martes, 4 de agosto de 2020

Así evolucionó el escudo del tricerátops

Un equipo de paleontólogos, liderado por españoles, analiza cómo evolucionó esta icónica estructura anatómica de los ceratopsianos, el grupo que incluye al famoso Triceratops, durante los 65 millones de años de existencia de estos animales. El trabajo revela que esta morfología se volvió cada vez más variable a lo largo de su evolución.

Reconstrucción de un tricerátops. / Pixabay
Con más de 70 especies conocidas hasta ahora, los ceratopsianos son un clado muy diverso de dinosaurios ornitisquios, uno de los grupos dominantes de los ecosistemas terrestres en América del Norte y Asia, y que también han sido descritos en Europa durante el Cretácico superior. 
Los ceratopsianos más primitivos eran pequeños y no tenían cuernos, aunque ya presentaban una cabeza grande, un pico parecido al de las tortugas y una dentición cincelada 
El grupo incluye algunos dinosaurios con cuernos, con géneros tan conocidos como el Triceratops, con tres cuernos y unas siete toneladas de peso y que en el imaginario colectivo protagonizó grandes combates con el también famoso Tyrannosaurus rex.

Los primeros ceratopsiano aparecieron hace unos 130 millones de años en Asia y las últimas especies, como el Triceratops, persistieron hasta el final del Mesozoico, hace 66 millones de años.

Sin embargo, los ceratopsianos más primitivos eran pequeños y no tenían cuernos, aunque ya presentaban algunas características comunes al resto de especies del grupo, como una cabeza grande, un pico parecido al de las tortugas y una dentición cincelada, que se cree que contribuyó a su éxito evolutivo.

Pero quizá lo más destacable de su anatomía es el prominente escudo en la parte posterior del cráneo. En los ceratopsianos más primitivos, y que eran de tamaño relativamente pequeño, el escudo era bastante corto y estrecho, pero en los grandes (de más de una tonelada de peso), podía medir más de un metro de largo y de ancho y constituía más de la mitad de la longitud del cráneo.

Aunque en las especies tempranas el margen del escudo era liso o relativamente poco ornamentado, los ceratopsianos con cuernos presentaban osificaciones epiparietales y epiescamosales que dieron lugar a una espectacular diversidad de estructuras que se proyectaban a partir del escudo y que permiten distinguir unas especies de otras.

Configuración de los landmarks que permiten analizar la forma del escudo de 
Centrosaurus apertus (izquierda y central) y Protoceratops andrewsi (derecha).
 / ICP
En un estudio, Albert Prieto-Márquez, investigador del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont, conjuntamente con otros colegas del Field Museum of Natural History (Universidad de Minnessota), de la Universidad de Washington, del Museo Americano de Historia Natural y de la Universidad de California en Los Ángeles, analizan cómo evolucionó el escudo de los ceratopsianos durante los 65 millones de años de existencia de estos animales, así como su crecimiento a lo largo de la vida de algunos individuos de una determinada especie.

El equipo de investigación aplicó una batería de técnicas estadísticas a una muestra de 25 especies para examinar de forma cuantitativa los cambios en la forma del escudo. Estas especies representan casi la mitad de la diversidad taxonómica conocida de los ceratopsianos, desde las especies más antiguas y sin cuernos como Protoceratops (de Mongolia), hasta los Triceratops más recientes y enormes, pasando por los cornudos Styracosaurus de las grandes llanuras del norte de América del Norte.

Un "escudo" cada vez más ancho

El trabajo publicado en la revista Ecology and Evolution revela que la forma del escudo varía según el clado. Además, esta morfología se volvió cada vez más variable a lo largo de su evolución, alcanzando su máximo entre los ceratópsidos que divergieron de forma más tardía (como el Triceratops) donde las formas del escudo son extraordinariamente diversas. 
La aparición de pinchos y placas que caracterizan el escudo de decenas de especies de dinosaurios con cuernos podría haber estado relacionada con indicios visuales en las interacciones sociales de estos animales 
A medida que pasó el tiempo, estos escudos se hicieron cada vez más anchos y largos aunque gran parte de las diferencias observadas se centran en los bordes laterales del escudo y en la forma de la parte posterior. Pero, ¿cómo se produjeron estos patrones de variación y estas modificaciones? ¿Y qué repercusiones tuvieron en la función del escudo?

Los resultados indican que, en algún momento, la evolución del escudo se desacopló respecto a la del resto del cráneo. Las primeras formas (sin cornamenta y más pequeñas que las posteriores) tenían un escudo poco desarrollado cuya función era proporcionar sitios de fijación a los músculos implicados en la alimentación.

Pero a lo largo de la evolución, este desacoplamiento permitió liberar el escudo de su función alimentaria y comenzó a evolucionar a un ritmo más rápido que el resto del cráneo. Esto le permitió aumentar de tamaño hasta transformarse en estructuras extraordinariamente ornamentadas que caracterizan las especies más tardías de los ceratópsidos con cuernos como los Triceratops y Styracosaurus.

La aparición de pinchos y placas que caracterizan el escudo de decenas de especies de dinosaurios con cuernos podría haber estado relacionada con indicios visuales en las interacciones sociales de estos animales, que probablemente vivían en grandes rebaños de cientos de individuos.

Este estudio proporciona las primeras pruebas cuantitativas que apoyan las afirmaciones anteriores de que la peramorfosis (cambios filogenéticos donde los ejemplares de una determinada especie maduran más allá de los rasgos de sus especies ancestrales) tuvo un papel clave en la evolución de los ceratopsioanos.

Referencia:

Prieto-Márquez, A., García Porta, J., Joshi, S. H., Norell, M. A., & Makovicky, P. J. (2020, published online). "Modularity and heterochrony in the evolution of the ceratopsian dinosaur frill". Ecology and Evolution. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1002/ece3.6361


Adriana Mancuso: la paleontóloga mendocina que está cerca de descubrir la evolución de los dinosaurios

La investigadora lideró un grupo de trabajo cuyos resultados les permitiría arribar a conclusiones, a través de la conexión de la edad de un conjunto de piedras y un evento climático.

ADRIANA ES BIÓLOGA Y PALEONTÓLOGA, ESPECIALIZADA EN 
GEOLOGÍA. MARCELO ROLLAND/LOS ANDES
La fascinación que produce en el imaginario social la idea de que este mismo suelo haya sido habitado por dinosaurios no escapa ni al más apático de los seres humanos. ¿Quién no fantaseó alguna vez, pala en mano, con encontrar fósiles en el patio de su casa?

Adriana Mancuso, bióloga y paleontóloga especializada en geología, llegó más allá, y lideró una investigación que logró determinar la edad absoluta de un conjunto de piedras, que permitió establecer la relación entre un evento climático de considerable impacto para el planeta y la evolución de los dinosaurios.

