jueves, 2 de julio de 2026

Este fósil estuvo en un cajón durante 40 años. Ahora sabemos que perteneció al primer dinosaurio descubierto en la Antártida

El hallazgo refuerza la idea de que gigantescos saurópodos cruzaron la Antártida cuando estaba cubierta por bosques.

Barrett et al. 2026
El fósil no está lo suficientemente completo como para revelar a qué especie de dinosaurio pertenecía, pero aun así es sumamente importante por ser el primer hueso de dinosaurio descubierto en la Antártida.

Un equipo de científicos ha confirmado que un fragmento de vértebra encontrado en la Antártida en 1985 pertenece a un titanosaurio de hace unos 82 millones de años, convirtiéndose en el primer fósil de dinosaurio jamás descubierto en el continente antártico. El hallazgo, identificado cuatro décadas después de su recogida, modifica una parte importante de la historia de la paleontología en el extremo sur del planeta.

Lo que durante años se creyó que era el hueso de un reptil marino ha resultado ser el vestigio de uno de los animales terrestres más impresionantes que han existido. El descubrimiento no solo confirma la presencia de saurópodos en la Antártida, sino que también aporta nuevas pistas sobre cómo estos gigantes se dispersaron entre los continentes del antiguo supercontinente Gondwana.

Un fósil olvidado que escondía una sorpresa extraordinaria

La historia comenzó en 1985, cuando una expedición del British Antarctic Survey exploraba la isla James Ross, situada frente a la península Antártica. El objetivo principal era estudiar fósiles marinos capaces de fechar con precisión las rocas del Cretácico Superior. Entre los numerosos restos apareció una pequeña vértebra que fue catalogada rápidamente como perteneciente a un gran reptil marino.

Durante casi cuarenta años nadie sospechó que aquel diminuto fragmento pertenecía en realidad a un dinosaurio. Solo una revisión reciente, liderada por especialistas en saurópodos, permitió comparar la pieza con esqueletos mucho más completos. El análisis reveló que su anatomía corresponde a la cola de un titanosaurio, un grupo de dinosaurios herbívoros de cuello largo que incluye a algunos de los mayores animales terrestres conocidos.

Aunque el fósil está demasiado incompleto para identificar la especie exacta, los investigadores estiman que el ejemplar mediría entre 6 y 7 metros de longitud, un tamaño relativamente modesto para un titanosaurio. No está claro si se trataba de un individuo juvenil o de una especie naturalmente más pequeña.

Pero hay un detalle que sigue intrigando a los paleontólogos: es únicamente el segundo hueso de saurópodo encontrado en toda la Antártida, lo que convierte esta pieza en un testimonio excepcional del ecosistema que existía allí hace millones de años.

Cuando la Antártida era un bosque lleno de dinosaurios

Resulta difícil imaginarlo hoy, rodeada por kilómetros de hielo y sometida a temperaturas extremas, pero durante el Cretácico Superior la Antártida era un paisaje completamente distinto. Hace unos 82 millones de años estaba cubierta por densos bosques templados de coníferas, helechos y palmeras. Aunque los inviernos seguían siendo muy oscuros debido a su elevada latitud, el clima era mucho más suave que el actual y permitía el desarrollo de una rica fauna terrestre.

ANDREW MCAFEE, MUSEO CARNEGIE DE HISTORIA NATURAL
Hace más de 70 millones de años, grandes dinosaurios vagaban por los bosques
de lo que hoy es la Antártida.
Los paleontólogos ya habían identificado varios dinosaurios en la región, entre ellos el herbívoro Morrosaurus, el acorazado Antarctopelta, el depredador Imperobator y el ave primitiva Vegavis. Sin embargo, los restos de saurópodos seguían siendo extremadamente escasos.

Este nuevo fósil demuestra que los gigantescos titanosaurios también formaban parte de aquellos antiguos bosques australes. La precisión de su datación también resulta especialmente valiosa. El hueso apareció asociado a abundantes amonites, fósiles marinos que permiten fechar con gran exactitud las capas geológicas. Todo indica que el dinosaurio murió en tierra firme y que su cadáver fue arrastrado por un río hasta el mar, donde finalmente quedó enterrado en los sedimentos que millones de años después formarían la roca en la que fue encontrado.

La pieza que puede explicar cómo los titanosaurios conquistaron el hemisferio sur

Más allá de su importancia histórica, el descubrimiento ofrece nuevas pistas sobre uno de los grandes enigmas de la evolución de los dinosaurios gigantes. Los titanosaurios son abundantes en Sudamérica y también aparecen en Nueva Zelanda, pero sorprendentemente apenas existen evidencias de su presencia en Australia durante ese mismo periodo.

