jueves, 13 de octubre de 2016

El dinosaurio dejó la huella de sus escamas

Hallada en el prepirineo catalán la excepcional impresión de la piel de un gran saurópodo de hace 66 millones de años

JACINTO ANTÓN - Vallcebre 13.10.16

Víctor Fondevila señala la impresión de la piel del gran saurópodo. Jacinto Antón
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Nada como el famoso microrrelato de Monterroso para tratar de explicar la maravillosa sensación que produce contemplar, e incluso tocar, la impresión en relieve de su cuerpo que dejó uno de esos extintos animales (y uno muy grande, seguramente un titanosaurio) al sentarse, reclinarse o caerse en suelo fangoso hace 66 millones de años. La piel del dinosaurio quedó grabada en la blanda superficie que luego se rellenó de arena y se petrificó conservando por un rarísimo azar el relieve exacto en negativo de la superficie cubierta de escamas. Quedó para la posteridad –para nosotros- el insólito testimonio directo del paso por el mundo de una bestia portentosa cuya familia se acercaba entonces a su extinción. 

Observar en un remoto y pequeño barranco del prepirineo catalán, donde ha sido hallada, esa roca con la huella de la piel escamosa del dinosaurio es como mirar el flanco de un dragón de verdad. Entre unos pequeños pinos y abetos, haciendo equilibrios en una pendiente de tierra arcillosa de color bermellón sangre, se llega a la pared donde brota un granulado pétreo de unos 26 centímetros de largo: se observan perfectamente una treintena de grandes escamas poligonales, pentagonales y hexagonales; otras tantas están menos definidas. A un metro y medio de esta primera impresión hay una segunda, más pequeña (unos 5 centímetros) y menos clara, con solo siete escamas. El excepcional fósil (único en Europa de su clase) lo halló Víctor Fondevilla, del departamento de Geología de la Universidad Autónoma de Barcelona, y su estudio, publicado en el Geological Magazine lo firman el propio Fondevila, su colega geólogo Oriol Oms y los investigadores del Instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont y del Museo de la Conca Dellà Bernat Vila y Àngel Galobart.

Fondevilla y Galobart presentaron el descubrimiento el martes in situ (aunque el lugar exacto ha de quedar en secreto para evitar el hurto y el vandalismo) en su agreste paraje a cerca de1.500 metros de altura en las proximidades de Vallcebre (Alt Berguedà), paraíso de senderistas, buscadores de setas y paleontólogos. Para hacer boca y contextualizar el hallazgo primero nos llevaron frente a la impresionante pared gigantesca del vecino yacimiento de Fumanya Sud (en el municipio de Figols), cubierta de rastros de pisadas (icnitas) de dinosaurios. Una pirueta geológica ha colocado en vertical las huellas, igual que lo ha hecho más allá con la impronta de la piel. Hace millones de años la zona era un paraje costero inundable, un pantano junto al mar, y luego la desembocadura de un río. Los dinosaurios proliferaban aquí y eran a su manera felices. Una felicidad que no duraría mucho (en términos amplios). Estos dinosaurios catalanes, que medraban al final del Cretácico Superior, fueron, según los especialistas, de los últimos que pisaron la Tierra. Sus vidas se desarrollaron muy cerca del límite de la extinción a partir de la cual dejaron de existir todos los dinosaurios.

“No sabemos cómo y con qué parte del cuerpo hizo la marca el dinosaurio, quizá al agacharse, seguro que no con las extremidades delanteras o traseras”, explica Fondevila, un joven que ha tenido, como su colega la prevención de llevar un buen forro polar para la ocasión, no como otros. “Es una marca puntual, no murió allí, solo tocó con el cuerpo en el suelo embarrado”.

“En esta zona nos encontramos hace 71-66 millones de años, justo antes de la extinción de los dinosaurios”, continúa, y se oye a lo lejos un gemido quejumbroso que nos suena a todos muy spilbergiano. Resulta ser una vaca. “Que sepamos se trata de la impronta de piel de dinosaurio más moderna del mundo”, subraya el investigador. El hallazgo de la impronta fosilizada de una piel no es tan relevante como hallar la piel misma fosilizada –o el Grial paleontológico de las momias fosilizadas de dinosaurio, como Dakota o Leonardo-, pero es muy inusual. “Aquí tenemos muchas pisadas, huesos, huevos, pero jamás habíamos encontrado algo así como esta impronta. En Norteamérica y en Asia sí se han hallado, pero en toda Europa muy pocas y ninguna del Cretácico Superior”. La relevancia de las fechas estriba en su cercanía a la extinción. El dinosaurio que se recostó, o cayó, era de los últimos que pisaron la Tierra. Es bastante seguro que se tratara de un titanosaurio, el enorme saurópodo cuellilargo –herbívoro- que medía entre 15 y 20 metros. No solo por el tamaño de las escamas sino porque cerca de la marca se ha hallado una pisada de la misma especie y porque los titanosaurios eran muy habituales en Fumanya. También había hadrosaurios (dinosaurios picos de pato), pero sus escamas son más pequeñas.

Fondevila resalta que la impresión evidencia algo fascinante: ahí estuvo el dinosaurio vivito y coleando. Una evidencia mucho más directa que los huesos. Galobart aprovecha para hablar del fin de los dinosaurios, mientras en unos riscos en la distancia pueden verse las siluetas de unos buitres. “Hay diferentes teorías. Una propone que ya estaban tocados por fenómenos como el vulcanismo antes del impacto del asteroide, que habría sido el golpe de gracia. Pero lo que vemos aquí en esta época final es una gran diversidad de dinosaurios, lo que parece contradecir su declive y que pasaran un mal momento: tres o cuatro especies de hadrosaurios, otras tantas de terópodos (carnívoros), entre ellos unos pequeños cazadores del tipo de los velocirraptores, y dos de saurópodos “. De la impresión fósil se ha hecho un molde y está por decidir si el original se extrae para impedir que algún canalla lo robe o dañe.

