En el estudio han participado investigadores y puede cambiar la forma en que los paleontólogos interpretan los fósiles.
Un sedimento proporciona mucha información a los paleontólogos
A primera vista, una capa de fósiles marinos puede parecer una fotografía del pasado. Conchas, esqueletos y restos de distintos animales aparecen juntos en el mismo sedimento, como si todos hubieran vivido allí al mismo tiempo. Pero esto es engañoso. Algunos de esos organismos quizá estuvieron separados por cientos, incluso miles de años. Para los paleontólogos, saber cuánto tiempo hay realmente concentrado en una capa de fósiles es muy importante para entender cómo eran los ecosistemas de hace miles o millones de años.
Este fenómeno se conoce como promediación temporal. Sucede cuando restos de organismos que vivieron en épocas diferentes terminan acumulándose y conservándose en el mismo lugar. En el fondo del mar, este proceso puede ser especialmente importante. En apenas un metro cuadrado puede haber miles de túneles excavados por todo tipo de pequeños animales como gusanos o camarones. Mientras se mueven por el sedimento, remueven continuamente el fondo y desplazan conchas y otros restos que encuentran a su alrededor.
Una misma capa, miles de años de historia
Restos fósiles de un espécimen de Archaeopteryx localizado en Berlín
El verdadero problema aparece mucho después, cuando ese sedimento queda enterrado y pasa a formar parte del registro fósil. En ese momento, ya no resulta sencillo saber cuánto tiempo representa. Y la diferencia importa mucho. Daniele Scarponi, de la Universidad de Bolina, compara algunas asociaciones fósiles con las ruinas de Pompeya: fueron enterradas rápidamente y pueden conservar una comunidad casi como una instantánea. Otras se parecen más a un cementerio utilizado durante siglos, donde los restos de distintas generaciones se fueron acumulando poco a poco. Los dos tipos de registro pueden aportar información muy valiosa, pero no permiten responder las mismas preguntas.
Hay varios factores que influyen en esta diferencia de épocas. Uno de ellos es la capacidad de los restos para mantenerse en el tiempo. La mayoría de los organismos desaparecen mucho antes de llegar a fosilizarse, ya sea porque son consumidos por otros animales o porque se descomponen. Por eso, cuando hablamos del registro fósil, encontramos sobre todo restos resistentes como conchas o huesos. Aun así, estos restos tampoco son indestructibles y pueden deteriorarse si permanecen demasiado tiempo expuestos antes de quedar enterrados.
También influye la cantidad de vida que haya en una determinada zona. Cuantos más organismos vivan allí, más restos habrá disponibles para acabar formando parte del registro fósil. Y, por supuesto, la actividad de los animales que excavan el fondo puede contribuir a mezclar restos de distintas edades. No obstante, después de reunir datos obtenidos durante unos 20 años, un equipo de investigadores ha llegado a una conclusión: de todos estos factores, el que más pesa es la velocidad a la que se acumula el sedimento.
Cuando el sedimento se deposita rápidamente, las conchas y los huesos quedan enterrados poco después de que los animales mueran. Hay menos tiempo para que estos restos sean desplazados o se mezclen con los de otras generaciones. Si, por el contrario, el sedimento se acumula lentamente; los restos pueden permanecer durante mucho tiempo en la superficie. Durante ese periodo pueden mezclarse con materiales de diferentes épocas antes de quedar enterrados. Por eso, en una misma capa puede acabar representado un periodo de tiempo mucho más largo, como explican en su estudio publicado en PNAS.
Para poner esta idea a prueba, paleontólogos de Australia, Austria, Bahamas, Brasil, Alemania, Eslovaquia, Italia y Estados Unidos reunieron datos procedentes de distintos proyectos. En total, analizaron más de 7.500 fósiles marinos recogidos en zonas muy diferentes, desde aguas costeras poco profundas hasta zonas en alta mar.
Para conocer la edad de los fósiles utilizaron, entre otras técnicas, la datación por radiocarbono. El carbono-14 es un isótopo radioactivo que está presente en los organismos vivos y cuya cantidad disminuye de manera predecible después de la muerte. Su vida media es de unos 5.730 años, por lo que resulta especialmente útil para estudiar restos relativamente recientes, de hasta aproximadamente 55.000 años. Los investigadores también utilizaron la racemización de aminoácidos, una técnica que se basa en determinados cambios químicos que se producen con el paso del tiempo.
