¿La idea de que te persiga un Tyrannosaurus Rex no te
resulta muy inquietante? ¿Qué tal si en lugar de uno imaginas a un grupo de
estos gigantescos carnívoros? Un nuevo descubrimiento sugiere precisamente eso.
El enésimo error de Jurassic Park es pintar al T-Rex como un depredador
solitario.
Foto: Dr. Alan Titus / Bureau of Land Management / Dominio Público
El estudio se ha realizado a partir de restos fósiles
hallados en un valle cercano al Monumento Nacional Grand Staircase-Escalante,
en Utah. El yacimiento fue descubierto por el paleontólogo Alan Titus en 2014,
y contiene los huesos de un número indeterminado de tiranosaurios
pertenecientes a una subespecie de estos depredadores denominada Teratophoneus
curriei en honor al experto en tiranosaurios Philip Currie. El nombre de la
especie significa literalmente “asesino monstruoso” y básicamente son
tiranosaurios con algunas diferencias en la forma del cráneo.
Foto: Dr. Alan Titus / Bureau of Land Management / Dominio Público
El caso es que la cantidad y proximidad de huesos de
diferentes ejemplares (algunos más jóvenes, otros adultos) llamó la atención
del equipo de paleontólogos dirigido por el Dr. Titus. En paleontología, el
hecho de encontrar huesos de diferentes animales de una misma especie en el
mismo lugar no tiene por qué significar que esos animales vivían juntos. Los
restos pueden haberse movido de su sitio debido a procesos geológicos normales
(como la corriente de un río o un glaciar). Incluso aunque los animales
murieran allí, eso no quiere decir que lo hicieran al mismo tiempo. Es el caso
de los pozos de brea en los que a menudo perecen diferentes animales en
diferentes momentos.
Ninguna de las evidencias físicas era concluyente en uno u
otro sentido, así que los investigadores recurrieron al análisis geoquímico de
las muestras. Concretamente examinaron las trazas de 17 elementos químicos
conocidos como tierras raras. Los resultados del análisis sugieren que los
tiranosaurios no solo se fosilizaron juntos. También murieron al mismo tiempo.
La falta de espacios dignos lastra el crecimiento del Museo
de Dinosaurios de Salas de los Infantes, las investigaciones y el desarrollo
turístico de la comarca
Si el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes se
pudiera permitir contratar más personal, que no es el caso, primaría en el
proceso de selección a aquellos profesionales que dominaran los puzzles y el
tetris. Dos habilidades imprescindibles para trabajar en unas instalaciones que
lastran cualquier posibilidad de crecimiento, cuantitativa y cualitativa, de la
exposición de fósiles, de los investigadores que trabajan con ellos y, por
contagio, del turismo en la comarca.
La vértebra en la que está trabajando Caterine Arias en el taller de restauración estaba en más de 100 fragmentos. No tiene ni una mesa para colocarlos. A la derecha, Fidel Torcida, director del Museo. - Foto: F2 Estudio Rebeca Ruiz
«No hay espacio, no hay personal, no hay nada. El potencial
es enorme pero...», se lamenta Fidel Torcida, director de un museo que abrió en
2001 y que lleva 15 años pendiente de una ampliación o de un edificio nuevo que
nunca llega. «Recuerdo una Semana Santa que pensaba: ‘se nos va a caer el
museo’. Había tantísima gente dentro…. Pero no da para más. No da para más el
espacio, los recursos... ¡Si ni siquiera tenemos un esqueleto gigantesco
expuesto¡ ¿Cómo un museo de dinosaurios no tiene un esqueleto?», se pregunta
compungido.
(Amplio reportaje y fotografías, en la edición de papel de
hoy de Diario de Burgos o aquí)
El motivo puede ser que los océanos son capaces de absorber
una gran cantidad de dióxido de carbono o aumentar la temperatura sin que en
tierra firme se note nada, hasta que se producen fallos repentinos del
ecosistema
Ilustración de un Lystrosaurus - Gina Viglietti
La peor extinción masiva de nuestro planeta ocurrió hace 252
millones de años. En ese momento, tremendas erupciones volcánicas masivas
causaron un cambio climático catastrófico, provocando la gran mayoría de las
especies animales se extinguieran. Este momento marcó el inicio de la Era de
los Dinosaurios. Los científicos todavía recaban datos acerca de cuáles fueron
las especies que desaparecieron y las que lograron sobrevivir y por qué. Ahora,
un nuevo estudio publicado en la revista 'Proceedings of the National Academy
of Sciences of the United States of America' (PNAS) ha hallado una nueva pieza
del puzle: si bien la extinción masiva ocurrió rápidamente en los océanos, en
tierra firme tardó mucho más tiempo en desarrollarse.
