martes, 4 de agosto de 2026

El nuevo tesoro paleontológico hallado en Burgos que revela a uno de los dinosaurios más grandes de la región

Los expertos la han datado en la primera mitad del Cretácico, hace más de 125 millones de años

Retirada icnita. (Fotos del Colectivo Arqueológico y Paleontológico
 de Salas y del Museo de Dinosaurios)
El Museo de Dinosaurios y el Colectivo Arqueológico y Paleontológico de Salas de los Infantes han recuperado una icnita de dinosaurio en las proximidades de la localidad, tras su descubrimiento por Luis Ángel Izquierdo, informador y guía del Museo. Su estado de conservación es bueno, aunque muestra marcas de un cierto deterioro por su exposición a la intemperie.

La icnita en pala excavadora.
Se trata de una réplica natural o relleno de una huella original, formada al depositarse sedimento dentro del hueco de la huella, y posteriormente la capa original en la que pisó el animal desapareció por erosión. De ese modo lo que se ha conservado es un molde fosilizado original de la huella, que quedó en forma de una roca aislada en el monte.

Transporte de la icnita.
La mencionada huella es de un gran tamaño (unos 78 cm de longitud y 35 de grosor o profundidad) y conserva la réplica de cinco dedos en su parte anterior, además su forma general es aproximadamente rectangular, con su mitad anterior más ancha. Asimismo, presenta marcas en forma de surcos correspondientes al arrastre de las escamas del pie al penetrar en el barro.

Anatomía icnita con dedos.
Con esta información se ha podido deducir que se trata de la huella del pie de un dinosaurio saurópodo (herbívoros, cuadrúpedos, cola y cuello largos, grandes dimensiones). Los investigadores del Museo de Salas de los Infantes la han identificado como perteneciente a un Titanosauriforme, grupo en el que figuran Brachiosaurus o el burgalés Europatitan.

Titanosauriforme.

En cuanto a su ubicación en el tiempo, los expertos la han datado en la primera mitad del Cretácico, hace más de 125 millones de años. A partir de la longitud de la huella se puede calcular la longitud total de la extremidad posterior, hasta la cadera: aprox. 3,1 metros, lo que le caracteriza como un dinosaurio gigante. Se trata del primer dinosaurio gigante de esa edad que se registra en la Sierra de la Demanda burgalesa, y sería uno de los más grandes del conjunto de la Cuenca sedimentaria de Cameros, que se extiende desde Burgos a Soria y La Rioja. Además, permite a los investigadores completar la información sobre la fauna de los ecosistemas cretácicos del sureste de Burgos.

Un dinosaurio burgalés en Japón

Durante el pasado mes de julio, la XXII Campaña de excavaciones paleontológicas en la Sierra de la Demanda se ha centrado en la limpieza y conservación de dos yacimientos de icnitas de dinosaurios. Uno de ellos ha sido Las Sereas 7, próximo a Quintanilla de las Viñas, que atesora un conjunto de icnitas bien conservadas, entre las que destacan varias con unas características que, desde el momento de su descubrimiento, llamaron la atención de los paleontólogos. Se identificaron como pertenecientes a dinosaurios saurópodos, pero la forma y disposición de los dedos del pie resultaban muy extrañas al compararlas con las existentes en otras partes del planeta.

Iniestapodus en Museo Fukui de Japón.

Iniestapodus en Museo Fukui de Japón.


Iniestapodus en Museo Fukui de Japón.

Tras un estudio detallado, los investigadores concluyeron que se trataba de un tipo de huellas desconocido hasta ese momento, y publicaron su estudio en la revista científica Scientific Reports, del grupo editorial de la prestigiosa Nature (https://www.nature.com/articles/s41598-021-95675-3 ). La nueva huella recibió un nombre para caracterizarla: Iniestapodus burgensis, procedente del inicio del Cretácico, hace unos 144 millones de años de antigüedad (de las más antiguas de Burgos). El nombre científico constituye un doble homenaje: a la provincia burgalesa y al futbolista Andrés Iniesta, que marcó el gol que dio a España la Copa del Mundo en 2010.

El tuvo una alta repercusión mediática tras su publicación, y recientemente ha ampliado su impacto hasta Asia. De hecho, el Dr. Yuta Tsukiji, del Museo de Dinosaurios de la Prefectura de Fukui (Japón), se puso en contacto hace unos meses con el Museo de Dinosaurios salense, para solicitarle una réplica de las huellas de Iniestapodus. Gracias a la elaboración de modelos 3D virtuales que se realizaron durante las excavaciones en Las Sereas 7, se hicieron llegar al museo japonés unos archivos informáticos que han permitido reproducir dichas huellas en una impresora 3D.

Esas reproducciones en 3D se han podido ver en la Exposición Especial 2026 'Saurópodos: las criaturas terrestres más grandes que sacudieron la Tierra' que desarrolla el Museo de Fukui desde el 10 de julio hasta el 3 de noviembre de 2026. En la información que difunde ese Museo se explica: «La exposición profundiza en el tamaño imponente y los misterios evolutivos de los saurópodos, presentando especímenes principalmente de Japón, China y España, incluyendo el 'Titán de Xinjiang' de China (esqueleto in situ de 19 m). Presentará la primera exhibición pública mundial del fósil de huella 'Iniestapodus' y la primera vez que se exhiben juntos saurópodos de todas las localidades japonesas».

burgosconecta.es

Hallan en Burgos una huella de dinosaurio gigante de más de 125 millones de años

La icnita, de 78 centímetros de longitud, pertenece a un saurópodo titanosauriforme y es una de las mayores localizadas en la cuenca de Cameros

C.A.S. y Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes.
El Colectivo Arqueológico y Paleontológico Salense y el Museo de Dinosaurios han hallado en la sierra de la Demanda, en la provincia de Burgos, una icnita (huella fósil) de dinosaurio de 78 cm de longitud y 35 de grosor, que correspondería a un dinosaurio saurópodo gigante de la primera mitad del cretácico, con más de 125 millones de años de antigüedad.

