Durante más de un siglo, la ciencia imaginó a los dinosaurios como criaturas lentas, pesadas y dependientes del sol para calentar sus cuerpos, idénticos a los reptiles actuales. Sin embargo, en las últimas décadas, una disciplina fascinante ha dado un vuelco radical a esta idea: la paleohistología, el estudio de la estructura microscópica de los fósiles.
Al cortar los huesos de gigantes extintos en láminas más finas que un cabello humano, los científicos han descubierto un diario microscópico donde queda registrada la vida, el crecimiento y el metabolismo del animal. La clave principal para resolver si eran de sangre caliente (endotermos) o de sangre fría (ectotermos) reside en las líneas de crecimiento detenido (LAGs, por sus siglas en inglés), el equivalente óseo a los anillos de los árboles.
¿Qué son y cómo se forman los anillos de crecimiento en los huesos?
Al igual que un árbol añade una capa de madera cada año, el hueso de un vertebrado crece acumulando capas de tejido en su parte exterior.
Cuando las condiciones son favorables (abundancia de comida, clima cálido), el organismo invierte energía en desarrollar hueso rápidamente. Pero cuando llega una estación desfavorable —como una época de sequía, frío intenso o escasez de recursos—, el metabolismo se ralentiza y el crecimiento del hueso se detiene o se frena drásticamente.
Las líneas de crecimiento detenido (LAGs): Son marcas delgadas y oscuras que quedan fosilizadas en el hueso cuando el crecimiento se frena. Cada ciclo representa, por lo general, un año de vida del animal.
La prueba del microscopio: ¿sangre fría o sangre caliente?
Para saber cómo funcionaba el termostato interno de un dinosaurio, los paleohistólogos analizan dos factores clave al microscopio: el tipo de tejido óseo y el patrón de los anillos de crecimiento.
1. La densidad de vasos sanguíneos (vascularización)
-Metabolismo acelerado (Endotermia): Los animales de sangre caliente (como mamíferos y aves) necesitan nutrir un metabolismo muy alto. En sus huesos predomina el hueso fibrolamelar, una estructura desorganizada, esponjosa y repleta de canales vasculares (canales de Havers) por donde circulaba una gran cantidad de sangre.
-Metabolismo lento (Ectotermia): Los animales de sangre fría (como los cocodrilos o las iguanas) forman un hueso lamelar o paralelo, con estructuras muy ordenadas, compactas y con muy poca presencia de vasos sanguíneos.
2. El ritmo y distancia entre las líneas de crecimiento
-En los ectotermos rígidos: Muestran líneas de crecimiento muy juntas, marcadas y regulares durante toda su vida. Su ritmo de crecimiento está totalmente supeditado a la temperatura exterior.
-En los endotermos puros: Crecen a una velocidad astronómica en sus primeros años. Las líneas de crecimiento están muy separadas entre sí durante la juventud y solo se comprimen cuando el animal alcanza la madurez sexual y adulta.
El veredicto: ni del todo fríos ni del todo calientes
El análisis paleohistológico en cientos de ejemplares —desde el pequeño Compsognathus hasta el colosal Argentinosaurus— reveló una sorpresa imprevista: la mayoría de los dinosaurios no encajaban perfectamente en ninguna de las dos categorías extremas.
-Crecimiento explosivo: Terópodos como el Tyrannosaurus rex o los grandes saurópodos mostraban tasas de crecimiento descomunales, muy superiores a las de cualquier reptil moderno y comparables a las de los mamíferos o las aves actuales.
-Presencia de mesotermia: Muchos dinosaurios poseían una condición intermedia conocida como mesotermia. Eran capaces de generar calor interno y mantener una temperatura corporal elevada y constante gracias a su rápido metabolismo y a su gran masa corporal (gigantotermia), aunque no regulaban su temperatura de forma tan estricta como las aves modernas.
Una ventana al pasado en una lámina de cristal
Gracias a la paleohistología ósea, la paleontología actual ya no depende únicamente de la forma externa de un fémur o un diente para reconstruir la biología de una especie extinta.
Al observar los anillos de crecimiento en el interior del hueso, los científicos no solo calculan la edad a la que murió un dinosaurio, sino que han demostrado definitivamente que estos animales no eran los reptiles aletargados que creíamos, sino criaturas dinámicas, de crecimiento ágil y con una compleja fisiología metabólica.