Una investigación a gran escala para descubrir qué pesa más
Uno de los gráficos que acompañan al estudio publicado en Proceedings of the
National Academy of Sciences (PNAS)
Analizar miles de fósiles de esta manera no es barato. De hecho, el coste de las dataciones es una de las razones por las que hasta ahora había sido tan difícil reunir un conjunto de datos de semejante tamaño. Los distintos equipos habían trabajado durante años en proyectos independientes y, al darse cuenta de que sus investigaciones podían complementarse, decidieron unir sus resultados. Los avances tecnológicos también han ayudado a reducir los costes y permiten trabajar con muestras más pequeñas que en el pasado.
Con todos los datos reunidos, los científicos fueron un paso más allá. Crearon simulaciones usando ordenadores en las que podían cambiar variables como la actividad de los animales que remueven el sedimento, la velocidad de la acumulación y la destrucción de los restos. Después compararon los resultados de esas simulaciones con las edades que habían encontrado en los fósiles reales.
La comparación dejó bastante claro cuál era el factor dominante: la velocidad de sedimentación. Cuanto más rápido se acumula el sedimento, menor es la posibilidad de que restos pertenecientes a distintas generaciones terminen mezclados en una misma capa.
El descubrimiento puede cambiar la manera en que los paleontólogos interpretan las asociaciones fósiles. Una capa llena de conchas y huesos no tiene por qué representar una comunidad que vivió al mismo tiempo. En algunos casos, esos pocos centímetros de roca pueden contener una historia que se desarrolló durante miles de años.
Entender esa diferencia permitirá reconstruir con mayor precisión los ecosistemas del pasado y evitar interpretaciones equivocadas sobre la biodiversidad, las relaciones entre especies o los cambios ambientales. Y la idea podría ser útil en otros escenarios. Si la relación entre sedimentación y promediación temporal también se mantiene en registros geológicos mucho más antiguos, los investigadores podrían aplicar el mismo principio, junto con otras técnicas de datación, para comprender mejor cómo cambió la vida en la Tierra a lo largo de su historia.
Una investigación publicada en una revista científica de la Sociedad Geológica de Londres destaca la excepcional conservación de los fósiles de El Soplao y su capacidad para aportar información que permite reconstruir la biodiversidad durante el Cretácico inferior, hace unos 105 millones de años.
Ejemplar de tisanóptero (del oden Thysanoptera) conservado en ámbar de El Soplao, uno de los numerosos insectos fósiles recuperados en este yacimiento del Cretácico inferior. Gobierno de Cantabria.
El trabajo, realizado por un equipo internacional, sintetiza casi dos décadas de investigaciones y descubrimientos realizados en el enclave cántabro para mostrar «por qué se ha convertido en una referencia internacional para el estudio de la vida del pasado».
El Soplao es actualmente uno de los depósitos de ámbar cretácico con bioinclusiones más importantes de Europa, según señala el estudio, y un referente para comprender la biodiversidad terrestre durante un periodo clave de la historia de la vida, cuando tuvo lugar la expansión de las plantas con flor y la consiguiente aparición de los ecosistemas terrestres modernos en el Cretácico.
Esta investigación ha sido liderada por Alba Sánchez-García, investigadora del Departamento de Botánica y Geología de la Universitat de València, y cuenta también con la participación de Enrique Peñalver, del Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC); Xavier Delclòs, de la Universitat de Barcelona, y Ricardo Pérez-de la Fuente, del Oxford University Museum of Natural History.
Se ha desarrollado en el marco de varios proyectos financiados por la Generalitat Valenciana, el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y el Gobierno de Cantabria, a través de la empresa semipública El Soplao SL.
Escenas de la vida de un bosque cretácico
Entre ellos destaca el transporte de diversos restos por larvas de neurópteros, que los utilizaban para camuflarse tanto de sus depredadores como de sus presas.
Además de preservar los organismos, el ámbar de El Soplao registra escenas de la vida cotidiana de un bosque cretácico.
Gracias a esta conservación, los investigadores han documentado algunas de las evidencias más antiguas de interacciones ecológicas conservadas en ámbar.
Los investigadores han identificado relaciones de depredación, parasitismo, mutualismo y comensalismo, así como comportamientos poco comunes en el registro fósil.