El descubrimiento, el primero relativo a un dinosaurio gigante de esta edad localizado en la sierra burgalesa y uno de los mayores del conjunto de la cuenca sedimentaria de Cameros (Burgos, Soria y La Rioja), presenta un buen estado de conservación aunque con marcas de deterioro por su exposición a la intemperie.

El Colectivo Arqueológico y Paleontológico y el Museo de los Dinosaurios han explicado en nota de prensa que el hallazgo, que se ha producido cerca de Salas de los Infantes, es obra del informador y guía del museo Luis Ángel Izquierdo.

C.A.S. y Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes.
Es una réplica natural o relleno de una huella original, formada al depositarse sedimento dentro del hueco de la huella, de un gran tamaño (unos 78 cm de longitud y 35 de grosor o profundidad), y que conserva la marca de cinco dedos en su parte anterior, con una forma rectangular y más ancha en su mitad anterior. La icnita, que se ha traslado al Museo para su limpieza, consolidación y estudio, presenta marcas en forma de surcos correspondientes al arrastre de las escamas del pie al penetrar en el barro.

Un titanosauriforme gigante en la sierra burgalesa

Los investigadores la han identificado como una huella del pie de un dinosaurio saurópodo, y en concreto de un Titanosauriforme, grupo en el que figuran Brachiosaurus o el burgalés Europatitan.

Y estaría datada en la primera mitad del cretácico, hace más de 125 millones de años.

Además, por sus dimensiones calculan que la longitud de la extremidad posterior, hasta la cadera, sería de unos 3,1 metros, lo que determina que se trataría de un dinosaurio gigante.

El hallazgo ha tenido lugar mientras se ha celebrado la XXII Campaña de excavaciones paleontológicas, que este año se ha centrado en la limpieza y conservación de dos yacimientos de icnitas de dinosaurios: Las Sereas 7, próximo a Quintanilla de las Viñas, y La Pedraja, en Mambrillas de Lara, que forman parte del megayacimiento Las Sereas, de unos 5 kilómetros de longitud y donde se localizan 14 afloramientos del Cretácico.

Las Sereas 7 atesora un conjunto de icnitas bien conservadas, entre las que destacan varios rastros de un tipo de icnita única en el planeta: Iniestapodus burgensis, de 144 millones de años y que debe su nombre a Andrés Iniesta, en homenaje al jugador que marcó el gol que dio a España la Copa mundial de fútbol en Sudáfrica 2010.

El descubrimiento tuvo una alta repercusión mediática, y recientemente ha ampliado su impacto hasta Asia, desde donde el Museo de Dinosaurios de la Prefectura de Fukui (Japón) ha solicitado una réplica, que se ha remitido a través de modelos 3D virtuales que se realizaron durante las excavaciones en Las Sereas 7. La copia en 3D se muestra en la Exposición Especial 2026 'Saurópodos: las criaturas terrestres más grandes que sacudieron la Tierra', que organiza el museo de Fukui desde el 10 de julio hasta el 3 de noviembre, y que profundiza en los misterios evolutivos de los saurópodos con restos recuperados en Japón, China y España.

deia.eus

La paleontología burgalesa suma un nuevo gigante y conquista los museos de Japón

El Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes recupera una icnita de saurópodo de 78 centímetros, mientras una réplica de la huella única Iniestapodus burgensis se exhibe por primera vez en un museo japonés

Icnita en la pala excavadora. C.A.S. y Museo de Dinosaurios de Salas.
La Sierra de la Demanda vuelve a situarse en el mapa mundial de la paleontología con un doble hito científico. Por un lado, el Museo de Dinosaurios y el Colectivo Arqueológico y Paleontológico de Salas de los Infantes han recuperado una excepcional huella fósil de un dinosaurio saurópodo gigante de más de 125 millones de años de antigüedad. Por otro, una réplica de la icnita única Iniestapodus burgensis, descubierta también en Burgos, forma parte desde este verano de una gran exposición internacional en Japón.

El nuevo hallazgo ha sido posible gracias al descubrimiento realizado por Luis Ángel Izquierdo, informador y guía del Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes. La pieza, localizada en las proximidades de la localidad burgalesa, ha sido trasladada al museo para su limpieza, consolidación y estudio tras una compleja operación en la que fue necesario emplear maquinaria pesada debido a sus dimensiones.

Anatomía icnita con dedos. C.A.S. y Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes.
La icnita, de unos 78 centímetros de longitud y 35 de grosor, no es la huella original, sino su réplica natural. Se trata del relleno fosilizado que quedó cuando el sedimento ocupó el hueco dejado por el pie del dinosaurio y, posteriormente, la superficie sobre la que caminó desapareció por efecto de la erosión. El resultado es un molde natural que ha permanecido aislado durante millones de años.

El fósil conserva la impronta de cinco dedos y presenta incluso surcos producidos por el arrastre de las escamas del pie al hundirse en el barro, un nivel de detalle que permitirá profundizar en el conocimiento de estos grandes herbívoros.

Los investigadores del Museo de Dinosaurios han identificado la huella como perteneciente a un dinosaurio saurópodo del grupo de los Titanosauriformes, al que pertenecen especies tan conocidas como Brachiosaurus o el burgalés Europatitan. Su antigüedad se sitúa en la primera mitad del Cretácico, hace más de 125 millones de años.

Titanosauriforme.
A partir del tamaño de la huella, los paleontólogos estiman que la extremidad posterior del animal alcanzaba unos 3,1 metros de longitud hasta la cadera, lo que lo convierte en un dinosaurio de dimensiones gigantescas. Se trata del primer ejemplar de este tamaño documentado para esa época en la Sierra de la Demanda y de uno de los mayores registrados en toda la Cuenca de Cameros, que se extiende por Burgos, Soria y La Rioja. El descubrimiento permitirá completar el conocimiento sobre los ecosistemas cretácicos del sureste de la provincia.