David Rabadà advierte en 'Herrera en COPE Cataluña' sobre la caída del 37% de graduados y el riesgo de ignorar el criterio científico ante catástrofes
El geólogo y miembro de la Sociedad Internacional de Geología, David Rabadà, ha analizado este escenario en el programa ‘Herrera en COPE Cataluña’
El número de graduados en Geología ha experimentado un desplome del 37% en España, una tendencia preocupante que compromete la prevención de catástrofes naturales y la gestión del territorio. El geólogo y miembro de la Sociedad Internacional de Geología, David Rabadà, ha analizado este escenario en el programa ‘Herrera en COPE Cataluña’, presentado por José Miguel Cruz, donde ha advertido sobre las graves consecuencias que acarrea la falta de profesionales técnicos en la sociedad actual.
"La geología salva vidas" y evita pérdidas millonarias en infraestructuras
Durante su intervención radiofónica, el experto ha remarcado la función esencial que desempeña esta disciplina para la seguridad ciudadana y la optimización de los recursos económicos. Según ha manifestado Rabadà, "la geología salva vidas" y evita pérdidas millonarias en infraestructuras, ya que estos especialistas son los encargados de interpretar la información del terreno ante fenómenos extremos como erupciones volcánicas, inundaciones o fallos en proyectos de obra pública.
"La geología salva vidas"
Una presencia casi nula en las aulas
El especialista ha situado el origen de esta crisis vocacional en el sistema educativo, donde la presencia de la materia es prácticamente inexistente desde la base.
El especialista ha situado el origen de esta crisis vocacional en el sistema educativo, donde la presencia de la materia es prácticamente inexistente desde la base. Rabadà ha explicado que a lo largo de los cuatro cursos de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO), los estudiantes apenas reciben nociones sobre esta rama del saber, considerada tradicionalmente la cuarta ciencia junto a la biología, la física y la química.
Esta carencia formativa se agrava por el diseño de los temarios escolares tanto en educación primaria como en secundaria. Tal y como ha detallado en el espacio de COPE Cataluña, la asignatura queda reducida en ocasiones a un único trimestre que muchos docentes de biología suelen omitir, mientras que en cursos superiores queda relegada a una materia optativa que apenas eligen cuatro o cinco alumnos, impidiendo que los jóvenes descubran la disciplina antes de llegar al bachillerato.
El impacto de la DANA y el auge del terraplanismo
Un adecuado plan de riesgos geológicos permite anticipar desastres naturales y salvar cientos de vidas humanas.
La desafección por el conocimiento científico ha propiciado, según el geólogo, el auge de corrientes pseudocientíficas como el movimiento de los terraplanistas y una alarmante desinformación generalizada. Esta falta de criterio técnico tiene consecuencias directas sobre la gestión de emergencias reales, como ha ocurrido recientemente con los estragos provocados por la DANA de Valencia.
Rabadà ha insistido en que un adecuado plan de riesgos geológicos permite anticipar desastres naturales y salvar cientos de vidas humanas, además de proteger el patrimonio público y personal de los ciudadanos. Cuando no se cuenta con los estudios pertinentes del terreno ni se aplican criterios preventivos, las construcciones quedan expuestas a inundaciones o corrimientos de tierra que desembocan en tragedias humanas y costes económicos desorbitados.
"Entender qué es el método científico en la política hoy en día es darse contra una pared"
La falta de formación científica en la política
Al abordar la toma de decisiones institucionales, el experto ha denunciado la brecha existente entre los mandatarios y el rigor académico. En este sentido, ha señalado que "entender qué es el método científico en la política hoy en día es darse contra una pared", dado que la inmensa mayoría de los representantes en el Congreso de los Diputados y en el Senado carecen de formación en ciencias.
Rabadà ha lamentado que los gobernantes elijan con frecuencia a sus asesores bajo criterios de afinidad o nepotismo en lugar de apostar por tecnócratas cualificados que dominen el principio del método científico. Asimismo, ha concluido que el actual modelo pedagógico se enfoca en entretener en lugar de transmitir conocimientos rigurosos, una dinámica que debilita el pensamiento crítico y aleja a las futuras generaciones de profesiones científicas indispensables para el país.
Un hallazgo paleontológico en Burgos podría cambiar lo que se sabía sobre la evolución de los dinosaurios herbívoros en Europa.
