sábado, 6 de junio de 2026

Paleontólogos U. de Chile confirman presencia de dinosaurios terrestres y aves del Cretácico en Algarrobo

Publicado en Cretaceous Research, el trabajo reinterpreta fósiles hallados en la costa de Chile central y confirma la presencia de dinosaurios terrestres y aves del Cretácico Superior en una zona conocida históricamente por sus especies marinas. La investigación destaca el valor de las colecciones científicas y advierte sobre la importancia de proteger un sitio clave para reconstruir la historia natural del país.

Costa de Algarrobo, zona donde se han registrado importantes hallazgos
paleontológicos del Cretácico Superior
.
Ubicado en la Región de Valparaíso, Algarrobo es uno de los balnearios más reconocidos del litoral central, valorado por sus atractivos turísticos, su biodiversidad y también por sus hallazgos paleontológicos. En sus rocas costeras se conserva una historia mucho más antigua: la de un ecosistema del final del Cretácico, hace cerca de 69 millones de años, donde el registro de reptiles marinos convive ahora con nuevas evidencias de dinosaurios terrestres y aves antiguas. 

Así lo plantea un estudio publicado en la revista Cretaceous Research titulado "Beyond marine reptiles: ornithopod and avian remains from the Upper Cretaceous of Algarrobo, central Chile". El trabajo fue desarrollado por los investigadores Sergio Soto Acuña, Rodrigo A. Otero, Raúl Ugalde, Héctor Ortiz y José Luis Brito, y forma parte de las investigaciones impulsadas desde la Red Paleontológica Universidad de Chile, en el marco del Núcleo Milenio Transiciones Evolutivas Tempranas de Mamíferos (EVOTEM) proyecto el cual reúne a distintas instituciones científicas del país.

Imagen referencial del material fósil analizado en el estudio,
 asociado a un dinosaurio herbívoro de gran tamaño.
A partir del reanálisis de fósiles hallados en los “Estratos de Quebrada Municipalidad”, el equipo confirmó la presencia de un dinosaurio herbívoro de gran tamaño y reclasificó restos de un ave fósil. Ambos registros fueron situados en el Cretácico Superior, lo que permite ampliar la comprensión de Algarrobo como una localidad que no solo conserva evidencia de antiguos ecosistemas marinos, sino también de animales continentales. 

Hasta ahora, la zona era reconocida principalmente por su registro marino, con hallazgos de plesiosaurios, mosasaurios, tortugas marinas y tiburones. Sin embargo, el trabajo con colecciones históricas y nuevas campañas de terreno dio paso a una lectura más amplia del sitio.

“Nos dimos cuenta de que este ecosistema era un poco más complejo. No solamente involucraba especies marinas, sino que también había alguna cercanía, alguna condición costera”, explica Sergio Soto Acuña, paleontólogo de vertebrados y autor principal del estudio.

Dinosaurios terrestres y aves del Cretácico en Chile central

La confirmación surgió a partir de una nueva revisión de materiales conservados en colecciones históricas, es decir, algunos restos que habían sido asociados a reptiles marinos fueron reinterpretados por el equipo como fósiles de dinosaurios. “Hay dos restos grandes de dinosaurios que encontramos en el museo y que estaban guardados desde hace ya mucho tiempo. Son colecciones históricas, que tienen ya bastantes décadas, y estaban identificados como plesiosaurios, o sea, como reptiles marinos”, señala el investigador Sergio Soto.

Uno de esos materiales permitió identificar con mayor claridad el tipo de animal al que pertenecía. “Estos corresponden, al menos uno de ellos, a la parte más proximal, o sea, más cerca del cuerpo, de un fémur, el hueso de la pata, de un dinosaurio herbívoro”, explica.

Sergio Soto Acuña, autor principal del estudio, durante trabajo
de campo en Algarrobo junto a parte del equipo investigador.
El estudio no describe una nueva especie, ya que el fósil se encuentra incompleto. Sin embargo, sus características permiten asociarlo al grupo de los ornitópodos, dinosaurios herbívoros que tuvieron una amplia diversidad de tamaños y formas. En Sudamérica, algunos de estos animales estuvieron relacionados con linajes conocidos popularmente como dinosaurios “pico de pato”, aunque los investigadores advierten que se requiere material más completo para precisar esta identificación.

El trabajo también reinterpreta restos de un ave fósil que anteriormente habían sido asignados a rocas más jóvenes, de alrededor de 40 millones de años. La nueva información sobre su procedencia permitió situarlos en niveles del Cretácico Superior, revelando que corresponde al fósil de ave más antiguo hallado hasta ahora en Chile y relevante para comprender la historia temprana. “Tenemos aves que probablemente corresponden a aves modernas, del grupo de las aves actuales, pero ya presentes en la época de los dinosaurios ahí en Chile central. Eso también es importante, porque existen muy pocos restos de aves fósiles modernas en ese lapso”, sostiene el paleontólogo.

Para el equipo, estos resultados muestran el valor de volver a mirar colecciones antiguas con nuevas preguntas científicas. Fósiles que durante décadas permanecieron guardados o clasificados bajo otra interpretación pueden entregar información inédita sobre la historia natural del país.

Algarrobo, una localidad clave para la paleontología nacional

La nueva evidencia no solo amplía lo que se sabía sobre Algarrobo, sino que también refuerza la urgencia de proteger una zona que sigue entregando información clave sobre la historia natural de la zona central del país. Para Rodrigo Otero, paleontólogo de vertebrados y miembro del equipo investigador, el hallazgo obliga a mirar nuevamente un sitio que durante años fue interpretado principalmente como un antiguo ambiente marino.