«La mayoría de investigadores asumen que dado que la
extinción marina ocurrió en un corto período de tiempo, la vida en la tierra
debería haber seguido el mismo patrón, pero descubrimos que la extinción marina
en realidad puede ser un signo de un fenómeno más largo y prolongado», explica
Pia Viglietti, investigadora postdoctoral en el Field Museum de Chicago y
autora principal del estudio. «El enfoque para estudiar la extinción terrestre
ha sido básicamente, '¿Podemos hacer coincidir el patrón en el reino terrestre
con lo que se observa en los océanos?' Y la respuesta es, 'No realmente'»,
afirma por su parte otro de los autores, Ken Angielczyk, curador de
paleontología de vertebrados en el Museo Field. «Este artículo es el primero
que se centra realmente en los vertebrados y dice: 'No, estaba sucediendo algo
que era exclusivo del ámbito terrestre'».
Una extinción muy rápida
Los científicos llevan fijándose en los fósiles marinos para
explicar lo que ocurrió no solo en el mar, sino en tierra firme, desde hace
mucho tiempo. Bajo los océanos existe un registro fósil más completo porque,
una vez se mueren los animales, sus cadáveres son cubiertos por sedimentos
rápidamente. Como resultado de estas colecciones rescatadas, los paleontólogos
descubrieron que hace 252 millones de años se produjo una extinción masiva al
final del período Pérmico y que, en tan solo 100.000 años, más del 95% de las
especies que vivían en el océano se extinguieron. Hasa ahora, los
investigadores también habrían asumido que en ese tiempo se habrían extinguido
también el 70% de las especies terrestres. Pero ahora esta nueva investigación
señala que sobre el nivel del mar esto ocurrió en más tiempo. Y si 100.000 años
nos parece mucho tiempo, es muy rápido en términos geológicos: la versión
marina de la extinción del final del Pérmico tuvo lugar en 100.000 años de los
3.800.000.000 de años que ha existido la vida, lo que equivale a 14 minutos en
todo un año.
Para saber qué sucedió con la vida en la tierra, Viglietti,
Angielczyk y sus colegas examinaron 588 fosiles de animales de cuatro patas que
vivían en lo que ahora es la cuenca del Karoo, en Sudáfrica, en el momento de
la extinción masiva del Pérmico. Los investigadores crearon una base de datos y
separaron los fósiles por edad, agrupando los especímenes en intervalos de
tiempo de 300.000 años. Este enfoque les permitió cuantificar la aparición y
desaparición de diferentes especies y observar el panorama más amplio de la
vida a lo largo del tiempo, en lugar de depender simplemente de especímenes
individuales para contar toda la historia. «En lugar de centrarse demasiado en
un fósil, se compilan cientos de observaciones aproximadamente en el mismo
intervalo de tiempo», dice Viglietti.
El Lystrosaurus tiene la clave
Una de las especies que ayudó a revelar patrones de
extinción y recuperación fue el Lystrosaurus, un pariente herbívoro de los
primeros mamíferos que variaba desde el tamaño de un perro pequeño hasta una
vaca, según la especie. «Tenía pico y colmillos, no era el animal más
atractivo», explica Viglietti, quien ya había trabajado con los restos de esta
especie durante su etapa de estudiante de posgrado. Lystrosaurus es lo que los
paleontólogos conocen como un 'taxón de desastre', un grupo que prosperó
durante una época en la que la mayoría de las demás formas de vida estaban en
apuros. «Antes de que comenzara la extinción, Lystrosaurus ya era abundante.
Nos hizo pensar en qué estaba impulsando a la especie: si Lystrosaurus
simplemente se apoderó del paisaje árido después de que otros animales se
extinguieran, o si el medio ambiente estaba cambiando y este animal se estaba
adaptando a estos cambios mejor que otros. Nuestra mejor suposición es la
última».