También se han identificado interacciones entre artrópodos y plantas, entre artrópodos y vertebrados, y otras evidencias directas del funcionamiento de estos ecosistemas hace más de cien millones de años.
El artículo incorpora dos reconstrucciones realizadas por el paleoartista J. A. Peñas, bajo la supervisión de los investigadores.
Una de ellas recrea el aspecto en vida de la larva del neuróptero Hallucinochrysa diogenesi, mostrando el característico recubrimiento de restos vegetales que utilizaba para camuflarse y que constituye una de las evidencias más antiguas conocidas de este comportamiento.
La segunda reconstrucción ofrece una visión del ecosistema en el que se originó el yacimiento y muestra tanto el bosque resinífero bajo la influencia recurrente de incendios forestales que promovieron la producción y acumulación de resina, como el ambiente pantanoso donde la resina quedó enterrada.
Más de 1.500 inclusiones de artrópodos y 40 especies identificadas
El ámbar es resina producida por árboles que, al fosilizarse, puede conservar con un extraordinario nivel de detalle organismos que quedaron atrapados en ella hace millones de años.
En El Soplao se han recuperado más de 1.500 inclusiones de artrópodos y se han identificado 40 especies, la mayoría descritas por primera vez para la ciencia. Muchas de ellas conservan estructuras microscópicas que permiten reconstruir tanto su anatomía como aspectos de su biología y ecología.
El yacimiento, que afloró por las obras de una carretera y fue descubierto en 2007 por dos científicas del IGME (Instituto Geológico Minero de España), ha proporcionado desde entonces hallazgos relevantes para el conocimiento de la vida terrestre durante el Cretácico.
Un fósil de más de 295 millones de años hallado en China conserva tres estructuras con posibles óvulos o semillas encerrados que sus descubridores interpretan como carpelos de una antigua angiosperma.
Un fósil del Pérmico podría revelar la estructura de una planta con flores más
antigua conocida hasta ahora. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez
Las plantas con flores dominan buena parte de los paisajes actuales, desde bosques y praderas hasta cultivos y jardines. Sin embargo, su aparición sigue escondiendo uno de los grandes enigmas de la evolución. ¿Cuándo surgieron realmente las angiospermas? Durante décadas, el registro fósil más convincente parecía situar su gran irrupción en el Cretácico. Ahora, un diminuto fósil encontrado en el norte de China vuelve a llevar esa discusión mucho más atrás en el tiempo.
El ejemplar procede de la Formación Shanxi, en la provincia china del mismo nombre, y ha sido bautizado como Permocarpelloides shuozhouensis. Su antigüedad resulta extraordinaria, dado que la formación geológica en la que apareció ha sido fechada entre aproximadamente 295 y 298,9 millones de años. Estamos, por tanto, en el Pérmico temprano, muchísimo antes de la época en la que tradicionalmente se sitúa la expansión de las plantas con flores.
El equipo encabezado por Xin Wang sostiene en Plant Biosystems que las estructuras preservadas pueden interpretarse como carpelos o frutos que encerraban óvulos o semillas. Si esa interpretación se confirma, las consecuencias serían importantes: situaría una característica esencial asociada a las angiospermas unos 295 millones de años atrás.
La propuesta es atrevida y los propios investigadores saben que están entrando en uno de los debates más difíciles de la paleobotánica. No se trata simplemente de encontrar una planta antigua con un aspecto curioso. La cuestión fundamental es demostrar qué eran realmente las pequeñas estructuras conservadas dentro del fósil.
Tres pequeñas estructuras que plantean una enorme pregunta
Permocarpelloides no impresiona por su tamaño. El fósil conserva tres estructuras alargadas colocadas aproximadamente en paralelo. Cada una mide parcialmente entre 4,2 y 4,8 milímetros de longitud y alrededor de 1,2-1,3 milímetros de anchura. En su interior aparecen varios cuerpos redondeados de tamaños diferentes.
Los autores interpretan esos cuerpos como óvulos o semillas en distintas fases de desarrollo. Los mayores alcanzan entre 1,15 y 1,4 milímetros de diámetro, mientras que los pequeños se sitúan entre 0,36 y 0,57 milímetros. Algunos de los ejemplares de mayor tamaño presentan, además, una ornamentación exterior que los investigadores comparan con una cubierta seminal.
