Liderado por la Universidad Complutense de Madrid con la colaboración de la Estación Biológica de Doñana, el estudio analiza información de decenas de miles de fósiles de roedores, lagomorfos e insectívoros procedentes de 400 yacimientos de la península ibérica. El innovador método cuantitativo aplicado consigue calibrar las edades de las localidades de hasta 25 millones de años.
Un lirón careto, una de las especies que abarca el estudio. / Animalia.
Un equipo de investigación liderado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) en el que también participa la Estación Biológica de Doñana-CSIC ha reconstruido los últimos veinticinco millones de años de historia de la península ibérica a través del análisis, con un innovador modelo cuantitativo, de decenas de miles de fósiles de micromamíferos de 400 yacimientos.
Una de las principales aportaciones del trabajo publicado en Earth-Science Reviews es la datación de aquellos yacimientos que hasta ahora carecían de ella. Así, los investigadores han afinado un preciso reloj geobiológico que desvela las claves de las transiciones evolutivas durante el Neógeno-Cuaternario para comprender cómo la fauna ha respondido históricamente a los cambios ambientales.
“Establecer una escala temporal precisa en yacimientos continentales terrestres ha sido históricamente uno de los mayores retos para la geología. A diferencia de los sedimentos marinos, que se acumulan de forma continua, el registro terrestre se conserva de manera fragmentada en cuencas sedimentarias aisladas”, destaca Manuel Hernández Fernández, catedrático del Departamento de Geodinámica, Estratigrafía y Paleontología de la UCM y uno de los autores del trabajo.
Más allá de ratones y ardillas
Una de las novedades de este trabajo es el tipo de especies incluidas. Hasta la fecha, los análisis de este tipo se dedicaban mayoritariamente al estudio de los roedores (grupo que incluye a ratones, ardillas, lirones, castores, etc.).
"Nosotros hemos integrado en el análisis también a los lagomorfos (conejos, liebres y pikas) y a los insectívoros (musarañas, topos y erizos), que suponen el 22% del total de las especies de la base de datos", explica Rubén Juidíaz, investigador predoctoral de la UCM y primer autor del artículo. Los resultados demuestran, continúa el investigador, que añadir estos nuevos grupos puede resultar decisivo ya que algunas de sus especies actúan como excelentes "marcadores" cronológicos en ciertos intervalos temporales.
El estudio ha conseguido calibrar las edades de las localidades analizadas con una gran precisión, sin precedentes para la mayor parte del registro analizado. No obstante, el método pierde resolución en los milenios más recientes, identificando los últimos 50 000 años del registro como un límite en la precisión del método.
“En este lapso temporal tan reciente, debido a su brevedad temporal, la escasez de eventos de aparición de nuevas especies o de extinción de micromamíferos, la fragmentación de sus poblaciones en refugios climáticos ibéricos durante la última gran glaciación y la llegada asíncrona de especies comensales vinculadas al ser humano (como ratas y ratones domésticos), distorsionan la homogeneidad necesaria para una ordenación biocronológica adecuada”, explica Fernando Blanco, investigador de la Estación Biológica de Doñana (CSIC).
El primer paso para llevar a cabo el trabajo fue reunir la información del registro fósil ibérico, que se puede considerar privilegiado a escala mundial: 322 especies y más de 4.000 registros de su presencia en cerca de 400 yacimientos de 20 cuencas cenozoicas diferentes.
Para poner orden en el inmenso volumen de datos, se recurrió al método matemático de Ordenación por Eventos de Aparición por Máxima Verosimilitud (ML AEO). Este algoritmo analiza de forma probabilística las relaciones de coexistencia (conjunciones) o exclusión (disyunciones) entre las distintas especies, respetando rigurosamente las 55 secuencias estratigráficas observadas sobre el terreno, para determinar el orden cronológico de los eventos de aparición y extinción y otorgar un índice temporal a cada yacimiento.
Finalmente, mediante un modelo estadístico de regresión segmentada calibrado con 156 dataciones obtenidas previamente por técnicas de análisis geofísico (como radiometría, termoluminiscencia o magnetoestratigrafía), el modelo fue capaz de asignar una edad numérica a todos los yacimientos estudiados.
Revisión de fechas
Además de datar los yacimientos, el estudio ha detectado discordancias con trabajos anteriores previos. El 6,8% de las asociaciones fósiles analizadas se posicionaron en fechas numéricas significativamente diferentes a las que se les había asignado tradicionalmente.
De esta manera, el nuevo modelo puede actuar como un sistema de depuración biocronológica, localizando yacimientos y taxones que podrían requerir una reevaluación de la composición de sus faunas, sus contextos ambientales y su verdadera posición en el tiempo.
"Este marco no pretende sustituir las escalas tradicionales basadas en especies clave, sino actuar como un reloj complementario e independiente", aclara Soledad Domingo, profesora titular de la UCM y co-directora del grupo de investigación UCM sobre Evolución de Mamíferos y Paleoambientes Continentales Cenozoicos.
