martes, 7 de abril de 2020

Desde dinosaurios hasta polen fosilizado. Un yacimiento excepcional a 40 km de El Calafate

Científicos argentinos y japoneses trabajaron en un yacimiento ya descubierto, ubicado en los cerros al sur de la localidad. En esta campaña encontraron un segundo ejemplar de saurópodo, y gran cantidad de restos de peces, anfibios, caracoles, mamíferos, troncos y hasta polen, que permiten reconstruir cómo era esta región hace 70 millones de años. El paleontólogo Fernando Novas lideró el grupo. Dio los detalles en FM DIMENSIÓN.

Escuchar Ahora Calafate en el enlace de abajo. FERNANDO NOVAS en FM DIMENSIÓN


“Los resultados de la exploración han sido excepcionales”. Con esta frase resumió Novas la campaña 2020 de un equipo conformado originalmente por 30 personas; científicos, técnicos, becarios e inclusive investigadores científicos japoneses, pertenecientes al Museo de Tokio.

Se trata de la tercera exploración - y la más importante dijo Novas – a un yacimiento situado a unos 40 kilómetros al sur de El Calafate, en lo alto de los cerros en propiedades de la Estancia Anita. Guiados por el encargado de la estancia, Facundo Echeverría, la expedición atravesando barreales y caminos de cornisa, hasta montar un gran campamento en altura, desde donde realizaron toda la investigación (entre el 8 y el 24 de marzo)

En el año 1980 el geólogo Francisco Nullo estaba realizando trabajos de topografía y se encontró con un afloramiento rocoso que tenía huesos fosilizados. Hace un par de años el paleontólogo Novas encabezó una primera campaña que localizó algunos restos de un  saurópodo de cuello y cola larga, al que llamó Nullotitan Glacialis. El primer nombre en homenaje al descubridor y el segundo porque desde el lugar se tiene una fabulosa vista al Glaciar Perito Moreno.

Entre enero y marzo del año pasado se encontró una variedad de restos fósiles que entusiasmo al equipo, que este año regreso con un despliegue mucho mayor. Y los resultados fueron extraordinarios, mas allá de que la campaña se vio interrumpida por la pandemia del Coronavirus.

“Aparecieron piezas de distintos organismos que habitaron esta zona entre 70 y 65 millones de años atrás, en el fin de la era de los dinosaurios. Se encontraron restos fósiles de caracoles terrestres y de agua dulce, de ranas, peces, tortugas y de mamíferos pequeños”, describe Novas en FM DIMENSION.

También hallaron plantas, troncos petrificados, impresiones de hojas y hasta el polen fosilizado.  “Podemos reconstruir los bosques y el hábitat de aquel momento. Es un yacimiento excepcional”, agregó el paleontólogo.

Pero además se realizó el descubrimiento de restos de un nuevo ejemplar de Nullotitan Glacialis, de tamaño similar al primero encontrado.  Novas explicó que son vértebras mejor conservadas y articuladas de manera de conocer mejor la anatomía de ese titán.

Estos descubrimientos permiten reconstruir el ecosistema de esta región hace 65 o 70 millones de años, cuando no existían ni la Cordillera de los Andes ni mucho menos los glaciares, y cuando el océano tenía periódicos ingresos y luego retrocesos sobre la actual Patagonia Austral.

En la entrevista con el programa Radio Activa, Novas dijo estar sorprendido, por este yacimiento. “Tuve la oportunidad de trabajar en el Valle de la Luna – Talampaya, también en Chile (Aysén), en Salta, Río Negro y otro montón de lugares. Pero este yacimiento es increíble, porque a diferencia de los otros está mostrando todo el ecosistema”.

Ovas adelantó que esperan volver el año próximo y continuar con estos estudios “que tienen impacto a nivel internacional, porque desde Sudamérica estamos aportando información sobre el límite entre el cretácico y el terciario, que es en el momento en el cual se extinguieron los dinosaurios”, dijo el paleontólogo en la radio de El Calafate.  (Guillermo Pérez Luque)


¿Por qué no hay más animales del tamaño de los dinosaurios?