Para mirar más allá de la superficie, el equipo examinó la pieza mediante microtomografía computarizada. El fósil fue escaneado obteniendo 2.000 proyecciones con una resolución de 26,22 micrómetros, que permitieron reconstruir tridimensionalmente su interior. Las imágenes de micro-CT muestran esos cuerpos aparentemente encerrados dentro de las tres estructuras.
Permocarpelloides shuozhouensis. Las imágenes a y b muestran las dos caras enfrentadas del holotipo, mientras que la imagen c permite observar con mayor detalle los numerosos óvulos o semillas, de distintos tamaños, conservados en el interior de uno de los frutos. Foto: Plant Biosystems (2026)
Ahí está precisamente la clave del trabajo. Una de las características fundamentales de las angiospermas es que sus óvulos quedan encerrados dentro de una estructura reproductora. A diferencia de ellas, las gimnospermas —el grupo al que pertenecen, por ejemplo, las coníferas— reciben su nombre precisamente de la condición de sus semillas u óvulos no encerrados de la misma manera.
La presencia de óvulos encerrados en Permocarpelloides sugiere que estamos ante el fruto de una angiosperma.
Por qué este fósil podría ser tan importante
Hay otro detalle que llamó especialmente la atención de los investigadores. Las tres estructuras aparecen juntas, orientadas en la misma dirección y claramente separadas unas de otras. El equipo propone que podrían haber formado parte de un único gineceo apocárpico, es decir, un aparato reproductor femenino compuesto por carpelos libres.
La comparación resulta relevante porque los gineceos de carpelos separados aparecen en algunas angiospermas actuales, entre ellas representantes de grupos como Magnoliales. Precisamente la ausencia de estructuras semejantes había sido uno de los problemas planteados frente a anteriores fósiles pérmicos propuestos por estos investigadores como posibles angiospermas.
El nuevo ejemplar, según los autores, encajaría mejor con esa expectativa. De ahí el nombre Permocarpelloides: combina su procedencia pérmica con su parecido parcial con un carpelo.
Pero existe una diferencia enorme entre afirmar que algo se parece a un carpelo y demostrar que estamos ante una angiosperma de casi 300 millones de años. El propio artículo dedica buena parte de su discusión a considerar otras posibilidades, entre ellas las coníferas, Caytonia y los llamados helechos con semilla.
Los investigadores argumentan que ninguna de esas alternativas conocidas reproduce adecuadamente la combinación observada en Permocarpelloides. Aun así, introducen una cautela importante: admiten que, incluso si futuras investigaciones acabaran situándolo dentro de un grupo desconocido de gimnospermas, el fósil continuaría siendo evolutivamente extraordinario por la aparente presencia de estructuras reproductoras encerradas.
Un salto de más de 100 millones de años
La controversia se entiende mejor al mirar el calendario geológico. El Cretácico comenzó hace unos 145 millones de años. Permocarpelloides, en cambio, procede de rocas de más de 295 millones. Entre ambos momentos existe un abismo temporal.
El fósil apareció en una limolita gris situada sobre la capa de carbón número 4 de la Formación Shanxi, en la mina a cielo abierto de Antaibao, cerca de Shuozhou. La flora de esta formación pertenece a un mundo radicalmente diferente al actual, mucho anterior incluso a los dinosaurios.
No es el primer fósil con el que Wang y sus colaboradores cuestionan una aparición cretácica de las angiospermas. El artículo menciona otros tres taxones del Pérmico temprano —Taiyuanostachya, Yuzhoua y Dengfengfructus— que el equipo también ha interpretado como posibles plantas con flores. Lo llamativo para los investigadores es que sus órganos reproductores presentan morfologías diferentes entre sí.
Afloramiento de la Formación Shanxi, en Shuozhou (China), donde fue descubierto
el fósil de Permocarpelloides. Foto: Plant Biosystems (2026)
Si todas esas identificaciones terminaran resistiendo el escrutinio científico, la consecuencia sería todavía más sorprendente que la existencia de una única angiosperma pérmica. Implicaría que hace unos 295 millones de años ya existía cierta diversidad morfológica y, por tanto, que el origen del grupo tendría que remontarse todavía más atrás.
