manera predecible después de la muerte. Su vida media es de unos 5.730 años, por lo que resulta especialmente útil para estudiar restos relativamente recientes, de hasta aproximadamente 55.000 años. Los investigadores también utilizaron la racemización de aminoácidos, una técnica que se basa en determinados cambios químicos que se producen con el paso del tiempo.

Una investigación a gran escala para descubrir qué pesa más

Uno de los gráficos que acompañan al estudio publicado en Proceedings of the
National Academy of Sciences (PNAS)

Analizar miles de fósiles de esta manera no es barato. De hecho, el coste de las dataciones es una de las razones por las que hasta ahora había sido tan difícil reunir un conjunto de datos de semejante tamaño. Los distintos equipos habían trabajado durante años en proyectos independientes y, al darse cuenta de que sus investigaciones podían complementarse, decidieron unir sus resultados. Los avances tecnológicos también han ayudado a reducir los costes y permiten trabajar con muestras más pequeñas que en el pasado.

Con todos los datos reunidos, los científicos fueron un paso más allá. Crearon simulaciones usando ordenadores en las que podían cambiar variables como la actividad de los animales que remueven el sedimento, la velocidad de la acumulación y la destrucción de los restos. Después compararon los resultados de esas simulaciones con las edades que habían encontrado en los fósiles reales.

La comparación dejó bastante claro cuál era el factor dominante: la velocidad de sedimentación. Cuanto más rápido se acumula el sedimento, menor es la posibilidad de que restos pertenecientes a distintas generaciones terminen mezclados en una misma capa.

El descubrimiento puede cambiar la manera en que los paleontólogos interpretan las asociaciones fósiles. Una capa llena de conchas y huesos no tiene por qué representar una comunidad que vivió al mismo tiempo. En algunos casos, esos pocos centímetros de roca pueden contener una historia que se desarrolló durante miles de años.

Entender esa diferencia permitirá reconstruir con mayor precisión los ecosistemas del pasado y evitar interpretaciones equivocadas sobre la biodiversidad, las relaciones entre especies o los cambios ambientales. Y la idea podría ser útil en otros escenarios. Si la relación entre sedimentación y promediación temporal también se mantiene en registros geológicos mucho más antiguos, los investigadores podrían aplicar el mismo principio, junto con otras técnicas de datación, para comprender mejor cómo cambió la vida en la Tierra a lo largo de su historia.

Una investigación destaca la excepcional conservación de los fósiles de El Soplao

Una investigación publicada en una revista científica de la Sociedad Geológica de Londres destaca la excepcional conservación de los fósiles de El Soplao y su capacidad para aportar información que permite reconstruir la biodiversidad durante el Cretácico inferior, hace unos 105 millones de años.

Ejemplar de tisanóptero (del oden Thysanoptera) conservado en ámbar de
El Soplao, uno de los numerosos insectos fósiles recuperados en este yacimiento
del Cretácico inferior. Gobierno de Cantabria.
Así lo confirma la investigación, publicada en la revista científica ‘Journal of the Geological Society’, de la Sociedad Geológica de Londres, según informa el Gobierno regional en un comunicado.

El trabajo, realizado por un equipo internacional, sintetiza casi dos décadas de investigaciones y descubrimientos realizados en el enclave cántabro para mostrar «por qué se ha convertido en una referencia internacional para el estudio de la vida del pasado».

El Soplao es actualmente uno de los depósitos de ámbar cretácico con bioinclusiones más importantes de Europa, según señala el estudio, y un referente para comprender la biodiversidad terrestre durante un periodo clave de la historia de la vida, cuando tuvo lugar la expansión de las plantas con flor y la consiguiente aparición de los ecosistemas terrestres modernos en el Cretácico.

Esta investigación ha sido liderada por Alba Sánchez-García, investigadora del Departamento de Botánica y Geología de la Universitat de València, y cuenta también con la participación de Enrique Peñalver, del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC); Xavier Delclòs, de la Universitat de Barcelona, y Ricardo Pérez-de la Fuente, del Oxford University Museum of Natural History.

Se ha desarrollado en el marco de varios proyectos financiados por la Generalitat Valenciana, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y el Gobierno de Cantabria, a través de la empresa semipública El Soplao SL.

