domingo, 6 de septiembre de 2026

Científicos descubren en China un fósil de 295 millones de años: podría ser la planta con flores más antigua conocida

Un fósil de más de 295 millones de años hallado en China conserva tres estructuras con posibles óvulos o semillas encerrados que sus descubridores interpretan como carpelos de una antigua angiosperma.

Un fósil del Pérmico podría revelar la estructura de una planta con flores más 

antigua conocida hasta ahora. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Las plantas con flores dominan buena parte de los paisajes actuales, desde bosques y praderas hasta cultivos y jardines. Sin embargo, su aparición sigue escondiendo uno de los grandes enigmas de la evolución. ¿Cuándo surgieron realmente las angiospermas? Durante décadas, el registro fósil más convincente parecía situar su gran irrupción en el Cretácico. Ahora, un diminuto fósil encontrado en el norte de China vuelve a llevar esa discusión mucho más atrás en el tiempo.

El ejemplar procede de la Formación Shanxi, en la provincia china del mismo nombre, y ha sido bautizado como Permocarpelloides shuozhouensis. Su antigüedad resulta extraordinaria, dado que la formación geológica en la que apareció ha sido fechada entre aproximadamente 295 y 298,9 millones de años. Estamos, por tanto, en el Pérmico temprano, muchísimo antes de la época en la que tradicionalmente se sitúa la expansión de las plantas con flores.

El equipo encabezado por Xin Wang sostiene en Plant Biosystems que las estructuras preservadas pueden interpretarse como carpelos o frutos que encerraban óvulos o semillas. Si esa interpretación se confirma, las consecuencias serían importantes: situaría una característica esencial asociada a las angiospermas unos 295 millones de años atrás.

La propuesta es atrevida y los propios investigadores saben que están entrando en uno de los debates más difíciles de la paleobotánica. No se trata simplemente de encontrar una planta antigua con un aspecto curioso. La cuestión fundamental es demostrar qué eran realmente las pequeñas estructuras conservadas dentro del fósil.

Tres pequeñas estructuras que plantean una enorme pregunta

Permocarpelloides no impresiona por su tamaño. El fósil conserva tres estructuras alargadas colocadas aproximadamente en paralelo. Cada una mide parcialmente entre 4,2 y 4,8 milímetros de longitud y alrededor de 1,2-1,3 milímetros de anchura. En su interior aparecen varios cuerpos redondeados de tamaños diferentes.

Los autores interpretan esos cuerpos como óvulos o semillas en distintas fases de desarrollo. Los mayores alcanzan entre 1,15 y 1,4 milímetros de diámetro, mientras que los pequeños se sitúan entre 0,36 y 0,57 milímetros. Algunos de los ejemplares de mayor tamaño presentan, además, una ornamentación exterior que los investigadores comparan con una cubierta seminal.

Para mirar más allá de la superficie, el equipo examinó la pieza mediante microtomografía computarizada. El fósil fue escaneado obteniendo 2.000 proyecciones con una resolución de 26,22 micrómetros, que permitieron reconstruir tridimensionalmente su interior. Las imágenes de micro-CT muestran esos cuerpos aparentemente encerrados dentro de las tres estructuras.

Permocarpelloides shuozhouensis. Las imágenes a y b muestran las dos caras enfrentadas del holotipo, mientras que la imagen c permite observar con mayor detalle los numerosos óvulos o semillas, de distintos tamaños, conservados en el interior de uno de los frutos. Foto: Plant Biosystems (2026)

Ahí está precisamente la clave del trabajo. Una de las características fundamentales de las angiospermas es que sus óvulos quedan encerrados dentro de una estructura reproductora. A diferencia de ellas, las gimnospermas —el grupo al que pertenecen, por ejemplo, las coníferas— reciben su nombre precisamente de la condición de sus semillas u óvulos no encerrados de la misma manera.
La presencia de óvulos encerrados en Permocarpelloides sugiere que estamos ante el fruto de una angiosperma.
Por qué este fósil podría ser tan importante

Hay otro detalle que llamó especialmente la atención de los investigadores. Las tres estructuras aparecen juntas, orientadas en la misma dirección y claramente separadas unas de otras. El equipo propone que podrían haber formado parte de un único gineceo apocárpico, es decir, un aparato reproductor femenino compuesto por carpelos libres.