La edad pérmica de este fósil sitúa la historia de las angiospermas en torno a los 295 millones de años.
Un fósil capaz de reabrir una vieja discusión
El nuevo trabajo no convierte automáticamente a Permocarpelloides en la respuesta definitiva al origen de las flores. La identificación de supuestas angiospermas anteriores al Cretácico lleva décadas generando discusión precisamente porque las estructuras reproductoras son esenciales para establecer afinidades y los fósiles incompletos permiten interpretaciones alternativas.
Lo que sí proporciona el ejemplar chino es una anatomía concreta que puede ser examinada y discutida: tres órganos paralelos, varios cuerpos de diferente tamaño aparentemente encerrados en ellos y reconstrucciones mediante micro-CT que permiten observar su disposición interna.
Los autores llevan su interpretación hasta una conclusión ambiciosa. Consideran que Permocarpelloides presenta semillas y óvulos encerrados y que, junto con otros fósiles propuestos anteriormente, respalda la existencia y diversificación de angiospermas durante el Pérmico temprano. También relacionan este escenario con estimaciones de relojes moleculares y estudios sobre insectos fósiles que apuntan hacia una historia precretácica de las plantas con flores.
Por ahora, una pieza de apenas unos milímetros acaba colocando sobre la mesa una pregunta de dimensiones mucho mayores. Si la interpretación de Permocarpelloides es correcta, la historia temprana de las plantas con flores podría ser más de cien millones de años más profunda de lo que su registro fósil clásico hacía pensar.
Referencias
Xin Wang et al, Permian carpel-like organs and their implications on origin of angiosperms, Plant Biosystems (2026). DOI: 10.1007/s44473-026-00267-6
Un equipo de investigación del CONICET analizó la microestructura ósea de cuatro especies del género Prochelidella y detectó diferencias vinculadas con su crecimiento e historia de vida.
Foto in situ de un fragmento de caparazón del género Prochelidella. Campaña 2022, Neuquén. Gentileza investigador.
Un equipo de investigación del CONICET realizó por primera vez un estudio paleohistológico —un análisis de los tejidos biológicos— de restos fósiles del caparazón de cuatro especies de tortugas del suborden Pleurodira, también conocidas como “tortugas de cuello lateral” por la forma en que retraen su cabeza. El trabajo, que analizó muestras de diversas cuencas de la Patagonia argentina, busca comprender la variación en la microestructura ósea para reconstruir la historia de vida de estos reptiles.
Fotografía en detalle los materiales que luego serán embebidos en resina para ser cortados. Gentileza investigador.
“Las tortugas del suborden Pleurodira son exclusivas del hemisferio sur y son todas de agua dulce (acuáticas continentales). Actualmente, están representadas principalmente por tortugas de Sudamérica, África y Australia. Dentro de este grupo se encuentran las familias Chelidae (tortugas de agua), Pelomedusidae (tortugas de lodo o fango) y Podocnemididae (tortugas de patas con armadura). En nuestro estudio nos enfocamos particularmente en la familia Chelidae y en el género Prochelidella, que representa el género más antiguo de Pleurodira”, comenta Marcos Jannello, investigador del CONICET en el Instituto de Evolución, Ecología Histórica y Ambiente (IDEVEA, CONICET-UTN).
Las muestras analizadas corresponden al período Cretácico (145–66 Ma), una época de profundas transformaciones ambientales y biológicas: “En tierra había una enorme diversidad de dinosaurios, además de cocodrilos, lagartos, serpientes, mamíferos primitivos, pterosaurios y, por supuesto, tortugas. Además, durante el Cretácico se produjo una importante expansión y diversificación de las angiospermas, es decir, las plantas con flores. Al mismo tiempo, continuaban siendo importantes las coníferas, los helechos y otros grupos vegetales”, comenta el científico. “En Sudamérica y, particularmente, en la Patagonia, existían diferentes ambientes continentales, incluidos sistemas fluviales, lagos, llanuras de inundación y ambientes volcánicos. Estos ecosistemas estaban habitados por una fauna muy diversa”, agrega.
Microfotografía de Prochelidella portezuelae (MCF-PVPH 161) del Cretácico Superior de la provincia de Neuquén. Vista general del corte de una placa costal con osteosclerosis. Vista con luz polarizada y filtro lambda bajo microscopio petrográfico 4x. Gentileza investigador.