El examen de fósiles como Lystrosaurus mostró que la
extinción del Pérmico fue muy diferente en la tierra con respecto a los
océanos: fue un asunto mucho más largo y prolongado. Usando la comparación
anterior, si la historia de la vida en la Tierra se comprimiera en un solo año
y la extinción del final del Pérmico matara al 95% de los animales del océano
en cuestión de 14 minutos, la extinción terrestre habría tomado diez veces más
tiempo, aproximadamente dos horas y veinte minutos (en términos geológicos, un
millón de años).
Las razones de las diferencias entre agua y tierra
No está claro exactamente por qué esta extinción masiva
ocurrió mucho más lentamente en tierra firme. «Los cambios en el clima de la
Tierra fueron acumulativos y se sumaron con el tiempo. Los ecosistemas se
interrumpieron lentamente, y luego se llegó a un punto en el que todo se
derrumbó, como la gota que colmó el vaso - dice Viglietti-. Todo estaba bien,
hasta que dejó de estarlo».
Una razón de la discrepancia podría ser que los océanos
pueden absorber cambios químicos y estabilizarse, hasta cierto punto. «En la
crisis climática actual, los océanos pueden absorber una gran cantidad de
dióxido de carbono o aumentar la temperatura sin que la gente se dé cuenta, y
luego, de repente, se producen fallos repentinos del ecosistema, como la
acidificación de los océanos y el blanqueamiento de los corales. Lo mismo
podría ser cierto para los océanos del Pérmico tardío».
Comprender lo que sucedió en la extinción masiva del final
del Pérmico puede ofrecernos pistas sobre el surgimiento de los dinosaurios:
muchos de los antiguos parientes de los mamíferos se extinguieron, dejando
vacantes ecológicas que los ancestros de los dinosaurios fueron capaces de
rellenar gracias a la evolución. Pero la extinción del final del Pérmico
también proporciona información sobre un fenómeno de extinción masiva que la
Tierra está experimentando actualmente debido al cambio climático y la
destrucción del hábitat. «Los cambios ambientales que estamos causando y los
impactos que estamos teniendo en las especies animales y vegetales están
llegando al punto en que la escala es tal que realmente no hay nada en la
historia de la humanidad que sea comparable. El registro fósil puede darnos una
idea de cómo son las crisis de biodiversidad masivas y cómo proceden», afirma
Angielczyk.
Viglietti apostilla: «Se necesita mucho tiempo para
recuperarse de la extinción. Cuando perdemos diversidad, no se recuperará
durante nuestra vida, nos llevará cientos de miles de años, o incluso millones.
Estudios como este muestran en qué debería centrarse nuestra sociedad».
Estas arañas destacan por su tamaño, colores llamativos y
por el hecho de que se encuentran en todo el mundo. Ahora han descubierto por
qué. ¡Se remontan al Cretácico!
IStock
Teniendo en cuenta que las tarántulas son arañas bastantes
hogareñas, que rara vez abandonan las madrigueras y que solo los machos son los
que deambulan por el mundo en busca de pareja, ¿cómo es posible que podamos
encontrar tarántulas en seis de los siete continentes? (el único donde no verás
tarántulas es la Antártida).
"Están bastante extendidas y se encuentran en las
regiones subtropicales de todos los continentes", explica la
bioinformática Saoirse Foley de la Universidad Carnegie Mellon, líder del
trabajo. "Sus comportamientos no presagian que las tarántulas sean
dispersoras exitosas, sin embargo, se han extendido por todo el mundo y han
colonizado nichos ecológicos sorprendentemente diferentes".
¿Qué podría explicar esta 'dominación' mundial?
Un nuevo estudio publicado en PeerJ ha descubierto el
sorprendente motivo: estos gigantescos arácnidos, estas bestias de ocho patas,
llevan mucho tiempo en la Tierra; se remontan al periodo Cretácico, esto es,
convivieron con los dinosaurios hace 120 millones de años.
Los investigadores analizaron los transcriptomas (el ARNm
expresado por un organismo) de una amplia gama de especies de tarántulas
provenientes de diferentes períodos de la historia de la Tierra. A partir de
esto, modelaron el árbol genealógico de las especies de tarántulas que podrían
tener referencias cruzadas con especímenes del registro fósil, viendo cómo
podrían haberse desarrollado a lo largo de la evolución. Los fósiles de
tarántulas son extremadamente raros, pero el software utilizado en el estudio
logró estimar las edades de las tarántulas más viejas en relación con las
edades de los fósiles de otras arañas.