De cara al futuro, al establecer una línea temporal de gran rigor, este trabajo abre las puertas a una nueva generación de estudios de alta resolución sobre macroevolución, paleoecología y paleoclimatología que desentrañarán las respuestas de las comunidades biológicas terrestres frente a los episodios de cambio climático global experimentados por nuestro planeta durante los últimos 25 millones de años.
“Transformando el magnífico catálogo del registro fósil ibérico en un motor de descubrimiento ecológico y evolutivo, podremos pasar de ordenar eventos temporales a interpretar los grandes misterios de la vida en nuestro planeta”, concluye Manuel Hernández Fernández.
Hasta ahora, existía el debate de que tanto las aves como estos grandes reptiles podrían haber evolucionado de la misma forma, pero un nuevo fósil descubierto en el noreste de china aporta evidencias de una separación evolutiva totalmente opuesta.
Ilustración del nuevo dinosaurio con plumas, hallado en el noreste de China. / Zhao Chuang
El hallazgo de un nuevo dinosaurio con plumas en el noreste de China ha permitido demostrar que los dinosaurios y las aves no heredaron la capacidad de vuelo de un ancestro común, sino que desarrollaron las habilidades de manera independiente y convergente.
El fósil –bautizado Norellraptor barsboldi– ha sido analizado por un equipo internacional de científicos de China e Italia. Descrito este martes en un artículo publicado en Nature Communications, ha cambiado lo que se sabía sobre cómo los dinosaurios conquistaron los cielos.
El ejemplar de microrraptorino (pequeños dinosaurios con plumas y alas), excepcionalmente bien conservado, fue descubierto en la formación geológica Jiufotang (China), un yacimiento del Cretácico Inferior con una antigüedad de entre 145 y 100 millones de años.
Los microrraptorinos eran pequeños dinosaurios depredadores parecidos a las aves y parientes cercanos de estas.
Adaptación al vuelo
Los fósiles descubiertos hasta ahora (la mayoría en China) mostraban que algunos microrraptorinos tenían plumas largas tanto en las extremidades anteriores como en las posteriores, lo que sugiere que podrían haber estado adaptados para el vuelo.
Durante mucho tiempo, los paleontólogos han debatido si la capacidad de volar o planear surgió una sola vez en el ancestro común de los Paraves (el grupo que incluye a los microrraptorinos y las aves) o si las características necesarias para ello evolucionaron de forma independiente en múltiples ocasiones.
Los paleontólogos han debatido si la capacidad de volar o planear surgió una sola vez en el ancestro común de los Paraves
El estudio describe un fósil de 57 centímetros que conserva partes de su plumaje y que, según los análisis, tenía al menos tres años al morir.
Al comparar las características de vuelo del nuevo fósil con las de otros microrraptorinos y con las del linaje de las aves primitivas (Avialae), descubrieron que estos pequeños carnívoros y las aves primitivas compartían 57 características morfológicas relacionadas con el vuelo, lo que representa aproximadamente el 30 % de sus rasgos físicos claves necesarios para volar.
Sin embargo, pese a compartir gran número de estructuras, los investigadores creen que aves y dinosaurios no heredaron un “mapa de diseño" único, sino que desarrollaron sus aparatos de vuelo de una manera completamente “independiente y convergente", en respuesta a necesidades similares y a distintas presiones evolutivas.
Evoluciones distintas
Para los autores, la prueba principal de esta separación está en el orden en que evolucionaron sus cuerpos, que fue completamente opuesto. En el linaje de las aves, la evolución transformó primero la cintura pectoral y las articulaciones del ala antes de modificar la mano.
Las alas de los microrraptorinos se formaron bajo sus propias dinámicas biológicas
Sin embargo, en los microrraptorinos como Norellraptor, las primeras transformaciones consistieron en acortar los huesos de los dedos para reducir su función de agarre. Solo mucho tiempo después, surgieron el esternón alargado y las modificaciones en los hombros.
Para los autores, esta divergencia en la secuencia temporal de cambios demuestra que no existía un modelo genético latente o compartido que guiara a ambos grupos.
Además, el análisis microscópico de los huesos del brazo de Norellraptor demostró que sus extremidades crecían a ritmos discontinuos y muy particulares.
Este patrón osteohistológico difiere de los mecanismos de desarrollo que se ven en las aves voladoras actuales, lo que confirma que las alas de los microrraptorinos se formaron bajo sus propias dinámicas biológicas.
En definitiva, el estudio de Norellraptor desmonta el paradigma del origen único del vuelo y revela que la capacidad de volar no fue un invento único en la historia de los dinosaurios, sino un ‘experimento evolutivo' que la naturaleza repitió con éxito por caminos totalmente distintos, subraya el estudio.