Hasta hace muy poco, la edad de las piedras podía determinarse de manera relativa, es decir, con un margen de error por encima de un millón de años.

Mancuso logró reducir esa diferencia y precisar con mayor exactitud hechos ocurridos cuando aún no se separaban los continentes.

“Ese es uno de los pilares de este trabajo, que nos permitió atar las correlaciones con las mismas rocas de otros lugares del mundo y conectar afloramientos que no están conectados, para entender mejor el ambiente de los precursores de los dinosaurios”, comienza a explicar la científica.

Para situarnos en el alcance de esta investigación, debemos imaginar un enorme lago que surcaba el sur de Pangea y que tenía 100 kilómetros de largo por 50 kilómetros de ancho. Al separarse los continentes, las orillas y el fondo sedimentario de ese lago quedaron repartidos en distintas partes del mundo, una de ellos en el Parque Nacional Talampaya, en La Rioja.

“Es difícil entender qué ambiente representaba ese contexto, porque es un depósito muy extenso de rocas que casi no tienen estructura sedimentaria”, continúa la paleontóloga. Estas rocas, son iguales a las que afloran al Este de África, Italia y China, pero aquellas no tienen la edad absoluta determinada, como las piedras de Mancuso.

Investigadora independiente del Conicet en el Grupo Limnogeología del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (Ianigla, Conicet-UNCuyo-Gobierno de Mendoza), lideró el grupo de investigación integrado por Cecilia Benavente (Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales); Randall Irmis (Natural History Museum of Utah – Department of Geology & Geophysics, University of Utah), y Roland Mundil (Berkeley Geochronology Center).

-Una vez determinada la edad de las rocas, ¿qué siguió?

-De esa sucesión de rocas se obtuvieron datos que nos permitieron reconstruir el clima, y obtener la depositación del lago que tiene en sus costas huellas de los potenciales primeros dinosaurios. La elección no fue al azar. Contábamos con registros de huellas de dinosaurios y restos óseos de sus parientes más cercanos. 

-¿Por qué fue importante ese evento climático húmedo?

-Hace unos años se empezó a postular si la evolución de los dinosaurios estaba asociada con un hecho del Triásico tardío que fue un evento húmedo, cuando venían teniendo un clima árido muy parecido al de Mendoza, y quizá hasta más cálido porque no habían casquetes polares. Se cree que fue una erupción volcánica muy importante que se registró en el hemisferio norte de Pangea, que posiblemente ha generado cambios en el clima, volviéndolo después de eso mucho más húmedo. Nosotros logramos sostener que este evento si ocurrió. 

-¿Cómo se asocia esto con la evolución de los dinosaurios?

-En la costa de ese gran lago hay huellas que tienen la forma tridáctila típica de un dinosaurio, pero en esas huellas faltan propias de un dinosaurio, (entre los precursores y los dinosaurios estrictos pasaron millones de años), entonces hay un altísimo potencial y ayuda a la hipótesis que vincula el evento húmedo con la evolución de los dinosaurios. Lo que pasa en ese lugar es que tenemos huesos de los precursores de los dinosaurios y tenemos estas huellas. Además, inmediatamente encima de este lago, tenemos la formación Ischigualasto que es portadora de por lo menos dos de los principales grupos de dinosaurios propiamente dichos. 

-Entonces, ¿qué tan lejos está la posibilidad de que esa hipótesis sea cierta?

-Uno de los investigadores veía muchos puntos grises para asegurar esa conectividad. Es posible pero aún no se puede afirmar hasta que consigamos dataciones de otras partes del mundo.

El dinosaurio más grande es argentino 

Se les llama dinosaurios a un tipo de reptiles que ponían huevos y vivían en tierra firme, sus cráneos tenían dos agujeros detrás de las cavidades orbitarias y otro entre el ojo y las fosas nasales. Estos huecos los distinguen de sus predecesores.

Generalmente eran de enorme tamaño, cabeza pequeña, cuello y cola muy largos y extremidades anteriores más cortas que las posteriores, que estaban situadas debajo del cuerpo (no a los costados como las de los cocodrilos), lo que les daba un buen soporte a las patas para aguantar esos pesadísimos cuerpos.

El más grande de todos es argentino, se llama Patagotitan Mayorum, pero le dicen “Titanosaurio” y fue descubierto en 2013 en la Patagonia. Pesaba 70 toneladas y medía 40 metros de largo. Si levantaba el cuello, podía alcanzar un la altura de un séptimo piso.

Huellas fósiles de medusas en Constantina, vestigio de vida marina con más de 500 millones de años

Este yacimiento paleontológico, declarado Monumento Natural en 2019, es único en el mundo por la cantidad y calidad de sus huellas aportando nueva información al mundo científico 

Huella fósil de medusa en la «piedra escrita» de Constantina - A.G.
En el término municipal de Constantina, dentro del Parque Natural de la Sierra Norte de Sevilla, se encuentra este yacimiento de huellas fósiles de medusas con más de 500 millones de años. En su superficie, de unos 120 metros, se cuentan más de 90 huellas alcanzando algunas de ellas casi los 90 centímetros de diámetro y con un sorprendente estado de conservación. Razones por las que adquieren un valor incalculable, por lo que la Junta de Andalucía lo ha declarado como Monumento Natural de carácter geológico. 

La piedra sobre la que descansas estas huellas ha sido conocida popularmente como «la piedra escrita» pues se pensaba que las señales de la misma eran símbolos realizados por hombres primitivos. Gracias a pastores de la zona, un aficionado del estudio de motivos paranormales, vecino de Constantina, conoce de la piedra y realiza unas fotografías que lleva a Sevilla. 

Tras las primeras investigaciones llevadas a cabo por expertos de distintas universidades (de Sevilla, de Huelva, de Zaragoza) se determina su verdadero origen, contribuyendo las huellas de animales descubiertas, incluso, a la creación de nuevas subdivisiones en la clasificación biológica. 

Yacimiento único en el mundo

Entre 540 y 510 millones atrás, en el periodo denominado cámbrico inferior, la zona estaba cubierta por el mar. Se entiende que un brusco movimiento de aguas provocó que estas medusas quedaran enterradas sobre la piedra bajo una gran cantidad de arena. Arena que las inmovilizó y ayudó a su fosilización grabando las señales de sus esqueletos hasta el día de hoy. 

Su peculiaridad, al ser de los pocos yacimientos en tierras areniscas tan bien conservados, y su relevancia histórica han sido determinantes para que el pasado 2019 la Junta de Andalucía distinguiera a las huellas fósiles de medusas de Constantina como Monumento Natural de carácter geológico. 

