miércoles, 14 de octubre de 2026

Descubren el fósil de una especie desconocida de cocodrilo de hace 45 millones de años en la misma roca de la Esfinge de Giza, y también le falta la nariz

Un cráneo de cocodrilo hallado hace casi un siglo en la roca de la Gran Esfinge de Giza pertenece a una especie nueva, Herugavialis cairensis, que vivió hace unos 45 millones de años. Igual que el monumento, ha perdido la punta de la nariz.

El cocodrilo recién descubierto, el Herugavialis cairensis, vivía en los entornos
marinos poco profundos que cubrían gran parte de Egipto hace 50 millones de años.
 Crédito: Adel Lee

La Gran Esfinge lleva siglos sin nariz, y el cráneo fósil de un cocodrilo extraído de su misma roca tampoco conserva la punta del hocico. La coincidencia ha dado nombre a una especie desconocida hasta ahora, Herugavialis cairensis, que durante casi cien años estuvo clasificada con la etiqueta equivocada. 

El estudio se publica en la revista Royal Society Open Science y lo ha liderado Paul Burke, investigador del Museo Sueco de Historia Natural, en Estocolmo, junto a Philip Mannion, profesor de paleobiología del University College de Londres (UCL), que ha codirigido el trabajo. Participan además investigadores de Alemania y de Egipto.

Los protagonistas son los gaviales, cocodrilos de hocico larguísimo y estrecho, con una hilera de dientes finos que les sirve para atrapar peces. Hoy solo quedan dos especies, el gavial del Ganges (Gavialis gangeticus) y el falso gavial (Tomistoma schlegelii), ambas amenazadas y limitadas a las aguas dulces del subcontinente indio y el sudeste asiático. El registro fósil, sin embargo, cuenta otra historia: durante más de 100 millones de años los gaviales vivieron en casi todo el planeta, y muchas de sus especies habitaban mares poco profundos.

Una roca que fue fondo marino

La Gran Esfinge de Giza mide unos 73 metros de largo y 20 de alto. Los estudios la sitúan hacia el 2500 a.C., en tiempos del faraón Kefrén, es decir, hace unos 4.500 años. Se talló en la roca madre de la meseta de Giza, que además sirvió de cantera para las pirámides, y esa roca pertenece a la Formación Mokattam, una serie de calizas que debe su nombre a las colinas del Mokattam, junto a El Cairo.

Reconstrucción del extinto Herugavialis cairensis, con la Gran Esfinge y las
pirámides representadas al fondo. Crédito: Karim Zanaty

Esas calizas se depositaron hace unos 45 millones de años, en el Eoceno, cuando el norte de Egipto estaba cubierto por un mar cálido y somero, parte del antiguo océano de Tetis. Un cálculo rápido muestra que el cocodrilo es unas diez mil veces más viejo que el monumento que comparte roca con él.

Los visitantes de las pirámides llevan siglos tropezando con rastros de aquel mar. Estrabón, el geógrafo griego que escribió a comienzos del siglo I, dejó esta observación sobre las esquirlas de piedra que se acumulaban al pie de los monumentos:

Una de las cosas maravillosas que vi en las pirámides no debe quedar sin mención: delante de ellas hay montones de esquirlas de piedra, y entre ellas se encuentran fragmentos parecidos a lentejas en forma y tamaño; y bajo algunos de los montones yacen como desechos de grano a medio pelar. (…) Dicen que lo que sobró de la comida de los obreros se ha petrificado, y no es improbable.

Estrabón, Geografía, XVII, 1

Aquellas «lentejas» eran en realidad nummulites, conchas de organismos marinos unicelulares que abundaban en el mar eoceno y que forman buena parte de la caliza de la zona. Su propio nombre, que procede del latín nummulus («monedita»), alude a su forma de moneda. Estrabón creyó ver comida petrificada. Casi dos mil años después, la misma piedra ha entregado un hallazgo de otro tipo.

Un cráneo con la etiqueta equivocada

En los años veinte del siglo pasado se recuperaron varios fósiles en la Formación Mokattam, entre ellos un cráneo casi completo. En 1927 investigadores alemanes lo describieron como una especie extinta del género Tomistoma, el mismo del falso gavial actual, a causa de su parecido superficial con él. Durante décadas esa etiqueta pasó sin demasiadas dudas, aunque el propio estudio reconoce que la posición de este animal dentro del árbol genealógico de los gaviales ha resultado inestable en análisis anteriores.

Mandíbula parcial remitida (SMNS 50734) de H. cairensis.
Crédito: P.M.J. Burke et al. 2026

Todo cambió con la tecnología. En 2023, cuando preparaba su doctorado en la UCL, Burke viajó a Alemania para examinar el fósil en persona. Allí el equipo midió con detalle el cráneo y lo pasó por un escáner de tomografía computarizada, la misma técnica que se usa en los hospitales, que permite ver el interior de un hueso sin romperlo. Gracias a ella pudieron medir la cavidad que alojaba el cerebro y las fosas nasales.

Al comparar esas medidas con las de gaviales vivos y fósiles, los investigadores detectaron varias diferencias respecto al falso gavial y concluyeron que el cráneo y otros ejemplares de la formación pertenecían a un género nuevo. Según el comunicado, el cráneo está relativamente bien conservado, y justo por eso llamó la atención lo que le falta: la punta del hocico. El comunicado no detalla cuándo ni cómo se rompió esa parte.0

Heru, el dios y la nariz

El nombre del género une Heru, el nombre egipcio del dios Horus, con gavialis; el del epíteto, cairensis, remite a El Cairo. Mannion explicó la elección: Dada esta coincidencia con la famosa nariz ausente de la Gran Esfinge, decidimos bautizar al nuevo cocodrilo con el nombre del dios egipcio Heru, que posiblemente fue la inspiración de este icónico monumento.

