Imagen de los trabajos en el yacimiento de Torrelara '19.C.A.S.
La situación actual de pandemia que sufre el planeta ha
obligado a analizar detenidamente los pros y contras, incluidos riesgos de
contagio entre los participantes. La opción de seguir adelante supone el
plantear varias normas de funcionamiento del grupo que eviten los riesgos y
sirvan de protección y seguridad.
El grupo de excavadores deberá seguir las normas
establecidas por las autoridades sanitarias y se prestará atención especial a
la convivencia en el lugar donde se alojarán, así como en los trabajos directos
en el yacimiento y resto de situaciones diarias con interacción social. Se
incidirá en el uso de mascarillas, guardar la distancia social de protección y
el uso exclusivo de algunos útiles de trabajo como guantes.
Se incidirá en el uso de mascarillas, guardar la distancia
social de protección y el uso exclusivo de algunos útiles de trabajo como
guantes
El número de participantes disminuirá levemente, para
dejarlo en 15 personas trabajando directamente en el yacimiento frente a las 20
a 22 de otras campañas. Una reducción mayor supondría limitar en gran medida el
rendimiento del trabajo a realizar. Se plantea que habrá un núcleo de personas
que al convivir durante todo el día funcione en la práctica como una “burbuja”
o grupo semicerrado al exterior.
Imagen de los trabajos en el yacimiento de Torrelara 2019. Foto: C.A.S.
Este será el cuarto año sucesivo que se trabajará en el
yacimiento de Torrelara, donde se han registrado hasta el momento 450 piezas
fósiles correspondientes a grupos variados de dinosaurios, otros grupos de
vertebrados como cocodrilos, fósiles vegetales, cáscaras de huevos y micro
fósiles como pólenes. En conjunto las excavaciones están poniendo al
descubierto un ecosistema complejo de 145 millones de años de antigüedad.
El proceso de investigación de los restos recuperados en el
yacimiento, y que han sido sometidos a un delicado tratamiento de limpieza y
consolidación, se ha iniciado con los dientes de dinosaurios terópodos
(carnívoros) y el húmero de un saurópodo de gran tamaño.
El proceso de investigación de los restos recuperados en el
yacimiento, y que han sido sometidos a un delicado tratamiento de limpieza y
consolidación
Excavadores en la campaña de Torrelara 2019. Foto: C.A.S.
La edad del yacimiento de Torrelara se estima en 145
millones de años aproximadamente, en el paso del Jurásico al Cretácico. Ese
tiempo corresponde a un periodo significativo en la evolución de los
dinosaurios, en el que hubo cambios importantes en las faunas de dinosaurios de
todo el planeta. Es también relevante el hecho de la escasez de restos de
saurópodos en el tránsito Jurásico-Cretácico de la península ibérica, que
además no suelen ser tan completos como el que se está recuperando en
Torrelara.
Otro proyecto que está previsto desarrollar este año es la
limpieza y consolidación del yacimiento de icnitas de dinosaurios Las Sereas 7,
en Quintanilla de las Viñas. Este yacimiento forma parte de la ruta patrimonial “Tierra de dinosaurios” que abarca desde aquí hasta Regumiel de la Sierra y que
tiene al Museo de Dinosaurios en Salas de los Infantes como centro de
interpretación.
Otro proyecto que está previsto desarrollar este año es la
limpieza y consolidación del yacimiento de icnitas de dinosaurios Las Sereas 7,
en Quintanilla de las Viñas
Este tipo de actividades que se realizan en torno al
patrimonio paleontológico de la Sierra de la Demandasirven como estímulo e
impulso al desarrollo económico y cultural de esa comarca, apoyando la creación
de empleo y el mantenimiento de la población.
La Ciencia y sus proyectos de estudio, divulgación y
educativos tienen un impacto social evidente, como se manifiesta en los más de
220.000 visitantes alcanzados por el Museo de Dinosaurios. La repercusión
económica del turismo paleontológico, cultural en suma, es muy significativa en
el ámbito rural, y consideramos que debería ser potenciado y planteado como una
estrategia autonómica que incluyera el sobresaliente patrimonio que suponen los
yacimientos de dinosaurios burgaleses.
(CNN) — Científicos encontraron evidencia de que grandes
dinosaurios carnívoros vivieron en Australia.
El gran dinosaurio carnívoro era ligeramente más pequeño que
el T. Rex.
Un equipo de investigadores analizó fósiles de huellas de
dinosaurios y concluyó que pertenecían a dinosaurios carnívoros con cuerpos de
gran tamaño que tenían hasta tres metros de altura en las caderas y unos 10
metros de largo, según un comunicado de prensa de la Universidad de Queensland.
“Para ponerlo en
perspectiva, el tiranosaurio rex llegó a unos 3,25 metros en las caderas y
alcanzó longitudes de 12 a 13 metros de largo, pero no apareció hasta 90
millones de años después que nuestros gigantes de Queensland”, dijo el
investigador principal, Anthony Romilio, paleontólogo de la universidad.
“Las huellas de Queensland probablemente fueron hechas por
carnosaurios gigantes, el grupo que incluye a los allosaurus. En ese momento,
probablemente esos eran algunos de los dinosaurios depredadores más grandes del
planeta”, agregó.
Algunas de las huellas tenían hasta 80 centímetros de largo.
Las huellas, que datan del período Jurásico tardío, entre
165 y 151 millones de años atrás, tenían en su mayoría entre 50 y 60
centímetros de longitud, dijo Romilio, y algunas alcanzaban casi 80
centímetros.