La comparación resulta relevante porque los gineceos de carpelos separados aparecen en algunas angiospermas actuales, entre ellas representantes de grupos como Magnoliales. Precisamente la ausencia de estructuras semejantes había sido uno de los problemas planteados frente a anteriores fósiles pérmicos propuestos por estos investigadores como posibles angiospermas.

El nuevo ejemplar, según los autores, encajaría mejor con esa expectativa. De ahí el nombre Permocarpelloides: combina su procedencia pérmica con su parecido parcial con un carpelo.

Pero existe una diferencia enorme entre afirmar que algo se parece a un carpelo y demostrar que estamos ante una angiosperma de casi 300 millones de años. El propio artículo dedica buena parte de su discusión a considerar otras posibilidades, entre ellas las coníferas, Caytonia y los llamados helechos con semilla.

Los investigadores argumentan que ninguna de esas alternativas conocidas reproduce adecuadamente la combinación observada en Permocarpelloides. Aun así, introducen una cautela importante: admiten que, incluso si futuras investigaciones acabaran situándolo dentro de un grupo desconocido de gimnospermas, el fósil continuaría siendo evolutivamente extraordinario por la aparente presencia de estructuras reproductoras encerradas.

Un salto de más de 100 millones de años

La controversia se entiende mejor al mirar el calendario geológico. El Cretácico comenzó hace unos 145 millones de años. Permocarpelloides, en cambio, procede de rocas de más de 295 millones. Entre ambos momentos existe un abismo temporal.

El fósil apareció en una limolita gris situada sobre la capa de carbón número 4 de la Formación Shanxi, en la mina a cielo abierto de Antaibao, cerca de Shuozhou. La flora de esta formación pertenece a un mundo radicalmente diferente al actual, mucho anterior incluso a los dinosaurios.

No es el primer fósil con el que Wang y sus colaboradores cuestionan una aparición cretácica de las angiospermas. El artículo menciona otros tres taxones del Pérmico temprano —Taiyuanostachya, Yuzhoua y Dengfengfructus— que el equipo también ha interpretado como posibles plantas con flores. Lo llamativo para los investigadores es que sus órganos reproductores presentan morfologías diferentes entre sí.

Afloramiento de la Formación Shanxi, en Shuozhou (China), donde fue descubierto
 el fósil de Permocarpelloides. Foto: Plant Biosystems (2026)
Si todas esas identificaciones terminaran resistiendo el escrutinio científico, la consecuencia sería todavía más sorprendente que la existencia de una única angiosperma pérmica. Implicaría que hace unos 295 millones de años ya existía cierta diversidad morfológica y, por tanto, que el origen del grupo tendría que remontarse todavía más atrás.
La edad pérmica de este fósil sitúa la historia de las angiospermas en torno a los 295 millones de años.
Un fósil capaz de reabrir una vieja discusión

El nuevo trabajo no convierte automáticamente a Permocarpelloides en la respuesta definitiva al origen de las flores. La identificación de supuestas angiospermas anteriores al Cretácico lleva décadas generando discusión precisamente porque las estructuras reproductoras son esenciales para establecer afinidades y los fósiles incompletos permiten interpretaciones alternativas.

Lo que sí proporciona el ejemplar chino es una anatomía concreta que puede ser examinada y discutida: tres órganos paralelos, varios cuerpos de diferente tamaño aparentemente encerrados en ellos y reconstrucciones mediante micro-CT que permiten observar su disposición interna.

Los autores llevan su interpretación hasta una conclusión ambiciosa. Consideran que Permocarpelloides presenta semillas y óvulos encerrados y que, junto con otros fósiles propuestos anteriormente, respalda la existencia y diversificación de angiospermas durante el Pérmico temprano. También relacionan este escenario con estimaciones de relojes moleculares y estudios sobre insectos fósiles que apuntan hacia una historia precretácica de las plantas con flores.