Un dúo muy especial
Descubrieron que las tarántulas surgieron por primera vez en
lo que actualmente es América, hace unos 120 millones de años durante el
período Cretácico. En ese momento, América del Sur estaría unida a África,
India y Australia como parte del supercontinente de Gondwana y estas llegaron
al resto de continentes debido a la deriva continental, pero parece que su
alcance va más allá de la pura suerte. Y sí, un momento en el que podemos
imaginarnos a los dinosaurios junto a estas criaturas peludas de ocho patas,
pues los dinosaurios aún deambulaban por la Tierra.
Los expertos encontraron que la colonización de Asia se
produjo con dos linajes de tarántulas, lo que indica que las tarántulas son
mejores dispersoras de lo que creíamos. Ambas emergieron en el subcontinente
indio antes de que se uniera a Asia, una a través de las copas de los árboles y
otra por tierra.
“Anteriormente, no considerábamos que las tarántulas fueran
buenas dispersoras”, comenta Foley. “Si bien la deriva continental ciertamente
jugó un papel en su historia, los dos eventos de colonización asiática nos
alientan a reconsiderar esta narrativa. Las diferencias de microhábitats entre
esos dos linajes también sugieren que las tarántulas son expertas en explotar
nichos ecológicos, al mismo tiempo que muestran signos de conservación de
nichos, pues curiosamente, los dos linajes también parecen ser ecológicamente
divergentes".
Estos resultados sugieren que la adaptación evolutiva de
estas temidas arañas jugó también un papel importantísimo para su propagación
geográfica y no solo la deriva continental.
"Quizás estas radiaciones se puedan atribuir a un antiguo
cambio en el estilo de vida que cada subfamilia ecológicamente distinta se
vuelve exitosa al explotar diferentes nichos ecológicos", explican los
autores.
El tiburón Godzilla, un esqueleto completo fosilizado de un
gran pez que vivió hace 300 millones de años y que fue descubierto en 2013, ha
recibido el nombre científico de Dracopristis hoffmanorum.
Recreación del tiburón Godzilla - JESSE PRUITT
El nuevo tiburón ha sido presentado en el Boletín del Museo
de Historia Natural y Ciencia de Nuevo México (NMMNHS) por un equipo de
investigadores de múltiples instituciones.
Con dos metros de longitud, Dracopristis hoffmanorum tenía
12 filas de dientes perforantes en mandíbulas robustas y poderosas, y tenía dos
espinas de aleta de 75 centímetros de largo en su espalda. Esta combinación de
características le dio a este tiburón el apodo popular de 'Tiburón Godzilla'
cuando fue descubierto en Nuevo México.
Un grupo de científicos que había estado participando en una
reunión científica en el NMMNHS estaba visitando las montañas de El Manzando,
cerca de Albuquerque, para aprender sobre las rocas y fósiles excepcionales de
plantas y animales que se conservan allí. Justo cuando el grupo estaba a punto
de irse, John-Paul Hodnett, paleontólogo autor principal del nuevo estudio y
estudiante graduado en ese momento, se encontró con algo inesperado.
"Estaba sentado en un lugar sombreado usando una navaja
de bolsillo para dividir y mover a través de las calizas, sin encontrar mucho
más que fragmentos de plantas y algunas escamas de pescado, cuando de repente
choqué con algo que era un poco más denso", dijo Hodnett, un especialista
en tiburones antiguos. "Al principio, pensé que lo que se había volteado
era la sección transversal de un hueso de una extremidad, lo cual fue
emocionante ya que antes no se había encontrado ningún tetrápodo grande en ese
sitio”.
El descubrimiento de Hodnett despertó el entusiasmo de la
multitud de científicos, y un equipo del NMMNHS se puso a trabajar rápidamente
para exponer más fósiles, mientras el resto de los participantes de la reunión
regresaban al Museo. No fue hasta el día siguiente, mientras Hodnett estaba
trabajando con un colega en las colecciones del NMMNHS, que reveló lo que se
había descubierto. "El preparatorio de fósiles del Museo, Tom Suazo, entró
con esta bandeja de cartón en la mano y una gran sonrisa en su rostro, diciendo
que no era un tetrápodo lo que encontré, sino un tiburón realmente
grande", recordó Hodnett en un comunicado.