“Estas huellas fueron hechas por dinosaurios que caminaban
por los bosques pantanosos que alguna vez ocuparon gran parte del paisaje de lo
que ahora es el sur de Queensland”, explicó.
Romilio señala que previamente los paleontólogos sabían
sobre el tiranosaurio rex en América del Norte, el giganotosaurio en América
del Sur y el spinosaurio en África, pero ahora hay evidencia de que Australia
tenía grandes dinosaurios carnívoros.
Aunque esta es la primera vez que los fósiles han sido
descritos científicamente, fueron descubiertos hace más de medio siglo, dijo
Romilio.
“Fueron descubiertos en los techos de las minas de carbón
subterráneas de Rosewood, cerca de Ipswich, y Oakey, justo al norte de
Toowoomba, en las décadas de 1950 y 1960”, dijo, explicando que habían
permanecido en los cajones de los museos durante décadas.
En 2017, los investigadores encontraron la huella de
dinosaurio más grande del mundo en el noroeste de Australia.
Con una medida de cerca de 1,75 metros, la huella pertenecía
a un saurópodo, un herbívoro de cuello largo.
El récord lo tenía anteriormente una huella de 1,15 metros
de largo encontrada en Bolivia en julio de 2016, que fue la de mayor tamaño
hasta el momento de un dinosaurio carnívoro.
Por cerca de 8 años a este objeto se le conoció como The
Thing, en referencia
a la película de terror y ciencia ficción, por ser un
material biológico de origen
desconocido hallado en Antártica.
El fósil correspondería a un reptil marino, específicamente a
un mosasaurio, especie que vivió hace más de 66 millones de años en la
Península Antártica, de acuerdo a investigadores de la Universidad de Texas en Austin, de la Universidad de Chile y del Museo Nacional de Historia Natural. El
gigantesco huevo, de casi 30 centímetros, es el segundo de mayor tamaño del que
se tenga registro en la historia. La investigación, publicada en Nature,
determinó además que se trataría de un particular huevo de cáscara blanda, el
más grande que se conozca a la fecha, de características similares a los de
lagartos y serpientes actuales.
La especie que produjo este huevo correspondería a un reptil
marino, muy
probablemente a un mosasaurio, especie que vivió hace más de 66
millones de años en la Antártica.
Por cerca de ocho años a este objeto se le conoció como
"The Thing" -por la película de terror y ciencia ficción de John
Carpenter de 1982- debido a su extraña apariencia, similar a una gran pelota de
basquetball aplastada o a un saco plegado, así como por el hecho de haber sido
encontrado en la Antártica. El misterio sobre qué era este fósil, hallado por
investigadores de la Universidad de Chile y del Museo Nacional de Historia
Natural -entidad dependiente del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, del
Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio- durante una expedición a
la Antártica en el 2011, fue resuelto por científicos de ambas instituciones y
de la Universidad de Texas en Austin. Alerta de spoiler: Por cierto, no era un
extraterrestre asesino imitador de otros organismos...
La investigación, destacada por Nature, determinó que el
inusual cuerpo se
trataría del mayor huevo de la era de los dinosaurios del que
se tenga registro,
y el segundo más grande en la historia.
La investigación, publicada por la revista Nature, determinó
que el inusual cuerpo se trataría de nada más y nada menos que el mayor huevo
de la era de los dinosaurios del que se tenga registro, y el segundo más grande
en la historia, después del huevo del “ave elefante”, un ave extinta -similar a
un avestruz- que habitó Madagascar hasta el siglo XVIII. Microscopía
electrónica de barrido, espectroscopía de rayos x y difracción, espectrometría
y tomografías fueron parte del análisis que permitió al equipo de científicos
concluir que se trataría además de un particular huevo de cáscara blanda,
parecido a los que colocan lepidosaurios como lagartos, serpientes y tuátaras
en la actualidad.
259 especies de lepidosaurios integraron la gran base de
datos construida por los investigadores para identificar la relación de este
huevo con este grupo de animales. “Se hicieron dos estudios para identificar
características del huevo y tamaños corporales de la madre. Uno de ellos
permitió comprobar que el huevo era de cáscara blanda, una muy delgada además.
El segundo analizó una gran cantidad de lepidosaurios para intentar estimar el
tamaño de la madre en relación a las dimensiones del huevo, lo que arrojó un
rango amplio, entre 7 y 17 metros”, explica Alexander Vargas, académico de la
Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile y director del Proyecto Anillo
Registro Fósil y Evolución de Vertebrados, integrado por la Universidad de
Chile, el Museo Nacional de Historia Natural y el Instituto Antártico Chileno
(INACH).
El Antarcticoolithus bradyi
Es además el huevo de cáscara blanda más grande que se
conozca a la fecha. Su
masa estimada estaría cerca de los 6,5 kg, y tendría
unos 29 ctos. en su eje mayor.
Este es el huevo de cáscara blanda más grande que se conozca
a la fecha. Su masa estimada estaría cerca de los 6,5 kilos, y tendría unos 29
centímetros en su eje mayor y 20 en el menor. El aspecto de pelota de goma
desinflada fue clave para plantear que se trataba de un huevo blando
eclosionado, pero los estudios posteriores precisaron además que presenta una
corteza calcárea externa 10 veces más delgada que la que tendría un huevo de
cáscara dura de este tamaño (como los de aves y cocodrilos), y una membrana
testácea proteica interna de gran grosor, características que le dan la
apariencia de cáscara blanda a este tipo de huevos.