El trayecto en el coche 4X4 junto a los dos investigadores hasta la impresión de la piel resultó muy excitante, digno de Parque Jurásico. En el camino, Galobart señaló en otra pared un rastro de un saurópodo adulto y otro juvenil que habían caminado juntos cuando Raquel Welch era joven. Llegamos a la zona secreta, un mini Olduvai, y Fondevila se encaramó por el resbaladizo terraplén para señalar la marca de la piel del dinosaurio. Explicó que al verla por casualidad durante un registro geológico enseguida comprendió lo que era. Los páridos en los árboles callaban mientras tanto ante el pétreo testimonio del ancestro. Trepé, en un revoltijo de bloc, bolígrafo y nervios, hasta llegar al lado del descubierto. Me sujetó con el brazo. Alargué la mano y toqué la fría superficie del grumo cretácico. Las escamas. Cerré los ojos y en un fogonazo el paisaje devino cálido y extraño. La roca pareció palpitar bajo mis dedos y Monterroso diría que el dinosaurio despertó.

Los dinosaurios no podían cantar como los pájaros

Un órgano fosilizado de un ave extinta emparentada con patos y gansos ha permitido concluir que los dinosaurios no desarrollaron estructuras para cantar

Reconstrucción del Vegavis iaai, el ave cuya siringe ha permitido realizar esta investigación sobre la capacidad 
de cantar de los dinosaurios - Gabriel L./Museo de Ciencias Naturales, Bernardino Rivadavia, Argentina




















Hacían retumbar la tierra con sus pasos y podían tirar árboles enteros al suelo. Pero lo cierto es que aparte de esto no sabemos cómo sonaban los dinosaurios, porque los tejidos blandos que producen los sonidos desaparecieron hace millones de años. Pero según un estudio publicado hoy en «Nature», se puede concluir al menos que lo más probable es que los dinosaurios no pudieran cantar y vocalizar como hacen los pájaros hoy en día.

Esta es la conclusión que investigadores de la Universidad de Texas han extraído tras encontrar el que es hasta hoy el órgano vocal de un pájaro más antiguo nunca descubierto. El fósil fue hallado en la Antártida, y perteneció a un pariente de patos y gansos que vivió hace más de 66 millones de años, en pleno reinado de los dinosaurios. Lo interesante es que este órgano, llamado siringe, no estaba presente en dinosaurios que vivieron en aquella misma época, lo que sugiere que la capacidad de canto asociada con él solo se desarrolló en las aves y que los dinosaurios no pudieron hacer nunca ruidos similares.

Una siringe encontrada en un pariente de patos y gansos actuales ha servido para tratar de entender cómo sonaban los dinosaurios- 
NICOLE FULLER/SAYO ART FOR UT AUSTIN

«El descubrimiento ayuda a explicar por qué ningún órgano así ha sido conservado en ningún pariente de dinosaurio no relacionado con las aves o con parientes de cocodrilos», ha explicado Julia Clarke, paleontóloga de la Universidad de Texas y primera autora del estudio. «Este es otro importante paso para averiguar cómo sonaban los dinosaurios y para entender mejor la evolución de las aves».

En las aves actuales, la siringe es un órgano rígido hecho de anillos de cartílago que soporta tejidos suaves que vibran y producen sonidos. No suele fosilizar, pero en ocasiones el alto contenido mineral del cartílago lo permite.

Imitando al avestruz

Así fue como en 2013 Julia Clarke descubrió que un fósil de un ave descubierto en la Antártida en 1992 había una siringe. Este órgano perteneció a un ejemplar de Vegavis iaai, un ave que vivió en el Cretácico, hace 66 millones de años.

Fran Goller, fisiólogo de la Universidad de Utah y también coautor del estudio, ha explicado que la forma de la siringe que se encontró entonces podría ayudarnos a entender cómo cantaban los primeros pájaros. Pero ha recalcado que hacen falta más datos para relacionar la forma de las siringes con el canto de aves actuales. «Aquí comenzamos a vislumbrar cómo una siringe fósil nos dice cómo cantaban los pájaros, pero aún necesitamos muchos más datos».

Si bien estos investigadores han sugerido que los dinosaurios no cantaban, en una investigación anterior ellos mismos concluyeron que probablemente eran capaces de hacer sonidos similares a las de las avestruces actuales, capaces de hacer algunos sonidos secos y repentinos con la boca cerrada.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Hadrosauroides de Honduras y el Primer Intercambio Biótico Americano