Europatitan eastwoodi. Davide Bonadonna. C.A.S.
Si no hay más animales gigantes como los dinosaurios, es probablemente por cuestiones climáticas. La era Mesozoica (225 – 65 millones de años atrás) estuvo dominada por animales que alcanzaron dimensiones colosales. El braquiosaurio, por ejemplo, tenía 26 metros de largo y 12 metros de alto: las enormes patas en forma de columna, colocadas bajo el cuerpo, podían soportar un peso de decenas de toneladas. Los reptiles marinos, de hasta 15 metros de largo, también eran gigantescos.

Hipótesis contrastantes

Las teorías sobre las razones de su tamaño son variadas y a veces contradictorias. Algunos piensan que muchos dinosaurios, animales de sangre fría, habrían llegado a ser tan grandes porque vivían en un clima más cálido que el actual, lo que aceleró el metabolismo: también hay que considerar que, a diferencia de los mamíferos, los reptiles crecen toda la vida.

Otros, por el contrario, creen que algunas especies tenían sangre caliente y que el gigantismo se debía a la necesidad de luchar contra el frío (cuanto más grande es un cuerpo, más pequeña es, proporcionalmente, la superficie expuesta al frío). Los grandes dinosaurios herbívoros también pueden haber sido agrandados para defenderse de los depredadores.

Así se expandió el polvo provocado por el asteroide que extinguió a los dinosaurios en el mundo

Descubrieron que la razón por la que el polvo podía extenderse era porque calentaba la atmósfera una vez que llegó allí, lo que creó un sistema de transporte.

Hace 65 millones de años, una enorme roca de diez kilómetros impactó contra
 la Tierra y desencadenó la quinta extinción masiva. | Fuente: Pixabay
Una compleja simulación de lo que sucedió después del impacto de asteroide que acabó con los dinosaurios, hace 66 millones de años, muestra cómo el polvo producido por aquel cataclismo pudo extenderse de manera tan uniforme en toda la Tierra.

Cuando un volcán hace erupción, el polvo volcánico viaja por el aire y finalmente cae al suelo. Los lugares más cercanos al volcán terminan con alfombras más profundas de ceniza y polvo porque el polvo se dispersa a medida que se aleja del volcán a través del aire. Lo mismo debería ser cierto para el polvo y los escombros levantados cuando un asteroide golpea el suelo; eso es lo que sucede en la mayoría de los casos. Pero cuando el asteroide Chicxulub golpeó el suelo cerca de lo que ahora es la península de Yucatán, el polvo que levantó se asentó en una capa uniforme sobre toda la Tierra. Cómo pudo haber sucedido esto ha sido un misterio hasta ahora.

Para encontrar la respuesta, las investigadoras del Lunar and Planetary Institute, Natalia Artemieva, e Imperial College de Londres, Joanna Morgan, se embarcaron en una misión de investigación que terminó durante una década entera. Estudiaron impactos de asteroides, grandes erupciones volcánicas e incluso explosiones, en busca de un incidente similar. Pero no fue hasta que analizaron el cometa Shoemaker-Levy 9 golpeando a Júpiter cuando descubrieron lo que habían planteado como hipótesis: un impacto podría provocar que el polvo se extienda horizontalmente sobre un área muy extendida. Y mejor aún, todo el escenario había sucedido en los tiempos modernos, lo que permitió que se registrara y que los investigadores pudieran ver cómo se desarrollaban los procedimientos.