El «posiblemente» tiene su razón de ser. Los egiptólogos suelen atribuir la Esfinge a Kefrén, y en el Reino Nuevo, más de mil años después de su construcción, se la veneraba como Horemajet, «Horus en el horizonte». Que el dios halcón inspirara el monumento original es, por tanto, una hipótesis y no un dato establecido.

Tampoco está claro qué le pasó a la nariz de la Esfinge. Durante mucho tiempo se acusó a las tropas de Napoleón, pero la historia no se sostiene: dibujos hechos por el danés Frederic Louis Norden en 1738 ya la muestran sin ella, unos sesenta años antes de la campaña de Egipto. Otra tradición, recogida en el siglo XV por el historiador al-Maqrizi, culpa a un místico sufí, Muhammad Sa’im al-Dahr, que en 1378 habría mutilado la estatua al ver cómo los campesinos le hacían ofrendas para mejorar sus cosechas. Ninguna de las dos versiones está confirmada, y qué ocurrió exactamente sigue sin saberse con certeza.

No es la primera vez que el equipo de Burke y Mannion recurre al panteón egipcio. En 2024 publicaron en el Journal of Systematic Palaeontology un estudio sobre otro supuesto Tomistoma del norte de África, de la época del Mioceno temprano, y le dieron un género propio, Sutekhsuchus, en honor a Sutekh (Seth), el dios rival de Horus en los mitos egipcios. Dos «falsos Tomistoma» de la región han acabado, pues, siendo otra cosa.

Un Mediterráneo lleno de cocodrilos

Herugavialis no estaba solo. Según el estudio, los mares someros que cubrían buena parte de la región albergaban al menos otras dos especies de gaviales. En la misma formación geológica se conocen además peces, tiburones y mamíferos marinos, entre ellos una ballena primitiva y un sirenio, pariente lejano de los manatíes actuales. Y en el Fayum, unos pocos millones de años más tarde, vivió otro cocodrilo marino del grupo de los tomistominos, Paratomistoma courti, descrito en 2000 por Christopher Brochu y Philip Gingerich a partir de restos del Wadi Hitan, el célebre «valle de las ballenas».

A lo largo de gran parte de los últimos 50 millones de años, la región mediterránea albergó una gran diversidad de cocodrilos, entre ellos gaviales, señala Burke. Sin embargo, esa diversidad fluctuó con el tiempo, aparentemente en paralelo a los cambios de la temperatura global y del nivel del mar, hasta que todos los cocodrilos de esta región desaparecieron como consecuencia de la desecación del Mediterráneo, hace aproximadamente 6 millones de años.

Ese episodio, conocido como crisis salina del Mesiniense, se produjo cuando el Mediterráneo quedó aislado del Atlántico por el estrecho de Gibraltar y buena parte de su agua se evaporó. Se cerró hace unos 5,3 millones de años con la llamada inundación zancliense, que volvió a llenar la cuenca. Para los cocodrilos de la región, según Burke, fue el final de su historia. Hoy, de hecho, ningún gavial vive en el Mediterráneo.

El hallazgo añade una rama inesperada al árbol de los gaviales, pero no lo ordena del todo. La discusión de fondo viene de lejos. Durante décadas se debatió si el gavial del Ganges y el falso gavial eran parientes cercanos; los análisis de ADN dicen que sí, y los estudios de anatomía llegaron a esa conclusión mucho más tarde. Con ese terreno movedizo, cada fósil bien estudiado puede mover piezas. Queda por ver si otros restos de la región descritos hace un siglo bajo el nombre Tomistoma esconden también sorpresas.

Una versión de este artículo también está disponible en inglés: Read this article in English

FUENTES

Swedish Museum of Natural History

Paul M. J. Burke, Stephan N. F. Spiekman, et al., Cranial anatomy of the Middle Eocene Egyptian crocodylian Herugavialis cairensis provides new insights into gavialoid diversity in the Mediterranean region. R. Soc. Open Sci. 1 October 2026; 13 (10): 261173. doi.org/10.1098/rsos.261173

labrujulaverde.com

miércoles, 7 de octubre de 2026

La Tierra pudo desplazarse sobre su eje varias veces en la era de los dinosaurios, según un estudio

Los cambios en la distribución de los mares revelan varios episodios de deriva polar verdadera durante el Jurásico y el Cretácico

El estudio identifica dos episodios especialmente intensos, hace entre 150 y 140
millones de años y entre 100 y 90 millones de años.
/ Crédito: Roland 4D Pippes en Pixabay
.
La superficie terrestre pudo cambiar de posición respecto al eje de rotación varias veces durante la era de los dinosaurios, según un estudio publicado en la revista Science y liderado por el científico Mathew Domeier, de la Universidad de Oslo, en Noruega. La investigación propone una nueva forma de detectar episodios de deriva polar verdadera (TPW) a partir de una señal inesperada: cambios en la distribución de los mares sobre los continentes. Los resultados apuntan a varios episodios rápidos durante el Jurásico y el Cretácico.

Vale destacar que la deriva polar no significa que el planeta haya dado un vuelco ni que los polos magnéticos se hayan desplazado. El fenómeno describe un movimiento relativo entre la parte sólida de la Tierra (corteza y manto) y su eje de rotación. Como el planeta no es una esfera perfecta y la rotación genera un abultamiento ecuatorial, la distribución de masas influye en su equilibrio. Procesos como la convección del manto y el hundimiento de placas pueden redistribuir esa masa y favorecer una reorientación respecto al eje, según se detalla en una nota de prensa.

Buscando precisiones sobre el movimiento de los continentes

Una de las principales herramientas para investigar este fenómeno ha sido el paleomagnetismo. Determinados minerales conservan información sobre la dirección del antiguo campo magnético y permiten reconstruir la posición de los continentes.