La bandeja contenía trozos de roca que tenían las
impresiones de las espinas de las aletas, y el patrón era indicativo de un
tiburón ctenacanto, un grupo en el que se especializó Hodnett. Spencer Lucas,
curador de paleontología en NMMNHS, alentó a Hodnett a investigar el nuevo
fósil, que resultó ser el fósil de tiburón ctenacanto más que se haya
descubierto en América del Norte.
Después de siete años de trabajo en el laboratorio de
preparación del Museo para limpiar y estabilizar el fósil, una investigación
que lo comparó con otros tiburones antiguos, el equipo de Hodnett determinó que
era una nueva especie de tiburón ctenacanto.
El nombre Dracopristis hoffmanorum, o Tiburón dragón de
Hoffman, es en reconocimiento a algunos de sus rasgos similares a los de
Godzilla (el pez más grande encontrado en el sitio hasta ahora y que tiene
grandes mandíbulas y grandes espinas), y en honor a la familia Hoffman, propietaria
de la tierra donde se recolectó el fósil de tiburón.
Al observar las rocas donde se encontró y la anatomía de
Dracopristis, el equipo determinó que el tiburón dragón probablemente vivía en
lagunas y estuarios poco profundos, navegando cerca del fondo de las vías
fluviales para emboscar presas como crustáceos, peces óseos y otros tiburones.
Las grandes espinas de la aleta dorsal de Dracopristis
actuaban como elemento disuasorio contra los depredadores más grandes. "En
las mismas rocas que arrojaron el fósil de Dracopristis, hemos encontrado
dientes de un tiburón más grande llamado Glikmanius, que es conocido casi en
todo el mundo en este momento, y habría sido un depredador grande y
peligroso", dijo Hodnett.
El nuevo esqueleto de Dracopristis también ofrece una nueva
perspectiva sobre cómo encajan los ctenacantos en el árbol genealógico de los
tiburones. Por lo tanto, Dracopristis y otros tiburones ctenacantos representan
una rama evolutiva única de los tiburones que se separaron de los tiburones y
rayas modernos hace aproximadamente 390 millones de años, pero que se
extinguieron al final de la Era Paleozoica, hace unos 252 millones de años.
Esta nueva especie pertenece a la familia de los
titanosaurios, los mayores animales que en el pasado poblaron el planeta. Este
es el tercer dinosaurio no aviar descrito en Chile, después de Atacamatitan
chilensis y el Chilesaurus diegosuarezi.
Fuente: Museo Nacional de Historia Natural
Un importante hallazgo paleontológico se ha hecho oficial
con la publicación de la aparición de una nueva especie de dinosaurio, el
Arackar licanantay. Esta especie pertenece a una gran familia de dinosaurios
conocidos como titanosaurios, animales herbívoros, cuadrúpedos, de cuello y
cola larga. Varias especies de este grupo llegaron a convertirse en los mayores
animales que alguna vez caminaron sobre la Tierra.
El hallazgo de este dinosaurio se realizó en los años 90, y
estuvo a cargo del geólogo nacional Carlos Arévalo, quien excavó el ejemplar
junto con personal del Servicio Nacional de Geología y Minería, Sernageomin, en
un sector ubicado aproximadamente 75 kilómetros al sur de la ciudad de Copiapó,
región de Atacama.
La presentación de este nuevo dinosaurio se realizó a través
de un artículo publicado en la revista especializada a nivel mundial CretaceousResearch y fue el resultado de un trabajo colaborativo entre el Museo Nacional
de Historia Natural, la Universidad de Chile y el Laboratorio de Dinosaurio de
la Universidad Nacional de Cuyo, Argentina.
Arackar licanantay, un dinosaurio único en su especie
El Arackar licanantay (nombre que significa «osamentas
atacameñas» en lengua kunza), habitó en lo que hoy es la región de Atacama,
durante la parte final del periodo Cretácico, es decir hace 80 a 66 millones de
años atrás. Tenía unos 6.3 metros de longitud total estimada, lo que significa
que habría correspondido una especie de menor tamaño con relación a muchos
titanosaurios. El ejemplar hallado en el norte de nuestro país corresponde a un
subadulto, y su esqueleto no está completo, consta de un fémur, un húmero,
isquion y elementos vertebrales del cuello y espalda.