Descubrieron que la razón por la que el polvo podía extenderse era porque calentaba la atmósfera una vez que llegó allí, lo que creó un sistema de transporte. Con ese descubrimiento en mano, los investigadores volvieron a su laboratorio y crearon una simulación que muestra el polvo del impacto de Chicxulub que calienta la atmósfera. Y tal como sucedió en Júpiter, la simulación mostró que el polvo se transportaba horizontalmente, en su caso, por toda la Tierra, antes de que finalmente cayera al suelo en cantidades iguales.

El estudio ha sido publicado en la revista Geographical Research Letters.

Europa Press

sábado, 4 de abril de 2020

Fósiles de animales y plantas del sur de Gondwana baten registros

Investigadores han descubierto los animales y plantas más antiguos conocidos conservados en ámbar del sur de Gondwana, el supercontinente formado por Sudamérica, África, Madagascar, India, Antártida y Australia, se separó del supercontinente Pangea hace unos 200 millones de años.

Moscas de hace 41 millones de años atrapadas en ámbar - Jeffrey Stilwell
Los hallazgos, presentados en Science Reports, amplían nuestra comprensión de la ecología en Australia y Nueva Zelanda durante los períodos del Triásico Tardío a Paleógeno medio (hace 230-40 millones de años).

El investigador de la Universidad de Monash, en Australia, Jeffrey Stilwell, y sus colegas estudiaron más de 5.800 piezas de ámbar de la Formación Macquarie Harbour en Tasmania occidental, que se remonta a la época del Eoceno (hace aproximadamente 54-52 millones de años) y las medidas de carbón Anglesea en Victoria (Australia), desde el Eoceno medio tardío (hace 42-40 millones de años).

Los autores hablan de un raro 'comportamiento congelado' de dos moscas de patas largas de apareamiento ('Dolichopodidae'). Los especímenes también incluyen las hormigas fósiles más antiguas conocidas del sur de Gondwana y los primeros fósiles australianos de colémbolos, un pequeño hexápodo sin alas. También conservados en ámbar hallaron un grupo de arañas juveniles, mosquitos ('Ceratopogonidae'), dos plantas hepáticas y dos especies de musgo.

Los autores también estudiaron depósitos encontrados en ubicaciones en el sureste de Australia, Tasmania y Nueva Zelanda donde se hallaron el ámbar más antiguo reportado del sur de Pangea que data de hace 230 millones de años, depósitos de 96-92 millones de años de los bosques cercanos al Polo Sur y un fósil intacto de una especie de cochinilla ('Eriococcidae') de hace 54-52 millones de años.

Los hallazgos proporcionan nuevas ideas sobre la ecología y la evolución del sur de Gondwana e indican que puede haber un gran potencial para futuros hallazgos similares en Australia y Nueva Zelanda.

jueves, 2 de abril de 2020

Rastros fósiles de una selva aparecen en el fondo marino antártico

Inesperadas huellas fósiles de una selva tropical templada de hace 90 millones de años han aparecido en el fondo marino costero de la Antártida, lo que sugiere que el hoy continente tenía un clima excepcionalmente cálido en tiempos prehistóricos.

Recreación de la selva antártica - Alfred-Wegener-Institut, James McKay
Publicado en Nature, su análisis de las raíces, el polen y las esporas en perfecto estado de conservación de este 'suelo forestal' fosilizado muestran que el mundo en ese momento era mucho más cálido de lo que se pensaba anteriormente, con bosques tropicales en la Antártida similares a los bosques que hay hoy en Nueva Zelanda.

El período medio del Cretácico se considera la edad de los dinosaurios y fue el período más cálido de los últimos 140 millones de años. Los niveles del mar eran 170 metros más altos que hoy y se cree que las temperaturas de la superficie del mar en los trópicos alcanzaron los 35 grados centígrados. Hasta ahora, se sabía poco sobre las condiciones ambientales al sur del Círculo Polar.

La evidencia de la selva tropical de la Antártida proviene de un núcleo de sedimentos extraídos del fondo marino cerca del Glaciar Pine Island de la Antártida Occidental en 2017.