A partir de aquí, las competencias de acción en ese yacimiento corresponden a la Consejería de Agricultura, Pesca y Desarrollo Sostenible sin perjuicio de encomiendas o delegaciones concretas que se puedan decretar a favor de la entidad local de Constantina. 

En este mismo decreto se prioriza la conservación y, en su caso, restauración de los elementos declarados monumentos naturales por parte de la autoridad competente. Dotando, «si fuera necesario, a los monumentos naturales de los equipamientos de uso público para hacer efectivo el ejercicio del derecho de los ciudadanos a conocer y disfrutar del medio natural». 

Los expertos advierten que el yacimiento urge acciones de conservación y protección

Los expertos advierten que el yacimiento urge acciones de conservación y protección. Por su situación, situado en una piedra inclinada, sufre la erosión de la lluvia, el viento y las pequeñas rocas que se deslicen por la ladera. De hecho, en los últimos años se ha acelerado su desgaste dejando algunas huellas casi imperceptibles. 

Desde la organización del Parque Natural de la Sierra Norte de Sevilla, se asegura que continúan las conversaciones entre la propiedad y la Consejería para la firma de un Convenio de Colaboración. Asimismo, se han iniciado los procedimientos internos para proceder a la restauración y visitas públicas al Monumento Natural. 

Este yacimiento es único por la cantidad de animales que se encuentran en él. - A.G.
La propietaria, por su parte, en declaraciones a ABC, recalca su total disponibilidad para la firma de dicho Convenio, siempre y cuando ninguna de las partes se vea perjudicada. Además, lamenta haberse enterado de la declaración de Monumento Natural por los medios, estando en su propiedad el yacimiento, y considera paradas las gestiones desde hace tres años sin percibir ningún avance en este tiempo. Por su trayectoria personal y profesional entiende que estas huellas de medusas fósiles deben ser conocidas y contribuir al enriquecimiento cultural de la sociedad. Pero, teniendo en cuenta su localización, exige consensuar el régimen de visitas a establecer. 

La apertura a las visitas de este Monumento Natural será un reclamo turístico excepcional para promocionar la comarca, amenazada por el fenómeno de la despoblación y la crisis económica. Pero, esta comarca, a tan solo una hora de una de las ciudades más pobladas de España, también presenta una riqueza natural y cultural excepcionales. 

Un atractivo más de Sierra Morena

Solo Estados Unidos, China y Australia cuentan con un descubrimiento de estas características, siendo el de Constantina único en Europa y destacado en el mundo. 

Estas huellas, vigiladas por buitres leonados y águilas imperiales, con más de 500 millones de años serán la razón por la que expertos y ciudadanos de todos los continentes pongan la equis en su mapa marcando como destino este rincón de Sierra Morena.

domingo, 2 de agosto de 2020

Tacuarembó suma otro dinosaurio carnívoro del Jurásico: con ustedes el Ceratosaurus

Dientes fósiles de Tacuarembó confirman la presencia de este género de dinosaurios por primera vez en Sudamérica y amplían su rango de distribución mundial. El recién llegado acompaña a Torvosaurus, otro dinosaurio carnívoro encontrado recientemente en el mismo departamento, con quien vivió hace 150 millones de años.

Dientes de Ceratosaurus. Grande: FC-DPV 2980. Chico: FC-DPV 1950
Foto: Federico Gutiérrez
En diciembre de 2019 los paleontólogos Matías Soto, Pablo Toriño y Daniel Perea, los tres del Instituto de Ciencias Geológicas de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, habían logrado determinar que donde hoy está Tacuarembó, hace unos 150 millones de años, había vivido un gigantesco dinosaurio carnívoro llamado Torvosaurus. En aquel lejano tiempo, el Jurásico Tardío, los dinosaurios del género Torvosaurus eran probablemente los mayores depredadores que corrían por estas tierras (que en realidad se veían muy distintas, porque en esa época Sudamérica estaba unida con África, Antártida, Australia, India, Madagascar, la península Arábiga y Nueva Zelanda, constituyendo un supercontinente llamado Gondwana).

Matías Soto. Foto: Federico Gutiérrez
Al determinar la presencia del feroz Torvosaurus en Uruguay (¡y Tanzania!), nuestros paleontólogos extendieron la distribución de esta especie casi al doble, ya que antes se había encontrado sólo en zonas de Norteamérica y Europa. Todo ello fue posible gracias a un puñado de dientes encontrados en una cantera de la ciudad de Tacuarembó y a ciencia de calidad.

Pero hoy el Torvosaurus se siente inquieto. Mientras come una presa que acaba de desgarrar con sus dientazos, nota la presencia de otro predador de tamaño considerable. Ya no está solo en la cima de los temibles carniceros del Jurásico Tardío de Sudamérica. Es cierto, ya se habían encontrado restos de dinosaurios carnívoros, pero se trataba de pequeños terópodos, no mayores que un pato, y algunos medianos, como un perro grande. Este es distinto. Tiene un cuerno sobre el hocico y pequeñas placas de hueso a lo largo del lomo. Mide unos siete metros, lo cual está lejos de los entre diez y 12 largos metros del Torvosaurus, pero aun así es un rival de cuidado. Si algo saben los grandes depredadores es que no hay necesidad de andarse enfrentando a otro carnívoro que tiene garras y dientes capaces de lesionarte de gravedad cuando el mundo está lleno de animales que no andan tan armados.

Así que el torvosaurio está turbado. El gran desierto con ríos y charcas que era Tacuarembó ya no lo tiene como único gran depredador. Olisquea el aire buscando una pista. Mira en todas direcciones. Aguza su oído. Pero nuevamente son unos dientes en las areniscas de la cantera ubicada en las afueras de la capital departamental los que aportan el dato. Y entonces Torvosaurus lo sabe: debe compartir el territorio con el icónico Ceratosaurus y su cuerno en la cabeza (Ceratosaurus significa “lagarto cornudo”). Y una vez más es mérito de los paleontólogos Soto, Toriño y Perea.

Fósiles en la cantera de Tacuarembó. Foto: Valeria Mesa
Su artículo científico “Dientes de Ceratosaurus de la Formación Tacuarembó (Jurásico Tardío, Uruguay)” recién fue publicado en la revista Journal of South American Earth Sciences, y salimos corriendo a conversar con Matías Soto. Después de su tesis de maestría en Biología sobre dientes de dinosaurios de 2010, y sobre todo luego de que identificara para Uruguay estos dos géneros de dinosaurios a partir únicamente de piezas dentales, para nosotros pasa a ser un verdadero paleodontólogo.