Rocas costeras de Algarrobo, parte del patrimonio paleontológico
 que los investigadores buscan estudiar y proteger.
“Algarrobo se volvió una localidad con un espectro de posibilidades mucho mayor para hallazgos de fauna fósil. Es muy importante volver a revisar las colecciones bajo esta nueva mirada, porque lo que alguna vez pudo ser interpretado como huesos de vertebrados marinos dudosos, podrían ser restos de dinosaurios que pasaron desapercibidos”, destaca el investigador.

Sin embargo, esta investigación no se encuentra exenta de dificultades, los afloramientos costeros donde aparecen estos fósiles están expuestos a la erosión natural, al crecimiento urbano y a eventuales obras de infraestructura que podrían afectar sectores todavía poco estudiados.

“Sabemos que es un yacimiento super valioso, del que está saliendo información en forma periódica y van a seguir apareciendo publicaciones científicas”, advierte. Para el investigador, el desafío es pensar cómo compatibilizar el desarrollo local con la protección de un patrimonio paleontológico que pertenece no solo a Algarrobo, sino a la historia profunda del país.

El autor principal de la investigación, Sergio Soto, coincide en que el sitio requiere mayor atención científica e institucional. “Nos estamos dando cuenta de que tenemos acá, al lado, un yacimiento paleontológico importantísimo, con mucho potencial, y que está a punto de desaparecer”, señala.

En ese sentido, el caso de Algarrobo muestra que la paleontología no depende solo de nuevos descubrimientos en terreno, sino también de la conservación de los sitios y de la revisión permanente de colecciones científicas. “Algarrobo nos está informando de algo que había pasado absolutamente desapercibido en el mapa ecológico o paleoecológico”, concluye el paleontólogo Rodrigo Otero.

uchile.cl

Cientos de fósiles hallados en Egipto obligan a reescribir la historia de los océanos: tras la extinción de los dinosaurios, los peces modernos aparecieron mucho antes de lo esperado

Un extraordinario yacimiento hallado en el desierto oriental de Egipto revela que muchos de los peces que dominan hoy los mares ya habían comenzado a prosperar apenas cuatro millones de años después de la extinción de los dinosaurios.

Un hallazgo histórico en Egipto revela que los peces modernos conquistaron
los océanos solo 4 millones de años después de los dinosaurios.
Ilustración de Ian Baylatry
La extinción masiva que acabó con los dinosaurios hace 66 millones de años suele contarse como el comienzo de una nueva era dominada por los mamíferos. Sin embargo, bajo la superficie de los océanos ocurrió una transformación igual de profunda y mucho menos conocida. Durante décadas, los paleontólogos han sospechado que aquel cataclismo también abrió la puerta al ascenso de los peces modernos, pero las pruebas fósiles eran escasas y fragmentarias.

Ahora, un hallazgo realizado en Egipto está cambiando esa visión. Un equipo internacional de investigadores ha descrito un excepcional yacimiento de fósiles marinos de 62,2 millones de años de antigüedad que ofrece una fotografía sin precedentes de cómo eran los océanos poco después de la desaparición de los dinosaurios. Tal y como ha revelado un estudio publicado en la revista Science Advances, el enclave conserva una comunidad de peces sorprendentemente moderna para una época tan temprana.

El yacimiento, conocido como Qreiya 3, se encuentra en el desierto oriental egipcio y ha proporcionado cerca de 500 ejemplares fósiles. Entre ellos aparecen más de una veintena de tipos distintos de peces con aletas radiadas, el grupo que incluye a la inmensa mayoría de las especies actuales. Lo más llamativo no es únicamente la abundancia de fósiles, sino la composición de la comunidad que representan.

Hasta ahora, los científicos pensaban que los océanos del Paleoceno temprano seguían dominados por grupos heredados del Cretácico y que la expansión de los peces modernos había sido un proceso más lento. Sin embargo, Qreiya 3 dibuja un escenario diferente. Apenas cuatro millones de años después del impacto del asteroide que desencadenó la extinción masiva, muchas de las líneas evolutivas que hoy resultan familiares ya ocupaban posiciones destacadas en los ecosistemas marinos.

Un hallazgo que llena uno de los mayores vacíos del registro fósil

Uno de los principales problemas para reconstruir la evolución de los peces tras la extinción de finales del Cretácico ha sido la escasez de fósiles completos. Los especialistas llevaban años enfrentándose a un intervalo temporal poco documentado, una especie de agujero negro paleontológico que dificultaba comprender cuándo aparecieron realmente muchos grupos modernos.

El nuevo yacimiento ayuda a cerrar parte de ese vacío. Según indica el estudio, Qreiya 3 es más diverso que todos los conjuntos de peces conocidos previamente para el Daniense —la primera etapa del Paleoceno— considerados en conjunto. Además, cuenta con una datación especialmente precisa, algo poco habitual para yacimientos de esta antigüedad.

La conservación de los fósiles es tan extraordinaria que los investigadores describen el lugar como una auténtica Lagerstätte, un término utilizado para designar depósitos excepcionales donde los organismos quedan preservados con gran detalle. Muchos esqueletos aparecen articulados y completos, permitiendo estudiar huesos individuales y compararlos directamente con especies actuales.

Sanaa El-Sayed, autora principal del estudio, analiza uno de los peces fósiles recién
recuperados en el yacimiento de Qreiya 3. Foto: Profesora Hesham Sallam,
Centro de Paleontología de Vertebrados de la Universidad de Mansoura
Gracias a ello, los paleontólogos han podido identificar algunos de los registros esqueléticos más antiguos conocidos para grupos que todavía viven en nuestros mares. Entre ellos figuran parientes primitivos de los atunes y las caballas, peces luna, jureles, peces trompeta y peces aguja.

En lugar de encontrar una fauna dominada por supervivientes del Cretácico, los investigadores hallaron una comunidad estructurada en torno a grupos que acabarían dominando los océanos.