La diversidad de hábitos alimenticios detectada entre distintas especies ofrece una explicación sobre la manera en que territorios con recursos limitados lograban sostener a varios animales de gran tamaño sin una competencia directa por el mismo alimento
Los dientes de dinosaurio revelan cómo varias especies compartían
alimentos sin competir tanto (Imagen Ilustrativa Infobae)
Los dinosaurios no dejaron una lista de alimentos, pero sus dientes conservaron señales capaces de contar parte de esa historia. Una investigación reciente examinó esas huellas en animales que vivieron en el mismo lugar hace unos 150 millones de años y encontró que no todos buscaban su comida de la misma manera.
La conclusión cambia una idea muy repetida sobre los grandes herbívoros. Durante años, se consideró que la altura de cada animal podía explicar qué plantas consumía. Los nuevos datos indican que la diferencia también estuvo en las partes de las plantas que elegía cada especie, desde hojas y brotes hasta ramas y tejidos más duros.
Según un estudio publicado en 2025 por investigadores de la Universidad de Texas en Austin en la revista científica Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, las señales conservadas en la capa exterior de los dientes permiten distinguir dietas diferentes entre animales que compartían territorio. El trabajo analizó restos hallados en el oeste de Estados Unidos y propuso que esa variedad de alimentos ayudó a que varias especies convivieran sin competir de la misma forma por cada recurso.
El valor del hallazgo está en que transforma una pregunta general en una escena concreta. No alcanza con observar el tamaño de un dinosaurio o la forma de sus dientes. La alimentación también dependía de qué parte de una planta podía aprovechar mejor cada animal, una diferencia que modifica la reconstrucción de los antiguos paisajes.
Los dientes conservan señales de la alimentación de cada animal
Las señales químicas conservadas en el esmalte muestran que los herbívoros del Jurásico elegían hojas, brotes o ramas, mientras los carnívoros analizados también se especializaban en presas diferente (Imagen Ilustrativa Infobae)
Los dientes son una de las partes más resistentes del cuerpo y pueden mantenerse durante millones de años. En su capa exterior quedan rastros vinculados con los alimentos que un animal incorporaba. Al compararlos con las especies actuales, los investigadores pueden aproximarse a qué clase de comida predominaba en su dieta.
El estudio examinó dientes de varios animales que vivieron en el mismo entorno durante el período jurásico. Entre los herbívoros, los resultados mostraron diferencias claras. Unos parecían consumir con mayor frecuencia partes suaves de las plantas, como hojas y brotes. Otros obtenían más alimento de partes leñosas, como ramas.
La diferencia no estaba limitada a la altura desde la que cada dinosaurio podía comer. El tipo de alimento, su textura y su valor nutritivo también ayudaban a marcar una separación entre las especies. Esa conclusión ofrece una explicación más precisa sobre cómo grandes animales podían habitar el mismo espacio.
Los resultados también abarcaron animales que comían carne. Las señales halladas en sus dientes apuntan a dietas distintas dentro de ese grupo: uno —un reptil de aspecto similar al cocodrilo— habría consumido sobre todo peces, mientras el otro, un bípedo de gran tamaño, se alimentaba principalmente de otros dinosaurios. Esa separación reduce la idea de que todos los depredadores de un mismo lugar perseguían las mismas presas.
La variedad de alimentos ayudó a repartir el espacio
El estudio que cuestiona que la altura definiera por completo la dieta de los dinosaurio (Imagen Ilustrativa Infobae)
La convivencia entre especies grandes exige recursos suficientes y una forma de distribuirlos. Si cada animal buscaba una parte diferente de las plantas o perseguía presas distintas, la competencia directa podía ser menor. Esa dinámica es habitual en ecosistemas complejos y ayuda a explicar cómo territorios con recursos limitados sostienen una gran diversidad de especies.
La investigación sugiere que los herbívoros no se diferenciaban únicamente por el tamaño del cuerpo. Algunos podían preferir alimentos más tiernos, mientras otros aprovechaban estructuras más resistentes. Así, un mismo paisaje ofrecía opciones diversas para animales con necesidades y formas de alimentarse diferentes.
Esa idea también permite revisar imágenes simplificadas de los dinosaurios. Los animales de cuello largo no necesariamente comían lo mismo por alcanzar plantas elevadas, y los más pequeños no quedaban limitados a los recursos cercanos al suelo. La elección de los alimentos fue más variada de lo que indicaba una explicación basada solo en la altura.
El análisis de dientes no reconstruye una comida puntual ni resuelve cada detalle de la vida de un animal. Aporta, en cambio, una pista sobre hábitos sostenidos en el tiempo. Al reunir esos rastros, el estudio describe un escenario en el que la diversidad de dietas ayudó a ordenar la vida de varias especies en un mismo territorio.
Un equipo de la Universidad de Cambridge describe en Finnmark, en el Ártico noruego, los primeros fósiles de Charnia de Escandinavia. Uno de ellos, un organismo con forma de helecho de hace unos 560 millones de años, se conserva en tres dimensiones.