Superando un maracanazo

El paleodentista Matías Soto nos espera en el Departamento de Paleontología de Vertebrados de Facultad de Ciencias con dos dientes de dinosaurio en una cajita. Uno es pequeño y blancuzco y no alcanza los dos centímetros. A su lado el otro es inmenso: sobre marrones ocres asoman blancos merengados y mide más del doble, unos tres centímetros y medio. El pequeño se identifica en la colección de fósiles de Facultad de Ciencias con el código FC-DPV 1950, mientras que el gigante que lo acompaña responde a FC-DPV 2980. Tras el trabajo de los tres investigadores los dos dientes se consideran de Ceratosaurus. El pequeño 1950 podría haber pertenecido a un juvenil, lo que explicaría su menor tamaño. Pero así, menudito y todo, tiene una historia grande.

“Al diente 1950 lo encontramos en los primeros años de la década del 2000, en la localidad de Martinote, cerca de Sauce de Batoví, en Tacuarembó. Allí es donde también salen, por ejemplo, dientes de tiburón”, dice Soto. “Era un diente chiquitito y no estaba bien conservado. Se nos ocurrió que podría pertenecer a la familia de los ceratosáuridos, porque era lo más parecido”, recuerda.

Esos resultados los publicaron en 2008 en un artículo científico. Y aquí cabe la aclaración: por ceratosáuridos se entiende a una familia de dinosaurios con características particulares. Cuando uno dice Ceratosaurus se refiere a un género específico de animales de esa familia, lo cual implica una mayor precisión. El paso siguiente es el de la especie. En el caso de estos animales, se conoce por ejemplo la especie Ceratosaurus nasicornis (como ven, la primera palabra remite al género del animal, la segunda a la especie en particular). “En su momento, determinar la familia era mucho decir, porque los ceratosáuridos se habían encontrado sólo en Portugal, en Estados Unidos, y con algunas dudas, en Tanzania”, dice Soto. Por eso, y en particular teniendo en cuenta el número de la pieza, para él aquello fue “una especie de maracanazo”, ya que por primera vez esta familia de dinosaurios daba un fósil para el Jurásico sudamericano.

“Al afirmar que era un ceratosáurido extendíamos mucho su distribución. Pero alguien podría cuestionar que se tratase efectivamente de un diente de esa familia, porque no estaba muy bien preservado y porque era muy chico, mientras que los bichos eran grandes. Entonces eso quedó ahí”, dice Soto. Pero si hay algo que nunca es estático es la ciencia, aun cuando hable de cosas que pasaron hace millones de años. “En 2019 se publica una extensa y valiosa revisión de todos los dientes de dinosaurios carnívoros por parte de Christophe Hendrickx y sus colaboradores”, rememora Soto. “Allí nos citaban a nosotros como ejemplo de trabajos que se hicieron con una distribución no bien comprendida de los caracteres. Yo eso lo sentí como un palo”, dice casi con rabia. Y eso que Hendrickx es uno de sus máximos referentes.

Como decían los Clash, la rabia es poder qué puedes usar para cambiar las cosas. “Como justo tenía este otro diente, el 2980, abajo de la manga, lo quise publicar cuanto antes”, dice Soto, confirmando lo de la banda de punk inglés. “Cuando en diciembre publicamos el trabajo sobre el Torvosaurus, agarré viento en la camiseta y dije de hacer el mismo trabajo con este otro diente para confirmar la investigación de 2008. Pero se vinieron las fiestas y no llegamos”, confiesa. Pero el tiempo pasó y aquí está el trabajo.

Si el diente 1950 fue un maracanazo, el 2980 les permitió a Soto, Toriño y Perea ir mucho más allá. Y como dato nada menor, el propio Hendrickx fue uno de los revisores del trabajo. Ante lo contundente de la evidencia presentada, ahora está convencido de que aquel diente 1950 y este 2980 son de dinosaurios del género Ceratosaurus.

Haciendo hablar a un diente

El paleodontólogo Soto no recuerda bien cuándo fue que encontró el diente 2980, porque hace muchos años que están trabajando en esa cantera próxima a la Laguna de las Lavanderas, en la capital de Tacuarembó, pero estima que no fue antes de 2012. Allí es donde también aparecieron los dientes de Torvosaurus.

Cantera en Tacuarembó donde apareció el diente de Ceratosaurus.
Foto: Valeria Mesa
“Cuando ves este diente y notas que tiene determinadas crestas, estás casi seguro de que es un Ceratosaurus”, dice. En inglés el término para referirse a estas crestas es flutes, que en español vendría a ser una combinación de estrías, crestas y surcos. “¿Cómo diferenciamos este bicho de los Torvosaurus que se encuentran en la misma localidad?”, se autoentrevista Soto. “Si encontraras dientes de la parte de atrás del maxilar podría no ser tan sencillo diferenciarlos a simple vista, pero cuando encontrás un diente de adelante, por ejemplo un diente del premaxilar como este, ahí ves diferencias más notorias. A diferencia del de Torvosaurus, que tiene el borde posterior bien recto, el de Ceratosaurus tiene ese borde como desplazado hacia un lado y arqueado. Pero además, estos flutes en la cara lingual no están presentes en los dientes de Torvosaurus. Entonces este es de los pocos dinosaurios que tienen esa combinación, un borde posterior desplazado y curvo, el anterior bien cortito y las flutes en la cara lingual”.

Soto puede parecer un tipo extraño al tener presente todas estas diferencias entre dientes de dinosaurios. No en vano lo bautizamos como paleodontólogo de dinosaurios. “Mi tesis de maestría en Biología, de 2010, fue en dientes de dinosaurio. La tesis de doctorado, de 2016, es sobre todos los animales de Tacuarembó y tiene un capítulo, que es como una actualización, con dientes de dinosaurios más nuevos, más grandes. Ahí, entre otros, estaban los Torvosaurus”, explica. Así como en medicina forense puede identificarse a una persona por sus dientes, Soto vendría a ser un paleodentista que, con un trozo de hueso de dentadura de unos pocos gramos, tiene pistas para imaginarse a qué animal de varias toneladas pertenecía.

Con el trabajo minucioso bajo la lupa y el microscopio electrónico, después de medir con el calibre y detallar la morfología, Soto y sus colegas descartan muchos dinosaurios que no presentan esas características. “Comparamos estos dientes con los de otros dinosaurios y reptiles que tenían flutes. Por ejemplo, los espinosáuridos tienen flutes, pero sus dientes son más cónicos, no son curvados para atrás, sus dentículos o son diminutos o directamente no existen, y tienen otra textura cuando uno mira el esmalte con la lupa”, explica.