Los verdaderos vencedores tras la caída de los dinosaurios

La gran protagonista del hallazgo es una inmensa rama evolutiva conocida como Percomorpha. Aunque su nombre resulta poco familiar para el gran público, incluye miles de especies actuales, desde atunes y peces espada hasta caballitos de mar, percas o rapes de las profundidades.

Antes de la extinción del Cretácico, estos peces existían, pero eran relativamente escasos en comparación con otros grupos. Tras la catástrofe, sin embargo, parecen haber aprovechado la desaparición de numerosos competidores para expandirse rápidamente.

Los fósiles de Egipto muestran precisamente ese momento de transición. La mayoría de los ejemplares identificados pertenecen a percomorfos, una situación que recuerda mucho más a los océanos modernos que a los ecosistemas dominados por peces típicos del Cretácico.

El hallazgo resulta especialmente importante porque aporta pruebas físicas de algo que hasta ahora se apoyaba sobre todo en análisis genéticos y relojes moleculares. Los investigadores pueden observar directamente los esqueletos de estos animales y confirmar que algunas ramas fundamentales del árbol evolutivo de los peces modernos ya estaban plenamente establecidas durante el Daniense.

Lo que falta también cuenta una historia

Tan revelador como lo que aparece en Qreiya 3 es lo que no aparece.

Los investigadores destacan la ausencia de varios grupos de grandes peces depredadores muy comunes en los mares del Cretácico. Estos animales, que durante millones de años ocuparon la cúspide de las cadenas alimentarias oceánicas, desaparecen por completo del registro fósil del yacimiento.

La ausencia resulta difícil de atribuir al azar porque el número de fósiles recuperados es muy elevado y la conservación es excepcional. Por ello, los autores consideran que constituye una evidencia adicional de que muchas de esas antiguas líneas evolutivas fueron víctimas directas de la extinción masiva.

Fósil de un pez óseo marino hallado en Qreiya, en Egipto, emparentado con las 
actuales arowanas de agua dulce. Foto: Profesora Hesham Sallam, Centro de 
Paleontología de Vertebrados de la Universidad de Mansoura.
En su lugar aparecen nuevos protagonistas. Peces relacionados con los actuales atunes, jureles o peces sable comienzan a ocupar nichos ecológicos que antes pertenecían a grupos desaparecidos. Es una imagen muy similar a la observada en tierra firme, donde los mamíferos aprovecharon la desaparición de los dinosaurios para diversificarse y expandirse.

La escasez de fósiles corporales del Paleoceno había dificultado enormemente reconstruir cuándo y cómo evolucionaron los peces después de la extinción del final del Cretácico.
Un océano tropical que se parecía más al actual de lo que se creía

Otro aspecto especialmente interesante del descubrimiento es el entorno en el que vivieron estos animales.

La mayoría de los yacimientos comparables conocidos hasta ahora procedían de ambientes costeros o relativamente someros. Qreiya 3, en cambio, representa un ecosistema marino de mar abierto situado entre 150 y 250 metros de profundidad.

Durante el Paleoceno, la región donde hoy se encuentra Egipto estaba situada en latitudes tropicales y formaba parte de los mares de Tetis. Los investigadores creen que esta localización puede ser clave para entender por qué la comunidad parece tan moderna.

Esqueleto fósil del pariente más antiguo de los atunes conocido hasta la fecha.
Foto: Profesora Hesham Sallam, Centro de Paleontología de Vertebrados
 de la Universidad de Mansoura
El análisis comparativo realizado en el estudio apunta a que las faunas dominadas por percomorfos podrían haber aparecido antes en regiones tropicales que en latitudes más elevadas. En otras palabras, los trópicos habrían actuado como laboratorios evolutivos donde los peces modernos comenzaron a prosperar antes de expandirse hacia otras zonas del planeta.

No obstante, los autores son prudentes. Aunque los resultados apuntan en esa dirección, consideran que será necesario descubrir nuevos yacimientos en diferentes regiones del mundo para confirmar si realmente existió este patrón biogeográfico.
La ausencia de varios depredadores característicos de los mares del Cretácico sugiere que su desaparición fue real y no una simple laguna del registro fósil.

El comienzo de una historia mucho mayor

Los investigadores insisten en que lo publicado hasta ahora representa únicamente una primera aproximación al potencial científico de Qreiya 3.

Buena parte de los fósiles recuperados siguen siendo objeto de preparación y estudio. Además, las excavaciones apenas han explorado una fracción del depósito. Todo indica que el yacimiento podría seguir proporcionando información durante años y ofrecer nuevos datos sobre cómo se reconstruyeron los ecosistemas marinos tras una de las mayores crisis biológicas de la historia de la Tierra.

Lo que ya parece claro es que la recuperación de los océanos fue mucho más rápida de lo que se pensaba. Apenas unos millones de años después del impacto que puso fin al reinado de los dinosaurios, muchos de los grupos que hoy dominan los mares ya estaban presentes y comenzaban a ocupar los ecosistemas que conocemos.

Lejos de ser un mundo todavía controlado por los supervivientes del Cretácico, el océano que revela Qreiya 3 muestra los primeros pasos de una fauna sorprendentemente moderna. Un auténtico acuario petrificado que ha permanecido oculto durante más de 62 millones de años y que ahora está ayudando a reescribir uno de los capítulos más importantes de la evolución de la vida marina.

Referencias

Sanaa El-Sayed, Rise of modern marine fishes captured in an early Paleocene Lagerstätte, Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.aec8978

muyinteresante.okdiario.com

El momento en que vimos la luz: huellas fósiles revelan cuándo y cómo los primeros animales empezaron a percibir el mundo

Hace más de 540 millones de años, en los fondos marinos del Ediacárico, algo cambió para siempre. Los animales empezaron a ver. O más bien, empezaron a sentir, porque la vista tal como la entendemos hoy probablemente llegó después, pero el umbral que cruzaron aquellas criaturas primitivas fue el mismo: por primera vez en la historia de la vida, un ser vivo fue capaz de recibir información del entorno, procesarla y moverse hacia un objetivo. No por azar, sino con una dirección.