El problema es separar la deriva polar verdadera del movimiento de las placas tectónicas. Las reconstrucciones basadas en puntos calientes también presentan incertidumbres al retroceder cientos de millones de años, de acuerdo a un artículo publicado en The Brighter Side of News.

Cambios en el nivel y la distribución de los mares

El equipo de Domeier buscó una huella distinta. Una reorientación de la parte sólida del planeta modifica la posición de los continentes respecto al potencial centrífugo y provoca cambios relativos del nivel del mar, con una geometría característica. Mientras unas regiones registran más inundación marina, otras muestran retirada de las aguas. El patrón esperado presenta cuatro “lóbulos”: dos zonas donde el nivel relativo del mar sube y otras dos donde baja.

El fenómeno habría alterado la posición de los continentes respecto a las franjas
climáticas durante millones de años. Crédito: Mathew Domeier et al, Science 2026
Para poner a prueba esa predicción, los investigadores analizaron reconstrucciones de áreas continentales inundadas o expuestas durante los últimos 320 millones de años, comparando mapas separados por intervalos de 10 millones de años. Después emplearon modelos estadísticos, incluida regresión logística, para comprobar si los cambios coincidían con la firma espacial de una deriva polar verdadera rápida. Los patrones detectados exigirían tasas de al menos unos 0,6 grados por millón de años para resultar visibles a esa resolución.

Varios episodios de cambios intensos

El análisis identificó cuatro intervalos con señales significativas: entre hace 200 y 190 millones de años, entre 150 y 140 millones, entre 100 y 90 millones y entre 30 y 20 millones de años. Los dos episodios más sólidos corresponden al Jurásico tardío-Cretácico temprano, hace entre 150 y 140 millones de años, y al Cretácico medio, hace entre 100 y 90 millones.

El primero muestra un patrón compatible con una reorientación en sentido horario, alrededor de un eje situado cerca de los 58 grados de longitud este. Algunas zonas de Sudamérica, la Antártida y Asia oriental habrían experimentado mayor inundación, mientras que el suroeste de Norteamérica y Europa occidental registraban retirada marina. El segundo apunta a una rotación en sentido contrario, alrededor de un eje cercano a los 53 grados este, con regresión del mar en partes de Sudamérica y África y transgresión en áreas de Norteamérica y Europa.

Referencia

Quadrupolar sea level fluctuations reveal episodes of rapid polar wander. Mathew Domeier et al. Science (2026). DOI: https://doi.org/10.1126/science.aec8423

Debate científico y un nuevo aporte

Sin embargo, esta visión sigue siendo objeto de debate: estudios recientes han defendido una deriva grande pero generalmente lenta y han cuestionado algunas reconstrucciones paleomagnéticas de movimientos rápidos. Este trabajo aporta evidencia independiente de los patrones de inundación continental.

Aunque los dinosaurios no vivieron sobre una Tierra que se tambaleaba, el planeta sólido pudo cambiar de orientación respecto a su eje de rotación a una escala geológica rápida. Según los autores, esa dinámica pudo desplazar los continentes entre distintas franjas climáticas e influir en temperaturas, precipitaciones y ecosistemas.

levante-emv.com

lunes, 5 de octubre de 2026

Las fotos de animales más divertidas de 2026 ya tienen finalistas en los Nikon Comedy Wildlife Awards

Un caimán con tupé, un leopardo haciendo el pino o una mantis que parece posar para la cámara están entre los finalistas de un concurso que este año ha recibido más de 10.000 participaciones procedentes de 112 países.

Una de las imágenes finalistas de los Nikon Comedy Wildlife Awards 2026.
(Jan Wittmer / Comedy Wildlife)

Hay concursos de fotografía de naturaleza que buscan la imagen más espectacular, el comportamiento más difícil de captar o una especie que pocas veces se deja ver. Y luego están los Nikon Comedy Wildlife Awards, donde un caimán puede convertirse por unos segundos en Elvis, un leopardo hacer el pino y una mantis posar como si supiera que tiene una cámara delante.

"¡El suelo es lava!" (Robert Gondek / Comedy Wildlife)

La cita anual con el lado más cómico de la fotografía de naturaleza ya tiene finalistas. La edición de 2026 ha recibido más de 10.000 participaciones de fotógrafos de 112 países, la cifra más alta de la historia del concurso. De todas ellas, 40 fotografías han llegado a la final individual, junto a tres trabajos de la categoría para menores de 16 años, cuatro porfolios y nueve vídeos.

La selección deja imágenes que parecen preparadas, pero no lo están. Muchas dependen de unos segundos de comportamiento animal, de la perspectiva y, por supuesto, de que el fotógrafo estuviera allí con la cámara preparada.

"Un retoque antes de la foto familiar" (Subi Sridharan / Comedy Wildlife)

Un caimán llamado Elvis

Una de las fotografías que menos explicaciones necesita es Elvis, del italiano Paolo Torre. El protagonista es un caimán fotografiado en el Pantanal brasileño que salió del agua con vegetación enganchada en la cabeza. A Torre le recordó inmediatamente a un peinado de rock and roll de los años cincuenta. El nombre vino solo.

"Elvis" (Paolo Torre / Comedy Wildlife)

También está The Handstand, de Homagni Sahana. Una hembra de leopardo fotografiada en la Reserva Nacional de Samburu, en Kenia, parece hacer el pino sobre un árbol. La explicación es bastante menos acrobática: pasó buena parte de aquella mañana moviéndose entre distintos puntos elevados mientras buscaba a su cría. La encontró más tarde.