Ya estaban convencidos de que estaban ante dientes de Ceratosaurus. Pero al igual que hicieron para determinar al Torvosaurus, colocaron todas las características de estos dientes –además del 2980 analizaron otro más de Tacuarembó, uno de Tanzania y dos de Nigeria– en una matriz y, gracias a una base de datos alimentada por proporciones de dientes y huesos relacionados de 99 especies de dinosaurios, realizaron una clasificación. La hicieron con base en análisis multivariados (de clúster y determinante) y filogenéticos con auxilio de computadoras. “Y todo nos dio divino: el discriminante, el de clúster, el filogenético”, dice Soto con la misma sonrisa de cualquier niño o niña que habla de dinosaurios. Los dientes de Tacuarembó, hasta donde puede decir la mejor ciencia hoy, son de unos Ceratosaurus. “Grrrrrr”, bufa impotente Torvosaurus, que perdió la exclusividad del Jurásico Tardío de Tacuarembó.

¡Sudamérica dice presente!

Hasta este trabajo se conocía la existencia de fósiles del género Ceratosaurus únicamente en Estados Unidos, Portugal y, con algunas dudas, en Tanzania. En el trabajo de 2008 Soto, Toriño y Perea habían ampliado la distribución geográfica de la familia de los ceratosáuridos, pero ahora extienden el pedazo de planeta por donde corrieron y causaron miedo los dinosaurios de este género específico con un intrigante cuerno en la cabeza.

¿Podrían Soto y sus colegas haber determinado la especie a la que pertenecía este dinosaurio? Tal vez sí. “Hasta ahora se hablaba de tres especies de Ceratosaurus, pero la mayoría de los autores hoy considera que sólo es una, Ceratosaurus nasicornis. Cuando mandamos el trabajo nos preguntaron por qué no poníamos que se trataba de esa especie, la única válida hoy”, se explaya. Pero nuestro paleodentista prefiere ser precavido. “La verdad es que no me animo a decir tanto con un diente. Si encuentras un hueso que presenta algunas diferencias, entonces ya no se trataría de esa especie. Prefiero ser cauto y no tener que desdecirme después”, concluye.

Ceratosaurus. Ilustración: Felipe Montenegro
“Determinar una especie no sería fácilmente aceptado”, agrega, pero no lo hace con pesar, sino satisfecho con lo que ha alcanzado: “Determinar un género en dinosaurios ya es mucho. Como dice Daniel Perea, con un pedazo de muela de mamífero ya se puede determinar la especie, mientras que con un dinosaurio, si llegás a determinar familia ya tenés suerte. Si llegás a género ya sos un privilegiado”. Y la verdad es que son privilegiados: “Ya lo hicimos dos veces en Tacuarembó. Si me lo hubieras dicho hace unos años me hubiera reído en tu cara. ¿Cómo vamos a llegar en Tacuarembó a determinar dos géneros sólo con dientes?”, dice, y agradece que justo dieron con dientes con características particulares que los ayudaron.

Gracias al empeño, la pasión y la testarudez, nuestros paleontólogos lograron extender el rango de distribución del género Ceratosaurus y confirmar su presencia en Sudamérica. “Eso muestra cómo faltan afloramientos continentales del Jurásico Tardío entre Estados Unidos y Uruguay y entre Tanzania y Uruguay. Porque si estaban ahí y estaban acá, en el medio también estarían”, razona.

Los tres chiflados

Comenzamos diciendo que Torvosaurus se sentía inquieto porque ahora había otro gran dinosaurio carnívoro en su reino sudamericano. Pero el asunto podría ser aún peor. Torvosaurus aparece en la Formación Morrison de Estados Unidos, que como la Formación Tacuarembó, es del Jurásico Tardío. Allá apareció Ceratosaurus, aquí también. Pero dado que en Morrison y en otras formaciones similares estos dos terópodos aparecieron con otro carnívoro llamado Allosaurus... ¿podría completarse esta tríada de grandes depredadores también aquí? ¿Podría encontrarse en Tacuarembó ese tercer chiflado carnívoro? Torvosaurus sería Curly, el más grande, con sus más de 12 metros. Allosaurus sería Larry, el del medio, con poco más de ocho metros. Y a Ceratosaurus le quedaría Moe, el más pequeño de los tres, con sus siete metros... aunque habría que ver si también sería el más taimado.

“Lo venimos pensando desde hace tiempo a partir de unos dientes que me tienen mal”, confiesa Soto. Y ese “tener mal” no puede ser otra cosa que un desafío científico. “El tema es que si bien Allosaurus es de los terópodos más conocidos, sus dientes no están descritos en ningún lado. No hay un paper como hay de Tyrannosaurus o de otros bichos, con dientes bien fotografiados y medidos. Entonces no hay mucho con qué comparar en la bibliografía. Debe haber dos fotos, tres dibujos y nada más”, dice un poco desanimado.

“En mi tesis de 2010 ya había algunos que me daban como de Allosaurus. Pero ahora que hay una base de datos más grande, me empezaron a dar como de otros bichos”, dice, y se excusa de especificar cuáles porque el trabajo no está publicado. Incluso dice que tiene otros dientes con flutes que no serían de Ceratosaurus sino de otra familia diferente. ¡Además de paleodontólogo es un buen vendedor de futuras notas! Hay que estar atento: Tacuarembó seguirá dando novedades sobre el Jurásico.

Paleoplaceres
“No sabés la satisfacción personal que es para mí que Christophe Hendrickx, que es quien más sabe de dientes de dinosaurio en el mundo, te diga que sí, que tenés razón en afirmar que aquellos dientes eran de Torvosaurus y estos de Ceratosaurus. Y que encima te felicite por la calidad de la figuras de los fósiles del trabajo. Eso te da muchas ganas de seguir. Y si algún día llego a publicar junto con él, para mí va a ser como jugar un fútbol cinco con Messi”, dice Matías Soto. Ya que hablamos de satisfacciones personales, le pregunto qué disfruta más, el trabajo en el campo donde aparecen los dientes fósiles, las jornadas con la lupa y el microscopio escudriñando los dientes, o esperar a ver qué dice la computadora acerca de dónde se ubica ese diente con esas características dentro de los dinosaurios conocidos. “Es difícil, son todos eslabones de una misma cadena, todos son necesarios”, dice, siendo correcto. Pero lo sigo mirando como un Ceratosaurus famélico. Acorralado, comienza a hablar: “Creo que cuando estás esperando a ver qué te dice el análisis está bueno, es un momento en que todo se está procesando y, cuando sale el resultado, muchas veces se siente un gran alivio. Pero después en la lupa, sobre todo luego del trabajo de Hendrickx, la textura microscópica te ayuda a descartar familias enteras y te apunta hacia algunas muy acotadas”.