La Antártida podría haber actuado como un enorme puente terrestre entre Sudamérica y la antigua Zealandia, permitiendo el desplazamiento de estos gigantes sin necesidad de atravesar Australia. En el Cretácico, la configuración de los continentes era muy diferente. La península Antártica estaba mucho más próxima al extremo sur de Sudamérica y a Zealandia, el antiguo continente del que hoy solo emergen territorios como Nueva Zelanda. Esta conexión geográfica habría facilitado la expansión de numerosas especies antes de que Gondwana terminara fragmentándose definitivamente.

Naturalmente, todavía serán necesarios nuevos fósiles para confirmar esta hipótesis. Sin embargo, cada pequeño hallazgo en la Antártida tiene un valor extraordinario, ya que las condiciones de conservación son muy distintas de las existentes en otros continentes y los restos de dinosaurios siguen siendo excepcionalmente escasos.

nationalgeographic.com.es

El IER publica ‘Paladino’, un trabajo sobre paleontología que reivindica las lenguas romances como vehículo de la ciencia

El volumen, coordinado por Félix Pérez-Lorente, que constituye el número 37 de la colección Ciencias de la Tierra, reúne en cinco lenguas romances las principales aportaciones científicas del encuentro celebrado en San Millán de la Cogolla

El Demandasaurus darwini del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes
(Burgos) en la portada de la publicación.
El Instituto de Estudios Riojanos (IER) ha publicado ‘Paladino: las lenguas romances y los dinosaurios’, un volumen de 467 páginas que recoge las ponencias y comunicaciones presentadas en el congreso internacional del mismo nombre celebrado en mayo de 2025 en San Millán de la Cogolla. La obra, coordinada por el paleontólogo Félix Pérez-Lorente, se incorpora como número 37 a la colección Ciencias de la Tierra del Instituto. 

La publicación constituye el resultado científico del congreso ‘Paladino: las lenguas romances y los dinosaurios. Una revolución en la ciencia’, un encuentro que reunió en La Rioja a especialistas de diversos países con un doble objetivo: presentar investigaciones de vanguardia sobre paleontología de dinosaurios y reflexionar sobre el papel que el español y las demás lenguas romances deben seguir desempeñando en la comunicación del conocimiento científico.

El volumen reúne 18 trabajos redactados en cinco lenguas romances por investigadores de reconocido prestigio internacional. Sus contribuciones abordan aspectos muy diversos de la paleontología, desde el estudio de fósiles directos e indirectos, la icnología o los nuevos hallazgos, hasta cuestiones historiográficas, terminológicas y lingüísticas relacionadas con la evolución de esta disciplina científica. 

Más allá de su interés paleontológico, la obra plantea una reflexión sobre el modelo actual de difusión de la investigación científica. Aunque el inglés se ha consolidado como lengua internacional de comunicación académica, los autores defienden que las lenguas romances mantienen plena capacidad para transmitir conocimiento científico con rigor, precisión y riqueza terminológica, favoreciendo además una mayor transferencia social del conocimiento. 

En este sentido, el libro reivindica el valor de publicar investigación de calidad en las lenguas maternas de los investigadores y recupera una tradición científica que durante siglos convirtió a las lenguas romances en vehículos fundamentales para el desarrollo del conocimiento en Europa y América.

La elección de La Rioja como sede del congreso no fue casual. La comunidad reúne dos elementos de extraordinario valor simbólico y científico: algunos de los yacimientos de icnitas de dinosaurios más importantes del mundo y el reconocimiento de San Millán de la Cogolla como cuna del castellano. Esa singular combinación convirtió el territorio riojano en el escenario idóneo para un encuentro destinado a estrechar los vínculos entre patrimonio natural, patrimonio lingüístico e investigación científica.

Con esta nueva publicación, el Instituto de Estudios Riojanos refuerza su compromiso con la difusión de la investigación de excelencia y con la edición de obras científicas de referencia, consolidando además el legado documental de un congreso que situó a La Rioja en el centro del debate internacional sobre el futuro de las lenguas romances en la ciencia.

La publicación está dirigida tanto a especialistas en paleontología como a investigadores de la historia de la ciencia, la lingüística y la divulgación científica, y constituye una aportación de gran valor para comprender la evolución de una disciplina que, al igual que la lengua en la que se expresa, continúa transformándose y enriqueciendo nuestro conocimiento del pasado.

El volumen, que se puede consultar en pdf en la web de Publicaciones del IER, ya se puede adquirir en la librería del Instituto (calle Portales, 2) y a través de su página web www.larioja.org/ier.

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