martes, 29 de noviembre de 2022

La comida ilustra la fisiología de nuestros primeros ancestros animales

El contenido de la última comida consumida por los primeros animales conocidos que habitaron la Tierra hace más de 550 millones de años ha desenterrado nuevas pistas sobre su fisiología.  Según publican científicos de la Universidad Nacional de Australia (ANU) en la revista 'Current Biology'.

El fósil de Kimberella. - ILYA BOBROVSKIY/GFZ-POTSDAM
La biota Ediacara es el organismo de gran tamaño más antiguo del mundo y data de hace 575 millones de años. Los investigadores de la ANU descubrieron que estos animales se alimentaban de bacterias y algas procedentes del fondo marino. Los hallazgos revelan más sobre estas extrañas criaturas, incluyendo cómo eran capaces de consumir y digerir alimentos.

Los científicos analizaron antiguos fósiles que contenían moléculas de fitosterol conservadas -productos químicos naturales que se encuentran en las plantas- que quedaban de la última comida de los animales.

Al examinar los restos moleculares de lo que comieron los animales, los investigadores pudieron confirmar que el organismo parecido a una babosa, conocido como Kimberella, tenía boca e intestino y digería los alimentos de la misma manera que los animales modernos. Los investigadores afirman que probablemente era una de las criaturas más avanzadas de los ediacaranos.

El equipo de la ANU descubrió que otro animal, que crecía hasta 1,4 metros de longitud y tenía un diseño similar al de las costillas impreso en su cuerpo, era menos complejo y no tenía ojos, boca ni intestino. En su lugar, la extraña criatura, llamada Dickinsonia, absorbía el alimento a través de su cuerpo mientras atravesaba el fondo del océano.

Nuestros descubrimientos sugieren que los animales de la biota Ediacara, que vivieron en la Tierra antes de la "Explosión Cámbrica" de la vida animal moderna, eran una mezcla de bichos raros, como Dickinsonia, y animales más avanzados como Kimberella, que ya tenían algunas propiedades fisiológicas similares a las de los humanos y otros animales actuales", dijo el autor principal, el doctor Ilya Bobrovskiy, del GFZ-Potsdam en Alemania.

Tanto Kimberella como Dickinsonia, que tienen una estructura y simetría distintas a las actuales, forman parte de la familia de biota Ediacara que vivió en la Tierra unos 20 millones de años antes de la Explosión Cámbrica, un acontecimiento importante que cambió para siempre el curso de la evolución de toda la vida en la Tierra.

"La biota Ediacara son realmente los fósiles más antiguos lo suficientemente grandes como para ser visibles a simple vista, y son el origen de nosotros y de todos los animales que existen hoy en día. Estas criaturas son nuestras raíces más profundas y visibles", añade el doctor Bobrovskiy, que realizó el trabajo como parte de su doctorado en la ANU.

El coautor del estudio, el profesor Jochen Brocks, de la Escuela de Investigación de Ciencias de la Tierra de la ANU, señala que las algas son ricas en energía y nutrientes y pueden haber sido fundamentales para el crecimiento de Kimberella.   

"El alimento rico en energía puede explicar por qué los organismos de la biota Ediacara eran tan grandes. Casi todos los fósiles anteriores a la biota Ediacara eran unicelulares y de tamaño microscópico", añade el profesor Brocks.

Utilizando técnicas avanzadas de análisis químico, los científicos de la ANU pudieron extraer y analizar las moléculas de esterol contenidas en el tejido fósil. El colesterol es el sello distintivo de los animales y es así como, ya en 2018, el equipo de la ANU pudo confirmar que la biota Ediacara se encuentra entre nuestros primeros ancestros conocidos.

Las moléculas contenían firmas reveladoras que ayudaron a los investigadores a descifrar lo que los animales comieron en el período previo a su muerte. El profesor Brocks apunta que la parte difícil era diferenciar entre las firmas de las moléculas de grasa de las propias criaturas, los restos de algas y bacterias en sus intestinos y las moléculas de algas en descomposición del fondo del océano que estaban todas juntas en los fósiles.

"Los científicos ya sabían que Kimberella dejaba marcas de alimentación al raspar las algas que cubrían el fondo marino, lo que sugería que el animal tenía un intestino. Pero sólo después de analizar las moléculas del intestino de Kimberella pudimos determinar qué comía exactamente y cómo digería los alimentos", explica el profesor Brocks.

"Kimberella sabía exactamente qué esteroles eran buenos para ella y tenía un intestino avanzado y bien ajustado para filtrar el resto --añade--. Este fue un momento Eureka para nosotros; al utilizar la química conservada en los fósiles, ahora podemos hacer visible el contenido de los intestinos de los animales, incluso si el intestino se ha descompuesto hace tiempo. Luego utilizamos esta misma técnica en fósiles más extraños, como el Dickinsonia, para averiguar cómo se alimentaba y descubrimos que el Dickinsonia no tenía intestino".    Bobrovskiy recuperó tanto los fósiles de Kimberella como los de Dickinsonia en acantilados escarpados cerca del Mar Blanco en Rusia -una parte remota del mundo que alberga osos y mosquitos- en 2018.

europapress.es

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