Por ahora, una pieza de apenas unos milímetros acaba colocando sobre la mesa una pregunta de dimensiones mucho mayores. Si la interpretación de Permocarpelloides es correcta, la historia temprana de las plantas con flores podría ser más de cien millones de años más profunda de lo que su registro fósil clásico hacía pensar.

Referencias

Xin Wang et al, Permian carpel-like organs and their implications on origin of angiosperms, Plant Biosystems (2026). DOI: 10.1007/s44473-026-00267-6

sábado, 5 de septiembre de 2026

Un estudio sobre caparazones fósiles revela diferencias entre tortugas del Cretácico patagónico

Un equipo de investigación del CONICET analizó la microestructura ósea de cuatro especies del género Prochelidella y detectó diferencias vinculadas con su crecimiento e historia de vida.

Foto in situ de un fragmento de caparazón del género Prochelidella. Campaña 
2022, Neuquén. Gentileza investigador.
Un equipo de investigación del CONICET realizó por primera vez un estudio paleohistológico —un análisis de los tejidos biológicos— de restos fósiles del caparazón de cuatro especies de tortugas del suborden Pleurodira, también conocidas como “tortugas de cuello lateral” por la forma en que retraen su cabeza. El trabajo, que analizó muestras de diversas cuencas de la Patagonia argentina, busca comprender la variación en la microestructura ósea para reconstruir la historia de vida de estos reptiles.

Fotografía en detalle los materiales que luego serán embebidos en resina para
ser cortados. Gentileza investigador.
“Las tortugas del suborden Pleurodira son exclusivas del hemisferio sur y son todas de agua dulce (acuáticas continentales). Actualmente, están representadas principalmente por tortugas de Sudamérica, África y Australia. Dentro de este grupo se encuentran las familias Chelidae (tortugas de agua), Pelomedusidae (tortugas de lodo o fango) y Podocnemididae (tortugas de patas con armadura). En nuestro estudio nos enfocamos particularmente en la familia Chelidae y en el género Prochelidella, que representa el género más antiguo de Pleurodira”, comenta Marcos Jannello, investigador del CONICET en el Instituto de Evolución, Ecología Histórica y Ambiente (IDEVEA, CONICET-UTN).

Las muestras analizadas corresponden al período Cretácico (145–66 Ma), una época de profundas transformaciones ambientales y biológicas: “En tierra había una enorme diversidad de dinosaurios, además de cocodrilos, lagartos, serpientes, mamíferos primitivos, pterosaurios y, por supuesto, tortugas. Además, durante el Cretácico se produjo una importante expansión y diversificación de las angiospermas, es decir, las plantas con flores. Al mismo tiempo, continuaban siendo importantes las coníferas, los helechos y otros grupos vegetales”, comenta el científico. “En Sudamérica y, particularmente, en la Patagonia, existían diferentes ambientes continentales, incluidos sistemas fluviales, lagos, llanuras de inundación y ambientes volcánicos. Estos ecosistemas estaban habitados por una fauna muy diversa”, agrega.

Microfotografía de Prochelidella portezuelae (MCF-PVPH 161) del Cretácico
Superior de la provincia de Neuquén. Vista general del corte de una placa costal
con osteosclerosis. Vista con luz polarizada y filtro lambda bajo microscopio
 petrográfico 4x. Gentileza investigador.
Al examinar la microestructura de las placas costales de las cuatro especies de tortugas del suborden Pleurodira: Prochelidella portezuelae, Prochelidella cerrobarcinae, Prochelidella palomoi y Prochelidella buitreraensis, los científicos descubrieron variaciones significativas en la organización de los tejidos. “En nuestro caso, la paleohistología nos permitió detectar grandes diferencias internas entre especies de Prochelidella que no eran evidentes cuando observamos solamente la forma externa del caparazón”, destaca Jannello.