Un dinosaurio burgalés que triunfa en Japón

El reconocimiento internacional de la paleontología burgalesa no se limita a este descubrimiento. Durante la última campaña de excavaciones, los investigadores han continuado trabajando en el yacimiento de Las Sereas 7, próximo a Quintanilla de las Viñas, donde se localizaron hace años unas huellas tan singulares que dieron lugar a una nueva icnoespecie: Iniestapodus burgensis.

Publicada en 2021 en la revista científica Scientific Reports, del grupo editorial Nature, esta icnita, datada hace unos 144 millones de años, recibió un nombre que rinde homenaje tanto a Burgos como al exfutbolista Andrés Iniesta, autor del gol que dio a España el Mundial de 2010.

La repercusión de aquel descubrimiento ha llegado ahora hasta Asia. El Museo de Dinosaurios de la Prefectura de Fukui (Japón) solicitó al museo salense una reproducción de las huellas, que ha podido realizarse mediante modelos digitales en tres dimensiones obtenidos durante las excavaciones.

La réplica se exhibe desde el pasado 10 de julio y hasta el 3 de noviembre en la exposición especial "Saurópodos: las criaturas terrestres más grandes que sacudieron la Tierra", donde comparte espacio con fósiles procedentes de Japón, China y España. La muestra presenta por primera vez al público una reproducción de Iniestapodus burgensis y reúne ejemplares de saurópodos de todas las localidades japonesas.

Iniestapodus en el Museo de Fukui (Japón).
Como curiosidad, los responsables del museo japonés solicitaron también la opinión de los paleontólogos burgaleses sobre Andrés Iniesta —muy recordado en Japón tras su etapa en el Vissel Kobe— y sobre las posibilidades de la selección española en el Mundial de 2026. La confianza mostrada por los investigadores en una victoria española terminó convirtiéndose en una predicción acertada y esos comentarios forman parte del contenido expositivo junto a la reproducción de la huella.

Un referente científico desde Burgos

El Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes celebrará el próximo mes de septiembre su 25 aniversario convertido en uno de los principales centros de investigación paleontológica de España. Entre sus fondos conserva especies únicas como Demandasaurus, que aportó evidencias sobre las migraciones de dinosaurios entre Europa y África hace 130 millones de años; Foskeia pelendonum, considerado el dinosaurio ornitópodo más pequeño del mundo, y Europatitan eastwoodi, un saurópodo gigante de unos 25 metros de longitud.

Los responsables del museo consideran que estos nuevos hitos consolidan a la Sierra de la Demanda como uno de los enclaves paleontológicos de referencia en Europa y evidencian el impacto científico, cultural y turístico que este patrimonio genera para la comarca, al tiempo que reclaman un mayor compromiso de las administraciones autonómicas para impulsar un proyecto que ya ha logrado un amplio reconocimiento internacional.

burgosnoticias.com

sábado, 1 de agosto de 2026

Cómo el polvo y la radiación térmica sellaron el destino de los dinosaurios

Un estudio internacional revela el papel clave de una nube de polvo y calor extremo tras el impacto del asteroide de Chicxulub y logra identificar la composición exacta del meteorito que terminó con el reinado de los dinosaurios

El impacto del asteroide Chicxulub provocó una nube de polvo que atrapó el calor
y convirtió la Tierra en un entorno letal para la vida terrestre (Freepik)
Hace 66 millones de años, un solo día alteró el rumbo de la vida en la Tierra. El impacto de un asteroide cerca de lo que hoy es la península de Yucatán, en México, produjo una serie de fenómenos que extinguieron gran parte de la biodiversidad, poniendo fin a la era de los dinosaurios.

Durante décadas, la comunidad científica discutió los mecanismos detrás de esa extinción masiva: ¿la muerte fue consecuencia de incendios globales, de un invierno prolongado por el polvo en la atmósfera, o de una combinación letal de ambos fenómenos?

Una infografía explica cómo el impacto de un asteroide
hace 66 millones de años convirtió la Tierra en un horno
letal y causó la extinción de los dinosaurios.
 (Imagen Ilustrativa Infobae)
Investigaciones recientes arrojan luz sobre el papel del calor atrapado en la atmósfera y aportan una pieza clave: la huella química que permite identificar el tipo exacto de meteorito que originó el cráter de Chicxulub.

El nuevo trabajo, publicado en Journal of Geophysical Research: Biogeosciences, sostiene que la mayoría de los dinosaurios y otros grandes vertebrados desaparecieron en cuestión de horas por el efecto de una capa de polvo que convirtió la superficie del planeta en un gigantesco horno.

Solo aquellos animales capaces de refugiarse bajo tierra o sumergirse en aguas profundas sobrevivieron al infierno.

Alexandria Johnson, profesora en Purdue, explicó: “Descubrimos que la capa de polvo era tan impermeable a la radiación que atrapó prácticamente todo el calor generado por la caída de las esférulas cerca de la superficie del planeta. Es como si el polvo actuara como la tapa de una olla”.

Calor, polvo y un efecto letal: cómo la Tierra se transformó en una trampa térmica

Investigadores revelaron que la radiación térmica generada tras el impacto fue
17 veces mayor a la necesaria para matar a un ser humano (Freepik)
El impacto del asteroide, con un diámetro estimado de 12 kilómetros, desintegró no solo la roca espacial sino también una enorme porción de la corteza terrestre. Más de mil kilómetros cúbicos de material —roca vaporizada, partículas de suelo, restos de plantas y animales y fragmentos del propio meteorito— fueron lanzados hacia la atmósfera y más allá. Parte de ese material escapó al espacio, pero la mayoría volvió a caer.

“Las esférulas pueden atravesar la atmósfera y separarse del vapor de roca al ser desaceleradas por las fuerzas de arrastre; ese distinto comportamiento es clave en lo que seguiría después”, explicó Brandon Johnson, experto de la Universidad de Purdue.

Las esférulas, pequeñas como granos de azúcar, al rozar la atmósfera en su descenso generaron calor intenso, como sucede en la reentrada de cápsulas espaciales.