Su importancia está dada tanto por su enorme tamaño como por
su rareza. De hecho, hasta hoy se conoce sólo un registro de huevo fosilizado
de este tipo en China. “Gracias a este hallazgo ahora sabemos que existen
huevos de cáscara blanda de este tamaño. La masa límite de estos es de 700 gramos,
entonces viene a romper el esquema con sus 6.5 kilos, comparables a la masa del
gran huevo del “ave elefante” de Madagascar y a los mayores huevos de los
dinosaurios no aviares. Con este dato podemos comprender un poco más sobre la
forma de reproducción de los grandes reptiles marinos de la era mesozoica”,
destaca David Rubilar, jefe del Área de Paleontología del Museo Nacional de
Historia Natural, que participó en este trabajo.
Este es probablemente un huevo vestigial de uno de ellos, es
decir, un huevo cuyo desarrollo transcurre en el útero, y que apenas sale de la
madre, la cría emerge de él, explica el profesor Vargas.
El fósil, nombrado Antarcticoolithus bradyi, que significa
“huevo de piedra antártico tardío”, es algo inédito también porque la regla
general en el caso de los fósiles “es que se preserven sólo aquellos de cáscara
dura, mientras que los huevos de cáscara blanda, compuestos principalmente de
una capa proteica, tienden a descomponerse con facilidad, y no quedar
preservados como fósiles”, agrega el investigador.
Huevo de reptil marino
Existen mosasaurios de la talla suficiente para producir un
huevo de estas características,como es
el caso del Kaikaifilú hervei, cuyo
tamaño se estima entre 7 a 10 metros, afirma Rodrigo Otero.
El estudio, realizado junto a científicos de la Universidad
de Texas en Austin, determinó que la especie que produjo este huevo
correspondería a un reptil marino, muy probablemente a un mosasaurio, especie
que vivió hace más de 66 millones de años en Europa Occidental, Norteamérica,
Sudamérica y Antártica. “Los mosasaurios son lagartijas gigantes adaptadas al
agua, directamente emparentados con lagartos monitores de lengua bífida, como
el dragón de Komodo, y serpientes. Este es probablemente un huevo vestigial de
uno de ellos, es decir, un huevo cuyo desarrollo transcurre en el útero, y que
apenas sale de la madre, la cría emerge de él. Se considera una forma distinta
de viviparismo en reptiles, de dar a luz crías vivas”, plantea Alexander
Vargas.
Isla Seymour -el sitio donde fue encontrado- es abundante
en fósiles de mosasaurios
y plesiosaurios. Esta última especie es el 2º candidato a posible productor del huevo.
La isla Seymour -el sitio donde fue encontrado- es abundante
en fósiles de mosasaurios y plesiosaurios, comenta además Rodrigo Otero,
investigador de la Red Paleontológica de la U. de Chile que encontró este huevo
junto a David Rubilar. Desde este sector extrajeron también los restos que le
permitieron, junto con otros científicos, describir al Kaikaifilu hervei el año
2017, el mosasaurio más grande de Antártica conocido hasta el momento, y de la
misma edad del huevo. “Todas las características de este huevo de cáscara
blanda apuntan a afinidades con lepidosaurios, que es un grupo que incluye a
los mosasaurios. Sabemos que existen mosasaurios de la talla suficiente para
producir un huevo de estas características, como es el caso del Kaikaifilú
hervei, cuyo tamaño se estima entre 7 a 10 metros. Pero la parte que no sabemos
es lo que pasa con los plesiosaurios. Sabemos que hay plesiosaurios de hasta 12
metros en Antártica, pero es un grupo que se extingue en el límite K/Pg [evento
de extinción masiva de hace 66 millones de años] y, por lo tanto, no tenemos
forma de hacer una comparación con organismos vivos del mismo linaje”.
Los investigadores dataron este fósil en cerca de 66
millones de años, justo al final del período Cretácico, por lo que fue puesto
muy cerca del momento de la extinción masiva que pone fin a la era de los
dinosaurios. “Antártica era un sector muy similar a un archipiélago. La fauna
de reptiles de marinos incluye -hasta donde sabemos- plesiosaurios,
mosasaurios, tortugas marinas, y también se han encontrado abundantes restos de
tiburones. A nivel continental, se ha hallado abundante flora, representada por
troncos fósiles, como los Nothofagus, que son árboles como el ruil y el roble,
muy parecidos a los que podemos encontrar hoy en la Región del Maule. Además,
hay registros de una diversidad de dinosaurios saurópodos, terópodos y
ornitópodos”, describe Rodrigo Otero.
Historia de un inédito hallazgo
El hallazgo fue realizado durante la Expedición Científica
Antártica organizada
por el INACH el 2011, en el marco del Anillo de Ciencia
Antártica ACT-105,
dirigido por la profesora Teresa Torres.
El descubrimiento de este huevo ocurrió el 2011, en el marco
de la Expedición Científica Antártica que año a año realiza el Instituto
Antártico Chileno (INACH). Ese año se desplegó la mayor campaña paleontológica
de nuestro país en el Continente Blanco a la fecha, y gran parte del trabajo de
los paleontólogos y geólogos que la integraban se concentró en la Isla Seymour,
territorio insular ubicado al noreste de la Península Antártica, muy cerca de
la gran isla James Ross.
“Esta isla genera un interés especial para la paleontología,
no sólo porque a lo largo de toda su extensión es posible encontrar
maravillosos y abundantes fósiles, sino también por el hecho de que ahí se
encuentra uno de los pocos lugares en el planeta donde está bien identificado
el límite K/Pg, que marca el fin de la era mesozoica, o de los dinosaurios, y
el comienzo de la cenozoica, o era de los mamíferos, hace 66 millones de años”,
señala David Rubilar, quien encontró este huevo junto a Rodrigo Otero el marco
del proyecto Anillo de Ciencia Antártica ACT-105 Conicyt-Chile, dirigido por la
profesora de la Universidad de Chile, Teresa Torres.