El estudio puso en evidencia que, aunque las cuatro especies presentan una organización general del hueso del caparazón bastante similar, existen diferencias importantes en su microestructura ósea, principalmente en el grado de compactación del hueso; la organización y vascularización de las cortezas externa e interna; el desarrollo del tejido óseo esponjoso; y la cantidad y distribución de las líneas de crecimiento detenido (LAGs), que fueron muy abundantes.

“Un resultado particularmente interesante de nuestro estudio fueron las diferencias en el número de LAGs entre especies. P. cerrobarcinae presentó el mayor número, con hasta trece LAGs, mientras que P. buitreraensis y P. portezuelae presentaron hasta ocho y P. palomoi, alrededor de cinco. También encontramos diferencias en la compactación. P. portezuelae, por ejemplo, presenta una microestructura particularmente compacta, mientras que P. buitreraensis presenta zonas con mayor desarrollo de hueso esponjoso”, detalla el científico.

Asimismo, Jannello destaca que estas diferencias indican que no todas las especies tenían exactamente la misma historia de crecimiento ni necesariamente enfrentaban las mismas condiciones ambientales o funcionales, a pesar de pertenecer al mismo género. 

Sosteniendo y observando el material para evaluar si es posible hacer un corte delgado
en fósil de tortuga por el investigador J. Marcos Jannello, miembro del equipo del
IDEVEA-UTN. 2025, campaña en Lago Barreales, Neuquén. Gentileza investigador.
El equipo también contrastó los resultados con otros taxones emparentados, como Mendozachelys wichmanni, Rionegrochelys caldieroi y Linderochelys rinconensis. “Comparar Prochelidella con otras tortugas relacionadas nos permitió determinar qué características son propias de estas especies y cuáles forman parte de un patrón más general dentro de las tortugas pleurodiras. Esto, al mismo tiempo, nos da información y nos plantea la siguiente pregunta de investigación: ¿por qué esta tortuga es así? Además, permite poner la diversidad histológica de Prochelidella en un contexto evolutivo más amplio y evaluar qué información puede aportar la microestructura ósea para comprender la evolución de las tortugas pleurodiras. En definitiva, no estudiamos solamente cómo era el hueso, sino qué nos puede contar ese hueso sobre la evolución, el crecimiento y la historia de vida de estas tortugas en este período particular”, concluye.

Referencia bibliográfica:

Juan Marcos Jannello, Ignacio Jorge Maniel, Marcelo Saúl de la Fuente, Leonardo Sebastián Filippi, Microstructure bone diversity on the oldest Pan-Chelidae turtles (Testudines: Pleurodira): understanding shell paleohistological variation and life history of Prochelidella spp., Cretaceous Research, Volume 189, 2027, 106464, ISSN 0195-6671. https://doi.org/10.1016/j.cretres.2026.106464.

mendoza.conicet.gov.ar 

EL AGUA DE LLUVIA SE ACUMULA EN HUELLAS DE DINOSAURIOS DE 150 MILLONES DE AÑOS DE ANTIGÜEDAD

Las intensas lluvias caídas en Colorado llenaron de agua las enormes marcas de saurópodos en la ruta de rastros fósiles de West Gold Hill. El fenómeno natural hizo que las pisadas prehistóricas, grabadas en la arenisca roja a más de 1.600 pies de altura, resaltaran con una claridad asombrosa.


Las imágenes captadas por el videógrafo Barry Stevenson mostraron cómo los charcos de lluvia pusieron en valor el rastro continuo de dinosaurios más grande del mundo. El sitio paleontológico atrae a investigadores y curiosos por la extraordinaria preservación de estas huellas de 150 millones de años.