"El pino" (Homagni Sahana / Comedy Wildlife)

Y cuesta pasar por alto Sexy Mantis, de Diego Perez. La mantis fue fotografiada en Camanti, en la región peruana de Cusco. El fotógrafo cambió de posición después de probar encuadres más convencionales y consiguió que parte del insecto quedara oculta tras una hoja. Vista desde ese ángulo, la pose adquiere un aspecto sorprendentemente humano. 

"Sexy mantis" (Diego Perez / Comedy Wildlife)

Osos que ríen y jirafas con peinado

En Bears Sharing a Joke, Charles Janson fotografió dos osos pardos en Chinitna Bay, Alaska. La coincidencia de sus expresiones hace pensar en dos animales compartiendo una carcajada, aunque evidentemente la historia que cuenta la imagen está en la imaginación de quien la mira. 

"Osos compartiendo una broma" (Charles Koster / Comedy Wildlife)

Algo parecido sucede con The Different One, de Dirk Koster. Tres jirafas miran hacia la cámara en el Masái Mara, pero una de ellas tiene una acacia perfectamente alineada detrás de la cabeza. El árbol acaba convertido en una voluminosa cabellera verde. 

"La diferente" (Dirk Koster / Comedy Wildlife)

La lista permite seguir jugando: un águila de cola blanca que parece desfilar sobre el hielo en Finlandia, un oso pardo de Alaska entregado a una improbable sesión de gimnasia matinal, un búho con expresión de pocos amigos o un oso polar frente a una gaviota en Svalbard.

"Gimnasia matutina" (Scott Suriano / Comedy Wildlife)

Y una de las escenas más espectaculares dura apenas un instante: una ardilla se lanza contra un joven búho americano poco después de que este se pose en una rama. Kevin Lohman consiguió congelar el ataque en Are You Kidding Me?, fotografiada en California.

"¿Me estás tomando el pelo?" (Kevin Lohman / Comedy Wildlife)

La foto divertida también exige paciencia

El humor no significa que las fotografías sean fáciles de conseguir. Algunas requieren horas o días de espera.

"Un pez bajo mucha presión" (Kyo Chen / Comedy Wildlife)

En Filipinas, Kyo Chen fotografió un pequeño pez delante de la enorme cabeza de un tiburón ballena. La diferencia de tamaño y la posición de ambos convierten A Very Pressured Spadefish en una escena bastante más dramática de lo que probablemente estaba ocurriendo bajo el agua.

"¿Me he quedado dormido?" (Fabi Fregonesi / Comedy Wildlife)

Fabi Fregonesi encontró otro protagonista bajo el agua en Curazao. Su Did I Sleep Past My Alarm? muestra un pequeño blénido con la boca abierta y una expresión que cualquiera que haya apagado demasiadas veces el despertador puede reconocer. 

Los Comedy Wildlife Photography Awards nacieron en 2015 de la mano de los fotógrafos Paul Joynson-Hicks y Tom Sullam. Lo que comenzó como una iniciativa para llamar la atención sobre la conservación mediante el humor se ha convertido en un concurso internacional que este año ha alcanzado su récord de participación. El certamen destina además el 10 % de sus beneficios a la organización de conservación Born Free Foundation.

"La ventana de la naturaleza" (Lee Frost / Comedy Wildlife)

Ahora toca escoger

Los ganadores de los Nikon Comedy Wildlife Awards 2026 se conocerán el 8 de diciembre en Londres. Hasta entonces, las fotografías finalistas ya se pueden ver y el público puede votar su favorita en el Sterna People's Choice Award.

"Gánsters del mar" (Marek Jackowski / Comedy Wildlife)

La organización ha conseguido que la selección de este año incluya desde una mantis aparentemente seductora hasta un caimán con tupé, pasando por osos, elefantes, aves, peces, ardillas y leopardos.

Escoger una sola es probablemente lo menos divertido de todo el concurso.

Ver todos los finalistas de los Nikon Comedy Wildlife Awards 2026

lavanguardia.com

domingo, 4 de octubre de 2026

Los primeros animales de la Tierra surgieron 200 millones de años antes de lo que creíamos

Un nuevo estudio de fósiles en Mongolia rompe los esquemas de la paleontología y sugiere que la vida animal compleja evolucionó antes de la 'Tierra Bola de Nieve', la glaciación más extrema de la historia de nuestro planeta

Fondo marino del Ediacárico, Namibia, África sudoccidental, hace 543 millones

de años. Museo de Historia Natural, Universidad de Oxford / Mighty Fossils

Los primeros animales pudieron aparecer en la Tierra mucho antes de lo que indican los fósiles más antiguos conocidos. Es decir, no hace unos 600 millones de años, como sugieren algunas reconstrucciones de su historia evolutiva, sino quizá entre hace 800 y 700 millones de años, cuando nuestro planeta se preparaba para atravesar uno de los episodios climáticos más extremos de su historia: las glaciaciones conocidas como 'Tierra bola de nieve'.

La historia 'oficial' nos dice que, durante el periodo Cámbrico, hace entre 539 y 487 millones de años los océanos de la Tierra se llenaron de criaturas fascinantes, Y lo hicieron muy rápidamente, en un auténtico 'abrir y cerrar de ojos' a escala geológica.

Pero a la luz de la nueva investigación, la historia de nuestro linaje podría ser mucho más antigua. Un equipo internacional de investigadores, liderado por la Universidad de Oxford, acaba de sugerir, en efecto, que los primeros animales evolucionaron cientos de millones de años antes de su primera aparición efectiva en el registro fósil.

El trabajo, recién publicado en 'Science Advances', no consiste en anunciar el descubrimiento de animales fósiles de aquella época, sino en cuestionar una suposición que ha condicionado durante años las investigaciones sobre el origen del reino animal: si los animales hubieran existido en determinados periodos del pasado, sus restos deberían haberse conservado en los yacimientos donde se han encontrado otros microorganismos extraordinariamente bien preservados.