Esta huella en forma de bucle, que hoy se conserva como fósil, fue dejada por
un animal que vivió hace más de 500 millones de años. Crédito: Zekun Wang
Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences reconstruye ese proceso con una metodología inusual. En lugar de analizar cuerpos fosilizados —que apenas existen de este periodo porque estos animales eran blandos y no se conservan bien—, los investigadores Zekun Wang y Tianyun Shi examinaron las trazas que esos animales dejaron sobre los sedimentos. Sus huellas, en definitiva. Y en esas huellas encontraron algo que los cuerpos no habrían podido contarles: cómo se movían, y por tanto, cuánto veían.

Wang, que lidera la investigación desde el Museo de Historia Natural de Londres, lo explica con claridad: Por primera vez, los animales tuvieron la capacidad de entender el mundo. Podían usar sus sentidos en desarrollo para combinar información y localizar con precisión los recursos hacia los que quererse dirigir. Una frase que, dicha así, puede sonar sencilla. Pero lo que describe es uno de los saltos evolutivos más importantes de los últimos 600 millones de años.

De caminar sin rumbo a trazar rutas

El trabajo analiza 231 huellas fosilizadas de todo el mundo y cubre un periodo de unos 20 millones de años, desde antes del 546 al 526 millones de años atrás, justo en la transición entre el Ediacárico y la explosión del Cámbrico. La lógica del método es simple pero poderosa: un animal con escasa capacidad sensorial se mueve al azar. No detecta recursos a distancia, así que deambula hasta tropezarse con ellos. Sus huellas, por tanto, son largas y erráticas, sin patrón reconocible.

Los animales con sentidos limitados trazan trayectorias de «paseo aleatorio»
mientras deambulan por el entorno. Crédito: Frankie Dunn
Un animal con mejores sentidos hace otra cosa. Detecta algo, un tapete microbiano, un refugio, quizá un conespecífico (individuo que pertenece a la misma especie que otro), y cambia de dirección hacia ello. Sus rutas se curvan, se cruzan, forman bucles. La diferencia entre una huella y otra es la diferencia entre caminar a ciegas y orientarse.

Antes de 546 millones de años atrás, casi todas las trazas corresponden al primer tipo. Los modelos que usaron los investigadores sugieren que esas criaturas apenas podían percibir lo que tenían a menos de un centímetro de distancia. Seis millones de años después, algo había cambiado de forma apreciable: algunas especies trazaban rutas más directas hacia concentraciones de materia orgánica.

El radio estimado de percepción rondaba los diez centímetros. Para cuando llegó el Cámbrico, hace unos 526 millones de años, ese radio había crecido hasta los quince centímetros, unas doce veces la anchura del propio cuerpo del animal. Traducido a escala humana, equivale a percibir todo lo que hay a cuatro metros a la redonda.

La hipótesis de la visión primitiva

El salto más llamativo se produce en torno a hace 540 millones de años, justo antes de la explosión del Cámbrico. Wang y Shi proponen que ese aumento brusco en la capacidad sensorial pudo deberse a la aparición de una forma rudimentaria de visión, la capacidad de detectar luz.

No necesariamente ojos como los que conocemos, sino estructuras lo bastante sensibles para distinguir claridad de oscuridad, o para percibir el movimiento de una sombra. Eso habría bastado para cambiar completamente la ecuación: un animal que percibe luz puede orientarse de manera mucho más eficaz que uno que solo detecta gradientes químicos a corta distancia.

Los animales con sentidos más desarrollados dejan rastros en forma de bucle al
detectar recursos cercanos. Crédito: Zekun Wang.

El investigador señala que, a medida que el rango sensorial crecía, los animales pudieron explotar los recursos de forma más sistemática y colonizar nuevos espacios del fondo marino. Y ese mismo proceso generó una presión sobre la evolución: los fondos marinos más complejos requerían animales más capaces, con apéndices más elaborados y sentidos más afinados. Una retroalimentación que, según Wang, sentó las bases del mundo dominado por animales que tenemos hoy.

El largo camino hacia el Cámbrico

Durante décadas, la narrativa estándar sobre los orígenes de la vida animal se centraba en la llamada explosión del Cámbrico, ese intervalo de veinte millones de años entre hace 539 y 519 millones de años en que la mayor parte de los grandes grupos animales aparecen de golpe en el registro fósil. La imagen era casi cinematográfica: la vida compleja surgiendo de la nada en un parpadeo geológico.

Investigaciones más recientes han matizado esa lectura. El Cámbrico no fue una aparición espontánea, sino el desenlace de un proceso que llevaba millones de años en marcha, iniciado al final del Ediacárico, el periodo comprendido entre los 635 y los 539 millones de años atrás. En ese tiempo, la vida pasó de ser agrupaciones de células poco especializadas a formas corporales reconocibles.

Las huellas que Wang ha estudiado en trabajos anteriores ya mostraban cómo entre hace 550 y 540 millones de años aparecieron nuevas morfologías y nuevas formas de desplazarse: criaturas que antes se movían como amebas empezaron a hacerlo como cangrejos herradura, caracoles y gusanos.

Este último trabajo lleva esa línea de investigación un paso más allá. No tan solo qué forma tenían o cómo se movían, también cuánto percibían del mundo que los rodeaba.

Lo que queda por descubrir

Wang reconoce que el estudio solo analiza un tipo de comportamiento, la búsqueda de recursos, para inferir las capacidades sensoriales. Hay otros patrones de movimiento que podrían añadir información: seguir los límites del sustrato, rehuir zonas de peligro, responder a gradientes de temperatura o salinidad.