Este proceso, junto con la nube de polvo fino que quedó suspendida, provocó un fenómeno singular: el polvo formó una capa casi impenetrable que no solo bloqueó la luz solar, sino que impidió que el calor generado por la caída de esférulas y otros fragmentos escapara hacia el espacio. El resultado fue una radiación térmica 17 veces mayor a la necesaria para matar a un ser humano.

El trabajo de campo en el yacimiento de Tanis, en Dakota del Norte, resultó esencial para reconstruir el evento. Allí, a 3.000 kilómetros del impacto, se halló una capa repleta de animales muertos casi al instante, cubierta por un tenue estrato de polvo extraterrestre. Se descubrieron peces con esférulas en las branquias, lo que demuestra que la muerte fue súbita y global.

En el yacimiento de Tanis, en Dakota del Norte, Estados Unidos, encontraron en
2012 una capa de infinidad de animales muertos casi al instante. Por encima de
ellos, una fina capa de polvo extraterrestre. - Universidad de Kansas
Los autores concluyen que “toda esa enorme energía cinética tiene que ir a alguna parte y, al final, se transforma en calor”. El polvo funcionó como un sello, rebotando el calor de vuelta al suelo y manteniendo la superficie a temperaturas letales.

La consecuencia inmediata fue la muerte masiva de animales terrestres incapaces de protegerse. Los primeros mamíferos, algunos dinosaurios aviarios y peces de aguas profundas sobrevivieron gracias a su capacidad de refugio. Este panorama se apoya en la evidencia de que plantas y animales excavadores o acuáticos fueron los principales supervivientes del evento.

“No fue la onda expansiva del impacto ni la bola de fuego, porque esos efectos no llegan muy lejos”, aclaró Johnson.

La historia no terminó con ese infierno inicial. Cuando la energía térmica se disipó, la capa de polvo siguió bloqueando la radiación solar, dando paso a un prolongado invierno global. Simulaciones recientes indican que la temperatura media del planeta descendió 20 grados y se mantuvo baja durante 30 años. Esta combinación de calor letal inmediato y enfriamiento sostenido selló el destino de los dinosaurios y marcó el inicio de una nueva era.

El meteorito de Chicxulub: un fragmento raro del sistema solar y un cambio en la explicación de la extinción

Impresión artística del impacto de un gran asteroide en Chicxulub, en la costa
mexicana, que provocó la extinción masiva del Cretácico, hace 66 millones de años,
con el planeta Marte y cuerpos de asteroides al fondo - Ilustración de
 Mark Garlick/Distribuida vía REUTERS.
Durante mucho tiempo, los científicos supieron que el asteroide responsable de la extinción era una condrita carbonácea, una rara familia de meteoritos ricos en carbono que representa menos del 5% de los cuerpos espaciales conocidos.

Sin embargo, las diferencias dentro de esa familia impedían precisar qué tipo exacto impactó la Tierra. Entender su composición era clave para reconstruir los procesos químicos que influyeron en la extinción y en la transformación de la atmósfera y los ecosistemas.

Un equipo internacional, con investigadores de Canadá, Francia, Bélgica y Austria, logró identificar por primera vez la “huella dactilar” del meteorito de Chicxulub mediante el análisis de isótopos de níquel en la capa de arcilla que cubre el planeta desde aquel evento.

Proceso de la formación del cráter de Chicxulub. - Gobierno de México.
Los resultados, publicados en Science Advances, apuntan hacia un subtipo llamado condrita CO —o condrita carbonácea clase Ornans—, uno de los materiales más primitivos y escasos del sistema solar. Estas rocas, además de su rareza, probablemente provienen de zonas lejanas, cerca de Júpiter o más allá.

El descubrimiento se basa en la medición precisa de los isótopos de níquel, elemento que varía de manera característica según el tipo de meteorito. Al comparar muestras extraídas de diferentes partes del mundo con meteoritos conocidos, los científicos confirmaron la identidad del cuerpo que formó el cráter de Chicxulub.

Este avance modifica la explicación previa sobre el impacto: conocer el tipo de meteorito permite deducir qué sustancias químicas fueron liberadas y cómo estas afectaron la atmósfera, el clima y la vida.

Simulaciones indican que la temperatura media global bajó 20 grados y se mantuvo
baja durante 30 años tras el impacto del asteroide (Imagen Ilustrativa Infobae)
El nuevo estudio también refuerza la relevancia del calor y el fuego como factores centrales de la extinción masiva. La evidencia geológica muestra que el material expulsado circuló por todo el planeta y, al enfriarse, se transformó en polvo fino. Cuando las esferas volvieron a caer y se desaceleraron en la atmósfera, generaron un calor adicional amplificado por la presencia del polvo, lo que habría desencadenado incendios a escala continental.

Esta hipótesis sostiene que la supervivencia dependió de la capacidad de refugio y que el calor extremo fue la causa principal de muerte para muchos organismos terrestres.

A pesar de la contundencia de los modelos, persisten debates dentro de la comunidad científica. Algunos investigadores argumentan que el pulso térmico, aunque devastador, no alcanzó para iniciar incendios forestales globales, mientras que otros creen que el polvo y la reentrada de material eyectado fueron suficientes para explicar la mortandad masiva. La hipótesis del calor letal y el polvo como factores combinados gana fuerza gracias a los datos de Tanis y a los nuevos modelos de transferencia radiativa.

Una figura que muestra un entorno semicerrado hipotético creado por la actividad
 hidrotermal posterior al impacto. - SATO ET AL.
El impacto de Chicxulub depositó una enorme cantidad de energía en la Tierra, generando una columna de roca vaporizada que se expandió rápidamente y se transformó en gotas fundidas y polvo.

Las simulaciones muestran que la reentrada de estos materiales produjo un pulso global de radiación térmica similar al de un horno a máxima potencia. Los animales terrestres sin refugio, especialmente los de piel fina, fueron los más vulnerables. Las plantas y semillas enterradas, así como los linajes de aves y mamíferos con hábitos de madriguera o acuáticos, lograron sobrevivir.