Al examinar la microestructura de las placas costales de las cuatro especies de tortugas del suborden Pleurodira: Prochelidella portezuelae, Prochelidella cerrobarcinae, Prochelidella palomoi y Prochelidella buitreraensis, los científicos descubrieron variaciones significativas en la organización de los tejidos. “En nuestro caso, la paleohistología nos permitió detectar grandes diferencias internas entre especies de Prochelidella que no eran evidentes cuando observamos solamente la forma externa del caparazón”, destaca Jannello.
El estudio puso en evidencia que, aunque las cuatro especies presentan una organización general del hueso del caparazón bastante similar, existen diferencias importantes en su microestructura ósea, principalmente en el grado de compactación del hueso; la organización y vascularización de las cortezas externa e interna; el desarrollo del tejido óseo esponjoso; y la cantidad y distribución de las líneas de crecimiento detenido (LAGs), que fueron muy abundantes.
“Un resultado particularmente interesante de nuestro estudio fueron las diferencias en el número de LAGs entre especies. P. cerrobarcinae presentó el mayor número, con hasta trece LAGs, mientras que P. buitreraensis y P. portezuelae presentaron hasta ocho y P. palomoi, alrededor de cinco. También encontramos diferencias en la compactación. P. portezuelae, por ejemplo, presenta una microestructura particularmente compacta, mientras que P. buitreraensis presenta zonas con mayor desarrollo de hueso esponjoso”, detalla el científico.
Asimismo, Jannello destaca que estas diferencias indican que no todas las especies tenían exactamente la misma historia de crecimiento ni necesariamente enfrentaban las mismas condiciones ambientales o funcionales, a pesar de pertenecer al mismo género.
Sosteniendo y observando el material para evaluar si es posible hacer un corte delgado en fósil de tortuga por el investigador J. Marcos Jannello, miembro del equipo del IDEVEA-UTN. 2025, campaña en Lago Barreales, Neuquén. Gentileza investigador.
El equipo también contrastó los resultados con otros taxones emparentados, como Mendozachelys wichmanni, Rionegrochelys caldieroi y Linderochelys rinconensis. “Comparar Prochelidella con otras tortugas relacionadas nos permitió determinar qué características son propias de estas especies y cuáles forman parte de un patrón más general dentro de las tortugas pleurodiras. Esto, al mismo tiempo, nos da información y nos plantea la siguiente pregunta de investigación: ¿por qué esta tortuga es así? Además, permite poner la diversidad histológica de Prochelidella en un contexto evolutivo más amplio y evaluar qué información puede aportar la microestructura ósea para comprender la evolución de las tortugas pleurodiras. En definitiva, no estudiamos solamente cómo era el hueso, sino qué nos puede contar ese hueso sobre la evolución, el crecimiento y la historia de vida de estas tortugas en este período particular”, concluye.
Referencia bibliográfica:
Juan Marcos Jannello, Ignacio Jorge Maniel, Marcelo Saúl de la Fuente, Leonardo Sebastián Filippi, Microstructure bone diversity on the oldest Pan-Chelidae turtles (Testudines: Pleurodira): understanding shell paleohistological variation and life history of Prochelidella spp., Cretaceous Research, Volume 189, 2027, 106464, ISSN 0195-6671. https://doi.org/10.1016/j.cretres.2026.106464.
Las intensas lluvias caídas en Colorado llenaron de agua las enormes marcas de saurópodos en la ruta de rastros fósiles de West Gold Hill. El fenómeno natural hizo que las pisadas prehistóricas, grabadas en la arenisca roja a más de 1.600 pies de altura, resaltaran con una claridad asombrosa.
Las imágenes captadas por el videógrafo Barry Stevenson mostraron cómo los charcos de lluvia pusieron en valor el rastro continuo de dinosaurios más grande del mundo. El sitio paleontológico atrae a investigadores y curiosos por la extraordinaria preservación de estas huellas de 150 millones de años.