El siguiente paso será ampliar el modelo para detectar esos comportamientos en las trazas y ver qué revelan sobre las capacidades de estas especies. Podrían ofrecer una visión aún más profunda de lo que estos animales eran capaces de hacer, apunta.

Lo que el estudio ya deja claro es que la explosión del Cámbrico no fue el momento en que los animales empezaron a percibir el mundo. Fue el momento en que esa percepción ya llevaba millones de años refinándose, acumulando pequeñas mejoras que, sumadas, transformaron la vida en el planeta.

FUENTES

Natural History Museum

Z. Wang, & T. Shi, Trace fossils constrain the perceptual ranges of the earliest motile animals, Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 123 (23) e2609730123, doi.org/10.1073/pnas.2609730123 (2026)

labrujulaverde.com

jueves, 4 de junio de 2026

Un fósil encontrado en Canadá resuelve el enigma paleontológico del “vacío Furongiense”, un periodo de 12 millones de años donde no hay fósiles

Una investigación internacional publicada en la revista BMC Biology aporta nuevas claves para resolver uno de los enigmas paleontológicos más persistentes del Paleozoico: el denominado vacío Furongiense, un intervalo temporal comprendido aproximadamente entre hace 497 y 485 millones de años durante el cual los especialistas habían registrado una escasez notable de fósiles en comparación con los periodos inmediatamente anterior y posterior.

Reconstrucción artística de cómo sería el Magnicornaspis garwoodi en vida.
Crédito: Thomas Turner
El estudio, liderado por el investigador Russell Bicknell, de la Facultad de Ciencias e Ingeniería de la Universidad Flinders (Australia), junto a Julien Kimmig, del Instituto de Tecnología de Karlsruhe (KIT) en Alemania, describe un nuevo artrópodo fosilizado de 500 millones de años de antigüedad perteneciente al linaje del que evolucionaron posteriormente las arañas y los escorpiones.

El ejemplar, bautizado como Magnicornaspis garwoodi, presenta características anatómicas singulares: un amplio escudo cefálico, un cuerpo segmentado y espinas defensivas que permiten adscribirlo al grupo de los corcoránidos, una familia de artrópodos poco conocida hasta la fecha.

El fósil fue localizado en las proximidades de Quebec (Canadá), preservado en el seno de la Formación Rivière-du-Loup, y su hallazgo adquiere relevancia por proceder de un contexto geológico no reconocido previamente por su capacidad de conservación excepcional.

Durante décadas, los paleontólogos habían especulado sobre las causas de la aparente disminución de la diversidad biológica en el Furongiense, la cuarta y última época del período Cámbrico. Nos hemos preguntado si esta época de notable menor diversidad de vida podría estar vinculada a la química oceánica, a climas más fríos o a inestabilidades ambientales, explica Bicknell en el artículo.

Representación de Magnicornaspis garwoodi.
Crédito: R.D.C. Bicknell et al. 2026

Pero quizás no hemos estado examinando las rocas sedimentarias adecuadas ni los yacimientos fosilíferos apropiados para obtener una imagen clara de las clases de organismos de cuerpo blando y artrópodos primitivos que habitaban el planeta en ese momento.

Magnicornaspis garwoodi constituye uno de los escasos representantes conocidos tanto del Cámbrico como del Ordovícico, y se suma a una lista creciente de yacimientos furongienses que desafían la noción de un mundo cámbrico tardío empobrecido. Cada nuevo descubrimiento de esta época reduce la amplitud de ese supuesto vacío y revela ecosistemas cada vez más sofisticados que prosperaron durante el Cámbrico superior.

En conjunto, estos hallazgos sugieren cada vez con más fuerza que los ecosistemas furongienses se mantuvieron diversos y ecológicamente complejos, afirma Bicknell, investigador beneficiario de una beca DECRA del Consejo Australiano de Investigación, quien estudió el ejemplar, largo tiempo almacenado en museos, durante su estancia en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York.

El codirector de la investigación, Julien Kimmig, señala que este descubrimiento encaja en un patrón más amplio que ha ido emergiendo a lo largo de las dos últimas décadas. El Furongiense quizás no represente un verdadero colapso de la biodiversidad, sino más bien un vacío relacionado con los lugares donde los científicos han buscado y con los tipos de rocas que se han estudiado, apunta Kimmig, quien ejerce como jefe de Paleontología y Evolución en el Museo Estatal de Historia Natural de Karlsruhe, adscrito al Instituto de Geociencias Aplicadas del KIT.

El nuevo taxón debe su nombre al paleontólogo Russell Garwood, de la Universidad de Mánchester, cuya trayectoria investigadora se ha centrado en comprender la evolución de los quelicerados, el grupo que incluye a arácnidos y merostomados.

El espécimen fue recolectado originalmente en 1962 durante trabajos de cartografía geológica en los alrededores de Quebec y procede de lutitas negras de la Formación Rivière-du-Loup, una unidad depositada en ambientes de talud marino relativamente profundo durante el Cámbrico tardío. Desde entonces, el ejemplar había permanecido almacenado en las colecciones de la Institución Smithsonian en Washington D.C.

Kimmig subraya que este hecho pone de relieve uno de los aspectos más fundamentales de la paleontología: los descubrimientos importantes no siempre surgen directamente del trabajo de campo. Las colecciones de los museos contienen enormes cantidades de material insuficientemente estudiado, recogido durante levantamientos geológicos y expediciones realizadas en el siglo pasado, afirma el investigador.

Revisitar estas colecciones con técnicas modernas puede reconfigurar radicalmente la comprensión de los ecosistemas antiguos. El equipo de investigadores incluye asimismo a Aaron Goodman, de la Universidad de Illinois, a Thomas Turner, estudiante de honores de la Universidad Flinders y paleoartista, y a Patrick Smith, de la Universidad Macquarie.