Fémur derecho (USNM 181339) de un dinosaurio Hadrosauroidea-no hadrosaúrido del
Cenomaniano de Honduras (Horne, 1994). (A) Vista anterior, (B) vista posterior. 
El espécimen se encuentra alojado en el Museo Nacional de Historia Natural 
del Smithsonian (NMNH), Estados Unidos. Foto tomada de Lucas (2014). 
Derechos: Michael Brett-Surman.
En el año de 1971 el entonces estudiante de licenciatura de la Universidad Wesleyana, Bruce M. Simonson, quien servía como asistente de campo en un proyecto de mapeo geológico a cargo de Gregory S. Horne, descubrió el primer dinosaurio de Centroamérica (publicado en la literatura científica en 1994; ver Horne, 1994). Este registro consiste en un fémur aislado de un ornitópodo, probablemente un Hadrosauroidea basal (formas transicionales en la línea que derivó en Hadrosauridae, los dinosaurios ‘pico de pato’; ver cladograma abajo). Dicho fósil fue recuperado en el centro-occidente de Honduras, específicamente en estratos del Grupo Valle de Ángeles, de edad Cretácica tardía temprana (Cenomaniano). El significado biogeográfico de este hallazgo debe ser (re) interpretado en el contexto espacio-temporal provisto por los nuevos avances para determinar el área o las áreas de origen más probables de los Hadrosauroidea no-hadrosaúridos y los Hadrosauridae. En primer lugar, a partir de los registros más antiguos de la superfamilia y los Hadrosauriformes más cercanos a ésta dentro del outgroup, el área ancestral más probable de Hadrosauroidea es Asia, con las formas más basales provenientes del Aptiano-Albiano (Cretácico inferior más alto) de China y Tailandia (Xing et al., 2014; Shibata et al., 2015). Por su parte, el área ancestral de Hadrosauridae se mantiene relativamente controversial, habiéndose sugerido como áreas candidatas a Norteamérica, Asia, Europa, e incluso Sudamérica. Sin embargo, las propuestas más soportadas a partir de la evidencia actual son Norteamérica y Asia. Un reciente análisis S-DIVA (análisis estadístico de dispersión-vicarianza) de Hadrosauroidea obtuvo como resultado que Norteamérica, y en particular la masa sub-continental Appalachia (ver mapa paleogeográfico), es el área ancestral más probable de los hadrosaúridos (Prieto-Márquez et al. 2016).

Cladograma mostrando las relaciones entre los principales clados mencionados en el texto. 
Se indican sólo 3 géneros de Hadrosauroidea no-Hadrosauridae como una simplificación 
del gran número de taxones existentes, todos basales a los verdaderos hadrosaurios, 
incluyendo el ejemplar hondureño. Basado en las hipótesis filogenéticas de 
Prieto-Márquez et al. (2016) y Xing et al. (2014). La reconstrucción artística de un hadrosaurio 
corresponde al género sudamericano Secernosaurus (Hadrosauridae, Saurolophinae).
 Imagen añadida por el usuario Fransaurus centurion al portal Wiki Prehistórico. Autor desconocido.
Todo lo anterior esboza un escenario general donde los Hadrosauroidea se originaron en Asia a finales del Cretácico temprano, migraron ‘rápidamente’ hacia Norteamérica (el Hadrosauroidea norteamericano más antiguo proviene del Cenomaniano temprano; ver McDonald et al. 2012), y en esta última masa continental evolucionaron los Hadrosauridae en el Santoniano-Campaniano (Prieto-Márquez et al. 2016). Por consiguiente, el ejemplar hondureño indicaría una expansión amplia y muy temprana de los Hadrosauroidea no-hadrosaúridos en Norteamérica, o al menos en Laramidia, una masa terrestre en conexión con Asia a través de Beringia y que se proyectaba hacia el sur mediante una extensa península (la actual Centroamérica). Por su antiguedad, esta expansión sureña de Hadrosauroidea (o hadrosauroides) en Laramidia no pudo estar implicada en el origen de los Hadrosauridae sudamericanos, pertenecientes a la tribu Kritosaurini, porque con ella tendría que asumirse un improbable origen difilético de Hadrosauridae (Norte- y Sudamericano). El dinosaurio ‘pico de pato’ hondureño lo que plantea es la posibilidad acerca de una hipotética migración de Hadrosauroidea no-hadrosaúridos hacia Sudamérica. Al respecto, se ha sugerido que Honduras estaba formando parte de un bloque emergido (Chortis) hace unos 100 millones de años (Cenomaniano temprano), el cual se encontraba situado adjunto al suroccidente de México, y por ende, al resto de Laramidia (Mann et al., 2007). Esto facilitó que los dinosaurios mencionados se extendieran tan al sur por medio de tierras esencialmente continuas. Pero la dispersión desde allí hasta la costa más noroccidental de Sudamérica representaba un trayecto de más de 1000 Km conformado por cadenas de islas volcánicas. Las islas más septentrionales de dicho arco (arco volcánico Centroamericano) tendrían una mayor cercanía entre sí, pero hacia el sur se extendían brazos de mar muy anchos y profundos, los cuales representarían barreras severas para los posibles migrantes, especialmente para animales terrestres de gran tamaño corporal. Una ruta alternativa era migrar a través del arco volcánico Proto-Antillano, más hacia el este, pero las barreras marinas eran similares o incluso mayores a aquellas encontradas en la ruta Centroamericana (Iturralde-Vinent, 2006). Esto sugeriría que el arribo de Hadrosauroidea no-hadrosaúridos a Sudamérica fue altamente improbable, a pesar de su ocurrencia temprana en el extremo más meridional de Laramidia. Lo anterior se apoya en el hecho de que, hasta el presente, no existe ningún registro corroborado de migrantes norteamericanos (dinosaurianos o no) en Sudamérica para el Cretácico tardío temprano, pero sí se registran para el Cretácico más tardío (Campaniano), poco antes del límite K-Pg (Cretácico-Paleógeno).

Mapa paleogeográfico de Norteamérica en el Cretácico tardío (Campaniano). Se hace uso de una licencia para representar allí dispersiones pre-campanianas. Dichas dispersiones se indican con flechas amarillas discontinuas, y constituyen las migraciones de Hadrosauroidae no-hadrosaúridos desde Asia vía Beringia; desde Laramidia hacia Appalachia; y desde Laramidia norte hacia el extremo sur de Centroamérica. Las dispersiones propiamente campanianas se representan con flechas verdes discontinuas. Éstas son llevadas a cabo por Hadrosauridae, ya evolucionados para el Campaniano en Appalachia, y comprenden los siguientes trayectos: desde Appalachia hacia Laramidia; de esta última hacia el extremo sur Centroamericano; y además hacia el continente asiático via Beringia. Adicionalmente, se representan las dos posibles rutas migratorias hacia Sudamérica, la occidental a través del arco volcánico Centroamericano, y la oriental a través del arco volcánico Proto-Antillano. Nótese que las dispersiones entre Laramidia y Appalachia requieren una conexión terrestre, la cual no se representa en el mapa, pero se sabe que ésta pudo existir en el sur de Norteamérica para el Cenomaniano temprano y probablemente poco antes del Campaniano tardío (Blakey, 2009). Mapa base tomado de la sala de mapas del portal Deep Time Maps. Derechos: Colorado Plateau Geosystems, Inc.