Un estudio con modelos informáticos demuestra que las patas generaban la fuerza inicial de la que se servía para comenzar la fase de despegue antes de un vuelo sostenible
Restos fósiles de un espécimen de Archaeopteryx localizado en Berlín - Wikipedia
Pese a que la ciencia establece que los dinosaurios se extinguieron hace 66 millones de años, las investigaciones sobre los diferentes ejemplares que habitaron la Tierra siguen abiertas para tratar de arrojar luz sobre su estilo de vida y sus capacidades. Del mismo modo que existen estudios para saber cómo eran capaces de ponerse de pie los saurópodos, ahora un grupo de la Universidad de Southampton ha centrado su línea de profundización en un ejemplar que emparentaba a dinosaurios y aves. Se trata del Archaeopteryx.
La duda principal con respecto a estos especímenes que habitaron hace 150 millones de años se ha centrado en el modo en que eran capaces de alzar el vuelo. La razón de esa interrogante reside en la ausencia de esternón con aquillado, además de en la propia morfología de sus alas, que no podían elevarse por encima de la altura de la espalda del propio ejemplar para ejercer la fuerza necesaria con la que iniciar una travesía aérea.
Una investigación que se sirve de la línea de trabajo de otros expertos
Ilustración del despegue del Archaeopteryx - Science Graphic Design
El interés en este ejemplar radica en el hecho de que se trata de uno de los primeros reptiles que logró desarrollar esa capacidad de vuelo. El trabajo investigador sobre los Archaeopteryx se remonta a más de un siglo atrás, pero ahora el grupo de estudio del centro académico británico ha aprovechado parte del trabajo realizado por el Dr. Colin Palmer años atrás para profundizar en el estudio. Para ello, se han servido de modelos informáticos que han permitido conocer la clave de la elevación de este reptil: su maniobra partía de dos o tres saltos con los que obtenía la velocidad necesaria para iniciar la fase de vuelo.
La investigación, detallada por Scitech Daily, muestra cómo los modelos computacionales desarrollados en la Universidad de Southampton han permitido simular la aerodinámica de estas criaturas prehistóricas con precisión. Al analizar la resistencia y el empuje de sus extremidades, los investigadores comprobaron que el Archaeopteryx no poseía la fuerza muscular ni la morfología necesaria para despegar directamente desde el suelo de forma vertical ni la flexibilidad para realizar un aleteo amplio como el de las aves modernas.
Modelos informáticos para simular el despegue
En su lugar, debía recurrir a un sistema adicional con el que obtener el primer impulso e inercia. Un empuje que le llegaba a través de dos o tres potentes saltos que era capaz de realizar con sus extremidades inferiores. A esa conclusión llegó el equipo investigador del que forma parte Markus Heller, profesor de biomecánica en Southampton, al comparar en los modelos informáticos la estructura morfológica del prehistórico reptil con aves conocidas como gaviotas, urracas, cuervos y pinzones.
El propio Heller reconoce que las limitaciones conocidas de dicha especie fueron las que generaron una incógnita que debía ser despejada: «Sabemos que el Archaeopteryx no podía depender de sus alas para despegar, así que nos preguntamos qué aportaban sus patas. Resulta que ahí reside la clave del despegue: las patas generan la fuerza y las alas toman el relevo después», destacaba el experto.
Erik Meilak, exinvestigador de doctorado en la institución británica y uno de los autores del estudio publicado por Science Direct, señala en las conclusiones que esos dos o tres saltos permitirían a un ejemplar de 400 gramos alcanzar la velocidad de siete metros por segundo que, combinada con un aleteo entre saltos le permitía establecer las condiciones necesarias para iniciar un vuelo sostenible.
Una práctica que resulta de lo más corriente en la naturaleza, pues el 90% de la fuerza necesaria para que las aves realicen su despegue procede de las patas. Existen ejemplares que se sirven de un solo impulso para elevarse y comenzar travesía aérea, si bien el mecanismos que implicaba el vuelo del Archaeopteryx tiene más que ver con especies actuales como urracas y gaviotas, tal como han referenciado los modelos informáticos con los que se ha llevado a cabo el trabajo en cuestión.
El análisis de huesos fosilizados mediante tomografías, microscopía y estudios histológicos está revelando una faceta mucho menos conocida de los dinosaurios. Algunas especies sobrevivieron durante meses o años con tumores, infecciones y lesiones articulares graves, lo que también ofrece nuevas pistas sobre su comportamiento y forma de vida.