FUENTES

Flinders University Bicknell, R.D.C., Kimmig, J., Goodman, A. et al. New exceptionally preserved arthropod from the Furongian of Canada. BMC Biol 24, 119 (2026). doi.org/10.1186/s12915-026-02617-4

labrujulaverde.com

martes, 2 de junio de 2026

La huella filosófica de los dinosaurios: "Su extinción significaba que o Dios se había equivocado o el mundo no era perfecto"

El descubrimiento de su existencia y su posterior extinción no sólo cambió la ciencia, sino también nuestra forma de ver el mundo. Si el ser humano no era el centro del planeta ni estaba garantizada su supervivencia, ¿qué sentido tenía todo? Dos ensayos reflexionan ahora sobre el legado jurásico

Keystone/FPG/Archive Photos/Getty Images
Una mañana como otra cualquiera, Pliny Moody, un granjero de 12 años de la localidad de South Hadley (Massachusetts), se disponía a arar los campos de su padre. Sin embargo, nada más comenzar, desenterró algo que llamó su atención. Al bajarse del caballo y apartar un poco de barro, descubrió 12 huellas del tamaño de platos, cada una de ellas con las marcas de tres dedos. ¿De qué eran esas huellas? En la actualidad, hasta un niño conoce la respuesta. Pero en 1802 nadie tenía la más remota idea. Y mucho menos que Pliny Moody pudiera estar ante uno de los grandes descubrimientos de la historia de la Humanidad.

En el siglo XIX los dinosaurios no solo cambiaron la ciencia para siempre, sino también nuestra forma de ver el mundo. Aquello dinamitaba la estructura filosófica y religiosa que llevaba siglos sosteniendo Occidente. La idea de que el mundo había sido creado de una vez, perfecto, estable y con el ser humano como centro, saltaba por los aires, literalmente, pieza a pieza. «Ahí estaba la prueba tangible, en forma de huesos colosales y dientes afilados como cuchillas, de que el mundo contenía sorpresas que ni los pensadores más profundos habían soñado», sostiene el periodista estadounidense Edward Dolnick, quien acaba de publicar en España Dinosaurios en la cena (Península).

Es cierto que las huellas solidificadas en barro que encontró Pliny Moody no fueron las primeras. Simplemente, durante siglos, se interpretaron mal. Un hueso gigante descubierto en 1677 fue considerado primero de elefante, y luego de gigante humano. La ciencia no tenía herramientas conceptuales para entender esos restos. Aquellas cosas, simplemente, no podían ser. El problema no era aceptar la evidencia. Una mandíbula salpicada de dientes afilados de 15 centímetros cada uno no era fácil de ignorar. El problema era encontrar sentido a todo aquello. ¿Por qué Dios habría permitido esas locuras? En un mundo construido para la Humanidad, ¿cómo encajaban los dinosaurios? ¿Para qué eran? «En este punto, la religión jugaba un papel importante, pero también la psicología cotidiana», aclara Dolnick.

La primera bomba filosófica fue la extinción, demostrada científicamente por Georges Cuvier. Hoy nos parece normal, pero en el siglo XIX la idea de que una especie pudiera desaparecer completamente era casi una blasfemia. ¿Por qué? Porque implicaba varias cosas muy incómodas de aceptar. «O Dios se había equivocado, o había creado seres destinados a fracasar, o el mundo no era perfecto ni estable», explica Dolnick.

También introduce otra idea devastadora. Que la naturaleza no garantiza la supervivencia de nadie. Si desaparecieron los dinosaurios, por qué no podría desaparecer el ser humano. En ese momento, eso era filosóficamente brutal. «El indicio de la extinción en el pasado geológico era como ese aire frío que sale de una bodega oscura», escribió el paleontólogo y ensayista Loren Eiseley. «Helaba el alma de los hombres. [...] Levantaba sospechas sobre la naturaleza del más cómodo y mejor de todos los mundos posibles, creado específicamente para los hombres».

Lo que los filósofos habían considerado imposible, lo que los creyentes habían definido como herejía, era verdad. ¿Cómo era posible que hubieran existido y desaparecido eras enteras antes de que los seres humanos hicieran acto de presencia? Y que durante aquellos largos periodos hubiera habido criaturas que se devorasen las unas a las otras, o se agazaparan cobardemente en las sombras, y que todos esos dramas se hubieran desarrollado sin ojos humanos que los contemplasen. Nada de todo aquello tenía el menor sentido. ¿Quién representaría una obra en un teatro vacío?

"Los seres humanos llevamos aquí menos del 1% de lo que estuvieron los dinosaurios, sería una sorpresa hacerlo tan bien como ellos"

Antes de los dinosaurios, mucha gente creía literalmente que la Tierra tenía unos pocos miles de años. Los fósiles gigantes obligaban a imaginar mundos desaparecidos, millones de años, y vidas enteras antes del ser humano. El hombre deja de ser el centro temporal, y nuestra historia pasa a ocupar un instante microscópico. «La Humanidad deja de ser protagonista y se convierte en accidente tardío, lo que suponía una humillación intelectual», resume Dolnick.

«La extinción resultaba aterradora por las mismas razones que la muerte lo es, pero multiplicadas, porque significaba el final de toda la Humanidad, no solo el de un individuo», cuenta Dolnick. «Y eso no solo daba miedo, también desconcertaba, porque la creencia común era que los seres humanos éramos las mascotas favoritas de Dios. ¿Por qué iba Dios a deshacerse de sus preferidos? Hoy incluso los niños saben que los pandas están en peligro de extinción, y sigue siendo más fácil pensar que otras especies podrían desaparecer, ¡pero no nosotros!».