El problema, según los investigadores, es que la ausencia de fósiles no siempre significa ausencia de vida. Y nuevas pruebas procedentes de Mongolia demuestran cómo y por qué esa distinción puede darle un vuelco a nuestra visión de la evolución.

Mongolia desmonta una vieja certeza

Hasta ahora, la ciencia había utilizado ciertos yacimientos fósiles excepcionales como una especie de inamovible 'reloj de arena' para establecer una fecha máxima para el origen de los animales. El razonamiento era de una lógica aplastante: si en esos lugares se conservaban microbios con un detalle exquisito y no había rastro de animales, es que, sencillamente, la vida animal aún no existía. Pero las nuevas evidencias sugieren exactamente lo contrario.

Los microfósiles de Kheseen están igual de bien conservados que otros más antiguos y, sin embargo, los animales siguen ausentes, a pesar de que sabemos que en ese momento ya existían.

El núcleo del debate científico se situaba en la llamada 'Biota de Weng'an', un depósito fósil incrustado en rocas de la era Ediacárica en China. Este yacimiento, de unos 590 millones de años de antigüedad, preserva organismos microscópicos con un nivel de detalle asombroso, pero ninguno de ellos es un animal. Los científicos supusieron, por tanto, que los primeros animales debían haberse originado después de Weng'an, ya que si hubieran existido antes, este excepcional depósito los habría preservado.

Para poner a prueba la fiabilidad de esta regla, los autores del nuevo estudio, que incluyen a miembros de la Universidad de California Berkeley, la ETH de Zúrich y la Universidad de Yale, dirigieron su mirada a la 'Biota de Kheseen', en Mongolia, un yacimiento que es más de 40 millones de años más moderno que el de Weng'an, y con el que comparte algunas especies microscópicas. La clave está en que en esta época más reciente, la ciencia sabe con certeza que los animales ya existían, pues se han hallado sus fósiles en lugares tan dispares como Namibia o el sur de China. A pesar de lo cual en Kheseen. igual que en Weng'an, tampoco aparecen restos que puedan identificarse inequívocamente como animales.

Los investigadores analizaron más de 140 muestras, incluidas algunas procedentes de localidades que no se habían documentado anteriormente, mediante microscopía electrónica de barrido. Encontraron especies de microfósiles muy bien conservadas, entre ellas acritarcos, organismos microscópicos de aspecto esférico que pueden presentar espinas y prolongaciones ramificadas, además de fósiles semejantes a embriones que contienen células internas. Pero ni siquiera la excelente capacidad de conservación del yacimiento permitió reconocer claramente animales.

El origen estimado de los animales retrocede 200 millones de años en el tiempo, situándose entre 800 y 700 millones de años atrás, mucho antes del estallido de vida del Cámbrico

«La biota de Kheseen -explica Ross Anderson, de la Universidad de Oxford y director de la investigación- rompe el argumento de que los microfósiles excepcionales de Weng'an implican que habríamos visto fósiles de animales en ese conjunto si hubieran existido entonces». Los nuevos resultados, desde luego, no demuestran que los animales estuvieran presentes en Weng'an, pero sí cuestionan que su ausencia allí implique necesariamente que todavía no habían aparecido. Podría ser, explican los autores, que los primeros animales vivieraan en ambientes diferentes de aquellos que dieron lugar a los fósiles estudiados, o que las condiciones químicas impidieran conservar sus restos.

Un reloj molecular que retrocede 200 millones de años

Al invalidar a Weng'an como límite temporal estricto, los científicos se sintieron libres para mirar mucho más atrás, hacia depósitos geológicos datados entre 850 y 730 millones de años, entre ellos la Formación Svanbergfjellet en Noruega, el Grupo Bitter Springs en Australia y el Grupo Chuar en Arizona, Estados Unidos. Todos ellos son ricos en fósiles y tenían el potencial teórico de preservar animales, aunque hasta la fecha no se ha encontrado resto alguno de ellos.

Con esos límites geológicos como referencia, el equipo aplicó el método del reloj molecular. La técnica compara las diferencias genéticas entre especies actuales y, a partir de las tasas de cambio evolutivo y de fechas conocidas del registro fósil, calcula cuánto tiempo habría transcurrido desde que sus antepasados se separaron. Así, el cálculo desplazó el posible origen de los animales unos 200 millones de años hacia el pasado, hasta situarlo entre hace 800 y 700 millones de años.

¿Fueron las extremas y brutales condiciones de la glaciación global las que impulsaron, en lugar de frenar, la evolución de las primeras formas de vida compleja?

Ya existían algunas pistas de que esta posibilidad podía ser real. Los biomarcadores químicos preservados en rocas antiguas, de hecho, proporcionan indicios de que las esponjas marinas ya vivían hace al menos 650 millones de años, es decir, decenas de millones de años antes de la aparición de los fósiles animales macroscópicos más antiguos.

Tal y como ABC ya informó en mayo de 2023, diversos análisis profundos sitúan a criaturas primigenias, como los ctenóforos y las esponjas, en la base misma de la evolución animal. Esos primeros animales habrían sido criaturas pequeñas y de cuerpo blando, sin conchas ni huesos, lo que hacía que su fosilización dependiera de un raro cúmulo de condiciones químicas inusuales tras su muerte.

Sobrevivir a la 'Tierra Bola de Nieve'

La nueva cronología abre una posibilidad extraordinaria: que los primeros animales surgieran antes de las grandes glaciaciones del periodo Criogénico, iniciado hace unos 720 millones de años, o incluso que aparecieran al mismo tiempo que las edades de hielo más severas de toda la historia ya estaban en marcha y convertían el planeta entero en una inmensa esfera blanca.