Sincronizando relojes

Como si fuera poco, el valor de la investigación no se agota en determinar la presencia de los Ceratosaurus en Tacuarembó, sino que además contribuye, como una buena partida de nacimiento, a determinar mejor la edad de la Formación Tacuarembó.

Pablo Toriño trabajando con fósiles en la cantera de 
Tacuarembó donde apareció Ceratosaurus.
“La presencia de Ceratosaurus y de Torvosaurus es evidencia de la edad de la formación”, dice Soto. Allí han aparecido fósiles de peces, de almejas inmensas, de tiburones de agua dulce, de tortugas y crocodiliformes. Pero eran todos animales que bien podían haber estado en el Jurásico Tardío o a principios o mediados del Cretácico. “Los fósiles de esos otros animales daban intervalos muy grandes de tiempo, de 40 millones de años o más. En cambio estos dinosaurios, Ceratosaurus y Torvosaurus, son géneros de fines del Jurásico, dan una ventana de sólo 12 millones de años, entonces acotan la edad de la formación”. Tacuarembó, entonces, gracias a estos grandes dinosaurios terópodos, confirma su antigüedad, ya propuesta por nuestros paleontólogos, de unos 150 millones de años, lo que la coloca en el Jurásico Tardío.

“Uno de mis docentes hace tiempo me decía que uno no podía hacer bioestratigrafía con dientes de dinosaurios. Fue profético, pero al revés: estos dos dinosaurios acotan mucho la edad de la formación, algo que yo mismo hubiera negado algún tiempo atrás”, dice hasta sorprendido de lo que un paleodentista puede alcanzar.

¿Se peleaban los Ceratosaurus con los Torvosaurus?

En los desiertos arenosos de Tacuarembó, salpicados por vegetación que rodeaba ríos y charcos, estaban entonces los dos grandes carnívoros. ¿Competirían entre ellos? ¿Se enfrentarían o, como muchos carnívoros, preferirían evitar encuentros en que corriera riesgo su vida?

“Pienso que había cierta repartición de nichos, por eso las diferencias en el tamaño, en la forma del cráneo y en la forma de los dientes”, hipotetiza Soto. “Se me ocurre que cuando venía el Torvosaurus, el Ceratosaurus se las tomaba. Capaz que comían presas diferentes, pero no lo sé. En la Formación Morrison Ceratosaurus es más bien raro, y al parecer vivía en ambientes diferentes a Torvosaurus”.

Imaginémonos la escena que podría haber ocurrido en Tacuarembó hace 150 millones de años. Había un carnívoro enorme, de más de diez metros, tan letal como un Tyrannosaurus rex, que era Torvosaurus. El trabajo ahora publicado por Soto, Toriño y Perea pone también en la escena al Ceratosaurus, que si bien era más pequeño, con sus siete metros, su cuerno en la cabeza y su dieta carnívora, tampoco sería un dinosaurio que dejara en paz al resto de los animales. Como vimos, probablemente estuviera allí también el Allosaurus, que por su tamaño se ubicaría entre ambos. Tres grandes dinosaurios carnívoros. ¿Qué falta en esa escena?

Foto de una recreación artística de Ceratosaurus. Foto: Petr Kratochvi
“Llama la atención esa diversidad de carnívoros terópodos. Si tomamos los dientes de terópodos chiquitos y medianos que aún no sabemos de qué terópodos son, y los grandes, que sí sabemos a quiénes pertenecen, tenemos al menos cinco especies de dinosaurios carnívoros. Esa diversidad que encontramos en estos dinosaurios carnívoros no la hemos encontrado todavía en animales herbívoros”, dice Soto. Y confirmando el mote de paleodontólogo dice: “Por eso quiero encontrar dientes de herbívoros”.

“Tantos terópodos nos hace replantear un poco la idea del desierto que nos imaginamos para Tacuarembó. Porque si la punta de la pirámide trófica es tan amplia, con tantos carnívoros, la base tiene que ser mucho más grande aún”, teoriza. Los asesinos están alineados y contra la pared, o mejor dicho, contra la ladera que estaba expuesta en la cantera y en varios afloramientos de la Formación Tacuarembó. Pero de los asesinados, que debieron ser mucho más abundantes, esas canteras no han arrojado muchas pistas. Donde hoy está Tacuarembó, hace 150 millones de años se extendía el desierto Botucatu, surcado por ríos efímeros y permanentes, y con dunas (que al llegar a la parte más reciente de la formación, digamos hacia el Cretácico, desaparecieron y aumentó la aridez).

“Todavía no han aparecido dientes de herbívoros, sólo huellas”, dice Soto. Un carnívoro que no come herbívoros terrestres, tal vez, entonces, no tiene más remedio que comer peces. “Y vaya si había peces grande en Tacuarembó, como los celacantos sobre los que Pablo Toriño está haciendo su tesis doctoral”, exclama. Eso podría tener algo que ver con los flutes de los dientes del ceratosaurio: se ha visto que los flutes sirven para atrapar presas resbalosas. “Sobre todo cuando son cónicos, como en los cocodrilos y los espinosarurios y algunos reptiles marinos”, agrega nuestro paleodentista. Pero Soto piensa que imaginarse a estos animales comiendo peces sería raro: “En Ceratosaurus ni el cráneo, ni la cola, ni los otros dientes apoyan esa teoría, como sí la apoyan en el caso de los espinosaurios, para los cuales esto está demostrado por la forma del cráneo, de la cola, las costillas y los dientes, más la evidencia de tener escamas de peces en los contenidos estomacales”.

Y su pálpito ha sido confirmado con más ciencia. “Con una colega suiza, Léa Leuzinger, estamos haciendo análisis isotópicos con todos los dientes encontrados en Tacuarembó, de peces, de dinosaurios y de cocodrilos, y nos arrojan que estos terópodos no se alimentarían de peces sino de animales terrestres”, adelanta Soto. (Además de compartir la paleontología, Soto y Leuzinger tienen otras dos cosas en común: nacieron en la misma ciudad suiza, Lausana, y ambos bailan un ritmo angoleño llamado kizomba. Estudiar tales coincidencias escapa el alcance de esta nota).

Así que el Ceratosaurus de Tacuarembó sería un buen uruguayo: en lugar de comer peces, preferiría la carne de herbívoro. Al vernos se sentiría identificado. “Habiendo encontrado huellas de ornitópodos y saurópodos en la Formación Tacuarembó, creo que estos dinosaurios tenían bichos terrestres para comer. Seguramente los saurópodos eran para depredadores más grandes, como Torvosaurus, pero tal vez Ceratosaurus podría comer animales enfermos o juveniles, y obviamente la carroña”.