Dos ejemplares diferentes de Charnia hallados durante la expedición en Finnmark. El conservado en 3D se muestra a la derecha. Crédito: Veenma et al. 2026
Buscar fósiles suele significar meses de trabajo de campo, martillo y paciencia. En Finnmark, la región más septentrional de Noruega, esta vez no hizo falta tanto. Según la Universidad de Cambridge, varias rocas se habían desprendido de un acantilado en un prado de ovejas y, al partirse en la caída, dejaron a la vista un fósil de Charnia, un organismo marino de hace unos 560 millones de años. Es el primer ejemplar de este género confirmado en Escandinavia.
No hay que excavar en absoluto. Es una pared de roca natural y ahí aparecieron los fósiles, explicó el geólogo Yorick Veenma, de Cambridge, a la web Science Norway. Su equipo trabajaba en la zona en un gran estudio geológico y sabía que aquellas rocas podían guardar restos del periodo Ediacárico.
Cerca había un afloramiento donde ya se habían visto indicios de vida de esa época, como las estructuras de anclaje que ciertos organismos dejaron al fijarse al antiguo lecho marino, pero nunca se habían encontrado los organismos en sí. Veenma recuerda que ahí no se había hallado nada parecido a Charnia, y que cuando los fósiles salieron a la luz fue una sorpresa enorme.
Los resultados se publican en la revista Palaeontology. Lo firma Veenma junto a varios coautores, entre ellos Neil Davies, también de Cambridge. Además de Charnia, el equipo identificó otros elementos de aquel ecosistema fósil.
Rocas de antes de la explosión cámbrica
El Ediacárico es el periodo geológico que empezó hace unos 635 millones de años y terminó hace 538 millones. Después llegó la llamada explosión cámbrica, un aumento enorme del número de especies y de la diversidad biológica, pero fue en el Ediacárico cuando apareció en la Tierra la primera vida compleja. Los primeros dinosaurios tardarían todavía más de 300 millones de años en hacer su aparición.
Contexto estratigráfico del ejemplar de Kommagnes Charnia. A, fotografía (orientada al norte) de la parte oriental del acantilado, con la ubicación del bloque flotante marcada con una estrella. B, perfil estratigráfico del lado izquierdo de la imagen A, en el que se indica el intervalo estratigráfico del que podría proceder el bloque flotante. Crédito: Veenma et al. 2026
Las rocas de aquella época afloran en muy pocos lugares del mundo. Veenma señala que el periodo no cuenta con un registro rocoso extenso: para encontrarse, los fósiles tienen que estar dentro de rocas sedimentarias, y si esas rocas escasean, los fósiles resultan aún más difíciles de hallar. De ahí que la mayoría de los fósiles ediacáricos procedan de un puñado de yacimientos. Además de Finnmark, se han encontrado en partes de Gran Bretaña, Australia, Siberia y Canadá.
En el caso noruego, lo que hoy se ve en superficie es un fondo marino ediacárico que los procesos de formación de montañas empujaron hacia arriba, con los organismos que quedaron enterrados y fosilizados en él. A esto se suma la naturaleza de los propios seres vivos. Como explica Davies, casi todos tenían el cuerpo blando y aún no habían evolucionado los esqueletos, de modo que muchos fósiles del periodo son impresiones aplastadas bajo capas de roca.
El estudio lo compara con una flor prensada entre las páginas de un libro, y considera el hallazgo noruego como el primer yacimiento nuevo de importancia de este tipo que se descubre en Europa en décadas.
Un fósil con historia
El nombre del género tiene su propia historia. Charnia toma su nombre de Charnwood Forest, en Leicestershire (Inglaterra), donde se encontró el primer ejemplar. En 1957, Roger Mason, un escolar de 15 años, salió a escalar por la zona con dos compañeros y descubrió en la roca una marca con forma de fronda.
Su padre lo puso en contacto con el geólogo Trevor Ford, que describió el fósil en 1958 en la revista Proceedings of the Yorkshire Geological Society y lo bautizó como Charnia masoni. Ford pensó entonces que se trataba de un alga, una interpretación que hoy se considera errónea.
Décadas después se supo que una colegiala, Tina Negus, había visto el mismo fósil un año antes, pero su profesor descartó que pudiera haber fósiles en rocas precámbricas, es decir, anteriores al Cámbrico, que en aquel momento se consideraban demasiado antiguas para contener vida. A Charnia se la cita a menudo como el primer fósil reconocido como precámbrico, y el género sigue siendo hoy un emblema del Ediacárico.
Características sedimentarias del Miembro Indreelva en Blåberget y Kommagnes. Las facies predominantes oscilan entre arcillas rojas y grises con filones discontinuos de limo (A, B) y paquetes heterolíticos de capas delgadas formados por arcillas, limolitas y areniscas finas intercaladas (C, D). E, marcas de ondulación asimétricas en epirelieve. F, marcas de suela en hiporrelieve, que muestran estrías que cortan marcas de surco. G, estructuras redondeadas rellenas de arena (señaladas con flechas) de múltiples orígenes posibles, comunes en las superficies de estratificación del corte de Kommagnes. Crédito: Veenma et al. 2026
Ni planta ni, quizá, animal
Aunque recuerde a un helecho, Charnia no es una planta. Los ejemplares descritos por Veenma y sus colegas miden entre unos pocos centímetros y algo más de diez, mientras que los mayores que se conocen del género rondan el metro. Eran blandos, con estructuras en forma de ramas, y se sujetaban al fondo marino mediante una especie de base de anclaje. Se parece un poco a una pluma o a un helecho, dice Veenma.