"Durante las evaluaciones iniciales a bordo, la coloración inusual de la capa de sedimento rápidamente llamó nuestra atención y claramente difería de las capas superiores", según el primer autor, el doctor Johann Klages, geólogo del Centro Helmholtz de Investigación Polar y Marina del Instituto Alfred Wegener, en Alemania.

El equipo escaneó por CT el núcleo de sedimento y encontró una fascinante red de raíces densa que se extendía por toda la capa del suelo. El suelo de 90 millones de años está tan bien conservado que contiene innumerables rastros de polen, esporas, restos de plantas con flores y los investigadores incluso pudieron distinguir las estructuras celulares individuales.

El coautor, el profesor Ulrich Salzmann, paleoecólogo de la Universidad de Northumbria, utilizó el polen y las esporas preservadas para reconstruir la vegetación y el clima del pasado. Describe el proceso de reconstrucción de entornos y climas pasados como similar a trabajar en un enorme rompecabezas, que reveló una imagen increíblemente detallada del pasado paisaje antártico. 

"Fue particularmente fascinante ver el polen fósil bien conservado y otros restos de plantas en un sedimento depositado hace unos 90 millones de años, cerca del Polo Sur --reconoce en un comunicado--. Los numerosos restos de plantas indican que la costa de la Antártida occidental era, en aquel entonces, un denso bosque templado y pantanoso, similar a los bosques que se encuentran hoy en Nueva Zelanda".

Cuando unieron sus análisis, el equipo de investigación internacional encontró evidencia de un clima templado a unos 800 kilómetros del Polo Sur, con temperaturas medias anuales del aire de aproximadamente 12 grados centígrados. Esta es aproximadamente la temperatura media actual de Hobart, en Australia.

Las temperaturas de verano fueron de 19 grados centígrados de media y las temperaturas del agua en ríos y pantanos alcanzaron hasta 20 grados. Esto fue a pesar de una noche polar de cuatro meses, lo que significa que durante un tercio de cada año no había luz solar que diera vida. También descubrieron que la cantidad e intensidad de lluvia en la Antártida Occidental era similar a la de Gales en la actualidad.

Tales condiciones climáticas solo se podrían lograr con una densa cubierta vegetal en el continente antártico y la ausencia de grandes capas de hielo en la región del Polo Sur. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera también fue mucho más alta de lo que se suponía anteriormente.

El coautor, modelador climático Profesor Gerrit Lohmann, del Instituto Alfred Wegener de Alemania, explica que "antes de este estudio, la suposición general era que la concentración global de dióxido de carbono en el Cretácico era de aproximadamente 1000 ppm. Pero en nuestros experimentos basados en modelos, tomó niveles de concentración de 1120 a 1680 ppm para alcanzar las temperaturas promedio en ese entonces en la Antártida".

Como tal, el estudio muestra tanto la enorme potencia del dióxido de carbono de los gases de efecto invernadero como la importancia de los efectos de enfriamiento de las capas de hielo actuales.

Los científicos ahora están trabajando para comprender qué causó que el clima se enfriara tan dramáticamente, para formar las capas de hielo que vemos hoy.

La Patagonia chilena, cuna de los misterios del planeta

"Es un lugar icónico con muchas especies de animales y plantas y microfósiles que nos ayudan a dilucidar un área desconocida de la historia natural", mencionó uno de los geólogos.


Un valle en el extremo sur de Chile, apodado la "Piedra de Rosetta" de la paleontología en el hemisferio sur, está proporcionando a un equipo internacional de investigadores nuevos hallazgos de fósiles bien conservados de vertebrados, invertebrados y plantas del período Cretácico que podrían ser la clave para descubrir los secretos de la vida y el planeta al final de la era de los dinosaurios.