Es  precisamente en el Campaniano, durante un evento de intercambio faunístico conocido como ‘Primer Intercambio Biótico Americano’ (FIBA, en inglés), cuando los Hadrosauridae, al igual que algunos mamíferos tribosfénicos (Kielan-Jaworoska et al., 2007), alcanzan Sudamérica aprovechando una serie de caídas globales en el nivel del mar (Haq et al., 1987; Steuber y Schlüter, 2012). Los Hadrosauridae migrantes, como se mencionó antes, pertenecían a la tribu Kritosaurini, dentro de la subfamilia Saurolophinae, o dinosaurios ‘pico de pato’ sin crestas. Éstos dieron origen a los géneros sudamericanos Secernosaurus y Willinaqake a través de vicarianza (Prieto-Márquez, 2014). Es decir, probablemente ocurrió un único evento de dispersión desde Norteamérica y una pequeña radiación local en Sudamérica, la cual estuvo mediada por un ascenso en el nivel del mar tras las migraciones y una nueva desconexión Norteamérica-Sudamérica (Juárez Valieri et al., 2010). Sin embargo, no se debe descartar que dicha radiación haya sido previa a la migración hacia Sudamérica, particularmente en el área transicional de la península Centroamericana. El registro allí existe, no es virtualmente ausente como se suele suponer para el Cretácico terrestre de la región Circuncaribeña. Así lo demostró el fósil hondureño encontrado por Simonson en una formación pre-campaniana. Por ello, la búsqueda de nuevos restos de Hadrosauroidea (Hadrosauridae) en unidades geológicas continentales del Campaniano del bloque Chortis (Sur de Guatemala, Honduras, El Salvador, norte de  Nicaragua) y el sur del bloque Maya (parte de Guatemala, Belice, la península de Yucatán) constituye una labor más que justificada para el esclarecimiento en detalle de este caso de migración y diversificación asociado al FIBA. 

Para ver fotos en color del fémur del hadrosauroide hondureño (USNM 181339) puede accederse a la base de datos online del Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian (NMNH). Para ello, siga estas instrucciones: Ingrese al link [http://collections.nmnh.si.edu/search/paleo/], luego haga click en la pestaña ‘Search by field’. Allí elija ‘location’ y en ‘Country’ seleccione ‘Honduras’. Luego haga click sobre ‘Search’ y, finalmente, el espécimen se muestra en la página 2 de los resultados de búsqueda.


Referencias:

Blakey, R. C. 2009. Regional Paleogeography. Available at http://jan.ucc.nau.edu/~rcb7/regionaltext.html. Accessed September 9, 2016.

Haq BU, Hardenbol J, Vail PR. 1987. Chronology of fluctuating sea levels since the Triassic. Science 235, 1156–1167.

Horner GS. 1994. A mid-Cretaceous ornithopod from central Honduras. Journal of Vertebrate Paleontology, 14 (1): 147-150.

Iturralde-Vinent M. 2006. Meso-Cenozoic Caribbean Paleogeography: Implications for the Historical Biogeography of the Region. International Geology Review, 48: 791-827.

Juárez Valieri RB, Haro JA, Fiorelli LE, Calvo JO. 2010. A new hadrosauroid (Dinosauria: Ornithopoda) from the Allen Formation (Late Cretaceous) of Patagonia, Argentina. Revista del Museo Argentino de Ciencias Naturales, 12 (2): 217-231.

Kielan-Jaworowska S, Ortiz-Jaureguizar E, Vieytes C, Pascual R, Goin FJ. 2007. First ?cimolodontan multituberculate mammal from South America. Acta Palaeontologica Polonica, 52, 257-262.

Lucas S. 2014. Vertebrate paleontology in Central America: 30 years of progress.- Rev. Geol. Amér. Central, Número Especial 2014: 30 Aniversario: 139-155.

Mann P, Rogers RD, Gahagan L. 2007. Overview of plate tectonic history and its unresolved tectonic problems. In Jochen Bundschuh and Guillermo E. Alvarado (Eds.) Central America: Geology, Resources and Hazards, vol. 1. Taylor & Francis, London, pp. 201-238.

McDonald AT, Bird J, Kirkland JI, Dodson P. 2012. Osteology of the Basal Hadrosauroid Eolambia caroljonesa (Dinosauria: Ornithopoda) from the Cedar Mountain Formation of Utah. PLoS ONE, 7 (10): e45712.

Prieto-Márquez A. 2014. Skeletal morphology of Kritosaurus navajovius (Dinosauria: Hadrosauridae) from the Late Cretaceous of the North American south-west, with an evaluation of the phylogenetic systematics and biogeography of Kritosaurini. Journal of Systematic Palaeontology, 12 (2): 133-175.

Prieto-Márquez A. 2016. A primitive hadrosaurid from southeastern North America and the origin and early evolution of ‘duck-billed’ dinosaurs. Journal of Vertebrate Paleontology, 36 (2): e1054495.

Shibata M, Jintasakul P, Azuma Y, You HL. 2015. A New Basal Hadrosauroid Dinosaur from the Lower Cretaceous Khok Kruat Formation in Nakhon Ratchasima Province, Northeastern Thailand. PLoS ONE, 10 (12): e0145904.

Steuber T, Schlüter M. 2012. Strontium-isotope stratigraphy of Upper Cretaceous rudist bivalves: Biozones, evolutionary patterns and sea-level change calibrated to numerical ages. Earth Science Reviews, 114 (1-2): 42-60.

