Un cráneo de cocodrilo hallado hace casi un siglo en la roca de la Gran Esfinge de Giza pertenece a una especie nueva, Herugavialis cairensis, que vivió hace unos 45 millones de años. Igual que el monumento, ha perdido la punta de la nariz.

El cocodrilo recién descubierto, el Herugavialis cairensis, vivía en los entornos
marinos poco profundos que cubrían gran parte de Egipto hace 50 millones de años.
Crédito: Adel Lee
El estudio se publica en la revista Royal Society Open Science y lo ha liderado Paul Burke, investigador del Museo Sueco de Historia Natural, en Estocolmo, junto a Philip Mannion, profesor de paleobiología del University College de Londres (UCL), que ha codirigido el trabajo. Participan además investigadores de Alemania y de Egipto.
Los protagonistas son los gaviales, cocodrilos de hocico larguísimo y estrecho, con una hilera de dientes finos que les sirve para atrapar peces. Hoy solo quedan dos especies, el gavial del Ganges (Gavialis gangeticus) y el falso gavial (Tomistoma schlegelii), ambas amenazadas y limitadas a las aguas dulces del subcontinente indio y el sudeste asiático. El registro fósil, sin embargo, cuenta otra historia: durante más de 100 millones de años los gaviales vivieron en casi todo el planeta, y muchas de sus especies habitaban mares poco profundos.
Una roca que fue fondo marino
La Gran Esfinge de Giza mide unos 73 metros de largo y 20 de alto. Los estudios la sitúan hacia el 2500 a.C., en tiempos del faraón Kefrén, es decir, hace unos 4.500 años. Se talló en la roca madre de la meseta de Giza, que además sirvió de cantera para las pirámides, y esa roca pertenece a la Formación Mokattam, una serie de calizas que debe su nombre a las colinas del Mokattam, junto a El Cairo.

Reconstrucción del extinto Herugavialis cairensis, con la Gran Esfinge y las
pirámides representadas al fondo. Crédito: Karim Zanaty
Los visitantes de las pirámides llevan siglos tropezando con rastros de aquel mar. Estrabón, el geógrafo griego que escribió a comienzos del siglo I, dejó esta observación sobre las esquirlas de piedra que se acumulaban al pie de los monumentos:
Una de las cosas maravillosas que vi en las pirámides no debe quedar sin mención: delante de ellas hay montones de esquirlas de piedra, y entre ellas se encuentran fragmentos parecidos a lentejas en forma y tamaño; y bajo algunos de los montones yacen como desechos de grano a medio pelar. (…) Dicen que lo que sobró de la comida de los obreros se ha petrificado, y no es improbable.
Estrabón, Geografía, XVII, 1
Aquellas «lentejas» eran en realidad nummulites, conchas de organismos marinos unicelulares que abundaban en el mar eoceno y que forman buena parte de la caliza de la zona. Su propio nombre, que procede del latín nummulus («monedita»), alude a su forma de moneda. Estrabón creyó ver comida petrificada. Casi dos mil años después, la misma piedra ha entregado un hallazgo de otro tipo.
Un cráneo con la etiqueta equivocada
En los años veinte del siglo pasado se recuperaron varios fósiles en la Formación Mokattam, entre ellos un cráneo casi completo. En 1927 investigadores alemanes lo describieron como una especie extinta del género Tomistoma, el mismo del falso gavial actual, a causa de su parecido superficial con él. Durante décadas esa etiqueta pasó sin demasiadas dudas, aunque el propio estudio reconoce que la posición de este animal dentro del árbol genealógico de los gaviales ha resultado inestable en análisis anteriores.