Cómo vivían y de qué se alimentaban es algo que se desconoce. Según recoge Science Norway a partir de la cadena PBS, probablemente habitaban a demasiada profundidad para hacer la fotosíntesis, aunque quizá filtraban agua marina. El estudio añade que carecían de boca, de órganos y de cualquier medio de movimiento visible, y los describe como una bolsa llena de sustancia viscosa, parecida a una medusa sésil, es decir, fija al suelo. Se lo suele considerar uno de los primeros animales que existieron.
Veenma es más prudente. Ni siquiera estamos seguros de que debamos llamarlos animales, admite. Cuando se retrocede tanto en el tiempo, explica, estos organismos son tan extraños que cuesta clasificarlos junto a las formas de vida que conocemos. El geólogo recuerda que el conocimiento sobre ellos evoluciona constantemente y que queda mucho por aclarar. Es una forma de vida que no se parece a nada de lo que conocemos hoy, resume.
Un fósil en tres dimensiones
Uno de los ejemplares de Finnmark tiene algo especial: se conserva en 3D. Lo habitual es que estos fósiles queden como improntas planas. Aquí, una especie de alud submarino sepultó rápidamente al organismo bajo el fondo marino, y su cuerpo se llenó de arena y sedimento antes de fosilizar, de modo que conservó su volumen.
Los depósitos que lo cubrieron son turbiditas, las capas que dejan este tipo de corrientes de sedimento en el fondo del mar. El estudio lo describe como uno de los fósiles tridimensionales de animal más antiguos que se conocen, algo poco común en organismos de cuerpo blando de esta edad.
Esa conservación permitió ver detalles que pasan inadvertidos en los fósiles planos, como unas crestas sutiles, a modo de quillas, a lo largo de cada rama. Cuando ves la misma especie conservada de otra manera, empiezas a fijarte en propiedades que antes no habías visto, señaló Veenma.
Según explicó a Science Norway, el ejemplar presenta aristas bastante marcadas en lo que parecen ramas, lo que sugiere que Charnia pudo ser más angulosa de lo que se pensaba. Ahora bien, se trata de un solo ejemplar, y se desconoce si esta característica es habitual o excepcional.
Lo que aún puede aparecer
Los propios autores piden no dar el yacimiento por explorado. Según Veenma, un fósil suelto no cuenta la historia completa: lo ideal es reunir ejemplares de distintos tipos, tamaños, lugares y entornos, porque solo así puede reconstruirse cómo funcionaban aquellos organismos y sus ecosistemas.
Para ello hay que encontrar más fósiles. El investigador añade que los científicos tienden a volver una y otra vez a los mismos yacimientos conocidos, y que el hallazgo demuestra que aún hay potencial en lugares menos familiares.
Davies va más lejos y plantea que allí arriba podría haber toda una comunidad de organismos tempranos sin descubrir, con pequeñas formas como paraguas y otras cosas que no encajan con lo que se conoce de otros sitios. Por ahora, ni esas formas ni la propia naturaleza de Charnia tienen una respuesta definitiva.
Veenma, Y.P., McMahon, W.J., et al. (2026), Charnia and other late Ediacaran macrofossils preserved in turbiditic deposits of the Indreelva Member (Finnmark, Norway). Palaeontology, 69: e70082. doi.org/10.1111/pala.70082
Un esqueleto casi completo descubierto en China revela un nuevo terizinosaurio de más de 3,6 metros, repleto de pequeños dientes y con unas extraordinarias garras.
Hallan en China un insólito dinosaurio de más de 120 millones de años que revela
una forma inesperada de sobrevivir. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o
Hace más de 120 millones de años, un insólito dinosaurio recorría el territorio que hoy ocupa el noreste de China. Caminaba sobre dos patas, tenía un cuello alargado, decenas de pequeños dientes apretados en sus mandíbulas y unas manos rematadas por grandes garras. Su aspecto debió de ser tan peculiar como el de otros miembros de su familia: los Therizinosaurus, uno de los grupos más desconcertantes entre los dinosaurios terópodos.
Ahora, un esqueleto casi completo recuperado en la Formación Yixian, en la provincia china de Liaoning, ha permitido identificar un género y una especie hasta ahora desconocidos. Los paleontólogos lo han bautizado Kayrasaurus changliensis, y no se trata precisamente de un ejemplar pequeño. Superaba los 3,6 metros de longitud y los investigadores calculan una masa corporal de entre 117 y 274 kilogramos. Es, además, el mayor terizinosaurio conocido hasta el momento en la célebre Biota de Jehol.