Lo de los flutes no debe engañarnos. “Presas resbalosas no tienen por qué ser sólo peces”, dice Soto. De hecho, en el lejano Jurásico, hace 150 millones de años, además de tortugas, cocodrilos y muchos otros reptiles y dinosaurios, familiares nuestros ya caminaban por el planeta: aunque de tamaños más bien modestos, los mamíferos compartían el mundo con estos dinosaurios. ¿Sería algunos de ellos esa presa resbalosa para los dientes con ranuras de los Ceratosaurus? “Ese es el gran sueño de Daniel Perea, encontrar mamíferos en la Formación Tacuarembó. Pensamos que si seguimos trabajando, Tacuarembó va a seguir dando sorpresas”, dice confiado Soto, aun cuando la cantera del Barrio Obrero de Tacuarembó, donde aparecieron los mejores fósiles de dinosaurios del Jurásico de Uruguay, haya sido sepultada y arrasada con los afloramientos. “Ya aparecerán otras canteras”, dice con una mezcla de resignación y esperanza.

Artículo: “Ceratosaurus (Theropoda, Ceratosauria) teeth from the Tacuarembó Formation (Late Jurassic, Uruguay)”.

Publicación: Journal of South American Earth Sciences (aprobado para publicación en 2020).

Autores: Matías Soto, Pablo Toriño, Daniel Perea.


sábado, 1 de agosto de 2020

“Lusovenator santosi” Una nueva especie de dinosaurio carnívoro de Portugal adelanta el origen de los carcarodontosaurios en Europa

Lusovenator habitó la cuenca lusitánica (centro-oeste de Portugal) hace unos 145 millones de años. Esta nueva especie pertenece al grupo de los carcarodontosaurios y su hallazgo sitúa la presencia de estos carnívoros en el hemisferio norte 20 millones de años antes de lo que indicaba el registro conocido. Lusovenator que significa cazador de Lusitania, ha sido identificado por un equipo de paleontólogos de la UNED y la Universidad de Lisboa.
               
Reconstrucción del aspecto en vida de Lusovenator santosi
 (Autor: Carlos de Miguel Chaves para el GBE)
El hallazgo de esta nueva especie sitúa a la península ibérica como una región fundamental para comprender como se produjo el evento de dispersión de los carcarodontosaurios en el hemisferio norte a finales del Jurásico, muchos millones de años antes de que estos dinosaurios se convirtiesen en los grandes depredadores de los ecosistemas del hemisferio norte en el Cretácico Inferior y acabasen siendo los depredadores terrestres más grandes en el hemisferio sur a finales del Cretácico.

Un equipo de paleontólogos portugueses y españoles liderado por Elisabete Malafaia y que cuenta con investigadores asociados al Instituto Dom Luiz de la Universidad de Lisboa, al grupo de Grupo de Biología Evolutiva de la UNED y a la Sociedad de Historia Natural de Torres Vedras (Portugal), ha identificado una nueva especie de dinosaurio carnívoro en el del Jurásico Superior de Portugal a la que han denominado Lusovenator santosi.

Elementos esqueléticos de Lusovenator santosi, de un ejemplar juvenil de unos 
3 metros  hallados en Praia de Valmitão (Lourinhã). Imagen GBE
Esta nueva especie ha sido identificada a partir de restos recogidos en las dos últimas décadas en los yacimientos de Praia de Valmitão (Lourinhã) y Cambelas (Torres Vedras), ambos situados en el litoral portugués a unos 60 Km al norte de Lisboa. Inicialmente, estos restos se atribuyeron a una forma cercana al terópodo Allosaurus, uno de los dinosaurios carnívoros mejor conocidos y más abundantes del Jurásico Superior. Sin embargo, un análisis más detallado de los restos ha permitido relacionarlos con los carcarodontosaurios, un grupo hasta ahora desconocido en niveles tan antiguos en el hemisferio norte.

Los carcarodontosaurios son un grupo de dinosaurios carnívoros que incluye alguno de los mayores depredadores que han habitado el planeta. Este grupo ya está representado en Europa en el Cretácico Inferior por especies de tamaño medio, pero las formas de mayor tamaño son abundantes al final del Cretácico en distintas áreas del hemisferio sur, como por ejemplo Carcharodontosaurus en África o Giganotosaurus en Argentina. En la península ibérica el grupo solo estaba representado por Concavenator corcovatus, identificado en el yacimiento conquense de Las Hoyas por miembros del mismo equipo que han reconocido el material portugués y entre los que se encuentran los paleontólogos del Grupo de Biología Evolutiva de la UNED, Francisco Ortega, Fernando Escaso, Elisabete Malafaia y Pedro Mocho, estos dos últimos ahora vinculados a la Universidad de Lisboa. 

La referencia al grupo más antigua conocida hasta el momento procedía del registro africano de Tanzania. Lusovenator es de la misma edad que los fósiles africanos y constituye la primera evidencia de carcarodontosaurios en el Jurásico Superior del hemisferio norte y resulta un elemento relevante para entender la historia evolutiva de este grupo de dinosaurios a la vez que destaca el papel decisivo que jugó la península ibérica a finales del Jurásico en la dispersión de grupos de dinosaurios que serán muy relevantes en los ecosistemas que se desarrollarán posteriormente durante el Cretácico. La descripción detallada de estos restos fósiles, que acaba de ser publicada en la revista científica Journal of Vertebrate Paleontology ha permitido ampliar la diversidad de dinosaurios terópodos conocidos en el Jurásico Superior portugués, que constituye uno de los mejores registros del Jurásico Superior europeo. Hasta el momento, la fauna de terópodos de Jurásico Superior de Portugal se componía principalmente por formas estrechamente emparentadas con especies contemporáneas y bien conocidas de la Formación Morrison de Norteamérica como son Ceratosaurus, Torvosaurus y Allosaurus. Sin embargo, no se conocen carcarodontosaurios en América del Norte hasta el Cretácico Inferior. Esta situación podría explicarse por la aparición de corredores de fauna a través del Atlántico Norte a principio del Cretácico. 

El descubridor de los restos, Joaquim dos Santos, junto a Elisabete Malafaia 
(UL-GBE)
El nombre genérico de la nueva especie, Lusovenator, significa cazador de Lusitania, mientras que el nombre específico es un homenaje a José Joaquim dos Santos, un aficionado de la paleontología que a lo largo de más de 30 años ha descubierto un gran número de yacimientos con dinosaurios en la región oeste de Portugal en colaboración con los grupos de investigación que trabajan en la zona.

En la actualidad la colección de restos fósiles descubiertos por José Joaquim dos Santos pertenece a la Câmara Municipal de Torres Vedras y está gestionada por la Sociedad de Historia Natural y contienen ejemplares tan conocidos como la serie tipo del dinosaurio saurópodo Oceanotitan dantasi, el pequeño ornitópodo Eousdryosaurus nanohallucis, o la tortuga Hylaeochelys kappa.