Mandíbula parcial remitida (SMNS 50734) de H. cairensis.
Crédito: P.M.J. Burke et al. 2026
Al comparar esas medidas con las de gaviales vivos y fósiles, los investigadores detectaron varias diferencias respecto al falso gavial y concluyeron que el cráneo y otros ejemplares de la formación pertenecían a un género nuevo. Según el comunicado, el cráneo está relativamente bien conservado, y justo por eso llamó la atención lo que le falta: la punta del hocico. El comunicado no detalla cuándo ni cómo se rompió esa parte.0
Heru, el dios y la nariz
El nombre del género une Heru, el nombre egipcio del dios Horus, con gavialis; el del epíteto, cairensis, remite a El Cairo. Mannion explicó la elección: Dada esta coincidencia con la famosa nariz ausente de la Gran Esfinge, decidimos bautizar al nuevo cocodrilo con el nombre del dios egipcio Heru, que posiblemente fue la inspiración de este icónico monumento.
El «posiblemente» tiene su razón de ser. Los egiptólogos suelen atribuir la Esfinge a Kefrén, y en el Reino Nuevo, más de mil años después de su construcción, se la veneraba como Horemajet, «Horus en el horizonte». Que el dios halcón inspirara el monumento original es, por tanto, una hipótesis y no un dato establecido.
Tampoco está claro qué le pasó a la nariz de la Esfinge. Durante mucho tiempo se acusó a las tropas de Napoleón, pero la historia no se sostiene: dibujos hechos por el danés Frederic Louis Norden en 1738 ya la muestran sin ella, unos sesenta años antes de la campaña de Egipto. Otra tradición, recogida en el siglo XV por el historiador al-Maqrizi, culpa a un místico sufí, Muhammad Sa’im al-Dahr, que en 1378 habría mutilado la estatua al ver cómo los campesinos le hacían ofrendas para mejorar sus cosechas. Ninguna de las dos versiones está confirmada, y qué ocurrió exactamente sigue sin saberse con certeza.
No es la primera vez que el equipo de Burke y Mannion recurre al panteón egipcio. En 2024 publicaron en el Journal of Systematic Palaeontology un estudio sobre otro supuesto Tomistoma del norte de África, de la época del Mioceno temprano, y le dieron un género propio, Sutekhsuchus, en honor a Sutekh (Seth), el dios rival de Horus en los mitos egipcios. Dos «falsos Tomistoma» de la región han acabado, pues, siendo otra cosa.
Un Mediterráneo lleno de cocodrilos
Herugavialis no estaba solo. Según el estudio, los mares someros que cubrían buena parte de la región albergaban al menos otras dos especies de gaviales. En la misma formación geológica se conocen además peces, tiburones y mamíferos marinos, entre ellos una ballena primitiva y un sirenio, pariente lejano de los manatíes actuales. Y en el Fayum, unos pocos millones de años más tarde, vivió otro cocodrilo marino del grupo de los tomistominos, Paratomistoma courti, descrito en 2000 por Christopher Brochu y Philip Gingerich a partir de restos del Wadi Hitan, el célebre «valle de las ballenas».
A lo largo de gran parte de los últimos 50 millones de años, la región mediterránea albergó una gran diversidad de cocodrilos, entre ellos gaviales, señala Burke. Sin embargo, esa diversidad fluctuó con el tiempo, aparentemente en paralelo a los cambios de la temperatura global y del nivel del mar, hasta que todos los cocodrilos de esta región desaparecieron como consecuencia de la desecación del Mediterráneo, hace aproximadamente 6 millones de años.
Ese episodio, conocido como crisis salina del Mesiniense, se produjo cuando el Mediterráneo quedó aislado del Atlántico por el estrecho de Gibraltar y buena parte de su agua se evaporó. Se cerró hace unos 5,3 millones de años con la llamada inundación zancliense, que volvió a llenar la cuenca. Para los cocodrilos de la región, según Burke, fue el final de su historia. Hoy, de hecho, ningún gavial vive en el Mediterráneo.
El hallazgo añade una rama inesperada al árbol de los gaviales, pero no lo ordena del todo. La discusión de fondo viene de lejos. Durante décadas se debatió si el gavial del Ganges y el falso gavial eran parientes cercanos; los análisis de ADN dicen que sí, y los estudios de anatomía llegaron a esa conclusión mucho más tarde. Con ese terreno movedizo, cada fósil bien estudiado puede mover piezas. Queda por ver si otros restos de la región descritos hace un siglo bajo el nombre Tomistoma esconden también sorpresas.
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FUENTES
Swedish Museum of Natural History
Paul M. J. Burke, Stephan N. F. Spiekman, et al., Cranial anatomy of the Middle Eocene Egyptian crocodylian Herugavialis cairensis provides new insights into gavialoid diversity in the Mediterranean region. R. Soc. Open Sci. 1 October 2026; 13 (10): 261173. doi.org/10.1098/rsos.261173




















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