El descubrimiento ha sido presentado por Chun-Chi Liao, William J. Freimuth, Lindsay E. Zanno y Xing Xu en Journal of Systematic Palaeontology. El fósil conserva gran parte del cráneo y la mandíbula, buena parte de la columna vertebral y las extremidades anteriores. Faltan, sin embargo, las patas traseras. El estado de algunos huesos indica además que el animal todavía no había alcanzado completamente la madurez esquelética cuando murió.
Un dinosaurio que parece hecho con piezas de animales diferentes
Los Therizinosaurus llevan décadas desconcertando a los paleontólogos. Eran terópodos manirraptores —el gran linaje que también incluye a las aves—, pero algunos de sus representantes más evolucionados desarrollaron una anatomía que se alejaba mucho de la imagen habitual de un dinosaurio carnívoro. Tenían cabezas relativamente pequeñas, cuellos largos, cuerpos robustos, pelvis anchas y enormes uñas en las manos.
Su combinación de características fue tan extraña que la posición evolutiva del grupo permaneció durante años rodeada de controversia. Los primeros fósiles llegaron a interpretarse incluso como restos de tortugas gigantes y, posteriormente, se propusieron otras afinidades antes de que nuevos esqueletos permitieran situarlos entre los terópodos.
Diagrama del esqueleto de Kayrasaurus changliensis (IVPP V 18957), representado
en vista lateral. Foto: Journal of Systematic Palaeontology (2026)
Kayrasaurus añade ahora otra pieza a esa historia. El ejemplar resulta especialmente llamativo por su tamaño: los autores calculan que era aproximadamente 1,6 veces más largo que el holotipo de Beipiaosaurus inexpectus, hasta ahora el mayor terizinosaurio conocido en Jehol. Y probablemente aún tenía margen para crecer.
Su cráneo también esconde una de las mayores sorpresas. El maxilar alojaba más de 32 dientes y la mandíbula inferior más de 45. Eran extremadamente pequeños y estaban dispuestos muy juntos, con una densidad superior a 3,5-4 dientes por centímetro. La parte delantera de las mandíbulas, en cambio, carecía de dientes.
Los investigadores identificaron además una combinación de características que permite distinguir al animal de cualquier otro terizinosaurio conocido. Sus huesos nasales se prolongaban hacia atrás aproximadamente hasta la mitad de las órbitas y, al menos en uno de los lados conservados, el extremo anterior presentaba dos proyecciones. Una de las uñas de la mano tenía asimismo una peculiar prolongación dorsal descrita anatómicamente como un pequeño “labio”.
Cuatro terizinosaurios compartiendo el mismo ecosistema
El hallazgo adquiere especial interés por el lugar donde apareció. La Formación Yixian forma parte de la Biota de Jehol, uno de los conjuntos fósiles más importantes del Cretácico Inferior. De este ecosistema del noreste de China proceden numerosos fósiles extraordinariamente conservados, entre ellos diferentes dinosaurios emplumados.
Kayrasaurus no estaba solo. En Jehol ya se conocían otros tres terizinosaurios tempranos: Beipiaosaurus inexpectus, Jianchangosaurus yixianensis y Lingyuanosaurus sihedangensis. La convivencia de formas diferentes plantea una pregunta inevitable: ¿cómo podían animales relativamente próximos evolutivamente compartir un mismo ecosistema sin competir exactamente por los mismos recursos?
El nuevo estudio propone una respuesta provisional. Al combinar anatomía, estimaciones de masa corporal e información biomecánica, los investigadores encuentran indicios de al menos dos estrategias ecológicas diferentes entre estos dinosaurios.
Fotografías de la mano izquierda del ejemplar IVPP V 18957, observada
desde su cara medial. Foto: Journal of Systematic Palaeontology (2026)
Beipiaosaurus y posiblemente Kayrasaurus habrían formado parte de un grupo de animales más robustos y menos adaptados a desplazarse con rapidez, con características relacionadas con una mordida relativamente potente. Jianchangosaurus y Lingyuanosaurus, por el contrario, presentan proporciones asociadas a una mayor capacidad locomotora y podrían haber dependido en mayor medida de sus extremidades anteriores para obtener alimento.
Las enormes garras no cuentan toda la historia
Esta interpretación resulta especialmente interesante porque desplaza la atención desde las espectaculares garras de los terizinosaurios hacia el resto de su anatomía. Animales que a primera vista podían parecer muy semejantes quizá explotaban recursos diferentes dentro de un mismo paisaje.
Sin embargo, todavía quedan importantes incógnitas. El cráneo de Kayrasaurus sufrió una fuerte compresión durante la fosilización y algunos elementos resultan difíciles de interpretar. Más importante aún, el esqueleto carece de las extremidades posteriores. Esa ausencia limita las reconstrucciones de su locomoción y también introduce incertidumbre en las estimaciones de masa corporal.
Los propios investigadores consideran que las diferencias ecológicas propuestas deberán ponerse a prueba con nuevos fósiles y análisis más completos. El hecho de que el ejemplar fuese probablemente un individuo inmaduro obliga igualmente a valorar qué características corresponden realmente a la especie y cuáles podrían haber cambiado durante su crecimiento.