El análisis de los restos encontrados reveló varias
características únicas, en especial aquellas de sus vértebras dorsales. Estas
singularidades permiten diferenciarlo de otros animales del mismo grupo e
identificarlo como una nueva especie. David Rubilar, Jefe del Área de
Paleontología del Museo Nacional de Historia Natural, recalca la trascendencia
del hallazgo pues el Arackar licanantay «corresponde al tercer dinosaurio no
aviar descrito y reconocida para Chile, después de Atacamatitan chilensis y
Chilesaurus diegosuarezi, lo que constituye un hito relevante para el
patrimonio paleontológico chileno. Además el grupo de los titanosaurios es muy
amplio y diverso, con reiterados hallazgos en lo que hoy es Argentina y Brasil,
sin embargo, es mucho menos frecuente encontrarlos en este lado de la
cordillera, hay muy pocos registros de titanosaurios en nuestro territorio, lo
que hace del Arackar licanantay un hallazgo muy valioso.»
Representación del Arackar licanantay (Ilustración: Mauricio Álvarez).
Otra particularidad de este nuevo dinosaurio chileno tiene
relación con la disposición de sus extremidades, detalla Alexander Vargas,
director de la Red Paleontológica de la Universidad de Chile y académico de la
Facultad de Ciencias de este plantel. «Una característica de muchos
titanosaurios es que sus piernas estaban en un ángulo abierto. Nuestro
dinosaurio no tiene ese ángulo, es bastante recto en comparación al fémur de
otros titanosaurios. Se conocen otros titanosaurios así, pero no es lo más
común. Uno de ellos es el Rapetosaurus, de Madagascar, y otro es el
Atacamatitan de la Región de Antofagasta, el primer dinosaurio chileno. Sería interesante
explorar por qué justo los dos titanosaurios chilenos son así, podría haber
alguna relación entre ellos o alguna particularidad biogeográfica».
Sudamérica: el reino de los titanosaurios
Los titanosaurios eran dinosaurios herbívoros de cabeza
pequeña, de cuello y cola alargada, que vivieron a lo largo del período
Cretácico en prácticamente todo el mundo, incluida la Antártica, donde se han
encontrado algunas vértebras. Dentro de esta familia de saurópodos están
algunos de los récords de tamaño de cualquier animal terrestre que haya vivido
sobre el planeta. El más grande de todos, a la fecha, es el Argentinosaurus,
que vivió en la Patagonia Argentina entre 97 y 93,5 millones de años atrás. El
tamaño estimado de esta especie indica una longitud promedio de 33 metros y un
peso cercano a las 73 toneladas, registro que lo sitúa entre los mayores
dinosaurios conocidos (más de diez veces el peso de un Tiranosaurus rex.
Bernardo González Riga, investigador del CONICET y tercer
autor del estudio del Arackar, también descubrió a otro de estos gigantes en
Mendoza: el Notocolossus, uno de los tres titanosaurios más grande del mundo.
El paleontólogo argentino, especialista en esta especie, indica que estos
saurópodos fueron particularmente abundantes y diversos en este lado del mundo,
«dado que el continente quedó aislado la mayor parte del Cretácico Tardío,
entre los 100 y los 66 millones de años. Por ejemplo, de unas 80 especies que
se conocen en el mundo, 55 proceden de Sudamérica.»
En el área del hallazgo del Arackar, cerca de la ciudad de
Copiapó, solo se ha constatado hasta el momento la existencia de un lago. Sin
embargo, se conoce que este fue un período muy cálido y húmedo, con una
temperatura media anual global 5 grados más alta que la actual. Regionalmente,
lo que ahora es el norte de Chile tenía una temperatura cercana a 24°C, no muy
lejana a la de hoy. Sin embargo, hacia fines del Cretácico la zona no tenía los
niveles de aridez que hoy la caracterizan. Los bosques de estas latitudes
fueron dominados por algunas familias de plantas con flor como las lauráceas y
coníferas como las araucarias y podocarpáceas, además de helechos. También es
posible encontrar linajes característicos de ambientes mucho más húmedos, como
cycadales y representantes de las arecaceas (palmeras). En este contexto,
González Riga agrega que «antes de la extinción de estos dinosaurios hace 66
millones de años, se registra una disminución del tamaño corporal en la mayoría
de los titanosaurios, lo que coincide con cambios ambientales.»