España logra un hito científico con el hallazgo en Burgos de un dinosaurio del tamaño de un perro y reabre el debate sobre la evolución de los herbívoros. Fuente: Shutterstock
La paleontología en España vive un momento inédito. Tras décadas de trabajos en campo y laboratorio, un equipo internacional de científicos ha identificado una nueva especie de dinosaurio con características que desafían décadas de suposiciones sobre cómo los ornitisquios herbívoros evolucionaron durante el Cretácico Inferior.
La reconstrucción muestra cómo habría sido Foskeia pelendonum, un dinosaurio del tamaño de un perro que vivió en la actual España hace más de 120 millones de años. Martina Charnelli
Lo sorprendente de este hallazgo no es sólo su antigüedad, sino que su tamaño se compara con el de un perro pequeño. Esta complejidad en su anatomía ha llevado a los investigadores a reconsiderar teorías evolutivas largamente aceptadas.
El descubrimiento del Foskeia pelendonum en Burgos reescribe parte de la historia evolutiva
El nombre científico Foskeia pelendonum define a un ornitisquio herbívoro bípedo de dimensiones inusualmente reducidas para su grupo, descubierto en restos fósiles extraídos durante campañas que datan de finales del siglo XX y que recién ahora han podido ser descritos formalmente.
Los fósiles representan al menos cinco individuos de diferentes edades y tamaños, todos ellos recuperados en estratos de la Formación Castrillo de la Reina, cerca de la localidad de Vegagete en Burgos.
El análisis detenido de huesos craneales y postcraniales ha permitido confirmar que, a pesar de su tamaño, no se trataba de individuos jóvenes de otra especie más grande sino de una especie distinta, completamente desarrollada.
El paleontólogo Fidel Torcida Fernández-Baldor señaló que “desde el principio supimos que estos huesos eran excepcionales por su tamaño diminuto” y que el estudio “pone patas arriba ideas globales sobre la evolución de los ornitisquios”.
Qué hace único a este dinosaurio del tamaño de un perro
Aunque el tamaño del Foskeia pelendonum es pequeño en comparación con otros dinosaurios herbívoros conocidos, que a menudo alcanzaban varios metros de longitud, su anatomía craneal es altamente especializada. El dinosaurio presentaba características que, según los investigadores, sugieren una adaptación evolutiva compleja.
Los estudios detallados de la estructura ósea indican que, a pesar de su longitud de medio metro, el Foskeia tenía un cráneo “altamente derivado”, con innovaciones anatómicas inesperadas para un dinosaurio de ese tamaño. Según palabras de los propios científicos, “su anatomía es rara en precisamente la clase de forma que reescribe los árboles evolutivos”.
Además, el examen microscópico de los huesos sugiere que estos animales tenían un metabolismo rápido similar al de aves o pequeños mamíferos, un dato que aporta nuevas piezas al rompecabezas de cómo vivían y crecían estos dinosaurios pequeños en ecosistemas antiguos.
Qué implicaciones científicas tiene este descubrimiento para la paleontología
El hallazgo del Foskeia pelendonum no solo aporta una nueva especie al registro fósil, también abre debates relevantes en paleontología. Tradicionalmente, los estudios de dinosaurios se han centrado en especies de gran tamaño, pero el descubrimiento de un dinosaurio tan pequeño y evolucionado sugiere que la diversidad de formas corporales y nichos ecológicos fue mayor de lo pensado.
Los investigadores destacan que este descubrimiento contribuye a llenar un vacío de aproximadamente 70 millones de años en el registro evolutivo de los ornitisquios, conectando líneas evolutivas que hasta ahora habían sido difíciles de rastrear. Thierry Tortosa resumió este impacto al afirmar que el Foskeia “ayuda a llenar un enorme capítulo perdido”.
También se ha reavivado el debate sobre la importancia de considerar especies pequeñas en los estudios paleontológicos, pues su ausencia en el registro fósil histórico puede deberse tanto a sesgos de preservación como a dificultades de detección en campo. Este punto de vista ya había sido sugerido por estudios previos y ahora cobra nueva relevancia con evidencias concretas.
Cómo cambia este hallazgo la visión sobre los dinosaurios herbívoros europeos
El estudio detallado del cráneo reveló rasgos anatómicos inesperados que obligan a replantear la evolución de los dinosaurios herbívoros en Europa. Vrije Universiteit Brussel
El impacto de este descubrimiento va más allá de Burgos o de una simple especie más en el árbol evolutivo. La identificación del Foskeia pelendonum ofrece una nueva lente para examinar la evolución de los ornitisquios en Europa y otros continentes.