Escenas de la vida de un bosque cretácico

Entre ellos destaca el transporte de diversos restos por larvas de neurópteros, 
que los utilizaban para camuflarse tanto de sus depredadores como de sus presas.
Además de preservar los organismos, el ámbar de El Soplao registra escenas de la vida cotidiana de un bosque cretácico.

Gracias a esta conservación, los investigadores han documentado algunas de las evidencias más antiguas de interacciones ecológicas conservadas en ámbar.

Los investigadores han identificado relaciones de depredación, parasitismo, mutualismo y comensalismo, así como comportamientos poco comunes en el registro fósil.

También se han identificado interacciones entre artrópodos y plantas, entre artrópodos y vertebrados, y otras evidencias directas del funcionamiento de estos ecosistemas hace más de cien millones de años.

El artículo incorpora dos reconstrucciones realizadas por el paleoartista J. A. Peñas, bajo la supervisión de los investigadores.

Una de ellas recrea el aspecto en vida de la larva del neuróptero Hallucinochrysa diogenesi, mostrando el característico recubrimiento de restos vegetales que utilizaba para camuflarse y que constituye una de las evidencias más antiguas conocidas de este comportamiento.

La segunda reconstrucción ofrece una visión del ecosistema en el que se originó el yacimiento y muestra tanto el bosque resinífero bajo la influencia recurrente de incendios forestales que promovieron la producción y acumulación de resina, como el ambiente pantanoso donde la resina quedó enterrada.

Más de 1.500 inclusiones de artrópodos y 40 especies identificadas

El ámbar es resina producida por árboles que, al fosilizarse, puede conservar con un extraordinario nivel de detalle organismos que quedaron atrapados en ella hace millones de años.

En El Soplao se han recuperado más de 1.500 inclusiones de artrópodos y se han identificado 40 especies, la mayoría descritas por primera vez para la ciencia. Muchas de ellas conservan estructuras microscópicas que permiten reconstruir tanto su anatomía como aspectos de su biología y ecología.

El yacimiento, que afloró por las obras de una carretera y fue descubierto en 2007 por dos científicas del IGME (Instituto Geológico Minero de España), ha proporcionado desde entonces hallazgos relevantes para el conocimiento de la vida terrestre durante el Cretácico.

efe.com

Científicos descubren en China un fósil de 295 millones de años: podría ser la planta con flores más antigua conocida

Un fósil de más de 295 millones de años hallado en China conserva tres estructuras con posibles óvulos o semillas encerrados que sus descubridores interpretan como carpelos de una antigua angiosperma.

Un fósil del Pérmico podría revelar la estructura de una planta con flores más 

antigua conocida hasta ahora. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Las plantas con flores dominan buena parte de los paisajes actuales, desde bosques y praderas hasta cultivos y jardines. Sin embargo, su aparición sigue escondiendo uno de los grandes enigmas de la evolución. ¿Cuándo surgieron realmente las angiospermas? Durante décadas, el registro fósil más convincente parecía situar su gran irrupción en el Cretácico. Ahora, un diminuto fósil encontrado en el norte de China vuelve a llevar esa discusión mucho más atrás en el tiempo.

El ejemplar procede de la Formación Shanxi, en la provincia china del mismo nombre, y ha sido bautizado como Permocarpelloides shuozhouensis. Su antigüedad resulta extraordinaria, dado que la formación geológica en la que apareció ha sido fechada entre aproximadamente 295 y 298,9 millones de años. Estamos, por tanto, en el Pérmico temprano, muchísimo antes de la época en la que tradicionalmente se sitúa la expansión de las plantas con flores.

El equipo encabezado por Xin Wang sostiene en Plant Biosystems que las estructuras preservadas pueden interpretarse como carpelos o frutos que encerraban óvulos o semillas. Si esa interpretación se confirma, las consecuencias serían importantes: situaría una característica esencial asociada a las angiospermas unos 295 millones de años atrás.

La propuesta es atrevida y los propios investigadores saben que están entrando en uno de los debates más difíciles de la paleobotánica. No se trata simplemente de encontrar una planta antigua con un aspecto curioso. La cuestión fundamental es demostrar qué eran realmente las pequeñas estructuras conservadas dentro del fósil.