El hallazgo de la composición rara del meteorito agrega una dimensión nueva al relato clásico. La probabilidad de que un asteroide tan especial impacte la Tierra es extremadamente baja, lo que subraya la excepcionalidad del evento que marcó el final del Cretácico y el inicio del Paleógeno.

"Arkhane", el esqueleto de un alosaurio de hace 155 millones de años.
EFE/ Olivier Hoslet/ Archivo
Para los científicos, identificar la procedencia y las características químicas del meteorito es crucial para entender por qué la extinción fue tan rápida y cuáles fueron los mecanismos físicos y biológicos que determinaron la supervivencia.

La investigación actual no solo aporta respuestas sobre el pasado remoto, sino que ayuda a pensar el riesgo de futuras colisiones y sus posibles consecuencias para la vida en la Tierra. Entender las condiciones que permitieron que algunos animales resistieran y otros no, así como identificar los materiales que pueden cambiar la atmósfera y el clima global en cuestión de horas, ofrece claves para afrontar amenazas astronómicas.

El debate sigue abierto, pero hoy la ciencia cuenta con nuevas herramientas para reconstruir el día más trágico de la historia de la vida. El polvo, el calor y la composición del meteorito emergen como los protagonistas de una extinción que, por su velocidad y magnitud, transformó para siempre el destino del planeta.

¿Tyrannosaurus rex cazaba o era carroñero? Unas mordeduras de hace 67 millones de años aportan una nueva pista

Un análisis de más de 3.000 huesos fósiles revela que el gran depredador también aprovechaba cadáveres y, además, cambia la forma en que los paleontólogos identifican las mordeduras en dinosaurios.

Los distintos tipos de marcas de dientes identificadas en fragmentos de espinas
neurales. Fuente: C. T. Siviero et al., PLOS One (2026)
Durante décadas, cada marca sospechosa sobre un hueso de dinosaurio ha despertado la misma pregunta: ¿es la huella de un depredador o simplemente una cicatriz producida por el paso del tiempo? La respuesta parece sencilla, pero para los paleontólogos supone uno de los mayores retos a la hora de reconstruir la vida en los ecosistemas desaparecidos hace millones de años. Una pequeña depresión en un fósil puede cambiar por completo la interpretación del comportamiento de una especie extinta.

Esa es precisamente la cuestión que aborda un nuevo trabajo publicado en PLOS One. El estudio, liderado por investigadores de la Universidad de Loma Linda, no solo identifica varias mordeduras atribuidas con gran probabilidad a Tyrannosaurus rex, sino que también propone una forma mucho más rigurosa de reconocer cuándo una marca fue realmente causada por un diente y cuándo tiene un origen completamente distinto. Tal y como revela el trabajo científico, la diferencia puede modificar las conclusiones sobre depredación, carroñeo e incluso enfermedades en dinosaurios.

La investigación parte de una idea sencilla de entender mediante una comparación cotidiana. Imaginemos que un arqueólogo encuentra un viejo mueble lleno de arañazos. Algunos podrían haber sido provocados por una herramienta, otros por insectos, otros simplemente por el desgaste de décadas de uso. Si todos se atribuyeran al mismo origen, la historia del objeto sería errónea. Con los fósiles ocurre exactamente lo mismo: no todas las perforaciones significan que un animal fue mordido.

Por eso, antes incluso de preguntarse si un T. rex atacó a otro dinosaurio, los científicos necesitaban resolver un problema mucho más básico: aprender a distinguir las verdaderas huellas de dientes de otras alteraciones naturales que pueden parecer idénticas.

Más de 3.000 huesos para responder una sola pregunta

El trabajo se desarrolló sobre una extraordinaria colección de fósiles procedentes de la Formación Lance, en el estado estadounidense de Wyoming, un yacimiento del Maastrichtiense, el último intervalo del Cretácico, hace entre 72 y 66 millones de años. Allí aparecieron miles de restos pertenecientes principalmente a Edmontosaurus annectens, un gran dinosaurio herbívoro de pico de pato que convivió con algunos de los depredadores más famosos de todos los tiempos.

Los investigadores revisaron uno por uno 3.013 huesos, un trabajo minucioso que requirió años de observación con lupas, microscopios digitales y, en algunos casos, tomografías computarizadas para examinar el interior de determinadas perforaciones. Tal y como indica el estudio, únicamente 13 huesos presentaban inicialmente marcas compatibles con posibles mordeduras.

Sin embargo, el resultado más llamativo llegó precisamente cuando comenzaron a descartar hipótesis. Uno de esos trece ejemplares, que durante un primer examen parecía mostrar varias perforaciones compatibles con dientes, terminó revelándose como un falso positivo.

Las imágenes obtenidas mediante tomografía mostraron que aquellas cavidades no eran consecuencia de una mordida. Se trataba de forámenes naturales del hueso, pequeños conductos anatómicos por donde originalmente pasaban vasos sanguíneos y nervios. Además, la comparación con otros fósiles confirmó que pertenecían a la anatomía normal de un ceratópsido y no a un hadrosaurio.

Ese hallazgo, aparentemente secundario, constituye una de las principales aportaciones del estudio. Demuestra que incluso especialistas experimentados pueden confundir estructuras anatómicas normales con señales de alimentación si no analizan cuidadosamente el contexto del fósil.

Solo 12 de los 3.013 huesos analizados conservaron auténticas marcas de dientes, una rareza que convierte cada fósil en una valiosa fuente de información.

Solo doce huesos conservaron auténticas mordeduras

Tras eliminar ese falso positivo, únicamente doce fósiles conservaron evidencias convincentes de haber sido mordidos.

Las marcas aparecían repartidas entre costillas, vértebras, un radio y un cúbito. Algunas consistían en perforaciones profundas; otras eran largos arañazos producidos cuando el diente resbaló sobre el hueso durante la mordida. También aparecían surcos paralelos extremadamente finos que conservaban incluso la impronta de los dentículos de los dientes serrados.