Crédito: Barry Stevenson vía Storyful

youtube.com

La Universidad de Southampton explica cómo despegaba el mítico Archaeopteryx: dos o tres saltos le daban la velocidad necesaria para volar

Un estudio con modelos informáticos demuestra que las patas generaban la fuerza inicial de la que se servía para comenzar la fase de despegue antes de un vuelo sostenible

Restos fósiles de un espécimen de Archaeopteryx localizado en Berlín
 - Wikipedia
Pese a que la ciencia establece que los dinosaurios se extinguieron hace 66 millones de años, las investigaciones sobre los diferentes ejemplares que habitaron la Tierra siguen abiertas para tratar de arrojar luz sobre su estilo de vida y sus capacidades. Del mismo modo que existen estudios para saber cómo eran capaces de ponerse de pie los saurópodos, ahora un grupo de la Universidad de Southampton ha centrado su línea de profundización en un ejemplar que emparentaba a dinosaurios y aves. Se trata del Archaeopteryx.

La duda principal con respecto a estos especímenes que habitaron hace 150 millones de años se ha centrado en el modo en que eran capaces de alzar el vuelo. La razón de esa interrogante reside en la ausencia de esternón con aquillado, además de en la propia morfología de sus alas, que no podían elevarse por encima de la altura de la espalda del propio ejemplar para ejercer la fuerza necesaria con la que iniciar una travesía aérea.

Una investigación que se sirve de la línea de trabajo de otros expertos

Ilustración del despegue del Archaeopteryx - Science Graphic Design
El interés en este ejemplar radica en el hecho de que se trata de uno de los primeros reptiles que logró desarrollar esa capacidad de vuelo. El trabajo investigador sobre los Archaeopteryx se remonta a más de un siglo atrás, pero ahora el grupo de estudio del centro académico británico ha aprovechado parte del trabajo realizado por el Dr. Colin Palmer años atrás para profundizar en el estudio. Para ello, se han servido de modelos informáticos que han permitido conocer la clave de la elevación de este reptil: su maniobra partía de dos o tres saltos con los que obtenía la velocidad necesaria para iniciar la fase de vuelo.

La investigación, detallada por Scitech Daily, muestra cómo los modelos computacionales desarrollados en la Universidad de Southampton han permitido simular la aerodinámica de estas criaturas prehistóricas con precisión. Al analizar la resistencia y el empuje de sus extremidades, los investigadores comprobaron que el Archaeopteryx no poseía la fuerza muscular ni la morfología necesaria para despegar directamente desde el suelo de forma vertical ni la flexibilidad para realizar un aleteo amplio como el de las aves modernas.

Modelos informáticos para simular el despegue

En su lugar, debía recurrir a un sistema adicional con el que obtener el primer impulso e inercia. Un empuje que le llegaba a través de dos o tres potentes saltos que era capaz de realizar con sus extremidades inferiores. A esa conclusión llegó el equipo investigador del que forma parte Markus Heller, profesor de biomecánica en Southampton, al comparar en los modelos informáticos la estructura morfológica del prehistórico reptil con aves conocidas como gaviotas, urracas, cuervos y pinzones.

El propio Heller reconoce que las limitaciones conocidas de dicha especie fueron las que generaron una incógnita que debía ser despejada: «Sabemos que el Archaeopteryx no podía depender de sus alas para despegar, así que nos preguntamos qué aportaban sus patas. Resulta que ahí reside la clave del despegue: las patas generan la fuerza y las alas toman el relevo después», destacaba el experto.

Erik Meilak, exinvestigador de doctorado en la institución británica y uno de los autores del estudio publicado por Science Direct, señala en las conclusiones que esos dos o tres saltos permitirían a un ejemplar de 400 gramos alcanzar la velocidad de siete metros por segundo que, combinada con un aleteo entre saltos le permitía establecer las condiciones necesarias para iniciar un vuelo sostenible.

Una práctica que resulta de lo más corriente en la naturaleza, pues el 90% de la fuerza necesaria para que las aves realicen su despegue procede de las patas. Existen ejemplares que se sirven de un solo impulso para elevarse y comenzar travesía aérea, si bien el mecanismos que implicaba el vuelo del Archaeopteryx tiene más que ver con especies actuales como urracas y gaviotas, tal como han referenciado los modelos informáticos con los que se ha llevado a cabo el trabajo en cuestión.