Durante el periodo Criogénico, que comenzó hace unos 720 millones de años, enormes glaciares se extendieron por todo el mundo, en lo que se conoce como el episodio de la 'Tierra Bola de Nieve'. El nuevo estudio, por tanto, reabre la cuestión de si las gélidas condiciones asociadas a este evento global jugaron, o no, un papel crucial en el origen y la diversificación temprana de la vida animal.

Porque si resulta que los animales ya existían antes de aquel mundo helado, su historia evolutiva habría atravesado condiciones ambientales muy distintas de las que hoy asociamos con la proliferación de la vida compleja. Y si aparecieron durante las glaciaciones, habría que explicar cómo lograron sobrevivir en unos océanos cubiertos de gruesas capas de hielo y sometidos a unas condiciones realmente extremas.

El primer autor del estudio, Orin Lole Durbin, subraya precisamente esa cautela: «Los fósiles corporales de animales anteriores al Ediacárico siguen eludiéndonos, y este análisis no demuestra que los animales ya existieran hace 800 millones de años». Lo que sí hace, añade, es debilitar uno de los principales argumentos empleados para restringir su origen al Ediacárico y mostrar hasta dónde podría remontarse su historia evolutiva.

Pero hacen falta nuevas pruebas. El equipo propone explorar yacimientos de distintas regiones del mundo, con ambientes y procesos de fosilización diferentes, y combinar la búsqueda de cuerpos fósiles con la de rastros de actividad y biomarcadores químicos.

«Hasta que dispongamos de esas pruebas -concluye Anderson- la fecha precisa del nacimiento del reino animal seguirá siendo incierta».

La incógnita, por tanto, sigue abierta. Pero el nuevo estudio cambia una cuestión importante: la ausencia de fósiles en un yacimiento excepcional ya no basta, por sí sola, para descartar que los animales vivieran en aquella época. Y es posible que la historia del reino animal comenzara cientos de millones de años antes de que sus protagonistas dejaran las primeras huellas impresas en las rocas.

sábado, 3 de octubre de 2026

Presentan el análisis biocronológico de micromamíferos ibéricos más completo hasta la fecha

Liderado por la Universidad Complutense de Madrid con la colaboración de la Estación Biológica de Doñana, el estudio analiza información de decenas de miles de fósiles de roedores, lagomorfos e insectívoros procedentes de 400 yacimientos de la península ibérica. El innovador método cuantitativo aplicado consigue calibrar las edades de las localidades de hasta 25 millones de años.

Un lirón careto, una de las especies que abarca el estudio. / Animalia.
Un equipo de investigación liderado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) en el que también participa la Estación Biológica de Doñana-CSIC ha reconstruido los últimos veinticinco millones de años de historia de la península ibérica a través del análisis, con un innovador modelo cuantitativo, de decenas de miles de fósiles de micromamíferos de 400 yacimientos.

Una de las principales aportaciones del trabajo publicado en Earth-Science Reviews es la datación de aquellos yacimientos que hasta ahora carecían de ella. Así, los investigadores han afinado un preciso reloj geobiológico que desvela las claves de las transiciones evolutivas durante el Neógeno-Cuaternario para comprender cómo la fauna ha respondido históricamente a los cambios ambientales.

“Establecer una escala temporal precisa en yacimientos continentales terrestres ha sido históricamente uno de los mayores retos para la geología. A diferencia de los sedimentos marinos, que se acumulan de forma continua, el registro terrestre se conserva de manera fragmentada en cuencas sedimentarias aisladas”, destaca Manuel Hernández Fernández, catedrático del Departamento de Geodinámica, Estratigrafía y Paleontología de la UCM y uno de los autores del trabajo.

Más allá de ratones y ardillas

Una de las novedades de este trabajo es el tipo de especies incluidas. Hasta la fecha, los análisis de este tipo se dedicaban mayoritariamente al estudio de los roedores (grupo que incluye a ratones, ardillas, lirones, castores, etc.).

"Nosotros hemos integrado en el análisis también a los lagomorfos (conejos, liebres y pikas) y a los insectívoros (musarañas, topos y erizos), que suponen el 22% del total de las especies de la base de datos", explica Rubén Juidíaz, investigador predoctoral de la UCM y primer autor del artículo. Los resultados demuestran, continúa el investigador, que añadir estos nuevos grupos puede resultar decisivo ya que algunas de sus especies actúan como excelentes "marcadores" cronológicos en ciertos intervalos temporales.

El estudio ha conseguido calibrar las edades de las localidades analizadas con una gran precisión, sin precedentes para la mayor parte del registro analizado. No obstante, el método pierde resolución en los milenios más recientes, identificando los últimos 50 000 años del registro como un límite en la precisión del método.

“En este lapso temporal tan reciente, debido a su brevedad temporal, la escasez de eventos de aparición de nuevas especies o de extinción de micromamíferos, la fragmentación de sus poblaciones en refugios climáticos ibéricos durante la última gran glaciación y la llegada asíncrona de especies comensales vinculadas al ser humano (como ratas y ratones domésticos), distorsionan la homogeneidad necesaria para una ordenación biocronológica adecuada”, explica Fernando Blanco, investigador de la Estación Biológica de Doñana (CSIC).

El primer paso para llevar a cabo el trabajo fue reunir la información del registro fósil ibérico, que se puede considerar privilegiado a escala mundial: 322 especies y más de 4.000 registros de su presencia en cerca de 400 yacimientos de 20 cuencas cenozoicas diferentes.

Para poner orden en el inmenso volumen de datos, se recurrió al método matemático de Ordenación por Eventos de Aparición por Máxima Verosimilitud (ML AEO). Este algoritmo analiza de forma probabilística las relaciones de coexistencia (conjunciones) o exclusión (disyunciones) entre las distintas especies, respetando rigurosamente las 55 secuencias estratigráficas observadas sobre el terreno, para determinar el orden cronológico de los eventos de aparición y extinción y otorgar un índice temporal a cada yacimiento.