La investigación realizada por el grupo de geólogos, paleobotánicos y biólogos en el Valle de Las Chinas – en la Patagonia chilena – ubicado en una extensa finca habitualmente utilizada para la cría de ganado que alberga un tesoro de fósiles, también está arrojando luz sobre el pasado común compartido por Sudamérica y la Antártida, como declara a EPA-EEFE el director del Instituto Antártico Chileno (INACH) y director de esta expedición paleontológica, Marcelo Leppe.

"Es un lugar icónico con muchas especies de animales y plantas y microfósiles que nos ayudan a dilucidar un área desconocida de la historia natural", dijo Leppe.

El afloramiento más meridional de dinosaurios en América del Sur y en el mundo (con la excepción de la Antártida) y la abundancia de fósiles están explicando capítulos de la historia natural que han dejado perplejos a los investigadores durante años.

Hace sesenta y seis millones de años, un asteroide golpeó la Península de Yucatán en México con consecuencias catastróficas en la Tierra: una interrupción climática mundial que desencadenó una extinción masiva en la que tres cuartos de las especies de plantas y animales se extinguieron al final del período Cretácico.

El límite Cretáceo-Paleógeno (conocido como K/Pg) marca el final de esa era y el comienzo de la siguiente, el Periodo Paleógeno.

El K/Pg es, de hecho, una característica geológica, a menudo una delgada banda de roca que permite a los paleontólogos localizar el momento exacto de la extinción de los dinosaurios, y que tiene afloramientos en la Patagonia.

Esta capa, y las anteriores que denotan la Era Mesozoica, son el punto de estudio de otro grupo de expertos: los paleobotánicos.

Este equipo encuentra continuamente huellas de hojas fosilizadas, helechos e incluso semillas que datan de hace 70 millones de años y que revelan la antigua región subtropical con exuberante vegetación y niveles más altos del mar.

En este valle, hemos encontrado una flora tan compleja, con la cual podemos usar diferentes métodos que nos permiten estimar la temperatura promedio al final de la era de los dinosaurios", señaló Leppe.

“Descubrimos que efectivamente había grandes fluctuaciones de temperatura, que están marcadas por bajadas repentinas en el nivel del mar. Y ese es el momento en que encontramos grandes cantidades de dinosaurios y plantas en este valle”.

Leppe, quien ha dirigido una expedición conjunta en el corazón de la Patagonia chilena todos los años durante los últimos 10 años, sostiene que los hallazgos le dan más peso a una tendencia mundial de científicos que comienzan a comprender que los dinosaurios podrían haber muerto debido al cambio climático sistémico, en lugar de una fuerza externa repentina como el asteroide que golpeó lo que ahora es México.

"(La investigación) está vinculada a nuestra creciente comprensión de que antes de la extinción de los dinosaurios y antes del impacto Chicxulub en Yucatán, el mundo ya estaba convulsionado por estos cambios climáticos, y la evidencia está aquí, en este valle", agregó el director de expedición.

Uno de los equipos del viaje ha descubierto una variedad de especies, como hadrosáuridos (dinosaurios de pico de pato), anquilosaurios (dinosaurios blindados) o incluso partes de grandes depredadores que complementan los hallazgos anteriores y proporcionan al equipo el conocimiento que necesitan para construir una imagen más completa de la historia antigua de la Tierra en esa era fundamental.

"Tenemos algunos de los mamíferos más antiguos de Estados Unidos en este valle", dice Leppe. "Pero su valor no solo se debe a su antigüedad, sino a que faltan piezas que han revolucionado nuestro pensamiento y nos han permitido sacudir la jaula de nuestra comprensión sobre la evolución de los mamíferos en el período cretáceo".

¿Los dinosaurios eran mudos?

La ciencia ficción ha puesto voz a las criaturas que poblaron el mesozoico, pero lo cierto es que no sabemos cómo sonaban, ni siquiera si eran “mudos”.