Al integrar esta especie en modelos filogenéticos ampliados, los científicos han encontrado conexiones inesperadas con otros dinosaurios como el australiano Muttaburrasaurus, sugiriendo vínculos biogeográficos entre diferentes regiones del mundo antiguo.
Este hallazgo también alimenta la discusión sobre cómo los pequeños dinosaurios pudieron adaptarse y diversificarse en distintos hábitats del planeta hace más de 100 millones de años, rompiendo con la idea de que los grandes herbívoros dominaban por completo esos ecosistemas.
Con cada nuevo fósil y análisis detallado, la historia de los dinosaurios sigue expandiéndose en complejidad y matices, recordando que incluso las criaturas más pequeñas pueden tener un impacto profundo en la comprensión científica del pasado.
Un estudio demuestra que la forma de los gastrolitos, no su presencia, permite conocer la función digestiva de los dinosaurios y desvela que las aves heredaron un estómago musculoso de sus antepasados terópodos.
Gastrolitos en el espécimen BPV 085 de Caudipteryx zoui, hallado en Beipiao, Liaoning (China). Crédito: Tiouraren (Y.-C. Tsai) / Wikimedia Commons
Durante décadas, los paleontólogos han utilizado la presencia de piedras en el interior del esqueleto de los dinosaurios como un indicador de que el animal era herbívoro. Estas piedras, conocidas como gastrolitos, se han encontrado en numerosas especies y se asumía que servían para moler material vegetal en el estómago, igual que hacen hoy muchas aves.
Sin embargo, esta relación siempre ha sido problemática: también se han hallado gastrolitos en carnívoros actuales y extintos, lo que dejaba la interpretación en el aire.
Un equipo internacional de investigadores, liderado por Ryuji Takasaki de la Universidad de Okayama de Ciencias (Japón), ha dado un giro a esta cuestión. En un artículo publicado en la revista Paleobiology, demuestran que lo importante no es si un dinosaurio tenía piedras en el vientre, sino qué forma tenían esas piedras.
El trabajo, que analiza más de un centenar de especies actuales y fósiles, establece que los gastrolitos redondeados son señal inequívoca de un estómago musculoso y potente, mientras que los angulosos indican un estómago débil y poca capacidad de molienda.
Esta diferencia ha permitido trazar por primera vez la evolución del sistema digestivo en los grandes grupos de dinosaurios y desvelar cuándo apareció la molleja que hoy caracteriza a las aves.
El problema de las piedras en el estómago
Imágenes en primer plano de los gastrolitos de los dinosaurios. Crédito: R. Takasaki et al. 2026
Los gastrolitos son piedras que algunos animales tragan voluntariamente y que permanecen en el tracto digestivo. En las aves herbívoras actuales, como los gansos o las gallinas, estas piedras ayudan a triturar los alimentos en la molleja, un músculo estomacal muy desarrollado que ejerce de molino.
Durante años, encontrar un montón de piedras en la región abdominal de un dinosaurio se interpretó como prueba de que comía plantas. Pero esta idea chocaba con la realidad de que muchos animales carnívoros, como los cocodrilos o algunas aves rapaces, también tragan piedras sin que estas cumplan una función de molienda.
Los autores del estudio señalan que, en muchos casos, la presencia de piedras puede deberse a ingestión accidental, a necesidades de minerales o incluso a un mecanismo para ayudar a digerir presas sin necesidad de triturarlas. De hecho, el propio artículo cita ejemplos de dinosaurios carnívoros como Tarbosaurus que poseían abundantes gastrolitos. Por tanto, la simple presencia no era un indicador fiable.
El equipo propuso entonces un enfoque distinto: si la molleja muele las piedras, estas deberían volverse más redondeadas con el tiempo. Por el contrario, si el estómago no ejerce una fuerza abrasiva, las piedras conservarían su forma original, más angulosa. Para comprobarlo, analizaron la forma de los gastrolitos en 104 individuos de 46 especies actuales de aves y cocodrilos, abarcando dietas muy variadas: desde comedores de plantas y semillas hasta vertebrados, invertebrados y omnívoros.