Todavía faltaba otra bomba intelectual, porque los dinosaurios prepararon el terreno mental para Charles Darwin. «Darwin comparó revelar su teoría con confesar un asesinato porque sabía que sería atacado por derribar creencias profundamente arraigadas», explica el autor de Dinosaurios en la cena. Una vez aceptas la extinción y mundos anteriores, ya puedes aceptar algo aún más radical: que las especies cambian. La evolución destruyó ideas clásicas como que las especies son eternas.

Y aparece un pensamiento nuevo muy difícil de aceptar incluso hoy en día: que la vida no tiene un plan previo. Que no hay diseño consciente sino azar, adaptación, supervivencia, selección natural. Quizá la vida no era sagrada, como se pensaba. Ni siquiera demasiado importante. «Somos como alguien que no asciende por mérito, sino porque todos los demás desaparecieron», resume Dolnick.

-¿Cree que el hombre ha aceptado que podría extinguirse?

-En el lenguaje cotidiano usamos la palabra dinosaurio para burlarnos de quienes están desfasados y parecen condenados a desaparecer. Pero los dinosaurios dominaron la Tierra durante más de 100 millones de años. Los seres humanos llevamos aquí muchísimo menos de un 1% de ese tiempo. Sería una feliz sorpresa que lográramos hacerlo tan bien como ellos.

"La idea de la extinción resultaba aterradora por las mismas razones que la muerte lo es, significaba el final de toda la humanidad"

Una famosa cena de científicos dentro de la escultura de un dinosaurio, celebrada en el Crystal Palace de Londres en 1853, introduce la idea de la ciencia como espectáculo de masas. Los dinosaurios pasan de enigmas a iconos culturales. Y el fenómeno dispara la imaginación por encima de la precisión científica: posturas incorrectas, anatomías mal interpretadas, supuestas recreaciones de su forma de vida, de su inteligencia o de su estupidez que se extienden hasta hoy en día.

«Durante mucho tiempo imaginamos a los dinosaurios como reptiles gigantes y torpes condenados a desaparecer por pura ineficacia evolutiva, pero la paleontología moderna empieza a describir animales complejos, sociales y probablemente más inteligentes de lo que nos gustaría admitir», describe también el paleontólogo David Hone en La vida secreta de los dinosaurios, que acaba de publicar Arpa. Un resumen de décadas de descubrimientos para demostrar que los dinosaurios no fueron monstruos prehistóricos, sino criaturas que migraban, cortejaban, cuidaban crías, luchaban entre sí y quizá hasta tenían algo parecido a personalidades.

Porque muchas de las preguntas que inquietaron al mundo en el XIX siguen en el aire, y las respuestas aparecen en lugares más insospechados que la granja de Pliny Moody. Un arañazo en la roca puede ser el resto de un ritual de apareamiento. Un hueso con mordeduras cicatrizadas revela peleas entre machos. Un conjunto de huellas paralelas sugiere desplazamientos colectivos parecidos a las migraciones actuales. Incluso existen fósiles de dinosaurios muertos sobre sus propios nidos, igual que aves incubando huevos. La gran revolución de la paleontología consiste en que los científicos han dejado de mirar sólo esqueletos: ahora leen excrementos fosilizados, caminos, fracturas, dientes rotos y restos de piel como quien reconstruye la escena de un crimen cometido hace 70 millones de años.

Algunos yacimientos contienen decenas o cientos de individuos muertos juntos. Durante años aquello se interpretó como prueba automática de vida en manada, pero hoy los investigadores son más cautos: un grupo puede morir unido porque convivía... o porque todos acudieron desesperados a la última charca durante una sequía. Esa prudencia atraviesa toda la nueva paleontología. Cada fósil es una pista y una trampa. Un río pudo mover huesos durante kilómetros, mezclar especies y deformar cadáveres hasta fabricar historias totalmente falsas. «Una de las mayores equivocaciones es la idea de que animales como el Velociraptor y sus parientes cazaban en grupo. La evidencia de esto es increíblemente débil y poco convincente y, sin embargo, se ha convertido en un hecho totalmente asumido», apunta Hone.

-¿Jurassic Park ha ayudado o ha distorsionado nuestra visión de los dinosaurios?

-Al principio fue una ayuda enorme. Impulsó la idea de que los dinosaurios podían ser inteligentes y activos, y no criaturas lentas y estúpidas que arrastraban la cola, como se representaban en décadas anteriores. Pero las películas nuevas conservan ideas muy desactualizadas de los 90 que no representan la ciencia moderna ni nuestra comprensión actual de la biología de los dinosaurios.

Gracias a escáneres tridimensionales de cráneos, los paleontólogos reconstruyen cerebros y sentidos con una precisión impensable hace 20 años. Así sabemos que algunos terópodos tenían visión extraordinaria, olfato sofisticado y capacidad auditiva adaptada a la caza nocturna. Hay investigadores que incluso llegaron a comparar la inteligencia del Tyrannosaurus rex con la de ciertos primates.

Otro cambio profundo en los últimos años afecta a su aspecto. Los dinosaurios ya no son vistos como bestias grises y uniformes. Hoy sabemos que algunos tenían plumas, colores complejos y estructuras pensadas para exhibirse ante otros individuos. Cuernos, crestas y colas que probablemente funcionaban como señales sexuales, herramientas de intimidación o símbolos de jerarquía social. En otras palabras, buena parte de la evolución dinosauriana pudo estar impulsada por la necesidad de impresionar a otros dinosaurios. La prehistoria empieza a parecerse menos a un documental de monstruos y más a una mezcla salvaje de sabana africana, patio de colegio y desfile de aves del paraíso.