Durante esa expedición, junto a Rodrigo Otero, exploraron un
sector de la isla donde se habían identificado múltiples restos de mosasaurios
y plesiosaurios. “En uno de estos lugares encontramos un gran cráneo de
mosasaurio, y días después, a unos 200 metros, vimos una estructura negra que
pensamos que era otro cráneo. Cuando la sacamos nos dimos cuenta de que era
algo orgánico, tejido blando de alguna naturaleza, y empezamos a hipotetizar.
Pensamos primero que podía ser un estómago de reptil marino o incluso un alga.
Cuando llegamos al campamento preguntamos a los geólogos que nos acompañaban si
habían visto algo similar y su cara de incertidumbre daba la respuesta, así que
como no sabíamos lo que era, el paso siguiente fue llamarla la cosa”, relata
Rodrigo Otero.
"Cuando la sacamos nos dimos cuenta de que era algo
orgánico, tejido blando de
alguna naturaleza", relata Rodrigo Otero, quien
encontró este misterioso
objeto junto a David Rubilar.
El misterioso resto orgánico, conocido desde entonces como
“The Thing”, fue llevado ese 2011 al Museo Nacional de Historia Natural, lugar
donde permaneció como un objeto fósil no identificado hasta el 2018. Ese año la
investigadora de la Universidad de Texas en Austin, Julia Clarke, quien durante
una visita al recinto conoció este hallazgo y planteó la posibilidad de que se
tratará de un huevo blando plegado. “En ese mismo momento revisamos imágenes de
huevos de serpientes marinas, que poseen huevos blandos, y eran idénticos
aquellos pliegues que se generan luego de la eclosión. Ahora ‘la cosa’ podía
ser un huevo de un reptil marino, uno enorme ¡había que hacer el estudio!”,
relata David Rubilar.
A futuro, aún se abren muchas interrogantes por responder en
relación a este descubrimiento, adelanta Alexander Vargas. “Esta es una de las
pocas veces que se ha encontrado un huevo en un sedimento marino y, además,
blando. Es curioso que se haya preservado ahí. Hay muchas coherencias que
cruzan este hallazgo. Esto quizás nos da una pista de en qué tipo de entornos
podríamos encontrar otros huevos de este tipo. También se abre una discusión
sobre cómo y dónde nacían estos animales”, concluye.
Imágenes:
Foto 1: Cristian Becker, Museo Nacional de Historia Natural
Ilustración 1 y 4 y 5: Francisco Hueichaleo
Ilustración 2: Mauricio Álvarez, Proyecto Registro Fósil y
Evolución de Vertebrados - Chile. Anillo ACT 172099, Universidad de Chile
Ilustración 3: Legendre et al. (2020)
Fotografía 2, 3 y 4: Rodrigo Otero, Universidad de Chile
Un estudio publicado por un equipo internacional de
científicos sugiere que los primeros dinosaurios ponían huevos con cáscara
blanda, un hallazgo que disputa la opinión predominante y permite especular
sobre cómo estos animales cuidaban a sus crías.
Huevos de Mussaurus, un dinosaurio herbívoro primitivo
antecesor de los saurópodos, es decir, aquellos dinosaurios de cuello largo,
cuatro patas y de gran tamaño. Un nuevo estudio muestra que estos animales que
vivieron hace más de 200 millones de años ponían huevos de cáscara blanda.
Reconstrucción del paleoartista argentino Jorge González.
No se trata del dilema del huevo y la gallina sino de un
misterio mucho más antiguo. ¿Qué fueron primero, los huevos de dinosaurios de
cáscara blanda o los huevos de cáscara dura? Un equipo de paleontólogos
argentinos y estadounidenses dice tener una respuesta.
“Al describir las nidadas pertenecientes a las especies
Protoceratops de Mongolia y Mussaurus de Argentina, mostramos que estos dos
dinosaurios ponían huevos de cáscara blanda y membranosa”, cuenta a SINC el
paleontólogo Matteo Fabbri de la Universidad de Yale y coautor de un paper publicado hoy en la revista Nature.
“Esto cambia todo: las cáscaras de huevo blandas se
encuentran en lagartos, serpientes, en los primeros amniotas y en pterosaurios,
grupos considerados mucho más primitivos que los dinosaurios en su biología.
Nuestro descubrimiento muestra cómo los primeros dinosaurios eran más reptiles
de lo que pensábamos”.
Conocer la evolución de los huevos es importante para
comprender las estrategias y comportamientos reproductivos en los tetrápodos,
es decir, todos aquellos animales con cuatro patas. Las aves modernas tienen
una gran variedad de tamaños, formas y colores de huevos. Sin embargo, no se
sabe mucho sobre su evolución.
El descubrimiento de que dos antiguos dinosaurios ponían
huevos de cáscara blanda y membranosa muestra que eran más reptiles de lo que
pensábamos
Uno de los 80 huevos de Mussaurus hallados en la provincia
de Santa Cruz en la
Patagonia argentina. Es de los huevos fosilizados de
dinosaurios más antiguos
hasta ahora encontrados. Crédito: Diego Pol.