Reconstrucción fósil de un Irritator challengeri/Foto: Kabacchi 
(nombre del dueño) /Creative commons
Las reconstrucciones de dinosaurios están por todos lados, en películas, documentales, muñecos y libros. Estamos tan acostumbrados a verlas que ha sido la cultura pop, y no la paleontología, la que ha dado forma a la imagen que tenemos de ellos. Nos hemos adaptado bastante bien a la noticia de que muchos tenían plumas, pero no fue un trago fácil. En los foros de aficionados el aire se caldeó y la simple sugerencia de que el feroz tiranosaurio pudiera estar cubierto de plumón fue motivo de vituperios absurdamente duros. La paleontología era secundaria para esta gente. Ya podían decir los expertos que el Rey tirano era en parte carroñero, que la afirmación sería tratada con displicencia mientras no se ajustara a la imagen cinematográfica.

Por suerte el ambiente se ha moderado e incluso los animadores y dibujantes comienzan a tener más en cuenta el rigor paleontológico. Lo cual nos lleva a una pregunta ¿podremos llegar a saber todo sobre estas bestias prehistóricas? En su momento había cosas que se creían imposibles de averiguar y, sin embargo, estudiando sus heces fosilizadas (coprolitos) hemos descubierto en qué consistía la dieta de algunos; restos de su piel nos han sugerido qué pigmentos la coloreaban e incluso hemos encontrado tejido de dinosaurio no fosilizado. Todo ello nos está ayudando a que la verdadera imagen de estos arcanos seres salga a la luz. Sin embargo, hay una asignatura que todavía está pendiente: el sonido. ¿Cómo sonaban los habitantes de aquel mundo perdido? O lo que es todavía más inquietante ¿sonaban de algún modo?

De cocodrilos a acordes

Olvida lo que creas saber sobre esto. Cuando escuchamos al tiranosaurio de Parque Jurásico estamos oyendo a un bebé elefante barritar a “cámara lenta”, lo cual tiene poco de saurio. En parte es normal, porque los órganos fonadores, como nuestras cuerdas vocales, están formados por tejidos blandos de músculo y cartílago que no fosilizan bien, así que, incluso los paleontólogos se ven obligados a especular. No obstante, como no pueden fantasear a la ligera, aprovechan la propia vagancia de la naturaleza para dar todo el rigor posible a sus hipótesis. El principio de parsimonia nos dice que, si dos especies comparten un rasgo, es posible que su antepasado común también tuviera esa característica. Al menos, eso es más probable que un escenario donde dos especies hubieran evolucionado de forma idéntica cada una por su cuenta.

Este truco funciona presuntamente bien para algunos animales extintos, como en el mamut, que todavía cuenta con parientes cercanos vivos. Sin embargo, los dinosaurios son algo más complicados. Por un lado, tenemos a dinosaurios actuales, las aves, pero han evolucionado mucho desde que se separaron de los dinosaurios no avianos. Por otro lado, tenemos a un antepasado mucho más remoto que evolucionaría dando lugar no solo a los dinosaurios, sino al género Cocodrilia. Cocodrilos, caimanes y gaviales a los que por abreviar llamaremos sencillamente “cocodrilos”. Lo cual, convierte a estos reptiles y a las aves en sus parientes vivos más cercanos a los dinosaurios, y por lo tanto, en nuestra mejor baza para saber cómo sonaban. Aunque claro, un canario y un caimán no se parecen demasiado por fuera, pero ¿y por dentro? ¿Qué podrían decirnos sus órganos fonadores?

Comparación de las siringes de un Vegavis (cretácico) y un Presbyornis (eoceno)
con las tráqueas y siringes de otros arcosaurios./Foto: Julia A. Clarke
 (nombre del dueño)/Creative Commons
¡Muchísimo! Resulta que, mientras los cocodrilos vocalizan con una laringe más o menos como la nuestra, las aves lo hacen con algo totalmente único: la siringe, una estructura en la base de la tráquea. Su localización es clave, porque le permite tomar control del aire desde los bronquios, y hacer algo que a nosotros nos resultaría imposible sin autotune. Gracias a la siringe, las aves pueden producir simultáneamente dos o más tonos con su voz, acordes como los de un piano o una guitarra. Y no solo eso, sino que la tensión que aplican sobre unas estructuras llamadas membranas timpaniformes hace que algunas puedan imitar el timbre de cualquier objeto, como ocurre con el ave lira, capaz de piar como una cámara de fotos o trinar como una motosierra.