Una característica evolutiva que distingue a estos
saurópodos es la progresiva reducción de las falanges de los dedos en sus patas
traseras, y la completa desaparición de las mismas en las patas delanteras, condición
que los hacía caminar sobre sus "nudillos" (metacarpianos). El
Arackar, en específico, se caracterizó además por tener espaldas más planas que
otros titanosaurios, que -en general- exhiben una curvatura dorsal más
pronunciada. La historia de este hallazgo se remonta a su descubrimiento en los
años 90 y continuó con el estudio de los restos por parte de un equipo
integrado por los paleontólogos David Rubilar, Alexander Vargas y José Iriarte,
trabajo al cual se sumó posteriormente Bernardo González Riga y otros
investigadores.
Manqui Malal y el geoparque Llano Blanco son dos hermosos
lugares para estar en contacto con la naturaleza.
Manqui Malal, en Malargüe. Foto: Gema Gallardo.
Mendoza es una provincia colmada de bellos paisajes que
seducen a quien los mire. En el norte, en el sur, en el este o en el oeste hay
un rincón maravilloso que hace que cualquiera se enamore de esta provincia.
Malargüe es uno de sus departamentos privilegiados por sus
excéntricos atractivos naturales. Está ubicado a 350 kilómetros de la capital
mendocina y se puede llegar a él en poco más de tres horas a través de la nueva
ruta 40, que une Pareditas (San Carlos) con El Sosneado (San Rafael).
En esta oportunidad, los atractivos propuestos son dos
caminatas paleontológicas que permiten retroceder en el tiempo, conocer lo que
pasó en esa zona y deslumbrarse con el contacto que ofrecen con la naturaleza.
Estos lugares son: Manqui Malal y el geoparque Llano Blanco.
A unos 30 kilómetros de la Ciudad de Malargüe se encuentra
Manqui Malal, el lugar es un pintoresco rincón natural que posee una cascada y
un cañadón con fósiles marinos. Su nombre deriva de dos vocablos en lengua
mapuche: Manqui (cóndor) y Malal (barda).
Se trata de una formación de origen marino. Esta zona estaba
cubierta por el océano hace millones de años atrás y, debido a ello, hay restos
fósiles, amonites y bivalvos que se pueden apreciar en un recorrido que se
realiza con un guía especializado y que tiene un valor de 350 pesos por
personas.
El trekking finaliza en una cascada de unos 30 metros, alimentada
por vertientes que atraviesan la zona. A este salto de agua se puede llegar sin
guía por otro camino más corto, pero por el cual no se pueden observar los
fósiles.
En este paraje hay un pequeño restaurante donde se puede
almorzar el típico chivito malargüino, empanadas, pizzas y hasta disfrutar de
un menú vegetariano.
Geoparque Llano Blanco, un flamante espacio turístico
Luego de visitar Manqui Malal se puede seguir por la ruta
hasta el geoparque Llano Blanco, a ocho kilómetros al sur de Bardas Blancas y a
77 kilómetros de la Ciudad de Malargüe. Es un deslumbrante sitio que comenzó a
realizar visitas guiadas meses antes de la pandemia, por lo tanto, es un nuevo
atractivo de ese departamento que hay que visitar.
Al llegar al sitio es muy probable que un simpático chivito
llamado Álvaro les dé la bienvenida a los turistas. ¡Ojo!, es la mascota del
geoparque. Llano Blanco se puede disfrutar recorriendo sus senderos guiados
donde se abordan temáticas paleontológicas, geológicas, histórico-antropológicas
y de flora y fauna. El recorrido dura entre una hora y media y dos, dependiendo
de la curiosidad de los visitantes.
También cuenta con un restaurante donde se podrán degustar
platos típicos y tomar la merienda.
Debido a la pandemia por coronavirus, se debe realizarse la
reserva y adquisición de la entrada en alguna agencia de turismo de ese
departamento o con el paquete de Malargüe en Sale Finde se puede optar por esta
excursión.
El pase al lugar con visita guiada cuesta 670 pesos para los
mayores y 470 para los menores (5 a 12 años). Antes de asistir, hay que
consultar previamente si está abierto en la Dirección de Turismo de ese departamento o en Aires de Libertad, desde donde aconsejaron realizar las
excursiones con ropa cómoda, pantalón largo, zapatillas, llevar abrigo, agua,
protector solar o alguna protección para el sol y utilizar siempre tapaboca.