“Los huevos son la única ventana que tenemos a la
reproducción de los dinosaurios”, señala el paleontólogo argentino Diego Pol
del Museo Paleontológico Egidio Feruglio en la ciudad de Trelew. “Si queremos
entender cabalmente su evolución no podemos ignorar sus estrategias
reproductivas. Nos hablan sobre las estrategias de supervivencia de las
especies y cómo los animales hacen esfuerzos extraordinarios para brindar las
mejores oportunidades de que sus crías sobrevivan”.
Los resultados de la nueva investigación disputan la opinión
predominante de que los dinosaurios siempre pusieron huevos con cáscara dura y
arrojan un poco de luz sobre el comportamiento reproductivo de los primeros dinosaurios
y la crianza de estos animales, un tema aún en debate.
La mitad de la película
Los paleontólogos saben que es mucho más común encontrar en
el campo un hueso de dinosaurio que un huevo. Sin embargo, en los últimos 30
años se han hallado varios. Se conocen huevos de dinosaurios de todas partes
del mundo y de muchas especies. Hay registros de huevos de dinosaurios
depredadores, de dinosaurios de cuello largo y de dinosaurios con pico de pato.
Pero en su mayoría corresponden al Período Cretácico, entre
145 y 66 millones de años atrás, es decir, a los últimos 80 millones de años de
la historia de los dinosaurios. Y todos estos huevos muestran una cáscara de
huevo calcítica, rígida.
Los restos de huevos de los primeros 80 millones de años en
que reinaron estos animales, sin embargo, son pocos a escala mundial.
“Básicamente conocemos la última mitad de la película y estamos intentando
averiguar la historia completa con la poca información que tenemos de la
primera mitad”, dice Pol, conocido por haber encontrado en 2013 los restos del
dinosaurio más grande hasta ahora conocido, el Patagotitan mayorum.
La mayoría de los huevos de dinosaurio que se han encontrado
corresponden a los últimos 80 millones de años de su historia. “Estamos
intentando averiguar la historia completa con la poca información que tenemos de
la primera mitad”, dice Pol
“Eso hace tan especiales a los huevos fosilizados que
encontramos en Santa Cruz, Argentina, que tienen aproximadamente 200 millones
de años. Son una pieza clave para entender la historia de los huevos y la
reproducción de los dinosaurios”.
Este investigador del CONICET se refiere a alrededor de 80
huevos que descubrió recientemente con su equipo en una formación conocida como
Laguna Colorada en el centro de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia
argentina.
Estos huevos pertenecen a una especie conocida desde 1976
como Mussaurus patagonicus, un dinosaurio herbívoro primitivo antecesor de los
saurópodos, es decir, dinosaurios de cuello largo, cuatro patas y de gran
tamaño. Aparentemente, el sitio albergaba una colonia reproductiva donde estos
dinosaurios mantenían a sus crías durante su etapa más vulnerable.
“Junto a los huevos de otro dinosaurio del sur de África,
los huevos de Mussaurus en Santa Cruz son los más antiguos que se conocen”,
cuenta la paleontóloga argentina Claudia A. Marsicano de la Universidad de
Buenos Aires, coautora de la investigación.
Primeros indicios de cuidado parental
Con al equipo del paleontólogo y genetista molecular
estadounidense Mark Norell del Museo Estadounidense de Historia Natural, Pol,
Fabbri y Marsicano analizaron estos huevos —varios de los cuales conservan
especímenes embrionarios y juveniles— junto a los restos de una nidada
excepcionalmente conservada de la especie Protoceratops, descubierta en la
localidad de Ukhaa Tolgod en Mongolia. Estos animales llegaban a ser tan
grandes como una oveja y fueron de los primeros dinosaurios con cuernos.
El equipo internacional de científicos examinó la
composición química de estos fósiles con una técnica conocida como
espectroscopia Raman. “Cuando miramos la cáscara de huevo en la sección
transversal, vemos una capa calcítica en la parte superior y una capa
membranosa proteica debajo”, cuenta Fabbri, quien recientemente participó en la
investigación del primer dinosaurio verdaderamente semiacuático, Spinosaurus aegyptiacus.
Debido a que las cáscaras de huevo blandas son más susceptibles
al intercambio de líquidos con el exterior, los animales actuales con huevos de
cáscara blanda los entierran bajo tierra
“Estas dos capas componen la cáscara de huevo en cualquier
reptil. Sin embargo, el grosor entre la membrana y la capa calcítica varía
mucho entre los grupos. Resulta que si la membrana es mucho más gruesa que la
capa calcítica, entonces la cáscara es blanda. Si la capa calcítica es más
gruesa, entonces la cáscara es dura. Nuestros resultados mostraron que los
primeros dinosaurios tenían una cáscara de huevo blanda y que una cáscara de
huevo dura evolucionó independientemente en tres momentos posteriores”.
Para estudiar los huevos de Mussaurus el paleontólogo
argentino Diego Pol (izda)
se valió de la Instalación Europea de Radiación
Sincrotrón (ESRF) en Francia.
Crédito: ESRF.
Este hallazgo tiene importantes repercusiones. Debido a que
las cáscaras de huevo blandas son más susceptibles al intercambio y pérdida de
líquidos con el exterior, los animales actuales con huevos de cáscara blanda
los entierran bajo tierra, generalmente en sedimento arenoso para limitar la
pérdida de líquido y permitir una incubación exitosa.
Además, los huevos con cáscara blanda generalmente se
depositan en grandes cantidades, como sucede con algunos lagartos y tortugas:
muchos huevos se ponen al mismo tiempo, se entierran y luego se dejan incubar.
“Podríamos inferir lo mismo para los primeros dinosaurios”, especula Fabbri.
