El análisis del cráneo de este coloso australiano revela cómo comía, cómo se movía y por qué fue mucho más singular de lo que se creía.
No todos los dinosaurios herbívoros fueron animales lentos y previsibles. Algunos desarrollaron soluciones anatómicas tan extrañas que aún hoy desconciertan a la ciencia. Eso es precisamente lo que acaba de ocurrir con Muttaburrasaurus langdoni, uno de los fósiles más emblemáticos de Australia.
Este gran ornitisquio vivió hace unos 96 millones de años en lo que hoy es Queensland, cuando buena parte del interior del continente estaba cubierto por el antiguo mar de Eromanga. Desde que su esqueleto fue hallado en 1963 cerca de la localidad de Muttaburra, su figura quedó asociada a una pregunta recurrente: ¿para qué servía aquella enorme protuberancia nasal?
Durante décadas se pensó que se trataba de una rareza evolutiva difícil de interpretar. También se asumía que, como otros grandes herbívoros de su tiempo, poseía un pico sin dientes en la parte frontal del hocico, útil para arrancar vegetación sin demasiada precisión.
Sin embargo, un nuevo trabajo publicado en PeerJ y liderado por Matthew C. Herne, tal y como indica el propio estudio, ha revisado el cráneo completo mediante tomografía computarizada, modelos tridimensionales y análisis internos imposibles de realizar hace solo unos años. El resultado cambia de forma profunda la imagen clásica del animal.
Un gigante mucho menos simple de lo que parecía
Los investigadores reconstruyeron regiones del cráneo que estaban incompletas o mal comprendidas. También localizaron fragmentos fósiles recuperados recientemente en el mismo yacimiento del ejemplar original. Esa combinación permitió reinterpretar la cara del dinosaurio con una precisión inédita.
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| Ilustración realizada por Matt Herne |
Además, el estudio del oído interno apunta a que este animal quizá alternaba posturas. Aunque era robusto, algunas proporciones recuerdan a dinosaurios capaces de desplazarse con agilidad sobre dos patas cuando la situación lo requería, mientras usaría las extremidades delanteras para alimentarse cerca del suelo.
La visión también encaja con un herbívoro vigilante. Sus ojos estaban colocados para ofrecer un amplio campo lateral, útil para detectar depredadores en espacios abiertos. El campo frontal, en cambio, habría sido más limitado.
El secreto estaba dentro de la nariz
La gran revelación llega al analizar la famosa joroba nasal. Tal y como ha revelado el equipo, esa estructura no era simplemente hueso macizo ni una ornamentación llamativa. En realidad estaba formada por elementos óseos poco comunes y por un complejo sistema de cavidades aéreas.
Esas cámaras se situaban por encima del conducto principal de respiración y probablemente ralentizaban el flujo del aire inhalado. ¿Por qué importa eso? Porque aumentar el tiempo de paso del aire puede mejorar la captación de olores.
El dato encaja con otro hallazgo decisivo: los bulbos olfativos del cerebro, responsables del procesamiento del olor, eran extraordinariamente grandes para un dinosaurio de este tipo. En otras palabras, Muttaburrasaurus parece haber tenido un olfato muy desarrollado.
Eso habría sido útil para encontrar plantas nutritivas en ambientes cambiantes, orientarse en paisajes costeros, detectar peligros a distancia o incluso reconocer a otros individuos.
Tal y como indica el estudio, las cavidades internas de la nariz podrían haber mejorado de forma notable el sentido del olfato, algo poco habitual en un gran dinosaurio herbívoro.
Y entonces aparecieron los dientes ocultos
Cuando el lector cree haber llegado al principal descubrimiento, aparece otro aún más llamativo. El supuesto pico sin dientes nunca existió tal como se imaginaba.
Los nuevos restos muestran que la parte frontal del hocico conservaba dientes bien desarrollados. Según el estudio, poseía cinco alveolos en la premaxila, una condición más primitiva que la de otros grandes ornitisquios posteriores.
Sus dientes posteriores, además, no estaban preparados para cortar como cuchillas, sino para triturar y moler, de forma comparable a la masticación de grandes herbívoros actuales.
El estudio también sugiere que vivía en zonas próximas al antiguo mar interior de Eromanga, un entorno muy distinto de la Australia actual.
Un dinosaurio que obliga a revisar el árbol evolutivo
La combinación de hocico dentado, olfato avanzado y anatomía singular también afecta a su parentesco evolutivo. Muttaburrasaurus podría representar una rama más temprana y peculiar de los ornitópodos de lo que se creía.
Eso explica por qué siempre resultó tan difícil encajarlo entre especies famosas del hemisferio norte. No era una copia australiana de Iguanodon ni de los hadrosaurios: seguía su propio camino evolutivo.
Noventa y seis millones de años después, este dinosaurio de nariz imposible acaba de demostrar que aún quedan sorpresas escondidas dentro de los fósiles más conocidos. Y a veces basta mirar dentro del cráneo para descubrir que un viejo gigante nunca fue como pensábamos.
Referencias
M.C. Herne et al. 2026. Cranial anatomy, palaeoneurology, palaeobiology and stratigraphic age of the large-bodied ornithopod, Muttaburrasaurus langdoni Bartholomai and Molnar, 1981, from the mid-Cretaceous of Australia. PeerJ 14: e20794; doi: 10.7717/peerj.20794








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