Xing H, Wang D, Han F, Sullivan C, Ma Q, He Y, Hone DW, Yan R, Du F, Xu X. 2014. A New Basal Hadrosauroid Dinosaur (Dinosauria: Ornithopoda) with Transitional Features from the Late Cretaceous of Henan Province, China. PLoS ONE, 9 (6): e98821.

martes, 11 de octubre de 2016

Los últimos dinosaurios de la Patagonia

-REPORTAJE- NUÑO RUIZ


Crónica de una expedición científica por el extremo sur de Chile en busca del antiguo corredor de tierra por el que los dinosaurios llegaron desde América hasta la Antártida. Los científicos han descubierto rastros de una extraña muerte en masa en el que pudieron perecer cientos de ejemplares por culpa del cambio climático. Esta es una aventura tras sus huellas.

















Hubo un tiempo en el que la Antártida no era el desierto helado e inhóspito de la actualidad, sino una tierra verde, caliente y poblada por dinosaurios. Algunos habían llegado desde América por un puente de tierra que conectaba ambos continentes. Los rastros de esa conexión desaparecieron hace decenas de millones de años, pero un equipo de científicos está desenterrando pruebas de su existencia en uno de los lugares más remotos de Sudamérica: la Patagonia chilena

En los yacimientos chilenos han aparecido restos de al menos tres especies 
de dinosaurios.
“Hemos encontrado la mayor concentración de fósiles de dinosaurio en el punto más al sur del mundo, a excepción de la Antártida”, resume Marcelo Leppe, paleobotánico y director científico del InstitutoAntártico Chileno (INACH). Leppe lidera un equipo de jóvenes biólogos, paleontólogos, paleobotánicos, palinólogos (expertos en polen fósil) y otros especialistas que excavan en un lugar que llaman El Puesto, en el extremo sur de Chile. Por aquí, piensan, pasaba una ruta migratoria que unía los dos continentes y que quedó abierta gracias al cambio climático.

En 2012, un guarda al que apodan Nano fue el primero en encontrar huesos de dinosaurio en esta zona. Parecía sencillamente imposible, pues se pensaba que en el Cretácico Superior todos estos valles estaban cubiertos por el mar. Leppe llegó poco después y comenzó a encontrar cosas inexplicables en lo alto de los cerros, a unos 1.000 metros de altitud. Había hojas de vegetación terrestre y, en niveles superiores, fósiles de hadrosaurios, dinosaurios de pico de pato de unos seis metros de largo. En unos cuantos metros de ascensión por estas colinas se sale del fondo de lo que fue un océano prehistórico para pisar la misma tierra donde vivieron los dinosaurios hace unos 70 millones de años. Cada día, el equipo se divide en grupos que recorren los cerros en caminatas interminables. Los fósiles aparecen casi en cualquier parte, y bien se cargan a la mochila o se marca su localización con GPS para regresar otro día cuando haya más tiempo.

“HEMOS ENCONTRADO LA MAYOR CONCENTRACIÓN DE FÓSILES DE DINOSAURIO EN EL PUNTO MÁS AL SUR DEL MUNDO, A EXCEPCIÓN DE LA ANTÁRTIDA”

El Puesto es parte de una de las fincas ganaderas más grandes de la Patagonia. Para llegar hasta aquí hay que volar a Punta Arenas, recorrer cinco horas por carretera y pista de tierra en dirección noreste y, por último, caminar cuatro horas bajo la lluvia y la nieve desde el último lugar remotamente habitado, conocido como Las Chinas. Una caseta que fue hogar para los pastores acoge las comidas y reuniones del equipo científico. Trece tiendas de campaña completan las comodidades del campamento, en el que se trabaja unas tres semanas. El País Semanal fue invitado por Imagen de Chile a acompañar a los científicos en la expedición de este año, durante la que se han encontrado restos de tres nuevos dinosaurios, incluido un saurópodo de 18 metros de largo.

El guarda de la estancia fue el primero en encontrar huesos de dinosaurio.  
PABLO RUIZ
Este año, el equipo ha explorado una ladera bastante alejada del yacimiento original. Allí han aparecido un montón de piedras con poros en su interior, marca inconfundible de la médula ósea de un dinosaurio, en concreto la vértebra dorsal casi completa de un hadrosaurio. En el valle vecino se han recuperado dos fragmentos de piedra azulada con las mismas marcas, la tibia de un dinosaurio carnívoro. “Por el tamaño de los huesos calculamos que tendría cuatro metros de largo”, explica Sergio Soto, investigador experto en taxonomía del Museo Nacional de Historia Natural de Chile. Y en otro valle algo más alejado, el equipo comenzó a desenterrar un pequeño resto de hueso que, tras horas de trabajo, resultó ser un enorme fémur de un dinosaurio herbívoro de cuello largo.

Leppe calcula que las capas de terreno más recientes podrían tener unos 67 millones de años. “Creemos que es una cama de huesos que se extiende más de siete kilómetros, debe contener literalmente miles de huesos, cientos de individuos… ¿Qué pudo matarlos a todos a la vez?”, se pregunta.


En la primera imagen, el equipo reconstruye cientos de fósiles de plantas halladas aquí. En la segunda, el experto en polen Héctor Mansilla analiza un tronco fosilizado.

Hace 66 millones de años, un meteorito de unos 10 kilómetros de diámetro impactó contra la Tierra. Desde mediados del siglo pasado se han encontrado abundantes pruebas geológicas de este suceso en la península de Yucatán (México), y durante décadas fue considerado la única causa de la extinción de los dinosaurios. Estudios más recientes apuntan a que, para cuando sucedió este cataclismo, los dinosaurios ya estaban muy amenazados. Un cambio climático brusco y grandes erupciones volcánicas habrían desbaratado tanto algunos ecosistemas que estos animales estaban ya al borde de la extinción total.