Forma de las piedras y muscularidad estomacal
El análisis estadístico mostró que la forma de los gastrolitos está directamente relacionada con la muscularidad del estómago, medida como la masa del estómago en proporción al peso corporal. Cuanto más musculoso es el estómago, más redondeadas son las piedras. Esta correlación fue significativa en ambos tipos de análisis, cualitativo y cuantitativo.
Los autores explican la cadena causal: la dieta influye en la necesidad de tener un estómago potente; los animales que comen plantas fibrosas necesitan moler el alimento, por lo que desarrollan una molleja musculosa que, al moverse, pule las piedras hasta hacerlas redondas. En cambio, los carnívoros no requieren esa molienda, su estómago es menos musculoso, y las piedras, si las tragan, no se desgastan y permanecen angulosas.
Esta relación es clave, porque permite que la forma de las piedras sea un indicador no solo de la dieta, sino de la función mecánica del estómago. Como afirman los investigadores: observando la forma de la piedra, la inferencia más directa que se puede hacer es sobre la función mecánica del estómago.
Aplicación a los dinosaurios: dos estrategias digestivas
El siguiente paso fue aplicar este modelo a 29 especímenes fósiles de 16 especies de dinosaurios, incluyendo terópodos, saurópodos y ornitisquios. Dado que en muchos fósiles las piedras están incrustadas en la matriz y no pueden aislarse, los autores usaron exclusivamente el método cualitativo, observando directamente las piedras expuestas en los museos o en fotografías de alta resolución.
Los resultados revelaron una división profunda en la evolución de la digestión. Los dinosaurios ornitisquios herbívoros, como Psittacosaurus y Haya, así como los saurópodos de cuello largo, como Diplodocus y Cedrosaurus, presentaban gastrolitos mayoritariamente angulosos.
Esto indica que sus estómagos no eran lo suficientemente musculosos como para redondear las piedras. ¿Cómo digerían entonces las plantas? Los autores proponen que estos grupos compensaban la falta de un estómago moledor con otros mecanismos.
En el caso de los ornitisquios, disponían de una masticación oral muy eficaz, con dientes especializados y potentes músculos mandibulares que trituraban el alimento antes de tragarlo. En los saurópodos, que tenían una masticación muy limitada o nula, la digestión se basaba probablemente en largos tiempos de retención del alimento en el tracto digestivo y en la fermentación microbiana, similar a la de los grandes herbívoros actuales como los elefantes.
Por el contrario, los terópodos (el grupo de dinosaurios carnívoros que incluye a Tyrannosaurus y a las aves) mostraron un patrón muy diferente. Especies como Archaeorhynchus, Caudipteryx, Jeholornis o Limusaurus presentaban gastrolitos redondeados, señal de un estómago musculoso y activo.
Incluso el carnívoro Tarbosaurus, aunque clasificado como vertebrado (lo que concuerda con su dieta), mostraba piedras angulosas, indicando que, a pesar de tener un número elevado, su estómago no las molía, lo que encaja con la función no abrasiva de los gastrolitos en carnívoros.
El origen de la molleja en la línea de las aves
El estudio también realizó una reconstrucción del estado ancestral de la forma de los gastrolitos a lo largo del árbol evolutivo de los arcosaurios. Los resultados sitúan la aparición de un estómago musculoso (indicado por gastrolitos redondeados) en el grupo de los Maniraptoriformes, dentro de los terópodos, hace al menos unos 150 millones de años. Este grupo incluye a los oviraptorosaurios, los tericinosaurios, los ornitomimosaurios y las aves.
Los autores concluyen que la molleja muscular evolucionó tempranamente en el linaje de los terópodos y que esta innovación fue un requisito previo para que muchos de estos dinosaurios perdieran los dientes y adoptaran dietas herbívoras. Un ejemplo clave es Limusaurus, un ceratosaurio sin dientes en la edad adulta que poseía gastrolitos moderadamente redondeados. Según el artículo, esta especie muestra una transición ontogenética: al perder los dientes, su estómago se volvió más musculoso para compensar la falta de trituración oral.
Los investigadores señalan: la adquisición de un estómago musculoso fue probablemente una innovación evolutiva que permitió la reducción de dientes en muchos grupos maniraptoriformes, incluidos ornitomimosaurios, tericinosaurios, oviraptorosaurios y, en última instancia, las aves.
Implicaciones para la evolución de las aves
Este descubrimiento tiene implicaciones más allá de la digestión. Al trasladar la molienda del alimento de la boca al estómago, los terópodos pudieron reducir el tamaño de los músculos de la mandíbula y, con ello, liberar espacio en el cráneo.