Aquí entra en juego un concepto poco conocido pero fundamental para comprender la investigación: los icnotaxones.

En paleontología no solo se clasifican animales. También se clasifican las huellas que dejan. Igual que existen nombres científicos para pisadas fósiles, también existen para determinados tipos de marcas de dientes. En este caso destacan dos: Knethichnus parallelum, formado por finísimas líneas paralelas producidas por los dentículos de un diente serrado al deslizarse sobre el hueso, y Linichnus serratus, caracterizado por un surco curvado con un patrón serrado muy reconocible.

Estas marcas funcionan casi como una huella dactilar.

Los investigadores midieron cuidadosamente la distancia entre esas diminutas estrías y la compararon con la separación de los dentículos presentes en los dientes fósiles de distintos depredadores conocidos en el mismo yacimiento.

Las "huellas dactilares" de un Tyrannosaurus rex

En aquel ecosistema convivían varios dinosaurios carnívoros con dientes serrados, además de cocodriliformes. La clave estaba en comprobar cuál de ellos presentaba una separación entre dentículos compatible con las marcas observadas en los huesos.

El resultado apuntó hacia un único candidato. Tal y como revela el estudio, la densidad de las estrías coincide con la dentición de Tyrannosaurus rex, mientras que las demás especies conocidas del yacimiento presentan serraciones demasiado finas para producir ese patrón concreto.

Excavación de fósiles de Edmontosaurus annectens en un gran yacimiento del
Cretácico Superior en Wyoming (EE. UU.). Foto: Bethania C.T. Siviero
No significa que todas las mordeduras del conjunto pertenezcan necesariamente al gran depredador. Algunas perforaciones podrían corresponder a cocodrilos u otros carnívoros contemporáneos. Pero en cuatro de los huesos las evidencias son suficientemente sólidas para considerar a T. rex como el responsable más probable.

Lo interesante es que la investigación no intenta presentar una escena espectacular de caza. De hecho, los propios resultados apuntan en otra dirección.

Las diminutas estrías dejadas por los dentículos de los dientes funcionan como una auténtica huella dactilar capaz de señalar al posible autor de la mordedura.

¿Cazador o carroñero? Las marcas cuentan una historia diferente

Cuando un animal sobrevive a una mordedura, el hueso comienza a cicatrizar. Esa reparación deja señales muy características que los paleontólogos pueden reconocer millones de años después.

En este caso sucede justo lo contrario. La inmensa mayoría de las marcas carece de cualquier indicio de curación. Eso indica que las mordeduras se produjeron cuando el animal estaba muriendo o, probablemente, después de haber muerto. El escenario más compatible con las evidencias es el carroñeo.

No significa que Tyrannosaurus rex no cazara. La enorme cantidad de pruebas anatómicas acumuladas durante décadas continúa apoyando su capacidad como gran depredador. Lo que demuestra este yacimiento es algo diferente: también aprovechaba cadáveres cuando tenía oportunidad.

Los distintos tipos de marca de dientes identificadas en costillas
fósiles. Foto: C.T. Siviero et al., PLOS One (2026).
Desde el punto de vista ecológico tiene todo el sentido. Los grandes depredadores actuales, desde los leones hasta los osos o los cocodrilos, combinan la caza con el consumo de carroña siempre que ello les permite ahorrar energía. No existe motivo para pensar que un animal de varias toneladas actuara de forma distinta hace 67 millones de años.

Los investigadores recurrieron incluso a tomografías para comprobar que algunas supuestas mordeduras eran, en realidad, estructuras naturales del hueso.

El verdadero descubrimiento no son las mordeduras

Aunque la posibilidad de atribuir algunas marcas a este dinosaurio es el aspecto más llamativo, el verdadero avance del trabajo es metodológico.

Tal y como ha revelado la investigación, muchas perforaciones atribuidas durante años a mordeduras podrían tener otros orígenes completamente distintos: enfermedades óseas, erosión durante la fosilización, actividad de otros organismos después de la muerte o incluso estructuras anatómicas normales.

Eso obliga a ser mucho más prudentes antes de reconstruir escenas de caza basándose únicamente en un agujero sobre un hueso.

La consecuencia va mucho más allá de este yacimiento de Wyoming. Los nuevos criterios propuestos permitirán revisar fósiles estudiados desde hace décadas y evaluar con mayor precisión cómo interactuaban depredadores y presas en los ecosistemas del final del Cretácico.

En otras palabras, este estudio no solo identifica quién dejó unas marcas sobre unos huesos. Enseña a leer mejor un lenguaje que lleva más de 66 millones de años escrito en piedra.

Referencias

Identification of tooth traces from a Cretaceous (Maastrichtian) Edmontosaurus annectens bonebed in the Lance Formation, Wyoming, U.S.A., PLOS One (2026). DOI: 10.1371/journal.pone.0351939

muyinteresante.okdiario.com

Hallan en Zimbabue un dinosaurio que vivió hace 210 millones de años y revela un mundo perdido de especies desconocidas

Un fósil excepcional hallado en Zimbabue demuestra que los primeros dinosaurios eran mucho más diversos de lo que la ciencia había imaginado.

Descubren un dinosaurio de 210 millones de años en África que está
reescribiendo la historia de los primeros gigantes. Ilustración de Mark Witton
Durante décadas, los paleontólogos pensaron que los primeros dinosaurios que habitaron el sur de África formaban comunidades muy similares entre sí. Sin embargo, un nuevo hallazgo en Zimbabue está obligando a revisar esa idea. El descubrimiento de una nueva especie que vivió hace unos 210 millones de años revela que, mucho antes de que los dinosaurios dominaran el planeta, ya existía una sorprendente diversidad de ecosistemas en el antiguo supercontinente Gondwana.