Aun con esas cautelas, Kayrasaurus changliensis revela que la diversidad de los primeros terizinosaurios era mayor de lo que sugerían los fósiles conocidos hasta ahora. En un mismo ecosistema convivieron animales de tamaños y proporciones diferentes que aparentemente estaban experimentando con distintas formas de conseguir alimento. Y el mayor de todos ellos, al menos entre los encontrados hasta ahora en Jehol, todavía no había terminado de crecer cuando quedó enterrado hace más de 120 millones de años.
Referencias
Chun-Chi Liao et al, A new therizinosaur from the Early Cretaceous Jehol Biota and ecomorphological patterns among early therizinosaurians, Journal of Systematic Palaeontology (2026). DOI: 10.1080/14772019.2026.2710287
La nueva especie, hallada en China, tenía dos tipos de apéndices y carecía de esqueleto mineralizado, una combinación que aporta nuevas pistas sobre la evolución temprana de los ambulacrarios
Imagen de una estrella de mar BETH FITZPATRICK - Pexels
Unos fósiles de 518 millones de años descubiertos en el suroeste de China están obligando a revisar una de las principales hipótesis sobre la evolución temprana del grupo al que pertenecen las estrellas de mar. Los ejemplares corresponden a una especie hasta ahora desconocida, bautizada como Yujingia glutenotunica, y conservan con un detalle excepcional partes blandas de su anatomía. Su estudio muestra que este animal capturaba partículas suspendidas en el agua mediante tentáculos especializados, un mecanismo diferente de la filtración a través de la faringe que se había propuesto para el último ancestro común de los ambulacrarios.
El hallazgo se describe en un estudio de Kaiyue He, Giovanni Mussini y otros investigadores publicado en la revista científica Current Biology. Su relevancia reside en la posición evolutiva de Yujingia: los análisis la sitúan muy cerca del último ancestro común de los ambulacrarios, el gran grupo que reúne a los equinodermos (como las estrellas y los erizos de mar) y a los hemicordados, entre ellos los gusanos bellota. De hecho, la reconstrucción realizada por el equipo coloca al nuevo fósil más cerca de ese antepasado que otros ejemplares descritos anteriormente.
Un fósil excepcional del Cámbrico
Fósiles de Yujingia glutenotunica. Crédito: Kaiyue He et al. 'Current Biology' (2026). DOI: 10.106/j.cub.2026.08.053.
Los restos proceden de la biota de Chengjiang, en la provincia china de Yunnan, y corresponden al Cámbrico temprano, un periodo de rápida diversificación evolutiva en el que muchos de los grandes grupos animales aparecen por primera vez en el registro fósil. Aunque buena parte de los fósiles animales conocidos de aquella época pertenecen a organismos con estructuras duras, las condiciones de determinados yacimientos de Yunnan permitieron que también se conservaran tejidos blandos antes de descomponerse. En Yujingia han llegado hasta nuestros días el cuerpo, el aparato digestivo y los apéndices.
Los ejemplares miden entre 8 y 22 milímetros y carecían de un esqueleto mineralizado. Su anatomía presenta dos conjuntos diferenciados de apéndices: unos tentáculos plumosos especializados en capturar partículas orgánicas del agua y un segundo grupo que, según los investigadores, habría permitido al animal anclarse temporalmente al fondo marino. Esa fijación no habría sido permanente, ya que las características de los fósiles indican que probablemente tenía también cierto grado de movilidad.
Un antepasado distinto al que se había imaginado
Esta anatomía cuestiona una hipótesis mantenida durante años sobre el aspecto del último ancestro común de los ambulacrarios. Ese modelo proponía un organismo parecido a un gusano, sin tentáculos y adaptado a vivir en el fondo marino, que obtenía alimento filtrando el agua a través de la faringe. Yujingia aporta ahora evidencia fósil que apunta en otra dirección. Giovanni Mussini, coautor del estudio e investigador del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Cambridge, explica que el hallazgo sugiere que aquel antepasado pudo alimentarse mediante tentáculos y parecerse más a las estrellas de mar y sus parientes de lo que se pensaba hasta ahora.
Para determinar la posición de la nueva especie en el árbol evolutivo, Mussini y He reunieron información sobre 505 características morfológicas de 100 taxones actuales y extinguidos, y la analizaron mediante una reconstrucción filogenética bayesiana. Los resultados colocan a Yujingia entre formas fósiles con tentáculos próximas al origen de los ambulacrarios modernos. Además, que dispusiera de un complejo sistema de alimentación basado en tentáculos pese a carecer de un esqueleto duro sugiere que estas estructuras sofisticadas para capturar alimento evolucionaron pronto, mientras que el esqueleto de los equinodermos y otras características especializadas aparecieron posteriormente.