Durante la mayor parte de la era de los dinosaurios el mundo estaba sometido a un intenso y plácido efecto invernadero. Las temperaturas eran bastante más cálidas que ahora, los niveles de CO2, elevados, y virtualmente no había hielo en todo el globo, un clima perfecto para la vegetación de grandes hojas, los enormes dinosaurios vegetarianos y también para sus depredadores carnívoros. Al final del Cretácico las cosas cambiaron para siempre. Hay evidencias de que hubo bruscas fluctuaciones climáticas hacia temperaturas más frías, lo que cambió el ecosistema al que estaban acostumbrados estos animales. “Estos eventos de enfriamiento podían hacer bajar el nivel del mar hasta 150 metros en un periodo muy corto, de apenas cientos de años”, explica Leppe.

Los fósiles de plantas son claves para entender qué sucedió en la zona hace 
68 millones de años.
Durante la campaña, cada miembro del equipo se encarga de reconstruir una pequeña parte de lo que pasó aquí hace entre 67 y 70 millones de años. Una de las pistas más claras no la están dando los huesos. “Los dinosaurios podían escapar de una amenaza, pero las plantas no, por eso te pueden explicar mucho mejor qué estaba sucediendo con el clima”, explica el brasileño Thiers Wilberger, paleobotánico del equipo.

En su última expedición a la Antártida, a finales de enero, el equipo encontró la que puede ser la hoja de Nothofagus más antigua que se conoce, de hace unos 82 millones de años. Hoy los Nothofagus, las hayas del sur, son el árbol más característico del extremo sur de América y uno de los pocos que consiguen sobrevivir en el clima extremo de la Patagonia.

En El Puesto, en un nivel inferior al de los hadrosaurios, aparecen de nuevo estas hojas de Nothofagus de unos 68 millones de años, las más antiguas de América del Sur. Este género de plantas es incapaz de sobrevivir en agua salada y sus semillas tienen una baja capacidad de dispersión, con lo que el equipo piensa que está ante una prueba clara de que hubo un antiguo puente entre la Antártida y América que se abrió justo en esta época. Este año se ha hecho otro gran descubrimiento: varias flores completas perfectamente fosilizadas.

Una nevada de verano austral en el campamento de El Puesto. PABLO RUIZ
“Los dinosaurios iban hacia la Antártida y las plantas hacia América”, resume Leppe. Era “el comienzo del final para estos animales”, pero también “un momento de aparición de nuevas especies, de mucha creatividad en términos evolutivos”, resalta. El corredor entre ambos continentes se habría convertido así en un epicentro de origen de especies por la conexión y desconexión entre América y la Antártida debidas al cambio climático.

Gerson Fauth, de la Universidad Unisinos, en Brasil, busca microorganismos marinos fosilizados que pueden reconstruir el ambiente y datarlo con precisión. “Necesitamos unos dos o tres meses para saber si las muestras contienen microfósiles y en torno a un año para saber de qué especie son”, explica. Leppe cree que las partes más altas de los cerros eran zonas de deltas en las desem­bocaduras de ríos, así que los microorganismos pueden ayudar a confirmar esa posibilidad. Héctor Mansilla, el palinólogo del equipo, es experto en detectar restos de polen y analizarlos al microscopio para identificar la planta y la época en la que vivió. “Dependiendo de cómo se depositara en los sedimentos, el polen además permite reconstruir el ambiente”, explica. El equipo espera publicar este año varias dataciones que ayuden a afinar las fechas en las que sucedió la supuesta migración entre continentes y también ese extraño evento de muerte en masa de hadrosaurios.

PABLO RUIZ
Usando palas, espátulas, brochas, pinceles y raspadores, el equipo paleontológico separa los fósiles de los sedimentos, tumbados en el frío suelo mientras sopla un viento helador. En el cementerio de hadrosaurios también aparece carbón, troncos de conífera fósil parcialmente quemados y restos de plantas. “Es imposible saber si murieron antes, durante o después de un gran incendio, en cualquier caso desaparecieron al menos un millón de años antes del meteorito. Hay que ser cauto, pero creo que aquí hay material para estudiar durante los próximos 25 años o más. Posiblemente yo haya muerto y se siga investigando qué sucedió aquí”, confiesa Leppe.

«Castellón tiene un potencial en ‘dinos’ de primera división»

El doctor José Miguel Gasulla en yacimiento del Mas de Romeu (Morella) 
donde están excavando actualmente. - FRANCISCO ORTEGA
La búsqueda de restos de dinosaurios en el espectacular Parque Jurásico que tiene la provincia de Castellón es constante. Los éxitos de los últimos meses demuestran que somos una mina en este tipo de patrimonio, que tiene un gran potencial turístico. Entre ellos, el hallazgo del Morelladon beltrani ha sido uno de los más sonados. Un descubrimiento en el que el doctor en Paleontología, el morellano José Miguel Gasulla, fue uno de sus actores protagonistas.

--¿Es la Paleontología un recurso importante en Castellón a nivel turístico a tener en cuenta?

–El potencial es muy interesante y hay algunos proyectos que muestran que es un recurso de gran reclamo, como los museos de Morella y Cinctorres. Pero parece evidente que las posibilidades de la Paleontología están aún por desarrollar. De hecho, estoy convencido que al nivel que se está trabajando actualmente será un recurso turístico en breve.

--Els Ports es un referente en toda España, incluso a nivel mundial. ¿Hay que reivindicarlo más?

–Los recursos paleontológicos españoles son muy importantes. Competir en este contexto es francamente duro. Sin embargo, Morella es un referente en dinosaurios desde su inicio. La paleontología española tiene un nivel internacional interesante. Els Ports ocupa un lugar destacado.