Aunque quizá lo más desconcertante de este siglo sea la sensación de cercanía. Cuanto más se estudia a los dinosaurios, menos alienígenas nos parecen. Enfermaron, sufrieron infecciones, arrastraron heridas durante años y compitieron ferozmente por alimento y pareja. Algunos crecían a velocidades descomunales; otros cuidaban huevos durante meses. Había individuos que probablemente migraban miles de kilómetros y depredadores que alternaban caza y carroñeo según la ocasión. El resultado es que cuanto más aprendemos sobre ellos, más evidente resulta que los dinosaurios no fueron un ensayo fallido de la naturaleza. Durante 180 millones de años dominaron la Tierra con bastante más éxito del que, seguramente, jamás tendrá nuestra especie.

elmundo.es

jueves, 28 de mayo de 2026

DIARIO DE LOS DINOSAURIOS · NÚMERO 18

Ayer llegaron los ejemplares del último número del Diario de los Dinosaurios (10.000 ejemplares) al Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes para que os lo podáis llevar (gratuito) y, leerlo en el sitio donde más te apetezca y compartirlo con los tuyos.

En los sitios habituales de Burgos también está disponible.

La Fundación para el Estudio de los Dinosaurios en Castilla y León acaba de editar el número 18 del Diario de los Dinosaurios, que recoge las actividades y noticias generadas -entre otras- por los investigadores que trabajan con el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes durante el año 2025. Mención especial y de la cual forma gran parte de la portada es el descubrimiento de Foskeia pelendonum, el ornitópodo más pequeño del mundo descubierto en la Sierra de la Demanda. El estudio se publicó a comienzos de 2026 en la revista especializada Papers in Paleontology (https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1002/spp2.70057). La nueva especie, de apenas medio metro de longitud, se ha convertido en una pieza clave en el debate sobre la evolución de los dinosaurios y la posible separación del clado o grupo Phytodinosauria.

En la misma portada señalamos el hito fundamental del 25 ANIVERSARIO DEL MUSEO DE DINOSAURIOS; parte fundamental para el descubrimiento y publicación de las especies únicas que aquí se guardan. Previamente, en sus instalaciones, se han preparado, consolidado, restaurado o protegido para, posteriormente, ser estudiados sus restos y darles a conocer a la comunidad científica y a la sociedad en general. Algunos de ellos, visitables para el público que va a ver la exposición permanente del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes.

El Diario es gratuito y su tirada es de 10.000 ejemplares.

Las colaboraciones las firman Maite Suñer (directora y conservadora del Museo Paleontológico de Alpuente -Valencia-), Xabier Pereda Suberbiola (Universidad del País Vasco (UPV/EHU), Dpto. Geología, Leioa), Pachi Sáez-Benito (director honorífico del Centro Paleontológico de Igea -La Rioja-), Luis Ángel Izquierdo y Sergio Urién Montero (Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes) y el Colectivo Arqueológico y Paleontológico (C.A.S.). En la sección de opinión Fidel Torcida Fernández-Baldor (director del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes).

La entrevista para este nuevo número es al reconocido paleontólogo José Luis Carballido. Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina. Desarrolla sus actividades en el Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) en Trelew, Chubut. Es especialista en el estudio de los dinosaurios saurópodos y ha liderado investigaciones sobre algunos de los animales terrestres más grandes que habitaron el planeta. 

Aparecen, entre otras muchas cuestiones y/o actividades, las excavaciones realizadas en la Patagonia argentina o en el Geoparque Las Loras con la participación del Museo de Dinosaurios y de la Fundación Dinosaurios CyL. 

Una publicación decana en la divulgación científica

El Diario de los Dinosaurios es una publicación gratuita, única en España sobre dinosaurios, que sirve de puente entre la ciencia y la sociedad de una forma amena y rigurosa. Utiliza un lenguaje periodístico, accesible a todas las edades y sectores sociales donde se informa tanto de los recientes hallazgos científicos localizados en las campañas de excavación de la Sierra de la Demanda como de las últimas noticias relacionadas con el patrimonio paleontológico en otros lugares del mundo.

Está dirigido tanto a especialistas en la materia como a todos los sectores de la sociedad pues se ha constituido en un medio asequible y accesible de dar a conocer la importancia de nuestro patrimonio paleontológico. El diario utiliza un lenguaje sencillo pero riguroso, cuenta además con una página dedicada al público infantil y de un apartado en inglés que resume los contenidos más importantes. Además, es importante destacar que el Diario de los dinosaurios ha sido primera publicación de sus características que incorpora un “logo de lectura fácil” en el que las noticias más destacadas se adaptan para que puedan ser comprendidas por personas con discapacidad intelectual. 

En la elaboración de sus artículos participan científicos de gran prestigio nacional e internacional. El primer ejemplar vio la luz en el año 2006 y desde entonces se han lanzado 18 ediciones del mismo.

Al frente de la dirección científica está Fidel Torcida Fernández-Baldor (director del Museo de Dinosaurios).

Esperamos como siempre que os guste.

Hasta que os hagáis con él, podéis descargároslo en el siguiente enlace en formato pdf (pincha aquí). 5,68 MB.

www.fundaciondinosaurioscyl.com (puedes descargarte todos los números)

domingo, 24 de mayo de 2026

Conferencia: “Los últimos dinosaurios de Europa”, a cargo de Bernat Vila

Día Internacional de los Museos 2026 · Ciclo Demanda Ciencia 2026

El próximo sábado 30 de mayo tendremos la última actividad del Día Internacional de los Museos 2026 que celebra el Museo de Dinosaurios junto con la Fundación Dinosaurios CyL y el Colectivo Arqueológico y Paleontológico de Salas.

El Doctor en Paleontología, Bernat Vila del Intitut Català de Paleontologia Miguel Crusafont, Sabadell, dará una conferencia titulada: “Los últimos dinosaurios de Europa".


Sábado 30 de mayo de 2026, a las 20:00 horas en el Teatro-Auditorio 'Gran Casino' de Salas de los Infantes (Burgos). 

¡Os esperamos!

www.fundaciondinosaurioscyl.com