Investigación sobre moluscos de millones de años reveló que hubo clima tropical en sur de Chile

El Geólogo y paleontólogo de invertebrados, Sven Nielsen, Doctor en Ciencias Naturales e Investigador del Instituto de Ciencias de la Tierra de la U. Austral de Chile, señaló que especies descritas inicialmente hace 133 años, dan cuenta de un ecosistema muy distinto al que conocemos hoy en la zona sur de Chile, con una temperatura del agua de cinco grados más. Suficiente para que muchos organismos migraran, o se extinguieran.

Universidad Austral.
Como una “actualización” al trabajo hecho hace más de 100 años por Rodulfo Amando Philippi (1808-1904), naturalista alemán avecindado en Chile en el siglo XIX, así define Sven Nielsen -quien también es académico del magister en paleontología de la U. Austral- a los resultados recientemente publicados por la revista científica Ameghiniana, investigación que logró identificar y renombrar dos moluscos extintos que habitaron en las costas chilenas hace unos 20 millones de años (aprox).

Un poco de historia

Fue hace 169 años que Rodulfo Amando Philippi zarpó desde Hamburgo (Alemania) rumbo a Valparaíso, dejando atrás a su familia, su biblioteca y una colección de conchas fósiles, este naturalista de principios republicanos aceptó la invitación de viajar a Chile luego de la restauración de las monarquías absolutas en Europa, hecho por el cual se le despojó de sus cargos académicos, limitando su vida de investigador.

Rodulfo Amando Philippi.
Una vez en Chile, adquirió diversas responsabilidades y cargos de docencia, sumado a ellas realizó varias expediciones científicas importantes por todo Chile, recopilando información detallada del patrimonio natural, redactando una serie de textos en los que se recopila, clasifica y describe el patrimonio natural de la nación.

Así, este intelectual y explorador publicó en 1887 una obra “Los fósiles terciarios y cuartarios de Chile”, en la cual describió tres especies cenozoicas del género Mitra (Mitridae): Mitra martini, Mitra chiloensis y Mitra distorta.

A 133 años de este trabajo, un científico alemán también radicado en Chile, el académico e investigador de la U. Austral Sven Nielsen, repite la historia, actualizando el trabajo realizado por su compatriota hace más de un siglo con dos moluscos extintos que alguna vez habitaron las costas chilenas, hace aproximadamente 20 millones de años.

Los moluscos y el clima tropical

“Lo que logramos fue, principalmente, redescribir dos especies que Philippi ya describió”, explicó Nielsen, geólogo, doctor en ciencias naturales e investigador del Instituto de Ciencias de la Tierra de la Universidad Austral.

“Como era la moda en ese tiempo, las descripciones de Philippi son sumamente breves, de tres líneas y si uno lo lee, aunque están en latín, básicamente incluye lo que hoy consideramos una familia (unidad de clasificación de animales que abarca géneros y especies). Entonces es bien difícil, entender la diferencia de ésta con otros animales”, agrega el investigador del Instituto de Ciencias de la Tierra, UACh.

BioOne.
En su investigación, publicada en la revista científica Ameghiniana, Sven Nielsen y Francisca A. Ampuero (UdeC) revisaron las descripciones de dos especies de moluscos del Mioceno, época que se extiende desde hace 25 millones de años hasta 5 millones de años. En su estudio, encontraron dos caracoles descritos por el naturalista alemán en 1887: Mitra Martini, renombrada y reclasificada como Profundimitra lacuiensis, y Mitra chiloensis, asignada al género Austromitra.

“Tuvimos que cambiar el nombre porque el que tenía ya existía de antes para otra especie, y eso, por norma, no se puede mantener. (…) Esta otra especie fue nombrada básicamente en una nota del pie en un trabajo sobre fósiles de Sumatra. No es un error, es simplemente que Philippi no sabía de esto y por casualidad o desafortunadamente, usó el mismo nombre. Entonces había que arreglarlo para cumplir las reglas que existen dentro de la nomenclatura de animales”, señala el investigador de la U. Austral.

Un Chile tropical

El trabajo realizado por Sven Nielsen- quien también es académico del magister en paleontología de la U. Austral- comprende una revisión completa de los moluscos marinos (gastrópodos, bivalvos, entre otros) del Mioceno Inferior, a lo largo de todas las zonas donde afloran justamente rocas con este tipo de fauna fósil.

Una de las más trabajadas, por ejemplo, es la Formación Navidad, descrita originalmente por Charles Darwin y que se extiende entre las regiones de Valparaíso y O`Higgins; más al sur, existen otras afloramientos con fauna similar en Arauco, Valdivia, Chiloé, también el archipiélago Los Chonos y otra formación con fauna parcialmente similar en la península Taitao. Justamente estas últimas han sido menos visitadas porque requieren de otro tipo de preparación para poder trabajar.

“Un día la lancha nos dejó en una de las islas de Los Chonos y al poco rato el tiempo se puso malo y comenzó a llover ¿tú sabes cómo llueve aquí en el sur? (Dice Nielsen), y con mucho viento. Nosotros habíamos dicho que nos fueran a buscar a las siete de la tarde, entonces la lancha se fue a refugiar a una bahía y nosotros con lluvia no podíamos hacer nada. -Estábamos mojados hasta los calzoncillos-, enfatiza, y en una pausa de lluvia, cortamos unas hojas de nalca y nos armamos una ruca y nos sentamos a esperar que nos fueran a buscar. El trabajo de ese día era como de dos o tres horas, el resto del día fue mejorar la ruca o esconderse bajo las nalcas”, recuerda el investigador.

Junto con la anécdota, el paleontólogo deja entrever una serie de cambios ambientales que ha sufrido el territorio chileno a lo largo de los últimos millones de años.

“Estas especies tienen cerca de 20 millones de años de antigüedad y está bien establecido desde hace más de un siglo que aquí hubo un clima tropical a subtropical. El clima global era bastante cálido”, insiste Nielsen.

A un nivel regional, la presencia de estos organismos, más bien tropicales, hablan de que aparentemente el ecosistema de la corriente de Humboldt no era como hoy.

“Esta corriente o no existía todavía o si existía era bastante más leve o bastante más fuera de la costa”, plantea Nielsen, como parte de las proyecciones de la investigación, justificándose en que la presencia de esta corriente oceánica, originada por el ascenso de aguas profundas y que trae aguas de la Antártica hoy enfría la costa pacífica de Sudamérica, desde la zona central de las costas chilenas hasta el ecuador, lo que no se relaciona con la presencia de estos organismos, ni otros, como tiburones, estudiados previamente por el autor.