Dado que los pájaros también tienen laringe, podríamos pensar que esta estaba presente en el antepasado común de todos, que fue heredada por el primer dinosaurio y que la siringe surgió en algún momento entre ese punto y el nacimiento del antepasado común de todas las aves actuales. Si esto fuera cierto, lo más sencillo sería deducir que algunos dinosaurios producían sonidos más cocodrilianos y otros dulces gorjeos. Este es el razonamiento más clásico, pero ¿es correcto? Peter Senter, y posiblemente Ignatius Farray, no estarían de acuerdo.

El grito sordo

El artículo de la discordia fue publicado en 2009 y en él, el investigador Peter Senter exponía que, si bien las aves tienen laringe, no es como la de los cocodrilos. Cometeríamos un error pensando que la laringe de los cocodrilos es un tubo liso y laso por el que pasa el aire. Se calcula que pueden emitir más de 20 vocalizaciones diferentes, y esto es porque han desarrollado tres pliegues en ella que les permite controlar el aire de una forma especial que no tienen las aves. Esto apunta a que la vocalización en cocodrilos surgió de forma independiente a la de las aves, lo cual nos lleva al punto clave de este artículo ¿acaso podía vocalizar su ancestro común? 

Siguiendo el razonamiento de Senter, puede que el primer dinosaurio careciera de una laringe apta para vocalizar como la de los cocodrilos, caimanes y gaviales, y que a su vez, todavía no hubiera desarrollado una siringe como la de las aves. Si estos especulativos dinosaurios hubieran intentado emitir un sonido, de su boca habría escapado algo bastante parecido al famoso grito sordo del cómico Ignatius Farray, simplemente aire huyendo a través de sus vías respiratorias. Por suerte, incluso en el caso de que Senter tuviera razón, nos exonera de esta perturbadora imagen de un Ignatiusaurus rex ofreciendo algunas alternativas.

Dibujo comparando las crestas nasales de un Parasaurolophus 
cyrtocristatus (a) y un Parasaurolophus walkeri (b) (1961)
/Foto: Ostrom, John H. (nombre del dueño)
Muchos animales producen sonidos chasqueando sus mandíbulas, y se sospecha que saurópodos como los Diplodocus, podían hacer sonar su larguísima cola como si fuera un látigo. De hecho, en este caso, tenemos algo más que especulaciones. Los hadrosaurios, comúnmente llamados “dinosaurios de pico de pato” tenían adornos peculiares en su cabeza, como crestas y prolongaciones con forma de instrumento de viento. Se ha teorizado mucho sobre su posible función, habiendo coqueteado con que eran una suerte de tubos de submarinismo o simples atributos sexuales. Sin embargo, tras hacer estudios de la estructura craneal de uno de ellos (el Parasaurolophus) los científicos sospecharon que la protuberancia de su cabeza podía servir como cámara de resonancia y probaron a hacer pasar aire por ella. Lo que obtuvieron posiblemente diste mucho de lo que escucharíamos con el animal en vida, pero sonaba. Había un ruido, aunque no una vocalización y por fin podíamos quitar la imagen del grito sordo de nuestra atormentada sesera.

De hecho, sabemos que los hadrosaurios le daban una especial importancia al sonido, porque el interior de sus cráneos ha dejado la huella de sus encéfalos y las zonas aparentemente más desarrolladas incluyen las que estarían relacionadas con la audición en aves y cocodrilos. Es más, estudios anatómicos han tratado de reconstruir el sonido del tiranosaurio, que más que un rugido podría haber sido un ronroneo tan grave que hiciera temblar ligeramente el suelo a su alrededor.