Tres pequeñas estructuras que plantean una enorme pregunta

Permocarpelloides no impresiona por su tamaño. El fósil conserva tres estructuras alargadas colocadas aproximadamente en paralelo. Cada una mide parcialmente entre 4,2 y 4,8 milímetros de longitud y alrededor de 1,2-1,3 milímetros de anchura. En su interior aparecen varios cuerpos redondeados de tamaños diferentes.

Los autores interpretan esos cuerpos como óvulos o semillas en distintas fases de desarrollo. Los mayores alcanzan entre 1,15 y 1,4 milímetros de diámetro, mientras que los pequeños se sitúan entre 0,36 y 0,57 milímetros. Algunos de los ejemplares de mayor tamaño presentan, además, una ornamentación exterior que los investigadores comparan con una cubierta seminal.

Para mirar más allá de la superficie, el equipo examinó la pieza mediante microtomografía computarizada. El fósil fue escaneado obteniendo 2.000 proyecciones con una resolución de 26,22 micrómetros, que permitieron reconstruir tridimensionalmente su interior. Las imágenes de micro-CT muestran esos cuerpos aparentemente encerrados dentro de las tres estructuras.

Permocarpelloides shuozhouensis. Las imágenes a y b muestran las dos caras enfrentadas del holotipo, mientras que la imagen c permite observar con mayor detalle los numerosos óvulos o semillas, de distintos tamaños, conservados en el interior de uno de los frutos. Foto: Plant Biosystems (2026)

Ahí está precisamente la clave del trabajo. Una de las características fundamentales de las angiospermas es que sus óvulos quedan encerrados dentro de una estructura reproductora. A diferencia de ellas, las gimnospermas —el grupo al que pertenecen, por ejemplo, las coníferas— reciben su nombre precisamente de la condición de sus semillas u óvulos no encerrados de la misma manera.
La presencia de óvulos encerrados en Permocarpelloides sugiere que estamos ante el fruto de una angiosperma.
Por qué este fósil podría ser tan importante

Hay otro detalle que llamó especialmente la atención de los investigadores. Las tres estructuras aparecen juntas, orientadas en la misma dirección y claramente separadas unas de otras. El equipo propone que podrían haber formado parte de un único gineceo apocárpico, es decir, un aparato reproductor femenino compuesto por carpelos libres.

La comparación resulta relevante porque los gineceos de carpelos separados aparecen en algunas angiospermas actuales, entre ellas representantes de grupos como Magnoliales. Precisamente la ausencia de estructuras semejantes había sido uno de los problemas planteados frente a anteriores fósiles pérmicos propuestos por estos investigadores como posibles angiospermas.

El nuevo ejemplar, según los autores, encajaría mejor con esa expectativa. De ahí el nombre Permocarpelloides: combina su procedencia pérmica con su parecido parcial con un carpelo.

Pero existe una diferencia enorme entre afirmar que algo se parece a un carpelo y demostrar que estamos ante una angiosperma de casi 300 millones de años. El propio artículo dedica buena parte de su discusión a considerar otras posibilidades, entre ellas las coníferas, Caytonia y los llamados helechos con semilla.

Los investigadores argumentan que ninguna de esas alternativas conocidas reproduce adecuadamente la combinación observada en Permocarpelloides. Aun así, introducen una cautela importante: admiten que, incluso si futuras investigaciones acabaran situándolo dentro de un grupo desconocido de gimnospermas, el fósil continuaría siendo evolutivamente extraordinario por la aparente presencia de estructuras reproductoras encerradas.

Un salto de más de 100 millones de años

La controversia se entiende mejor al mirar el calendario geológico. El Cretácico comenzó hace unos 145 millones de años. Permocarpelloides, en cambio, procede de rocas de más de 295 millones. Entre ambos momentos existe un abismo temporal.

El fósil apareció en una limolita gris situada sobre la capa de carbón número 4 de la Formación Shanxi, en la mina a cielo abierto de Antaibao, cerca de Shuozhou. La flora de esta formación pertenece a un mundo radicalmente diferente al actual, mucho anterior incluso a los dinosaurios.

No es el primer fósil con el que Wang y sus colaboradores cuestionan una aparición cretácica de las angiospermas. El artículo menciona otros tres taxones del Pérmico temprano —Taiyuanostachya, Yuzhoua y Dengfengfructus— que el equipo también ha interpretado como posibles plantas con flores. Lo llamativo para los investigadores es que sus órganos reproductores presentan morfologías diferentes entre sí.