Los dinosaurios también sufrían cáncer, artritis e infecciones crónicas: sus fósiles conservan las pruebas

El análisis de huesos fosilizados mediante tomografías, microscopía y estudios histológicos está revelando una faceta mucho menos conocida de los dinosaurios. Algunas especies sobrevivieron durante meses o años con tumores, infecciones y lesiones articulares graves, lo que también ofrece nuevas pistas sobre su comportamiento y forma de vida.

© Magnific
La imagen de los dinosaurios como animales prácticamente indestructibles contrasta cada vez más con lo que aparece en sus huesos. Fracturas que llegaron a cicatrizar, articulaciones deterioradas, infecciones persistentes e incluso tumores malignos han quedado registrados en fósiles de millones de años de antigüedad, permitiendo reconstruir enfermedades que acompañaron a estos animales durante buena parte de sus vidas.

La disciplina encargada de estudiar estas evidencias se conoce como paleopatología, y durante los últimos años se ha beneficiado enormemente de tecnologías como las tomografías computarizadas de alta resolución, la microscopía electrónica y el análisis histológico del tejido óseo. Gracias a ellas, los científicos pueden distinguir una lesión producida después de la muerte de otra que realmente afectó al animal mientras estaba vivo.

Los resultados muestran que muchas enfermedades que asociamos con los humanos y otros animales modernos ya existían mucho antes de nuestra aparición.

Un dinosaurio vivió con un cáncer de hueso avanzado

© Reuters – Youtube.
Uno de los casos más llamativos fue presentado en 2020, cuando investigadores diagnosticaron un osteosarcoma, un cáncer óseo maligno, en un Centrosaurus apertus. El tumor afectaba su peroné y había provocado una deformación considerable del hueso.

Los análisis permitieron diferenciar aquella alteración de una simple fractura o infección y mostraron que el cáncer había avanzado durante un periodo considerable. El animal probablemente sufrió problemas de movilidad mientras la enfermedad progresaba.

Lo más interesante es dónde apareció el fósil. El ejemplar formaba parte de un enorme yacimiento en el que cientos de Centrosaurus murieron aparentemente durante una catástrofe natural, probablemente una inundación. Que aquel individuo enfermo permaneciera junto al grupo hasta su muerte ha llevado a plantear que la vida gregaria pudo proporcionarle cierta protección pese a sus limitaciones físicas.

No demuestra necesariamente que otros dinosaurios lo cuidaran, pero sí indica que una enfermedad grave no lo excluyó inmediatamente de la manada.

Infecciones y articulaciones destruidas por el paso del tiempo

El cáncer no es la única enfermedad registrada. Los huesos de distintos dinosaurios muestran señales compatibles con osteomielitis, una infección del tejido óseo que puede aparecer después de heridas profundas y mantenerse durante largos periodos.

Mordeduras, peleas entre individuos o accidentes podían abrir una vía de entrada para microorganismos. Cuando el animal sobrevivía, el hueso reaccionaba produciendo tejido nuevo y dejando deformaciones, cavidades y crecimientos que millones de años después todavía pueden identificarse.

También existen fósiles con signos de degeneración articular. Los grandes herbívoros soportaban enormes cargas durante toda su vida y algunos ejemplares muestran desgaste, fusión de estructuras óseas y alteraciones compatibles con procesos artríticos.

Estas lesiones no solo permiten conocer de qué enfermaban los dinosaurios, sino también comprobar que algunos sobrevivieron el tiempo suficiente para que sus huesos comenzaran a repararse o adaptarse al daño.

Sobrevivir a una lesión podía exigir cambiar de estrategia

Las fracturas cicatrizadas constituyen otra fuente de información especialmente valiosa. Cuando un hueso muestra un callo óseo desarrollado significa que el animal permaneció vivo después del traumatismo y atravesó un proceso prolongado de recuperación.

En grandes depredadores, una lesión en una pata o mandíbula habría afectado directamente a su capacidad para conseguir alimento. Por ello, los paleontólogos consideran posible que algunos individuos heridos tuvieran que modificar temporalmente su comportamiento, aprovechando carroña o presas más fáciles en lugar de enfrentarse a animales grandes y saludables.