Una misteriosa afonía

No obstante, esto último ya entra demasiado en la parcela de la especulación y queda una cosa más que decir. Porque después de todo este rollo, es posible que Senter se equivocara, en algo. Hay otros reptiles con pliegues en la laringe, reptiles que se separaron de los cocodrilos antes de que estos y los dinosaurios tomaran caminos independientes. Podría ser que, al debutar, los dinosaurios fueran mudos, pero aquí llega el otro giro de tuerca.

También es posible que los primeros dinosaurios vocalizaran con unos rudimentarios pliegues laríngeos, que algo desconocido les hiciera ir perdiéndolos y con ellos la voz. Tras esto, puede que surgiera la siringe como una alternativa para comunicarse.

Lo malo de esta última hipótesis es que no tenemos ni idea de qué pudo hacerles perder la voz, tal vez ni siquiera existió ese periodo de afonía y la laringe fonatoria convivió felizmente con la siringe durante algunos millones de años. Por desgracia, la respuesta está más allá de nuestras capacidades y tendremos que esperar a encontrar una laringe o incluso una siringe de dinosaurio. Mientras tanto, solo podemos imaginar, pero no quiero dejar que acabes este artículo con las manos vacías.

Imaginemos que los dinosaurios tuvieran siringe, al menos los terópodos como los insignes velocirraptores, tiranosaurios, alosaurios y otros carnívoros de blockbuster. Este es el suborden de los dinosaurios que daría lugar a las aves, así que no es tan descabellado imaginarlo. Pero ¿con qué ave lo comparamos? Parece ridículo pensar en una gallina o un estornino, y realmente lo es. Las aves grandes no hacen el mismo sonido que los pajarillos. De hecho, avestruces, ñandúes, emúes y casuarios tienen la costumbre de emitir sonidos con el pico completamente cerrado, aprovechando las cavidades de resonancia de su cráneo y la larguísima siringe que esconden en su no menos extenso cuello.

Teniendo esto en cuenta, te propongo una cosa. En cuanto acabes de leer estas palabras pincha exactamente AQUÍ, cierra los ojos y déjate transportar a un mundo perdido que solo has conocido en su versión edulcorada por la cultura pop. Bienvenido al Mesozoico.

QUE NO TE LA CUELEN:

No todas las aves tienen siringe. Los cóndores carecen de ella y se ven obligados a comunicarse mediante silbidos y siseos.

Tampoco todos los reptiles tienen pliegues laríngeos, un ejemplo son las serpientes.

Los sonidos del Parasaurolophus son solo una aproximación y los del tiranosaurio tienen más de especulación que de hecho.

Aunque el grito sordo sea una comparación divertida, las cuerdas vocales de Ignatius interfieren en el paso de aire y la comparación, aunque permite hacerse una idea, está lejos de ser precisa.

REFERENCIAS:

Riede T, Eliason C, Miller E, Goller F, Clarke J. Coos, booms, and hoots: The evolution of closed-mouth vocal behavior in birds. Evolution (N Y). 2016;70(8):1734-1746. doi:10.1111/evo. 12988 https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/27345722

Clarke J, Chatterjee S, Li Z et al. Fossil evidence of the avian vocal organ from the Mesozoic. Nature. 2016;538(7626):502-505. doi:10.1038/nature19852 https://static1.squarespace.com/static/5440102fe4b06dfc38466967/t/5804ff769f745696920778ed/1476722554263/fossil-evidence-of-the-avian-vocal-organ-from-the-mesozoic.pdf

Senter P. Voices of the past: a review of Paleozoic and Mesozoic animal sounds. Hist Biol. 2008;20(4):255-287. doi:10.1080/08912960903033327 https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/08912960903033327