Esto podría haber facilitado la expansión del cerebro y de los órganos sensoriales, un paso clave en la evolución hacia las aves modernas. Aunque los autores advierten que esta hipótesis no está probada directamente, abren una vía de investigación sobre cómo los cambios en la alimentación influyeron en la evolución del cráneo y el cerebro.
El estudio también aporta un método práctico para los paleontólogos: un protocolo para usar la forma de los gastrolitos como una herramienta más, junto con el análisis de la dentición, los isótopos estables y los contenidos estomacales, para reconstruir la dieta de los dinosaurios. Insisten en que la forma de las piedras no debe tomarse como un diagnóstico aislado, sino como una pieza más dentro de un enfoque múltiple.
Los propios autores reconocen que el método no es infalible. Existen factores que pueden falsear la forma de los gastrolitos: por ejemplo, si el animal selecciona piedras ya redondeadas del entorno, o si las piedras han sufrido un transporte previo que las haya alisado. Sin embargo, la alta correlación entre forma, dieta y muscularidad en el conjunto de especies actuales sugiere que estos efectos son secundarios frente a la abrasión interna.
También señalan que las predicciones sobre fósiles con menos de 35 piedras deben tomarse con cautela; de hecho, los dos especímenes con solo 6 piedras (ejemplares de Iteravis y Jeholornis) quedaron fuera del espacio morfométrico principal. Por eso, el artículo recomienda que los futuros estudios prioricen aquellos fósiles que conserven un número suficiente de gastrolitos.
Otro matiz importante es que la forma de las piedras refleja la función del estómago, no la dieta de forma directa. En grupos como los ornitisquios o saurópodos, que tenían otros mecanismos de procesamiento, unas piedras angulosas no significan que no fueran herbívoros; simplemente indican que su estómago no era el encargado de moler. Esta distinción es crucial para no malinterpretar los resultados.
El trabajo de Takasaki y colaboradores cambia nuestra forma de entender cómo los dinosaurios procesaban el alimento. Durante años, la presencia de gastrolitos se usó como una prueba simple de herbivoría; ahora sabemos que la forma de esas piedras es un archivo de la actividad mecánica del estómago. Los dinosaurios con estómagos musculosos, capaces de moler, dejaron piedras redondeadas; los que carecían de esa capacidad, las mantuvieron angulosas.
Esta distinción revela que los grandes grupos de dinosaurios siguieron estrategias digestivas divergentes. Los saurópodos y ornitisquios confiaron en la masticación oral, la fermentación o el tiempo de retención, mientras que los terópodos, especialmente los parientes de las aves, desarrollaron un estómago moledor que les permitió prescindir de los dientes y abrir nuevas posibilidades evolutivas.
Como concluye el artículo: el estómago musculoso, indicado por gastrolitos redondeados, evolucionó tempranamente dentro de Theropoda, apareciendo al menos en la base de Maniraptoriformes. Esta innovación fue probablemente un requisito previo crucial para las repetidas transiciones a la herbivoría en terópodos maniraptoriformes con dentición reducida.
FUENTES
Takasaki R, Kobayashi Y, Fiorillo AR, Chinzorig T, Funston GF. Gastrolith shape as an indicator of digestive function and its implications for dinosaurian digestive strategies. Paleobiology. Published online 2026:1-12. doi:10.1017/pab.2026.10112
Los árboles crecieron en el periodo Carbonífero, es decir, mucho tiempo antes de que los dinosaurios dominaran la Tierra. Su madera experimentó una increíble transformación química
El trozo de madera fosilizada (Steffen Trümper)
Unos troncos fosilizados hallados en Alemania, formados cuando el supercontinente Pangea dominaba la Tierra, han permitido a un equipo científico reconstruir una auténtica cápsula del tiempo geológica de hace unos 300 millones de años. El estudio, publicado en la revista Scientific Reports, revela que esta madera fosilizada conserva el rastro de los procesos que transformaron una región entera durante cientos de millones de años, ofreciendo una herramienta inédita para comprender la evolución de los continentes.