La imagen de los dinosaurios como animales prácticamente indestructibles contrasta cada vez más con lo que aparece en sus huesos. Fracturas que llegaron a cicatrizar, articulaciones deterioradas, infecciones persistentes e incluso tumores malignos han quedado registrados en fósiles de millones de años de antigüedad, permitiendo reconstruir enfermedades que acompañaron a estos animales durante buena parte de sus vidas.
La disciplina encargada de estudiar estas evidencias se conoce como paleopatología, y durante los últimos años se ha beneficiado enormemente de tecnologías como las tomografías computarizadas de alta resolución, la microscopía electrónica y el análisis histológico del tejido óseo. Gracias a ellas, los científicos pueden distinguir una lesión producida después de la muerte de otra que realmente afectó al animal mientras estaba vivo.
Los resultados muestran que muchas enfermedades que asociamos con los humanos y otros animales modernos ya existían mucho antes de nuestra aparición.
Un dinosaurio vivió con un cáncer de hueso avanzado
Uno de los casos más llamativos fue presentado en 2020, cuando investigadores diagnosticaron un osteosarcoma, un cáncer óseo maligno, en un Centrosaurus apertus. El tumor afectaba su peroné y había provocado una deformación considerable del hueso.
Los análisis permitieron diferenciar aquella alteración de una simple fractura o infección y mostraron que el cáncer había avanzado durante un periodo considerable. El animal probablemente sufrió problemas de movilidad mientras la enfermedad progresaba.
Lo más interesante es dónde apareció el fósil. El ejemplar formaba parte de un enorme yacimiento en el que cientos de Centrosaurus murieron aparentemente durante una catástrofe natural, probablemente una inundación. Que aquel individuo enfermo permaneciera junto al grupo hasta su muerte ha llevado a plantear que la vida gregaria pudo proporcionarle cierta protección pese a sus limitaciones físicas.
No demuestra necesariamente que otros dinosaurios lo cuidaran, pero sí indica que una enfermedad grave no lo excluyó inmediatamente de la manada.
Infecciones y articulaciones destruidas por el paso del tiempo
El cáncer no es la única enfermedad registrada. Los huesos de distintos dinosaurios muestran señales compatibles con osteomielitis, una infección del tejido óseo que puede aparecer después de heridas profundas y mantenerse durante largos periodos.
Mordeduras, peleas entre individuos o accidentes podían abrir una vía de entrada para microorganismos. Cuando el animal sobrevivía, el hueso reaccionaba produciendo tejido nuevo y dejando deformaciones, cavidades y crecimientos que millones de años después todavía pueden identificarse.
También existen fósiles con signos de degeneración articular. Los grandes herbívoros soportaban enormes cargas durante toda su vida y algunos ejemplares muestran desgaste, fusión de estructuras óseas y alteraciones compatibles con procesos artríticos.
Estas lesiones no solo permiten conocer de qué enfermaban los dinosaurios, sino también comprobar que algunos sobrevivieron el tiempo suficiente para que sus huesos comenzaran a repararse o adaptarse al daño.
Sobrevivir a una lesión podía exigir cambiar de estrategia
Las fracturas cicatrizadas constituyen otra fuente de información especialmente valiosa. Cuando un hueso muestra un callo óseo desarrollado significa que el animal permaneció vivo después del traumatismo y atravesó un proceso prolongado de recuperación.
En grandes depredadores, una lesión en una pata o mandíbula habría afectado directamente a su capacidad para conseguir alimento. Por ello, los paleontólogos consideran posible que algunos individuos heridos tuvieran que modificar temporalmente su comportamiento, aprovechando carroña o presas más fáciles en lugar de enfrentarse a animales grandes y saludables.
Sin embargo, reconstruir exactamente estas conductas a partir de fósiles requiere cautela: los huesos pueden demostrar que un dinosaurio sobrevivió a una enfermedad, pero no siempre explican cómo consiguió hacerlo.
Lo que sí está cada vez más claro es que los dinosaurios estaban lejos de ser organismos inmunes a las enfermedades. Durante los más de 160 millones de años en los que dominaron los ecosistemas terrestres tuvieron cáncer, infecciones, fracturas y problemas articulares, y algunos consiguieron sobrevivir durante largos periodos pese a esas condiciones.
Sus fósiles no conservan únicamente la anatomía de animales extinguidos: también guardan, literalmente en sus huesos, la historia de las enfermedades que padecieron mientras estaban vivos.