--¿Se nota en localidades cómo Morella o Cinctorres el filón de los dinosaurios?

–Todos los recursos patrimoniales contribuyen a incrementar el interés del turista. En Els Ports, la cifra de visitantes que se interesan por el recurso paleontológico es lo suficientemente importante para su contribución en el posible éxito turístico.

--¿Qué necesita el campo paleontológico para tener más impulso en la provincia?

–Castellón tiene un patrimonio paleontológico de primera división. En investigación, está consiguiendo situarse en una buena posición en el punto de vista científico. Además, es una realidad que la oferta turística en esta materia funciona en Els Ports. Obviamente, si mejoramos las condiciones de búsqueda, conservación y estudio de los fósiles, y mejoran también las estructuras museográficas y de comunicación, las posibilidades de estos recursos también mejorarán. Es algo en lo que tenemos de participar todos, sobre todo la administración y las instituciones de ámbito cultural y académicas.

--¿Cree que hay que enseñar desde pequeños de dónde venimos y la importancia que tuvieron los dinosaurios?

–Los dinosaurios siempre han resultado muy atractivos para todo tipo de público. Eso lo convierte en un magnífico vehículo para explicar cosas. No solo de ellos, sino de la vida y de la formación de la Tierra. Entender esta historia nos cuenta muchas cosas de nuestro propio origen, incluso hacia dónde vamos. Esto es especialmente importante en los más pequeños que tienen una gran atracción por estos animales.

--Hasta el próximo año se puede visitar en la Ciutat de les Arts i les Ciències la exposición ‘Els Nostres Dinosaures’. ¿Cómo valora esta exposición temporal?

–Cualquier esfuerzo que se haga desde la administración y del entorno científico para conjugar investigación y divulgación siempre resulta muy interesante. La exposición que se puede visitar en Valencia, con muchos restos de la provincia, es un magnífico ejemplo de esta simbiosis.

-–¿Por qué el modelo Dinópolis (Teruel) funciona y aquí en Castellón no hemos sido capaces de desarrollar algo similar?

–El modelo Dinópolis funciona porque responde a la inversión y a los objetivos que tiene el Gobierno de Aragón con su patrimonio paleontológico. La riqueza que tenemos aquí no tiene nada que envidiar a la turolense. Hay que intentar cumplir los objetivos que nos parezcan adecuados, sin necesidad de mirar al modelo Dinópolis. Si así lo hacemos, conseguiremos el mismo éxito y, además, diferenciado.

--Reivindicáis un técnico experto en restauración paleontológica a nivel autonómico. ¿Por qué?

–Los fósiles necesitan un tratamiento especializado, para pasar del campo a estar a disposición de todos. Esa es una función muy concreta que debe desarrollar un técnico paleontológico que, de momento, no existe.

--¿Qué pasó con el proyecto presentado para la Fàbrica Giner de Morella denominado Dinomanía que quedó en nada?

–El proyecto era ambicioso. Surgió en un contexto concreto y fue víctima del cambio de situación económica. Ahora, con esa lección, debemos ser capaces de abordar nuevos proyectos.

--Uno de los mayores descubrimientos recientes fue el ‘Morelladon beltrani’. ¿Cuál es su transcendecia a nivel mundial?

–Los dinosaurios son animales icónicos. Morelladon es, después de más de un siglo de investigación, el primero de gran tamaño cuya primera referencia mundial se produce en Morella. Cualquier estudioso del Cretácico en estos momentos debe tener a Morelladon como una referencia en sus investigaciones, lo que nos produce una enorme satisfacción.

--Incluso está en una votación final para ser uno de los hallazgos paleontológicos más importantes del mundo del último año...

SEnDMorelladon ha sido ya considerado como uno de los hallazgos más característicos del último año publicado en revistas de acceso abierto. Incluso, forma parte de un juego de teléfonos móviles de dinosaurios a nivel mundial. Pero lo importante es que Morelladon es y será relevante científicamente cuando pasen todos estos reconocimientos.

--¿En qué estáis trabajando actualmente? ¿Podría aparecer un resto tan importante cómo el ‘Morelladon beltrani’?

–Seguimos excavando y estudiando el registro de la comarca para entender sus ecosistemas. Nos queda mucho trabajo por hacer, pero intuimos, incluso sabemos, que podremos presentar en breve resultados tan espectaculares como el de Morelladon.

--¿Queda mucho por descubrir?

–Sí. Reconstruir las faunas del pasado es un proceso complejo al que accedemos por información escasa y que, difícilmente, se termina. Cada vez sabemos más, pero no lo sabemos todo. Siempre hay algo más por descubrir.

--¿Tenemos más repercusión en el campo de los dinosaurios desde fuera que la importancia que le damos desde aquí?

–La paleontología de Els Ports es más relevante en el entorno científico que en el social. Quiere decir que a todos los que estamos implicados en el tema aún nos queda trabajo por hacer para que la gente de la comarca asuma el valor real de este patrimonio.

--¿Qué te impulsó a ser paleontólogo y a llegar a ser doctor?

–El interés de niño por buscar fósiles ha dado resultado. Desde hace años, trabajo profesionalmente en la Cantera de Arcillas Rojas de la empresa Vega del Moll. Lo que me ha permitido ampliar formación y llegar a doctor.

viernes, 7 de octubre de 2016

Brasil descubre su propio dinosaurio gigante

Una nueva especie de titanosaurio, encontrada en São Paulo, medía cerca de 25 metros y es el mayor ejemplar del país

Brasil también fue un mundo perdido. Un grupo de paleontólogos del Museo de Ciencias de la Tierra, en Río de Janeiro, acaba de concluir en un estudio que hubo un dinosaurio gigante en Brasil. El ejemplar, una nueva especie de titanosaurio, vivió hace aproximadamente 70 millones de años y medía cerca de 25 metros (el mítico tiranosaurio rex de Parque Jurásico medía cinco; el braquiosaurio que comía de los árboles y cuyo cuerpo recuerda más al titanosaurio, 12). El descubrimiento confirma que en Brasil también habitaron dinosaurios gigantes: hasta ahora el mayor ejemplar encontrado, apodado de Dinoprata, medía apenas 13 metros.