Sin embargo, reconstruir exactamente estas conductas a partir de fósiles requiere cautela: los huesos pueden demostrar que un dinosaurio sobrevivió a una enfermedad, pero no siempre explican cómo consiguió hacerlo.

Lo que sí está cada vez más claro es que los dinosaurios estaban lejos de ser organismos inmunes a las enfermedades. Durante los más de 160 millones de años en los que dominaron los ecosistemas terrestres tuvieron cáncer, infecciones, fracturas y problemas articulares, y algunos consiguieron sobrevivir durante largos periodos pese a esas condiciones.

Sus fósiles no conservan únicamente la anatomía de animales extinguidos: también guardan, literalmente en sus huesos, la historia de las enfermedades que padecieron mientras estaban vivos.


viernes, 4 de septiembre de 2026

Descifran la verdadera identidad de Gasparinisaura, un pequeño dinosaurio que habitó la Patagonia hace 83 millones de años

Científicos del CONICET y especialistas internacionales analizaron su cráneo y revelaron nuevas claves sobre su anatomía y evolución.

Gasparinisaura cincosaltensis, un pequeño dinosaurio herbívoro.
Ilustración: Martina Charnelli
Científicos del CONICET, junto con un equipo internacional, lograron descifrar la verdadera identidad de Gasparinisaura cincosaltensis, un pequeño dinosaurio herbívoro de aproximadamente 80 centímetros de largo que habitó la Patagonia argentina hacia el final del período Cretácico, hace 83 millones de años.

Este dinosaurio ornitópodo proviene de la Formación Anacleto, ubicada en la localidad de Cinco Saltos, provincia de Río Negro, Argentina. El trabajo revisa en profundidad el cráneo más completo documentado hasta el momento para un ornitópodo no hadrosauriforme en todo el hemisferio sur.

“Mediante la reconstrucción por microtomografía computarizada médica se pudo obtener un modelo 3D de su cráneo sin dañarlo, además de analizar la deformación que sufrió durante el período en que permaneció enterrado. Con los datos obtenidos, se pudo confirmar que pertenece al linaje ‘Elasmaria’, que a su vez forma parte de la familia Dryosauridae”, explica Paul-Emile Dieudonné, paleontólogo del CONICET en el Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG, CONICET-UNRN) y primer autor del trabajo publicado en la revista Cretaceous Research.

El ejemplar de Gasparinisaura cincosaltensis constituye el tercer registro craneal mejor preservado de este grupo a nivel mundial. Asimismo, el trabajo recientemente publicado contribuye a llenar un vacío en la comprensión de la evolución del cráneo de los driosáuridos durante un período de casi 72 millones de años. Esto ha permitido definir una nueva subfamilia de dinosaurios gondwánicos, denominada disalotosaurinos, que emparenta a esta especie argentina con otros dinosaurios hallados en el Jurásico Superior de Tanzania, como Dysalotosaurus lettowvorbecki, y en el Cretácico Medio de Australia, como Leaellynasaura amicagraphica.

Características del estudio

Cráneo del Gasparinisaura cincosaltensis. Foto: gentileza Paul-Emile Dieudonné.
Gracias a una descripción detallada, los autores del trabajo pudieron discriminar los efectos de deformación y aplastamiento que sufrió el espécimen. Además, describieron nuevas características anatómicas, entre ellas, una separación entre una de las paredes internas del cerebro y el techo del cráneo.

“Este cráneo es excepcionalmente derivado. Presenta una gran cantidad de rasgos nunca antes visto en ningún otro dinosaurio ornitópodo”, destaca Ariana Paulina-Carabajal, investigadora del CONICET en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA, CONICET-UNCo).