Sentados sobre sus huevos
Como señala Mark Norell: “Por lo que sabemos, todos los dinosaurios
ponían huevos. En algunos casos sabemos que, al igual que las aves modernas,
tenían nidos. Encontramos un par de fósiles notables de animales sentados
encima de sus nidos, como hacen las gallinas en una granja hoy en día, de modo
que probablemente haya habido alguna forma de cuidado parental también”.
Esto además explicaría por qué no se encuentran tantos
huevos fosilizados de dinosaurios pertenecientes a los primeros 80 millones de
años de su historia en la Tierra. “Algo llamativo siempre ha sido el
desequilibrio entre la diversidad y cantidad de registros de restos corpóreos
de dinosaurios por toda Pangea desde fines del Triásico a fines del Cretácico y
el registro de huevos atribuibles a este grupo”, advierte Marsicano.
“Encontramos un par de fósiles de animales sentados encima
de sus nidos, como hacen las gallinas en una granja, de modo que probablemente
haya habido alguna forma de cuidado parental también”, dice Mark Norell
“Este trabajo pone en evidencia que ese desequlibrio en el
registro se debe a que los dinosaurios en su origen y durante gran parte de su
historia en el Mesozoico ponían huevos de cáscara no mineralizada, una cáscara
proteica blanda que es mucho más sensible a la degradación y por lo tanto con
pocas probabilidades de quedar fosilizada”, continúa Marsicano.
La adquisición de una cáscara como la que vemos hoy en día
en las aves les da una ventaja a la hora de anidar, dado que el embrión esta
protegido, y surgió en la evolución de los dinosaurios mucho más tarde e
independientemente en diferentes linajes, según el experto. Esta evolución de
cáscara blanda a dura, piensan los científicos, representa un hito en su
historia evolutiva, ya que contribuyó al éxito reproductivo y, por lo tanto, a
la propagación y diversificación de los dinosaurios.
Las razones que propiciaron estas transformaciones, sin
embargo, aún se desconocen. “Es una de las preguntas más importantes que abre
este trabajo”, dice Pol.
“Si varios grupos de dinosaurios evolucionaron por separado
cáscaras rígidas entonces es posible que haya alguna causa común, quizás algún
cambio ambiental o climático, que llevó a que todos siguieran este camino
evolutivo. Hay muchos factores ambientales que influyen en cómo se forma la
cáscara rígida de los huevos en las aves de hoy en día. Creo que en el futuro
próximo vamos a ver diversos estudios intentando abordar esta pregunta”.
Esta evolución de cáscara blanda a dura, piensan los
científicos, representa un hito en su historia evolutiva, ya que contribuyó al
éxito reproductivo
“Todas las ramas principales que forman los grupos de
dinosaurios desarrollaron cáscaras de huevo duras, por lo que la presión
selectiva debe haber sido común para todos ellos”, especula Fabbri. “Sin
embargo, no podemos estar seguros”.
Lo que sí saben los paleontólogos es que en los últimos años
ha habido avances en el estudio de la química de la fosilización que podrían
llevar a descubrimientos más sorprendentes. “Están revelando datos que no
imaginábamos que se podían conocer”, señala Pol. “Recientemente estudios
químicos demostraron que algunos huevos de dinosaurios eran de color, como el
de algunas aves, porque detectaron restos de los mismos pigmentos que están
presentes en los huevos de aves azulados. Los avances tecnológicos nos permiten
hoy detectar esos pigmentos, aun cuando fueron alterados químicamente en la
fosilización hace millones de años”.
El estudio, publicado por la prestigiosa revista
internacional ‘Geoheritage’, resalta las posibilidades de crecimiento de
municipios escasamente poblados con gran riqueza paleontológica
La investigación, conservación y difusión de los hallazgos
paleontológicos en la provincia de Teruel juegan un papel destacado en el
desarrollo territorial y sirven como herramienta para la educación. El proyecto
más importante es Dinópolis (con más de 3.159.000 visitas desde su apertura el
1 de junio del 2001 hasta diciembre del 2019). Además, hay otras iniciativas
diseminadas por toda la provincia que amplían y complementan la oferta
turística y educativa para todos los interesados en la geología y la
paleontología. El conjunto convierte a Teruel en un gran territorio
paleontológico.
Una de estas iniciativas, La Ruta del Dinosaurio en El
Castellar, es el resultado de un modelo de acción que ha optado por llevar a
cabo inversiones en los recursos paleontológicos de un área escasamente
habitada. Este municipio ha sido objeto de un estudio realizado por la
Fundación Dinópolis sobre las posibilidades de desarrollo gracias a la
paleontología, que pone el foco en El Castellar, con apenas 58 personas
censadas y una densidad de población de apenas un habitante por kilómetro
cuadrado, que ahora llega a todo el mundo gracias a su publicación en la
prestigiosa revista internacional ‘Geoheritage’. En la publicación se destacan
las posibilidades de futuro para núcleos con gran riqueza paleontológica,
gracias a iniciativas como las desarrolladas en esta localidad turolense, cuya
ruta del dinosaurio culmina en un yacimiento en el que los turistas pueden
observar huesos originales de unestegosáurido, tras pasar por otros yacimientos con huellas de estos
vertebrados.
La Ruta del Dinosaurio, junto con el DINOpaseo por El
Castellar (un recorrido por las calles del pueblo, en el que se muestran
algunos de los hallazgos más sobresalientes realizados en los 74 yacimientos
inventariados hasta el momento en el municipio), constituye un estímulo
fundamental para la socioeconomía local. Las inversiones realizadas desde 2015
han dado lugar a un aumento exponencial de la presencia de investigadores,
turistas y medios de comunicación, al tiempo que permiten el desarrollo de
actividades educativas. Todo esto conduce a que las instituciones y colectivos
locales quieran seguir utilizando a los dinosaurios como el principal foco de
atención del municipio.