El protagonista de esta investigación es Musango matusadonaensis, un dinosaurio descubierto a orillas del lago Kariba cuyo estudio aporta nuevas piezas al complejo rompecabezas de la evolución de estos animales durante el Triásico Superior. Aunque no alcanzaba el tamaño colosal de los saurópodos que aparecerían millones de años después, pertenece precisamente al linaje que acabaría dando origen a algunos de los animales terrestres más grandes que han existido.

La importancia del hallazgo va mucho más allá de sumar un nuevo nombre al árbol genealógico de los dinosaurios. Los investigadores consideran que este fósil demuestra que la evolución de estos reptiles fue mucho más dinámica de lo que se pensaba y que distintas regiones de África albergaron comunidades propias, adaptadas a condiciones ambientales específicas.

El descubrimiento también pone el foco sobre una zona del planeta que, durante mucho tiempo, ha recibido menos atención científica que los grandes yacimientos de Europa, América del Norte o China. Cada nueva excavación en el sur de África está revelando especies desconocidas que están reescribiendo los primeros capítulos de la historia de los dinosaurios.

Un habitante del Triásico cuando los dinosaurios apenas comenzaban su expansión
Hace aproximadamente 210 millones de años, la Tierra era muy diferente de la actual. Los continentes permanecían unidos formando Gondwana en el hemisferio sur y Pangea a escala global, mientras los dinosaurios todavía compartían el planeta con numerosos grupos de reptiles que competían por los mismos recursos.

En ese escenario vivía Musango matusadonaensis, un dinosaurio bípedo de unos 4,5 metros de longitud y un peso cercano a los 220 kilogramos. Su tamaño podría compararse al de un automóvil compacto, muy lejos de los gigantescos diplodócidos y braquiosaurios que poblarían el planeta decenas de millones de años después.

El ejemplar fue recuperado durante una campaña paleontológica realizada en 2018 en la Formación Pebbly Arkose, una sucesión de sedimentos del Triásico situada junto al lago Kariba. Los restos conservados incluyen vértebras, costillas, huesos de las extremidades y diferentes partes de la cintura pélvica y escapular, lo que convierte al fósil en uno de los esqueletos más completos de esta época encontrados en Zimbabue.

Reconstrucción de los restos óseos conservados del ejemplar tipo de Musango
 matusadonaensis. Fuente: Journal of Systematic Palaeontology (2026)
El análisis microscópico de los huesos permitió estimar que el animal tenía alrededor de ocho años cuando murió y que estaba muy próximo a alcanzar su tamaño adulto. Además, algunas anomalías detectadas en el esqueleto indican que había sobrevivido anteriormente a una lesión o a una infección importante, una circunstancia poco habitual de documentar en fósiles tan antiguos.

Una pieza clave para entender el origen de los grandes saurópodos

Aunque Musango no era un gigante, pertenece a un grupo evolutivo fundamental para comprender el futuro éxito de los dinosaurios herbívoros de cuello largo.

Los investigadores lo sitúan dentro de los unaysáuridos, un conjunto de saurópodomorfos primitivos que representa una etapa temprana en la evolución de los animales que millones de años después darían lugar a especies tan conocidas como Diplodocus, Apatosaurus o Argentinosaurus.

La ausencia del cráneo impide conocer con absoluta certeza cuál era su dieta. Sin embargo, el resto del esqueleto ofrece suficientes pistas para pensar que probablemente consumía vegetación, aunque algunos especialistas tampoco descartan una alimentación oportunista que incluyera pequeños animales.

Su anatomía también permite diferenciarlo claramente de otras especies encontradas en la misma región. De hecho, compartía territorio con otro dinosaurio descubierto anteriormente en estos mismos sedimentos, pero ambos presentaban diferencias evidentes en la estructura de la cadera, las extremidades y el tamaño corporal, lo que demuestra que coexistían varias especies emparentadas ocupando nichos ecológicos distintos.

Este detalle resulta especialmente interesante porque rompe con la idea tradicional de una fauna relativamente uniforme en el sur de Gondwana durante el Triásico.
Este descubrimiento indica que apenas hemos empezado a conocer la diversidad de dinosaurios que vivieron en el antiguo Gondwana.
Un paisaje mucho más diverso de lo que imaginaban los científicos

Durante años predominó la hipótesis de que los dinosaurios tempranos del sur africano pertenecían a comunidades muy parecidas entre sí, distribuidas por un territorio amplio con escasas diferencias ecológicas.

Las nuevas excavaciones están cambiando completamente esa visión. Los fósiles recuperados en los últimos años muestran que distintas regiones del antiguo Gondwana albergaban ecosistemas independientes, cada uno con especies adaptadas a condiciones ambientales concretas.

En otras palabras, hace más de 200 millones de años ya existía una notable regionalización de la fauna de dinosaurios. Esto significa que pequeños cambios en el clima, la vegetación, la disponibilidad de agua o el relieve pudieron favorecer la aparición de especies exclusivas de determinadas zonas.

Los huesos de Musango comenzaron a aflorar entre las rocas de los
 alrededores del lago Kariba. Foto: Paul Barrett
El caso de Musango resulta especialmente significativo porque procede de una región donde recientemente también han aparecido otros dinosaurios desconocidos para la ciencia. Todo ello apunta a que el registro fósil africano aún está muy lejos de haber revelado todo su potencial.

Los propios equipos de investigación consideran que el número de especies identificadas probablemente representa solo una pequeña parte de la biodiversidad real que existió durante aquel periodo.
Mientras otros continentes han proporcionado miles de fósiles durante décadas, el registro africano sigue ofreciendo descubrimientos capaces de cambiar nuestra visión sobre los orígenes de los dinosaurios.
África sigue guardando algunos de los mayores secretos de la evolución

Mientras los grandes yacimientos de Estados Unidos, Argentina o China han proporcionado miles de fósiles durante décadas, muchas áreas de África permanecen prácticamente inexploradas desde el punto de vista paleontológico.

Las dificultades logísticas, la falta de campañas continuadas y la enorme extensión del territorio explican en parte por qué muchos de sus dinosaurios aún permanecen enterrados.