Se confirmó que los enormes ojos de Gasparinisaura no se debían a que el ejemplar fuera una cría, sino que constituían una característica anatómica propia de los individuos adultos, completamente real y adaptada a su entorno. “En ese caso, el mayor tamaño de los globos oculares habría modificado la forma de los huesos de la caja craneana antes de que terminaran de desarrollarse y osificarse, desplazándolos hacia atrás. Al mismo tiempo, los huesos que conforman el hocico se habrían elevado para generar espacio para estas grandes cuencas oculares", añade la Dra. Penélope Cruzado-Caballero, investigadora de la Universidad de La Laguna, España.

Este descubrimiento respalda estudios previos que revelaron un área visual del cerebro altamente desarrollada en Leaellynasaura amicagraphica. Esta adaptación podría explicar, en parte, el éxito de los disalotosaurinos, un grupo de dinosaurios herbívoros adaptados a vivir en latitudes altas, donde debían afrontar largos períodos de oscuridad hacia el final de la era de los dinosaurios.

Referencia bibliográfica:

Dieudonné, P. É., Paulina-Carabajal, A., & Cruzado-Caballero, P. (2026). A redescription of the holotype skull of the ornithischian dinosaur Gasparinisaura cincosaltensis (Dryosauridae, Dysalotosaurinae clade nov.) and phylogenetic implications. Cretaceous Research, 106478.

DOI: https://doi.org/10.1016/j.cretres.2026.106478

Por Nahuel Aldir – Área de Comunicación CONICET Patagonia Confluencia

patagoniaconfluencia.conicet.gov.ar

martes, 1 de septiembre de 2026

Nuevo estudio sobre icnitas de grandes terópodos del Jurásico Superior europeo

Se acaba de publicar un trabajo sobre icnitas de terópodo del yacimiento de Plagne, localizado en Francia. Este yacimiento del Jurásico Superior destaca por conservar el holotipo del icnotaxón saurópodo Brontopodus plagnensis, un gran rastro de unos 150 metros, con icnitas de más de 1 metro de longitud. El yacimiento también cuenta con espectaculares icnitas de terópodo y en el nuevo trabajo se estudia en detalle el rastro PGN02, un rastro de más de 30 metros con icnitas muy bien conservadas.

Fotografías de las icnitas estudiadas y modelo 3D del rastro.
El estudio ha sido liderado por el investigador italiano Vincenzo Gesualdi y ha contado con la participación del aragosaurero Diego Castanera, además de investigadores de diversas instituciones italianas, francesas y suizas. En el trabajo se han utilizado diversas técnicas de paleontología virtual y de morfometría, y se ha estudiado en detalle la forma de cada una de las icnitas para entender su variación. Así, mediante el uso de landmarks, modelos 3D y técnicas de morfometría geométrica se han resaltado las similitudes del rastro con el icnotaxón M. transjuranicus. Este icnotaxón fue descrito en yacimientos del Jurásico Superior de Suiza, y se ha identificado en otras áreas del Jurásico Superior de Europa y Marruecos, siendo uno de los tipos de huellas de grandes terópodos más comunes en esta edad. 

Análisis de las icnitas estudiadas comparadas con el holotipo del icnotaxón

Megalosauripus transjuranicus mediante el software DigTrace.

Además, la publicación coincide con el inicio de una estancia de investigación que va a realizar Vincenzo en el grupo Aragosaurus, dentro de su Tesis Doctoral y financiada a través del programa Erasmus +. Durante los próximos tres meses, vamos a trabajar en la digitalización de yacimientos de icnitas, especialmente en la zona de Tierras Altas de Soria. De esta forma se pretende continuar los trabajos de documentación que llevamos haciendo en la zona en los yacimientos del Cretácico Inferior desde hace más de una década, pero en esta ocasión el objetivo es digitalizar grandes áreas mediante el uso de un dron.

La referencia completa y descarga de la publicación en:

Gesualdi, V., Sciscio, L., Meyer, C. A., Riga, A., Castanera, D., Fara, E., … Belvedere, M. (2026). Re-evaluating the Plagne (Tithonian) theropod trackway: quantitative analyses provide evidence on the presence of Megalosauripus transjuranicus in the French Jura. Journal of Vertebrate Paleontology. https://doi.org/10.1080/02724634.2026.2710193

aragosaurus.com