Afloramiento de la Formación Shanxi, en Shuozhou (China), donde fue descubierto
 el fósil de Permocarpelloides. Foto: Plant Biosystems (2026)
Si todas esas identificaciones terminaran resistiendo el escrutinio científico, la consecuencia sería todavía más sorprendente que la existencia de una única angiosperma pérmica. Implicaría que hace unos 295 millones de años ya existía cierta diversidad morfológica y, por tanto, que el origen del grupo tendría que remontarse todavía más atrás.
La edad pérmica de este fósil sitúa la historia de las angiospermas en torno a los 295 millones de años.
Un fósil capaz de reabrir una vieja discusión

El nuevo trabajo no convierte automáticamente a Permocarpelloides en la respuesta definitiva al origen de las flores. La identificación de supuestas angiospermas anteriores al Cretácico lleva décadas generando discusión precisamente porque las estructuras reproductoras son esenciales para establecer afinidades y los fósiles incompletos permiten interpretaciones alternativas.

Lo que sí proporciona el ejemplar chino es una anatomía concreta que puede ser examinada y discutida: tres órganos paralelos, varios cuerpos de diferente tamaño aparentemente encerrados en ellos y reconstrucciones mediante micro-CT que permiten observar su disposición interna.

Los autores llevan su interpretación hasta una conclusión ambiciosa. Consideran que Permocarpelloides presenta semillas y óvulos encerrados y que, junto con otros fósiles propuestos anteriormente, respalda la existencia y diversificación de angiospermas durante el Pérmico temprano. También relacionan este escenario con estimaciones de relojes moleculares y estudios sobre insectos fósiles que apuntan hacia una historia precretácica de las plantas con flores.

Por ahora, una pieza de apenas unos milímetros acaba colocando sobre la mesa una pregunta de dimensiones mucho mayores. Si la interpretación de Permocarpelloides es correcta, la historia temprana de las plantas con flores podría ser más de cien millones de años más profunda de lo que su registro fósil clásico hacía pensar.

Referencias

Xin Wang et al, Permian carpel-like organs and their implications on origin of angiosperms, Plant Biosystems (2026). DOI: 10.1007/s44473-026-00267-6

sábado, 5 de septiembre de 2026

Un estudio sobre caparazones fósiles revela diferencias entre tortugas del Cretácico patagónico

Un equipo de investigación del CONICET analizó la microestructura ósea de cuatro especies del género Prochelidella y detectó diferencias vinculadas con su crecimiento e historia de vida.

Foto in situ de un fragmento de caparazón del género Prochelidella. Campaña 
2022, Neuquén. Gentileza investigador.
Un equipo de investigación del CONICET realizó por primera vez un estudio paleohistológico —un análisis de los tejidos biológicos— de restos fósiles del caparazón de cuatro especies de tortugas del suborden Pleurodira, también conocidas como “tortugas de cuello lateral” por la forma en que retraen su cabeza. El trabajo, que analizó muestras de diversas cuencas de la Patagonia argentina, busca comprender la variación en la microestructura ósea para reconstruir la historia de vida de estos reptiles.

Fotografía en detalle los materiales que luego serán embebidos en resina para
ser cortados. Gentileza investigador.
“Las tortugas del suborden Pleurodira son exclusivas del hemisferio sur y son todas de agua dulce (acuáticas continentales). Actualmente, están representadas principalmente por tortugas de Sudamérica, África y Australia. Dentro de este grupo se encuentran las familias Chelidae (tortugas de agua), Pelomedusidae (tortugas de lodo o fango) y Podocnemididae (tortugas de patas con armadura). En nuestro estudio nos enfocamos particularmente en la familia Chelidae y en el género Prochelidella, que representa el género más antiguo de Pleurodira”, comenta Marcos Jannello, investigador del CONICET en el Instituto de Evolución, Ecología Histórica y Ambiente (IDEVEA, CONICET-UTN).