A este excepcional patrimonio paleontológico se suma la
extraordinaria riqueza natural y cultural de una zona, incluida en el Lugar de
Interés Comunitario “Maestrazgo y Sierra de Gúdar” de la Red Natura 2000 del
Gobierno de Aragón, en la que se sitúan numerosos yacimientos con fósiles de
dinosaurios. Además, este sector occidental de la Sierra de Gúdar posee algunas
de las unidades de mayor calidad visual del paisaje de la provincia.
Científicos del IGME abren nuevas vías para la investigación
con una publicación en 'Scientific Reports' sobre el ámbar de El Soplao que
demuestra por primera vez la existencia de savia elaborada fósil
Gotas de savia elaborada de un cuarto del grosor de un
cabello conservadas
en ámbar de hace 105 millones de años. (Autor: Museo
Geominero).
IGME/DICYT El principal reto de este trabajo ha consistido
en analizar químicamente la sustancia oscura de unas pequeñas gotitas incluidas
en ámbar. Los investigadores derrocharon pericia y utilizaron un conjunto de
sofisticadas técnicas analíticas como la Espectroscopía Raman, la
Espectrometría de Masas y el Microanálisis con Microsonda Electrónica. Los
resultados indicaron que contenían elementos inorgánicos como calcio, magnesio,
potasio o sodio y, mucho más interesante, lo que parecían azúcares o residuos
de azúcares, pero que sin duda eran sustancias polares (con cargas eléctricas
separadas, como los azúcares).
Todos estos resultados una vez analizados condujeron a una
clara conclusión... por primera vez y de forma inesperada se había demostrado
que existe savia fósil y esto abre la puerta a futuras líneas de investigación.
Por ejemplo, se podrá abordar la identificación de los árboles que produjeron
la resina en el pasado geológico, el reconocimiento de aspectos fisiológicos de
estas antiguas plantas resinosas, la determinación de aspectos ambientales de
los antiguos bosques, etc. La ventana al pasado que nos permite asomarnos el
ámbar acaba de ensancharse. Y todo ello tenía su lógica, ya que ¿qué mejor
contenedor para conservar la savia que el ámbar o resina fósil que además tiene
su origen en un daño en los conductos que transportan los “jugos” de los
árboles?
En el yacimiento de El Soplao (Rábago, Cantabria), el ámbar
que contiene la savia se encuentra en forma de grandes masas arriñonadas o con
aspecto de tortas aplastadas, a diferencia de las piezas que contienen insectos
fosilizados, que son pequeños “chorretones” con formas que recuerdan a las
estalactitas. En el interior de esas masas arriñonadas hay abundantes bandas
claras y oscuras alternándose. El ámbar es fluorescente cuando se observa bajo
una luz ultravioleta (como la utilizada para detectar billetes falsos), es
decir, reacciona bajo esta radiación emitiendo una luz azul muy brillante. Por
este motivo este ámbar tiene un color púrpura cuando se observa con luz solar,
ya que una parte de la radiación del Sol es ultravioleta.
No obstante, la savia fosilizada no es fluorescente bajo la
luz ultravioleta y por eso las bandas oscuras emiten poca luz azul. Los
investigadores observaron que utilizando el láser de la Microscopía Confocal la
savia fósil era fluorescente si se excitaba con una luz de longitud de onda
mayor que la ultravioleta. Esto les permitió identificar restos de pigmentos
vegetales presentes en la savia, como carotenoides, antocianinas e incluso
clorofila. Una vez más el ámbar del periodo Cretácico de El Soplao (Cantabria)
demostraba ser una inagotable fuente de conocimiento científico como en el caso
de este hallazgo recientemente publicado por la revista científica Scientific
Reports. En esta ocasión, se trata de pequeñas gotas de savia que se mezclaron
con la resina al salir al mismo tiempo, formando unas texturas muy peculiares,
conocidas como dobles emulsiones.
Las dobles emulsiones fósiles de El Soplao
Los investigadores descubrieron que las bandas oscuras
estaban formadas por una constelación de gotitas microscópicas de color marrón
oscuro. Cada gotita tenía en su interior otras más pequeñas y de tonalidad
clara, por lo que al microscopio el aspecto es vacuolado. Otros científicos
habían considerado cada una de estas gotitas como microorganismos fósiles que
conservaban sus vacuolas celulares. Pero no todo encajaba con esta explicación,
ya que el tamaño de las gotitas era demasiado variable para tratarse de
microrganismos fósiles.
Ante tales sospechas, los investigadores españoles iniciaron
un estudio minucioso no solo de las características morfológicas de las
gotitas, sino también de su composición química, aunque el trabajo era un
verdadero reto dado que tienen tamaños microscópicos. Se trataba de desvelar un
misterio que insospechadamente conecta estas raras gotas fósiles con la
industria farmacéutica y cosmética al observar que técnicamente eran lo que se
llama dobles emulsiones. Si una emulsión es una mezcla de dos líquidos
inmiscibles, una doble emulsión es una emulsión de emulsiones, donde cada
gotita de uno de los líquidos contiene gotas más pequeñas del otro.