Una pista para entender cuerpos radicalmente distintos
El descubrimiento también puede ayudar a esclarecer cómo animales estrechamente emparentados terminaron desarrollando formas corporales muy diferentes. Las estrellas de mar y otros equinodermos presentan una característica simetría radial en cinco partes, mientras que los gusanos bellota tienen cuerpos alargados y bilateralmente simétricos. A una escala evolutiva más amplia, reconstruir cómo era el ancestro de los ambulacrarios resulta relevante para comprender la divergencia entre estos linajes y los cordados, el grupo al que también pertenecen los seres humanos.
Los investigadores apuntan, además, al papel de la ecología en la evolución de trayectorias corporales muy diferentes. Mussini explica que los cordados se hicieron más dependientes del movimiento para encontrar alimento, mientras que el linaje relacionado con las estrellas de mar permaneció comparativamente ligado al fondo marino y se especializó en capturar partículas en suspensión. Para Degan Shu, también coautor del trabajo, Yujingia permite conectar antiguos animales provistos de tentáculos con los equinodermos y hemicordados actuales y ayuda a comprender mejor la transición entre la simetría bilateral y el patrón radial de cinco partes de los equinodermos. El fósil cubre así una laguna clave en el registro temprano de los deuteróstomos y aporta una nueva pieza para reconstruir la evolución de algunos de los grandes diseños corporales de los animales actuales.
Scotty, el T-rex más grande conocido, conserva en una costilla fracturada una excepcional red de vasos mineralizados que revela cómo intentó recuperarse antes de morir hace 66 millones de años
Scotty se encontró en Saskatchewan, Canadá (Wikimedia Commons/Muhsatteb/CC BY-SA 4.0)
Scotty, el Tyrannosaurus rex más grande conocido hasta ahora, alcanzó aproximadamente 13 m de longitud y pudo pesar cerca de 8.800 kg, pero una lesión aparentemente mucho más modesta que su gigantesco tamaño ha permitido reconstruir sus últimos días. Investigadores de la Universidad de Regina y del Laboratorio Nacional de Oak Ridge (ORNL), dependiente del Departamento de Energía de EEUU, han examinado una costilla fracturada del dinosaurio y han encontrado indicios de que la herida todavía estaba intentando cicatrizar cuando el animal murió hace unos 66 millones de años.
La pieza conserva algo excepcional dentro del registro fósil: una extensa red de vasos sanguíneos mineralizados asociada a la zona dañada. El descubrimiento permite observar cómo respondió el organismo del T-rex después de sufrir la fractura, posiblemente durante un enfrentamiento con otro dinosaurio. La sangre rica en hierro habría llegado hasta la lesión mientras se desarrollaban pequeños vasos destinados a favorecer su recuperación, pero el proceso quedó interrumpido antes de que el hueso pudiera repararse por completo.
Los investigadores consideran que esa costilla rota ofrece una posible explicación sobre las circunstancias que precedieron a la muerte de Scotty. El animal habría fallecido antes de completar la curación y sus restos terminaron depositados en un entorno pantanoso salino, unas condiciones que ralentizaron la descomposición y favorecieron la conservación de estructuras extremadamente delicadas. Mauricio Barbi, profesor de física de la Universidad de Regina, destacó la singularidad del hallazgo: "Es como ganar la lotería", afirmó sobre la presencia de los vasos mineralizados.
Una radiografía del T-rex
Para investigar el interior de la costilla sin destruir un fósil irreemplazable, el equipo recurrió a imágenes mediante neutrones, rayos X, radiación sincrotrón y técnicas microscópicas. Los neutrones son especialmente útiles para detectar elementos ligeros y regiones relacionadas con tejidos blandos, mientras que los rayos X permiten estudiar con mayor precisión materiales más densos. La combinación de ambas aproximaciones permitió construir imágenes tridimensionales y analizar las señales dejadas por la lesión a escala celular.
El trabajo sobre la costilla comenzó años antes de las últimas pruebas realizadas en Oak Ridge. En 2020, Jerit Mitchell, entonces estudiante de la Universidad de Regina, detectó evidencias de vasos sanguíneos mediante microtomografía computarizada en el Canadian Light Source. Posteriormente, el equipo amplió el estudio con radiación sincrotrón y, ya en abril de 2026, utilizó los instrumentos MARS y VENUS del ORNL para comprobar los resultados anteriores y penetrar en el interior de muestras de mayor tamaño sin alterarlas.
El caso de Scotty muestra hasta qué punto las nuevas tecnologías pueden convertir los fósiles en una especie de historial médico de animales extintos. Marcella Berg, profesora asistente de física de la Universidad de Regina, explicó: "Los neutrones no solo corroboraron lo que encontramos con técnicas de radiación sincrotrón que condujeron al descubrimiento de vasos sanguíneos en la costilla de Scotty, sino que también demostraron ser una incorporación muy valiosa a nuestros estudios actuales en busca de conservación de tejidos blandos en fósiles". Ahora, los científicos pretenden aplicar estos métodos a otros huesos, escamas y restos fósiles para comparar lesiones y patrones de curación entre distintas especies de dinosaurios.