Finalmente, mediante un modelo estadístico de regresión segmentada calibrado con 156 dataciones obtenidas previamente por técnicas de análisis geofísico (como radiometría, termoluminiscencia o magnetoestratigrafía), el modelo fue capaz de asignar una edad numérica a todos los yacimientos estudiados.

Revisión de fechas

Además de datar los yacimientos, el estudio ha detectado discordancias con trabajos anteriores previos. El 6,8% de las asociaciones fósiles analizadas se posicionaron en fechas numéricas significativamente diferentes a las que se les había asignado tradicionalmente.

De esta manera, el nuevo modelo puede actuar como un sistema de depuración biocronológica, localizando yacimientos y taxones que podrían requerir una reevaluación de la composición de sus faunas, sus contextos ambientales y su verdadera posición en el tiempo.

"Este marco no pretende sustituir las escalas tradicionales basadas en especies clave, sino actuar como un reloj complementario e independiente", aclara Soledad Domingo, profesora titular de la UCM y co-directora del grupo de investigación UCM sobre Evolución de Mamíferos y Paleoambientes Continentales Cenozoicos.

De cara al futuro, al establecer una línea temporal de gran rigor, este trabajo abre las puertas a una nueva generación de estudios de alta resolución sobre macroevolución, paleoecología y paleoclimatología que desentrañarán las respuestas de las comunidades biológicas terrestres frente a los episodios de cambio climático global experimentados por nuestro planeta durante los últimos 25 millones de años.

“Transformando el magnífico catálogo del registro fósil ibérico en un motor de descubrimiento ecológico y evolutivo, podremos pasar de ordenar eventos temporales a interpretar los grandes misterios de la vida en nuestro planeta”, concluye Manuel Hernández Fernández.

Referencia bibliográfica

Juidíaz, R., Blanco, F., Gómez Cano, A. R., Oliver, A., Hernández Fernández, M., & Domingo, M. S. (2026). “Iberian Neogene–Quaternary biochronology: a refined framework based on maximum likelihood analysis of small mammal assemblages”. Earth-Science Reviews 282, 105679. DOI: 10.1016/j.earscirev.2026.105679.

viernes, 2 de octubre de 2026

Los dinosaurios y las aves adquirieron su habilidad para volar de manera independiente

Hasta ahora, existía el debate de que tanto las aves como estos grandes reptiles podrían haber evolucionado de la misma forma, pero un nuevo fósil descubierto en el noreste de china aporta evidencias de una separación evolutiva totalmente opuesta. 

Ilustración del nuevo dinosaurio con plumas, hallado en el noreste de China.
/ Zhao Chuang

El hallazgo de un nuevo dinosaurio con plumas en el noreste de China ha permitido demostrar que los dinosaurios y las aves no heredaron la capacidad de vuelo de un ancestro común, sino que desarrollaron las habilidades de manera independiente y convergente. 

El fósil –bautizado Norellraptor barsboldi– ha sido analizado por un equipo internacional de científicos de China e Italia. Descrito este martes en un artículo publicado en Nature Communications, ha cambiado lo que se sabía sobre cómo los dinosaurios conquistaron los cielos.

El ejemplar de microrraptorino (pequeños dinosaurios con plumas y alas), excepcionalmente bien conservado, fue descubierto en la formación geológica Jiufotang (China), un yacimiento del Cretácico Inferior con una antigüedad de entre 145 y 100 millones de años. 

Los microrraptorinos eran pequeños dinosaurios depredadores parecidos a las aves y parientes cercanos de estas. 

Adaptación al vuelo

Los fósiles descubiertos hasta ahora (la mayoría en China) mostraban que algunos microrraptorinos tenían plumas largas tanto en las extremidades anteriores como en las posteriores, lo que sugiere que podrían haber estado adaptados para el vuelo. 

Durante mucho tiempo, los paleontólogos han debatido si la capacidad de volar o planear surgió una sola vez en el ancestro común de los Paraves (el grupo que incluye a los microrraptorinos y las aves) o si las características necesarias para ello evolucionaron de forma independiente en múltiples ocasiones.

Los paleontólogos han debatido si la capacidad de volar o planear surgió una sola vez en el ancestro común de los Paraves

El estudio describe un fósil de 57 centímetros que conserva partes de su plumaje y que, según los análisis, tenía al menos tres años al morir. 

Al comparar las características de vuelo del nuevo fósil con las de otros microrraptorinos y con las del linaje de las aves primitivas (Avialae), descubrieron que estos pequeños carnívoros y las aves primitivas compartían 57 características morfológicas relacionadas con el vuelo, lo que representa aproximadamente el 30 % de sus rasgos físicos claves necesarios para volar.

Sin embargo, pese a compartir gran número de estructuras, los investigadores creen que aves y dinosaurios no heredaron un “mapa de diseño" único, sino que desarrollaron sus aparatos de vuelo de una manera completamente “independiente y convergente", en respuesta a necesidades similares y a distintas presiones evolutivas.

Evoluciones distintas

Para los autores, la prueba principal de esta separación está en el orden en que evolucionaron sus cuerpos, que fue completamente opuesto. En el linaje de las aves, la evolución transformó primero la cintura pectoral y las articulaciones del ala antes de modificar la mano. 

Las alas de los microrraptorinos se formaron bajo sus propias dinámicas biológicas

Sin embargo, en los microrraptorinos como Norellraptor, las primeras transformaciones consistieron en acortar los huesos de los dedos para reducir su función de agarre. Solo mucho tiempo después, surgieron el esternón alargado y las modificaciones en los hombros. 