Se da la circunstancia de que las dobles emulsiones son en
la actualidad todo un campo de investigación, con cientos de publicaciones
acumuladas, ya que resultan claves para elaborar muchos productos industriales,
por ejemplo, para introducir y estabilizar principios activos sensibles dentro
de determinadas sustancias. El descubrimiento de las dobles emulsiones
fosilizadas, desconocidas hasta el momento podría aportar claves en la actual
investigación dirigida a la producción industrial de dobles emulsiones.
La escritora italiana Cristina Banfi dedica un libro a estos
gigantes desaparecidos que enseñan a niños y niñas que «el ser humano y todos
los seres vivos son solo huéspedes que pasan». «Por esta razón debemos
respetarlos y preservarlos», clama
Desaparecieron hace millones de años. Sin embargo, siguen
muy 'vivos'. Sólo hay que echar un vistazo a la habitación de cualquier peque.
En el edredón, en forma de muñeco, de cuadro, de cojín, en el pijama... si no
es en un sitio, será en otro, pero por algún lado aparecerán. Eso seguro. ¿Por
qué niños y niñas sienten fascinación por estos gigantes a los que nunca verán?
«Todos los niños del mundo la tienen. Muchos expertos en psicología infantil han
tratado de entender por qué», explica a este periódico la italiana Cristina
Banfi, autora de 'La vida de los dinosaurios', un libro que explica a los
chavales todo lo que hay que saber sobre sus adorados animales. ¿Pero
desentraña el misterio de por qué la infancia es el terreno favorito de los
dinosaurios? «Creo que, gracias a los dinosaurios, los niños se sienten más
seguros al afrontar sus miedos inevitables. Y, al intentar saberlo todo sobre
la vida de estos reptiles prehistóricos tienen la impresión de poder
'mantenerlos' mejor bajo control. En mi opinión, al convertirse en un 'amigo
del dinosaurio', el niño siente que tiene un aliado a su lado, una especie de
superhéroe que viene cuando lo llamas». ¡Y no para comerte!
Porque, además, los favoritos de los críos, según la
escritora, no son los más pequeñitos o inofensivos. Que va. Son los más
grandotes y fieros. «Por ejemplo, los colosales saurópodos a los ojos de un
niño son inexpugnables. Y, entre los carnívoros, el T-rex ocupa el lugar de
honor entre los dinosaurios más queridos -afirma-. Pero los niños de hoy
quieren dinosaurios nuevos y están muy atentos a los últimos descubrimientos.
Por lo tanto, también pueden presumir de conocer especies desconocidas para sus
amigos, logrando aprender nombres a menudo impronunciables...». Cuántas veces
hemos visto a auténticos enanos que casi no saben hablar pronunciar
'triceratops' 0 'gliptodonte' sin trabarse. Para ellos es casi un trabalenguas,
un reto. Y por eso presumen de conocer estar palabras tan complicadas y no
dudan en alardear de ello en cuento tienen público.
Y, aunque existe el tópico de que a los niños les gustan más
que a las niñas, Banfi defiende que eso ha ido cambiando y que ella misma fue
una niña enamorada de los dinosaurios y de todas sus facetas, desde cómo
luchaban a cómo criaban a sus pequeñines. Pero, sin duda, lo que más interés
suscita entre los peques -y entre muchos adultos- es su misterioso final. Para
los más jóvenes es casi una historia de terror. ¿Cómo los reyes del planeta
pudieron sucumbir? ¿Hasta los más grandes pueden acabar 'derrotados'? En el
fondo, la historia de estos gigantes es una historia de humildad: se puede ser
temible y poderoso, pero hasta así tienes puntos vulnerables.
Importancia de lo que ya no existe
Aunque la enseñanza más importante y más evidente es otra:
si estos colosos desaparecieron, cualquier especie puede hacerlo. Por eso, si
está en nuestra mano, debemos evitarlo. Porque muchas maravillas se van para no
volver. «Los dinosaurios han dominado el mundo entero durante 160 millones de
años, un tiempo muy largo en comparación con la vida del hombre. Sin embargo,
el final también ha llegado para ellos». En este sentido, Banfi considera que
para los niños «es importante saber que la Tierra tiene una historia muy larga
detrás y ha albergado muchas especies animales e incluso vegetales que ya no
existen en la actualidad. También es importante saber que las especies
evolucionan, y los descendientes directos de los dinosaurios viven a nuestro
lado: las aves».
Digamos que, como 'personaje educativo', el dinosaurio lo
tiene todo para atraer a los más jóvenes: una estampa imponente, el misterio de
su desaparición, diferentes tipos para que cada cual elija al 'suyo' y para
entender características de cada cual... Y, bueno, aunque algunos son muy
fieros, nunca tuvieron la oportunidad de comerse a ningún humano -son dos
especies separadas por millones de años, cosa que algunos peques ignoran- , con
lo que nos caen simpáticos. Y, según Cristina Banfi, son grandes 'profesores':
«Nos hacen entender que la Tierra no es nuestra propiedad, como podríamos creer
erróneamente. El ser humano y todos los seres vivos somos solo huéspedes que
pasan. Por esta razón debemos respetarlos y preservarlos para aquellos que
llegan después de nosotros». Desde luego, hay una lista de razones más larga
que el cuello de un plesiosaurio para abarrotar de libros de dinosaurios las
estanterías de la habitación de los peques.
'La vida de los dinosaurios'
Texto: Cristina Banfi
Ilustraciones: Giulia De Amicis. Es un libro muy visual. Para favorecer el
aprendizaje incluye infigrafías, explicaciones claras y sencillas, líneas
temporales, gráficos y escalas que ayudarán a comprender mejor los secretos más
ocultos de estos fascinantes animales.