Las muestras analizadas corresponden al período Cretácico (145–66 Ma), una época de profundas transformaciones ambientales y biológicas: “En tierra había una enorme diversidad de dinosaurios, además de cocodrilos, lagartos, serpientes, mamíferos primitivos, pterosaurios y, por supuesto, tortugas. Además, durante el Cretácico se produjo una importante expansión y diversificación de las angiospermas, es decir, las plantas con flores. Al mismo tiempo, continuaban siendo importantes las coníferas, los helechos y otros grupos vegetales”, comenta el científico. “En Sudamérica y, particularmente, en la Patagonia, existían diferentes ambientes continentales, incluidos sistemas fluviales, lagos, llanuras de inundación y ambientes volcánicos. Estos ecosistemas estaban habitados por una fauna muy diversa”, agrega.

Microfotografía de Prochelidella portezuelae (MCF-PVPH 161) del Cretácico
Superior de la provincia de Neuquén. Vista general del corte de una placa costal
con osteosclerosis. Vista con luz polarizada y filtro lambda bajo microscopio
 petrográfico 4x. Gentileza investigador.
Al examinar la microestructura de las placas costales de las cuatro especies de tortugas del suborden Pleurodira: Prochelidella portezuelae, Prochelidella cerrobarcinae, Prochelidella palomoi y Prochelidella buitreraensis, los científicos descubrieron variaciones significativas en la organización de los tejidos. “En nuestro caso, la paleohistología nos permitió detectar grandes diferencias internas entre especies de Prochelidella que no eran evidentes cuando observamos solamente la forma externa del caparazón”, destaca Jannello.

El estudio puso en evidencia que, aunque las cuatro especies presentan una organización general del hueso del caparazón bastante similar, existen diferencias importantes en su microestructura ósea, principalmente en el grado de compactación del hueso; la organización y vascularización de las cortezas externa e interna; el desarrollo del tejido óseo esponjoso; y la cantidad y distribución de las líneas de crecimiento detenido (LAGs), que fueron muy abundantes.

“Un resultado particularmente interesante de nuestro estudio fueron las diferencias en el número de LAGs entre especies. P. cerrobarcinae presentó el mayor número, con hasta trece LAGs, mientras que P. buitreraensis y P. portezuelae presentaron hasta ocho y P. palomoi, alrededor de cinco. También encontramos diferencias en la compactación. P. portezuelae, por ejemplo, presenta una microestructura particularmente compacta, mientras que P. buitreraensis presenta zonas con mayor desarrollo de hueso esponjoso”, detalla el científico.

Asimismo, Jannello destaca que estas diferencias indican que no todas las especies tenían exactamente la misma historia de crecimiento ni necesariamente enfrentaban las mismas condiciones ambientales o funcionales, a pesar de pertenecer al mismo género. 

Sosteniendo y observando el material para evaluar si es posible hacer un corte delgado
en fósil de tortuga por el investigador J. Marcos Jannello, miembro del equipo del
IDEVEA-UTN. 2025, campaña en Lago Barreales, Neuquén. Gentileza investigador.
El equipo también contrastó los resultados con otros taxones emparentados, como Mendozachelys wichmanni, Rionegrochelys caldieroi y Linderochelys rinconensis. “Comparar Prochelidella con otras tortugas relacionadas nos permitió determinar qué características son propias de estas especies y cuáles forman parte de un patrón más general dentro de las tortugas pleurodiras. Esto, al mismo tiempo, nos da información y nos plantea la siguiente pregunta de investigación: ¿por qué esta tortuga es así? Además, permite poner la diversidad histológica de Prochelidella en un contexto evolutivo más amplio y evaluar qué información puede aportar la microestructura ósea para comprender la evolución de las tortugas pleurodiras. En definitiva, no estudiamos solamente cómo era el hueso, sino qué nos puede contar ese hueso sobre la evolución, el crecimiento y la historia de vida de estas tortugas en este período particular”, concluye.

Referencia bibliográfica:

Juan Marcos Jannello, Ignacio Jorge Maniel, Marcelo Saúl de la Fuente, Leonardo Sebastián Filippi, Microstructure bone diversity on the oldest Pan-Chelidae turtles (Testudines: Pleurodira): understanding shell paleohistological variation and life history of Prochelidella spp., Cretaceous Research, Volume 189, 2027, 106464, ISSN 0195-6671. https://doi.org/10.1016/j.cretres.2026.106464.

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