Para los autores, esta divergencia en la secuencia temporal de cambios demuestra que no existía un modelo genético latente o compartido que guiara a ambos grupos.

Además, el análisis microscópico de los huesos del brazo de Norellraptor demostró que sus extremidades crecían a ritmos discontinuos y muy particulares.

Este patrón osteohistológico difiere de los mecanismos de desarrollo que se ven en las aves voladoras actuales, lo que confirma que las alas de los microrraptorinos se formaron bajo sus propias dinámicas biológicas. 

En definitiva, el estudio de Norellraptor desmonta el paradigma del origen único del vuelo y revela que la capacidad de volar no fue un invento único en la historia de los dinosaurios, sino un ‘experimento evolutivo' que la naturaleza repitió con éxito por caminos totalmente distintos, subraya el estudio.

Fuente: EFE

Derechos: Creative Commons.

agenciasinc.es

¿Cómo saben los científicos qué comían los dinosaurios? Estas son las pistas que buscan

La diversidad de hábitos alimenticios detectada entre distintas especies ofrece una explicación sobre la manera en que territorios con recursos limitados lograban sostener a varios animales de gran tamaño sin una competencia directa por el mismo alimento

Los dientes de dinosaurio revelan cómo varias especies compartían

 alimentos sin competir tanto (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los dinosaurios no dejaron una lista de alimentos, pero sus dientes conservaron señales capaces de contar parte de esa historia. Una investigación reciente examinó esas huellas en animales que vivieron en el mismo lugar hace unos 150 millones de años y encontró que no todos buscaban su comida de la misma manera.

La conclusión cambia una idea muy repetida sobre los grandes herbívoros. Durante años, se consideró que la altura de cada animal podía explicar qué plantas consumía. Los nuevos datos indican que la diferencia también estuvo en las partes de las plantas que elegía cada especie, desde hojas y brotes hasta ramas y tejidos más duros.

Según un estudio publicado en 2025 por investigadores de la Universidad de Texas en Austin en la revista científica Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, las señales conservadas en la capa exterior de los dientes permiten distinguir dietas diferentes entre animales que compartían territorio. El trabajo analizó restos hallados en el oeste de Estados Unidos y propuso que esa variedad de alimentos ayudó a que varias especies convivieran sin competir de la misma forma por cada recurso.

El valor del hallazgo está en que transforma una pregunta general en una escena concreta. No alcanza con observar el tamaño de un dinosaurio o la forma de sus dientes. La alimentación también dependía de qué parte de una planta podía aprovechar mejor cada animal, una diferencia que modifica la reconstrucción de los antiguos paisajes.

Los dientes conservan señales de la alimentación de cada animal

Las señales químicas conservadas en el esmalte muestran que
los herbívoros del Jurásico elegían hojas, brotes o ramas,
mientras los carnívoros analizados también se especializaban
en presas diferente (Imagen Ilustrativa Infobae)
Los dientes son una de las partes más resistentes del cuerpo y pueden mantenerse durante millones de años. En su capa exterior quedan rastros vinculados con los alimentos que un animal incorporaba. Al compararlos con las especies actuales, los investigadores pueden aproximarse a qué clase de comida predominaba en su dieta.

El estudio examinó dientes de varios animales que vivieron en el mismo entorno durante el período jurásico. Entre los herbívoros, los resultados mostraron diferencias claras. Unos parecían consumir con mayor frecuencia partes suaves de las plantas, como hojas y brotes. Otros obtenían más alimento de partes leñosas, como ramas.

La diferencia no estaba limitada a la altura desde la que cada dinosaurio podía comer. El tipo de alimento, su textura y su valor nutritivo también ayudaban a marcar una separación entre las especies. Esa conclusión ofrece una explicación más precisa sobre cómo grandes animales podían habitar el mismo espacio.

Los resultados también abarcaron animales que comían carne. Las señales halladas en sus dientes apuntan a dietas distintas dentro de ese grupo: uno —un reptil de aspecto similar al cocodrilo— habría consumido sobre todo peces, mientras el otro, un bípedo de gran tamaño, se alimentaba principalmente de otros dinosaurios. Esa separación reduce la idea de que todos los depredadores de un mismo lugar perseguían las mismas presas.

La variedad de alimentos ayudó a repartir el espacio

El estudio que cuestiona que la altura definiera por completo la
dieta de los dinosaurio (Imagen Ilustrativa Infobae)
La convivencia entre especies grandes exige recursos suficientes y una forma de distribuirlos. Si cada animal buscaba una parte diferente de las plantas o perseguía presas distintas, la competencia directa podía ser menor. Esa dinámica es habitual en ecosistemas complejos y ayuda a explicar cómo territorios con recursos limitados sostienen una gran diversidad de especies.

La investigación sugiere que los herbívoros no se diferenciaban únicamente por el tamaño del cuerpo. Algunos podían preferir alimentos más tiernos, mientras otros aprovechaban estructuras más resistentes. Así, un mismo paisaje ofrecía opciones diversas para animales con necesidades y formas de alimentarse diferentes.

Esa idea también permite revisar imágenes simplificadas de los dinosaurios. Los animales de cuello largo no necesariamente comían lo mismo por alcanzar plantas elevadas, y los más pequeños no quedaban limitados a los recursos cercanos al suelo. La elección de los alimentos fue más variada de lo que indicaba una explicación basada solo en la altura.

El análisis de dientes no reconstruye una comida puntual ni resuelve cada detalle de la vida de un animal. Aporta, en cambio, una pista sobre hábitos sostenidos en el tiempo. Al reunir esos rastros, el estudio describe un escenario en el que la diversidad de dietas ayudó a ordenar la vida de varias especies en un mismo territorio.