Comparación entre dinosaurios brasileños, de menor a mayor: Gondwanatitan faustoi (8 metros), 
Maxakalisaurus topai (13 metros) y Austroposeidon magnificus (25 metros).
















El monumental herbívoro, del que se han encontrado varios fragmentos de vértebras cervicales y dorsales, ha sido bautizado como Austroposeidon magnificus. De cuello y cola largos, cabeza relativamente pequeña en comparación y cuerpo voluminoso, el animal vivía, según los autores del estudio, allá donde hubiera selva y ríos. Los titanosaurios, unos de los animales más grandes del planeta, fueron muy abundantes en el supercontinenteconocido como Gondwana, que reunía, hace 200 millones de años, las masas continentales de América del Sur, África, India, Antártica y Australia. Otros detalles de la investigación, que ha llevado cerca de tres años, serán publicados en la revista científica Plos One.

Los investigadores también han detectado anillos de crecimiento óseos intercalados con un tejido óseo más denso, una característica desconocida hasta hoy en los titanosaurios. El estudio de los anillos es muy importante porque permite determinar el crecimiento del animal, y entender la evolución del gigantismo en los dinosaurios. Esta investigación aún no es concluyente en este aspecto, pero otras sí han avanzado en el vertiginosocrecimiento de especies como el T. Rex, una bestia que crecía a un ritmo de 2,1 kilos diarios.

El dibujo ilustra la reconstrucción de la vértebra 
del nuevo dinosaurio
El Austroposeidon es la vigésimo tercera especie de dinosaurio hallada y bautizada en Brasil, la mayoría descubiertas ya a partir de los años noventa. Los hallazgos paleontológicos brasileños son modestos en comparación con Argentina, la eterna rival en materia de dinosaurios gigantes, que, a pesar de tener un territorio tres veces menor, no solo acumula más de un centenar de especies sino que descubrió en la Patagonia en 2014 el Dreadnoughtusschrani, el animal terrestre más grande conocido en el mundo, un gigante de 26 metros y más de 60 toneladas. Los especialistas achacan ese abismo entre dos países tan próximos entre ellos a la formación geológica: en Brasil son raras las rocas del Jurásico, periodo del que Argentina descubrió casi una decena de especies. Ha influido también la cultura de investigación que hay en Argentina, que describió su primer dinosaurio en 1893, 77 años antes que los brasileños (y, claro, el dinero).

Aunque el descubrimiento sea novedoso, los restos del dinosaurio llevaban almacenados 63 años. Los fósiles fueron encontrados en los años cincuenta por un agricultor durante la construcción de una gran carretera en el municipio de Presidente Prudente, a 561 kilómetros del centro de SãoPaulo. Uno de los principales paleontólogos de Brasil, Llewellyn Ivor Price, fue en su búsqueda y puso el hallazgo a buen recaudo, pero murió tres décadas antes de saberse de qué se trataba.
Aunque el descubrimiento sea novedoso, los restos del dinosaurio llevaban almacenados 63 años 
“En Brasil falta dinero para investigaciones científicas. Fuimos priorizando otros estudios antes que este porque los recursos son muy limitados”, lamenta Alexander Kellner, uno de los investigadores. La inversión en paleontología en Brasil fue presentada como raquítica durante el anuncio del nuevo dinosaurio, pues el coste de materiales para llevar adelante el estudio, que no incluye el salario del personal ya contratado y las becas de la estudiante que colaboró, fue de apenas 10.000 reales (3.000 dólares).

jueves, 6 de octubre de 2016

La vida en la Tierra no estuvo al borde de la extinción en el Pérmico

La vida en la Tierra no estuvo al borde de la extinción en el Pérmico 
MADRID | EUROPA PRESS
La mayor desaparición de seres vivos registrada en la Tierra, conocida como Extinción del Pérmico, hace 250 millones de años, no fue tan masiva como se había descrito inicialmente.

Cálculos realizados por Steven Stanley, de la Universidad de Hawai, apuntan a que esta 'gran mortandad' acabó con alrededor del 81 por ciento de las especies marinas, y no con entre un 90 a un 96 por ciento determinado en otros estudios. Es todavía una extinción en masa, pero, "la vida no estuvo a punto de desaparecer al final del Pérmico, como a menudo se ha dicho".

Su trabajo, publicado en la revista Proceedings, se basa en el efecto Signor-Lipps, presentado en 1982, que establece que el registro fósil de los organismos nunca estará completo, debido a que no se registrarán como fósiles ni el primer organismo ni el último de un taxón determinado.

El más famoso ejemplo del efecto Signor-Lipps es el pez ancestral celacanto. Se pensaba que se había extinguido hace alrededor de 66 millones de año, pero un espécimen vivo fue capturado frente a la costa de África del Sur en 1938.

Con un modelo matemático aplicado a esta premisa, Stanley determinó que una extinción en masa podría parecerse más a un proceso en que las especies más raras desaparecen antes que las más comunes, por ejemplo.

Tomando Signor-Lipps en cuenta, Stanley calcula que la extinción a finales del Pérmico, hace unos 250 millones de años, acabó con el 81% de las especies marinas, menos que el muy citado porcentaje del 96 por ciento.

Las especies supervivientes comprendieron 90 órdenes y 220 familias, que "encarnan una enorme cantidad de diversidad morfológica, fisiológica y ecológica", escribe Stanley.