Sin embargo, la situación está cambiando rápidamente. En los últimos años se han sucedido varios descubrimientos relevantes en Zimbabue, incluyendo algunos de los dinosaurios más antiguos conocidos en el continente africano. Cada nueva expedición aporta información que obliga a revisar hipótesis formuladas hace décadas a partir de un registro fósil mucho más limitado.

Los investigadores creen que la región del lago Kariba todavía puede esconder numerosos ejemplares desconocidos. De hecho, algunos fósiles recuperados durante campañas recientes aún permanecen en estudio y podrían corresponder a nuevas especies.

Si estas expectativas se confirman, el sur de África podría convertirse en uno de los escenarios más importantes para reconstruir cómo evolucionaron los primeros dinosaurios y cómo consiguieron diversificarse antes de convertirse en los vertebrados terrestres dominantes durante el Jurásico y el Cretácico.

Más de 210 millones de años después de la muerte de Musango matusadonaensis, su esqueleto vuelve a salir a la luz para contar una historia distinta a la que conocíamos. Una historia en la que los primeros dinosaurios no formaban una comunidad homogénea, sino un mosaico de especies adaptadas a paisajes muy diferentes. Y todo indica que ese relato apenas acaba de comenzar.

Referencias

Paul M. Barrett et al, A new sauropodomorph dinosaur from the Pebbly Arkose Formation (Upper Triassic: Norian) of Kariba, Zimbabwe, Journal of Systematic Palaeontology (2026). DOI: 10.1080/14772019.2026.2678610

'Parque Jurásico' mintió: las crías de T. rex eran más pequeñas que un gato y nacían por docenas

REPRODUCCIÓN DE LOS TITANOSAURIOS

La segunda entrega de la saga no solo distorsionó el tamaño real de las crías de estos dinosaurios. Además, difundió una imagen mucho más protectora de la real

Esqueleto de un Tiranosaurio rex (Getty Images)
Las primeras evidencias fósiles atribuidas a crías recién nacidas de Tyrannosaurus rex han permitido reconstruir una etapa prácticamente desconocida de este depredador. El estudio, publicado en la revista científica Biology, parte del análisis de pequeños huesos y dientes almacenados durante años en colecciones de museos. Los resultados dibujan una infancia muy distinta a la representada por películas como Parque Jurásico y obligan a revisar algunas hipótesis sobre la reproducción de los tiranosaurios.

El hallazgo comenzó con el examen de un diminuto tercer metatarsiano, un hueso situado en la zona central del pie de los dinosaurios terópodos. Su superficie presentaba una porosidad extraordinariamente elevada, provocada por una densa red de vasos sanguíneos encargada de alimentar el tejido durante el crecimiento. Esta característica indicó a los paleontólogos que no pertenecía a una especie adulta de pequeño tamaño, sino a un animal que apenas había iniciado su desarrollo.

La comparación anatómica reveló que el fósil conservaba los mismos rasgos esenciales observados en los ejemplares adultos de T. rex, aunque con proporciones mucho más estrechas y delicadas. “Este es el hueso del pie de un T. rex muy, muy pequeño. Es el T. rex más pequeño que hemos visto”, explicó Nick Longrich, paleontólogo y biólogo evolutivo de la Universidad de Bath. A partir de ese indicio, el equipo revisó otros restos olvidados en depósitos científicos.


Un tiranosaurio más pequeño que un gato

Las estimaciones sitúan al ejemplar principal en unos 75 cm de longitud y 2,5 kg de peso, aunque al salir del huevo podría haber pesado únicamente 1,7 kg. Estas cifras reducen de forma considerable los cálculos anteriores, que atribuían a los tiranosaurios recién nacidos una longitud cercana al metro. Pese a su tamaño, los dientes analizados eran robustos, mostraban desgaste y sugieren que las crías ya podían morder materiales duros durante sus primeras etapas de vida.

“Lo que más me sorprendió fue lo mucho que los fósiles de los Tyrannosaurus recién nacidos se parecían a los de los grandes adultos”, señaló Eric Snively, paleontólogo de la Universidad Estatal de Oklahoma. Según el investigador, el pequeño metatarsiano conservaba los rasgos característicos de un ejemplar gigantesco, mientras que las piezas dentales eran gruesas y estaban desgastadas. El equipo también descartó que los restos pertenecieran a embriones o a Nanotyrannus.

El nuevo cálculo sobre el tamaño corporal permitió aproximar las dimensiones de los huevos, pese a que nunca se ha identificado con certeza un huevo completo de Tyrannosaurus rex. Los investigadores consideran que eran relativamente pequeños en comparación con el tamaño que alcanzaban los adultos. Esta relación sugiere que cada puesta podía reunir entre 20 y 30 huevos, por lo que un nido habría albergado decenas de crías vulnerables al mismo tiempo.

Una estrategia reproductiva inesperada

Los huesos de T. rex que han permitido determinar el tamaño de
 las crías (Longrich et al., Biology, 2026)
La abundancia de descendientes apunta hacia una estrategia reproductiva más próxima a la de ciertos reptiles que a la de las aves y los mamíferos modernos. Los animales que generan numerosas crías suelen invertir menos recursos en cada individuo, ya que la supervivencia de la especie depende de que solo una parte alcance la edad adulta. Esta hipótesis cuestiona la imagen de unos padres extremadamente protectores, aunque no demuestra que los tiranosaurios abandonaran por completo sus nidos.

“Demuestra que los tiranosaurios son una transición entre reptiles como los cocodrilos y las tortugas y las aves modernas”, afirmó Nick Longrich. El estudio plantea que la atención intensiva a las crías evolucionó gradualmente durante el Mesozoico, al mismo tiempo que distintos grupos animales comenzaron a tener descendientes menos numerosos y de mayor tamaño. Los modestos restos conservados en los museos ofrecen así una nueva mirada sobre el ciclo vital del dinosaurio más famoso.