La investigación, liderada por el geólogo Steffen Trümper, de la Universidad de Münster, se centró en ejemplares de madera petrificada procedentes de las montañas de Kyffhäuser, en el norte de Alemania. Aquellos árboles crecieron durante el periodo Carbonífero, mucho antes de la aparición de los dinosaurios, en un paisaje tropical situado cerca del ecuador y atravesado por ríos que, durante las crecidas, enterraban los troncos bajo grandes cantidades de sedimentos.
Lejos de convertirse únicamente en un fósil, aquella madera experimentó una larga transformación química. Los investigadores comprobaron que el tejido vegetal fue reemplazado progresivamente por distintas variedades de cuarzo, generadas en momentos diferentes de la historia geológica. Cada una de esas fases quedó registrada en el interior del fósil, como si se tratara de páginas sucesivas de un mismo archivo natural que documentó los cambios sufridos por la cuenca durante millones de años.
Según explica el equipo científico, la primera mineralización comenzó hace entre 304 y 299 millones de años, cuando el ácido silícico penetró en la madera y preservó con enorme detalle la estructura de sus células. Posteriormente, el aumento de la presión y de la temperatura modificó esa primera silicificación hasta originar nuevas formas de cuarzo, cada una asociada a unas condiciones geológicas concretas.
Un archivo natural de la historia geológica
Para reconstruir esa secuencia, los investigadores recurrieron a una combinación de técnicas avanzadas, entre ellas el análisis de inclusiones fluidas, la luminiscencia catodoluminiscente del cuarzo, estudios isotópicos de oxígeno y silicio, microscopía electrónica y la datación mediante el sistema uranio-plomo. Gracias a estos métodos identificaron cinco generaciones sucesivas de mineralización, una secuencia nunca documentada hasta ahora en madera fosilizada.
El aspecto más llamativo fue comprobar que el denominado reloj geológico basado en la desintegración del uranio no quedó completamente reiniciado durante las posteriores transformaciones minerales. "En realidad, nos sorprendió mucho que el reloj de uranio-plomo, iniciado con la mineralización original en el Carbonífero tardío, no se reiniciara completamente durante los procesos posteriores", explicó Steffen Trümper. Ese detalle permitió fechar con precisión distintas etapas de la evolución de la cuenca sedimentaria.
Una herramienta para estudiar la evolución de los continentes
Los resultados también permitieron estimar la profundidad a la que permanecieron enterrados aquellos troncos. En una de las fases alcanzaron entre 3 y 5,5 kilómetros bajo la superficie, sometidos a temperaturas comprendidas entre aproximadamente 160 y 240 grados. Sin embargo, hoy esos fósiles aparecen al aire libre, lo que demuestra que la región experimentó un importante proceso de elevación geológica tras permanecer enterrada durante millones de años.
Para los autores, el hallazgo va mucho más allá del caso concreto de Alemania. "Es asombroso que un fósil, a menudo no mayor que la palma de una mano, encapsule la historia geológica de toda una región durante cientos de millones de años", afirmó Steffen Trümper. El investigador añade que la abundancia de madera fosilizada en numerosos lugares del mundo convierte este descubrimiento en una nueva herramienta para seguir la evolución de los continentes y reconstruir antiguos episodios tectónicos con un nivel de detalle que hasta ahora resultaba muy difícil de obtener.
Paleontólogos del Museo de Salas de los Infantes recuperan la icnita de un titanosauriforme que medía más de tres metros de pata y conservaba marcas de sus escamas
El patrimonio paleontológico de la provincia de Burgos suma un nuevo hito tras el descubrimiento de una huella fosilizada de dinosaurio gigante en las inmediaciones de la Sierra de la Demanda. La pieza, atribuida a un saurópodo del grupo de los titanosauriformes, cuenta con un tamaño de 78 centímetros de largo por 35 de grosor y posee una antigüedad aproximada de 125 millones de años.
Un registro fósil excepcional
El hallazgo no solo destaca por sus dimensiones —que permiten estimar que la pata del animal superaba los tres metros de altura—, sino por la extraordinaria conservación de sus detalles morfológicos. La marca en la roca refleja la estructura de la parte delantera del pie y surcos dejados por las propias escamas del animal al pisar el barro.
Asimismo, la datación de esta icnita aporta una valiosa información científica al rellenar un vacío en el registro fósil de la zona, confirmando la continuidad del ecosistema de dinosaurios gigantes entre los 146 y los 120 millones de años. La pieza será mostrada al público por primera vez a mediados de diciembre durante una exposición en el Fórum de la Evolución Humana de Burgos.